9. LA SUERTE ESTÁ DE MI PARTE

Dejó atrás el país de la Tierra y, una vez dentro del de la Hierba se permitió descansar en la rama más alta. Le había costado, pero ahí estaba, tan sólo un par de días después de haber salido de casa. Se acurrucó contra el árbol y mordisqueó una chocolatina que mamá había escondido junto a los pergaminos. Entre tanto, sacó el mapa y se aseguró de estar siguiendo el camino correcto. Sonrió orgulloso antes de recoger el rollo y acurrucarse para dormir. Necesitaba descansar si quería llegar a tiempo. Mamá lo necesitaba, y haría todo lo que estuviese en su mano para salvarla.

Despertó al murmullo de unas voces todavía lejanas, pero vivir en una casa que parecía una cárcel había hecho que creciese con un oído bien desarrollado. Se frotó los ojos, parpadeó un par de veces y activó su byakuugan. Se trataba de dos kunoichi que hablaban animadamente mientras comían en medio del bosque, a unos doscientos metros al noreste. Bajó del árbol con cuidado y comenzó a acercarse en silencio, poco a poco, tratando de clasificarlas en "amigo" o "enemigo". A menos de cincuenta metros, pudo distinguir algo en las muchachas que le dibujó una sonrisa esperanzada: una de ellas llevaba, a modo de diadema sobre su rosado cabello, un protector con el símbolo de Konohagakure. Se acercó despacito, con una mano sobre el pergamino de armamento, por si acaso, y, cuando llegó al campo de visión de la otra kunoichi –rubia, de grandes ojos azules- enseñó las manos, descubiertas, para mostrar que no era enemigo.

-Sakura, mira –La rubia señaló al pequeño, que por fin llegó a su improvisado campamento y se quedó a una distancia prudent de ambas.-. ¡Hola, peque! ¿Te has perdido?

-Vosotras sois ninjas de la Hoja, ¿verdad? –Respondió, señalando al protector de la chica de cabellos rosados.- Necesito que me ayudéis.

-Claro, ¿en qué podemos ayudarte? –La chica se acercó a él y se acuclilló para estar a su altura.- Yo me llamo Sakura, y ella es Ino.

Torikazu sacó el mapa y consultó la lista de nombres, sorprendiéndose gratamente.

-¿Haruno Sakura y Yamanaka Ino? –Ambas asintieron, sorprendidas.- ¡Tenéis que venir a ayudar a mi mamá! –Se apresuró a sujetar la mano de Sakura y tirar de ella, alterado por el cambio de plan que él mismo había decidido. Si llevaba a aquellas chicas a casa, podrían sacar a mamá y volver juntos. Aunque fuese en contra del plan inicial, sería mucho más rápido así.- ¡Tiene que volver con vosotras a Konohagakure!

-Pero, ¡espera!

-Sakura, fíjate en sus ojos –Ino lo sujetó por la barbilla, a pesar de que el pequeño se resistía.-. Son los ojos de un Hyûga, no hay otra forma de explicarlo.

-Entonces… tal vez… -Las kunoichi abrieron los ojos como platos, y mientras la de brillantes ojos celestes acomodaba al niño a su espalda, la otra levantaba el campamento.- ¿Dónde está tu mamá?

Corrieron y corrieron, ellas en la dirección que debían tomar, el infante de vuelta a casa. Se aferraba con fuerza a la espalda de Ino, la cual corría como alma que lleva el diablo. Por culpa de su padre, y de todo lo que siempre había visto, había llegado a ver sus ojos, blancos, nevados, nacarados, como una maldición, un horrible don… Pero ahora esos mismos ojos habían dado rienda suelta a una aventura para rescatar a mamá. Sonrió, a pesar de todo el miedo que sentía, y cerró los ojos hasta que la velocidad cesó. Guió a las shinobi hasta el pequeño y deteriorado pueblo, y, entrando ocultos y sigilosos, alcanzaron la mansión. Allí, los tres pares de ojos se abrieron como platos, pues algo con lo que no contaban les esperaba.

Hieku Hyûga, el líder de la escisión del clan Hyûga, se defendía con uñas y dientes sobre el tejado de la vieja mansión, con el byakuugan activado y toda la atención sobre su oponente. Tenten, frente a él, con un kimono hecho jirones y los cabellos al viento, blandía una katana con maestría, y atacaba de forma que el hombre se sentía realmente amenazado. Los recién llegados se quedaron paralizados, si bien ellas por volver a ver a la compañera que cuatro años atrás había sido raptada, bien el retoño de la misma por ver por primera vez a su madre en acción. La morena peleaba como si el cansancio, los años o el daño psicológico no pesasen, moviéndose con agilidad, casi danzando sobre su propio eje con tal de darle estocadas que rara vez fallaban. El hombre estaba herido por muchos sitios, pero ninguna herida era grave y aún se movía bien.

-¡Hakke! –Gritó el hombre, golpeando de lleno sobre su corazón. La kunoichi retrocedió, pero no cayó, se mantuvo en pie a pesar del dolor. De sus labios manó un río de sangre, un golpe certero que le habría costado la vida de no ser por lo acostumbrada que estaba. Una vez más, dio las gracias a Neji en silencio. Pestañeó y se limpió la sangre con el dorso de la mano, mirándole desafiante al mismo tiempo que planeaba una estrategia. A lo largo de su vida, había fallado una y otra vez, a pesar de trabajar duro y entrenar tanto como su cuerpo se lo permitía, siempre quedaba a la sombra del resto del mundo. Neji, Lee, Temari en los exámenes chûnin, Kisame en el rescate de Gaara… Tantas derrotas, tantos errores… Pero si seguía viva, si seguía en pie, significaba que todavía no era su hora. Miró hacia el suelo y los vio, sorprendida. Su hijo la observaba maravillado, en brazos de una de las dos kunoichi de la hoja. Ya no sabía qué significaba tirar la toalla, no tenía por qué hacerlo. Seguiría cayendo, pero también aprendiendo. Y su fin no estaba en aquel lugar en medio de la nada.

Hieku se abalanzó sobre ella, e instintivamente saltó, impulsándose a los cielos, brillando a ojos de Torikazu como la estrella más increíble. El Hyûga, que no esperaba que pudiese esquivar su ataque, siguió su recorrido. Ella se dejó caer, deslizándose, planeando como una hoja, y, cuando parecía que simplemente se dejaría caer, condujo la espada en un rápido movimiento y separó la cabeza de su oponente del resto de su cuerpo. Decapitado. La sangre le salpicó de lleno, la cabeza salió despedida, y el cuerpo del hombre tembló antes de caer completamente inerte. Suspiró profundamente, sintiendo cómo un gran peso se desvanecía de sus hombros. Se puso en pie, se deslizó por el tejado, y echó a correr hacia la entrada.

-¡Mamá! –Torikazu se liberó del agarre de Ino y corrió hasta su madre, que lo cogió en brazos y lo alzó en volandas.

-¡Somos libres, Tori! ¡Libres! –Lo estrechó contra ella, sonriendo los dos, cuando las lágrimas brotaron en los ojos de ambos. Al fin, todo había acabado. Podría volver a su vida normal; eso sí, con un pequeño pájaro a su lado. Besó sus mejillas y abrió los ojos y, sin soltar a su niño, se acercó a las kunoichi, que seguían ciertamente impactadas por la batalla presenciada.- ¡Ino! ¡Sakura! ¿Qué hacéis aquí?

-Tenten… -La voz se rompió en la garganta de Ino, que recordaba perfectamente el día que Gai, Lee y Neji entraron a investigar en su apartamento. Sin poder evitarlo, una lágrima se escurrió de sus ojos de agua clara, e impulsivamente la abrazó.- Creíamos que no volveríamos a verte con vida.

-Tu hijo nos encontró en el país de la Hierba. Nos dirigíamos a Iwagakure cuando nos dijo que su mamá necesitaba ayuda –Sakura también se acercó, todavía sintiéndose extraña al hablar a Tenten de "su hijo". Sonrió con dulzura y la abrazó también. Las tres se miraron con complicidad, no era momento para hacer preguntas sobre el cautiverio.

-Gracias por ayudarle, de verdad.

-¡Qué menos! Aunque no sabíamos que tendríamos la suerte de encontrarte… -Comentó Ino, sonriendo.- Claro que esos ojos son inconfundibles.

Caminaron, charlando de cosas banales y estúpidas, y Tenten rió como Tori no la había oído reír nunca. De verdad, de forma sincera. Y él también sonreía, porque su mamá era feliz, y lo sería siempre. Al llegar a las afueras del pueblo, el grupo se separó. Las kunoichi debían seguir hacia Iwagakure, y Tenten y Torikazu tenían que volver a casa. A casa… se les hacía tan raro pensar en un hogar sin sentir miedo…

El camino fue lento, pacífico y entretenido. Tenten estaba tranquila, ilusionada ante su regreso a casa, a pesar del miedo que tenía a que las cosas cambiasen. Sin embargo, iba a aprovechar esta oportunidad, porque si algo había aprendido en aquel tiempo era que valía la pena intentar vivir. Durante el trayecto, contó a su hijo todas las historias que su dolor y su miedo habían enterrado en su corazón resquebrajado, y le habló de la escuela a la que él asistiría también, de Gai sensei, de Lee y su fuerza de voluntad, de Neji y su talento. Le habló de Tsunade-sama y de otros grandes ninjas, de Ino y Sakura, y de otros tantos. Le enseñó el valor de la amistad, del amor, del compañerismo, del esfuerzo y del trabajo. Y su niño lo absorbió como una esponja porque a fin de cuentas seguía siendo un niño y su mamá era la mujer más maravillosa del mundo.

Frente a ellos pudieron ver, alzándose majestuosas, las puertas abiertas de la Aldea Oculta de la Hoja.


¡Tatatachán! ¡Regreso a casa! ¿Qué ocurrirá ahora que todo parece volver a la normalidad? ¿Cómo reaccionarán los shinobi de Konoha? Y especialmente, ¿qué hará Neji cuando la vuelva a ver? ¡Esto llega a su fin, pero todavía queda mucho por resolver! Reviews for love!

Drusila