4. LA GUARIDA

La profundidad de las heridas de la pelea había dejado un salteado y casi invisible rastro de sangre del enemigo que Hinata podía seguir con facilidad. Tanto Lee como Gai sensei se habían deshecho de las pesas de sus tobillos para no poner límites a su velocidad, y era el maestro el que llevaba a la heredera del Souke sobre su espalda. En cierto momento, su Byakuugan encontró la mirada de uno de los desertores, Kenzô, el hermano de Hieku, que se había visto obligado a detenerse a causa de las heridas. Tenten no se movía, pero estaba viva, y eso supuso un alivio para la muchacha de ojos perlados.

-Tiene dos heridas graves –Comunicó la kunoichi al maestro de su primo-. Una en el riñón, se está desangrando y apenas puede caminar en línea recta. Y la otra –Tragó saliva. Por mucho que fuese el enemigo, a Hinata le dolió en sus propias carnes identificar aquella lesión- es en un ojo. Tenten le ha cegado un ojo.

-¿¡Cómo dices!? –Se sorprendió Lee, unos metros más adelante. Cegar a un Hyûga era algo que nadie había osado hacer, obviando evidentemente el efecto del Pájaro Enjaulado ante la muerte de un miembro del Bouke.

-Es imposible que recupere la visión de ese ojo. El daño es de un 95%, parece que el arma que utilizó Tenten partió a la mitad el globo ocular. Puede utilizar el Byakuugan, pero sus técnicas blandas no tendrán ningún tipo de precisión –Explicó Hinata.

Apretaron el paso. Saber que tenían aquella ventaja les insufló ánimos para continuar, para vencer y volver a la normalidad. Pero no sería tan fácil.

El bosque parecía interminable, hasta que la chica anunció que pronto verían la salida. El captor de Tenten, cargando a esta sobre su espalda, había abandonado la zona boscosa, y se dirigía a una vieja y decrépita mansión, probablemente abandonada décadas atrás. El refugio de los desertores.

Con su velocidad, pronto salieron del bosque también. El caserío no resultaba nada imponente, sólo tenía dos plantas, pero era de techo bajo, con los tablones de madera secos y podridos, y el techo carente de tejas. Estaba situada en un claro bastante extenso, pero donde los árboles seguían imponiendo un tétrico respeto y una serpenteante sombra negra. Hinata bajó de la espalda de Gai cuando se detuvieron ante la mansión, aparentemente vacía.

-Ahora sólo tenemos que entrar y…

-Espera –Interrumpió Hinata. Por las venas que rodeaban sus ojos, los dos shinobi dedujeron que estaba viendo algo en el interior de la casa. Efectivamente, en el recibidor de la ruinosa mansión, los seis desertores la observaban, desafiantes. Dos de ellos sostenían a Kenzô, que parecía cada vez más grave. Hieku, el primero de todos, sujetaba a Tenten contra su cuerpo, acariciando su yugular con un kunai y sonriendo con satisfacción. Si entraban, la mataría, daba igual que luego muriesen ellos. Tenten moriría, y eso nunca saldría de sus conciencias.

-¿Qué ves, Hinata chan? –Murmuró Gai, preocupado al darse cuenta de que la kunoichi se llevaba la mano a los labios, como tanto tiempo atrás solía hacer al sentirse desprotegida.

-No podemos entrar. La matarán si entramos, y todo estará perdido.

-Entonces, ¿hemos venido aquí para nada? –Protestó Lee, enfurecido- ¡No pienso irme de aquí sin Tenten! –Testarudo, se sentó en el suelo y cruzó los brazos sobre el pecho. Gai le palmeó la cabeza y sonrió con un fondo de tristeza y desesperación. Cualquiera de ellos mataría por entrar y empezar a repartir golpes con toda la fuerza de la llama de la juventud, pero había que pensarlo bien antes de actuar. Si por pasión o inconsciencia Tenten caía, jamás se lo perdonarían.

-Lee, Hinata, vosotros montaréis guardia –Ambos lo miraron, extrañados-. Así vigilaréis lo que sea que vayan a hacer con ella. Mientras tanto, yo iré a buscar a Neji y al señor Hiashi, a ver qué han decidido hacer. No tardaré, espero estar de vuelta al amanecer.

Un silencio sepulcral invadió el claro cuando Gai los dejó a solas. Lee no dejaba de darle vueltas a la cabeza, y Hinata ni siquiera pestañeaba, buscaba saberlo todo sobre lo que ocurría allí dentro. Sin embargo, el shinobi no soportaba permanecer callado, así que clavó su mirada en la mansión y se dirigió a la kunoichi.

-¿Cuántos son?

-Seis –Respondió Hinata sin dejar de observar. Entonces, algo sucedió en el interior de la casa, la muchacha dio un respingo y dejó escapar un suspiro de entre sus labios.-. Ya no, ahora son cinco.

-¿Cómo? –Se sorprendió.

-Kenzô, el secuestrador… Su cuerpo no ha podido luchar contra las heridas, acaba de morir desangrado. Por lo que veo, la herida que Tenten le causó fue tan profunda que ni siquiera el chakra podía llegar a su riñón. Lo desgarró del todo.

-No le llaman la maestra de las armas por nada –Sonrió él, orgulloso-. Y, dime, ¿son muy fuertes?

Hinata asintió.

-A pesar del sello maldito de su frente, parece que últimamente no tienen esa limitación. Especialmente Hieku, el cabecilla. Creo que han encontrado la forma de librarse del sello, y eso hace que la solución más lógica sea prácticamente inviable.

-Claro, si tu padre simplemente activase el sello, todos caerían. Pero si el sello ya no funciona… -Lee chasqueó la lengua- ¡Qué mala pata! ¿Quién les estará ayudando? ¿No se supone que sólo los Hyûga podéis saberlo todo sobre la marca del Pájaro Enjaulado?

-Tú lo has dicho, se supone –Hinata encogió las rodillas y las abrazó contra su pecho-. Parece que Hieku ha encontrado la forma de filtrar la información hasta alguien que… ¡Espera! –La muchacha alzó la cabeza, sorprendida, dirigiendo la vista a la casa- ¡Vuelven a ser seis! ¡No reconozco a esa mujer, pero… sus ojos…! Es una Hyûga, sin duda…

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Después de exponer todo lo ocurrido en el camino y al llegar a la guarida de los desertores, Gai se dio el lujo de tomar una gran bocanada de aire. Por la posición de la luna, debían ser las tres de la madrugada, un nuevo récord para la Bestia Verde de la Hoja. Tsunade observaba a los tres hombres con frialdad, por primera vez sentía flaqueza en cada movimiento… Tenían que actuar, y tenían que hacerlo ya.

-Marchad de inmediato. Haced lo que sea necesario para estabilizar esta situación.

Fue así como los tres hombres abandonaron la aldea y partieron, guiados por el maestro Gai, hacia el refugio de los desertores de los Hyûga.

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Hinata no reconocía a aquella mujer de lacios cabellos oscuros y, cómo no, pérfidos ojos perlados. ¿Una Hyûga fugitiva? Jamás había oído nada sobre un caso así, y como no podía escuchar, no podía sacar conclusiones. Pestañeó, percatándose de que Tenten, todavía sostenida por Hieku, comenzaba a reaccionar. Primero sólo movió los dedos, buscando desentumecerse. Después, parpadeó varias veces, claramente molesta por la débil luz que invadía la sala. Giró la cabeza e intentó torpemente liberarse de su captor, que sonrió y escuchó lo que la desconocida Hyûga le comentaba. Esta pidió que soltasen a Tenten, que cayó de rodillas al suelo e intentó alejarse, pero la mujer la sujetó violentamente por el pelo y tiró de su cabeza hacia atrás.

-Lee, Tenten está despierta –Comentó Hinata, desesperada por no poder escuchar nada de lo que se decía en el interior de la casa.

-¿Está bien? –Se sobresaltó el muchacho.

-Eso parece. El golpe que Kenzô le dio en el bosque no fue lo suficientemente efectivo, pero esa extraña mujer la tiene agarrada.

Tenten fue arrastrada por la mujer desconocida a una sala donde cuatro de los cinco varones Hyûga la observaban. Empujó a la kunoichi hasta que cayó sobre el tatami, sonrió, dijo una última frase y abandonó la sala para regresar junto a Hieku y el fallecido Kenzô.

-¿Qué está pasando dentro, Hinata?

-Han encerrado a Tenten junto a cuatro de los desertores. No sé qué va a…-En ese instante, uno de los hombres empezó a atacarla, y la muchacha se levantó para defenderse como pudo. Estaba desarmada, o eso parecía, porque bajo su fresco pijama de primavera escondía un par de kunais y algún que otro shuriken, pero sería difícil defenderse sólo con eso de cuatro jounins Hyûga.- De acuerdo, la están atacando… Pero no parece que su intención sea matarla.

-¿Qué quieres decir? –Se extrañó, intentando escuchar algo.

-No la atacan todos juntos, sino de uno en uno. Han esperado a que se pusiese en pie para empezar a luchar, y se mantienen expectantes a lo que vaya a hacer.

-Tal vez la estén probando, o simplemente quieran debilitarla…

-Si quisiesen debilitarla, bastaría con más paralizantes –La heredera del Souke abrió los ojos como platos. El Hyûga atacante acababa de caer bruscamente, y su sangre se derramaba por el suelo de la habitación. Se detuvo para contemplar a la kunoichi, que retiraba algo de la mano del fallecido. La muchacha se llevó las manos a la boca, horrorizada y maravillada al mismo tiempo.

-Hinata, ¿estás bien? –Lee la sostuvo por los hombros, una lágrima furtiva caía por su mejilla izquierda.

-Nunca había pensado en una forma tan retorcida de matar a alguien –Desactivó el Byakuugan y, con verdadera sorpresa contenida en sus grandes orbes lunares, dejó correr las lágrimas-. Tenten se ha dejado golpear y ha clavado una aguja casi invisible en la mano de su enemigo. Es una aguja tan fina que no la ha notado, y con un hilo de chakra la ha conducido desde su brazo a su corazón a través de su sangre. Luego, cuando ha alcanzado el órgano, ha tirado y ha desgarrado desde su muñeca hasta el pecho.

-Es siniestro… pero genial… -Frunció el ceño. Le costaba creer que la dulce, positiva y alegre Tenten acabase de realizar tal hazaña, pero nadie sabe cómo va a reaccionar en situaciones de supervivencia.- Sé que es difícil, pero necesito que sigas vigilando lo que ocurre ahí dentro.

La batalla continuaba incesante dentro de aquella habitación vacía, sucia y empapada en sangre y sudor de los combatientes.