Epílogo

Se sentó en la boya con aspecto cansado. La rodilla seguía doliendo como el infierno y los médicos le habían recomendado reposo.

Reposo.

Su vida se había transformado en un torbellino en sólo dos semanas, las cosas no estaban como para reposarlas. Cuando uno reposaba las cosas acababa pensando, y pensar no era bueno.

Pensar era lo que le había llevado allí, a ese muelle. Había estado pensando en el cuchitril que le servía ahora como casa, había estado pensando en la calle, encima de la moto y mientras caminaba por el puerto, y el olor del mar, que siempre conseguía calmarle, que siempre conseguía alejar los pensamientos no deseados, no servía esta vez de nada.

Tampoco había servido en Arizona. Allí el río Heather olía parecido al mar, pero había sido en vano. Por más que se sentó en la orilla, por más que metió los pies, por más que inspiró el aroma, había sido en vano. La imagen de esa muerte seguía repitiéndose, con todo lo que aquello conllevaba.

Ya sabía que los recuerdos dolían, pero lo odiaba. No quería empezar de nuevo. Olvidar era difícil, y la única manera de superar el dolor era olvidando. ¿Lo peor? Que se suponía que odiaba al tipo. Que se suponía que quería derrotarlo, que lo había culpado durante cuatro años de algo de lo que él mismo sabía que no era culpable. Pero lo había hecho para salir del agujero, para tener un objetivo, para poder mirar adelante y no verlo todo oscuro. Para levantarse cuando había caído.

¿Y ahora?

Ahora también tenía que levantarse. Y podía haber tenido buenas muletas, pero había decidido que no era lo mejor. En una ya se había apoyado lo suficiente, en la otra... La tentación había sido muy fuerte, pero también le había dado miedo. Miedo a hacerle daño. Miedo a acabar destrozándolo todo, porque así era como acababan las cosas.

Así era como siempre acababan las cosas.

Al final había tenido que salir de allí. Salir de allí cuanto antes. Eddy se había encargado del pasaje, y él se había encargado de darle plantón a todo el mundo. Se había marchado y no le había dicho a nadie donde iba, y era plenamente consciente de eso. Piercing no preguntó, fiel a su estilo. A los demás ni siquiera les dio la oportunidad.

Había dejado algo atrás. Había dejado la foto y la guitarra, algo que le obligase a regresar, algo que dijese a los demás que pensaba regresar. El problema era que no sabía cuando. Podía ser mañana, la semana siguiente o dentro de cuarenta años, convertido en todo un carroza.

Pero eso no cambiaba que se había ido sin despedirse, sabía que por eso le odiarían. Que no se lo iban a perdonar. Estaban en su perfecto derecho y no pensaba reprochárselo. Pero allí no aportaba nada, porque no era bueno ayudando a la gente. Nunca lo había sido y probablemente nunca lo sería. Y mucho menos ahora, porque ahora tenía que ayudarse a sí mismo.

El problema era... ¿por dónde comenzar? Miró el medallón de manufactura india que había rescatado de la última pelea. Lo giró y dio vueltas en la mano. Ya no servía para nada, ya no tenía sentido. Echó hacia atrás el brazo sin dejar de mirar el horizonte, dispuesto a deshacerse de la joya, de hundirla en las profundidades, de donde nunca debió haber salido. Pero, justo cuando iba a soltar el medallón, escuchó el sonido de pasos apresurados. Allí nunca había nadie a esas horas.

- ¿Que coño? -se preguntó, mirando a su alrededor.

A lo lejos, divisó un pequeño grupo de hombres. Tekkenshu. Estaba seguro. Armados, equipados y persiguiendo una nueva presa.

Tekkenshu.

Se levantó de dónde estaba sentado, el dolor en la rodilla olvidado, y se dirigió sigilosamente al almacén donde el pequeño grupo de soldados se había introducido. Oyó algunas voces y sonrió.

Los perros pagarían por el amo, y pobre de aquel que intentara impedirlo.

Sin pensarlo un instante, lanzó la tapa de un cubo de basura al interior de la estancia, donde tres Tekkenshu rodeaban a una cuarta figura que permanecía arrodillada en el suelo. El sonido de la tapa al caer contra el suelo alertó a los soldados, que se dieron media vuelta. Dos cayeron antes de darse cuenta siquiera que habían sido golpeados varias veces a base de patadas. Con el tercero se tomó más tiempo, pero no el suficiente como para dejarle usar el arma. Le agarró de un brazo, tiró ligeramente de él y, con una sonrisa torcida en la cara, le golpeó con el tacón en la cadera, haciéndole perder el equilibrio. El Tekkenshu plantó la rodilla en tierra y él aprovechó para patearle la cabeza nuevamente. Cayó inconsciente en el mismo instante.

Sonrió. No era Heihachi, pero sí un buen aperitivo. Entonces se giró hacia la presa, y lo que vio le dejó sin habla. La misma camisa blanca, los mismos pantalones de sastre, el mismo cabello de punta...

No podía ser.

El sujeto se encogió sobre si mismo y se levantó. Se dio media vuelta y antes de que pudiera decir o hacer nada, saltó los diez metros que le separaban de las ventanas superiores del almacén como si nada. Atravesó las cristaleras y desapareció en la oscuridad de la noche en cuestión de segundos.

Se quedó mirando el agujero, sin poderse creer lo que acababa de ver. Porque no podía ser. Porque estaba muerto. ¡Porque lo había visto morir!

Tenía que salir de allí. Tenía que salir de allí antes de comenzar a ver más fantasmas.

Fin