Round 16: AIR CHANG

El partido se extendió. El sol comenzaba a ponerse cuando Jin se percató de que llevaban mucho tiempo jugando. En el trascurso de aquel juego se había olvidado de su abuelo, su persecución y también de su camiseta que había quedado destrozada por un tirón de Hwoarang, para placer de Xiaoyu.

La técnica defensiva de Michelle consistía en derribar a Paul cada vez que este intentase alzarse en el aire, cosa que Hwoarang estaba disfrutando. Se estaba convirtiendo en un verdadero experto. Eso había hecho que el plan de Paul no sirviera y al final cada uno jugaba donde le apetecía. Los triples de Michelle se sucedían, siempre y cuando Law se lo permitía, y Julia hacía lo que podía para deshacerse del marcaje férreo que el japonés le aplicaba.

Recordaba haber metido puntos. Muchos puntos. Pero el marcador había quedado olvidado junto a los sucesos de los días anteriores. Sólo había canastas, derribos, palabras subidas de tono y mucha, mucha diversión.

- ¡Vamos a tener que ir acabando! -dijo Hwoarang-. Quiero disfrutar de tu moto mientras queden horas de sol.

- Pero si vamos ganando -dijo Paul sorprendido.

- Mentiroso... -dijo Hwoarang. Ambos miraron a Wulong, este agitó la cabeza.

- Vais perdiendo de tres -le dijo Wulong al coreano entregando la pelota a Julia para que sacara.

- Vaya...

- Comienzo a oler tu comida -dijo Paul.

- Deliras -dijo Hwoarang-. Acabamos en dos jugadas.

- Que así sea. Como en dos jugadas no consigáis ganar... despedíos de vuestra comida.

- ¡Eh, que yo no he apostado mi cena! -dijo Julia.

- Que mal perdedora eres -bromeó Jin que estaba a su lado. La india le dio un golpe sin fuerza.

- Sigamos jugando -dijo Forest que parecía rendido.

Jin esperó a que Julia pusiera el balón en movimiento. Intentó deshacerse de él pero Jin no dejaba que se moviera. Al final pasó el balón a Hwoarang quien antes de que Paul llegara a acosarle le lanzó el balón a la entrepierna. Paul dio un salto para esquivarlo cosa que aprovechó el coreano para volver a coger el balón y machacarlo contra la canasta.

- Una... -dijo Hwoarang mientras se cruzaba con Paul.

- Un poco mas y seria muerte segura -dijo Paul cerciorandose de que todo seguía en su sitio.

- Para lo que lo usas -dijo Michelle riendo, Paul también sonrió de buena gana.

- De todas formas ahora nos toca a nosotros -dijo Forest con el balón. Antes de que sacara el balón Hwoarang le detuvo.

- ¡Tiempo! -dijo el coreano-. Changs... ¡reunión!

El equipo de "las Changs" se reunió en corro bajo la mirada extrañada de sus contrincantes.

- ¿Que hacen ahora? -dijo Paul. Jin se encogió de hombros. Parecía que Hwoarang se estaba divirtiendo mientras que por la mirada de Julia parecía que les estaba contando algo muy malo.

Una vez se hubieron preparado el juego volvió a la acción. Forest sacó para Paul quien cambió de campo. Phoenix, viendo que nadie podría hacerle frente echó a correr hacia la canasta.

- ¡Ahora! -dijo Michelle. Todo el equipo de "las Chang" se echó encima del motorista. El balón saló botando y antes de que Jin pudiera hacerse con él Hwoarang se lo arrebató.

- ¡Es mío, Kazama! -dijo el coreano sonriente mientras cambiaba de campo. Una vez en el ataque se quedó parado-. ¡Ahora Michelle!

- ¡De ningún modo! -dijo la india-. No pienso desnudarme delante de todos estos.

- ¡Mama! -dijo Julia sobresaltada.

- ¿Como? -dijo Paul levantado la cabeza. Jin no quiso ni mirar.

- ¡Pero habíamos quedado en que lo harías! ¡Lo prometiste! -dijo Hwoarang.

- Oh, está bien -dijo Michelle.

Fue entonces cuando todos miraron pero nadie vio nada. Michelle no hizo nada a excepción de sonreír. El balón voló hasta la cabeza de Julia quien estaba parada sorprendida.

- ¡Mueve el culo! -espetó Hwoarang a la india, quien por fin reaccionó y se lanzó a por el balón y por fin a canasta. Había anotado.

- ¡Maldición! -dijo Forest.

- Y tanto que si... no se ha desnudado -dijo Paul decepcionado.

- Estoy esperando esas llaves, carroza -dijo Hwoarang a Paul, extendiendo la mano. Paul no se movió. Hwoarang movió los dedos-. Las llaves -dijo. Paul gruñó, pero el coreano no se impresionó en absoluto. La idea de dar una vuelta en la moto de Paul era mucho más fuerte que cualquier miedo-. Las-lla-ves -repitió como en una cantinela.

Paul se metió las manos en un bolsillo y le tendió las llaves al joven, que no tardó ni una décima de segundo en cogerlas. Acto seguido agarró a Julia de un brazo y tiró de ella en dirección al lugar donde estaba aparcada la enorme moto.

- ¡Vamos, Julia! ¡Antes de que se arrepienta! -gritó Hwoarang.

- ¿Qué? -preguntó la chica-. Pero si... no... la ducha...

- Sube y calla -dijo el coreano mientras obligaba a la muchacha a subir; esta lo hizo con los ojos muy abiertos, y no llegó a reaccionar cuando Hwoarang arrancó la moto con estrépito-. Joder, que bien suena -admiró con ojos brillantes. Luego se giró hacia el resto del grupo y sonrió, antes de desaparecer entre una nube de polvo-. ¡Os las devolveré sanas y salvas!

- ¡Hwoaraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaang! -se escuchó la voz de Julia por encima del ruido del motor.

- Pobre Chang-san -dijo Jin en un murmullo, recordando su propia experiencia. Michelle le miró alarmada-. Eh... Creo que me voy a duchar -dijo, y desapareció rápidamente.

- ¡Jin Kazama! -gritó Michelle con gesto autoritario, pero en ese momento el enorme brazo de Paul le rodeó los hombros.

- Ese chico... se ha llevado a nuestras pequeñas... -dijo el hombretón con tono triste. Michelle no supo si llorar o reír.


El cansancio por el partido, los músculos doloridos o la mano herida desaparecieron. Al final solo quedaron las sensaciones. El viento en la cara. Moverse donde uno quería. La libertad suficiente como para decidir si se quería avanzar o retroceder, ir a derecha o a izquierda, parar o seguir adelante. El sonido del motor, algo tan perfecto, tan potente, bajo su absoluto control.

No solo eso. La compañía acompañaba. Al principio había hablado sin parar, para tranquilizar a Julia, que estaba histérica por la velocidad, y porque, ya lo sabía, hablaba por los codos. Pero después se había dejado llevar por las sensaciones y se había dedicado a conducir. A disfrutar del viento y del paisaje. Julia no había dicho nada, como si comprendiera aquella necesidad de escuchar sólo el ruido del motor.

Llevaban casi una hora en la carretera, y el sol comenzaba a desaparecer por el horizonte. Aún les quedaba combustible de sobra para volver a la reserva, pero a Hwoarang no le apetecía. Así que se detuvo en un bar de carretera que encontró a un lado de la calzada, adosado a una gasolinera.

- ¿Qué pasa? -preguntó Julia, extrañada.

- Voy a dejar que me invites a ese trago que no pudimos tomar en el centro comercial -dijo Hwoarang.

- Pero que caradura.

- Más bien pordiosero. No tengo ni un céntimo, así que o invitas tú o me muero de sed -dijo con una sonrisa. Julia suspiró y se bajó de la moto, comenzando a hurgarse en los bolsillos-. Julia...

- ¿Si?

- Usa la máquina -propuso el coreano, señalando una máquina de bebidas que había en la gasolinera-. Coge las bebidas y ya buscaremos un buen sitio donde tomarlas.

- Eso pensaba hacer -dijo ella-. Si esperabas que me metiese a un bar con estas pintas estabas muy equivocado -añadió, recordándole que no la había dejado ducharse siquiera.

- Pero si estás preciosa.

- Estaré como sea, pero huelo a establo.

- Y yo. 'Eau de Caballo' -dijo Hwoarang-. Para él y para ella...

- Oh, cierra el pico -dijo Julia echándose a reír. El coreano hizo otro tanto.

Acto seguido se dirigió hacia la máquina, ante la atenta mirada de Hwoarang. Tenía una bonita sonrisa. Sincera. No parecía de las personas que riesen mucho, pero cuando reía lo hacía de verdad. La verdad es que era...

- Ya está.

La voz de Julia le sacó de sus pensamientos. De unos pensamientos un poco idiotas tratándose de él. ¿Desde cuando le preocupaba que la sonrisa de una chica fuese sincera? ¿O de cuanto se reía? El partido debía de haberlo dejado agotado.

- Coca-Cola -informó la india.

- ¿No había cerveza?

- No voy a dejar que bebas mientras conduces.

- Hace mucho tiempo que no me emborracho por una cerveza.

- No voy a correr el riesgo, no vas solo en este viaje -dijo ella.

- Tirana -dijo Hwoarang tras un suspiro. Total, tampoco le importaba tanto con tal de beber lo que fuese-. Solo porque tienes dinero y yo no...

- Exacto. ¿Nos vamos?

Julia guardó las bebidas en una de las alforjas de la moto y se subió a la espalda de Hwoarang. Se agarró a su cintura mientras el coreano ponía el motor en marcha y regresaba a la calzada, esta vez mucho más atento al paisaje para dar con un buen sitio donde sentarse. Julia le aconsejó desviarse por un camino que se seguía la dirección del Gran Cañón.

- ¡Joder!

Casi diez minutos después, salió del camino y se detuvo. Había encontrado el lugar. Se trataba de un pequeño saliente desde donde se divisaba gran parte del cañón; también se veía el bosquecillo y la laguna donde estaba situada la reserva, pero estaba alejado. Lo más importante era el desierto; las formaciones rocosas estaban bañadas por la luz anaranjada del sol poniente, que tenían justo delante, la abismal caída hacia el rio Colorado. Hubiera jurado que estaba viendo una de esas fotos del National Geographic. Una de esas que acababan ganando un montón de premios y se convertían en portadas.

- Joder -repitió Hwoarang, conteniendo el aliento y aún sentado en la moto-. Es increíble.

- ¿Te gusta? -preguntó ella, que si se había apeado.

- ¿Bromeas? ¡Mira eso! -El muchacho señaló el horizonte-. Parece fuego.

- En el cielo y en la tierra -dijo Julia-. Había una antigua canción india que decía eso.

La joven sacó las bebidas y se acercó al borde del acantilado, donde se sentó con las piernas colgando. Se produjo el silencio. Julia miraba el horizonte mientras Hwoarang, a su espalda, hacía otro tanto mientras encendía un cigarrillo.

- Antes era todo un bosque -dijo Julia de repente, haciendo un movimiento con el brazo que lo abarcó casi todo-. Se extendía por todas partes, alrededor del cañón y más allá, hasta el pie de las montañas. Debió ser hermoso.

- Esto también está bien -dijo el coreano.

- ¿Lo crees? -preguntó ella, volviéndose ligeramente hacia él. El muchacho asintió con el cigarrillo en los labios-. El desierto es tierra muerta, Hwoarang. Aquí no crece nada.

- Bueno, yo soy un chico de ciudad y no se apreciar esas cosas -se justificó él-. Solo veo lo que veo. Y lo que veo ahora me gusta.

- Pero si fuera de nuevo bosque... si hubiera más árboles... Volvería la vida. Las águilas, los pájaros, lobos...

- Todo sería más bucólico, ¿no? -dijo él, sentándose a su lado. De inmediato se levantó y se sentó al otro, porque el viento hacía que el humo del cigarrillo golpease a la india en la cara-. Todo el mundo parece tenerle mucho afecto a la tranquilidad -dijo Hwoarang-. Lo Zen está de moda, ya sabes. Paz y sosiego. -Julia sonrió tristemente-. Haz Tai-chi y todo lo demás...

- No es cuestión de tranquilidad, es cuestión de vida.

- ¿En el desierto no hay vida? ¿No hay serpientes y lagartos y cactus y todo eso? -Julia asintió-. Pues debe ser una vida dura.

- Lo es, pero muy pobre en comparación...

- ... con la de las criaturas de los bosques, ya. El bosque es bonito, pero esto -dijo, señalando hacia delante-, también lo es.

- Es tierra muerta por culpa del hombre, Hwoarang. Esto no debería estar ahí. Debería ser un bosque.

- ¿Activista de GreenPeace o seguidora de Sting?

- Es solo que es mi tierra -dijo Julia-. Aunque no le hago ascos a Sting.

- Pues haz algo. Planta árboles, riega el suelo, lo que quiera que hagáis los ecologistas para recobrar la naturaleza -dijo Hwoarang con una media sonrisa entre calada y calada-. Mira, un bosque allí no quedaría mal -opinó el coreano, señalando un punto alejado en la rivera norte.

- ¡No es tan fácil! Se necesita mucha gente y que la tierra responda, y...

- Bueno, ya te dije que yo soy de ciudad. Los árboles que yo veo son regados por los perros, así que no entiendo mucho. A mi pregúntame de motores -dijo Hwoarang-. Pero podrías intentarlo. Mucho que ganar, poco que perder...

- Quizás -dijo ella, y sonrió.

Se quedaron en silencio un rato, momento que Hwoarang aprovechó para abrir su bote de refresco y pegar un par de tragos. Sinceramente, del último tema que se hubiera imaginado hablando era sobre ecología. ¿Qué sabía él de bichos? Una vez había ido al zoo con Baek, pero hasta ahí. Así que de reforestación no tenía ni idea. Y ahí estaba él, dando consejos sobre cómo plantar un árbol.

- Me ronda una pregunta por la cabeza -dijo la india, aún mirando el paisaje.

- Dispara -dijo Hwoarang agradecido de que le sacase de unos pensamientos tan tontos.

- ¿Que es lo que ocurre entre Jin y tu? ¿Por que ese afán de combatir?

- Me debe un combate.

- Eso ya me lo imaginé.

- Chica lista.

- Bueno, pues no me lo cuentes si no quieres... Es solo que, bueno, tenéis tanto interés en pelearos... Hasta que estuvimos en el centro comercial yo creía que erais amigos o algo así.

- ¿Di esa impresión? -Julia asintió y Hwoarang dio otra calada-. Kazama no es amigo mío. Peleamos hace cuatro años y empatamos. Es mi rival.

- ¿Empatasteis? ¿Cómo fue eso? Tenéis estilos totalmente distintos...

- No fue en un torneo, si eso es lo que te extraña -dijo el coreano-. Fue en una pelea callejera. El lanzó su mejor puñetazo, yo mi mejor patada y tuvimos un doble k.o. Fin de la historia. Hasta ahora.

- ¿Hasta ahora? ¿Qué pasa ahora?

- Que vamos a desempatar -dijo el coreano, como si fuese la cosa más obvia del mundo.

- ¿Todo esto por un desempate? La verdad es que no hay quien entienda a los tíos...

- Pero si es sencillísimo. Llevo cuatro años deseando ese combate.

- ¿Tan importante es?

Hwoarang asintió, simplemente, mientras aplastaba el resto del cigarrillo contra el suelo.

- ¿Por qué es tan importante ese combate? Quiero decir... es un combate. ¿No has peleado ya suficiente?

- Ese no es el caso. -Hwoarang pegó un largo trago del refresco mientras Julia esperaba más explicaciones-. Manchó mi impecable trayectoria.

- ¿Cómo?

- Jamás he perdido un combate. Y solo he empatado uno.

- ¿El de Jin?

- El de Kazama.

- ¿En serio vas a montar todo esto por orgullo? -le preguntó Julia, incrédula.

- Sí.

Julia siguió mirándole de una manera que le hizo sentirse incómodo. Ante los ojos de la india estaba quedando mal, lo sabía. Y eso no era bueno. Pero era la verdad. Aquel combate significaba mucho. Ganar a Kazama significaba mucho.

- ¿Decepcionada? -preguntó Hwoarang con aquella media sonrisa.

- Eres un tío. No se que esperaba.

- Eso me duele en el fondo de mi corazón... si tuviera uno.

Julia le pegó un puñetazo en un hombro, aunque sin demasiada fuerza. Hwoarang siguió sonriendo mientras bebía.

- ¿No tienes corazón? -dijo Julia-. Pues con Wulong...

- Nuestra relación no es de ese tipo, Julia.

La india se echó a reír.

- ¡No me refería a eso!

- Espero.

- Eres imposible -dijo ella. Al final se acordó de su bote y también lo abrió-. Pues Wulong es un buen tipo.

- Yo no he dicho que no lo sea.

- Siempre estás metiéndote con él. -Hwoarang se encogió de hombros-. Da la impresión de que os conocéis desde hace una eternidad.

- Para mi es una eternidad, desde luego... A veces me parece mi sombra.

- Tu eres un poco más alto -dijo ella con tono de broma.

- Me alegra que te hayas dado cuenta.

- Desde mi estatura todo el mundo parece más alto. -Hwoarang tuvo que sujetar el bote con fuerza porque estuvo a punto de caérsele de la mano por el ataque de risa que siguió a continuación-. ¿Qué? ¿De qué te ríes?

- De que digas que eres bajita.

- Lo soy.

- Claro que lo eres, pero no esperaba que lo reconocieses.

- ¡Un caballero no reconocería que soy bajita! -protestó ella.

- ¿Ves alguno por aquí?

- No, la verdad es que no -dijo Julia frunciendo el ceño. Hwoarang levantó el bote, haciendo que bebía a su salud-. ¿Algún problema?

- Ninguno -dijo él, encogiendo los hombros.

- Pues ahora, por reírte de mi, me vas a contar cómo conociste a Wulong -dijo ella fingiendo enfado.

- Ah, está bien. Estoy de buen humor. Lo conocí en la comisaría.

- Sorpresa, sorpresa. ¿Qué hiciste?

- Saludar, supongo. No recuerdo los detalles.

- ¡Hwoarang!

- En realidad lo reconocí en la comisaría -puntualizó el coreano-. Ya lo conocía de antes.

- ¿Ah, si?

- Lei y mi maestro eran amigos. Lo había visto alguna vez en casa.

- ¿En casa? ¿Vivías con tu maestro? -preguntó Julia, sorprendida.

- Fue mi maestro quien me crió. ¿No lo sabías? Pensé que Lei ya se lo había contado a todo el mundo.

- Pues no. ¿Eres... -comenzó Julia, pero se lo pensó un momento. Luego acabó decidiéndose-. ¿Eres huérfano?

- Sí -dijo Hwoarang. Con orgullo. Con un tremendo orgullo-. Baek Doo San me sacó de las calles, allá en Seúl, me tomó bajo su protección, me crió y me enseñó Tae Kwon Do. No hubiese podido desear un mentor mejor.

Seguramente él si hubiera deseado un discípulo mejor. O al menos uno que no se metiese en tantos líos. O que llegase pronto a casa. O que llevase un peinado decente y no usara pendientes. Como poco.

- Debe ser un buen tipo.

- Está muerto.

- Oh, cielos -dijo Julia, abriendo los ojos desmesuradamente-. ¡Perdóname! No lo sabía, lo siento mucho...

- No tenías por qué saberlo.

- ¿Como ocurrió? -dijo Julia pero inmediatamente después se sintió azorada. Lo vio en su cara-. Perdona, no debí preguntar eso.

Hwoarang se quedó un rato observando a la india con gesto extrañado. Julia parecía estar regañándose a si misma por el atrevimiento. El coreano sonrió finalmente.

- No pasa nada -se descubrió mintiendo. Quizás porque veía que ella estaba interesada en eso. Y ya que habían comenzado a hablar...-. Fue hace cuatro años. El mismo día del combate contra Kazama. La misma noche.

Julia abrió los ojos como quien se da cuenta de alguna cosa de repente. Luego miró a Hwoarang con pena, pero este apenas se percató. Simplemente miraba hacia delante, con su media sonrisa que esta vez era más amarga que irónica.

- Lo siento -repitió Julia.

- Míralo por otro lado. Al menos así no se enteró de que empaté -dijo el coreano, con aún más amargura si cabía, dando a entender que allí no había ningún lado bueno-. Ni siquiera llegué a verle muerto. Cuando llegué a casa los policías lo tenían todo cercado con una cinta amarilla. Sólo llegué a ver como metían el cuerpo envuelto en una manta en la ambulancia.

Ni siquiera había sido una manta, sino una de esas bolsas que parecían papel de aluminio. Ya no necesitó que nadie le dijese que había pasado. Odiaba esas cosas.

Se dio cuenta de que Julia le miraba angustiada, así que decidió seguir hablando para terminar con aquello lo antes posible.

- Uno de los maderos me contó lo que pasó, aunque lo podía ver por mi mismo... y me llevó a la comisaria. Fue allí donde volví a ver a Lei -continuó diciéndole-. Fue el único que me dio el pésame entonces; recuerdo que lloró.

Hwoarang se quedó callado un momento. Curioso que Lei llorase entonces. El no lo hizo hasta que salió de la comisaría, lejos de los policías y de sus miradas de superioridad. Se giró hacia Julia. Tenia el gesto triste y los ojos brillantes; un reflejo de su propio rostro.

- Tuvo que ser horrible -dijo ella apartando la mirada de Hwoarang. Este se encogió de hombros, aún cuando quería asentir.

- Para qué mentir -dijo después-. Los policías dijeron que debía de tratarse de algún ajuste de cuentas. Cuando tienes antecedentes, como mi maestro, la gente no se para a hacer segundas observaciones. Su pasado le colocaba en mal lugar, hiciese lo que hiciese -dijo con amargura-. Sin embargo cuando entré en casa me di cuenta que ninguna banda callejera puede causar tal destrozo. Era imposible. Ya no había gimnasio, y apenas casa. ¿Un ajuste de cuentas? No era posible.

- ¿Qué dijo Wulong?

- No hablamos mucho, pero creo que sospechaba lo mismo que yo. En todo caso, desde entonces tuvo un ojo puesto encima mío. -Hwoarang sonrió, no sin cierta ironía. Lei se preocupaba por él; él se dedicaba a hacer el idiota-. Me ha sacado de unos cuantos apuros. Pero te juro que a veces es un dolor en el...

- Debió de ser horrible -dijo Julia otra vez, con la mirada perdida. Hwoarang solo asintió-. No se que...

- ¿Que decir? -dijo Hwoarang. No necesitaba decir nada. Bastaba con mirarla-. No hay nada que decir. Pasó hace cuatro años. Lo que no nos mata nos hace mas fuertes.

- ¿Baek?

Hwoarang asintió. Una frase de Baek. Una de tantas.

Acababa de contar a aquella chica que conocía desde hacía dos días cosas que no había compartido siquiera con Lei. De todas formas, suponía que Lei ya lo sabía, o lo intuía. Y, por su parte, Julia había sido una de las pocas personas en mucho tiempo en interesarse por él, por su historia y por su pasado. Una de las pocas personas que se había sentado a hablar con él sin juzgarle por lo que veía.

Por no decir la única.

La verdad es que estaba comenzando a sentirse raro. Se quedaron callados un buen rato, sin saber que decir ninguno de los dos, cosa que a Hwoarang no le gustaba. Le daba pie a pensar.

- Yo también... -comenzó a decir Julia.

- ¿También qué? -continuó Hwoarang, advirtiendo la duda en el gesto de la india.

- También soy... fui huérfana -Hwoarang la miró extrañado. Antes de que pudiera añadir nada la india continuó-: Michelle no es mi madre biológica. No es que eso importe mucho, pero...

- ¿Estás bromeando? -dijo Hwoarang. Por la cara de Julia, era evidente que no-. Perdón. ¡Es que os parecéis mucho! En serio que es una sorpresa... ¿Cómo...?

- No lo sé -dijo Julia adelantándose al coreano-. Tendría pocos días, así que no recuerdo nada. Me abandonaron en unas ruinas y fue Michelle quien me encontró.

- ¿Te abandonaron con días?

- Si. Supongo que no querrían a una india tan bajita -dijo Julia riendo tímidamente.

- Ellos se lo han perdido.

- Michelle me acogió, me cuidó y me crió -dijo la india. Hwoarang entendía bien cómo se sentía-. Sinceramente, esa diferencia de sangre entre las dos me importa poco. Mi madre es ella, sin duda alguna. La quiero mas de lo que se puede querer a una madre. Ella me salvó la vida.

Hwoarang sonrió. Y sonrió con alegría. Y cierta envidia. Al menos ella tenia la suerte de darse cuenta de ello en vida. La envidiaba.

- Díselo siempre que puedas -le dijo finalmente.

- Lo hago constantemente -dijo ella con una sonrisa. Hwoarang asintió.

Envidia. Envidia sana, pero envidia. Le hubiera gustado tener la oportunidad de hacer lo mismo, de decirle a Baek que era un padre para él, que era la persona más importante de su vida, que era su ejemplo y que quería hacerle sentir orgulloso. O simplemente que aquella noche no iba a llegar tarde a casa.

- Vaya... quien lo diría -dijo Hwoarang asombrado-. Por eso no tenemos papá, ¿verdad? -Julia asintió con una sonrisa-. Creía que habría muerto hace tiempo o algo. En tu casa hay pocas fotos de alguien que no sea Law o, supongo que su padre, o Paul, o Lei. No me atrevía a preguntar.

- Me gustaría haber conocido a Baek -dijo finalmente Julia con una sonrisa franca. Hwoarang asintió.

- Era un buen tío, pero daba la impresión de ser muy serio -le dijo Hwoarang-. Bueno, era muy serio -puntualizó. Y luego, no dispuesto a pensar en más cosas tristes, se echó a reír.

- ¿Qué? -preguntó Julia, sonriendo por contagio ante la risa de Hwoarang-. ¿Qué pasa?

- Baek... tenía una extraña obsesión por la sopa de sobre -dijo este al fin.

- ¿Sopa de sobre?

- La hacía demasiado rápido, tenía que ser de sobre -le explicó-. Era nuestro eterno entrante en las comidas. Aunque no lo creas, lo hecho de menos.

- ¿Incluso en verano?

- Incluso en verano. Me gusta la sopa -dijo encogiéndose de hombros-. Aunque nunca lo admití. Supongo que fui un verdadero dolor de cabeza para mi pobre maestro. El día que me presenté con dos pendientes en la oreja... -dijo, señalándose el oído en cuestión. Los dos pendientes seguían allí.

- Oh, cielos...

- Si, eso fue lo que dijo. Pero se le olvidó porque a la semana siguiente me presenté con el pelo rojo.

- ¡¿A la semana siguiente?! ¿En qué estabas pensando?

- En que el pelo castaño era aburrido.

- Creo que me hago a la idea de lo que dijo tu maestro...

- Oh, créeme, no te haces a la idea. Lo del pelo largo no era problema, pero que lo llevase rojo no le gustó nada. Estuvo recitando en coreano durante una semana. Y no poesías, precisamente. -Ambos jóvenes se echaron a reír-. Muy educativo, en serio.

- Supongo que todos hacemos cosas para desafiar a nuestros padres -dijo Julia con una sonrisa-. Pero nos quieren, así que acaban adaptándose. Con catorce años me corté el pelo como un chico.

- ¿En serio? -preguntó Hwoarang con una brillante sonrisa-. Me hubiera gustado verlo.

- Tengo alguna foto, ya te la enseñaré. Mi madre se puso histérica, pero al final comprendió que era solo pelo y que volvería a crecer -dijo ella encogiéndose de hombros.

- Podemos ser muy malos cuando queremos, ¿no es cierto? -preguntó Hwoarang. Julia asintió-. Por suerte Baek jamás se enteró de que fumo.

- ¡Te hubiera matado!

- Muy posiblemente.

- Como hará mamá cuando se entere.

- ¡¿Qué?!

- ¿A mi me llamaste activista de GreenPeace? No conoces a Michelle Chang...

Por toda respuesta, Hwoarang cogió el paquete de cigarrillos, donde aún quedaba media docena, y lo arrojó al vacío. Julia rompió a reír.

- Va a ser cierto eso de que el tabaco mata... -comentó distraídamente, lo que solo intensificó las carcajadas de la india.

Definitivamente, le gustaba oír su risa. Le gustaba escuchar su voz, y lo que tenía que decir. Porque realmente le interesaba, y porque era fácil hablar con ella; nada de fingir por otros intereses. Tenían muchas cosas en común. Otras no tanto, claro. Se habían criado en sitios muy distintos y de formas diferentes, pero en sus vidas había cierto paralelismo. Existía por eso una comprensión mutua, algo que quizás otros no iban a entender jamás por mucho que trataran de explicarse. Por mucho que Lei había tratado de acercarse a él, Hwoarang jamás le había contado cosas que si acababa de narrarle a aquella casi desconocida.

No. No desconocida. Ya nunca más desconocida. No después de esa charla, de esa puesta de sol, de ese paseo en...

Espera un momento. Eso no era normal, lo mirases por donde lo mirases. Debía ser el partido, pero se estaba sintiendo muy... extraño. Si, tenía que ser eso. ¿Por qué si no iba a pasar hablando más de una hora con una tía? Jamás le había ocurrido.

- Se está haciendo tarde -dijo levantándose de repente.

No dijo eso porque el sol ya hubiese desaparecido. Fue por otra cosa. Era como si el suelo, allí al lado de Julia, quemase. Como si algo le dijese que saliera corriendo de allí antes de tropezar y caer.

O algo así.

- ¡Tienes razón! -Julia se miró el reloj de pulsera. Tuvo que encender una lucecita para ver la hora-. Es muy tarde. ¡Nos perdimos la cena! Creo que Paul acabó ganando la apuesta.

- No estaría tan seguro -murmuró Hwoarang, tan bajo que sólo él se oyó-. Mejor nos vamos ya, ¿no? Si no recuerdo mal, nos queda casi una hora hasta la reserva... Donde tu madre nos esperará con su hacha de guerra.

- No tiene hacha de guerra -dijo Julia-. Tiene una lanza.

- Eso me deja mucho más tranquilo, sin duda -dijo Hwoarang, recuperando su sarcasmo.


Paul tragó sonoramente un buen sorbo de cerveza de la lata que tenía en la mano. Era la tercera que se tomaba aquella noche y parecía que el motorista no resultaba afectado por el alcohol. Aunque Wulong le había visto borracho muchas veces sabia que tres cervezas no eran suficientes ni siquiera para sonrojarle.

Wulong, el motorista y Michelle caminaban por las tranquilas calles de la reserva, disfrutando de aquella noche estrellada. Aunque por la cara de Michelle parecía que no disfrutaba demasiado.

Y resultaba evidente el por que.

Hwoarang y Julia habían desaparecido en la moto de Paul hacia unas horas y, aunque todavía no era demasiado tarde pues acababan de cenar, aún no habían regresado. El que mas se alegró de aquel detalle fue el propio Paul, que pudo disfrutar de, no solo doble, si no triple ración de cena al faltar los dos jóvenes.

- ¿Por que estás tan preocupada? -dijo Wulong viendo como Michelle miraba hacia la entrada del poblado a cada sonido de motor que oía-. Hwoarang sabe conducir muy bien... cuando quiere.

- Me dejas mucho más tranquila, detective.

- A mi no me extraña que estén tardando tanto... -dijo Paul sonriendo con malicia, pero cuando sus dos compañeros le miraron borró aquel gesto de la cara inmediatamente-. Quiero decir... que... bueno... hay una canción que dice que... un chico y una chica... Ok. No he dicho nada.

- Tampoco es por eso -dijo Michelle tras dirigir una dura mirada a Paul-. Me preocupa mas el hecho de que les ocurra algo. También estuvieron en el centro comercial cuando os atacaron. ¿Es tan raro pensar que podrían estar buscándoles?

- No creo que les pillen. Teniendo mi moto ninguna furgoneta Tekkenshu conseguiría siquiera verles -dijo Paul-. Mi moto... ¡que la estará haciendo ese pequeño cabroncete!

- ¡Hwoarang es un buen chico! -dijo Wulong sin demasiada convicción-. No creo que sea tan patoso como tú... mira que atropellar un perro...

- ¡Se me puso delante! -dijo Paul a la defensiva-. Además... ahora es amigo mío, ¿verdad, Bacon? -el perro, que caminaba a su lado no hizo el menor gesto-. Claro que si.

- Estamos hablando de algo mas que Tekkenshu en camionetas -dijo Michelle-. Recordad que Nina y Anna están juntas en esto.

- Y no se si eso es bueno o malo -dijo Wulong-. Esas dos siempre han estado peleándose entre ellas. ¿Por que ahora se soportan? ¿Por que no me reconoció Nina cuando la vimos en el aeropuerto? Estuvo de nuestro lado contra Kazuya.

- Tienes razón, es extraño que se olvidase aquella batalla... o de...

Michelle dirigió una significativa mirada a Paul, que se había quedado mudo mirando su lata de cerveza, como si esta tuviera todas las respuestas que necesitaban.

- Cierto -dijo Wulong, rompiendo el silencio rápidamente-. Pero también me pregunto otra cosa. ¿Cuantos años han pasado? ¿Veinte? No parecía normal...

- Yo no definiría "normal" a ese cuerpo -dijo Paul con una sonrisa burlona.

- Hablo de edad, Paul.

- ¿Que quieres decir? -preguntó Michelle.

- Apenas aparentaba treinta años.

- Michelle también sigue estando buena -dijo Paul, riendo de nuevo ante la mirada de la india.

- ¡Es imposible hablar contigo! -dijo Wulong-. ¡Y mas de ella!

En aquel momento el ruido de la motocicleta de Paul les llamó la atención.

- Aquí están -dijo Paul-. Como mi moto tenga un solo arañazo, vete despidiendo del chico, Wulong.


Jin caminaba junto al remanso. Aquella noche no era tan calurosa como el resto y era agradable caminar en la oscuridad. Aunque aquel paraje no tuviera muchos árboles que decoraran el paso. Justo cuando estaba llegando al final de su trayecto, o sea, la cabaña de Wulong, vio una figura sentada en el porche de la cabaña de Michelle. Era Xiaoyu.

¿Estaba llorando?

Al menos eso aparentaba. Tenía un gesto triste y ausente. Ni siquiera se había percatado de que Jin se hallaba a pocos metros de ella. Tenía algo en la mano y a juzgar por el tamaño y el color rosa chillón debía de ser su teléfono móvil. Por un momento Jin pensó que lo mejor seria dejarla sola, pero una punzada de remordimientos le hizo girar sobre sus talones. Ella le había animado cuando se fue de aquella mansión de Hong Kong. Siempre le había animado, o al menos lo intentaba. No podía hacerle esto.

La verdad era que las conversaciones no eran lo de Jin. Ni tampoco dar ánimos cuando el mismo los necesitaba. Y mucho menos ver llorar a una amiga suya, que generalmente era la personificación de la alegría.

Pisó con fuerza para que sus pasos le delataran antes de llegar a la joven china. Esta, al sentir la presencia del japonés escondió el teléfono móvil como si fuera la prueba de algún crimen y se secó las lagrimas corriendo. Jin hizo como si no la viera para no ponerla en un apuro.

- ¿Kazama-kun? -dijo la china al ver la forma de actuar del japonés.

- Ling-san, estás ahí -dijo Jin con gesto sorprendido. Harto de fingir continuó-. ¿Estas bien? ¿Ocurre algo?

- No, nada. Es que... echo de menos mi casa -esta vez era Xiaoyu quien fingía visiblemente.

- Son tus padres, ¿verdad? -dijo Jin, recordando la causa por la que la vio así la ultima vez-. ¿Que ha ocurrido? -Xiaoyu simplemente sacó el teléfono móvil, marcó un numero y se lo tendió a su compañero.

Al cabo de unos minutos pudo oír los mensajes almacenados en el contestador de su casa, mensajes donde podía oír cariñosas palabras de sus padres, anunciando que estaban bien y que volverían pronto.

- ¿Que ocurre? -preguntó Jin sin comprender devolviéndole el teléfono a Xiaoyu.

- Es igual que todos las demás -dijo Xiaoyu-. Siempre dicen lo mismo. Siempre. "Hola cariño. Nosotros estamos bien, ¿y tú?, ¿te has muerto ya?".

- ¡Ling-san! -exclamó Jin sobresaltado-. No creo que tus padres piensen eso.

- El mensaje es de hace un par de horas -dijo Xiaoyu-. He visto mi correo en el ordenador. Es la máxima muestra de preocupación que se permiten demostrarme. No llaman, no esperan respuesta. Solo lo mandan para quedar bien. Así es como son.

- Eso es muy duro.

- Pero es cierto. Les importo un comino.

- No creo. Tus padres no... -comenzó a decir Jin pero él no era la persona mas adecuada para hablar de cariño familiar.

- Es lo que pasa cuando dos fanáticos del trabajo se casan -rió amargamente la china.

La cosa se ponía mal. Jin llevaba todas las de perder y como bien le decía Xiaoyu a Hwoarang, este no era un problema que pudieras solucionar a base de puñetazos y patadas.

Ojala fuera así.

- Ling-san, te seré sincero -dijo Jin-. No soy la persona mas adecuada para hablarte de la familia. Ya conoces a mi abuelo. Pero estoy seguro de que tus padres no te ignoran como tu dices.

- ¿Y entonces? -dijo Xiaoyu-. ¿Son ciegos, sordos y bobos?

- No -dijo Jin-. Dales tiempo. Puede que todavía no hayan comprendido lo que tienen. Dudo que así sea, pero ningún padre puede pasar de sus hijos. Es algo que va en su naturaleza. Lo mas probable es que estén trabajando duro por ti.

- Yo no quiero que trabajen duro -dijo Xiaoyu agachando la cabeza-. Solo quiero que sean padres corrientes. Eso o que me olviden de una vez.

- Ling-san -dijo Jin en tono serio, casi enfadado-. Se que tus padres no son lo mejor que hay, pero nunca, jamás, los desprecies. Puede que algún día no los tengas a tu lado. Y será cuando los eches en falta. Se que estas palabras no son bonitas, pero es en lo único que tengo experiencia.

El japonés se levantó de donde se había sentado y antes de echar a andar añadió.

- De todas formas a mi siempre me tendrás aquí. Siempre y cuando Hwoarang no me mate cuando peleemos -dijo forzando una sonrisa. Xiaoyu intentó acompañarla-. Piensa que puede que cuando vuelvas tus padres ya estén en tu casa. Quizás es su ultimo viaje. Dales otra oportunidad, o habla con ellos. Supongo que te comprenderán.

- Supongo -repitió la china frotándose los brazos.

Empezaba a refrescar aquella noche, se había levantado viento y parecía que el clima iba a cambiar. Al ver el gesto de la china, Jin se quitó la chaqueta de Hwoarang y se la echó por encima de los hombros a su amiga.

- Pasa dentro, que hace frío -le dijo el japonés-. Verás como mañana es otro día.