Round 17: Splash
Aquella tarde fue extremadamente calurosa. El sol pegaba tan fuerte que Jin había tenido que cruzar hasta la cabaña de Michelle saltando casi de sombra en sombra en cada casa. Al llegar vio a sus compañeros acomodados en el porche, sobreviviendo al calor a base de naranjada, chistes y cartas. Rápidamente Xiaoyu comenzó a hablar con él sin parar apenas para respirar, cosa que Jin tomó como buena señal después de su estado de la noche anterior. Mientras tanto, Hwoarang había sacado la guitarra eléctrica de su funda y se las había ingeniado para enchufarla de forma un poco precaria a un viejo equipo de música de las Chang. No sonaba muy bien, pero servía para amplificar los acordes del coreano, que parecían no molestar demasiado a Julia, que estudiaba en un rincón mientras Forest a su lado rellenaba un crucigrama. El grupo se completaba con Paul, Eddy y Wulong, dedicados a jugar a las cartas.
- Escalera -dijo Paul en ese momento, poniendo las cartas sobre la mesa.
- Eso no es una escalera, te falta el dos y el tres... -dijo Wulong después de echar un vistazo a los naipes.
- Se las comió Bacon -soltó el motorista como si tal cosa, señalando al enorme perro, que ahora caminaba de forma un tanto extraña alejado del grupo. Aún había trozos de cartas desperdigados por el suelo donde el can había estado tumbado momentos antes de que llegara Jin.
- ¿A qué estáis jugando? -preguntó Jin.
- Al póker -dijo Eddy-. Me enseñaron a jugar en la cárcel.
- A mí también -dijo Wulong sonriendo.
- ¿En la cárcel? -Hwoarang levantó la cabeza, aunque sus dedos no dejaron de tocar las cuerdas de la guitarra-. ¿No se supone que tú estás del otro lado?
- Un "superpolicía" hace muchas cosas a lo largo de su carrera.
- Si estás intentando hacerte el interesante, no está funcionando -dijo el coreano, que volvió a concentrarse en afinar la guitarra-. Por cierto Piercing, yo no apostaría mucho de ser tú.
- ¡No voy! -dijo inmediatamente el brasileño, retirando la mano de las monedas que tenía acumuladas.
- ¡Hwoarang! ¡Iba a ganar!
- Sufre y paga -dijo Eddy, sonriendo.
- Cuatro letras... -dijo Law de repente, echándose a reír-. Animal de cuadra...
- ¿Qué te ocurre? -dijo Julia levantando la mirada del cuaderno. Pero el chico seguía riendo-. ¿Forest?
- "Paul" -se contestó el muchacho. Inmediatamente, todos rompieron a reír, incluyendo al propio Paul.
- ¡Te vas a enterar! -dijo el enorme motorista dando un salto y echando a correr hacia su ahijado.
Forest, que ya preveía el comportamiento de su padrino, saltó la barandilla del porche y salió corriendo alrededor de la casa con el motorista pisándole los talones. Al cabo de un momento se escucharon gritos y el sonido de un cuerpo cayendo al agua. Apenas un minuto después, y para sorpresa general, fue el cocinero quien apareció caminando tranquilamente mientras se sacudía las manos con gesto triunfal.
- Cuanto más grandes son, de más alto caen -comentó tomando asiento de nuevo.
- No sé cómo sería Paul hace tiempo, pero ahora debe andar bajo de forma -comenzó a decir Hwoarang distraídamente, puesto que su atención estaba puesta en la guitarra-. Ayer perdió de forma aplastante ante la superioridad de los Chang.
- Las Chang -corrigió Julia, sin apartar la vista del libro.
- Lo que sea. El caso: ayer perdió en baloncesto, hoy contra él -dijo señalando a un orgulloso Forest.
- Cierra el pico y toca la guitarra -le dijo Paul apareciendo por el porche completamente empapado.
- Mi música no está hecha para vuestros oídos.
- Ni para los de nadie -dijo Eddy con una sonrisa mientras barajaba.
- Con los míos ya sobra -dijo el coreano-. Los carrozas no sabéis apreciar la buena música.
- ¿Carroza? -dijo el brasileño dándose media vuelta.
- Sinónimo de viejo, carca, jurásico... -enumeró Hwoarang, que seguía mirando las cuerdas-. Vamos, que estáis flojos. -A pesar de que parecía no estar atendiendo, la sonrisa torcida del muchacho daba a entender sin ningún género de dudas que sabía perfectamente lo que estaba diciendo.
- ¿Flojos? -Eddy enarcó una ceja.
- ¿Hay eco aquí? -preguntó Hwoarang a su vez, mirando a Eddy al fin-. ¿Quién es el que se dedica a jugar a las cartas como si estuviese en el asilo?
- Wulong puede, pero yo no estoy viejo -replicó Eddy, colocándose las gafas de sol. El policía protestó inmediatamente, pero nadie le hizo mucho caso.
- Lo de Lei no tiene remedio, pero lo tuyo es muy triste, Piercing.
- ¿Triste? ¿Y qué hay de lo tuyo?
- ¿Cómo que lo mío?
- ¿Hay eco aquí? -preguntó Eddy, con el mismo tono que había usado Hwoarang-. Mírate. Mi brazo son dos cinturas tuyas. Te soplo y vuelas, Chico-punk.
- Me parece que alguien se la está buscando -advirtió Hwoarang.
- ¿Ya estáis con las patadas y los puñetazos? -gruñó Xiaoyu-. Parece que no sabes hacer otra cosa que retar gente.
- También puedo meterme contigo. Lo que prefieras.
- Paso.
- Así me gusta. Obediente -dijo Hwoarang. Luego se giró hacia Eddy-. ¿Qué, Piercing? ¿Te hace un rondo?
- ¿Un rondo?
- Otra vez el eco. ¿Qué pasa? ¿No sabes lo que es?
- Lo que me sorprende es que lo sepas tú.
- Soy una persona cultivada, de vez en cuando veo la tele -dijo Hwoarang dejando su guitarra en una silla con delicadeza. Eddy sonrió.
- ¿Que es un rondo? -preguntó Julia, aprovechando que Eddy y Hwoarang estaban demasiado ocupados con sus combates verbales como para oírla.
- Es una especie de duelo -comenzó Jin.
- ¿Por qué no me sorprende?
- No en ese sentido -se apresuró a corregirse el muchacho-. Un rondo es una especie de combate...
- Resumiendo, que se van a pegar -dijo Xiaoyu.
- No, no. Ningún combatiente llega a tocarse durante un rondo -explicó Jin-. Es una especie de exhibición que se hace en capoeira.
- Ya vuelves a inventarte nombres -dijo Xiaoyu.
- Creo que será mejor que lo veáis vosotras mismas -acabó Jin, harto de interrupciones.
Para entonces, tanto Eddy como Hwoarang se habían levantado de su sitio y, a pesar del calor, habían salido al exterior, caminando en dirección a la laguna. Se quedaron cerca de la orilla, pues la arena les proporcionaba un terreno inmejorable. Eddy se deshizo de sus gafas y se puso a calentar, mientras Hwoarang se despojaba de las botas y se deshizo de algún que otro guijarro de mayor tamaño.
- No sé nada de capoeira. Imagino que no te importará que utilice Tae -comentó el pelirrojo dejando su calzado a un lado.
- Siempre y cuando mantengas mi ritmo -fanfarroneó Eddy.
- De acuerdo. Iré más lento, entonces.
Después de que Hwoarang estirase un poco, comenzó el combate. Eddy entró en el precario ring dando una voltereta mientras que Hwoarang lo hizo andando tranquilamente.
- Nunca he entendido por que hacéis eso -dijo el coreano mientras observaba el movimiento de Eddy, que no paraba quieto. El capoeira no tenía posición de guardia estática, sino que era un arte marcial dinámico. El luchador parecía bailar en todo momento.
- Espectáculo, chico. Ahora calla y trata de esquivar esto -contestó el brasileño, lanzando una patada alta que pasó por encima de la cabeza de Hwoarang. El movimiento de Eddy había sido rápido y Hwoarang tuvo que dar un salto hacia atrás para esquivarlo. Vista la reacción del coreano y su casi imperceptible gesto de sorpresa Eddy sonrió socarrón-. ¿Quieres que vaya más lento?
La sonrisa torcida, segura, de Hwoarang apareció en su rostro por toda respuesta, y no tardó en lanzar patadas de su propia cosecha, que su contrincante brasileño no tuvo problemas en esquivar con agilidad. Pronto se notó que el coreano no estaba cómodo, mientras el brasileño estaba en su salsa. Hwoarang estaba acostumbrado a que sus golpes encontrasen blanco, y le suponía más esfuerzo tener que calcular la distancia para no golpear a Eddy. Con la atención puesta en eso, sus esquivas eran más torpes y sus patadas mucho más lentas de lo normal. Por fortuna, siempre había aprendido rápido y, a medida que iba cogiendo confianza, sus movimientos también se aceleraron.
- Queda bien -comentó Julia al acercarse a Jin, que contemplaba el intercambio.
- A mí lo que me sorprende es ver a Hwoarang sin golpear a nadie -dijo Xiaoyu, reuniéndose con ellos.
- Lo está haciendo bastante bien, para no estar acostumbrado -opinó Jin-. Es mucho mejor ver a dos capoeiristas en un rondo, porque sus movimientos están totalmente compenetrados y es como una danza continua...
- Es estético -dijo Julia después.
- Se van a mojar. -Wulong también se había unido a los jóvenes a una distancia prudencial de la exhibición-. Se están acercando al lago.
La observación del policía era acertada. Ni Eddy ni Hwoarang se estaban dando cuenta, pero iban moviéndose poco a poco hacia el agua. No lo notaron hasta que el brasileño, al echarse hacia atrás al esquivar un golpe de Hwoarang, plantó uno de los pies en el agua.
- ¿Lo veis? -dijo Wulong, que se alejó otra vez.
Mientras tanto, Hwoarang había bajado la guardia y había plantado ambos pies en el suelo.
- ¿Qué pasa? -preguntó Eddy, dándose cuenta de que el coreano se había detenido.
- Sal del agua -respondió el otro, esperando.
- ¿Por qué? Esto le da mas espectáculo -dijo Eddy-. ¿O es que tienes miedo a mojarte, Chico-Punk?
- ¿Yo? ¿Miedo al agua? -dijo Hwoarang, que soltó una carcajada-. Es mi segundo elemento, Piercing, soy un nadador experto. Creo que eres tú quien debería tener miedo al agua.
- ¿Por qué, si puede saberse? -preguntó el brasileño extrañado.
Eddy, siguiendo el ejemplo de Hwoarang, también había bajado la guardia, dejando de bailar. Eso fue algo que Hwoarang aprovechó para zancadillearlo con un pie y hacer que el capoeirista cayese al agua sin poder evitarlo.
- Por eso, por ejemplo -comentó Hwoarang como si tal cosa.
- Con que un nadador experto, ¿eh? -fue lo primero que dijo Eddy al levantarse, completamente empapado. Apenas un segundo después, echó a correr hacia el pelirrojo, con aire amenazador.
- Eh... Piercing, tranquilo tío, que era una...
Hwoarang no pudo decir nada más antes de que el brasileño le agarrase y, poniéndole una pierna en la cintura, tomase impulso arrojándole hacia atrás varios metros, donde el joven pelirrojo cayó al agua sin remedio. Tampoco él tardó en salir, con el cabello echado sobre el rostro y una enorme sonrisa asomando por debajo. No estaba enfadado ni de lejos.
- Bonita maniobra, Piercing -dijo, apartándose el pelo de la cara y caminando con cierta dificultad hacia el brasileño, ya que el agua le llegaba al medio muslo.
- Gracias. ¿Alguien más quiere probarla? -preguntó Eddy, volviéndose hacia sus pocos espectadores, que se echaron a reír.
- ¿De que os reís vosotros? -inquirió también Hwoarang, observando al trío.
- ¿Cómo está el agua?
Julia evitó tener que responder y se acercó a un tendedero cercano, de donde cogió algunas toallas colgadas. Se acercó cuanto pudo cuidándose bien de no mojarse. Eddy agradeció el gesto y tomó una de las toallas, pero Hwoarang no. A espaldas de la india, el coreano hizo señas con al brasileño y señaló a la muchacha. Eddy entendió de inmediato y sonrió de forma taimada. Aquello debería haberle dado a Julia la pista para saber que algo estaba a punto de ocurrir, pero la joven no reaccionó a tiempo y, antes de que se diese cuenta, Eddy le había agarrado las manos mientras Hwoarang se había acercado, sujetando a Julia de las piernas.
- Respecto a lo del agua... -comenzó Eddy, balanceando a Julia para tomar impulsó.
- ¡Compruébalo tú misma! -completó Hwoarang.
Al tiempo, ambos soltaron a la muchacha, que cayó al agua con estrépito a unos metros de distancia. Se quedó allí sentada un rato, con el agua a la altura del pecho, hasta que se levantó lentamente mientras sus atacantes reían descaradamente. Fuera del agua, también Xiaoyu y Jin miraban divertidos. La india trató de componer un gesto de enfado, pero le resultó imposible y acabó riendo también.
- Vosotros dos... -Intentó poner una voz cavernosa, pero no le salió del todo.
- Julia... es una broma -se apresuró a decir Hwoarang, viéndola venir.
Julia echó a correr a por el coreano. A saber cómo, se las arregló para agarrarle y sujetarle el cuello debajo de la axila. De esta forma se dirigió corriendo hacia el remanso, y Hwoarang, inmovilizado por aquella presa, no tuvo más remedio que dejarse llevar. Una vez lo suficientemente dentro, Julia se lanzó al agua aún sujetando al pelirrojo, que se quedó sentado sin poder moverse a causa de las carcajadas. Julia se levantó y miró a Eddy de la misma forma amenazante.
- Y ahora tú -dijo con la misma voz.
- Tranquila Julia. Ya lo hago yo -dijo Eddy mientras echaba a correr al lago para lanzarse de cabeza al agua.
- Así me gusta -dijo Julia sin abandonar su tono malvado.
- Obediente -completó Hwoarang entre carcajada y carcajada. Mientras tanto, Julia seguía buscando objetivos.
- ¿Vosotros también queréis? -les preguntó a Jin y a Xiaoyu.
- No, yo no -dijo Jin gesticulando con los brazos.
- No erress uno de los nuesstrross -dijo Eddy con voz ronca.
- Pero todo puede cambiarr... -añadió Julia. A su lado, Hwoarang se levantaba y, por alguna extraña razón, la india supo que estaba sonriendo.
Los sonidos de gritos alarmaron a Wulong, pero pronto se dio cuenta de que eran gritos de diversión los que llegaban desde el rio. Casi parecían irreales, después de todo lo que les había pasado en apenas dos días. El detective había temido que aquello pudiera arrebatar la felicidad al pequeño grupo, pero era bonito saber que se había equivocado y que los jóvenes conservaban espíritu suficiente como para divertirse en medio de todo lo que estaba ocurriendo.
Cuando miró hacia el lago pudo ver como todos se lo estaban pasando bien. Casi parecía imposible ver a Eddy disfrutando con el grupo; el brasileño había estado taciturno desde el mismo momento en que le habían conocido. Aunque, para sorprendente, era lo que estaba ocurriendo entre Hwoarang y Jin. ¿Estaba siendo muy optimista o el detective podía ver algo más que pura rivalidad? Esperaba no equivocarse y que el coreano fuese capaz de dejar su deseo de enfrentamiento de lado para descubrir que podía tener un amigo más. No le vendría mal a ninguno de los dos.
- ¿A qué viene esa cara? -era Paul. Apareció por la puerta de la cabaña de Michelle con Forest al hombro.
- ¿Qué hacéis...?
- Le debo un chapuzón -dijo Paul agitando a Forest, quien puso los ojos en blanco-. Ven con nosotros, pero antes coge unas toallas. Mi ahijado va a necesitarlas.
Mientras el motorista desaparecía alegremente hacia la laguna, Wulong no dejaba de pensar en la conversación del día anterior.
- ¡Pero no hagáis eso a la niña, hombre! -dijo Paul mientras veía como Xiaoyu luchaba por salir del agua. Jin ya estaba dentro-. Que me la vais a ahogar...
- Ya podía hacer menos calor. Apenas he salido del lago y casi estoy seca -protestó Xiaoyu mientras intentaba secarse el pelo con una toalla-. Me estoy asando como un pollo.
- Pollo chino -dijo Paul riendo-. Échate almendras por encima y eres la especialidad de los Law.
- No se hace sólo con almendras y pollo -intervino rápidamente Forest-. Se requieren... -al ver que todo el mundo le observaba impaciente, desvió la mirada y sólo añadió-: Es una receta secreta.
- Claro que lo es -dijo Hwoarang-. Tan secreta como la receta de un vaso de leche.
- ¿Que has dicho? -dijo Forest, ofendido.
- Tranquilo, tío, era broma -dijo Hwoarang mientras se colocaba su guitarra y encendía los altavoces. El hecho de tener el pelo mojado no parecía importarle demasiado.
- No le gusta la comida china desde la leyenda urbana del dedo en la sopa -informó Xiaoyu, intentando hacerse otra vez las coletas. Al tener el pelo mojado, Julia tuvo que ayudarle con ello.
- Eran fideos, le pasó a un amigo de Oak y yo nunca he dicho que no me guste la comida china -dijo Hwoarang.
- Siempre es al amigo de un amigo -dijo Julia mientras se concentraba en el peinado de Xiaoyu.
- Oak no es amigo mío -contestó Hwoarang, como si tal cosa.
- Una pregunta -dijo Xiaoyu intentando girarse hacia Forest-. ¿Tú eres chino de verdad?
- ¿Forest? -dijo Paul antes de que pudiera responder-. Éste es como un plátano -todos le miraron extrañados-. Amarillo por fuera pero tan blanco por dentro como yo.
Antes siquiera de que Forest pudiese enrojecer y protestar, Hwoarang comenzó a tocar unos acordes. Fue una verdadera lástima que los altavoces de las Chang fuesen tan antiguos, porque de otra forma la música habría sonado francamente bien.
- "Come as you are" -dijo Paul, identificando la melodía y asintiendo con gesto crítico-. Nirvana.
- No eres tan carroza como aparentas -replicó Hwoarang, levantando la mirada y esbozando aquella media sonrisa.
- Te estás jugando los dientes, muchacho.
- Quizás otro día -dijo el coreano, sin darle mucha importancia-. "Come as you are", sí. Lo primero que aprendí. Son acordes fáciles.
- ¿Sí? -dijo Julia acercándose a Hwoarang una vez hubo acabado el peinado de Xiaoyu.
- ¿Quieres que te enseñe a tocar? -La india asintió.
Hwoarang comenzó a explicarle los entresijos y el funcionamiento de la guitarra. Cómo tenía que colocar las manos y dónde. Después de un rato, Julia fue capaz de sacar un par de acordes de la guitarra, aunque no con muy buena fortuna.
- Dale tiempo -le dijo Hwoarang-. ¿Pero se puede saber que coño te pasa con el reloj? -le preguntó después a Jin. Se había percatado de que éste miraba su reloj de cuando en cuando con gesto impaciente.
- Nada...
- ¿Tanta prisa tienes en enfrentare conmigo? -preguntó Hwoarang sonriendo-. Si no llega a ser por que estoy en medio de una clase, lo haría encantado ahora mismo.
- Pareces impaciente por que pase el día -le dijo Julia a Jin.
- Es que odio mi cumpleaños -dijo Jin.
- ¿Como?
- Hoy es mi cumpleaños -les informó Jin-. No me gusta.
- Entonces perfecto. Así no te molestará si no te compro un regalo -dijo Hwoarang sin un atisbo de emoción.
- ¿Y por qué? -dijo Xiaoyu, pasando por alto el ácido comentario del coreano-. Generalmente es un día feliz.
- Desde que murió mi madre no les encuentro sentido -dijo Jin. Nadie supo que decir, incluso Hwoarang se dedicó a tocar acordes sin sentido-. No pongáis esas caras, no me pasa nada. Es sólo un día más.
La luz del atardecer se filtraba entre las hojas de los arboles en una hora en la que el frío nocturno comenzaba a sentirse. Jin, sentado en una rama, observaba como el astro rey desaparecía entre las montañas en una imagen preciosa que, sin embargo, el joven de dieciséis años no pudo disfrutar. Su cabeza estaba en otro sitio, sumida en profundas reflexiones que se centraban, sobre todo, en su madre. Llevaba mucho tiempo demasiado seria para sus costumbres y, sorprendentemente, le había revelado algunos secretos que antes eran tema intocable. Lo que más le había impactado, sin embargo, eran las palabras que sonaban cada vez más claras en su cabeza: "Si algo me pasase algún día, debes ir con tu abuelo."
Jin Kazama había descubierto apenas un mes antes quién era su padre, y quién su abuelo. Antes de eso, su madre no había mencionado nada sobre su origen, por lo que Jin supuso que era un tema doloroso para ella, una madre soltera. Cuando se lo contó, lo hizo con tanta seriedad que al joven se le quedó grabado a fuego; no por quién era su progenitor, porque no le había importado mucho hasta entonces, sino por la actitud materna. Era como si su madre le estuviese preparando para algo, aunque no sabía muy bien qué. Cada vez que su madre se ponía seria, Jin se echaba a temblar.
- ¿Jin-chan?
Precisamente fue la voz de su madre la que llegó hasta él. Jun le estaba buscando, y no tardó en dar con el sitio donde se escondía el muchacho, pues era el lugar al que siempre iba cuando tenía algo en lo que pensar. El árbol era un viejo sauce cuyas ramas no muy altas y superficie muy accidentada permitía subirse a ellas sin dificultad. El sauce estaba cerca de un gran acantilado coronado por una impresionante cascada y permitía ver todo el salto de agua desde el nacimiento hasta su muerte, allá abajo, en el lago. Jun se encaramó al árbol con agilidad y se sentó junto a su hijo.
- ¿Que haces? -preguntó una vez arriba.
- Pienso -respondió Jin con seriedad. Con demasiada seriedad quizás para un chico de quince años.
Su madre no contestó, y ambos se quedaron sentados con las piernas colgando de la rama, observando la caída de la cascada. El sol seguía desapareciendo tras las montañas, abandonando a la pareja, que no se había movido de la rama, y al bosque, que comenzaba a sumirse en la tranquilidad de la noche.
- Es bonito -comentó Jun con un suspiro. Jin la miró. Probablemente aquella mujer había contemplado aquel mismo atardecer cientos de veces, pero no parecía cansarse de él-. ¿Qué te preocupa, hijo?
- Nada en especial -trató de mentir Jin, pero inmediatamente tuvo la desagradable sensación de que su madre sabía que no había dicho la verdad y, para su desgracia, vio en su cara un pequeño gesto decepcionado-. No lo sé. Me rondan muchas cosas en la cabeza.
- Cuéntamelo -propuso Jun, que sonrió otra vez.
Jin iba a hacerlo, pero antes de que pudiera abrir la boca, justo antes de que el sol desapareciese por completo, apareció una figura suspendida en el aire, como si fuese un lunar extraño en la superficie del astro rey. Tenía una forma extraña, muy difícil de definir con la luz a su espalda, pero no era como ningún ave que Jin conociera.
- ¿Qué es eso? -preguntó Jin, señalando la figura. Su madre tardó en responder.
- Quédate aquí -le ordenó mientras bajaba del árbol y echaba a correr hacia el bosque.
Cualquier hijo sabe cuando su madre está asustada, incluso cuando esta trata de aparentar normalidad. Jin lo supo y por eso abandonó su escondite y desobedeció a su progenitora, internándose a su vez en el bosque sin perder de vista la figura que eclipsaba el sol, que se hacía cada vez más grande al acercarse precisamente a aquel lugar. El muchacho se escondió entre los arbustos, observando su avance, y pudo distinguir la figura de un hombre. Asustado, se movió entre los matorrales siguiendo el rastro de su madre para reunirse con ella. Y era un rastro bien visible, pues la mujer no se había preocupado en ocultarlo. El chico llegó hasta un claro donde encontró a Jun, cara a cara con una extraña figura.
La sombra que había eclipsado al sol se había concretado en una forma alta y corpulenta, con piel verde escamosa cubierta por unos pocos jirones de pieles y una extraña armadura dorada que no era oriental. Llevaba un yelmo en la cabeza de donde sobresalía una cresta y su rostro tenía una expresión gélida y carente de sentimientos. Dos ojos de brillo rojizo resaltaban en la cara, y estaban fijos en Jun. Pero lo que más impresionó a Jin fue ver que su madre había adoptado la posición de guardia. Estaba lista para luchar.
- "Únete a mi" -fue lo único que dijo aquella criatura. En los oídos de Jin, la frase sonó extraña e incomprensible, pero en su mente el significado estaba claro.
- Vete, Jin -dijo Jun, sin volverse a mirar al chico, aunque era evidente que sabía dónde estaba-. Es Toshin. Escapa.
Jin salió de su escondite bajo la mirada de la extraña figura. Aunque no había echo ademan de atacar, se podía sentir el peligro.
- ¡No, mamá! -dijo Jin haciendo acopio de todo su valor-. ¡Lucharemos juntos!
El ser llamado Toshin apartó la mirada del muchacho y la centró en la mujer.
- Aparta, Jin -le dijo su madre momentos antes de que Toshin diese un gran salto, superando la altura de la mujer.
Jun esquivó hacia un lado el puño de la criatura, que cayó pesadamente en el lugar donde se había encontrado ella un instante antes y abrió un agujero enorme con el impacto. Jin procuró no pensar en eso y saltó a su vez, preparando uno de los mejores golpes que le había enseñado su madre.
- ¡No, Jin! -gritó ella.
La advertencia no sirvió de nada. El golpe del chico encontró blanco, pero Toshin no dio muestras de haberlo notado. Se irguió como si nada y golpeó a Jin con el reverso de la mano, lanzándole por los aires. El muchacho cayó al suelo y ya no vio nada más hasta que se despertó tiempo después, si bien nunca supo cuanto.
Cuando abrió los ojos sólo se encontró horror. El bosque estaba destrozado: árboles partidos, arbustos ardiendo, rocas destrozadas... Pero eso no fue lo peor.
El cuerpo yacía a su derecha, inmóvil. Estaba tirada en la hierba, con la ropa ensangrentada y hecha jirones, como si fuera un muñeco roto. Cuando la imagen penetró en su cerebro, cuando fue capaz de procesarlo, lo único que pudo hacer Jin fue gritar.
Su madre estaba muerta.
Jin despertó ya llorando, como siempre que soñaba con ese episodio de su vida. Al abrir los ojos se encontró con la imagen borrosa del techo de la cabaña de Wulong y eso le ayudó a recordar dónde estaba, a centrarse y saber que había pasado tiempo desde entonces. A veces le resultaba difícil volver a orientarse tras esas pesadillas, porque eran tan vívidas que parecían reales. A veces pensaba que esa pesadilla era su maldición particular, puesto que siempre era más viva cuanto más tranquilo estaba. Ahora que se encontraba cómodo entre sus amigos, alejado de su abuelo, el sueño volvía para atormentarle. No quería olvidar a su madre, pero sí quería olvidar la imagen de su cuerpo muerto. Sin embargo, había una parte de su ser que sabía que jamás podía quitarse esa imagen de la cabeza.
Con las lágrimas silenciosas aún en el rostro, se giró en la cama solo para encontrarse con la figura de Hwoarang, que dormía en el sofá, y no pudo evitar envidiar la tranquilidad del sueño del coreano. Se levantó en busca, precisamente, de su propia tranquilidad, sabiendo que sólo podría encontrarla en medio del bosque y de la naturaleza, que no estaban presentes en aquel lugar. Por eso salió de la cabaña en silencio, sin saber exactamente dónde ir. Recorrió la orilla de la laguna intentando encontrar un modo para cruzarlo, para alejarse del ahora oscuro poblado. Aunque intentó caminar en silencio, la desazón le hizo romper a llorar en medio del camino. Llegó junto a una roca cercana a un camino que descendía hacia el cañón. Intentaba calmarse, observando el cañón del Colorado iluminado por la luz de la luna, tal y como lo hacía en su bosque de Japón, en aquella cascada, junto al viejo sauce.
Una nube tapó momentáneamente la luz de la luna. Inmediatamente Jin miró hacia arriba. Recordó la figura que había tapado el sol aquella tarde hace cuatro años. Recordó el rostro de aquel ser. Aquella quemazón volvía a asaltarle, una sensación de furia, como si la sangre le hirviera.
- ¡Toshin! -Jin lanzó un puñetazo sobre la roca. Con el golpe la roca estalló en pedazos quedando hecha añicos. Pero Jin no sintió dolor alguno por el golpe con la mano desnuda. Al contrario, pudo sentir el placer de descargar su ira.
Un placer que comenzaba a gustarle.
Inmediatamente después un dolor punzante le apareció en su brazo izquierdo, con el que había propinado el golpe. No era el dolor del impacto, sino quemazón, como si el brazo ardiera en llamas. La sensación aumentó hasta que Jin pudo contemplar como la carne de su hombro se abría y su piel se quemaba de verdad.
El japonés se llevó la otra mano al brazo dolorido, sin saber que ocurría. Podía sentir el calor de la llama que lo había producido, pero en realidad no había habido tal llama. Aquella extraña herida se había producido sola.
- ¿Jin? -la voz de Julia sacó de sus pensamientos al muchacho. Parecía asustada-. ¿Estás bien?
- Chang-san -respondió el japonés azorado. Antes de que incorporarse se limpió las lagrimas con una mano y luego añadió en actitud casual-. ¿Qué hace despierta?
- Estaba estudiando -dijo la india apareciendo entre las sombras. Parecía que había salido apresurada de su cabaña, puesto que llevaba una camisa arrugada a medio abrochar y los pantalones de chándal con las cremalleras de los bajos abiertas, apenas cubriendo sus pies descalzos-. Te vi corriendo por la ventana. ¿Te encuentras bien?
- Una pesadilla. Nada más -dijo el japonés restándole importancia. Julia miraba con curiosidad el brazo que Jin se sujetaba. Iba a necesitar respuestas que no tenía-. Esto... -cuando Jin apartó la mano de su herida vio que no había sangre y tampoco le dolía. Era como si hubiera sido una ilusión-. Siento haberte preocupado.
- No pasa nada -dijo la india. Parecía incómoda, lo mas probable era por que por la cara de Jin aún corrían lágrimas-. ¿Estás seguro de que estás bien?
- Sí -dijo Jin intentando sonreír. Se giró hacia la brillante luna-. Solía ir a pasear al bosque cuando tenia pesadillas. La naturaleza solía tranquilizarme, pero...
- Pero aquí no hay naturaleza -se adelantó Julia.
- No quería decir eso... bueno. No de ese modo.
- No necesitas decirlo, porque es la verdad -dijo Julia girándose hacia el mismo paisaje que en días anteriores contemplase junto a Hwoarang-. Se está convirtiendo en un desierto. Antes esto era bello, pero cuanto más tiempo pasa se va transformando en un desierto. Nos va devorando. Cada año hace más calor en verano y más frío en invierno.
- Michelle decía que a mi madre le gustaba este lugar -dijo Jin observando el páramo.
- Te preguntarás qué es lo que le gustaba de este sitio -dijo Julia-. Yo a veces también me lo pregunto, pero como dice Hwoarang, no tenemos por que dar explicaciones de por que nos gusta nuestro hogar.
- ¿Eso dice Hwoarang?
- Eso es lo que a mí me dijo.
Se quedaron un momento en silencio observando como las nubes que venían del sur comenzaban a oscurecer la luz de la luna.
- Hwoarang me contó lo de vuestro combate hace cuatro años -dijo Julia intentando buscar un tema de conversación tranquilo.
- ¿Me puso bien en su versión? -dijo Jin forzando una sonrisa.
- No dijo mucho, la verdad. Solo lo justo -dijo Julia. Viendo que Jin se limitaba a mirar la luna Julia decidió pasar al plan B-. Bueno, creo que me debería ir. Se me van a quedar los pies fríos.
- Cierto, estás descalza -dijo Jin. Inmediatamente Julia encogió los dedos como si sintiera vergüenza ahora que Jin la miraba.
- Se me cayeron las zapatillas al salir por la ventana -dijo la india sonriendo. Giró sobre sus talones y echó a andar-. Me voy... si me necesitas seguiré estudiando.
- Recuerdas... -comenzó a decir Jin al cabo de unos segundos. El plan B habia dado resultado-. ¿Recuerdas lo que te dije en el Mall?
- ¿Qué? -dijo Julia girándose.
- Lo de mi combate con Nina -dijo Jin. Julia asintió-. No... No te dije toda la verdad. No era solo por la seguridad de Hwoarang.
- ¿Qué quieres decir? -ahora era Jin quien parecía atemorizado.
- No me reconozco, Chang-san -dijo Jin-. Últimamente no me reconozco.
- Bueno... eso será por que has abandonado tu hogar... supongo.
- No es eso. Cuando luché con Nina luché por orgullo, no por supervivencia -a Jin le temblaba la voz-. Eso jamás me pasa. Eso no es lo que mi madre me enseñó -Jin miró su puño. Todavía tenia polvo de la roca en la mano-. Además... parece que no controlo mi fuerza -Jin señaló la roca. Sabia que Julia le había visto romperla.
- Creo que a cualquiera le puede pasar eso. Ser traicionado puede enfurecerte mucho...y más si quien lo ha hecho ha sido tu abuelo.
- Enfurecerme... -dijo Jin pensativo-. Creo que eso es lo que mas temo. Si es cierto que me pasa cuando me enfado...
- Mi abuelo me contaba una historia... -dijo Julia tras un rato pensando-, que me recuerda a esto. Hacía mucho tiempo, cuando todavía vivíamos en el caluroso sur, había un guerrero joven y guapo pero el mas bajito de toda la tribu -Jin sonrió-. ¿Que pasa? Era pequeña y mi abuelo quería que me sintiera identificada...
- No, nada.
- Pues ese guerrero encontró un día una lanza de piedra. La mas afilada y resistente que jamás había visto. Bien usada sería capaz de atravesar a un búfalo... pero era muy pesada. Demasiado para él. La gente del pueblo se reía y decían que con ese arma lo máximo que conseguiría sería hacerse daño a si mismo y entorpecer a sus compañeros en la batalla o en la caza. Sin embargo, con esfuerzo y trabajo consiguió dominar su arma y se hizo un experto en ella. Gracias a aquel esfuerzo el poblado no tuvo mas problemas con sus enemigos y estuvo seguro para siempre.
- ¿Qué quieres decir con eso? -dijo Jin-. ¿Que mi fuerza es una lanza muy pesada?
- Exactamente -dijo Julia-. Si piensas que tienes un arma perfecta pero que podría dañar a tus compañeros o poner en peligro tu vida, aprende a utilizarlo a tu favor. Esa fuerza puede ser útil para ti y para los que defiendes. Hace dos días, esta fuerza que temes nos pudo salvar la vida. Al menos nos abrió el camino...
- Literalmente -dijo Jin riendo.
- Eso es -dijo Julia, y viendo la actitud del japonés añadió-. ¿Te encuentras mejor?
- Sí, la verdad -respondió el japonés mirando de nuevo al cielo. Ahora las nubes no se le antojaban como monstruos acechantes, sino que podía disfrutar de su suave movimiento ocultando la luna-. Todo esto es un gran caos. Primero perseguido, luego aquí -continuó, mirando el cañón-. Hace dos días esperaba que todo fuera una pesadilla y ahora, sin embargo, todo se ha vuelto más tranquilo. Aunque, todo esto todavía no ha acabado. Gracias por el respiro, Chang-san.
- Por favor, Jin. Llámame Julia.
- Pero Cha...
- No me importa que sea incorrecto. Me pone nerviosa que me llames por el apellido, ¿como me diferencias de mi madre?
- De acuerdo... Julia-san -añadió el japonés azorado. Julia puso los ojos en blanco.
- Bueno -dijo Julia-. Si no me necesitas me voy a la cama.
- Oyasumi nasai -dijo Jin mientras se sentaba en la roca-. Hasta mañana.
- Por cierto -dijo la india dándose la vuelta y señalando al brazo izquierdo del japonés-. Bonito tatuaje. Nunca te lo había visto.
Jin se miró el brazo.
¿Desde cuando estaba eso ahí?
Hwoarang se levantó de la cama. No había sido un sueño.
Había visto a Kazama salir corriendo de la cabaña. En un principio había pensado que había salido al servicio o a cualquier otra cosa pero, tras darle vueltas un buen rato y llegar a la conclusión de que el chaval pijo debía saber utilizar la cisterna él solo, comenzó a extrañarse. No había causa aparente por la que Kazama pudiera salir corriendo de la cabaña en medio de la noche, salvo una: que hubiese decidido huir y entregarse.
Era una idea absurda, pero, en primer lugar, se trataba de Kazama. Y, en segundo lugar, cuando alguien no dormía lo suficiente, solía pensar que las ideas absurdas eran las mejores. Quizás lo de su cumpleaños sí le afectaba, después de todo.
Debía ser aquel calor insoportable, pero Hwoarang pensó que se estaba preocupando por el japonés.
- Es el calor -dijo para sus adentros.
Salió de la cabaña intentado no hacer demasiado ruido con el crujir del parqué y echó un vistazo a su alrededor. La cabaña de Michelle se encontraba delante suyo con todas las luces apagadas. Con un poco de suerte Julia estaría despierta, estudiando como la noche anterior, quizás había visto algo. Echó a andar, sin dejar de mirar a su alrededor, hacia la parte de atrás de la cabaña donde se situaba la ventana de Julia. Sin sorpresa y con alivio descubrió que la luz de la habitación estaba encendida y la ventana abierta. Sin embargo, cuando se acercaba Hwoarang pisó algo en el suelo que definitivamente no era una piedra. Cuando se agachó descubrió que era una de las deportivas rojas de la india, tirada en el suelo a pocos pasos de la ventana. Hwoarang se acercó de inmediato y echó un vistazo al interior de la habitación, que se encontraba vacía.
- ¿Qué significa esto? -dijo el coreano preocupado. Justo cuando se dio la vuelta y echó un vistazo al horizonte.
Le llamó la atención una silueta alejada de las cabañas que se encontraba cerca del camino que, según Julia, descendía hacia el cañón. Si su vista no le fallaba y la luz de la luna no le jugaba malas pasadas, juraría que era la misma Julia.
Julia, al lado de otra silueta.
Julia, al lado de Kazama.
Julia, al lado de Kazama. En la oscuridad de la noche.
Debía de ser el calor, pero habría jurado que esa imagen no le gustaba nada.
Un tatuaje.
O, al menos, era lo que parecía aquello que había comenzado como una quemadura irreal, o al menos eso creía Jin. Sin embargo ahí estaba, como recordatorio de que no había sido así, que algo había pasado y que esto no era una pesadilla. No le dolía ya, ni siquiera tenia marca alguna en la piel. Todo seguía igual, salvo el color. Sin embargo, tener un tatuaje negro en tu brazo después de tener una pesadilla, es decir, un recuerdo, no era una buena señal.
A decir verdad le daba miedo.
Había intentado limpiarla con el agua del río, pero la marca no desaparecía de su brazo. También metió la cabeza en el agua para espabilarse un poco, pero todo seguía igual.. Salvo, claro, que estaba empapado y la mancha seguía ahí. ¿Qué podía significar aquella marca oscura en su brazo? Parecía un aviso. O un símbolo.
En esto andaba perdido cuando llegó a la cabaña. La puerta estaba cerrada, y él recordaba haberla dejado abierta, pero apenas se dio cuenta de aquello. Lo que consiguió sacarle de sus pensamientos fue Hwoarang. El coreano estaba despierto, tumbado en el sofá que le servía como cama, mirando el techo de la habitación. En ningún momento miró a Jin.
- ¿Estás despierto? -le preguntó Jin al verle, mientras se dirigía hacia su lecho.
Esta vez sí, el coreano le miró. Mantuvo los ojos en los suyos durante un momento, su mirada llena del desprecio habitual, y luego se giró para darle la espalda. A Jin no le sorprendió, pero aquel comportamiento le apenaba. Le decepcionaba, quizás. Le ocurría siempre que Hwoarang se portaba así con él; Jin no tenía nada contra el coreano, en realidad. Era el pelirrojo quien le guardaba rencor, y Jin no entendía muy bien la razón. Solo que le dolía a veces.
Pero no tenía solución. Se tumbó en el suelo, en las mantas que formaban su futon. Antes de que pudiera siquiera cerrar lo ojos Hwoarang habló, y lo hizo con una voz tan fría que hizo que Jin diera un respingo.
- Mi mano está perfecta, Kazama -dijo el pelirrojo sin darse la vuelta-. Mañana. Y recuerda que lo prometiste.
