Round 4:

La calle

Con las luces de neón de los establecimientos, los faros de los coches y la aglomeración de gente en las calles más comerciales, Hong Kong parecía estar mucho más viva por la noche que por el día. O al menos eso le parecía a Jin, que volvía a ir montado de paquete tras Hwoarang, en un viaje durante el cual el coreano no había abierto la boca ni siquiera para insultar a los conductores que no le dejaban paso. Aún sin esa distracción, a Jin se le había hecho imposible averiguar dónde iban o en qué dirección se estaban moviendo. Los ruidos de la ciudad y sus olores eclipsaban el resto de sus sentidos y él, que había aprendido desde muy pequeño a orientarse por la luna y la posición de las estrellas, se encontraba perdido en la gran ciudad.

Por suerte, Hwoarang sabía muy bien dónde iba. Después de casi media hora de viaje el pelirrojo detuvo la moto después de meterse por más callejones de los que Jin hubiera creído posible. Dejó la moto entre dos almacenes y, en cuanto bajó el soporte, Jin se bajó. Hwoarang hizo otro tanto y, esta vez si, aseguró las ruedas de la moto con un candado.

- ¿Dónde estamos? -preguntó Jin.

- Trabajo cerca de aquí -contestó Hwoarang, echando a andar.

- ¿En qué? -quiso saber Jin.

- Peleo.

- ¿Sigues con eso? -Jin recordó la forma en que lo había conocido-. Al verte en el taller pensé que lo habías...

- Sigo con eso -le cortó Hwoarang-. El trabajo en el taller es solo la buena obra de un madero de la ciudad.

- ¿Un madero? -preguntó Jin. Luego recordó haber oído algo así en la televisión-. ¿Te refieres a la policía? -Hwoarang asintió.

- Hay un poli que está empeñado en ser mi ángel de la guarda. Me metí en un lío y él me dio la oportunidad de no ir al reformatorio a cambio de trabajar en ese taller -explicó el coreano-. Y nunca me ha gustado estar encerrado, así que acepté.

- ¿Y qué tal te va? -se atrevió a preguntar Jin, aprovechando el momento de confesión. Hwoarang se encogió de hombros.

- Me va -dijo sin mucho entusiasmo-. Ya estamos -anunció.

Jin levantó la mirada. Se hallaban delante de un enorme almacen cuyas ventanas, varios metros por encima de sus cabezas, presentaban un aspecto desastroso. En realidad, todo el almacén parecía abandonado. Hwoarang golpeó dos veces en las planchas de metal que tapaban la puerta. Inmediatamente se oyó una tercera voz.

- ¿Quién va? -preguntaron de manera ruda.

- Tu madre -dijo Hwoarang, de manera mas ruda aún. Comparado con aquel tono, el que usaba para dirigirse a Jin era encantador-. ¿Quién más puede venir montado en tu moto, Oak? -preguntó el coreano. Su tono cambió a burlón cuando continuó-: Ah no, perdona. Ahora es mía.

- ¡Que te jodan Hwoarang! -gritó el tal Oak.

- Jódete tú -replicó Hwoarang inmediatamente-. La gané en una apuesta justa -El pelirrojo sonreía con aquella media sonrisa tan característica-. Tú pierdes, yo moto. Abre de una puta vez.

Oak retiró la puerta. Era un hombre mucho más alto y corpulento que Hwoarang, debía medir cerca de los dos metros. Era oriental, con el pelo rapado y la nariz rota, lo que le daba un aspecto de matón.

- Tus amigos quieren verte -dijo el tal Oak, con una especie de sonrisa en el rostro.

- Yo no tengo amigos -dijo Hwoarang. La afirmación fue rápida y carente de toda duda. Al oírle Jin no supo si impresionarse o sentir lástima-. Por cierto, ¿qué tal tu napia? -preguntó sarcástico.

- Te van a dar por ... -Oak no llegó a acabar la frase. Parecía habérselo pensado mejor. Al cabo de un rato continuó-. ¿Ya lo sabes?

- Saber, ¿qué? -preguntó Hwoarang sin mucho interés. Oak sonrió con confianza, un gesto que a Jin no le gustó nada.

- Ya lo sabrás, ya. Que te lo digan ellos -dijo Oak, señalando hacia delante con la cabeza. De repente, su mirada se posó en Jin, al que miró de arriba a abajo-. ¿Quién es tu amigo? -preguntó tras el escrutinio. Jin se sintió muy incómodo.

- No le va tu rollo, Oak -respondió Hwoarang. Jin se sintió aún más incómodo.

- ¡Te voy a matar!

- Ya lo intentaste. Dos veces. Por eso tengo tu moto -comentó el coreano mientras pasaba por su lado. Oak volvió a callar y Jin se alegró, por una vez, de que su compañero tuviese siempre que decir la última palabra.

Hwoarang y Jin siguieron andando entre vigas oxidadas, cristales rotos y planchas de hierro caídas del techo. Al fondo del almacén Jin pudo distinguir unas cuantas hogueras, hechas en el interior de unos barriles. A su alrededor había una pequeña multitud reunida, que calló inmediatamente al ver llegar al coreano.

- ¿Que pasa? Esto esta muerto -comentó Hwoarang. Ni siquiera saludó, solo entró en el círculo iluminado como si todo aquello fuese de su propiedad.

- ¿Que qué pasa? -preguntó uno de los presentes. Un tipo también oriental, de pelo rubio platino, muy corto y de punta. En opinión de Jin, tenía un aspecto ridículo-. Dinoslo tú, imbécil.

- ¿Nunca te han dicho que tienes la boca un poco grande? -dijo el coreano, clavando la mirada en el que acababa de hablar.

- ¿Que infiernos has hecho esta vez, coreano de mierda?

- Cuidado -amenazó Hwoarang. No necesitó más para que el personaje diese un paso atrás. Ni siquiera se movió, sus ojos hicieron el trabajo.

- Los Tekkenshu te buscan y el "abuelo" nos ha dado un mensaje para ti -continuó otro de los allí reunidos, a la espalda de Hwoarang. Este le miró sobre el hombro.

- ¿El abuelo? -dijo Jin en voz baja. Pero Hwoarang levantó una mano indicando que esperara.

- ¿Os lo ha dado en persona? -preguntó el pelirrojo. El individuo negó con la cabeza-. Ah, eso explica por qué seguís todos aquí. Si Heihachi Mishima llega a presentarse en este antro hubierais salido todos en estampida -se mofó Hwoarang. Así, Jin se enteró que "el abuelo" era su propio abuelo-. ¿Qué tenía que decirme el tipo?

- Nos dijo que tenia a la china. Y que ya le conoces.

Jin, a espaldas de Hwoarang, pegó un respingo. ¡Su abuelo tenía a Ling! El mensaje no había sido para Hwoarang, ¡había sido para él! De alguna manera, habían encontrado a su amiga y se habían enterado quién era el que le había ayudado a escapar de los Tekkenshu. El joven japonés se maldijo. Por querer escapar, por pensar sólo en sí mismo, había metido en problemas tanto a Ling como a Hwoarang. Sólo había una solución para aquello...

- ¿Quién infiernos es? -preguntaba en aquel momento otro de los tipos. Jin se dio cuenta de que se refería a él.

- Eso no te importa -dijo Hwoarang inmediatamente-. Mis asuntos son sólo míos.

- Pues no se cómo siempre acaban respercutiendo en nosotros -dijo el rubio platino, echando mano de todo su valor. Hwoarang se volvió y le miró con furia.

- ¿Cómo has dicho? -preguntó.

- ¡Lo que has oído! ¡Sólo nos traes problemas! -dijo el rubio-. ¡Lárgate de aquí!

Jin observó que el coreano apretaba los puños con furia contenida.

- ¿Que solo os traigo problemas? -preguntó-. ¡Joder! ¡Esa si que es buena! ¿Que yo os traigo problemas? ¡Seréis cabrones! ¿Quién os ha estado dando de comer, payasos? ¿Quién os ha sacado de mas líos de los que podéis contar? Si pudierais contar, claro -acabó añadiendo, mordaz-. ¿Gracias a quién habéis pagado a vuestros camellos? ¿Eh? -siguió. Clavó la mirada en el rubio, que parecía ser el jefe-. Si no me equivoco, fuiste , Spider, quien me pidió que me uniese a vosotros. Y yo, como buen imbécil, me uní. Me dabais lástima. Lo peor es que ahora me dais mucha más lástima. ¿Quién os va a sostener ahora que me voy yo, gilipollas? ¿Vas a ser tú, Spider? ¿El llamado líder de la banda? ¡Todos sabemos quién manda aquí! -le preguntó al rubio, que agachó la cabeza-. En todo caso ya no es problema mío.

El coreano se dio la vuelta con aire señorial, mientras el resto de la banda se miraban unos a otros, sin saber qué decir. Jin estuvo bastante seguro de quién era el verdadero jefe de aquellos tipos, el que realmente movía al grupo. Y era el pelirrojo que pasó a su lado, caminando hacia la salida.

- Vamos, Kazama -le dijo a Jin. Este se sorprendió al oirle llamarle así-. Los perdedores me dan asco.

Jin le siguió. Nadie dijo nada, nadie se movió mientras Hwoarang se largaba. Jin comprendió entonces que lo que había dicho el pelirrojo antes era cierto. No eran sus amigos. No lo habían sido nunca. El japonés no llegaba a comprenderlo del todo. Entonces, ¿por qué estaba con ellos? Había dicho que les había ayudado, ¿por qué? Mientras todo eso pasaba por su mente, llegaron a la altura de Oak, que sonreía satisfecho.

- Te han jodido bien, ¿eh, pequeña mierda?

Sin mediar palabra Hwoarang le soltó un tremendo puñetazo al hombretón, que se tambaleó hacia atrás sujetándose la nariz. Seguramente volvía a tenerla rota.

- Ahora tienes algo de que quejarte, gilipollas -contestó Hwoarang, mientras salía al exterior.

* * *

El coche se detuvo a varios metros de un bloque de pisos destartalados, en uno de los barrios mas peligrosos de Hong Kong. Cada vez que el detective Lei Wulong observaba este barrio, le invadía una profunda melancolía, ya que había perdido a un compañero en un lugar como aquel, víctima de un tiroteo.

Pero no era momento de recordar el pasado cuando tenía cosas entre manos. Lei observó el edificio. Era un bloque de pisos desastroso, donde llamaba la atención una única vivienda con todas las luces encendidas, las sombras en las ventanas indicaban un gran movimiento en el interior. Tras mirar a la entrada de la estructura y encontrar varias furgonetas negras aparcadas en el exterior, se confirmaron sus sospechas. La casa de Hwoarang estaba siendo registrada. Los Tekkenshu habían llegado antes que él.

Salió del coche y tras indicar a su ayudante que le esperara, se encaminó hacia el edificio. Un soldado Tekkenshu guardaba la puerta. Antes de que el soldado preguntase cualquier cosa, Lei se levantó la chaqueta, mostrando la placa que llevaba en el cinturón. El soldado no dijo nada y se retiró, dejándole paso libre. Lei subió por las escaleras del edificio corriendo, esquivando las cajas y despojos que había por el suelo. No era la primera vez que pensaba que el sitio era una verdadera pocilga.

Llegó al segundo piso, donde la puerta de Hwoarang había sido tirada abajo. En el interior encontró a varios Tekkenshu registrando la casa. Lei entró y observó la masacre. Habían tirado la librería y desorganizado la cocina. No se atrevió a mirar en el dormitorio, tal era el desorden en la sala de estar. Había compac-discs esparcidos por el suelo, los altavoces del equipo de música tirados en medio de la habitación... Lo único que permanecía intacto era una guitarra eléctrica tirada encima de un sillón.

- ¿Habéis encontrado algo de interés policial, chicos? -preguntó con amabilidad, a pesar de todo. Como se esperaba, la pregunta de Lei cayó en saco roto. Los Tekkenshu se encontraban demasiado ocupados destrozando la casa de Hwoarang. Lei agarró la guitarra y buscó con la mirada la funda para guardarla; no tardó en dar con ella.

Mientras cerraba la funda, se fijó en algo. Entre todo el desorden vio el marco de una foto, caído al suelo al caerse la televisión. Lei lo recogió y miró la foto. En ella se veía a un chaval con un hombre peinado con coleta.

- Baek -susurró Lei. La imagen de su amigo le hizo recordar viejos tiempos-. "Las mejores personas son aquellas que luchan contra la oscuridad, cuando ya han vencido a la suya propia" -recordó-. Tú eras el ejemplo, lo sabías mejor que nadie, amigo, y por eso lo viste venir. Es un chico difícil.

Wulong se giró sobre los talones y se guardo la foto en el bolsillo interior de la chaqueta, agarró la funda de la guitarra.

- ¿Os importa que me lleve esto? -Nadie respondió, tal y como esperaba-. Entonces me lo llevo.

Lei bajó las escaleras y volvió a la calle. Caminó hacia el coche y abrió la puerta. Antes de entrar miró otra vez a los edificios destartalados. El estruendo de una motocicleta le sacó de sus pensamientos. No venía de lejos, solo unas calles mas allá. Wulong pudo reconocerla.

* * *

El puerto deportivo de Hong Kong estaba tranquilo por la noche. Era un lugar perfecto para meditar, o al menos eso debía pensar Hwoarang. Llevaba un largo rato sentado en el borde del muelle, con los pies colgando. Jin se encontraba detrás suyo andando lentamente en círculos, incómodo por el silencio tan raro en Hwoarang.

Jin casi podia adivinar lo que el coreano de pelo rojo estaba pensando. Pensaría que por culpa suya, del niño pijo, se acababa de meter en el lío mas gordo que nadie podía imaginar. Que por su culpa había perdido su hogar, sus amigos y posiblemente su futuro. Jin no podía reprochárselo.

Al fin y al cabo era cierto.

- Bueno. ¿Que vamos a hacer ahora? -Jin se sobresaltó al oir la voz de Hwoarang-. Tendrás alguna idea, ¿no?

- No, Hwoarang. Bueno, no tengo ninguna idea inteligente.

- Las menos inteligentes suelen ser las mas divertidas -replicó Hwoarang con aquella media sonrisa; por alguna razón, aquel gesto sirvió a Jin como un pequeño consuelo.

- Eso no me ayuda -dijo Jin a pesar de todo, el consuelo había sido corto y él parecía taciturno-. Me voy a entregar a mi abuelo. -Hwoarang se giró hacia su compañero-. He causado ya bastantes problemas. Primero Ling, ahora tú...

Hwoarang se levantó lentamente y se plantó delante del japonés. Le observó durante un rato en silencio, hasta que le golpeo con los nudillos en la frente, como si llamara a una puerta.

- ¿Hola? ¿Hay alguien en casa? -preguntó-. No. Parece que esta vacío.

- No estoy para bromas.

- Ya somos dos. -Hwoarang parecia decidido-. Si ya sabía yo que eras idiota. Verás, niño bonito. Las cosas están así: si vuelves a tu casa Heihachi te va a matar y ni siquiera sabemos si va a soltar a tu novia. -Jin hizo caso omiso tanto del insulto como del último comentario.

- Mi abuelo es un hombre de palabra.

- Seguro que si -dijo Hwoarang con sarcasmo-. En todo caso, a mi no me la ha dado todavía. Mira, Kazama, como me vuelvas a decir que te vas a entregar a tu abuelo, te parto la cara -soltó el coreano de repente-. Esa chica estará pasando un mal rato, a mi me han destrozado la casa... Si te entregas, nada de eso habrá servido, ¿entiendes? Así que ya estás pensando en otra cosa.

- Pero al menos...

- Pero al menos nada. Tu estarás muerto, yo en la carcel y tu chica se queda sin novio.

- No es mi novia -replicó Jin. No pudo evitarlo.

- Si, lo que sea -dijo Hwoarang, como si eso no fuera importante-. Además, ¿de qué me sirves muerto si yo lo que quiero es derrotarte?

- ¿Todavía sigues con eso?

- Por supuesto.

Se quedaron en silencio durante un rato.

- Pues entonces -añadió Jin-, luchemos.

- ¡¿Ahora?! -Hwoarang se quedó sorprendido. Parpadeó un par de veces, pero luego volvió a esbozar su sonrisa-. ¡Muy bien!

- ¡No contigo! ¡Contra mi abuelo!

- Oh -añadió Hwoarang desilusionado-. Bueno, podríamos vencer al viejo, pero a mi lo que mas me preocupa es la gente que le rodea. Los Tekkenshu son idiotas, pero también muchos y están armados.

- Pero recuerda que me quieren vivo.

- Puede que a ti si. ¿Que hay de mi? En fin -dijo con un suspiro-. En cosas peores me he metido. -Jin enarcó una ceja, sin llegar a creérselo, pero Hwoarang no se explicó-. ¿Como lo piensas hacer? ¿Llamar a la puerta y decir que somos Boy Scouts vendiendo galletas?

- Seria bastante cómico -añadió una voz a sus espaldas. Al girarse vieron a un hombre de unos cuarenta años, con una chaqueta de ante y unos pantalones de pana. Lucia una larga melena negra recogida en una coleta.

- ¡¿Detective?! -gritó sobresaltado Hwoarang.

- ¿Que tal, chaval? -añadió el poli. Luego dirigió la mirada a Jin-. Lei Wulong, a su servicio, Kazama-san -le dijo, en un modesto japonés.

- Te juro que esta vez no he hecho nada -se apresuró a decir Hwoarang cuando el policía le miró.

El agente se acercó con las manos metidas en los bolsillos, hasta que llegó a la altura de Jin. Le tendió la mano cortésmente y volvió a presentarse ante la mirada un tanto asustada de Hwoarang, que mantenia las manos levantadas.

- Es cierto, Wulong-san -añadió Jin-. Fui yo quien buscó a Hwoarang.

- No hace falta que lo juréis. Hwoarang es un chico de lo mas inofensivo.

- No le hagas caso -se quejó el aludido. El policía solo sonrió.

- No he podido evitar oír vuestra conversación y me gustaría saber unas cuantas cosas antes de que me acompañéis a comisaría. No pasa nada, es algo formal -se apresuró a aclarar el detective ante la mirada alarmada de los dos jóvenes-. Los Tekkenshu os buscan y si estáis bajo mi custodia, no os harán daño.

- No puedo, Wulong-san -dijo Jin.

- Que ingenuo eres, Wulong -dijo Hwoarang, recuperada ya su seguridad habitual-. Los Tekkenshu son las manos y ojos de Heihachi. Y Heihachi quiere ver a este muerto -añadió, señalando a Jin con la cabeza.

- Si, ya lo oí, y esa iba a ser una de mis primeras preguntas. ¿Qué significa eso de que tu abuelo te quiere ver muerto? -la mirada de Lei se cruzó con la del coreano pelirrojo, que se encogió de hombros, ya que también se preguntaba lo mismo.

- A mi no me lo ha contado. Iba a intentar sacárselo ahora.

- Es algo largo de explicar -Jin agachó la cabeza-. Pero no puedo ir a comisaría, allí mi abuelo me podría encontrar fácilmente.

- ¿De que tienes miedo? -Lei se comenzaba a asustar-. Se que Heihachi es un hombre muy duro, pero no creo que llegue al punto de... -Lei se quedó callado. Jin había agachado la cabeza y apretado los puños, con tal fuerza que los nudillos comenzaban a tornarse blancos. Las historias que Lei habia oído, y vivido, sobre Heihachi Mishima negaban lo que había estado a punto de afirmar... y comprendió al muchacho.

- Mi abuelo me necesita. Por eso ha raptado a Ling -Jin levantó la cabeza-. Mi abuelo me necesita, para matarme.

- Esto es difícil de comprender si no te explicas, muchacho -añadió Lei, a pesar de todo-. Tendrás tiempo camino a la comisaría.

- La edad te afecta el cerebro, Wulong -dijo Hwoarang-. ¡Nadie va a ir a comisaría! Allí será el primer sitio donde busquen.

- Es cierto, Wulong-san -dijo Jin-. Donde debemos ir es a la mansiín Mishima. Tenemos que rescatar a Ling.

- ¿Ling? -preguntó Lei.

- Es una compañera de colegio -explicó el joven japonés-. Cometí el error de dejarla sola y ahora mi abuelo la tiene en su poder. Y los amig... -Jin se lo pensó un momento antes de continuar, y finalmente se corrigió-. Los compañeros de Hwoarang nos dijeron...

- El mensaje ha sido claro: si éste no vuelve -dijo el coreano, señalando al japonés con un gesto vago-, algo le sucederá a la chica.

- ¡Tengo que hacer algo! -dijo Jin. Lei se quedó mirando al muchacho un rato, con aire pensativo.

- Tratándose de Heihachi Mishima... -comenzó el detective, pero no llegó a terminar la frase. Los tres comprendían perfectamente-. Quizás debería plantarme allí y hacerle unas cuantas preguntas...

- Si, claro. Nombre, edad y número de teléfono, no te jode -dijo Hwoarang-. ¿Qué vas a preguntarle? ¿Que si tiene a un chica china secuestrada para hacer chantaje a su nieto? No se mucho de los métodos de la policía, pero me parece que eso no dará resultado... Y tampoco da resultado quedarnos aquí mirando las estrellas.

- Por una vez, el chico tiene razón -dijo Lei.

- Disculpa, pero yo siempre tengo razón -se apresuró a añadir Hwoarang. Lei puso los ojos en blanco y Jin sonrió levemente-. Nada de llamar a la puerta del viejo. ¿No eras el "Supercop", Wulong? Entras, coges a la chica y sales, a lo Jackie Chan.

- Esto no es una película, Hwoarang -dijo Lei-. La Mansión Mishima tendrá una gran vigilancia.

- La tiene -confirmó Jin-. Hay tres turnos de vigilancia durante el día, compuestos por gran cantidad de hombres. Toda la casa está controlada por cámaras... es muy difícil que nadie pase desapercibido.

- ¿Y tenemos que pasar desapercibidos necesariamente? -preguntó Hwoarang.

- Se supone que tenemos que rescatar a Ling sin que me descubran -le recordó Jin-. Para eso hace falta actuar sin llamar la atención, no podemos ir metiendo escándalo...

- No, espera -dijo Lei-. Puede que Hwoarang tenga razón...

- Te repito, Wulong, que yo siempre... -dijo Hwoarang.

- Tengo un plan -se adelantó el detective-. Os lo contaré en el coche -indicó a los dos jóvenes con un gesto que le siguiesen y ambos echaron a andar.

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