8. ÚLTIMA OPORTUNIDAD
Tres años, ocho meses y veintiséis días desde que empezó su cautiverio. Llevaba la cuenta minuciosamente, porque cada día era una tortura, un calvario, una tormenta de recuerdos y esperanzas que se disolvían al caer la última hora del reloj. Sin embargo, sentía muy en el fondo de su corazón que no podía desistir, y por ello cada vez que había tenido oportunidad había enfrentado a Hieku con la intención de escapar de allí. Le resultaba mucho más sencillo hacerlo ahora que Rika no estaba, y recordar esto le hizo sonreír socarrona y arrogantemente. Fue apenas unos meses después de llegar a la cárcel que ellos llamaban hogar, cuando había optado por llevarse bien con Hieku simplemente para no dar opción a que la sádica hija de este pusiese en activo el sello que decora su garganta. Tan bien actuó que convenció a su poco querido esposo de que Rika le estaba haciendo daño, y fue él mismo quien se libró de ella. Así, Hieku mató a su hija y Tenten se relamió los labios con satisfacción, sintiéndose superior a él en todo punto. Pero poco había soportado la máscara de esposa fiel y obediente, pues ardía en deseos de escapar de aquellos ojos tan crueles.
De todas las veces que intentó librarse de él, aquella había sido sin duda la peor. Suspiró, conteniendo la burbuja de aire que ocupaba el lugar en el que antes había habido lágrimas, y se acercó lentamente hasta el único futón que había en su pequeño dormitorio de presa. Un tembloroso bulto se removió entre las sábanas, y un par de ojos nacarados, brillantes y puros como dos lunas, se asomaron para observar el movimiento fuera del seguro lecho.
-¿Se puede saber qué haces despierto? –Murmuró ella, forzando una sonrisa a la vez que se inclinaba para besar la frente de su pequeño retoño. Posó sus labios justo sobre aquella cruz verde que marcaba su existencia, un sello que le dolía a ella más que a él, porque no era la primera vez que veía eso. Torikazu había sido sellado aquella misma tarde, en un arrebato de ira de su padre, justo el día en que cumplía tres años. Tenten se sumergió en la mirada de su pequeño, que seguía asustado y triste. Su piel pálida estaba levemente sonrojada, posiblemente se había escondido bajo las mantas por el miedo que tenía y que se expresaba también en la curva de sus labios finos. Llevaba la lacia melena castaña retirada hacia atrás, salvo algunos cabellos rebeldes que conformaban su flequillo. Como todos los Hyûga, Torikazu tenía aquel aspecto frío e invernal, como de señor feudal. Pero gracias al cielo, no se parecía demasiado a su padre. En realidad, a Tenten sólo le recordaba a una persona a la que prefería no mencionar por nostalgia y por dolor.- Hace más de dos horas que deberías estar dormido.
El pequeño se arrastró fuera del lecho y se dejó caer en brazos de su madre sin decir una palabra, jamás había pasado un miedo tan atroz. ¿A qué se debía? Sencillo. Desde el momento en que su madre perdió la capacidad de fingir ante Hieku, este, por temor a que pudiese utilizar al niño en su contra, se negó a entrenarlo de ningún modo. Pero esto no quería decir que Tenten no fuese a hacerlo. Cada noche, cuando todos dormían, ella se encargaba de enseñarle a Torikazu todo lo que sabía sobre el Byakuugan, que no era poco, y conseguir de este modo que su retoño no estuviese desprotegido nunca. Tal vez en algún momento pudiesen escapar, pero la principal preocupación de la kunoichi era no perecer y dejar a su niño solo y desamparado. Y aquella tarde, el líder del nuevo clan se había enterado de sus actividades nocturnas, por lo que había echado por tierra su política de "no al Pájaro Enjaulado" y había sellado a su hijo para su propia protección. Como era evidente, Tenten no se había quedado callada, y después de abrazar y besar a su hijo hasta la saciedad fue contra el culpable de aquello. ¿Cómo se atrevía, sabiendo lo que se sufre con aquella odiosa marca, a hacerle aquello a su hijo? ¿Quién era él para condenarlo a ser su maldito esclavo? Y lagrimeando, dejando que el llanto y la rabia fuesen uno, peleó hasta la media noche, para volver derrotada y triste hasta su habitación de clausura. Suspiró profundamente, abrazando a Torikazu, acariciando sus cabellos oscuros, pensando que quizá aquel dolor ya venía de antes.
Se deshizo de sus ropas y se metió entre las mantas, sosteniendo contra su maltratado cuerpo el del niño, abrazándolo y arropándolo tan cerca como le era posible. Él apoyaba la cabeza contra su pecho, buscando inconscientemente el latido de su corazón, apresando entre sus manos inocentes la tela del austero camisón de Tenten como si fuese el sostén más seguro del mundo. Torikazu no era un niño muy hablador, quizá incluso demasiado reservado para ser un niño, pero hasta aquel día no había tenido motivos para no sonreír. Tenten le hablaba de todo, le dejaba claro cómo funciona el mundo sin tapujos, eso sí, adaptándolo todo a su edad. De esta forma le había contado que había nacido con unos ojos muy, muy especiales, y que debía aprender a utilizarlos para cuidar de sí mismo y de las personas que fuesen importantes para él. Quería a su hijo como a nadie, y no quería que, a causa de la precaria situación en la que debía criarlo, creciese como un niño frustrado y vengativo, así como había pasado con Neji. Neji… Saboreó su nombre, y le supo a amargura. ¿Hasta el infierno va a perseguirme tu nombre, Hyûga? Parpadeó, disipando unas lágrimas que no estaban ahí. Supongo que tú lo harías mejor que yo, ¿eh? Pensó con tristeza, intentando evitar el sendero de recuerdos que llevaban su nombre, especialmente aquellos en los que ambos perdían la razón y se enzarzaban en una lucha de cuerpos llena de sudor, pasión y lujuria. Estaba segura de que si pudiese verle otra vez, si pudiese abrazarle… No, no, no era momento de recordarle, ya tenía suficientes problemas con los Hyûga. Además, el recuerdo de Neji seguía intacto en su desquiciada cabeza. El único que todavía aportaba algo de luz en un mar de sombras lleno de antiguas siluetas borrosas a las que identificaba como "amigos" o "enemigos". Daría cualquier cosa por volver a aquellos días de entrenamientos diarios y aventuras nocturnas que sólo Neji y ella conocían.
-Mamá –La voz del pequeño consiguió sacarla de su ensimismamiento.-, ¿por qué ese hombre te hace daño?
A pesar de la insistencia de Hieku, Torikazu se había negado siempre a llamarle papá.
-Porque no le gusta que le lleven la contraria.
-¿Y por qué me ha hecho esto? –Preguntó, llevándose una manita a la frente. Ella besó la coronilla de su pequeño.
-Porque cree que eres un peligro para él.
-¿Por qué?
-Porque te he estado entrenando, y con tu ayuda podría intentar escapar –Contestó, cerrando los ojos por puro agotamiento. Su hijo sabía que estaba allí retenida contra su voluntad, y sabía que en algún momento tendrían que intentar irse. No obstante, su bienestar estaba ahora como primero en su lista de prioridades.
-Podríamos hacerlo –Murmuró el pequeño Hyûga, cerrando los ojos y preparándose para dormir.-. Tengo que salvar a mamá como sea.
Lo estrechó entre sus brazos y espero a asegurarse de que se había dormido para dejar caer unas nuevas y purificantes lágrimas silenciosas. Su pequeño Torikazu era el origen de la poca esperanza que la ayudaba a ponerse en pie cada día, y con aquella frase había comenzado el proceso de sanación de su corazón destrozado. Una idea fugaz pasó por su mente, alocada, peligrosa, pero… tal vez era su última oportunidad.
Esperó unos días en silencio, cumpliendo con sus obligaciones como esposa, recibiendo un trato frío por parte de su cónyuge y regresando a una distorsionada realidad. Se aseguró de que su hijo descansase y comiese copiosamente, pues tenía grandes planes para él, y llegado el décimo día desde su tercer cumpleaños, decidió ponerse en marcha.
Todo el mundo se había acostado ya, pero a pesar de las altas horas Hieku había solicitado verla. Tres años eran suficiente espera, y su cuerpo ya estaba recuperado para traer un nuevo heredero al nuevo clan. La idea le asqueaba, obviamente no por el niño, sino por tener que acercarse de nuevo a un hombre tan terrible. Como siempre, le había concedido una hora para arropar a su niño, y esta vez debía aprovecharla al máximo.
-Tori… -Susurró, cepillando sus cabellos, temerosa por lo que iba a hacer.
-¿Sí, mamá? –Preguntó él, examinando la pared frente a él con sus ojos nacarados.
-¿Recuerdas que dijiste que podríamos… irnos…? –Todo aquello le asustaba demasiado, pero ¿qué otra cosa podía hacer? De aquel modo, al menos Torikazu sería libre, y no estaría solo…
-Claro –Admitió, cruzando los brazos.-. ¿Tienes un plan, mamá?
Tener un hijo tan avispado le resultaba bastante sencillo en situaciones como aquella. Asintió levemente, en silencio, hinchándose de valor para poder continuar. Qué difícil le resultaba sólo decirlo.
-He pensado que… tal vez… hay algo que podrías hacer –Torikazu se dio la vuelta, y miró a su madre con una gran sonrisa reflejada en sus dos lunas.-. No será fácil, y necesito que me escuches atentamente –Arrodillándose, puso toda su atención en la kunoichi, que se frotó la nuca, pensando por dónde empezar.-. Todavía eres muy pequeño, pero te he entrenado bien. Creo que podrás hacerlo si me obedeces.
-¡Haré lo que mamá diga! –Respondió, solemne. Todo un shinobi contenido en un renacuajo de tres años. No pudo evitar sonreír.
-Bien, esto es lo que vamos a hacer –Metió la mano en la mano de su kimono y sacó dos pergaminos, uno más pequeño que otro, y se los entregó. Señaló al grande, y Torikazu lo abrió: un mapa de los países colindantes y una lista de nombres que desconocía.-. Esta noche, cuando yo me reúna con Hieku, tú buscarás una salida segura a través del falso techo. Eres el único que cabe ahí, así que no tendrás problema. Cuando consigas salir de la mansión, quiero que corras como no has corrido hasta llegar a la frontera –Señaló en el mapa donde terminaba el País de la Tierra y comenzaba el de la Hierba.-. Allí podrás hacer el primer descanso, porque yo distraeré a Hieku para que no se dé cuenta de tu ausencia hasta que llegues aquí. No sé cuánto podré ocultarlo, pero daré lo mejor de mí –Le sonrió y acarició su mejilla.-. Después, debes atravesar el país de la Hierba y entrar en el del Fuego, y de ahí dirígete a Konohagakure. Te he hecho una lista con nombres de personas en las que puedes confiar plenamente, y si por el camino encuentras a alguien con el protector de la Hoja, acude a él, y convéncele de que tiene que ayudarte. Nadie dudará de que debes ir allí una vez vean tus ojos –Enrolló el pergamino de nuevo y lo guardó en un bolso que colgó a hombro cruzado en el pequeño. Luego, le entregó el otro rollo, sonriendo, con el labio inferior temblando por el miedo y el peligro que todo aquello suponía.-. Este es el único armamento que he podido conseguir. Si tienes miedo, escóndete, y vigílalo todo con tus ojos. Si te atacan, defiéndete como te he enseñado. Confío en ti.
Torikazu miró su mochila y observó sus ropas. Realmente parecía a punto de emprender una gran aventura, y tenía muchas ganas de hacerlo si es que ayudaba a su mamá. Pero las lágrimas que florecían en los ojos de Tenten le llevaron a abrazarla y a pronunciar, con seguridad en la voz:
-Traeré ayuda.
-Torikazu –Lo abrazó con ternura. No podía mirarlo a los ojos para decirle aquello último.-, tienes que prometerme algo. Si no logro salir de aquí con vida…
-¡Mamá! –Asustado, se alejó de su madre.
-¡Escúchame! –Protestó, haciéndolo callar.- Si no logro salir de este lugar, prométeme que irás a ver a la Hokage o al señor Hiashi y les pedirás protección. Prométeme que crecerás feliz y que recordarás que eres fuerte, y que vales mucho.
-Mamá… -Ahora era el niño quien lagrimeaba. Su apariencia de témpano de hielo se desarmaba ante aquella mujer que le había dado la vida.
-Prométemelo.
-Si… si te pasa algo… pediré ayuda a la Hokage o al señor Hiashi… -Contestó, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.- ¡Pe-Pero no te va a pasar nada, porque traeré ayuda, y saldrás de aquí tan pronto como vuelva!
-¡Sé fuerte, Tori! ¡Confía en ti mismo y no tengas miedo! –Lo estrechó contra su cuerpo, ahogando sus lágrimas contra la piel del infante, que también lloraba y se aferraba a ella.- ¡Siempre estaré contigo!
-¡Te quiero, mamá! –Besó su mejilla, y ambos se pusieron en pie.
-Yo también te quiero, mi pequeño pájaro –Lo tomó en brazos y, subiéndolo a sus hombros, desencajaron una de las placas de madera del techo, abriendo la entrada para que él pudiese subir. Ya dentro de las vías del falso techo, asomó su dulce rostro, enrojecido por el llanto, y murmuró un suave "volveré". -¡Ah! Tori…
-¿Sí?
-Si por casualidad te encuentras con Neji Hyûga, cuéntale quién soy yo y háblale de nuestro plan, y pídele que te deje quedarte a su lado.
-¿Por qué?
-Porque de todas las personas maravillosas que conocí en Konohagakure, Neji es el único que consiguió hacerme sentir protegida. ¡Ahora ve!
Torikazu asintió y, tras colocar la baldosa en su sitio comenzó a gatear en medio de aquella oscuridad angosta que no suponía obstáculo alguno para su Byakuugan. La construcción del falso techo parecía un juego de túneles y laberintos, pero gracias a la frialdad de su mente logró encontrar un camino seguro que le llevó hasta la trampilla que llevaba al tejado. Se deshizo de ella como pudo, y dio gracias a la antigüedad de la casa. Salió al exterior e inspiró muy fuerte mientras miraba las estrellas, embelesado. Nunca había estado fuera por la noche, y la brisa nocturna secó las últimas lágrimas de sus ojos. Se deslizó lentamente por el tejado, evitando hacer ruido, y cuando llegó junto al canalón, se descolgó los dos pisos hasta tocar tierra firme. Vale, no había sido muy difícil. O eso, o es que su objetivo era muy noble y le impedía flaquear. ¡Tenía que llegar a Konohagakure para que alguien le ayudase a salvar a mamá!
Con decisión, tras comprobar que no había nadie cerca, echó a correr, esquivando los árboles y el muro que bordeaba los terrenos del clan. Una vez fuera, no dejó de correr. Seguiría las órdenes de mamá por cortas que fuesen sus piernas y por débil que fuese. No se iba a permitir flaquear. Desde que tenía memoria, mamá había estado triste, lamentándose y sufriendo por un dolor que ese hombre al que no quería reconocer como padre le provocaba. Y no era justo que alguien estuviese retenido contra su voluntad, él todavía era un crío, pero comprendía eso. Por tanto, iba a hacer lo que pudiese para ayudar, y su papel ahora consistía en correr hasta que le doliese el alma. Por mamá. Por él. Por sobrevivir.
¡Bien! Parece que mis musas han vuelto, así que aquí os traigo el octavo capítulo de este NejiTen ^^ ¿Qué os ha parecido? Sé por vuestras reviews que hay quien se esperaba la existencia de Torikazu, pero en fin, no contaba con el factor sorpresa. ¡Eso sí! ¿Os esperabais lo del Pájaro Enjaulado? ¿Hasta dónde creíais que llegaría Hieku por seguir teniendo control sobre su esposa y su hijo?
Estoy trabajando en el siguiente, así que no os impacientéis. Dejadme opiniones en las reviews. ¡Saludos!
Drusila.
