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Round 1: Querido abuelo |
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El frío aire nocturno le golpeó el pecho desnudo y se coló por debajo de las perneras del sedoso pantalón del pijama, pero no le importó ni el escalofrío ni la reacción de su piel. Sus pulmones empezaban a serenarse, su corazón dejaba de latir violentamente. Mientras se apartaba el flequillo de la cara con una mano, la otra se crispó sobre la barandilla del balcón, a la par que todo su peso se apoyaba sobre ese brazo. No podía dejar de temblar. Hacía mucho tiempo que no soñaba con su madre, y ningún sueño anterior había tenido aquella viveza. Parecía que ella estaba realmente allí, parecía que en verdad le miraba, le hablaba... Su cara, su pelo, sus ojos... ¿Por qué entonces esa reacción de pánico? Acababa de ver a su madre en sueños, a la persona que había sido todo su mundo, y se había despertado como si fuese la peor pesadilla de su vida. Abrió los ojos para observar el patio de la residencia Mishima, tranquilo, sosegado. El único ruido que le llegaba era el siseo del viento contra las copas de los árboles del exterior de la parcela. Todo lo que allí veía le recordaba a su madre, y a esa "pesadilla". No sabia que hacer, no podría conciliar de nuevo el sueño. Solo la tranquilidad de un paseo podría relajarle. Descalzo, se encaminó a la salida. Recorrió pasillos y cámaras llenas de obras de arte de gran valor, salones cuyo tamaño quitaba la respiración, sin apenas prestar atención. Llegó a las puertas cerradas de la sala de estar, donde se escuchaban voces. Jin sólo pudo identificar la de su abuelo, la otra no le era demasiado familiar. Se dispuso a abrir la puerta, su abuelo había estado de viaje durante casi una semana y lo correcto era que pasara a saludarle, tanto a él como a su acompañante. Pero antes de tocar el pomo, la imagen de su madre volvió a su mente, dejándolo paralizado. Desde detrás de la puerta se oía la voz de su abuelo: - Ya se dónde es, Abel. Se donde se encuentra el templo al Dios de la Lucha. El Dios de la Lucha. Jin sintió un escalofrío al oír ese nombre. Se trataba del asesino de su madre, aquel que le destrozara la vida. Había estado buscando a esa criatura desde aquel terrorífico momento. Al parecer, su abuelo ya había descubierto su paradero y la venganza de Jin estaba a punto de cumplirse. Jin casi gritó de júbilo cuando la idea alcanzó su mente, era algo para lo que se había estado preparando cuatro largos años. - No creo que sea tan fácil, Heihachi -dijo el llamado Abel-. No creo que sea tan fácil derrotarle, no creo que... - Se le podrá vencer, y mi nieto tendrá mucho que ver en eso. ¿Para qué crees que he estado entrenándole? "¿Qué?" se dijo Jin a si mismo. No podía creerse que su abuelo confiase en él. No había recibido ni una muestra de cariño por su parte. Muchas comodidades, dinero y un duro entrenamiento, pero ni una palabra amable o un gesto de acercamiento. - El muchacho ha trabajado duro y es muy fuerte -dijo Heihachi, con un tono neutro en su voz. Aún así, las palabras emocionaron a Jin. Después de tanto tiempo quizás su abuelo... -. No creo que vaya a derrotar a Toshin, desde luego. Pero le debilitará lo suficiente como para que yo pueda vencerle sin problemas. Con Toshin bajo mi control, todo será más fácil. Él tendrá el poder de cientos de maestros luchadores y además el poder de Jin, que es... considerable... y todo eso será sólo mío y estará a mis órdenes. Jin tuvo que taparse la boca con ambas manos para no gritar, y utilizar toda su fuerza de voluntad para no irrumpir en la habitación. En lugar de ello, salió corriendo por los pasillos de vuelta a su cuarto. Cerró la puerta con llave y se tumbó boca arriba en la cama, sintiendo que sus ojos oscuros, ligeramente rasgados, se llenaban con amargas lágrimas después de cuatro años. Se limpió los ojos con rabia con el dorso de la mano. ¡Debería habérselo imaginado! ¿Su abuelo sintiendo algo por él? Sólo cuando el infierno se congelase. Le había traído aquí tras la muerte de su madre y entrenado en persona... ¡solo para usarle como cebo! Todo era una farsa. Esa casa, ese lujo, la familia Mishima... ¡todo era una maldita mentira!
Pero, al fin y al cabo, él también llevaba sangre Mishima. También sabía jugar a ese juego. * * * No pegó ojo en toda la noche, la rabia alejó el sueño y la resolución de lo que había decidido hacer hizo el resto. Antes de que el despertador sonase, ya lo había apagado. Se levantó de la cama tranquilamente y, como cualquier otro día, se duchó y se vistió para ir a clase, con el jersey azul de pico, la camisa blanca y los pantalones grises del uniforme reglamentario. Salió de su habitación y se dirigió al comedor, donde ya le esperaba el desayuno. Shinta, el mayordomo, le dio los buenos días y comenzó a servirle. - Disculpe a Mishima-sama, señor -dijo Shinta vertiendo la leche en los cereales. Jin siempre se preguntaba si el mayordomo pensaba que él no era capaz de desayunar solo, pero se había acostumbrado a dejar hacer-. Ayer estuvo hablando con el Doctor Abel hasta muy tarde. - ¿Desde cuando Mishima-sama desayuna conmigo? -preguntó Jin de manera cortante. La evidencia dejó al mayordomo sin nada que decir. Todas las mañanas disculpaba a Heihachi de alguna manera, y Jin jamás se había quejado. Hoy era distinto. El muchacho se levantó de repente de la mesa, cogió una trozo de pan tostado y salió de la habitación sin tomar el resto del desayuno. - ¿Señor? -preguntó Shinta, alarmado por su actitud. - No tengo hambre -dijo Jin, volviéndose un momento antes de cerrar la puerta-. Gracias por todo, Shinta. Adiós. - De nada, señor -respondió el mayordomo-. Adiós, señor. Jin se inclinó ligeramente, en un último gesto de respeto, antes de cerrar la puerta a su espalda dejando al mayordomo solo en el gran salón. Posiblemente Shinta era el único en aquella casa que se había preocupado un poco por él desde que había llegado. * * * Para cuando el reloj del colegio sonó indicando el comienzo de las clases Jin ya llevaba más de media hora esperando, sentado en las escaleras de la puerta. Los alumnos comenzaron a pasar al instituto, pero Jin no se decidía a levantarse. A diferencia de otros días, hoy no le importaba llegar tarde. - ¡Buenos dias, Jin-kun! -una voz chillona interrumpió los pensamientos de Jin. El joven levantó la cabeza, aunque ya sabía con quién iba a encontrarse. Ling Xiaoyu, su compañera de clase, llevaba su cabello oscuro recogido como siempre en un par de coletas a ambos lados de la cabeza, dándole un aspecto mucho más infantil del que le correspondería por sus dieciséis años. Los ojos de la muchacha, rasgados y oscuros debido a su nacionalidad china, le miraban con alegría. En su cara infantil lucía una sonrisa jovial, como siempre, mientras ocultaba sus manos detrás de su espalda y se inclinaba hacia delante, intentando ver los ojos de Jin bajo su largo flequillo negro. - Hola... -respondió Jin, volviendo a agachar la cabeza. - Te encuentro mas callado de costumbre. -Ling se sentó junto a su compañero sin avisar, estirando las piernas todo lo que pudo para que la corta falda de su uniforme escolar no dejase escapar nada a los ojos de extraños-. Y creí que eso era imposible. En otra ocasión el comentario igual hubiera hecho reír a Jin. - No estoy hoy para muchas bromas, Ling... - ¿Y eso? - He dormido poco -dijo Jin. No era mentira del todo, decidió. - Bueno, tendré que animarte el
día, entonces -replicó Ling levantándose y tendiendo la mano a su compañero. Jin levantó la cabeza, y vio a la joven con una sonrisa de oreja a oreja. Siempre parecía muy animada, tanto que a veces llegaba a ser irritante. Sin embargo, Ling era una de las pocas personas en las que uno
podía confiar en Hong Kong, aunque a Jin eso de la confianza se le empezaba a dar bastante mal. * * * Las clases se le hicieron mas largas que de costumbre, a pesar de que Ling se había tomado en serio eso de animarle el día. O quizás precisamente por eso, pues la muchacha no se separó un momento de él. Cuando se acabaron las clases, comenzaron las de karate, donde Jin se permitió desahogarse un poco. Claro que quizás se extralimitó, pues el profesor le mandó a las duchas antes que de costumbre para prevenir "accidentes". Al finalizar karate, Jin recogió sus cosas y salió al patio. Como si se tratara de su maldición particular, allí se encontró con Ling, justo en la salida. Ella acababa de terminar sus clases de gimnasia rítmica y ya se dirigía a casa. - ¡Jin-kun! -se sorprendió la muchacha al verle-. Es raro verte por aquí. ¿No te recoge generalmente tu chófer en la salida? - Hoy no hay chófer, Ling. No voy a casa -Jin se habia cansado ya de esconder su plan. - ¿Qué? -se sorprendió su amiga-. ¿Y dónde vas? - No se. -Jin continuó andando. - Pero... ¿te vas de casa? -Ling no podia creérselo. No de Jin, el chico super-responsable, el que no había roto un plato en su vida. - Nunca fue mi casa... Ling se quedó de piedra ante aquel comentario, ante la voz de Jin, triste y melancólica, pero saliendo directamente del corazón. No sabía lo que le había sucedido al chico de un día para otro, pero aquel aspecto le daba un aire muy interesante... Aquello, unido al innegable atractivo de la cara de Jin, de rasgos fuertes y sólidos, y la buena forma en que se mantenía el muchacho, hacían que a Ling no le apeteciese mucho perderle de vista. - ¿Y donde piensas ir? Esta vez fue Jin quien se quedó parado. - Pues... no lo se. -Se quedó pensativo unos momentos y al cabo de un rato levantó la cabeza y se giró hacia Ling-. A mi casa -dijo finalmente. Siguió caminando y al cabo de unos segundo oyó que Ling echaba a correr para alcanzarle. ¿No iba a poder librarse de ella ni así? - ¿Que piensa tu abuelo de ello? -preguntó la chica. - Precisamente, él es la causa de que me vaya, Ling -dijo Jin, cerrando los puños a causa de la rabia que sentía con sólo pensar en Heihachi-. No tiene ni idea de que me voy. Y, en otras circunstancias, estoy bastante seguro de que no notaría mi ausencia. - ¿En otras circunstancias? -repitió Ling. Jin la miró. ¿Qué podía responder a esa pregunta? ¿Qué su abuelo estaba pensando en lanzarle de carnaza contra el monstruo que había matado a su madre? ¿Que había sido traicionado? ¿Qué se había dado cuenta aquella misma noche de que estaba totalmente solo, que no tenía a nadie? - Es... una larga historia -se forzó a decir. Ling le miró sin comprender, pero por una vez no abrió la boca para preguntar, cosa que Jin agradeció sobremanera. Sin embargo, no se separó de él mientras caminaban sin rumbo fijo por las calles de Hong Kong, en silencio, sin hablar el uno con el otro. Jin melancólico y perdido en sus pensamientos, Ling disfrutando simplemente de la compañía y de que la vieran en público con aquel apuesto muchacho. Hasta que la joven miró a su alrededor y se dio cuenta de que no conocía el lugar por donde estaba andando. - ¿Sabes por dónde vas? -dijo Ling. Lentamente, Jin salió de donde quiera que hubiese estado y miró a su compañera. - Pues, la verdad... es que no -dijo el joven, enrojeciendo ligeramente-. No he recorrido la ciudad en los cuatro años que he estado aquí. - Pues entonces creo que estamos perdidos. Por que yo tampoco se donde estamos. - ¡¿Qué?! - Pues eso, que no se donde estamos. Hong Kong es una ciudad enorme, ¿lo sabías? - ¿Y ahora qué? -preguntó Jin. Ling se encogió de hombros por toda respuesta. - Si hemos llegado hasta aquí andando, supongo que saldremos de aquí andando, ¿no? -razonó ella. A Jin no le convenció demasiado, pero no tenía otra cosa, así que continuaron andando aleatoriamente por las calles, sin sentido alguno, hasta que Jin se detuvo en seco. Una figura acababa de salir de un establecimiento situado justo en la acera de enfrente de donde ellos estaban. - ¡¿Qué?! -exclamó el japonés en un murmullo, sin perder de vista a aquella persona. Su mirada se había fijado en un joven que salía tranquilamente de un taller mecánico con una mochila al hombro. Jin conocía a aquel chico. Aquel pelo rojo-anaranjado era inconfundible, igual que la manera de caminar, con seguridad, como si la calle entera, o quizás el mundo, fuesen de su propiedad... Más delgado y un poco más alto que la última vez que lo había visto, el joven iba vestido con una cazadora de cuero negro y unos pantalones vaqueros viejos, de color gris oscuro. Se dirigió directamente hacia una impresionante motocicleta oscura aparcada cerca del taller, y Jin hizo inmediatamente lo mismo, cruzando la calle a la carrera. - ¡Jin! -gritó Ling a su espalda, cuando un coche pasó tocando el claxon a su lado, impidiéndole seguir a su amigo. Este parecía no escuchar mientras esquivaba coches en dirección a su objetivo, que se colocaba unas gafas de piloto sin subir todavía a la moto y sin darse apenas cuenta de los pitidos y maldiciones de los conductores, probablemente acostumbrado a todo aquel alboroto. - ¿Hwoarang? -preguntó Jin cuando alcanzó la acera al fin, no muy seguro de si recordaba la pronunciación correcta del apelativo. Al fin y al cabo, él no hablaba coreano. El pelirrojo se volvió lentamente, subiéndose las gruesas gafas hasta el nacimiento del cabello para poder ver mejor a quien le había llamado. En cuanto sus ojos, profundamente rasgados, se fijaron en Jin, un reflejo de cólera cruzó sus pupilas mientras las cejas, finas y también de color rojizo, se fruncían con enfado. - ¡Tú!
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