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Round 3: Hwoarang |
La policía llegó rápidamente al lugar de los hechos, acompañado de los bomberos y un par de ambulancias. El dispositivo se montó con celeridad, los bomberos se ocuparon de retirar las furgonetas del Tekkenshu del medio de la calle y los sanitarios de atender a las víctimas, la mayoría heridos leves con golpes y contusiones. Mientras tanto, los policías se ocuparon de interrogatorios, de recoger quejas, desviar el tráfico y demás actividades propias de su profesión. Cuando el detective Wulong se bajó del coche de su ayudante mientras este trataba de aparcar, el dispositivo ya estaba en marcha y funcionando, pero el veterano policía reconocía que allí se debía de haber armado una buena. Aunque para él lo malo no era el lío, sino dónde se había producido. Aquel era el taller donde había conseguido un trabajo para cierto protegido suyo. Ese era el único motivo por el que había acudido a la llamada, dado que sólo faltaban quince minutos para que su turno acabase y poco más podría hacer antes de marcharse a casa. Pero tenía que enterarse de lo que había sucedido. Se acercó hasta sus compañeros, que estaban reunidos con un par de aquellos misteriosos Tekkenshu, siempre con sus máscaras y sus armaduras. - Buenas noches, chicos -saludó el detective con su habitual amabilidad-. ¿Qué ha sucedido? Uno de sus compañeros iba a contestarle, pero en ese momento se acercó un hombre vestido de Armani, con unas gafas redondas de montura muy fina. Tenía el típico aspecto de abogado del diablo y al parecer ese era su trabajo. - Estos hombres han sido agredidos por un pandillero cuando realizaban una misión de rescate -dijo el hombre. Era alto, delgado, y con el pelo corto y moreno. Su voz delataba una gran seguridad en si mismo. Fue esa voz la pista que necesitó Lei Wulong para reconocer al individuo. - ¿Es usted por un casual Philip Candell? ¿El Abogado del Mishima Financial Empire? -El individuo asintió con la cabeza. Si, abogado del diablo. No le podía haber descrito de mejor manera. Aún así Lei le extendió la mano derecha educadamente.- Soy el detective Wulong -se presentó. El abogado no le devolvió el gesto, así que Lei le cogió la mano con la que aún tenía libre y le obligó a estrecharle la mano derecha, siempre con una sonrisa agradable en el rostro. Oyó murmullos divertidos entre sus compañeros, no era la primera vez que le veían hacer eso. Mientras tanto, el abogado enrojeció ligeramente a causa de un creciente enfado y retiró su mano rápidamente. - Me gustaría que realizase su trabajo en vez de bromear -dijo Candell-. Los hombres del Mishima Zaibatsu han sido... - ¿Agredidos por un chaval pelirrojo, de poco mas de un metro ochenta y vestido de cuero? ¿Buen luchador? -se adelantó Lei, expresando en voz alta todas sus sospechas. Candell asintió-. Es inofensivo -aseguró Lei. - Pues no lo puede ser demasiado para atacar a mis hombres mientras estos intentaban rescatar al nieto de mi cliente. El señor Jin Kazama ha sido raptado por ese individuo. Lei casi se quedó sin palabras. Asalto a la autoridad, bueno, era muy probable tratándose de los Tekkenshu y sus autoritarios modos de actuar. Pero... ¿secuestro? Ni hablar. Ni siquiera a Jin Kazama. - Debe tratarse de un error. - Pues mas vale que así sea. -El abogado se dio la vuelta, dando la espalda a Wulong.- Por su bien, que así sea. El detective observó cómo se marchaba Candell mientras se preguntaba en qué lío se había metido Hwoarang esta vez. Lei sabía que en el fondo no era mal chico del todo y por eso le había sacado de algún lío, aunque nunca nada lo suficientemente serio. Pero, esta vez, iba a tener las manos muy atadas si Hwoarang estaba inmiscuido en algún asunto del MFE. Por suerte, su turno acababa de terminar. * * * Jin perdió totalmente el sentido de la dirección. Había perdido la cuenta de la cantidad de giros y vueltas que había hecho Hwoarang, de la cantidad de callejones que habían recorrido y de calles que habían atravesado. La ciudad a su alrededor cambió varias veces de estilo. A veces más antiguo, otras más moderno, más rico o más pobre; Ling Xiaoyu tenía razón. Hong Kong era una urbe realmente grande. Para él, que en el fondo no era mas que un chiquillo nacido y criado en el bosque, aquello era demasiado increíble. Solo esperaba que la muchacha se encontrase bien, aunque estaba bastante seguro. No creía que los Tekkenshu hubiesen llegado a ver cómo se escondía en el garaje y, al fin y al cabo, sólo le buscaban a él. Y ahora a Hwoarang. Finalmente, su compañero de huída detuvo la moto dentro de una callejón bastante oscuro. Paró el motor y se inclinó ligeramente, estabilizando el vehículo al bajar el apoyo con el pie. Luego se bajó de la motocicleta mientras se levantaba las gafas de motorista hasta la frente, apartándose el pelo rojizo de la cara. - Hemos llegado -anunció-. Dame la mochila. Jin también se apeó y se quitó la bolsa de la espalda, tendiéndosela al pelirrojo. Este se la colgó de un hombro y comenzó a andar, saliendo del callejón seguido de cerca por el japonés, que no dejaba de mirar atrás. Hwoarang no había asegurado la moto de ninguna forma, y aquel barrio no parecía muy seguro. - ¿No te robarán la moto? -preguntó Jin. - No creo que se atrevan -respondió Hwoarang, tan tranquilo-. No después de lo que le pasó al último que lo intentó. - ¿Qué le pasó? -preguntó Jin inocentemente. - No quieres saberlo -le aseguró el pelirrojo, esbozando otra vez aquella media sonrisa y caminando como si el mundo le perteneciese. Salieron a una calle no demasiado ancha y bastante solitaria. Los edificios estaban en bastante mal estado, pero las luces de las ventanas indicaban que aún se podía vivir en ellos. Debían ser cerca de las nueve, o quizás hasta las diez de la noche. Jin se miró el reloj de pulsera. Las diez menos cuarto, exactamente. A veces el tiempo pasaba realmente rápido. - ¿Dónde estamos? -le preguntó a Hwoarang. - En mi barrio -dijo el otro, señalando con la cabeza un edificio cercano. - ¿Tú vives aquí? -preguntó Jin, asombrado. A simple vista, la casa de varios pisos parecía bastante destartalada. - Eso he dicho -replicó, buscando algo en el bolsillo más pequeño de la mochila. Finalmente sacó un manojo de llaves y giró una en la cerradura de la puerta principal. Esta se abrió con un crujido dando paso a un pequeño recibidor y unas escaleras estrechas-. Segundo piso -indicó Hwoarang, mientras guardaba las llaves en el bolsillo y se colgaba la mochila al hombro. Le estaba invitando a pasar, pero Jin no se movió-. ¿Y ahora que diablos te pasa? - Hwoarang, yo... -comenzó el japonés. - Ya, ya... Hwoarang, yo creo que eres el mejor, eres un verdadero dios y reconozco tu superioridad física y mental sobre todo bicho viviente -soltó el otro de repente, como si tal cosa. Jin levantó la cabeza y le miró, no supo muy bien si estaba bromeando o lo decía en serio-. Ahórrate el discurso. ¿Vas a subir o no? - Hwoarang, no lo entiendes. Yo te debo... - Un combate. Eso es lo único que me debes y por lo único que te he ayudado -aclaró Hwoarang-. Tú y yo tenemos una cuenta pendiente, niño bonito, pero cuando luche contra tí quiero que sea en igualdad de condiciones para que mi victoria sea indiscutible. Es evidente que en estos momentos no estás como para concentrarte en pelear, así que lo aplazaremos por ahora. Sólo por ahora -puntualizó. - Hwoarang -insistió Jin. El coreano puso los ojos en blanco y le miró exasperado-. Domo arigatou. - Lo que sea -respondió el otro finalmente-. Ya está, ritual completo. ¿Estás ya contento, niño bonito? - Lo estaría mucho más si me llamases por mi nombre. Kazama. Jin Kazama. - Si, lo que sea -repitió Hwoarang como si eso no tuviese ni la más mínima importancia. Jin gruñó-. Y ahora, ¿vas a pasar o no? Hwoarang entró en el edificio, seguido por su compañero. Por dentro tenía el mismo aspecto destartalado que el exterior. Había cajas por el suelo y pintadas por las paredes que apenas se podían leer debido a la poca luz. Cuando ambos alcanzaron el segundo piso, el panorama no cambió. La puerta del coreano se hallaba rallada y un poco roída. El pelirrojo golpeó una caja que habia en frente de su puerta y la mandó escaleras abajo de una patada. - Hay que joderse con mis vecinos -dijo, sacando de nuevo el manojo de llaves del bolsillo-. No tienen ninguna noción de convivencia... La puerta estaba cerrada con tres candados, cada uno con una llave distinta. - Tanta protección para tu casa, y ni siquiera cuidas tu moto -comentó Jin. Hwoarang se encogió de hombros. - No es lo mismo -aseguró dándole las ultimas vueltas al ultimo cerrojo-. La moto siempre puedo volver a ganarla. - ¿No es tuya? -se extrañó Jin. - Si, ahora sí -contestó el otro enigmáticamente. Jin apenas comprendió. Hwoarang dio un empujón a la puerta. El constraste entre el pasillo y el interior de la casa del pelirrojo era evidente. Aunque la vivienda era extremadamente sencilla, estaba bien ordenada y limpia. La puerta de entrada se abría a una sala que servía tanto de comedor como de sala de estar. La cocina estaba en un rincón, separada del resto de la habitación por una barra o mostrador, aunque realmente era parte de ella. En la pared del fondo se abrían dos puertas, una estaba entreabierta, y Jin pudo ver que se trataba de un dormitorio. Hwoarang lanzó la mochila a uno de los sillones y se dirigió precisamente a esta habitación. Jin, mientras tanto, examinó la sala caminando lentamente. Una mesa y un par de sillas, una estantería con algunos libros en coreano, un montón de compact-disc de rock'n roll y un excelente equipo de música. Por otro lado había dos sillones, donde descansaba un estupenda guitarra eléctrica de superficie brillante y muy cuidada. Y una mesita de te delante de una pequeña televisión que descansaba sobre una estantería. Encima del televisor habia una foto enmarcada. Jin se acercó y en la foto distinguió dos personas. Una era un niño de unos diez o doce años, con el pelo corto y de color castaño vestido con un uniforme de Tae Kwon Do azul celeste, muy parecido al que usó Hwoarang cuando peleó contra él. ¿Podría ser que ese niño fuese Hwoarang? Jin le miró más detenidamente... era difícil estar seguro. Aquel niño parecía realmente una niña si no fuese porque tenía el pecho descubierto y el pelo muy corto... El otro individuo era realmente un misterio para Jin. Era un hombre alto y fornido, corpulento y que emanaba una tremenda seguridad y fuerza. Tenía el pelo largo y negro, recogido en una coleta, y vestía con un dobok de entrenamiento blanco, en cuya solapa ponía... - Baek Doo San -oyó la voz de Hwoarang a su espalda. Jin se volvió y observó al coreano, que llevaba en las manos un monton de ropa-. Mi maestro -dijo en un susurro. - Parece fuerte -comentó Jin dejando la foto en su lugar rápidamente. - Lo era -A Jin no se le pasó por alto aquella puntualización. Hwoarang se quedó callado, con la vista fija en la foto; luego lanzó la ropa a Jin-. Toma. - ¿Qué es esto? - Ropa -replicó Hwoarang en tono de broma, acercándose a la cocina-. Ya sabes, eso que se pone uno encima para no ir enseñando sus atributos... -dijo el coreano a su vez, abriendo un armario de la cocina. Jin suspiró y no contestó. - ¿Eres tú el que está al lado de Baek Doo San? - Es mi hermano gemelo perdido, ¡¿a ti que te parece?! - Ah. Jin no hizo ningún comentario más al respecto y echó un vistazo a la ropa que le había traído el coreano. Se trataba de un pantalón vaquero negro y una chaqueta de cuero de corte motorista, dorada y negra. A juzgar por el aspecto, Hwoarang ni siquiera la había utilizado. - Está nueva -dijo Jin, extrañado. Hwoarang levantó la cabeza de la nevera, mirando a Jin con un cartón de leche en la mano. - Me está grande -le dijo dejando el cartón en el mostrador y buscando un par de vasos. Había reunido un montón de cosas de comer en la barra. - ¿Y por qué te la compraste? - Tenía la esperanza de engordar un poco -dijo el coreano, mordiendo otra galleta-. Mira, chico, te recomiendo que no te lo pienses más y te cambies de ropa. Esos Tekkenshu están buscando a un niño pijo vestido con el uniforme de su escuela pija. - Está bien... -dijo Jin, comenzando a quitarse el jersey. - También te recomendaría que pasases a la habitación o al baño -dijo Hwoarang, señalando las dos puertas a su izquierda con la cabeza mientras se preparaba un sandwich. - No pensé que te importase. - Ah, no. A mi no me importa. Y seguro que mis vecinas están encantadas -comentó el pelirrojo con una media sonrisa. - ¿Qué quieres decir? - Tienen unos prismáticos muy potentes y son muy aficionadas a ver qué hace la gente dentro de sus casas. No se si me entiendes. Jin enrojeció hasta la raíz del cabello y entró en el baño, que no constaba mas que de un retrete, un lavabo y una ducha. - Por cierto -se oyó la voz de Hwoarang desde detrás de la puerta-. Me dijiste que querías irte de la ciudad. ¿Dónde tienes pensado ir? - A Japón -dijo Jin, como toda respuesta. - ¡¿A Japón?! ¿Y que infiernos pintas tu en Japón? -Jin abrió la puerta un poco y asomó la cabeza para que Hwoarang pudiera verle. - Se ve a la legua que soy japonés -dijo, imitando la voz que el coreano empleó con Ling cuando ésta le preguntó si era occidental. - Imbécil -dijo Hwoarang-. Me refiero a qué vas a hacer tú en Japón, sobre todo sin tu abuelo. Jin se quedó callado, pensando. Sólo había un lugar donde podía ir, a aquel bosque de su infancia, donde creció junto a su madre. Pero, ¿como decirle a Hwoarang que pensaba marcharse a un bosque? ¿Cómo decirle que quería abandonar las riquezas, las facilidades y el lujo para marcharse a un duro bosque de Japón? Además, sería otro tema para que se burlase de él, si bien era consciente de que no podía viajar con Hwoarang si no confiaba en él. - ¿Chico? -la voz de Hwoarang tenia un matiz algo preocupado. Jin salió del baño, y Hwoarang le miró de arriba a abajo, con ojo crítico. El aspecto de Jin en ese momento impresionaba. La chaqueta le quedaba ajustada a causa de su musculosa constitución, y se la tuvo que desabrochar ligeramente para poder respirar. Esa pequeña abertura mostraba unos impresionantes pectorales bajo una camisa de hombros. - Tío, no pienso presentarte a ninguna de mis amigas... -comentó Hwoarang, con cierta envidia en su voz, que trató de ocultar inmediatamente. - Me está pequeña -dijo Jin, intentando subirse un poco más la cremallera. - Por lo menos tú la llenas -dijo el coreano-. Si no respiras muy profundamente la cremallera aguantará. - Pero puede que yo no -dijo Jin, no muy convencido. - Todo en esta vida tiene un lado bueno y otro malo -replicó Hwoarang con una media sonrisa-. Bueno, pilla algo de comer. Nos tenemos que ir. - ¿Dónde? - Tengo que trabajar. El alquiler, la luz y el agua no se pagan solos. - ¿Trabajas ahora? -preguntó Jin, mirándose el reloj. Eran las diez y media-. Pensé que el taller... - En el taller no gano apenas nada, ¿que esperas de un tipo que contrata delincuentes? -dijo con sequedad-. Trabajo de noche, duermo de día y voy al taller por la tarde -dijo Hwoarang, cogiendo de nuevo su mochila-. ¿Quieres saber algo más? - ¿Eres siempre tan grosero? -dijo Jin, un poco harto del tono de Hwoarang. - Si. ¿Algo más?
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