Round 22: Quien siembra vientos...

Tras un largo y cansado viaje en helicóptero, Jin siguió a Bryan hasta una habitación de un hotel de primera clase de alguna ciudad mexicana cuyo nombre no recordaba, ni estaba interesado en recordar. No necesitó echar un vistazo al interior de la habitación para saber quién sería su ocupante e, inmediatamente, los recuerdos llenaron su mente. Los de la misma reunión quizás en un lugar distinto, pero con los mismos protagonistas. Aquel hombre a quien alguna vez había llamado abuelo no sujetaba ninguna copa en aquella ocasión, ni miraba por la ventana. Permanecía sentado en un sofá delante de la televisión apagada, observando con detenimiento alguna clase de reliquia que sujetaba entre las manos, aparentemente indiferente al mundo que le rodeaba, pero con aquel aura de altivez, de poder y autoconfianza, que le vestían a perpetuidad, como un manto. Cuando Jin cruzó el umbral de la puerta el anciano no hizo muestras de haber notado su presencia, pero el muchacho no se sorprendió cuando Heihachi comenzó a hablar con él sin mirarle.

- ¿Algún contratiempo? -le preguntó a Bryan, con aquella voz potente que no denotaba su edad. Nada en Heihachi hacía ver que era un anciano. Nada.

- Aquí está, Mishima-sama -respondió Bryan-. He traído a su nieto.

- Eso ya lo veo -dijo el anciano sin emoción en la voz. Esta vez sí, Heihachi se levantó y se giró hacia Jin-. Te he preguntado si has tenido algún contratiempo -repitió.

- Nada importante, señor -respondió el soldado, sorprendentemente sumiso.

- ¿Y por qué se habla de muertos y heridos en la prensa?

- Ah, es cierto -dijo Bryan con una voz donde Jin pudo detectar cierto temor-. Se había estado ocultando durante un buen rato. Tuve que matar al chieftain para hacerle salir. Luego el crio se resistió y usé a la china para hacerle reaccionar. No me quedó otro remedio... -Heihachi cambió de posición y aquel simple gesto hizo que Bryan se apresurara con su informe.

- Eres mas estúpido de lo que creía -dijo en tono bajo y en japonés, de manera que su subordinado no entendió nada. Era evidente que el comentario iba dirigido a su nieto, que apretó los puños.

- Deja de fingir de una vez que las cosas te importan -contestó el joven, también en japonés y con un desprecio absoluto en su voz. Heihachi le miró con frialdad, pero a Jin no le importó-. ¿Qué significan para Mishima Heihachi dos muertes a cambio de su preciado poder?

- Silencio -ordenó secamente el anciano, pero Jin no le hizo caso.

- Nada te importa, ni nadie. Serías capaz de sacrificar hasta tu propia sangre -continuó el muchacho, con más furia en su voz. Para entonces, Bryan había dejado de hablar y observaba a los otros dos hombres de la habitación.

- ¿Y en qué nos diferencia eso? -dijo Heihachi, acercándose a su nieto-. ¿Acaso no has sido tú quien ha sacrificado esas vidas? -Jin soltó un bufido de desprecio-. Oculto como un cobarde mientras mataban a tus compañeros... Dime, ¿qué nos diferencia?

- ¡Tú y yo no nos parecemos en nada! -gritó Jin dando un paso al frente. Bryan se apresuró a agarrarle de un brazo.

- Grita cuanto quieras. Sabes que, de no haberte comportado así, el viejo y la chica estarían vivos -dijo el anciano con una voz tan fría como calma, clavando las palabras una por una en el corazón del joven japonés que le escuchaba-. Podríamos haber solucionado esto sin más derramamiento de sangre. Sabías que ponías en peligro a tus compañeros desde el momento en que decidiste huir con ellos.

- Todavía estoy a tiempo de vengarles -amenazó el muchacho, deshaciéndose de la presa de Bryan de un simple manotazo. Intentó volver a retener a Jin, pero Heihachi le detuvo con la mirada.

- Más te vale reservar tus fuerzas para tu verdadero enemigo -le recomendó con la misma frialdad. Después siguió hablando en ingles, hacia Bryan-. Llévale a su habitación y no te separes de él. Y tráeme a Anna, tengo que hablar con ella.

- De acuerdo, señor -dijo el soldado tirando nuevamente del brazo del joven japonés. Sin embargo, antes de salir, se detuvo y añadió nuevamente hacia Heihachi-. Se me olvidó informarle que su nieto ha matado a dos de mis hombres.

- Querrás decir a dos de mis hombres -corrigió el anciano-. Perfecto.

Bryan se encogió de hombros ante aquella respuesta, como si no esperase otra.

- Más te vale descansar -le dijo el anciano a Jin-. Necesitarás fuerzas mañana en el templo.

- ¿Templo? -respondió Jin con frialdad-. Mejor di tu tumba.


Antes de que llegara la noche todo estaba preparado, el equipaje listo y los billetes para México reservados. Solo faltaba una cosa. Cuando llegaron a aquella habitación del hospital, como habían previsto, ya había alguien dentro. Eddy estaba sentado junto a la cama, al lado de la yaciente Xiaoyu. Eso sí, no habían esperado que Xiaoyu estuviera despierta.

- ... entonces, quedamos en eso -escucharon decir a Eddy, sin que el corpulento brasileño se percatara de que las Chang y Hwoarang asomaban por la puerta-. Cuando todo esto acabe nos iremos todos juntos a pasar el veranito a Brasil, ¿de acuerdo?

- De acuerdo -oyeron decir a la china con voz queda, casi un susurro. Apenas la entendieron por culpa de los pitidos del monitor cardíaco.

- Es una promesa, ¿entendido? Hay que broncear esa piel paliducha -dijo Eddy. Hizo intención de levantarse, pero entonces sintió las manos de alguien a la espalda, que luego le rodearon el cuello. Lejos de preocuparse, el brasileño sonrió.

- Suelta la pasta, Piercing -dijo la voz de Hwoarang-. Necesitamos pasajes para un rescate.

- Encantado -dijo Eddy.

- ¿Siempre eres así con los ladrones? -respondió el coreano, soltando su presa.

- Sólo con los que me llaman Piercing -dijo el brasileño aún con la sonrisa. Oyó un bufido a su espalda-. ¿Dónde vamos?

- Me encantaría decirte que a Cancún, pero será otra zona de México -dijo Hwoarang-. ¿Que tal, Tabla? -preguntó después, mirando a Xiaoyu y tratando de hacer caso omiso de los cables, tubos y sondas que tenía la chica. La muchacha le miró por un momento en el que sus ojos se llenaron de lágrimas-. ¿Qué pasa ahora? -preguntó Hwoarang, que no sabía que había hecho para hacerla llorar.

- Me has puesto un mote -dijo Xiaoyu con dificultad. Y, también con dificultad, sonrió.

- Joder, ya te vale -dijo el coreano-. ¿Por qué sonríes? No deberías estar contenta por estar plana, ¿sabes?

- Qué grosero.

- Vamos a traer a Jin -intervino Julia cogiendo la mano derecha de Xiaoyu, donde no tenía ninguna vía venosa-. Tienes que estar recuperada para cuando venga.

- ¿Estás bien, Julia-san? -preguntó Xiaoyu a su vez.

- Claro que sí -respondió esta, intentando que su sonrisa fuese convincente y sorprendiéndose al conseguirlo-. Tú se fuerte y recupérate. Seguro que se alegra de verte bien. -Julia dejó la cámara de fotos encima de una mesilla-. Y entonces nos haremos la foto.

- Yo me quedaré contigo -dijo Michelle al otro lado de la cama-. Vosotros marchaos y traed a Jin de vuelta.

- Eso está hecho, señora Chang -dijo Eddy poniéndose sus gafas de sol mientras desaparecía por la puerta.

- Cuidaos mucho -dijo Michelle antes de que Hwoarang y Julia se marchasen también. Los dos jóvenes asintieron y cerraron la puerta, pero un momento después, la pelirroja cabellera de Hwoarang asomó por el marco.

- Eh, Tabla -dijo, dirigiéndose a Xiaoyu-. Te quiero ver en pie cuando regrese, ¿estamos? -casi le ordenó, con su media sonrisa patentada. Xiaoyu sonrió también, sobre todo cuando Julia regresó y se tuvo que llevar al coreano tirando de su brazo-. ¡Y come bien, estúpida! Deja la dieta de una vez... -se le oyó gritar por el pasillo. Xiaoyu sacudió la cabeza.

- ¡Julia, espera! -dijo Michelle, saliendo al pasillo de manera precipitada. Eddy y Hwoarang esperaban el ascensor, mientras Julia había regresado al encuentro de su madre-. Olvidas esto.

- Cierto -dijo Julia viendo como su madre le colocaba el medallón que momentos antes tenía ella. Lo contempló durante un rato haciéndole girar en su mano.

- Odio tener que dártelo en una situación tan similar al momento en que lo recibí yo, hace años. Habría deseado que la ocasión fuera otra... -dijo Michelle abrazándola muy fuerte-. Cuidaos mucho, hija -añadió, con voz entrecortada, pero se repuso pronto y miró a Hwoarang por encima del hombro de su hija-. Cuida de tu hermana. ¡No te separes de ella!

El coreano solo sonrió.


Como siempre, Eddy no había reparado en gastos para con sus compañeros. Había cancelado las reservas que estos habían hecho para volver a realizarlas, esta vez en primera clase. Wulong se enfadó, pero Eddy se defendió diciendo que necesitaban un descanso que de ninguna manera iban a conseguir viajando en clase turista. Cuando todos estuvieron en el avión, no hubo más quejas. El vuelo despegó a las cinco de la mañana y todos cayeron dormidos nada más tumbarse en los cómodos sillones.

Las seis plazas que ocupaban se situaban todas a la izquierda del avión. Hwoarang se sentó al lado de Eddy, delante de Julia y Wulong que, a su vez, estaban delante de Paul y Forest. Wulong (y el resto del pasaje) podía oír los ronquidos de Paul tan fuerte como si estuviera a su lado. Comenzaba a preguntarse como podía Forest conciliar el sueño al lado del motorista. No tardó en percatarse de que el joven chino tenía unos auriculares puestos donde se escuchaba música chill out.

- ¡Maldito carroza! -Wulong oyó la protesta de Hwoarang delante suyo y pudo ver como el pelirrojo se movía en su asiento. Parecía que él tampoco estaba dormido.

- Hwoarang -le llamó el policía. El aludido no contestó-. ¡Hwoarang!

- ¿Qué pasa?

- ¿Podemos hablar?

- Yo no he sido, Lei -dijo Hwoarang-. Y no tienes pruebas.

- ¡Hwoarang! -dijo Wulong esta vez riendo.

- ¡Vale!, ¡vale! -La cabeza de Hwoarang se asomó por un lado del asiento-. ¿Qué pasa? -repitió.

- No hemos hablado desde lo del Mall -dijo el policía-. Quería decirte que...

- ¿Todos tenéis que restregarme lo que hago? -dijo el coreano volviendo a desaparecer.

- Vale, disculpa -dijo Wulong.

- Parece mentira que después de tantos años no me conozcas, Lei -dijo el coreano volviendo a aparecer por detrás del asiento-. Era broma. Mi carácter.

- Lo sé.

- No hay nada que decir, Wulong -dijo Hwoarang. El detective se dio perfecta cuenta de que el muchacho había usado su nombre de pila, y no su apellido.

- No pensé que ibas a reaccionar así.

Hwoarang tardó en responder y, cuando lo hizo, fue tras un prolongado suspiro.

- Supongo que me asusté... un poco -dijo el joven al final, justo cuando Wulong pensó que no respondería-. Que seas un dolor en el culo no quiere decir que quiera que desaparezcas.

- Vaya. Gracias... Debo ser el dolor en el culo más orgulloso del mundo.

- Vete a la mierda -dijo el joven con un bufido-. ¿Qué pasa? ¿Hablaste con Michelle después de eso? -preguntó después-. Me hizo una especie de examen psicológico completo. Pensé que tú se lo habías ordenado.

- Pues no... -Hwoarang resopló de nuevo y desapareció en su asiento.

- Oye, por cierto -dijo el coreano, asomándose una vez mas por detrás del asiento-. ¿Cómo es que no viene con nosotros? ¿Tan grave es lo de la pierna?

- En cierto modo -dijo el policía-. Hace veinte años, un luchador la lesionó. Sufrió un desgarre en los tendones que se hubiera curado si no llega a ser por que intentamos derrotar a Kazuya unos días después y no tuvo tiempo de reposarlo. La lesión de Michelle es la típica que permanece, hagas lo que hagas. Parece que Bryan lo sabía y lo aprovechó. Debía de estar informado.

- A Baek le pasaba algo por el estilo -dijo Hwoarang al cabo de un momento-. Tenía la rodilla derecha llena de cicatrices. Recuerdo que le dolía cuando llegaba el mal tiempo. Aunque supongo que lo sabes.

- Sí, lo sé -asintió Wulong-. ¿Sabes quién se lo hizo?

- Marshall Law -dijo Hwoarang mirando por encima del asiento de Wulong, allí donde estaba durmiendo Forest-. Conozco la historia, Lei. Baek trató de que yo no cometiera sus mismos errores. No quería que eligiera mal mi lado cuando surgiera la oportunidad.

- Fue una elección desgraciada, pero tu maestro supo reponerse muy bien del golpe. Marshall fue benevolente.

- Eso también lo sé.


La imagen del precario campamento apareció entre las montañas. Estaban perdidos del mundo, lejos de cualquier civilización, pero, cualquiera lo diría, tan solo a un par de horas de viaje en helicóptero desde Ciudad de México. Y allí era donde se iba a celebrar el Torneo del Puño de Hierro.

Jin contemplaba el paisaje desde su privilegiada posición, sentado al lado de la ventanilla del helicóptero. Prefería no pensar en nada en aquel momento, pero su mente estaba abrumada por los recuerdos y por el insomnio. No había dormido en toda la noche, y no había descansado mucho desde el día en que se despertó con la pesadilla; la noche en la que estaba esperando la pelea con Hwoarang, que nunca llegó a producirse. Aún así, el frescor de la mañana, añadido al frío de aquellas altitudes, le mantenía despierto. Todavía tenia el traje de combate puesto. No abrigaba mucho, pero no iba a quejarse. Nadie de los presentes le oiría quejarse, ni una sola vez.

- ¿Tienes frío? -La voz de Bryan sonó rebosante de burla a un lado suyo, aunque el joven le ignoraba completamente. El luchador era su único acompañante en aquel viaje, además de un par de soldados y la tripulación del helicóptero. Fury se mantenía de pie al lado de la puerta del aparato, que mantenía abierta-. Tranquilo. Pronto entrarás en calor.

Jin había deseado con todas sus fuerzas que el helicóptero hubiera tenido problemas en el trayecto y que Bryan cayese al vacío, o haber podido empujarle él mismo. Sin embargo acabó llegando a la conclusión de que sería mucho más placentero acabar con él con sus propias manos.

Sus manos. Ahora manchadas de sangre.

No había tenido ganas, ni fuerzas siquiera, para lavarse las manos, y aún tenía restos de sangre de los soldados Tekkenshu que había derramado el día anterior. Pero no solo de ellos. Jin sentía que sobre sus espaldas pendía la culpa por la pérdida de las vidas de dos personas más y que era un peso que comenzaba a hacerse insoportable por momentos.

Su abuelo tenia razón.

No conocía a Windsound lo suficiente, pero sabía que había sido amigo de su madre, quizás alguien importante para ella. En todo caso, era alguien importante para las Chang, que le habían ofrecido su casa y su amistad y sólo habían obtenido sufrimiento a cambio. Ahora Windsound estaba muerto. Jin había visto a Julia correr hacia su cadáver, y su grito de dolor le había destrozado el alma. Sabía perfectamente lo que su amiga sentiría al despertar, al encontrarse con el cuerpo de esa persona a su lado. Lo sabía demasiado bien.

Y eso no era todo. A Windsound apenas le conocía, pero Xiaoyu... Xiaoyu era su amiga. La imagen de la chica con el pecho ensangrentado, con lágrimas en los ojos... Aquella mirada. Sabía que Ling no le culparía nunca, pero cada vez que recordaba aquellos ojos, aquella mirada, Jin se sentía culpable.

Su abuelo tenía razón.

Si se hubiera entregado antes, si hubiera hecho caso omiso de los consejos de Hwoarang, si no hubiera decidido luchar contra su abuelo, todas esas personas seguirían vivas. Xiaoyu no hubiera sufrido, Hwoarang seguiría en Hong Kong viviendo su vida, Wulong tendría su trabajo, Windsound seguiría vivo...

Pero no era el momento para pensar en eso. No ahora, que todo iba a llegar a su fin. Todo su sufrimiento terminaría junto con la criatura a la que iba a matar y, si bien el dolor de sus amigos no desaparecería, al menos se verían vengados en el momento en que Mishima Heihachi respirase por última vez. Él y el soldado que ahora le acompañaba.

Lo haría o moriría en el intento. Jin estaba muy seguro, totalmente seguro de sus intenciones, de sus motivaciones, de todo. Estaba seguro.

Quizás por primera vez en su vida.

- Mira -dijo Bryan, señalando el valle donde se levantaba el campamento. Varios barracones metálicos se apiñaban en torno a una hilera de tatamis y a una gran carpa. Un poco alejado del escenario del torneo se encontraban unas ruinas impresionantes que escalaban la ladera de un acantilado e impedían que el sol llegase al campamento-. Aquí se reúnen los mejores luchadores del mundo.

Jin se vio obligado a admitir que la idea era tentadora. Un gran torneo donde luchadores de todo el mundo se reunían para participar. Luchadores de todos los estilos y países, reunidos para decidir quién era el mejor.

El helicóptero comenzó a descender, pero lo hizo lejos del campamento, justo delante de las ruinas. Antes de pisar suelo, Bryan saltó. Jin pudo ver de cerca la impresionante estructura que tenía delante antes de bajar. Eran unas ruinas aztecas, precedidas de un camino de columnas que llevaba hasta unas escaleras que formaban la entrada al templo.

- Baja, chico -dijo Bryan. Jin obedeció y bajó del helicóptero, acompañado por varios soldados más. Fury comenzó a andar en dirección a la entrada antes de que el helicóptero volviera a despegar-. Vamos, deja de pensar en el torneo, tenemos cosas que hacer.

Jin echó a andar detrás suyo.


- Definitivamente, la cosa va de mal en peor -dijo Eddy cuando se reunió con sus compañeros, que se habían quedado sentados en unos bancos en el aeropuerto de Ciudad de México.

- ¿Que ocurre, Eduardo? -preguntó Wulong al verle llegar.

- Nadie nos va a llevar al torneo -informó el brasileño-. Nadie excepto la compañía del Mishima Zaibatsu. Es la que se encarga de los viajes, transporte y logística del torneo.

- Y supongo que si no estas inscrito en el torneo no puedes entrar -dijo Hwoarang-. Estupendo.

- Tendremos que buscar otro método -dijo Julia conteniendo un bostezo-. Tenemos que llegar hoy, es la inauguración y no creo que Heihachi espere hasta después de las eliminatorias.

- Se quedaría sin la comida de los derrotados -añadió Hwoarang.

- Tendremos que apuntarnos al torneo -dijo Eddy-. Creo que podemos hacerlo aún... tendré que preguntar...

- No va a hacer falta -dijo Paul levantándose de su sitio. Sostenía un periódico en sus manos-. Ya lo han hecho por nosotros.

Paul mostró el periódico a Wulong, señalando con el dedo una columna enmarcada donde se podía leer: "Torneo del Puño de Hierro. Participantes". El policía siguió el dedo de Paul hasta que llegó a los nombres marcados.

- "... Chang, Julia. Chang, Michelle..." "Gordo, Eduardo..."

- Somos nosotros -dijo Julia-. Incluso mi madre esta apuntada.

- Eso no es todo, sigue leyendo -dijo Paul.

- "... Law, Forest. Law, Marshall..."

- ¿Qué? -dijo Forest sobresaltado-. ¡Mi padre!

- Así es -dijo Paul asintiendo-. Heihachi no nos olvida. Quiere que haya comida en el plato de su mascota.

- Le habrán enviado una invitación -dijo Wulong-. Y si también ha visto esto seguro que ya estará allí.

- ¿Eso no nos pone mas fácil las cosas? -dijo Julia-. Marshall es fuerte, podrá sernos de ayuda.

- ¿King? -dijo extrañado Wulong, mientras continuaba la lista de participantes-. King murió hace cuatro años...

- Hace cuatro años... -dijo Hwoarang-. Creo que me puedo arriesgar a adivinar quién fue su asesino.

- Antiguo demonio del Sur que se apodaba "Dios de la lucha", cuatro letras -añadió Eddy.

- Tú no estás, Hwoarang... -comentó Julia, mirando la lista por encima del hombro del motorista. Por suerte para ella se había vuelto a sentar.

- Sí, me he visto antes. Busca en la hache -respondió el aludido extrañado.

- Creí que debería buscar en la ce, de "Chang" -dijo Julia con una sonrisa que contagió al coreano.

- Bueno, si estamos invitados eso es que ya nos esperan -dijo Paul-. Aprovechemos la ocasión.

- Pero sería como meternos en la boca del lobo... -dijo Wulong pensativo.

- ¿Hay otra opción? -dijo el motorista enrollando el periódico y golpeando al policía en el estómago con el-. Creo que no, así que mueve el culo.

- Allá voy -dijo Eddy acercándose al puesto de información de los transportes del Mishima Zaibatsu. Tras hablar un poco con la encargada, esta le entregó una pequeña caja. Eddy la abrió y se acercó andando a sus compañeros-. Así es, amigos.

- ¿Qué ocurre?

- Estamos invitados a la cena -anunció el brasileño sacando de la caja lo que parecía ser un pergamino enrollado en soportes dorados y atado con una cuerda de seda del mismo color-. Saben que venimos y saben que estamos aquí.

- Eso es una invitación al Torneo, chicos -dijo Paul cogiendo la que Eddy le tendía-. Yo tengo ya tres de estas.

- Vaya, creí que se trataba de papel higiénico al estilo Mishima -comentó Hwoarang cuando desenrolló el suyo y vio que estaba escrito en japonés.