Round 23: ...recoge tempestades.

Lo único que se podía oír dentro de aquellas ruinas era sonido de las pesadas botas de Bryan cada vez que daba un paso. Las escaleras bajaban a una enorme sala iluminada por unas potentes linternas instaladas por los hombres del Zaibatsu. Los soldados que habían acompañado a Jin y a Bryan se habían quedado fuera del recinto, Jin no acababa de decidirse si debía dar o no un paso más.

- ¿Te ocurre algo, chico? -preguntó Bryan, dándose cuenta-. ¿Vas a decirme ahora que tienes miedo a la oscuridad?

- Pensé que Mishima estaría por aquí -dijo Jin, resuelto a no utilizar el nombre de su abuelo-. ¿Dónde se ha escondido?

- Tranquilo, mocoso -dijo Bryan, que empezó a caminar de nuevo-. Está más cerca de lo que crees.

Jin siguió al soldado, que caminaba con paso seguro, con las manos en la espalda, aparentemente cómodo en aquel ambiente. Mientras tanto, al japonés no le gustaba lo que veía. Todo lo que le rodeaba resultaba tétrico, con la oscuridad alrededor, como acechándoles. Las luces de las literas parecían cada vez mas débiles, como si estuvieran siendo absorbidas y fuesen a dejarles a oscuras en cualquier momento, en aquella habitación negra y enorme, con columnas gigantescas a los lados. No se oía el menor ruido, ni los pájaros del exterior, ni las ratas, ni el viento. Nada. Solo pasos. No había telarañas, ni siquiera había moho. No había nada.

Era como si nada pudiese sobrevivir en aquellas ruinas.

- Aquí duerme el tal Toshin -la voz de Bryan, monótona, desinteresada, rompió el silencio-. Según he oído esta es la tumba de un antiguo guerrero muy poderoso. No debería ser tan poderoso cuando murió, ¿no crees?

- Todos seremos derrotados algún día -dijo Jin-. La muerte es parte de nosotros.

- Yo he derrotado a la muerte, chico -dijo Bryan.

- No creo que puedas huir de ella eternamente -dijo Jin.

- ¿Qué quieres decir con eso, mocoso?

- ¿No te ha quedado claro? -dijo Jin-. No me importa quién vaya primero, pero después de Toshin, Heihachi y tú vais a caer.

- ¿Por qué esperar? ¿Por qué no ahora? -dijo Bryan, acercándose al joven japonés como si se acercara a un recluta. Sus narices no distaban más de pocos centímetros de distancia, pero Jin no hizo ningún gesto y le miró fríamente a los ojos-. ¿Quieres matarme? No se me puede matar, ya estoy muerto...

- Cierto -dijo Jin-. Estás muerto desde el momento en el que apretaste el gatillo delante mío.

- Te crees muy listo, ¿eh? -dijo Bryan-. Pues...

- Voy a acabar contigo -dijo Jin poniéndose en guardia-. Por Windsound-san, por Ling-san y por todo el sufrimiento que has causado. Hoy será el día. Hoy caerás.

Bryan soltó una carcajada que resonó por toda la sala. Tras echar un vistazo a su alrededor, él también se puso en guardia. Estaban en medio de aquella habitación, era un lugar excelente para luchar.

- Allá tú -dijo Bryan antes de lanzarse al ataque.


- Barracones diecinueve y veinte -dijo la mujer que les atendió, dándoles unas llaves.

Wulong apenas pudo oír a su guía a causa del estruendo del helicóptero que les había conducido hasta allí, que todavía no había apagado motores. Por suerte lo que le había dicho también venía escrito en los llaveros.

- Gracias.

Habían llegado por fin al Torneo y ahora se encontraban en un campamento enorme, con una carpa gigantesca cerca de una hilera de tatamis alzados un metro sobre el suelo, algunos con verjas metálicas rodeando el escenario y focos en las esquinas. No había mucha gente por ahí, ni caminando entre los barracones metálicos que formaban las habitaciones de luchadores y personal, pero se podía sentir, palpar, el nerviosismo precedente a las eliminatorias del Torneo, aunque este aún no había comenzado.

- Me pregunto si el abuelo piensa que vamos a participar en el Torneo -preguntó Hwoarang con su gastada mochila al hombro, caminando tan seguro como siempre. La bolsa iba prácticamente vacía.

- Es el estilo Mishima -dijo Paul-. Lo ha hecho en todos los Torneos.

- ¿Qué quieres decir?

- Primero te putean y luego te dicen que si quieres venganza, les ganes en el Torneo -dijo Paul-. Generalmente te lo pone a huevo, los muy cabrones, y tú piensas en lo bonito que sería derrotarle. Pero el zorro de turno siempre se guarda un as en la manga.

- Paul, aquella vez en Tokio perdiste la final porque te empeñaste en ir en moto al torneo y te pilló un atasco del que no pudiste salir -le recordó Wulong-. Eso no provocó Kazuya.

- Claro que lo hizo él, el muy cobarde provocó ese atasco en masa en el centro de Tokio.

Continuaron andando entre los barracones, intentando encontrar los que les había asignado la azafata. El helicóptero les había dejado en un helipuerto transitado por empleados del Zaibatsu. Había Tekkenshu en cada esquina, pero el grupo actuaba como si jamás se hubieran encontrado con las fuerzas del Zaibatsu. Como si fueran luchadores anónimos, perfectamente conscientes de que no lo eran.

- Todo esto me da mala espina -dijo Forest-. Me da la impresión de que es una emboscada.

- Lo es -opinó Julia-. Si nosotros estamos aquí cuando Heihachi controle a Ogre matará dos pájaros con la misma flecha.

- Heihachi nos quiere vivos -dijo Paul-. Somos la guinda que decorará el pastel para Ogre.

- Yo lo que me pregunto es si Heihachi se imagina que sabemos lo que piensa hacer -dijo Eddy-. Si es así, quizás Forest tenga razón. Quizás nos quiera vivos, pero no va a dejar que le fastidiemos el plan.

- Lo quieran o no, lo vamos a hacer -aseguró Paul.

- Por ahora hagamos como si fuésemos a participar -dijo Wulong-. Seguro que nos están vigilando.

Por fin llegaron a los barracones indicados. El interior de la estancia estaba decorada con madera, en un intento por otorgar calidez a una habitación hecha de metal. En cada barracón había tres pequeñas habitaciones con dos camas y un armario en cada una de ellas, además de un baño por barracón.

- No está mal -dijo Paul tras echar un vistazo al interior de la pequeña habitación-. Pero prefería las del torneo anterior.

- Eran habitaciones de un hotel de cuatro estrellas, Paul -dijo Wulong.

- Por eso las prefería.

- Lástima que no las vayamos a utilizar -dijo Forest.

- Yo sí -dijo Hwoarang-. Tengo que cambiarme. Voy a ponerme el dobok. Quiero que cuando Ogre caiga al suelo vea el nombre de mi maestro -dijo Hwoarang que, tras quitarse la camiseta, se había puesto la chaqueta del dobok.

- Yo también me haré un apaño -dijo Julia marchándose a otra habitación.

- Tienes razón, deberíamos aparentar ser luchadores -dijo Wulong en dirección al resto-. Así que poneos guapos para la cena.

- Dejad de hacer chistes con la comida -dijo Forest antes de desaparecer hacia el otro barracón-, o comenzaré a pensar que soy un trozo de pollo.

Cuando volvieron a reunirse todos su aspecto no era el de luchadores, ni mucho menos. Forest vestía exactamente como Bruce Lee, con pantalones anchos y una camisa de hombros. Paul no se había cambiado de ropa, pues aseguraba estar tan cómodo con su traje de cuero roído como con su ji, además de que se había olvidado este último. Wulong llevaba un traje al estilo chino mientras que Eddy iba en camisa y bermudas.

- Damos el pego -dijo Eddy mirando a Hwoarang que iba con su dobok pero con zapatillas de deporte.

- Cállate, Piercing -dijo Hwoarang.

- ¿Dónde esta Julia? -dijo Forest.

- Como se nota que no conoces a las chicas -dijo Paul llevándose una mano a la cabeza-. Se estará maquillando o algo por el estilo.

Hwoarang no lo creía. Era imposible que, con todo lo que debía estar pasando por la cabeza de la india, estuviera tardando tanto o tuviera ganas de maquillarse. Conocía bien aquel estado por propia experiencia y, si uno no salía de su habitación, podía ser por dos cosas.

Volvió a entrar en el Barracón y llegó a la puerta cerrada de la habitación de Julia. Se detuvo a escuchar.

Nada.

Una de las causas era que la soledad llevaba inevitablemente a pensar. Y pensar llevaba, en su estado, a recordar. Y recordar...

- Julia -dijo Hwoarang aporreando la puerta. No hubo respuesta-. ¿Julia, estás bien?

Nada.

La segunda causa era que alguien te impidiera salir.

No esperó un segundo más y abrió la puerta.

Allí estaba. Vestía con unos pantalones vaqueros y su chaleco de cuero encima de un top verde aguamarina. Se había puesto una cinta en el pelo, adornada con plumas al estilo indio y unos mitones de cuero en las manos. Estaba rezando, arrodillada hacia la ventana por donde se filtraba el sol.

- Julia -llamó Hwoarang. Hasta él se sorprendió por la repentina suavidad de su voz.

Nunca había sido muy religioso. En realidad, era completamente ateo. La única religión que había conocido era que la vida era un lugar duro y que nadie había movido un dedo a su favor. El ente sobrenatural que guiaba y ayudaba no existía. Toda la ayuda que había recibido en su vida había venido de gente de carne y hueso.

- Sentía la necesidad de pedir ayuda a mi abuelo antes de hacer esto. Pedirles fuerza a los espíritus.

- Lo comprendo -dijo Hwoarang. No era falso, al fin y al cabo. Había gente que rezaba; otros hablaban consigo mismo-. Vámonos. Kazama necesita nuestra ayuda.

Salieron fuera donde sus compañeros les esperaban.

- Mirad -dijo Forest contemplando a lo lejos las ruinas-. Ahí está la tumba.

- No es una tumba -dijo Julia-. Es una prisión.

- Hagamos que sea una tumba -añadió Paul.

- Ahora empieza lo difícil -dijo Wulong-. Tenemos que encontrar a Jin, no sabemos si Heihachi le habrá llevado ya ante Ogre. Tampoco podemos dejar a todos estos luchadores aquí. Si nosotros fracasamos ellos no deberían...

- Creo que daría lo mismo -dijo Eddy-. Si nos derrotan, Ogre ganaría nuestra fuerza y, no es por echarme flores, pero aunque aquí esté la élite del planeta en lucha, la fuerza de todos nosotros, la de Jin y la de todos a los que haya absorbido le debe hacer imparable.

- Entonces no podemos ser derrotados -dijo Paul.

- Yo nunca he perdido. No voy a comenzar ahora -aseguró Hwoarang, con aquella media sonrisa.

- Esto será lo que hagamos -comenzó Wulong, sonriendo también sin poder evitarlo. A veces las bravuconadas ayudaban a levantar la moral, y era algo que les hacía falta-. Nunca he sido partidario de la separación, pero tenemos que encontrar a Jin, que puede estar en el campamento o en las ruinas. Nos dividiremos. Julia, Hwoarang y Forest id a sacar a la gente de aquí...

- ¡Ni hablar! -protestó inmediatamente Hwoarang.

- Chico-punk tiene razón, Wulong -dijo Eddy-. Tu eres policía, la gente te escuchará mucho antes a ti que a cualquiera de nosotros.

- Pero no quiero...

- Yo quiero encontrar a mi padre -dijo Law-. Deberías venir conmigo, Lei, y ya avisamos a la gente.

- Iré con vosotros -dijo Eddy.

- Nosotros iremos a las ruinas con Paul -dijo Hwoarang pasando el brazo por los hombros de Julia-. Con Paul Phoenix a nuestro lado, ¿qué nos puede pasar?

- Que os rapte y os lleve al barrio caliente -dijo Paul mirando a Forest.

- Promesas, promesas -dijo Hwoarang con un resoplido.

- De acuerdo -accedió Wulong-. Id directos a las ruinas, cuando nosotros avisemos a la gente iremos a buscar el barracón de Heihachi por si todavía están allí -luego añadió en dirección a Paul-. Cuida de los chicos.

- Tranquilo Wulong, puedes confiar en mí -respondió Paul-. Tienes mi palabra de que volverán todos de una pieza.

- Contigo a su lado no sé que pensar -bromeó el policía.


Los golpes de Bryan venían por todos lados. Era rápido y cada golpe era tan fuerte como cualquiera de los de Jin a plena potencia. Sin embargo, el duro entrenamiento que había recibido de su abuelo le daba la ventaja. Había identificado el estilo y sabía con lo que se enfrentaba. Bryan lanzaba rápidos golpes con los puños y con los codos. Sin embargo el Kick Boxing no se llamaba así por nada.

Jin estaba preparado para el siguiente golpe de Bryan, una patada baja justo a la rodilla. El japonés avanzó la pierna atacada antes del impacto, haciendo que Bryan le golpeara con el muslo y reduciendo así enormemente el efecto del golpe. Sin perder un segundo, Jin incrustó su puño con toda su fuerza en el pecho de Bryan.

La sorpresa del joven fue mayúscula cuando Bryan aguantó el puñetazo con un rugido y le devolvió el golpe. La fuerza del soldado era enorme y Jin salió despedido hacia atrás. Aquel golpe podía haberle costado al japonés algunas costillas, pero no tenía tiempo que perder quejándose. Se levantó rápidamente sólo para encontrarse con una patada de Bryan, que intentaba no perder su ventaja. El muchacho esquivó el golpe, pero no el gancho en el estómago que vino a continuación. Otra vez, Jin pudo sentir toda la fuerza de su enemigo. Era sobrenatural, le incrustó el puño en el estómago y le levantó en volandas por el golpe. Cuando pisó suelo su enemigo no le dejó un respiro y, con el otro puño, le golpeó en la cabeza.

El sorprendido en esta ocasión fue Bryan cuando vio como Jin volvía a mirarle, después del tremendo golpe, con furia. Antes de que se percatara de que había fallado con aquel ataque, Jin le golpeó un tremendo uppercut que envió a su contrincante volando hacia atrás.

Bryan se levantó corriendo sólo para recibir la serie de golpes cortos con el puño y el codo que Jin le dio en el estómago para terminar con un poderoso puñetazo en la cabeza que le hizo caer de rodillas. Bryan intentó contraatacar lanzando un puñetazo a la cara del japonés, pero este se hizo con el brazo de su atacante y, sin soltarle, le dio una patada en la cara y después otra en la nuca. Aún sin soltar su presa, se deslizó a la espalda de su contrincante y, tirando del brazo, le lanzó por encima de su espalda, haciendo que Bryan cayera estrepitosamente al suelo.

- Eso por Ling -dijo el joven japonés haciendo crujir su cuello. Bryan se levantó enfurecido.

- Vas a sufrir. Vas a sufrir mucho más que esa mocosa -dijo Fury, quitándose su chaleco, que había quedado desgarrado tras algún golpe de Jin.

Bryan volvió al ataque abalanzándose rápidamente sobre Jin, pero el japonés se hizo a un lado y golpeó al soldado con el antebrazo. Bryan le devolvió el golpe con una patada al estómago que hizo recular al muchacho. La siguiente patada de Bryan fue detenida con ambas manos; acto seguido el joven japonés le golpeó la pierna de apoyo con una patada, haciendo que Bryan cayera de rodillas. Una vez allí le dio un fuerte puñetazo.

Bryan se levantó rápidamente, pero antes de que diera un paso una voz le paralizó. El sonido de pasos también alarmó a Jin. Era el ruido de unos pies pesados al caminar desnudos sobre el suelo de piedra. El tintineo de una armadura metálica. El rugido de una respiración que hacía que hasta las lámparas que les iluminaban crepitaran.

- He aquí el joven Kazama -era una voz que resonaba en la mente-, llegado a mí tras su vigésimo aniversario, tal y como se me prometió.

Jin supo que ya había oído esa voz. Y la figura que apareció delante suyo saliendo de entre las sombras le despejó las dudas.

- Toshin.


- ¿Por qué estás tan seguro de que ya está en las ruinas? -preguntó Julia a Hwoarang, que parecía plenamente convencido de ello-. Quizás Heihachi todavía no le ha llevado allí.

- Es una corazonada -dijo Hwoarang, encogiéndose de hombros-. De todas formas si me equivoco, que no lo hago, lo encontraran Lei y los demás, o nosotros cuando volvamos.

Iban caminando entre los barracones de la sección de empleados del Torneo, en dirección a las ruinas. Había un buen trecho desde el campamento a la tumba, pero Paul aseguraba haber visto un par de todoterrenos aparcados junto al helipuerto.

- Además, odio ponerme analítico, pero dudo que el abuelo pise mucho por aquí. Si vienen, irán directos a las ruinas.

- En todo caso tenemos que ir allí -dijo Paul-. Hay que acabar con Ogre. Si Heihachi no le ha llevado todavía, entonces le esperaremos allí.

- Es ahora o nunca -continuó Hwoarang- Como dijiste, Julia, lo mas probable es que espere a que todos los participantes estén en el Torneo. Por eso ahora es el momento. Las eliminatorias están por comenzar, y tiene a todos los luchadores pendientes. Intentará controlar a Toshin y mandarle contra nosotros en cualquier momento.

- ¡Santo... -exclamó sin previo aviso Paul.

Habían llegado cerca del helipuerto, donde un helicóptero se acercaba provocando un estruendo. Varios soldados Tekkenshu aguardaban a que el vehículo descendiera, de modo que el trío se escondió para que no pudieran detectarles. El helicóptero había venido desde las ruinas.

- Parece que tenías razón, chico.

- Yo siempre tengo razón -dijo Hwoarang en voz baja. Luego señaló un grupo de todoterrenos verde oscuro que se encontraban cerca del helipuerto-. Ahí están los coches.

Se trataban de una serie de Toyota LandCruiser con los símbolos del MFE serigrafiados en las puertas y el capó. Parecían unos coches robustos apenas usados, pues el único modo de llegar al torneo era en helicóptero. Hwoarang abrió la puerta sin problemas y se encontró decepcionado porque las llaves estaban puestas.

- Conduzco yo -dijo Julia sentándose al volante.

Comenzaba a haber más gente entre los barracones de la zona de participantes. Todos ellos parecían expertos luchadores, llegados de todas las partes del mundo, maestros en todas las artes de lucha. Lei casi envidiaba su suerte, al no ser conscientes de todo lo que iba a pasar.

- Como corderitos al matadero -dijo Eddy, que estaba a su lado.

- Tenemos que reunirles a todos y anunciarlo -dijo Wulong.

- Primero encontremos a mi padre -dijo Forest-. Debe de andar por algún lado, quizás nos pueda ayudar.

- Pues vamos a tener problemas -dijo Eddy.

- Menos de los que crees -dijo Wulong señalando delante de ellos. Sentado en los bancos que había cerca de los tatamis se encontraba un hombre oriental, que si no fuera por que tenía bigote y aparentaba más edad, se diría que era el mismísimo Forest Law. Tenía un termo a su lado y parecía estar desayunando. Wulong se acercó lentamente y, cuando estuvo a su lado, preguntó-: Disculpe, caballero, ¿ha perdido por casualidad a su hijo? ¿Pelo moreno, delgado, metro setenta y poco... casi, casi como este de aquí al lado?

- ¡Wulong! -dijo Marshall dándose media vuelta-. ¡Forest! ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacéis aquí? ¿Quién es ese? -preguntó, señalando a Eddy.

- Es un poco largo de explicar, amigo mío -dijo el policía sentándose a su lado.

- Tengo tiempo -dijo Marshall-. Pero antes quiero que me explique él una cosa -dijo señalando a Forest, que agachó la cabeza-. ¿DONDE TE HABIAS METIDO?

- Paul -dijo únicamente el muchacho.

- ¡¿Paul?!

- Marshall -dijo Wulong tirándole del brazo-. Tenemos un problema. Y Gordo.