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Round 2: Viejos rencores |
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Inmediatamente el pelirrojo tiró la mochila que aún llevaba en los hombros al suelo y se puso en guardia sin que sus ojos rasgados perdiesen ni un momento de vista a Jin. Por la posición que adoptó se veía a la legua que no era ningún novato en las artes marciales. - ¡Vamos! -dijo el chico del pelo rojo con tono agresivo, clavando sus ojos marrones en los oscuros de Jin en abierta provocación. Este levantó las manos tranquilamente en gesto de paz. - Hwoarang, no quiero luchar -respondió Jin al tanteo. - A mi eso no me importa. -El tal Hwoarang esbozó una sonrisa torcida que demostraba una tremenda seguridad en sí mismo. Entonces se fijó en Ling, que se acercaba a los dos muchachos sin perder de vista los coches que la rodeaban-. ¿O es que no quieres que te de una paliza delante de tu novia? -preguntó después, su sonrisa ensanchándose al ver la reacción de su oponente. Jin enrojeció de inmediato y frunció las espesas cejas, mientras Ling sonreía de oreja a oreja ante el comentario que acababa de oír. - ¿Es eso, niño bonito? ¿Temes hacer el ridículo delante de tu chica? -continuó provocándole Hwoarang. - No es mi novia -dijo el joven. - Si lo soy -replicó Ling. El aludido la miró con los ojos como platos. - ¡Ling! -protestó Jin. Ella se encogió de hombros por toda respuesta-. No es mi novia -le dijo a Hwoarang, como disculpándose. - ¿Te he dado la impresión de que me importa? -respondió el otro, indiferente-. ¡Ponte en guardia de una maldita vez! - ¡Te he dicho que no quiero luchar! -dijo Jin. - ¡Y yo te he dicho que no me importa lo que quieras! -gritó Hwoarang. - ¿Ese color de pelo es natural? -preguntó Ling de repente, señalando al chico pelirrojo. El la miró como si fuese menos que nada. - ¿Y a ti que coño te importa, niña? - Sólo los occidentales tienen el pelo rojo. ¿Eres occidental? -siguió la chica, ignorando los malos modos. - ¿Tú eres tonta o qué? -preguntó Hwoarang. Se inclinó un poco hacia ella, para que pudiera verle bien la cara. Sus rasgos eran indiscutiblemente orientales-. Se ve a la legua que soy coreano. - ¡Oye! ¡No me insultes! - ¿Por qué infiernos estoy hablando contigo? -preguntó Hwoarang, mirando a la muchacha de arriba a abajo-. A mi sólo me interesas tú -añadió mirando a Jin-. ¿Te vas a poner en guardia o no? - Dale una lección a este pardillo, Jin -dijo Ling, con los puños apretados. - Eso, dale una lección al pardillo -repitió Hwoarang con otra media sonrisa, imitando la voz de pito de la muchacha, lo que sólo la ofendió aún más. - ¡No tiene ni medio puñetazo! -dijo Ling despectivamente. Jin sacudió la cabeza. Su amiga había cometido el mismo error que cometían todos. El rostro de Hwoarang engañaba a primera vista, a segunda, a tercera y cuantas veces le mirases; él lo sabía y se aprovechaba de ello. La piel pálida y suave, más propia de una mujer que de un hombre, hacía que sus rasgos pareciesen afeminados. Su cuerpo era delgado y estilizado, de músculos marcados pero no abultados. Todo aquello unido proporcionaba al coreano un falso aire de debilidad. Sin embargo, había mucha fuerza en aquel joven, tanto física como mental. El coreano no sólo era un auténtico as en el arte del disimulo. También lo era en Tae Kwon Do y Jin lo sabía por experiencia, porque había luchado con él en el pasado. Aquel combate acabó en empate y, según tenía entendido, había sido el primero que Hwoarang había sido incapaz de ganar de los muchos en que había participado. Por eso ahora reaccionaba así al verle. - No te fíes de las apariencias, Ling -dijo Jin finalmente-. Hwoarang es un verdadero maestro. Para Hwoarang Jin representaba el eterno enemigo, su némesis. Pero, para Jin, ahora el coreano era una de las pocas personas que conocía en Hong Kong; alguien a quien quizás podría pedir ayuda y que no se perdería en la ciudad. Alguien que podría ayudarle a salir de allí. Al fin y al cabo, Hwoarang se movía por los barrios bajos, aunque ahora estuviese muy lejos de ellos. Eso si Hwoarang lograba olvidar por un momento que odiaba al japonés. Sin embargo, el que Jin le describiera como un verdadero maestro, hizo que Hwoarang relajase su postura ligeramente. - Mmm... Al menos el chaval sabe aceptar mi superioridad -dijo Hwoarang, manteniendo aquella enigmática media sonrisa. - ¿Este? -dijo Ling, acercándose un poco a Hwoarang-. ¿Un maestro? ¡Pero si parece una niña! - Mas vale que cierres el pico o yo mismo te lo romperé -amenazó el coreano. - ¡Perro ladrador, poco mordedor! -dijo Ling, sacándole la lengua con descaro. - ¡¿Será bocazas la cría esta?! -dijo Hwoarang, levantando el brazo como si se dispusiera a abofetear a la muchacha, aunque no llegó a descargar el golpe. Ling, por su parte, se escondió rápidamente tras las anchas espaldas de Jin, pero mantenía la cabeza erguida.- Mas vale que le enseñes a hablar a tu novia o yo mismo le lavaré la boca -le amenazo al chico de muy malos modos. - Basta ya, Ling -dijo Jin. Y despues miró a Hwoarang, que se había vuelto de costado y mantenía la cabeza alta-. Hwoarang, necesito tu ayuda... - ¿Perdón? -respondió el pelirrojo, girando la cabeza hacia Jin y mirándole por el rabillo del ojo-. ¿Mi ayuda? -Soltó una irónica carcajada-. ¡Esa si que es buena, chaval! - Hwoarang, por favor. No te pediría ayuda si... El coreano se le quedó mirando un momento y se cruzó de brazos, relajando la postura de combate. Jin supuso que era su súplica lo que le había intrigado y obligado a escuchar. - ¿Y se puede saber para qué me necesitas, niño rico? -preguntó con su habitual todo sarcástico. - Ehh... verás -dijo Jin, agachando la cabeza. No sabía por dónde empezar, y menos con la actitud que tenía Hwoarang-. Tu conoces la ciudad, ¿verdad? Pues digamos que tengo que darme una vuelta un tanto larga. - ¿Por quién me has tomado? -replicó Hwoarang-. No soy un jodido guía turístico, niño. - Quiero irme de la ciudad -dijo Jin, con un tono firme-. Eso es lo que quiero. Hwoarang se quedó un tanto chocado ante la respuesta de su enemigo. Jin era un chico rico, con la vida solucionada. ¿Por que querría marcharse de la ciudad? - Lo siento, niño bonito -dijo Hwoarang, encogiéndose de hombros dando por entendido que no le importaban sus problemas-. Pero entre tú y yo hay algo pendiente, y no pienso hacer nada hasta que se solu... ¡Joder! -exclamó. Los ojos rasgados de Hwoarang se abrieron de par en par al ver dos furgonetas negras doblar una esquina. Los dos vehículos eran iguales, y a los costados llevaban el símbolo de los Tekkenshu, el cuerpo especial. Jin siguió la mirada de su rival y alcanzó a ver cómo las furgonetas paraban a pocos metros de donde ellos se encontraban. Las puertas correderas se abrieron y comenzaron a salir hombres armados hasta los dientes y equipados con una especie de armaduras, hasta una docena. - ¿Qué significa todo esto? -Jin oyó a Hwoarang a su espalda mientras él no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor. - Son los Tekkenshu -dijo Jin. Eran las fuerzas especiales internacionales, al mando principal de... ¡Heihachi Mishima! ¡Venían por él! Jin recorrió la calle con la vista apresuradamente, para percatarse de que otras dos furgonetas habían entrado por la otra bocacalle. Sus soldados no habían salido aún de los vehículos. Otros dos vehículos recién llegados cerraban la otra salida de la calle. Seis furgonetas en total. Jin empujó a Ling dentro del garaje-. ¡Metete dentro! ¡Y no salgas! -dijo en tono severo. Ella no se movió-. ¡Vamos, Ling, no discutas! -le gritó. Finalmente la muchacha entró en el edificio y desapareció. Jin notó que Hwoarang se le acercaba, manteniendo la guardia. A pesar de que el coreano no tenía ni idea de lo que sucedía, se había quedado, no había salido huyendo. Por alguna razón, Jin se sintió mas seguro. - Vienen por mi -le informó Jin a Hwoarang. - ¿Que has hecho? -preguntó este, en guardia y sin perder de vista a los Tekken. Pero siguió sin moverse. - Vienen por mi, Hwoarang -repitió Jin. Giró la cabeza hacia el coreano y clavó sus ojos negros en los rasgados del otro-. Es mi abuelo. Quiere matarme. Por ahora me quiere vivo, pero... -añadió, agachando la cabeza. Hwoarang abrió los ojos como platos. Cuando fue capaz de recuperarse, silbó. - Joooder -exclamó-. Con una familia como la tuya, quien quiere enemigos... - Por favor, Hwoarang -dijo Jin, sin saber qué hacer. Le agarró del brazo con desesperación. Los soldados se acercaban-. ¡Necesito tu ayuda! Hwoarang se quedó mirando la mano que le sujetaba un momento. Miró por encima del hombro a los Tekken y después volvió su atención a Jin. Soltó un par de frases en su idioma natal. Por el tono Jin dedujo que no se trataban precisamente de halagos. - Esto es cosa mía; tu cierra el pico, ¿entendido? -le dijo a Jin, que asintió, sintiendo que algo muy pesado abandonaba sus hombros. Dos soldados se acercaron a la pareja y uno de ellos se adelantó, mientras el resto se disponía alrededor con las armas preparadas. Jin observó que Hwoarang recorría la calle, que se estaba convirtiendo en un pequeño caos, con la mirada; sus ojos eran como los de un animal enjaulado que busca una grieta en su celda. - Kazama-san. -La voz del soldado sonaba metálica tras la mascara de gas que portaban todos ellos-. Mishima-sama desea verle de vuelta. - Seguro que si -respondió Hwoarang por él. Jin admiró la seguridad en su tono, nada afectado por el hecho de tener a una docena de soldados apuntándole con sus armas-. Este parece ser un asunto familiar, ¿verdad? Así que yo sobro. Recojo mis cosas y me abro -anunció, mientras se agachaba con parsimonia a recoger su mochila, que aún estaba en el suelo-. Por cierto, tío -dijo, dirigiéndose al soldado-. ¡Sujeta esto! Sin mediar más palabras, el coreano lanzó su bolsa hacia el Tekkenshu. Este, sorprendido, soltó su arma para hacerse con el paquete, aunque este nunca llegó porque que Hwoarang tiró del asa de la mochila para que esta volviese a sus manos. Sólo había sido una maniobra de distracción. Antes de que el soldado se diese cuenta, ya había recibido una fuerte patada en la cabeza que le lanzó hacia atrás y le hizo aterrizar contra sus propios compañeros. El movimiento de Hwoarang había sido rapidísimo, pero esos segundos fueron los únicos que necesitó Jin para reaccionar. Como el rayo, el joven japonés se giró rápidamente y lanzó un fuertísimo puñetazo al soldado que quedaba en la boca del estómago, haciendo que saliese despedido varios metros. - ¡Cógela! -le gritó Hwoarang a Jin, lanzándole la mochila-. ¡Como la pierdas te juro que te mato! -añadió ajustándose las gafas de motorista. De un salto, se subió a su moto y arrancó sonoramente con un único movimiento. Jin se montó sin dudarlo detrás mientras se ajustaba la bolsa a su propia espalda pero, antes de que pudiese agarrarse convenientemente, el pelirrojo ya había puesto en marcha la moto y, tras hacer un poco de rueda, salió despedido hacia delante, pasando entre las dos furgonetas haciendo zig-zag. Jin no pudo reprimir un grito de puro terror mientras se agarraba como podía a los costados de la motocicleta. Los Tekkenshu se las arreglaron para levantarse y apuntarles con sus armas, pero no llegaron a disparar. En todo caso, ambos estaban ya demasiado lejos y moviéndose muy deprisa para cruzar la calle antes de que nadie reaccionase. Hwoarang pasó entre los coches medio parados, por huecos en los que Jin hubiera jurado que la moto no cabía. Acto seguido, y entre pitidos de claxon y maldiciones variadas, Hwoarang enfiló directo contra una de las salidas, que permanecía bloqueada por dos furgonetas. - ¡No podemos salir por ahí! -gritó Jin, viendo que su compañero no pensaba detenerse. Observó que la puerta de la furgoneta se abría y de ella comenzaban a salir soldados, que iban colocándose en formación y preparando las armas-. ¡Hwoarang! -gritó el japonés, alarmado-. ¡Nos cierran el paso! - ¡No estoy ciego! -replicó el otro-. Más vale que te agarres -le advirtió. Diez metros antes de llegar a la furgoneta y a la muralla humana delante de ella, Hwoarang forzó a su moto a girar casi en un ángulo de noventa grados. La motocicleta estuvo a punto de tumbarse y Jin, con un grito, se agarró a la estrecha cintura del coreano, mucho más segura que los costados del vehículo. - ¡Esas manos! ¡Déjame respirar! -protestó Hwoarang. Jin enrojeció y soltó un poco su presa, pero no cambió de posición. El brusco giro había dado resultado, y la motocicleta acabó subida en la acera. Hwoarang tuvo que girar nuevamente aún subido al bordillo, para retomar la dirección que llevaban al principio y para esquivar peatones, que salían corriendo en estampida y dificultaban aún más la persecución de las tropas Tekken. Salieron como una flecha de la calle subidos en la acera, pasando al lado de la furgoneta negra y de sus asombrados soldados, que se apresuraron a entrar en su vehículo para comenzar la persecución. Pero para salir del lugar donde estaban estacionados necesitarían hacer maniobras, y para cuando lo consiguieran, los dos chicos estarían ya muy lejos. La motocicleta irrumpió en la siguiente calle de una sola vía hacia la izquierda. Varias furgonetas negras aparecieron por su derecha siguiendo el fluir natural del tráfico, y hacia allí fue donde Hwoarang giró, enfilando directamente hacia ellas sin importarle que fuese en dirección contraria. El joven pasó entre medias de manera temeraria, y entre varios coches más. Las furgonetas giraron bruscamente con la intención de cambiar de dirección y perseguirles, pero varios vehículos colisionaron y se formó un monumental tapón que les permitió escapar tranquilamente, aunque fuera en la dirección no reglamentaria. - ¡Vamos en dirección contraria! -gritó Jin innecesariamente, al ver un camión acercarse a gran velocidad. Hwoarang lo esquivó sin problemas. - ¡Es mas fácil así! -dijo el coreano. - ¡¿Qué es más fácil?! ¡¿Morir?! - ¡¿Que pasa?! ¡¿A los niños ricos se os atrofia el sentido de la aventura?! -Por alguna razón, Jin supo que Hwoarang estaba sonriendo en aquel momento. Al final de la calle llegaron a otra de doble vía y, esta vez si, Hwoarang giró hacia la izquierda para seguir el sentido de la circulación. Cuando creían haberles dado esquinazo en un cruce se encontraron con otras dos furgonetas. - Tienes a toda la jodida ciudad buscándote -comentó Hwoarang, que no se lo pensó dos veces, aumentó de velocidad y cambió de carril saltándose la línea continua y metiendose de nuevo en dirección prohibida pero sin variar su rumbo. Las furgonetas les siguieron, pero la persecución se les hizo realmente muy difícil ya que la calle estaba plagada de vehículos. Para aumentar la ventaja, el coreano se subió a la acera reduciendo un poco la velocidad, y condujo por allí. - ¡Estás loco! -gritó Jin, inconscientemente en japonés debido a los nervios. El coreano ni le oyó. - ¡Largo! ¡Apartaos! -gritaba Hwoarang a los peatones, que se quitaban de en medio rápidamente. En ello les iba la vida. Al avistar un callejón, el coreano vio abrírsele el cielo-. ¡Justo lo que me recetó el médico! ¡Allá vamos! El repentino giro dejó una marca de la rueda en el pavimento de la acera, pero dejó mucho más tranquilos a los peatones al ver desaparecer a aquel par de locos por el callejón. Ya libres de obstáculos, Hwoarang aumentó la velocidad y cruzó la estrecha calleja a tope, tanto que a punto estuvo de llevarse por delante varios cubos de basura. Finalmente llegaron a la salida, que les condujo a una nueva calle de doble vía libre ya de furgonetas del Tekkenshu. Sin embargo, a Hwoarang no parecía convencerle mucho, ya que la cruzó de manera perpendicular y se metió por otro callejón. A su espalda, Jin oyó bocinazos y alguna que otra maldición subida de tono por parte de los ofendidos conductores.
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