Round 10:
Demasiados recuerdos
- ¡Que visión mas patética me esta dando,
detective! -dijo Kazuya erguido delante suyo-. Tirado en el suelo, ahí,
derrotado.
Lei intentó decir algo, pero se encontraba demasiado cansado. Posiblemente su honor le habia condenado. Minutos antes se encontraba encañonando al enemigo de toda la humanidad y ahora era él el que estaba a punto de morir. Habia fallado, y en parte no le parecia demasiado mal rendirse. No le quedaba nada.
- Derrotado en todo lo que un hombre puede ser derrotado -continuó Kazuya-. Vuestro patético intento por vencerme no ha servido de nada. Esta pandilla de mequetrefes osa desafiarme... ¡a mi!
Momentos antes Lei se encontraba con un grupo de amigos, decididos a acabar con la maldad del lider de la MFE, y ahora eran un par de despojos repartidos por todo el edificio. Lei volvió a maldecirse.
- Adios, Lei -dijo Kazuya dandose la vuelta.
- ¡Espera! -el policia intentó levantarse-. ¡¿Donde crees que vas?! ¡Aún no hemos acabado!
- Si, lo hemos hecho. Hay alguien que me espera -dijo con frialdad-. Jun me ha elegido a mi, Lei. Acepta tu derrota y muere como tus compañeros -Kazuya continuó andando haciendo caso omiso de su contrincante.
- ¡Espera Kazuya, aún no hemos terminado! -gritó Lei-. ¡Espera!
* * *
Lei abrió los ojos. Realmente no estaba durmiendo. Aquel recuerdo había salido de lo mas profundo de su memoria y le había atormentado en el duermevela que empezaba a apoderarse de él. Recordaba aquellas escenas como si las acabara de vivir en ese mismo instante. Aún sentía el dolor de los golpes de Kazuya, la asfixia y el cansancio, el sentimiento de furia hacia Kazuya y de pesar.
Encendió la luz de la habitación que compartia con Eddy y se sentó en la cama, con la cara cubierta con las manos. De aquella situación había salido gracias, sobre todo, a Michelle. Aun recordaba la frustración que había sentido al ver a sus compañeros llegar malheridos para recogerle del Hall de Kazuya. Frustración por no haber podido destruir a su enemigo y porque sus compañeros le iban a sacar de aquel descanso que esperaba alli sentado. Ahora se lo agradecía.
Se levantó y tras cojer su ropa abandonó la habitación en busca de aire fresco. Salió al salón y se percató de que la manta en la que dormía Jin estaba vacía; el muchacho había dicho que se iba a dar un paseo por el lugar y aún no había regresado. Eran más de la una de la mañana y la noche era refrescante.
Salió de la cabaña aún con los recuerdos de su derrota en la mente. Tras aquella batalla había permanecido mucho tiempo en aquel paraje para recuperarse. La tribu de Michelle les había recibido como héroes, aun cuando habian sido derrotados.
Una figura le llamó la atencion. Michelle se encontraba en el porche de su cabaña, situada en frente de la de Lei, con una taza en la mano. Le miraba fijamente con una sonrisa un tanto divertida. Lei tambien sonrió y se acercó a su compañera india.
- ¿No puedes dormir? -dijo Michelle al verle acercarse.
- No -respondió Lei-, ¿tu tampoco?
- Yo tampoco -respondió Michelle dando un sorvo de su oloroso té-. Han pasado demasiadas cosas hoy, ¿no es cierto?
- Dímelo tú, tienes un nuevo hijo...
Ambos se echaron a reír.
- Es el alumno de Baek -dijo Lei de repente. Michelle le miró sorprendida.
- ¿Quién? ¿Hwoarang? -preguntó. El policía asintió-. ¿Hwoarang fue alumno de Baek Doo San?
- Más que eso. Fue Baek quién lo crió.
- Quién nos lo iba a decir, ¿verdad? -Michelle tardó en contestar, pero lo hizo con una sonrisa. Lei asintió otra vez-. Creí que no saldría de esa.
- Baek no era mala persona, como tampoco lo es Hwoarang. Es solo que cometieron errores... El muchacho sigue cometiéndolos.
- Es joven -dijo Michelle-. La verdad es que su desparpajo me ha recordado a Paul cuando era joven...
- ¡El cielo no lo quiera! -dijo Lei con una carcajada que resultó contagiosa.
- Es decir, ¿ahora tenemos un hijo en común tu y yo?
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Me vas a decir que Baek no te encomendó a su protegido? -preguntó Michelle, dando otro trago del té.
- Ah, eso. Bueno, si... pero Hwoarang... -Lei suspiró algo cansado-. Es muy difícil acercarse a él.
- A mi no me lo ha parecido.
- Eso es porque aún no lo conoces, Michelle -dijo él con una sonrisa-. Ya te darás cuenta.
- Supongo que sí -dijo ella-. De todas formas, tú lo conseguirás, Lei, si lo conseguiste con su mentor.
- Eso espero, antes de que sea tarde -dijo él, y se quedaron contemplando las estrellas durante un momento-. ¡Ah! Llevo dos días con estos chavales y es como si no hiciera mas de dos días que luchamos juntos contra Kazuya. Me hacen sentir tantas añoranzas...
- ¡Parecemos dos viejos hablando de tiempos mejores!
- Tienes razón -dijo Lei agachando la cabeza-. El problema es que no se si eran tiempos mejores...
- Estábamos todos juntos -dijo Michelle-. Eso era lo que importaba. Jun, Marshall, Paul... Todos.
- Jun... -dijo Lei absorto.
- ¿Sigues...? -Michelle comenzó a hablar, pero el sonido de pasos en la arena les llamó la atención. Aguardaron en silencio hasta ver la figura de Jin cruzar hasta su cabaña. Con un ligero silbido, Lei llamó a su compañero que se acercó caminando a la pareja.
- Menudo paseo -observó Lei al verle venir.
- Es un lugar tranquilo.
- Pues mi hija dice que se esta deteriorando -dijo Michelle-. Cada vez se esta convirtiendo mas en un desierto. Y tiene razón. Jun opinaba lo mismo.
- ¿Estuvo mi madre aquí?
- Hace veinte años se celebro el segundo Torneo del Puño de Hierro. En el primero tu padre había arrebatado el poder de la MFE a tu abuelo, ahora Kazuya quería definirse como su propietario indiscutible. La MFE en manos de Kazuya se había convertido en una pesadilla para mi pueblo y casi para el mundo entero, asi que fuimos al torneo a detenerle.
- Eramos jóvenes... -dijo Lei suspirando.
- Yo sigo pensando que hicimos bien. No lo conseguimos pero lo intentamos. Kazuya era un hombre fuerte y creo que tu madre le quería de alguna manera.
- Mi madre era una persona muy buena -dijo Jin-. No comprendo que podia ver en un ser tan malvado como el que describes.
- Cierto era que Kazuya no había sido siempre así. El poder de la MFE le corrompió posiblemente, o algo que no llegamos a adivinar. Pero sucedió así. Kazuya nos derrotó y nosotros nos separamos. La última vez que vi a Jun me dijo que se marchaba y nunca supe nada de ella hasta que Lei me dijo que había muerto.
- No quiero hurgar en la herida, Jin -dijo Lei-. Pero ¿como... Jun?
- ¿Como murió? -Lei asintió-. Una criatura apareció en el bosque. Mi madre lo llamó Toshin.
- ¿Toshin? -se preguntó Michelle-. No me suena, tendre que buscarlo...
- El caso es que apareció. Quería matar a mi madre, intente impedirlo y lo pagué. Mató a mi madre y desapareció -parecia tener prisa por acabar la frase.
- Tuvo que ser horrible -dijo Lei.
- Lo fue -respondió Jin inspirando para contener las lagrimas. El simple hecho de recordar a su madre le acarreaba una insoportable congoja. Incluso cuando ya habían pasado cuatro años, las heridas de esa batalla aún estaban abiertas-. Si no os importa me iré a la cama -dijo dándose la vuelta.
- Mañana nos vemos -dijo Lei viendo como el hijo de Jun Kazama se introducía en su cabaña.
* * *
La noche había sido más fresca que aquella mañana bochornosa. Hacía calor, no lo suficiente como para incomodar, pero si para temer cómo sería la temperatura una vez avanzado el día. Hwoarang se había levantado temprano a causa del cambio de horario. Aunque era viernes, no había visto pasar a mucha gente desde su posición en el porche de la cabaña de Lei, donde había estado durante un rato, así que se levantó y se fue hacia la orilla del lago.
Aprovechando que Julia tenía clases, Lei acompañaría a Eddy a un banco de la ciudad para sacar dinero para las "vacaciones". Después tenían pensado ir al centro comercial para comprar algo de ropa para su estancia; por lo que a él respectaba, había decidido que no necestiba más que un bañador (bueno, no era lo que lo necesitase realmente, pero la gente no solía ser muy tolerante con eso del nudismo), porque le valía con la ropa que le había cabido en la mochila. Vieja, pero cómoda y, sobre todo, era suya. Sin embargo, podía entender a Eddy. El brasileño acababa de salir de la cárcel de Heihachi y no tenía mas que un traje que cogió de su avión.
Se sentó en el suelo, absorto en la contemplación del extraño pero apetecible lago, que desprendía un raro olor marino, y no se percató de la figura que se le acercaba hasta que notó el lametón húmedo en la oreja.
- ¿Y esas confianzas? -dijo Hwoarang, volviéndose para encontrarse con el perro de las Chang, que le lamió la nariz-. Vale ya. No tengo comida, chucho -le informó mientras le rascaba detrás de la oreja.
- Creo que Bacon te ha cogido cariño -oyó una voz a su espalda. Hwoarang se volvió y se encontró con Julia.
- ¿Y quién no? -preguntó Hwoarang-. ¿Te llamas Bacon? -le preguntó al perro, como si este pudiera responder... Y lo hizo, con un ladrido-. Vaya, veo que si. Un nombre... apetitoso. ¿Quién se lo puso?
- Paul... Una larga historia -dijo ella con un suspiro-. Por cierto, buenos días, eh...
- Hwoarang -le recordó el coreano-. Tsk, tsk... Mira que no saber el nombre de tu hermano...
- Los nombres no son lo mío.
- Es un nombre díficil -dijo Hwoarang-. No es como Julia. Un buen nombre.
El coreano se flageló mentalmente por la solemne idiotez que acababa de pronunciar. 'No es como Julia. Un buen nombre'. De todas las cosas tontas, se le había ocurrido eso. Fabuloso. Era más fácil con las tías que había conocido en Hong Kong, ya que no buscaban palabras precisamente. Se dedicó a rascarle las orejas al perro; por la cara de satisfacción del animal, supo que ahí si que no metía la pata.
- Gracias -dijo Julia, a pesar de todo. Se
sentó a su lado-. Siento no haber estado con vosotros mucho tiempo ayer.
Tenia que estudiar y...
- Bah, no te disculpes. De todas formas no te perdiste gran cosa; Wulong y
sus viejas batallitas, poco más. No tardamos en irnos. Creo que hoy he
dormido mas que en toda mi vida. Parece un pueblo tranquilo.
- Lo es. Y cordial -dijo Julia-. Sobre todo para vosotros. Lei fue un héroe aquí.
- ¿Fue?
- Y sigue siendo -dijo Julia-. Pero no me preguntes por la historia porque no la conozco.
- ¿Tu madre también es como Wulong? Este madero cabezota no suelta nada de su pasado, por más que le pregunto -dijo Hwoarang-. No es que insista demasiado, tampoco, pero es porque se que no me va a responder.
- Creo que son recuerdos dolorosos, yo tampoco inisto mucho.
- No, no es por eso... es por el Alzheimer, ¿sabes? A su edad...
- ¡Lei no es tan viejo! -dijo Julia, pero lo hizo después de soltar una carcajada.
- Tiene más de treinta. Eso ya es ser anciano.
- Mi madre tiene cuarenta.
- Para las tías es distinto. Bueno, para algunas tías, lo de Ling no tiene remedio...
- ¿Qué edad tienes tú?
- Diecinueve.
- ¿Diecinueve? ¿En serio? -preguntó ella con un tono incrédulo en la voz.
- Si no he contado mal, si.
- Pues pareces más joven... Espero que no te ofenda -se apresuró a añadir.
- Oh, no, tranquila. Cuento con ello. -Julia arqueó una ceja, sin llegar a comprender, pero el coreano no se explicó-. Solo espero que no te importe.
- ¿Por qué habría de importarme?
- Por nada. -Hworang se felicitó mentalmente-. Tu pueblo está bien, pero me he dado cuenta de una cosa -dijo, cambiando de tema-. No hay gente joven. Solo he oído a un bebé y he visto a adultos y ancianos.
- Si, es triste. Esto está envejeciendo, los padres prefieren llevar a sus hijos a las ciudades donde tienen más comodidades. Soy la menor del pueblo, exceptuando al bebé de mi vecina. Y además no hay nadie de mi edad por aquí.
- ¿Y qué puedes hacer por aquí?
- Estudio. Es un buen sitio para estudiar.
- Vaya -dijo Hwoarang un poco decepcionado. Parecía que su estancia en Salt Lake no iba a ser muy divertida... Y rascar las orejas de un perro no encajaba en su definición de "diversión".
- Se lo que estaras pensando -dijo Julia-. "¿Y como sobrevives aqui?" Pues no lo se...
- No tienes por qué dar explicaciones. Todos tenemos un hogar y no hay una razón de peso que explique por qué nos gusta estar en él. Algunos nacen en él, otros lo encuentran más tarde. Y lo único que tiene ese sitio es que les gusta, se sienten bien allí -dijo Hwoarang-. Joder, qué profundo. ¿Acabo de decir todo eso?
- Eso parece -dijo Julia con una sonrisa-. ¿Cual es el tuyo?
- ¿Mi hogar? -preguntó el coreano-. Ya no tengo -dijo con indiferencia.
- ¿Y entonces?
- Toda regla necesita una escepción.
A veces pensaba que él mismo era la escepción a muchas reglas, casi todas las que merecían la pena. Se quedaron un momento en silencio, hasta que Lei apareció.
- Que sorpresa -dijo Lei al verlos a los tres sentados en la arena-. ¿Qué hacéis aquí?
- Examinando la calidad del parqué, ¿a ti que te parece?
Bacon se puso en pie rápidamente, demandando atención por parte del policía.
* * *
Dejaron a Julia en la universidad y Lei les condujo hasta el centro de la ciudad. Alli Eddy, tras dos horas de papeleo, entrevistas, saludos y firmas consiguió sacar dinero de su cuenta. Al parecer fue una cantidad considerable pues los banqueros se mostraban excesivamente cordiales con el brasileño.
- Chupatintas... -dijo Eddy al salir del banco.
Continuaron su periplo hasta el centro comercial. Un impresionante edificio circular con grandes cristaleras. El centro del edificio estaba hueco, pudiendose ver los cinco pisos superiores con total claridad.
- De acuerdo -dijo Eddy-. Haced lo que querais, coged lo que necesiteis y luego me pasais las facturas.
- Eres excesivamente cordial con nosotros, Eddy -dijo Lei.
- No, detective Wulong -respondió el brasileño-. Soy un rico agradecido. Me ha salvado la vida en un par de ocasiones, es lo menos que puedo hacer.
- Puedes tutearme -se apresuró a pedir Lei.
- Si es su deseo... -dijo Eddy sonriendo.
- Aun asi...
- Aun asi, nada, Lei -dijo Eddy-. Disfrute por un momento, señor Wulong. No le hará daño.
* * *
Las puertas mecanicas se abrieron automáticamente. El centro
comercial estaba poco transitado al ser dia de trabajo. Unicamente un par de
estudiantes, algunos que conocia, fue lo que Julia pudo ver revoloteando
entre las tiendas o bebiendo algo entre las multiples cafeterías. Había
quedado con Lei que se encontrarian en el edificio y viendo la poca gente
que lo transitaba no seria una mision muy difícil. El centro comercial no se
encontraba lejos de la universidad y Julia habia venido andando. Era un
lugar donde muchos estudiantes se escapaban en los descansos y despues de
clase. Ella casi nunca venía aquí, prefería el descanso de la tranquilidad
del campus antes que el bullicio de un supermercado.
Subió por las escaleras mecanicas al primer piso y comenzó a buscar entre
las tiendas de ropa... pero unos golpes cercanos llamaron la atención a su
espalda. Al volverse se encontró a Hwoarang enfrentándose a una máquina de
tabaco.
- ¿Ocurre algo? -preguntó Julia cuando llegó a su altura.
- Ah, hola, Julia -saludó Hwoarang, que pegó otro puñetazo a la máquina-. La estúpida máquina no colabora. Y me dejé el paquete de tabaco en casa...
- ¿En el poblado?
- En Hong Kong.
- Difícil lo veo... además aquí no nos venderán tabaco a ninguno de los dos. No tenemos la edad.
- Pues vaya mierda -dijo Hwoarang, que se apartó de la máquina con un último golpe-. ¿Ya has terminado las clases? -le preguntó después. Julia asintió-. O sea, que ya llevamos unas cuantas horas aquí metidos. -La chica volvió a asentir-. El tiempo vuela cuando te peleas con la máquina...
- ¿Donde están todos? -preguntó Julia.
- Ni idea. Ling estaba revoloteando de tienda en tienda y creo que ha subido al quinto piso -dijo el coreano señalando las escaleras mecánicas.
- Mas vale que la saquemos de allí, es el sitio caro.
- Creo que ya lo sabe.
- ¿Y el resto?
- No lo se. Cuando salí de la tienda de compact ya habían desaparecido.
- ¿No te has comprado nada? -El chico se encogió de hombros.
- No. Iba a comprar calcetines, pero no me pareció la época... todavía no estaban maduros.
- ¿Qué pasaba? ¿Aún estaban verdes? -Julia rompió a reír cuando Hwoarang asintió con aire triste. Calcetines maduros, lo que le faltaba por oír.
- Ling gastará de sobra por mi, no te preocupes.
- Si se queda en esa tienda, desde luego -opinó ella-. Vamos, te invito a algo mientras el resto acaba.
- Deberia ser yo quien te invitara a ti -dijo Hwoarang. Mientras echaban a andar hacia las escaleras mecanicas, registrandose los bolsillos-. Pero me temo que tengo que aceptar, pues no tengo dólares. Igual y es por eso por lo que la máquina no funcionaba...
Cuando llegaron cerca de las escaleras mecanicas una figura le llamó la atención a Hwoarang.
- Yo he visto ese cuerpo en alguna otra parte. -Una impresionante pelirroja subía las escaleras, vestida con un traje chino muy ceñido de color rojo. Cuando llegó arriba, se giró hacia la pareja e hizo un gesto extraño-. ¡La azafata! -recordó Hwoarang-. La tía buena de Fiji...
- ¿Disculpa? -dijo Julia.
- Esa tía del vestido rojo, ¿la has visto? Estaba en Fiji cuando nos atacó la rubia y el francotirador -le dijo el joven a la muchacha, mientras seguía a la mujer con la mirada.
- ¿Qué quieres decir? Puede ser una casualidad...
- Seguro. Pero no pienso quedarme aquí a que me estalle en la cara -dijo el coreano, y se dispuso a seguir a la mujer vestida de rojo. Julia le acompañó.
- Quizás deberíamos avisar a los demás -propuso ella.
Hwoarang no contestó, ocupado como estaba en no perder de vista a la mujer, ya que la afluencia al Mall empezaba a aumentar debido a la hora que era. La gente buscaba un lugar donde almorzar.
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