Round 6:

En el lado oscuro (2)



- Ahora se un buen chico y entrégale a él ese táser -fue la siguiente orden de la voz, mientras señalaba a Lei con la mano libre. El oficial, sin perder de vista el arma que le apuntaba, accedió-. Muy bien. Date la vuelta y mírame. -El oficial hizo como le ordenaban, pero no miró al preso ya que mantuvo la cabeza agachada-. ¿Podría usar el táser en este cabrón? -le preguntó el cautivo a Lei.

- No veo por qué no -respondió el policía. Y descargó el táser contra el Tekkenshu, que cayó al suelo inconsciente.

- Gracias. Ahora sáqueme de aquí -pidió la figura.

- Claro. Dígame una cosa -dijo Lei mientras buscaba las llaves de las celdas en el bolsillo del oficial-. Estoy buscando a una joven china raptada hace pocas horas, ¿sabe donde puede estar? ¿O donde la han llevado?

- Está aquí -dijo la sombra-. Detrás mío.

Lei se incorporó con las llaves en la mano y encendiendo su linterna del hombro iluminó la celda. La sombra se concretó en un hombre de color, de considerable altura y musculatura abultada, que llevaba el cabello recogido en una pequeña coleta en la nuca que dejaba sueltos varios mechones rastas y tenía un piercing en una ceja. A su espalda, Lei distinguió la figura de una chica con el pelo recogido a ambos lados de la cabeza. Estaba tumbada en el camastro, inmóvil.

- Ya estaba ahí cuando llegué -continuó el preso. Lei se dio cuenta de que su inglés era fluido pero tenía un acento extraño, con eses muy sonoras-. Creo que está drogada.

- Oh, supongo que es ella -dijo Lei manipulando la cerradura.

- ¿Supone? -dijo el hombre.

- En realidad, no la conozco -dijo el policía apagando la linterna-. He venido con dos amigos a rescatarla. Ya está. -Lei abrió finalmente la puerta.

- Obrigado, senhor -dijo la figura, al verse libre. Lei reconoció finalmente el acento gracias a aquellas dos palabras: portugués.

Aquel hombre se acercó al camastro, levantó a la chica en brazos y salió por la puerta. La sentaron en la silla del oficial.

- Mmm... ¿Ling? -dijo Lei dando unas palmaditas en la mejilla-. Si, creo que ese era su nombre. ¿Ling?

- Creo que no va a responder.

- Probemos otra cosa. -Lei echó mano de una jarra de agua que había en la mesa de los oficiales y sin mediar palabra se la echó encima. La chica ni se inmutó-. Vaya...

- Genial, hemos pasado de tener un fardo, a tener un fardo mojado.

- Tampoco es un problema, todavia no saben que estamos aqui, eeh... -dijo Lei.

- Gordo. Eduardo Gordo.

* * *

Desde que había llegado a la calurosa habitación, ninguno de los presentes había abierto la boca, salvo la ocasión en que Jin, observando con altivez a su abuelo, había exigido ver libre a Ling. Heihachi, desde su posición cercana a la ventana que no había variado un ápice, hizo un gesto con la cabeza y uno de sus guardianes, de aspecto especialmente desastroso, había salido por la puerta. Jin suponía que se dirigía a buscar a la chica, sin embargo, el soldado no había vuelto a aparecer. Y de eso hacían diez minutos.

Su abuelo no le había mirado ni una sola vez. El muchacho sabía que no era por vergüenza, miedo o arrepentimiento; conocía de sobra al cabecilla del imperio Mishima como para saber que esos sentimientos no tenían cabida en su corazón, ni esos ni ningún otro salvo el deseo de conquista. Si no le había mirado había sido por desprecio; desprecio hacia su nieto. Casi tan profundo como el desprecio que sentía él por su abuelo. Jin le observó; a pesar del calor en la habitación debido a la chimenea encendida, Heihachi Mishima se abrigaba con una bata de calidad, y sujetaba lánguidamente una copa enorme con alguna clase de licor.

El silencio era realmente incómodo. Se podía cortar la tensión entre abuelo y nieto, era casi tangible, tanto que el único soldado que les acompañaba sentía la tentación de abrir el balcón y tirarse por él para salir de escena. Suerte que el tiempo le dio una oportunidad para huir.

- Mishima-sama -dijo, inclinándose profundamente en dirección a Heichachi y usando la voz temblorosa que utilizaban todos sus subordinados al dirigirse al cabecilla del imperio Mishima-. Osawa no ha venido aún...

- Ve -se adelantó Heihachi a la petición. El soldado no perdió el tiempo y desapareció rápidamente. Con calma, el corpulento anciano se dio la vuelta para lanzar una furiosa mirada a su nieto-. Supongo que nos oíste a Abel y a mi hablar de ello. -No era una pregunta.

- Si -respondió Jin secamente, a pesar de todo. No tenia por que mantener el secreto.

Volvió a hacerse otro incómodo silencio únicamente roto por el chasquido de la madera bajo el fuego y el rumor del viento en la ventana. La noche era fresca a pesar de que se encontraban a finales de primavera.

- Y no se te ocurrió mejor manera para solucionarlo que huir como un crío cobarde a los brazos de su madre. -Jin tuvo la certeza de que su abuelo había hecho aquel comentario sabiendo que le dolería. Sintió como la sangre se le agolpaba en la sien; apretó los dientes y tensó los puños. Pero, tras este lapso de furia, volvió a tranquilizarse. Necesitaba estar tranquilo-. Que necio eres.

Heihachi sorbió lo que restaba del contenido de su copa y la dejó sobre una mesa. Echó las manos a la espalda y se puso en frente de la ventana, dejando que la luz de la luna le iluminase unicamente del cuello para abajo.

- La gente muere. Tu mejor que nadie debe saberlo -dijo Heihachi con frialdad. Al acabar la frase Heihachi giró la cabeza para mirar a su nieto. Con la protección de las sombras de la noche, Jin no pudo observar su gesto, pero su voz era furiosa-. A veces de manera poco honorable, o sin posibilidades de defenderse. Yo te ofrezco dar tu vida por aquello que te ha mantenido estos años: la venganza.

- No -dijo Jin, sin poder impedir su furia-. Me das la oportunidad de perder la vida por aquello en lo que crees: el poder.

- Tenías la oportunidad de vencer -Heihachi dió un paso hacia su nieto-. De morir honorablemente luchando contra la criatura que mató a tu madre o de obtener una gran victoria en tu venganza.

Jin se quedó paralizado. En parte esas palabras le sonaban bien. Le hacían hincharse de furia, no contra su abuelo, si no contra el demonio que se llevo lo que el mas quería.

Pero solo en parte.

- Ahora no me interesa la venganza -dijo Jin intentando tranquilizarse de nuevo, recordar a qué había venido-. Ahora no deseo destruir a nadie -añadió. Había venido a salvar a Ling. Solo a salvar a Ling. El resto podía esperar.

- Mira dentro de ti -continuó Heihachi-. La muerte forma parte de tu ser. Esta ahí y no puedes evitarlo.

¡Como lo odiaba! ¿Por qué aquel hombre sabía qué cuerdas tocar, qué botones tenía que pulsar para enfurecerlo?

- ¿Que vas a hacer? ¿Quedarte mirando como la furia te corroe por dentro o utilizarla para conseguir lo que más deseas?

En ese momento, el sonido de pasos acelerados alertaron a la pareja, pero ninguno de los dos dejó de mirarse a los ojos. Con nerviosismo, el guardia que hace poco había salido entro precipitadamente por la puerta.

- ¡Mishima-sama! -dijo con la respiración acelerada. Heihachi apartó la mirada y la centró en el guardia-. ¡Es la chica! ¡No está!

Se hizo otro incómodo silencio en el que el guardia volvió a tener el único deseo de que la ventana estuviera abierta para no hacer mucho ruido en la caída.

- ¡Da la alarma, estúpido! -gritó Heihachi con furia-. ¡Tenemos que encontrarles!

Jin no pudo evitar su sonrisa de satisfacción al sentir la frustración en su abuelo, y más teniendo en cuenta que el anciano había estado a punto de tenerle contra las cuerdas sólo con palabras. Al soldado le faltó tiempo para darse la vuelta corriendo y gritando para alertar a sus compañeros.

Cuando el soldado se hubo alejado de la habitación Heihachi se giró hacia su nieto con los ojos rojos de furia.

- ¡Estúpido! -dijo Heihachi mientras propinaba un puñetazo a Jin que lo envió contra un sofá.

* * *

- ¡Maldicion! -dijo Lei mirando a su alrededor. Las luces de todas las habitaciones se encendieron, mientras otra serie de luces rojas comenzaban a parpadear indicando el estado de alerta. Se encontraban en la cocina y podían oír como los soldados corrían de un lado a otro, gritando y buscando a los fugados-. ¡Han dado la alarma!

- Salgamos de aquí cuanto antes -respondió Eduardo, que se había ofrecido a llevar a la chica en brazos.

- Antes tengo que encontrar a un compañero -dijo Lei acercándose a la puerta.

- Con todos estos guardias en los pasillos es muy probable que ya le hayan encontrado ellos -respondió Eduardo con frialdad.

- Lleva una armadura como esta, me comunicaré con el -dijo Lei haciendo caso omiso de aquella posibilidad. Se echó mano al intercomunicador que llevaba colgado del hombro izquierdo.

- ¡No! -respondió Eduardo en voz baja para que no les detectara un guarda, pues de vez en cuando alguno asomaba la cabeza por la ventanilla redonda de las puertas de la cocina-. Es un canal abierto.

- Cuento con ello -dijo Lei con una sonrisa. Tras pensar un momento pulsó el botón y comenzó a hablar-. Atención. Conejo Rojo vuelva a la madriguera. Repito: Conejo Rojo vuelva a la madriguera.

Lei no pudo evitar reír tras decir esto, pero aun asi estaba nervioso, no sabia si Hwoarang comprendería el mensaje o si lo distinguiría del resto. Eso sin contar que posiblemente tuviera el intercomunicador apagado... roto, o que el muchacho pudiera estar...

- ¿Conejo rojo? -dijo Eduardo, sacándole de sus pensamientos.

- "Recibido, Conejo Viejo." -respondía en ese momento otra voz. Con alivio, Lei reconoció la voz de Hwoarang-. "Repito: recibido. Nos veremos en la madriguera." -Se oyó un chasquido, al otro lado de la línea habían apagado el intercomunicador pero, un segundo después, se volvió a abrir-. "Y ya hablaremos" -acabó la voz del coreano.

- Eso último sonó a amenaza -opinó Eduardo, observando la cara de Lei.

- Ese... Será... -dijo Lei sin pulsar el boton. Miró a Eduardo y este le devolvió un gesto interrogativo. Después volvió a decir al intercomunicador-. No tardes, Conejo Rojo.

- ¿Y ahora donde vamos? -dijo Eduardo.

- Tenemos que llegar a un cobertizo situado en la parte trasera de la mansión -le informó Lei, mientras echaba a andar hacia una puerta trasera-. Jin me dijo que había un pequeño puerto allí.

- ¿Jin? ¿El nieto de Heihachi? -preguntó Eduardo. Inmediatamente se dio cuenta que no era ni el lugar ni el momento para preguntas-. Ese camino no es recomendable; conozco un camino mejor.

- ¿Cual?

- El "pequeño" puerto es mas grande de lo que aparenta -comenzó a decir Eduardo mientras descendía las escaleras de regreso a la bodega-. El cobertizo también es mas grande de lo que aparenta. La pared del fondo parece que esta pegada a la roca, sin embargo continúa. Es un almacén donde contienen todo tipo de material de contrabando. Ya sea armas, químicos, tecnología punta o lo que se te ocurra. Descubrí un túnel que conecta la bodega con ese almacén.

- ¿Cómo sabes tú todo esto?

- ¿Qué hace el nieto de Heihachi con usted?

- Esta con nosotros. Su abuelo quiere matarle y nos pidió ayuda.

- ¿Y cree que me voy a creer que son capaces de ayudarle así por que si?

- Contigo lo he hecho -dijo Lei-. Jin es el hijo de una amiga mía, ¿por qué no iba a ayudarle?

Eduardo le observó durante un instante y pareció relajarse.

- Mis disculpas -se disculpo el hombretón-. No estoy acostumbrado a confiar en...

- No pasa nada, chico -dijo Lei-. Las cárceles brasileñas pueden cambiar mucho a una persona. -Eduardo se quedó paralizado. Al sentir que Eduardo se paraba Lei se dio la vuelta-. Por que tú eres Eduardo Gordo, hijo del juez asesinado en Brasil hace ya unos años, ¿me equivoco?

- ¿Cómo...? -comenzó a decir.

- Todo agente de la ley en este planeta conoce tu historia, o al menos han oído hablar de ti. Y más si en sus investigaciones se han topado con el Imperio Mishima y sus relaciones con las mafias de todo el mundo. -Lei se acercó a Eduardo-. Mi nombre es Lei Wulong -le tendió la mano al joven brasileño-, no me había presentado.

- Llameme Eddy -respondió al fin Gordo.

* * *

- ¡Eres mas estúpido de lo que pensaba! -dijo Heihachi mientras apartaba de una patada la mesita que tenía en medio de la habitación.

Se acercó a Jin que todavía no se había levantado, lo agarró de la cazadora y le levantó a pulso hasta tenerle a su altura. Aprovechando que su abuelo creía haberle atontado, Jin tomó impulso y le pegó un cabezazo en la cara. Sin embargo, su abuelo apenas se inmutó y, antes de que Jin pudiera haberse recuperado, le devolvió el mismo golpe. El joven salió despedido contra la pared, cerca de la chimenea, llevándose por medio el cubo de plata donde descansaban la escobilla y el atizador.

- Patético. Cuatro años entrenándote y esto es lo mejor que puedes hacer -comenzó Heihachi, con el desprecio totalmente audible en su voz.

- Pues si no te gusta... -dijo Jin- ¡prueba lo que aprendí con mi madre!

Heihachi no pudo defenderse del barrido, y sus pies dejaron de tocar el suelo. Antes de que llegara a caer, Jin le golpeó con otra patada a media vuelta, usando el impulso que había cogido con el barrido. Su abuelo salió despedido hacia la pared del fondo, pero se puso en pie con una destreza inusual en alguien de su edad. Cuando levantó la mirada se encontró con una patada de Jin en la cabeza y, aunque, la intención de Jin era acompañarla de otra patada, Heihachi la detuvo y golpeó a Jin en la garganta con la mano abierta, haciéndole caer al suelo sin respiración.

- Tu madre era una mujer débil -dijo Heihachi levantando a Jin por el cuello con un brazo. Lo único que el muchacho veía, mientras trataba de llevar aire a sus pulmones, eran estrellas-, igual que lo eres tú. Pero al menos ella tenía la excusa de no ser un hombre. -Ahogado por la presa de su abuelo, Jin solo pudo balbucear algo parecido a una amenaza-. Me imaginaba que dirías eso.

Heihachi dejó caer a su nieto. Cuando se hubo levantado le propinó un revés con la mano izquierda que lo envió volando contra la cristalera del balcón. Únicamente la barandilla de mármol impidió que Jin cayera al vacío.

- ¿Creías que ese amigo pelirrojo tuyo podría salvarte a ti y a la chica?

- ¡Yo no soy su amigo! -se oyó en ese momento la voz de Hwoarang.

Heihachi se dio la vuelta para encontrarse de bruces con un sofá. La extraordinaria velocidad y fuerza del anciano consiguieron salvarle del mueble volador, pero no de la consiguiente patada en el estómago, que el coreano continuó con una en la cabeza.

- ¡Y tú, gilipollas! -gritó en dirección a Jin-. ¡Ya estás moviendo el culo!

Jin se levantó, aunque no supo cómo, mientras intentaba recobrar la respiración. Entre la bruma vio que Hwoarang le lanzaba rápidas miradas mientras mantenía un ojo en el anciano Heihachi, que se levantaba. Mishima se abalanzó a por el coreano, pero este empujó una estantería completa encima del viejo. Sin embargo, era necesario algo mas que una montaña de libros para detener al líder del Mishima Zaibatsu. Heihachi levantó el brazo en alto con la palma estirada, un golpe típico de karate que en manos de aquel maestro resultaría letal y Jin lo sabía. Viendo a su abuelo a punto de descargar uno de los golpes mas potentes que había visto en el que fue su maestro aquellos últimos cuatro años, encontró las fuerzas necesarias para saltar sobre Hwoarang en el momento justo en el que el golpe hubiera aplastado la pelirroja cabeza del coreano. Heihachi hundió la mano en el suelo de madera hasta el codo.

- ¡Joder! -exclamó Hwoarang con los ojos como platos, mirando el agujero que podría haber sido su cráneo. Después centró su atención en Jin-. ¡Quítate de encima, maldita sea! -le dijo, apartándole de un empujón. Él mismo se levantó de un salto y observó como Heihachi sacaba el puño del suelo con lentitud. El coreano tenia la esperanza de que el fallo le hubiese dolido, pero si las apariencias no engañaban, el puño estaba impoluto- ¡Kazama, levántate, joder! ¡No es hora de quedarse sin aliento! -Hwoarang tiró del brazo de Jin hasta que lo tuvo de pie, le empujó hacia las escaleras. Jin, medio mareado, no pudo mantener el equilibrio y cayó rodando un piso abajo-. ¡Joder, mierda, maldición!

Viendo que Heihachi se le acercaba con velocidad, Hwoarang le lanzó lo primero que tuvo a mano. Se maldijo al darse cuenta demasiado tarde de que se trataba del arma confiscada al guardia de la armadura que llevaba. La suerte fue que la metralleta había impactado retenido a Heihachi lo suficiente como para poder salir corriendo escaleras abajo.

Cuando Hwoarang alcanzó a Jin este, a diferencia de lo que esperaba el coreano, parecía haberse recobrado un poco. Ahora su atencion se centraba mas en el dolor de costillas que en la falta de respiración.

- ¡Vamos, nena! -dijo Hwoarang echando a correr en dirección al salón de baile. Jin le siguió con paso torpe. Cuando se encontraban en medio del gran salón unos guardias Tekkenshu aparecieron por una de las puertas-. Hoy no debería haberme levantado de la cama -dijo, pero aún así se puso en guardia.

- ¡Abrid fue...! -iba a decir el oficial de ese pequeño grupo, pero la atronadora voz de Heihachi les detuvo.

- ¡No! -dijo el anciano, comenzando a andar escaleras abajo-. ¡Es mi nieto, le quiero vivo!

- Kazama -dijo Hwoarang, tirando del japonés hasta el balcón donde acababa el gran salón. Heihachi y los soldados se acercaban rápidamente-. Esto te va a doler mas a tí que a mí.

Dicho esto Hwoarang arrojó a Jin por el balcón y sin dudarlo un momento el coreano tambien se descolgó.

* * *

Lei cerró la puerta secreta tras de sí. Al fin se encontraban en el cobertizo. Estaba a oscuras, pero una claraboya en el techo dejaba pasar la luz de la luna, que permitía ver el interior de la caseta. Era una pequeña casa construida sobre el agua para guardar una barca. La lancha -a juzgar por el tamaño- estaba cubierta por una lona azul, que Eddy destapó tras dejar a Ling apoyada sobre unas cajas.

- Ayúdeme a quitar esto -dijo Gordo retirando la lona. Lei subió al interior de la lancha y ayudo a Eduardo a destapar la barcaza. Tras retirar la lona, acomodaron a Ling es su interior.

- Aún no has respondido a mi pregunta.

- ¿A cual de ellas? -dijo Eduardo examinando los contenedores de la lancha.

- Qué hacías aquí.

- Oh, eso -respondió examinando la nevera. Vacía-. Si conoce mi historia supongo que sabe que hace poco terminó mi condena.

- Cierto, ocho años.

- Se que la mafia brasileña contrató a alguien de fuera para cargarse a mi padre, como también se que la mafia de mi país tiene tratos con el Imperio Mishima -continuó Eddy, que había bajado de la lancha y se encontraba examinando las cajas del cobertizo-. Se sumar dos y dos, así que sabía perfectamente dónde tenía que buscar mi venganza. Después de varios días de espiar la residencia llegó a mis oídos que el nieto de Mishima había desaparecido, y pensé...

- ... que era el momento más oportuno para atacar, con los hombres de Heihachi buscando al chico, ¿cierto? -se adelantó Lei.

- Así es -dijo Eduardo.

- Supongo que te pillaron espiando.

- Supone bien -Eddy se sentó en un arcón que acababa de cerrar.

- Déjame hacerte una pregunta, Eduardo. Y me gustaría que me respondieras con sinceridad. No haré nada al respecto...

- No maté a mi padre, detective Wulong -respondió el brasileño, adelantándose a la pregunta-. Me declaré culpable, porque... -En ese momento Eddy fue interrumpido por el sonido de la puerta del cobertizo. Alguien estaba llamando. Lei se acercó a la puerta con sigilo y antes de que pudiera decir nada se oyó una voz inconfundible.

- ¡Wulong, joder, abre ya, que me congelo! -dijo el coreano. Lei abrió la puerta para encontrarse a un Hwoarang completamente empapado acompañado por Jin, que no tenia mejor aspecto.

- ¿De donde habéis salido?

- ¡De la jodida piscina del crío este! -respondió el coreano-. ¡¿Pero a que temperatura la ponéis?!

- Tampoco exageres... -comenzó a decir Jin pero la figura del corpulento brasileño le llamo la atención- Detective Wulong...

- Es Eduardo Gordo -respondio Lei, señalando a su acompañante-. Me ha ayudado a salir así que viene con nosotros.

- Nunca aprenderás, Wulong -dijo Hwoarang, mirando al brasileño de arriba a abajo-. ¡No puedes ir ayudando a todos los presos con pintas raras que te encuentras! -Eddy miró a Hwoarang y simplemente enarcó una ceja.

- ¿Habéis encontrado a Ling? -preguntó Jin.

- Por supuesto -dijo Lei-. Ahora mismo esta drogada, durmiendo en la barca. Huiremos en ella...

- Pues espero que alguien de vosotros sepa manejarla, por que...

- Yo se -dijo Eddy-. Larguémonos de aquí cuanto antes.

- Por mi de acuerdo -concluyó Hwoarang. Antes de que Jin montara en la lancha, Hwoarang le llamó la atención tirándole de un brazo-. No pienses que he hecho todo esto por ti, Kazama. Tú y yo tenemos algo pendiente y vamos a arreglarlo en cuanto tengamos un momento de respiro, ¿estamos? -Su voz sonaba completamente seria.

Jin miró al coreano a los ojos, y no pudo evitar que la decepción quedara patente en su rostro. Un momento después, asintió con gesto triste.

- Lo se, Hwoarang -respondió el japonés.

- No lo olvides -le dijo este-. Y ahora arribita y déjame sitio al lado de la nevera -añadió dando un salto para subir.

- Esta vacía -concluyó Eddy mientras arrancaba los motores y esperaba a que Lei abriera los portones para salir.

- Pues ya sabes donde vamos -dijo finalmente-. Esto es una nevera y debe estar llena.

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