10. NO VOLVERÉ A PERDERTE
Tenten se detuvo un segundo, y observó el interior de la aldea que desde el camino se podía ver. Todo seguía como siempre, las enormes puertas de madera lacrada en verde con los enormes caracteres rojos, el murmullo del bullicio en el interior de la muralla, los frondosos árboles danzando al son del viento alrededor del camino, y un espléndido cielo azul celeste sobre sus cabezas, sin nubes, y todavía sin sol debido a las tempranas horas. Sonrió, dos lágrimas se apresuraron a resbalar por sus tiernas mejillas de piel acanelada y morir al contacto con el dorso de su mano. Torikazu alzó la vista, clavó sus perlados orbes en los castaños de su mamá, y le dedicó una mueca de duda, a lo que ella sonrió, y él, por contagio, también. Caminaron, cogidos de la mano, el infante todavía con aquel mono negro de viaje, ella con el kimono hecho unos zorros. Vaya forma de volver a casa.
Según se acercaban a la colosal entrada, fueron distinguiendo cómo un par de siluetas salían, acercándose a ellos, demasiado lejanas para distinguirlas. Entonces, Tori se paró en seco, tironeó de la mano de su madre y, con convicción, le dijo.
-Mira, mamá, aquel chico tiene unos ojos como los míos.
La kunoichi aceleró el paso, sorprendiendo al niño, hasta que estuvieron en el umbral de la puerta y las figuras se pudieron distinguir con perfección. El uno, con el impoluto mono verde oscuro, la cinta atada a la cintura, las gruesas cejas arqueadas por la sorpresa sobre los redondos ojos negros al encontrarse con la visión de la recién llegada. El otro, el kimono blanco impoluto, los ojos blancos incrédulos, desconfiados, saltando de la imagen de la muchacha a la del niño; la larguísima melena atada casi en las puntas, y la frialdad helando su rostro. Se miraron entre ellos, negando con la cabeza, perplejos, acercándose a un paso más veloz. Tori pasaba la mirada de su madre, inmóvil en el umbral de las puertas, a los dos hombres que a ellos se dirigían, sin comprender. ¿Y ella? Ella únicamente sonreía mientras lágrimas gruesas e infantiles le empapaban los mofletes.
Los labios de la Bestia Verde se curvaron en una temblorosa sonrisa, echó a correr y cogió a la recién llegada por la cintura, elevándola en volandas, abrazándola.
-¡Tenten! ¡Tenten, estás bien, estás en casa! –Reía con júbilo, si soltarla, haciéndola reír a ella también. Dejó de dar vueltas y la sujetó con el rostro a la altura del suyo, enfocando esos empañados ojos terrosos, intentando no llorar él también.- ¡Creí que no volvería a verte, pero…! ¿Cómo…? ¿Dónde…? –No terminó ninguna pregunta, volvió a apretujarla contra su cuerpo, sacándole algún que otro quejido entre tanta risa.- ¡Oh, Tenten, te hemos añorado tanto!
-Me alegro tanto de verte, Lee –Lo abrazó, con más ternura que efusividad, haciendo que por suerte la dejase de nuevo en tierra firme.-. Yo también tenía miedo de no volver.
Se separaron, sonrientes, y la morena dirigió la vista al otro hombre, que parecía totalmente embelesado mirando al infante. Tori le observaba con curiosidad, divertido por la sorpresa contenida en los ojos del Hyûga. Tenten sonrió y se acercó con calma, hablando.
-¿Neji…? –Y cuando estuvo a su vera, en un rápido movimiento, sus orbes se posaron en ella, tan cambiada, tan madura, pero igual de hermosa que antaño; sus brazos la rodearon, la atrajeron a él, la abrazaron como si no hubiese mañana. Una afectividad poco propia de Neji Hyûga, que la sorprendió muy gratamente. Deslizó las manos por su fornida espalda, evitando la temprana separación, y hundió la cabeza en su pecho, respirando su aroma una vez más, creyendo al fin que sí, había vuelto, que todo era real. Sonrió y, sólo allí, entre sus brazos, lloró como una niña. Él, impotente, con el alma vibrante y rebosando alegría, acarició sus cabellos, lacios y sin recoger, y sintió la creciente necesidad de creer que todo aquello estaba siendo real. Así, con la misma fuerza con que la había abrazado, la sujetó por los hombros sin decir nada, la separó de él, y se hundió en esos ojos de gata que tanto le gustaban. Extrañada, Tenten arqueó las cejas, pues para nada se esperaba lo que el Hyûga iba a hacer. Sin mediar palabra, sin un te he echado de menos y sin un me alegro de verte, besó sus labios con fuerza, los devoró y saboreó hasta que a su alrededor todo se evaporó, y fueron sólo él y ella, hombre y mujer, dos corazones que laten al unísono desde hace tanto y que jamás han necesitado de las superficiales palabras para llevar el nombre del otro tatuado a fuego. Y en ese cálido beso, que para ellos fue eterno pero apenas duró unos minutos, Neji absorbió todo el dolor de su cuerpo, todas las penas, la frustración, curó las cicatrices de su maltrecho corazón; Tenten, en cambio, se llevó la culpabilidad, la soledad, el vacío existencial que atenazaba el pecho del muchacho desde hacía casi cuatro años. Y todo volvió a equilibrarse, porque ella era la fuerza, y él la fría lógica.
-No volveré a perderte –Gruñó a quemarropa contra el filo de sus labios, con una sola frase tatuada en sus curiosas pupilas: te amo. La morena sonrió, sonrió como no había sonreído desde la última vez que habían estado juntos.
Deshicieron su abrazo, recordando por un momento que no estaban solos, pero no se separaron: sus manos se habían encontrado por el camino, y no parecían dispuestas a soltarse. Tori se acercó a su madre, y esta, acuclillándose, lo tomó entre sus brazos. El pequeño seguía sin perder detalle sobre el rostro del hombre que acababa de besar a su mamá, y la expectación era mutua. Lee se acercó también, sonriendo, pero algo alterado por lo que acababa de ver –Lee no se entera de una, son cosas que pasan. Pero ellos lo querían igual.-.
-Veamos, Lee, Neji –La mujer se dirigió a los dos shinobi.-. Él es Torikazu… mi hijo.
Ambos se miraron pero, esbozando una sonrisa, eligieron no preguntar. Lee le dedicó una sonrisa, y Neji seguía mirándolo, desconcertado, anonadado.
-¿Qué pasa, peque? –Exclamó la Bestia Verde, haciendo que el pequeño, tímido por naturaleza, se escondiese entre el cuello y los cabellos de su madre, que le acarició la espalda para calmarlo.- Vaya, ¿lo he asustado?
-No, es un poco tímido. Tori, mira –El aludido giró un poco la cabeza, dejando ver uno de sus preciosos ojos albinos.-, él es Rock Lee. ¿Te acuerdas que te hablé de él? –El pequeño asintió.-. Y él es Neji, también te conté quién es.
Al oír el nombre de Neji, Tori alzó la cabeza y, pasado un minuto, le dedicó una dulce sonrisa.
-¿Tenten? –Al sonido de aquella voz ronca y grave, los cuatro voltearon, y lo vieron.
-¡Gai sensei!
xxx
En todo aquel tiempo, el Barba Q no había cambiado en absoluto. Para celebrar su reencuentro, después de reunirse con la Hokage en privado y detallar la huida y la derrota de Hieku, Gai sensei había insistido en que todos fuesen a comer, no sin antes dejar que Tenten pasase por su casa, por su querida casa, y se cambiase de ropa. Había estado casi dos horas en casa, acompañada por Torikazu, abriendo las ventanas y aprovechando para darse juntos un baño. Ella abrió su armario, siendo atacada por una nube de polvo antes de poder observar. Escogió una blusa de corte chino y color burdeos, sin mangas, larga hasta la mitad del muslo, y con los cierres y bordes en negro. También se puso unos pantalones negros sueltos, como los que solía usar antes de irse, y con cierto regusto nostálgico en los labios se recogió el pelo en dos moños, su peinado característico. Asimismo, le puso a su pequeño una camiseta cualquiera y una de las mudas de ropa interior limpia que le había obligado a llevarse, mientras se le ocurría qué ponerle de ropa. Habían dejado sus escasas pertenencias –la ropa y el calzado- dentro de la mansión, intentando deshacerse con ello de sus recuerdos. Entre tanto, se entretuvo cepillando la larguísima melena de su hijo, hablándole con alegría, y escuchando lo contento que parecía de estar allí. De pronto, llamaron a la puerta, y Tenten fue a abrir.
-¡Neji! ¿Ya es la hora acordada? –Se sobresaltó, temerosa de una represalia de su asquerosamente puntual amigo.
-No, me he adelantado porque quería darte esto –Extendió el brazo, cediéndole una bolsa.-. Pensé que tal vez os viniesen bien.
La morena echó un vistazo al interior de la bolsa, regresando al salón, la única habitación de la casa salvando el baño y la cocina. Neji la siguió en silencio, sonriendo levemente al pequeño al entrar en la estancia, y recibiendo una sonrisa de vuelta. Se sentaron junto a Tori, alrededor de la mesa, y la kunoichi sacó de la bolsa varias prendas de ropa infantil: ropa para Torikazu. Tenten alzó la vista, con ojos brillantes.
-Neji… ¿cómo sabías?
-¿A parte de porque no traíais ningún tipo de equipaje? –Alzó una ceja, divertido.- Los niños crecen muy rápido, y yo no las voy a necesitar. Tengo guardada toda mi ropa de cuando era pequeño, por lo que pensé que a ti te sería más útil.
-Muchas gracias –Sonrió, de aquella forma que hacía que la capa de hielo sobre el corazón del Hyûga se deshiciese. Escogió, entre todas, unas mallas negras y la parte superior de un kimono, un conjunto parecido al que Neji solía llevar. Se los dio al niño y, apremiándolo, le indicó que fuese a cambiarse al lavabo. En ese momento, su rostro se ensombreció, y el joven pudo detectar cómo todo su cuerpo se tensaba hasta el punto de temblar ligeramente.-. Neji…
-¿Qué ocurre? –Pestañeó, manteniendo la calma.
-Sé que ha pasado mucho tiempo… que no tengo derecho a pedirte nada… pero necesito saberlo –Tomó aire.-. ¿Por qué me besaste, Neji?
-¿De verdad no lo sabes? –Su mirada se tornó sombría, abrumado quizá por el peso que sus sentimientos hechos palabra pudiesen tener.- Te he estado esperando todo este tiempo, y me ha abrumado pensar en no volver a verte. Si hay algo de lo que me arrepiento es de no haberte dicho la primera vez que nos acostamos que llevo toda la vida enamorado de ti.
Tenten sonrió, algo más calmada, como si la peor parte de un trabajo estuviese resuelta. Extendió una mano, cruzando la mesa, sujetando una de las del muchacho, y susurró suavemente un "te quiero". Luego, con afán de vigilancia, echó un vistazo a la estancia, asegurándose de que el niño no volvía, y, bajando la voz, comenzó.
-Hay algo que no te dije antes de ser secuestrada, Neji. Entonces sólo era una posibilidad, una remota posibilidad, pero ya no puedo decir eso.
-¿De qué estás hablando? –Frunció el ceño.
Clavó la vista en el suelo, huyendo del interrogatorio al que aquellos perlados orbes la sometían.
-Cuando me secuestraron, me llevé algo tuyo. Algo que me ha ayudado a mantener la esperanza, a sobrevivir, y a volver –Una idea fugaz cruzó la mente del shinobi, que arqueó las cejas.-. Torikazu nació a los ocho meses de cautiverio, pero… sus condiciones físicas no eran las de un bebé prematuro –Tragó saliva, intentando no elevar la voz.-. Justo un mes antes, tú y yo… -Neji asintió, recordando aquel último encuentro carnal en su apartamento, aquella noche en la que, tras volver de una misión, se arrancaron la ropa y se devoraron como animales salvajes. Sentía más tranquilidad de la que debería, pero en realidad cuando vio al niño una punzada extraña en el pecho le advirtió de que ese pequeño tenía algo especial. Y tan especial.- Él… se parece mucho a ti, Neji. Y tiene esa pequeña mancha con forma de ocho al final de la espalda.
-¿Estás… segura de ello?
La morena suspiró, liberando toda la presión tras haber confesado, y buscando la fuerza para no echarse a llorar.
-Esas son las pruebas que tengo, nada más. Pero él siempre se ha negado, sin yo decirle nada, a llamar papá a Hieku –Recordó.-. Además… para mí siempre ha sido más fácil creer que mi niño es hijo del hombre al que amo, y no fruto de un acto forzoso.
Neji se movió de sitio, sentándose más cerca de ella, enfrentándola con templanza y serenidad en su rostro de tez nevada. Sujetó sus mejillas con ambas manos, acercó su rostro, y besó sus labios levemente, con dulzura. Una lágrima de cristal puro se escurrió de sus ojos acaramelados, pero él fue más rápido y la secó con la yema del pulgar. La oteó, resuelto, con una suave sonrisa en sus finos labios.
-Entonces no hay más que hablar.
-Pero…
-No, Tenten, nada de peros –Selló sus labios con otro beso fugaz.-. En el momento en que le vi sentí algo… no sé explicarlo. Pero eso lo dice todo. Y si biológicamente no es así, me da igual, porque lo siento tan mío como tuyo –Tomó sus manos con delicadeza.-. He cambiado mucho, me he prometido un centenar de veces que, si volvía a tenerte a mi lado, no desperdiciaría ni un segundo a tu lado. Te lo dije cuando te abracé esta mañana, y te lo repito ahora: no volveré a perderte.
Esta conversación daba vueltas por su cabeza, conformando en sus labios una sonrisa que sería eterna. Miró a su lado derecho, Tori hablaba animadamente con su padre, porque ahora podía decir que Neji Hyûga era el verdadero padre de su hijo sin ningún tipo de temor; frente a ellos, Gai sensei y Lee participaban también en la charla, permitiéndole volver al pasado una vez más. En aquella mesa del Barba Q estaban su pasado, su presente y su futuro, y con una mirada cargada de nuevas esperanzas, Tenten no podía evitar decirse que a pesar de todo no podría ser mejor.
¡Al fin! Este capítulo me ha llevado lo suyo, por eso me he retrasado tanto, y me disculpo. Quiero darle las gracias a Sora-chan por animarme/amenazarme de muerte para acabar este capítulo, por eso se lo dedicaré a ella. ¡Gracias por leer y molestarte en darme amor, Sora-chan! Espero que os haya gustado, pero todavía queda un capítulo más, sólo uno, donde se resolverán los últimos lazos. ¿Estaréis ahí para verlo?
Drusila.
