Por fin acabo de traducir este capítulo. No es que haya sido difícil, que no lo ha sido, es que la vida real a veces hace esas cosas. Y para los fans de Glee tampoco ha sido una semana muy agradable, nos gustase más o menos Cory Monteith.
Espero que el capítulo de hoy os guste y me paguéis con algún comentario.
Capítulo 8: El suflé de chocolate y ron se aplaza
Dave está teniendo una buena semana.
Una semana realmente buena. Y, aunque aún está asustado de abandonarse completamente a esa extraña y mareante sensación de libertad que los acontecimientos de los últimos días le han ofrecido, la repentina vibración en su bolsillo no está haciendo nada por enfriar su recién encontrado ánimo.
Se sonríe mientras el zumbido continúa contra su cadera demasiado largo y persistente para ser sólo un mensaje. Llega justo después de la última foto que le ha mandado a Kurt que muestra una artística toma de la comida más decadente que ha tomado nunca: codorniz rellena de salchichas y envuelta en finas y crujientes tiras de panceta (perfectamente alineadas en líneas paralelas sobre la pechuga del pajarito, toda la cobertura dorada con una perfección que te hace la boca agua) con polenta con parmesano cremosa y amarilla, tomates cherry en rama asados y cubierto con un delicado y crujiente parmesano en forma de media luna. Se la había enviado con el texto: Hoy me salto el postre para poderle dar toda mi atención a este chico malo. Desearía poderlo compartir ;)
Aún está sentado en la mesa del comedor con un plato vacío delante de él mientras medio escucha a Jay y Lenny pelear sobre quién de los dos ha estado más cerca de conseguir el color exacto de la beurre noisette del chef de la clase de hoy (no es que sea un arrogante ni nada pero Dave está bastante seguro de que su mantequilla marrón ha sido la mejor de la clase de hoy). Se inclina en su asiento y se saca el teléfono del bolsillo de atrás de los pantalones mientras se sonríe incluso antes de mirar quién llama. Ya sabe quién es y, con sólo una mirada rápida para confirmar sus sospechas, pasa el dedo sobre el nombre sin foto de Kurt en la pantalla táctil para responder.
—David, eres malo.
En respuesta solo se ríe y se esfuerza por convencer a su boca para que hable mientras su mente vuela al darse cuenta de que ésta es la primera vez que Kurt ha llamado en lugar de responderle con un mensaje, lo que significa que ésta es la primera vez que de verdad han hablado por teléfono. Dave acalla los intentos de su mente de recordarle las veces en que intentó comunicarse con Kurt por teléfono en el pasado y en su lugar se concentra en el hecho de que la voz de Kurt suena un poco más profunda que en persona, incluso ligeramente ronca, y cómo, junto con su tono falsamente petulante, el sonido le envía agradables oleadas de calor por la columna vertebral.
—Sí, bueno —dice mientras se aclara su repentinamente seca garganta, aparta la servilleta y se levanta para alejarse de la ruidosa charla del comedor ante las curiosas miradas de sus compañeros de clase. Nota cómo se le encienden las mejillas mientras Jay le guiña el ojo antes de que dé la espalda a la mesa y continúe—: Más o menos ya lo sabías.
—¡Ey! —Inmediatamente Kurt le reprende y Dave se encuentra encogiéndose ante la probablemente inconveniente elección de palabras dada su historia juntos. Mientras pasa por la gran puerta de salida está agradecido de que Kurt continúe y que su tono siga siendo ligero—. No tengo ni idea de cómo sigues tan… tan en forma comiendo así cada día.
Si las mejillas de Dave ya estaban encendidas ahora arden y se nota que involuntaria e inexplicablemente mete tripa mientras apoya el hombro en la ligeramente fría pared de ladrillo rojo del exterior del vestíbulo—. Bueno, hago ejercicio.
—Obviamente —dice Kurt en voz baja y después se detiene e inspira audiblemente antes de seguir—. Da igual, no te llamaba para hablar de eso.
—¿Ah, no?
—No. Tengo una… proposición —ronronea Kurt, en serio, y entonces se detiene de nuevo, y esta vez se oye un repiqueteo, un taco amortiguado y un suspiro—. Mierda, te llamo luego. Estamos todos manos a la obra con el nuevo diseño y, como chico para todo de todo el mundo, me han dejado otra vez con los teléfonos para mí solo. Dame dos minutos, ¿vale?
—Oh, vale, sí, sin problema —murmura en respuesta. Sabe que Kurt está más que ocupado esta semana y que, de todos modos, la verdad es que no debería estar haciendo llamadas personales mientras está en el trabajo. Aunque el hecho de que lo esté haciendo, y específicamente a él, mantiene la sonrisa en la cara de Dave—. Puedo esperar.
—Gracias, David —responde en voz muy baja pero cálida antes de cortar la llamada.
Dave mantiene la mirada baja y fija en la pantalla del teléfono sin prestar atención a la sonrisa tonta que tiene en los labios mientras apoya su sonrojada mejilla contra los fríos ladrillos rojos contento de esperar a Kurt por tanto tiempo como haga falta. Aunque, si su actual racha de buena suerte continúa, no cree que tenga que esperar mucho.
La noche siguiente a su "cita que no era una cita" con Kurt del viernes no había dormido prácticamente nada; había sido una noche llena de pensamientos trémulos y de dar y dar vueltas (bastante vigorosamente si era completamente sincero) durante la cual decidió que no se permitiría arruinar lo que tenía ahora (lo que fuera que fuese) volviendo a sus hábitos del pasado. Ya no era un niñito asustado. No iba a pensar lo peor de sí mismo y no iba a huir pasase lo que pasase. Su terapeuta le había dicho, y él lo sabía, que tenía que dejar de dudar de sí mismo y de los demás (es decir, de Kurt). Tenía una vida completamente nueva para vivirla y nada (ni el miedo a fallar, ni fallar y volver a levantarse y decir que te den a cualquiera que se atreva a derribarle) iba a pararle de vivirla. Vivía por su cuenta en una de las mejores y más importantes ciudades del mundo, iba a clase (lo que le encantaba), tenía fantásticos nuevos amigos y un absolutamente genial viejo amigo y estaba listo para simplemente permitirse disfrutar tanto como pudiese sin preocuparse por cuánto podía durar todo eso antes de que jodiese algo.
Mientras estaba tumbado en la oscuridad demasiado brillante de su cuarto, sonriente, somnoliento y seguro de sí mismo, decidió que se sentía bien. Y, después de todo, se merecía sentirse bien, coño.
Sabía que se sentiría bien mientras siguiese recordándoselo.
Al día siguiente se aferró a su nueva mentalidad positiva mientras corría alrededor de su edificio, compraba algunos alimentos, lavaba una tonelada de ropa, leía dos capítulos adelantados de su libro El cocinero profesional a la vez que se comía los restos del hummus (se complació recordándose que eran los restos del hummus de Kurt Hummel) y continuaba intercambiando mensajes con Kurt que eran amigables, divertidos y a veces tan llenos de coqueteos que tenía que leerlos tres veces para asegurarse de que no se lo imaginaba.
A lo largo del día Kurt le había proveído con continuos comentarios sobre sus hazañas con Rachel y su familia. Mediante mensajes aprendió que uno de los padres de Rachel había adquirido gusto por la ropa horrible de deporte (Estoy rodeado de zapatos de golf, David. Mi mirada experta aquí es un completo desperdicio. Y hay otras cosas, más atractivas, que podría estar mirando ahora mismo… x), cómo la comida vegana no le iba mucho (El tofu líquido es delicioso, de verdad, pero falla a la hora de satisfacer mis necesidades carnívoras básicas x) y cómo entre ellos (Kurt, Rachel, Leroy y Hiram) se sabían cada palabra de cada canción interpretada en Wicked y cómo habían formado un bochornoso pero aparentemente divertido coro en miniatura durante toda la representación (Rachel incluso habla durante los diálogos no musicales, le había escrito Kurt durante el intermedio. Las señoras de detrás de nosotros no están tan impresionadas como ella parece pensar que deberían).
Su domingo por la mañana había empezado con un mensaje de Kurt con una foto extraña (incluso si no era del tipo que de verdad le habría gustado mientras aún estaba en la cama sufriendo de un caso grave de tienda de campaña mañanera) mostrándole su desayuno: una pegajosa pila de tortitas de arándanos generosamente rociada con sirope de arce y adornada con aún más arándanos frescos y una espiral de nata montada. El texto que la acompañaba decía: Una pequeña venganza contra el cocinero que me toma tanto el pelo :p Esta vez el placer es todo mío ;) xxx. Eso había ayudado a que su día tuviese un delicioso comienzo y, mientras miraba sus conversaciones por mensaje, se complacía secreta y estúpidamente de que Kurt continuase añadiendo un beso virtual o dos (o tres) al final de sus mensajes todo el fin de semana tal y como había empezado haciendo el viernes por la noche.
El domingo por la tarde se dirigió a Hyde Park para encontrarse con Jay en el casi desierto gimnasio del campus para un entrenamiento atrasado. Se vigilaron el uno al otro mientras levantaban peso y corrieron en la cinta el uno al lado del otro, todo eso mientras miraban a Anne Burrel trocear y saltear en silencio en la pantalla sobre ellos y se reían por el hecho de que las instalaciones del campus de la CIA debían de ser el único gimnasio del país (si no del mundo) que sólo emitía el Canal Cocina en sus televisores.
Se había sorprendido de lo diferente que parecía su compañero de clase sin su uniforme; de alguna manera parecía más joven en su ropa amplia de gimnasia. La sonrisa permanentemente irónica aún estaba ahí, como lo estaba ese destello de sabelotodo en sus ojos verdes que pegaban con su aspecto de joven cosmopolita de veinticinco. Pero, lejos de todos los demás, su diminuta estatura y su estructura delgada hacían que se viese más suave, algo menos intimidante que antes. Hablaron sobre las clases, los libros de texto, las técnicas y lo que tenían que esperar de los meses siguientes. Jay era culto; había viajado, había trabajado en cocinas de verdad, cocinado con chefs de verdad y le gustaba presumir del hecho de que sabía al menos un poco de todo. Afortunadamente, se las arreglaba para hacerlo sin resultar demasiado listillo y admitía que estaba ahí porque durante sus pruebas y viajes se había convertido en un aprendiz de mucho y maestro de nada. A Dave le caía bien el tío; le recordaba un poco a Az, ya que era brusco en las formas pero inteligente y él se sentía bien pasando ratos a solas de nuevo con un tío del que no estaba ni un poco enamorado.
—Te quedas con nosotros a ver luego el partido, ¿verdad? —le preguntó Jay cuando Dave entró a ducharse en el cubículo al lado del suyo después del entrenamiento. Había vacilado si quitarse la ropa de entrenar a solas, un viejo hábito que se le había pegado a pesar de su recién encontrado intento de confianza en sí mismo—. Las alitas picantes de ese bar, tío. En serio, tienes que probarlas.
—Por supuesto. Pero me pasaré primero por la biblioteca. Tengo que acabar ese trabajo sobre la estacionalidad —dijo Dave relajándose de nuevo mientras se adentraba más en el cubículo para que el agua le golpease en el pecho.
—Claro, tío. Sean no viene; me ha mandado un mensaje diciéndome que está enfermo pero sólo es resaca. Puto tirillas. Y Lenny aún viene pero ha hablado con esa chica, Liv, de la clase de preparación para ir juntos. Y la mujer de Rafi viene a verle el fin de semana así que no quiero ser un pardillo aguantavelas si se ponen todos en plan parejitas, ¿sabes?
—Sí, ya sé cómo es. Aunque casi también me traigo a alguien —dijo Dave con lo que debía de haber sido una sonrisita tonta en la cara antes de haberlo pensado bien. Rápidamente se enjabonó el pecho mientras mantenía la mirada fija en los azulejos color moho de enfrente de él.
Jay chasqueó la lengua. —Mierda, ¿tú también? Tíos, conocéis una chica que puede…
—No, no era una chica. Un chico —le corrigió a la vez que ladeaba la cabeza bajo el flojo chorro de agua caliente para esconder su cara sonrojada—. Es un amigo del pueblo pero no ha querido venir así que…
—¿No? —preguntó Jay. Paró para escupir el agua de su boca—. ¿Por qué no?
—No le va mucho el fútbol.
—Joder, ¿en serio? ¿Y eres amigo de ese tío? ¿Por qué?
Dave sabía que se lo había preguntado en broma pero aún se sentía audaz, se sentía valiente y parecía un momento tan bueno como cualquier otro para probar un plato nuevo, por decirlo de alguna manera. —Es un tío guay. A los dos nos gusta la comida pero a él le van cosas como las artes y eso más que el deporte.
—Las únicas artes que conozco son las culinarias.
—Sí, bueno, él canta y eso, así que le va el teatro, supongo. Y trabaja en moda. —Dave se arriesgó a mirar fugazmente a Jay e intentó sonar despreocupado cuando añadió—: La verdad es que es gay.
—Ey, tío —se quejó Jay. Dejó caer la cabeza y el agua le pegó el oscuro pelo a la cara—. No estarías… Mierda.
Dave sintió cómo su anterior calma se desvanecía y cómo una oleada de pánico le recorría la piel. Tenía los ojos cerrados bajo el agua y su garganta se negaba a funcionar.
Jay bufó y siguió—: De todos modos no estoy interesado así que no…
—Yo no… —empezó a decir sin saber seguro sobre qué iba a protestar cuando un recuerdo de otro vestuario, de otro tiempo y lugar, le golpeó con fuerza.
—Escucha, sé que lo haces con buena intención pero, tío, si me hubiesen dado una moneda por cada puta alma caritativa que ha querido liarme con un amigo pringado gay… —Jay fue apagando la voz y echó la cabeza hacia atrás con una risa ahogada.
Dave notaba que se estaba perdiendo algo. Se obligó a mantener los ojos abiertos aunque sus hombros permanecían tensos mientras se arriesgaba a mirar de lado a Jay. —¿Qué?
—Quiero decir que está bien —dijo Jay aún sonriendo. Cerró la ducha y cogió su toalla—. Aprecio el sentimiento y eso pero no necesito que nadie me busque un ligue. Sólo porque no esté harto de culos no significa que no pueda encontrar un tío yo solo si quiero, ¿sabes?
—Espera. —Dave se giró un poco para salirse del chorro de agua y parpadeó para quitarse las gotas que le colgaban de las pestañas—. ¿Tú eres gay?
—¿Aún necesitas comprobarlo después de intentar colocarme al gay ése de tu pueblo?
Dave notó que se le abrían los ojos y que la boca se le movía sin decir nada. Era vagamente consciente de que debía de parecer algún tipo de pez fuera del agua con toda la cara mojada. —Yo no… Yo nunca, en absoluto, yo no... No con… Quiero decir que ni siquiera lo sabía —tartamudeó.
—¿No? Mierda. Vale. Entonces la otra noche debiste irte a casa antes de que yo… —Jay arrugó la frente y frunció el ceño. Aparecieron líneas profundas hasta su barbilla antes de que arqueara una ceja y volviera a curvar los labios formando una sonrisa—. Bueno, ¿sorpresa?
—Sí —consiguió murmurar Dave, aún más que un poco perplejo.
—No a todos nos van… las artes y esa mierda, ¿sabes?
—Confía en mí, lo sé.
Hubo un momento de silencio sólo roto por el ruido del agua corriendo. Jay se aseguró la toalla alrededor de su estrecha cintura y se dirigió de vuelta a las taquillas de delante de Dave. Se paró y miró hacia atrás con ojos curiosos y los labios torcidos en un gesto sutil de diversión. —Espera. ¿Me estás diciendo que eres…
—Sí —asintió Dave sonriendo tembloroso. Estaba agradecido de que el muro del cubículo cubriese su pudor—. Yo también. ¿Sorpresa?
—¡Joder que sí! (1) —Jay se rió abiertamente ante su propia elección de palabras mientras movía su cabeza mojada. Se alejó caminando descalzo y Dave, sintiéndose muy aliviado, se permitió respirar de nuevo y unirse a la risa.
Aunque siguieron mandándose mensajes el resto de la noche, Dave decidió no decirle a Kurt (no inmediatamente ni por mensaje) que había salido oficialmente del armario delante de uno de sus nuevos amigos. Incluso aunque se moría por decirle ¡Mira! ¡Lo he hecho! quería hacerlo en persona. Se sentía tan increíblemente satisfecho de por fin haberle dicho a alguien que era gay y que, por una vez, había sido (más o menos, algo así) casi elección suya.
Mensajes de Kurt y confesiones que te cambian la vida aparte, el resto del domingo también había sido divertido. Le había dicho a Jay antes de irse del gimnasio que no estaba listo para estar fuera fuera del armario y, cumpliendo su palabra, no se había referido a su mutua homosexualidad en toda la noche.
Al menos no hasta que se acabó el partido (su equipo había perdido por 38 a 17 pero a Dave no le importaba demasiado), cuando Rafi y su mujer Pauline se hubieron ido y Lenny y Liv estaban ocupados en la barra flirteando e intentando ganarse el uno al otro en su tolerancia al alcohol, y Jay le dio un codazo y le preguntó a quién le había estado mandando mensajes toda la noche.
—Sólo… es un amigo —dijo Dave metiéndose el teléfono de vuelta al bolsillo con una pequeña y culpable sonrisa—. Del que te he hablado.
—¿Tu amigo gay el artistilla? —le retó Jay con una sonrisita—. ¿Es todo lo que es?
—Sí —respondió Dave. Se tomó un trago de cerveza y añadió—: Al menos eso creo.
—Entonces es que no.
—Mierda. —Dave se rio entre dientes y miró hacia la barra donde estaban el resto de sus amigos discutiendo sobre si tomar chupitos de mezcal o de tequila—. Es complicado… y no voy a hablar de eso ahora.
—Bien. —Jay se encogió de hombros y se acabó la cerveza antes de añadir en voz baja—: ¿Es mono?
Dave notó cómo se le enrojecía la cara mientras agitaba la cabeza, aunque no pudo evitar que se le estirasen los labios formando una sonrisa. —Sí —dijo finalmente con un pequeño bufido de incredulidad como si dijese claro que lo es.
—¿De qué tipo es?
—¿Qué?
—¿Es como tú? ¿Un cachorro mono?
—Ah. —Notó como aumentaba su sonrojo—. No. Es algo así como… un twink, creo.
—Vale. —Jay asintió lentamente—. Entonces mejor que no intentases juntarnos. No es para nada mi tipo.
Dave sonrió y asintió de vuelta sintiendo cómo las mejillas le ardían hasta casi amoratarse mientras se llevaba el botellín de cerveza a los labios.
Jay resopló y le dio a Dave una palmada en la espalda tan fuerte que casi hace que se atragante. —Pero supongo que ahora sé que es el tuyo.
El lunes había conseguido no tener demasiada resaca para poder conseguir una nota alta en su clase de manejo del cuchillo a la hora de tornear patatas y zanahorias (bueno, la técnica les daba a las verduras el aspecto de balones de fútbol americano y no le avergonzaba admitir que sólo por esa razón ya había practicado la técnica) y, después de que sus compañeros se burlasen amistosamente de él, el instructor le había arrastrado a un lado junto con Jay, Lenny y una chica pequeña y callada pero capaz llamada Mizue con la que no había hablado, para preguntarles si les gustaría ayudar en el trabajo de preparación del servicio de comidas de ese sábado. Todos saltaron hacia la oportunidad. Se sabía que las ofertas como ésa se contaban con los dedos de una mano y, además de conseguir créditos extra, la experiencia podía marcar la diferencia a la hora de asegurarse unas buenas prácticas o incluso, a largo plazo, un trabajo de verdad.
Además de informar a su padre de todas las buenas noticias, el martes había sido agradablemente tranquilo, con la rutina del horario de clases ya definido después de las primeras semanas de incertidumbre. No tuvo clases prácticas pero su empollón interior disfrutaba de las matemáticas culinarias y de las clases de seguridad alimentaria y el zumbido silencioso y regular que sentía del teléfono que descansaba en su cadera marcándole cada mensaje de Kurt había sido suficiente para mantener la anteriormente apenas conocida sonrisa en su cara.
Y ahí está ahora, temblando por una combinación de aire frío y expectación, aferrándose a su recién encontrado optimismo mientras espera escuchar la proposición de Kurt antes de tener que irse a la clase de conocimiento del producto. Está prudentemente curioso sobre la razón de la llamada, feliz por escuchar la voz de su amigo pero asustado de que sus planes vayan a cambiar, de que no vaya a ver a Kurt otra vez esta noche, de que no consiga por fin compartir las noticias, de que no pueda disfrutar de que le mangonee en su propia cocina el chef Hummel durante su prometida clase magistral del suflé (—¿Así es como los jóvenes lo llamáis ahora? —bromeó Jay cuando le contó sus planes).
Casi deja caer el teléfono cuando comienza a sonar en su mano.
—Lo siento pero esto es una locura —dice Kurt en un resuello tan pronto como contesta—. Se supone que ahora estoy en la hora de comer pero Cara ha llamado diciendo que está enferma otra vez e Isabella ha sufrido un colapso en la sala de juntas.
—Suena como el típico día en la oficina —dice Dave con un bufido de risa. Se gira para tener la espalda apoyada contra la pared, sus latidos aumentan de ritmo otra vez y mira al tranquilo lado opuesto del cuadrado.
—Me alegro de tener una excusa válida para no estar ahí dentro con ellos —dice como en susurros—. Da igual… Me han dado un pequeño regalo para compensar toda esta locura y eso es por lo que te estoy llamando.
Dave traga y sus labios se curvan hacia arriba en una sonrisa inconsciente mientras responde—: ¿Oh, sí?
—Sí. Entonces, sé que se supone que esta noche íbamos a hacer mi suflé de chocolate y ron. —Kurt se detiene e inspira profundamente y Dave siente que se le para el corazón, listo para hundirse por las palabras que empieza a soltar Kurt—. Y aún podemos, si de verdad quieres, pero Chase tenía una reserva en ese japonés nuevo a la vuelta de la esquina y obviamente no puede ir porque a Isabella le daría un ataque si saliera del edificio antes de las doce de la noche y yo ya me he quedado hasta tarde dos veces esta semana y creo que él siente algo de pena por mí porque, ya sabes, no tengo un sueldo de verdad por estar aquí así que me ha ofrecido la reserva y el descuento para empresas del treinta por ciento que consigue por llevarles clientes y he pensado que podría ser divertido.
Dave nota cómo se le hunden los hombros. Sólo se da cuenta de que se está mordiendo con fuerza el interior de la mejilla cuando va a hablar. —Vale, sí. Está bien. Podemos hacer lo del suflé cualquier otro día, o puedo probar la receta del suflé de Julia yo sólo, ¿no? Practicar un poco antes de avergonzarme…
—Quizá aún podamos hacer el suflé después —interrumpe Kurt con la voz aún alta y veloz—. Es sólo que habías dicho que apenas habías probado el sushi… y me encantaría presentarte las maravillas del shabu-shabu.
El corazón de Dave vuelve a latir antes de que su cerebro lo pille. —¿Lo harías?
—En serio necesitas educar el paladar, David.
—Oh. —Sonríe y siente que un nudo invisible se deshace en su interior—. Entonces vale, tienes razón, supongo que el shabu-shabu le gana al suflé.
—¿Cuándo llega tu tren?
—Eh, normalmente sobre las siete y media.
—Perfecto. Espero que encuentres la manera de abrir el apetito para esa hora. ¿Te has comido un pájaro entero para almorzar?
—Era una codorniz pequeña, diminuta. —Dave se ríe con un poco de vergüenza—. Para cenar estaré bien. Ya me está entrando hambre sólo de pensarlo.
—A mí también —dice y esa suavidad del principio ha vuelto. Suspira—. Mejor vuelvo dentro.
—Sí, claro. Entonces… ¿a las siete y media en la estación?
—Sí —responde Kurt y se para de nuevo sólo lo suficiente para que Dave se imagine la sonrisa que está seguro que puede escuchar—. Es una cita.
Dave espera hasta que está seguro de que Kurt ha colgado para preguntar—: ¿Una cita cita? —No quiere saber la respuesta, aún no, y se queda justo donde está, con el peso apoyado en la pared a su espalda, el teléfono agarrado en la mano, aún apretándolo suave y frío contra su oreja ardiendo, temeroso de dejar pasar el momento.
Ha sido una muy buena semana. Joder, una buena semana de verdad. Y cuando finalmente se obliga a volver a la ruidosa calidez del Roth Hall y a enfrentarse a la sonrisita de "lo sé" de Jay y a ignorar las burlas y preguntas de Lenny, Liv y Rafi, se atreve a esperar aun cuando no haya esperanza que sólo pueda mejorar.
(1) La frase original es Damn straight! La palabra straight también se usa como sinónimo de heterosexual. De ahí las risas de Jay y Dave.
