Bien aquí les traigo la segunda entrega de mi obra pero, antes que nada les dare los agradecimientos a las personas que me hicieron el favor de dejarme review:

HWR: Ya veras, que lograre sorprenderte con mi trama, y descuida, que eso mismo es lo que me molesta a mi también, así que lo evitare a toda costa.

Golden Knights: Gracias por tu critica, espero que mi trama siga siendo de tu agrado

Guillermo: Gracias por el apoyo

Pegaso Seiya: Paisano, gracias por tu interés en mi historia y por haberme agregado a tus fav, no defraudare eso

Satoshi: Te agradesco tu opinión y que me hayas devuelto a la escritura, espero este capítulo te agrade, se cuanto lo has esperado.

Bueno eso son todos, ahora sí, de lleno al segundo capítulo, espero cumpla con sus expectativas

Capitulo 2:

Deber

El sol de medio día coronaba el celeste techo del mundo, con trozos flotantes de algodón blanco que, de manera lenta y pausada, se dejaban llevar por la voluntad del viento. Bajo ellos, se extendían un bosque de tonos dorados y escarlatas, que era despojado, cruelmente, de sus hojas por el viento, así como un cristalino he inmenso lago, en cuya superficie, con vanidad, el sol parecía detenerse para admirar su propio reflejo. Ambas obras de arte de la naturaleza, eran divididas por un estrecho camino de concreto, a orillas del cual, dos jóvenes, caminaban a la par por el lado del bosque.

Seiya, el joven de cabello avellana y piel morena, comenzaba a ceder ante el cansancio, su camiseta empezaba a empaparse de sudor mientras que sus piernas, cubiertas por un pantalón de mezclilla azul y desgastado, daban pasos cada vez más cortos y cansados, sus tenis blancos, aunque cómodos, no podían reducir la dolencia de sus pies y por más que en su rostro pudiera verse la convicción de seguir, finalmente llegó el momento en que tuvo que detenerse. Agitado, se inclinó hacia el frente, apoyándose en sus rodillas, para tomar un respiro, dejando caer su morral blanco de su hombro.

Una mano de tez clara, le acerco una botella de plástico con agua al rostro de Seiya, cuyos ojos café la contemplaron por segundos. As, quien le dio el agua, le pidió que descansaran un momento, Seiya miro a su pelirrojo amigo y notó que él no daba muestra alguna de cansancio, se mostraba entero, totalmente erguido, su respiración era tranquila, y la playera blanca que vestía, estaba por completo seca, como si ni el calor ni la caminata le importaran.

Seiya le agradeció y comenzó a beber de la botella, As, tomó otra botella del morral que él llevaba y acompaño a su cansado amigo. –Tan solo sera un momento y luego seguiremos. –comentó el joven de playera roja. As, mirando hacia otro lado, soltó una leve carcajada al recibir la respuesta que ya esperaba desde un principio. Seiya, al notarlo, supuso que la carcajada de su compañero de viaje, era alguna burla hacia él, y solo le contestó con una leve mirada de enojo, que a la vez, hacía notar que, dicho enojo, no era más que solo una broma.

Lo que para uno par de jóvenes que viajaban era un día caluroso, para otro, era una fresca y nublada tarde. El tono depresivo y gris del ambiente, opacaba el brillo carmesí de su armadura de hombros caídos. El caballero de Andrómeda corría sin dar señales de querer detenerse, por un camino pedregoso y rodeado de montañas, con tanta prisa como sus piernas le permitían, dejando a sus espaldas un paisaje, de cinco montañas, mejor conocidas como los Cinco Picos, cada vez, más sumergido en la bruma que cubría el horizonte.

Sus piernas estaban llenas con la certeza de seguir avanzando, su rostro portaba el semblante da la concentración en sus actos, sus ojos se mantenían fijos en un destino que aun era imposible divisar con la mirada pero, su conciencia se mantenía distante de el mismo, recordando lo que acababa de vivir en aquellas montañas que, ahora, le daban el ultimo adiós, antes de desaparecer a sus espaldas.

Llegaban, a su memoria, los recuerdos de su leve estancia en aquellas cinco montañas, así como de su reencuentro con el caballero del dragón. Recordó la pequeña cabaña, lugar donde buscó primero, totalmente vacía y abandonada, recordó su exhaustiva búsqueda por su hermano de batallas, alrededor de los cinco picos, hasta por fin, encontrarlo meditando, al pie del acantilado, en el que, su difunto maestro, solía pasar tanto lo días lluviosos como las noches nevadas, casi como si el flujo descendente, de la cascada de Rozan lo mantuviera hipnotizado.

Shiryu se mantenía ahí, sin moverse, con su traje oriental de color claro puesto, su larga cabellera azabache ondeaba hacía un lado bajo el capricho del viento de las montañas. El caballero de Andrómeda, que se acercaba lenta mente por detrás, comenzó a sentir algo extraño en el cosmo de la persona que tenía delante, en quien, el espíritu del deber, al que ya se había acostumbrado tras tantas batallas, ahora era suplantado por una abismal melancolía.

El joven de cabellera esmeralda exclamó el nombre de su amigo pero, este, no respondió. Shun supuso que el rugir de la cascada ante ellos le impidió escucharlo, aunque descarto de inmediato la idea al considerar estar demasiado cerca de Shiryu para que eso haya sido posible.

-¿Qué sucede, Shun? –Dijo finalmente y sin dignarse a voltear, el caballero sin armadura.

El caballero con cadenas hablo acerca de su intención de reunirse con todos y con esa misma unión, hacer frente al poder del dios del sol. Sus palabras estaban llenas de fe en que su objetivo era alcanzable, así como, de aires de valentía, inspirada en la causa que recién le había sido recordada aunque, tras ellas, solo hubo silencio.

Después de momentos de escuchar únicamente el sonido de la tempestuosa caída del agua, Shiryu finalmente se giro y comenzó a caminar hacía su visitante. Shun lo veía hacercarse, pero sus ojos no lo veían a él. La combinación de tonos verdes y grises en los ojos del caballero del Dragón ciertamente miraban en la dirección en la que se encontraba Shun pero, parecían estar fijos en algo más allá de la realidad que los rodeaba.

Shiryu siguió caminando de frente, pasando al lado de su amigo y deteniéndose, quedando, ambos, de espaldas al otro. –Eso, no servirá de nada. –comentó el joven de largos cabellos, causando la reacción, del caballero a sus espaldas, de girar hacia él y explicando, en seguida, que dado el número tan reducido de caballeros, con vida, reunir en un solo punto a solo la mitad, significaría dejarle una puerta abierta, enorme y directa, a un Apolo, cuyas fuerzas e intenciones les eran desconocidas.

–Parece que, al final, su palabras fueron ciertas pues, en esta guerra, al menos de momento, cada quien deberá estar solo. –comento, Shun, con resignación. –¡Te equivocas! –exclamó, Shiryu, en contestación. –Aunque cada quien tenga un fin individual, que cumplir en esta guerra, no estamos solos, ya que nuestro ideal es el mismo y cumpliendo con nuestra parte será la forma en que ayudaremos a los demás a cumplir la suya.

Shun estaba algo confundido, si su amigo entendía perfectamente eso y era obvio, por su voz, que no tenía la menor duda al respecto, entonces. ¿Por qué era que su cosmo no reflejaba eso? Y en su lugar emanaba tristeza, la suficiente, para conmoverlo ligeramente. Su preocupación, empujada por su curiosidad, finalmente ganó y se dispuso a preguntarle directamente, a Shiryu, el por qué de la contradicción de su cosmo pero, antes de que lo hiciera, el caballero del Dragón, habló.

–Shun, nuestras respectivas partes en esta guerra, están por ser reveladas. Será mejor que te vayas y te prepares para cumplir con la tuya y no te preocupes, ten por seguro que yo cumpliré con la mía. –al decir esas palabras finales, el caballero sin armadura, siguió su camino, alejándose del acantilado y dejando a solas con su pensamientos, al caballero de Andrómeda.

Saliendo de sus pensamiento y volviendo al presente, Shun, seguía corriendo y alejándose de las montañas hasta que, la sensación de un cosmo, desconocido y a la distancia, lo obligo a detenerse. Aquel cosmo, que parecía estarle llamando a gritos, retándolo a llegar a él, provenía de muy lejos, aun más allá que las montañas de los cinco picos, la cuales, devoradas por la bruma, ya ni siquiera ocupaban un lugar en el horizonte y aun así, podía sentirse claramente.

El caballero de armadura carmesí estuvo muy tentado de regresar y lo habría hecho, de no ser por qué, a aquel cosmo desconocido se le acercaba ya, uno que tenía bien grabado en la memoria y en el cual, por casualidad, estaba pensando en ese momento.

–Cumpliendo con nuestra parte será la forma en la que ayudemos a los demás. ¿No es así? –dijo, el caballero de Anrómeda, con una voz serena, que era desmentida por él apretar de sus puños, para luego seguir su camino, corriendo aún más rápido que antes.

Más allá de la bruma en el horizonte, más allá de los Cinco Picos, a la sombra de una montaña y tras un pequeño lago, se escondía una modesta aldea. Casas pequeñas y sencillas con un toque de la cultura china, así como personas modestas y amigables que, en general, llevaban una imagen que hacía juego con su hogar.

A la mitad de ese pueblo tranquilo, un hombre sobresalía de entre los demás. De cabellos ligeramente largos, rizados y echados hacia atrás y de un negro profundo y brillante. Su piel, aunque clara, de un ligero tono bronceado, era cubierta de ropas para nada acordes a quienes le rodeaban, en su lugar, llevaba puesto zapatos, pantalón y playera blancos, totalmente y sobre esta última, una camisa de color rojo, desabotonada y con su largas mangas dobladas hasta sus codos.

A ojos cerrados, el joven se mantenía estático, cabizbajo y con las manos dentro de las bolsas de su pantalón. La gente que pasaba a su alrededor, le prestaba una mirada curiosa y nada más, ignorándolo al momento siguiente, continuando con sus propias charlas y asuntos. Lo que esas personas no podían notar, era el inmenso cosmo de ese, aparentemente inofensivo joven, el cual, para aquel que pudiera sentirlo, era retador y ansioso por ser escuchado, era casi como si pidiera a gritos que alguien fuera a su encuentro, cual faro brillando en la penumbra, hasta que, finalmente, su llamado fue respondido.

Tras una leve y sonrisa de satisfacción, el misterioso joven alzo su rostro y abrió sus ojos, tan profundamente negros como su cabello, y ante él, encontró a un joven oriental de larga cabellera azabache, su torso estaba desnudo, y en la parte inferior de su cuerpo llevaba un pantalón negro, cubierto por los restos de lo que alguna vez fue una sagrada armadura dueña de un glorioso fulgor esmeralda.

Uno frente al otro se mantuvieron en silencio pero, la sola presencia de ambos basto para atraer a los curiosos, quienes comenzaron a rodearlos, susurrando ideas y pensamientos al respecto de los extraños en su aldea y dejando de hacerlo solo hasta que uno de esos extraños, se atrevió a sacar palabras de su boca. –Caballero sagrado de Aténa, yo, soy Hector, guerrero laureado de Apolo. –dijo, con cortesía, el misterioso joven.

El caballero del Dragón no sintió sorpresa alguna, él, sabía que la batalla contra Apolo comenzaría de un momento a otro. –Yo, soy Shiryu, caballero del Dragón. –dijo el caballero, y tras lo cual, logró ver como una sonrisa se forjo en el rostro del guerrero de Apolo, mientras este lo miraba. Lo que Shiryu tomo como burla y creyendo saber la razón de esa actitud, sentenció con un semblante de confianza. –Búrlate lo que quieras de mi estado, que al final sabrás el por qué, los dioses, anhelan tanto nuestra muerte.

El ambiente alrededor de ambos jóvenes, se volvía cada vez más tenso y pesado, los curiosos que les rodeaban se iban haciendo menos, quedando solo aquellos cuya curiosidad podía más que su razón y esos que se quedaron podían apreciar un duelo de miradas, con el silencio como campo de batalla.

Al final, otra risa ahogada, proveniente del mismo joven que fue dueño de la anterior, rompió el silencio. –Disculpa si eso fue lo que te pareció. –dijo enseguida el joven de cabello corto, desconcertando al caballero de Aténa y luego continuo. –Mi risa, aunque referente a tu estado, no fue de burla, sino de satisfacción, presentándote ante mí, con tu armadura destrozada, la prueba, recordatorio y testigo de cada una de tus batallas, me has honrado como guerrero, lo mínimo que esperaba de un guerrero sagrado. –Dijo en voz tranquila el guerrero laureado pero, en sus ojos negros, Shiryu notó una unión de pasión y jubilo que nunca antes había visto. –Y en respuesta a ese honor. ¡Te honrare de la misma manera! –exclamo, Héctor, rompiendo la serenidad y compostura que había mantenido hasta el momento, al tiempo que su cosmos comenzó a emanar de él, con un potencia que lo volvía visible. Eran como llamaradas envolviéndolo, al principio, ajustadas a la forma de su cuerpo, para luego ir tomando su propia figura.

La presente vista, ocasiono pánico y, en algunos casos, terror en los pocos espectadores que quedaban, de los cuales, algunos encontraban algo de sentido a lo que veían, rodeando a un anciano, que observaba a la distancia de varias casas, y escuchando su voz con la cual él murmuraba algo al respecto de "los guerreros de los dioses," tal como el mismo anciano los llamaba.

Shiryu, observo como el cosmos en forma de fuego, disminuía hasta volver a los adentros de su dueño, mismo, que ahora portaba una lustrosa armadura carmín que relucía con un brillo tan vivo como las llamas que la hicieron aparecer, ella le cubría casi por completo, salvo por el espacio dejado entre las hombreras y los brazos que llegaban hasta arriba de los codos, dejando ver parte de sus brazos, así como entre los pliegues que salían del cinturón las piezas de las piernas que subían más allá de las rodillas, dejando ver los pantalones blancos debajo. Cada pieza era delineada y contenía detalles en oro, exceptuando la pieza del torso, en donde únicamente, a la altura del abdomen, yacía el dibujo de la corona del sol, también grabado en oro. No llevaba casco pero, en su lugar, había una corona de laurel, de un brillante color dorado, que resaltaba entre la oscuridad de su cabello negro. Finalmente, esa imagen era enmarcada por la blancura de una capa que caía desde sus hombros, hasta estar a escasos centímetros del suelo.

De nuevo, como una llamarada, el cosmo del guerrero laureado, emergió haciendo ondear su capa y su cabello y a través de él, el caballero de Aténa pudo sentir el compromiso del guerrero ante él. Su batalla aún no iniciaba y su enemigo ya se preparaba a dar la vida por lo que fuera que estuviera luchando. Shiryu no entendía por qué pero, el adversario ante él le parecía distinto. Sus ojos, sus palabras, su cosmo, todo lo que podía sentir a través de esas cosas, formaban una combinación que él jamás había tenido que enfrentar y que por lo tanto, le volvía imposible, siquiera, imaginar los límites de su oponente más, aún así, no iba a permitir que eso lo cohibiera.

El cosmo del caballero del Dragón, también comenzó a emanar, con fuerza, de su cuerpo, y ayudados por esté, sus largos cabellos comenzaron a ascender, queriendo alcanzar el cielo y permitiendo ver, la figura de un dragón, dibujarse en su espalda. Ahora fue el turno del guerrero de Apolo, para sentir el sentir el cosmo del caballero de Aténa, un comso lleno de deber y de la voluntad para cumplirlo pero, Héctor, notó algo más, algo que parecía haberlo decepcionado.

–¡Caballero! –exclamó el guerrero de armadura carmín. –¡Ya es hora, no demores más y muéstrame el poder que se gano la ira de los dioses!

Shiryu, cayendo víctima de la provocación de su adversario y usando su deber de caballero como excusa, elevó su cosmo tanto como le fue posible, en preparación para su ataque pero, al hacerlo, la sombra de una duda emergió dentro de su corazón. Él decidió ignorarla y concentrarse en lanzar su golpe, el rozan sho ryu ha, y así lo hizo, gritando al cielo, el nombre de su ataque, Shiryu lanzo su puño contra hector, acompañado del rugir de un dragón y del poder para invertir el flujo de una cascada.

La fuerza, en el puño del dragón, disminuía al mismo ritmo en el que la duda en su corazón crecía, el caballero lo sabía pero, ya era tarde para detenerse, lo único que le quedaba era asegurarse de plantar su golpe en el cuerpo de su adversario pues, eso, era lo mínimo que su deber le exigía.

Para desgracia del caballero de Aténa, no le fue posible cumplir su cometido. El dragon en su puño fue parado en seco, por el puño de Héctor, que se impacto contra el suyo. Shiryu, consciente de la debilidad de su ataque, no se inmuto por el resultado pero, aún así, su confianza, como su cosmos, comenzaban a desvanecerse.

Unidos por sus puños y separados por sus brazos, el guerrero y el caballero, continuaron con su combate, en la forma de un duelo de miradas y en la cual, los ojos negros del guerrero, proyectando concentración, se clavaban en la mirada verde grisácea del caballero, la cual mostraba un enojo que parecía ir, más contra sí mismo, que contra su enemigo.

–Shiryu. –llamó el guerrero para luego preguntar voz calmada: –¿Tan pronto vas a decepcionarme? –su pregunta, en la cual había dejos de decepción, hizo enfurecer al caballero, y no por qué su oponente lo menospreciara, sino, por qué era él mismo sabía que esa reacción, no era infundada.

La tarde, se cernía a través del cielo gris, desde donde la bruma, aunque no tan espesa, caía con suavidad, rodeando la aldea, la montaña y el lago, como si la misma naturaleza presenciando el combate, intentara separar a ambos contenientes del resto del mundo, dándoles un lugar propio, donde arreglar sus asuntos. Lamentablemente, la naturaleza, no parecía ser tan amable y atenta con todos pues, mientras a ellos parecía mostrarle su cara amable, lejos de ese lugar y sus montañas, tres niños contemplaban la cara amarga de la naturaleza.

Bajo un cielo despejado, que comenzaba a tomar ligeros tonos anaranjados, al lado del camino gris, cruce de viajeros y sus vehículos, estaba un casa de madera, pintada de rojo, y rodeada por un mar dorado de trigo, dejando abierto, solo el camino que iba desde su puerta hasta la puerta, abierta, de la cerca blanca, que delineaba la granja.

Gotas saladas de tristeza, repletas con la inocencia de tres pequeños, caían sobre el pelaje blanco de un can, que fácilmente sobrepasaba, en tamaño, a cualquiera de ellos, el objeto de su desconsuelo, que yacía inerte en el suelo a un lado del camino, mismo, por el cual, dos jóvenes, uno castaño y el otro pelirrojo, se venían acercando con paso relajado.

Los sollozos de los niños, llegaron hasta los oídos de los jóvenes, quienes se apresuraron para saber lo que ocurría. Al llegar a las puertas blancas de la cerca, los ojos de los jóvenes se encontrar con el pobre animal, rodeado por esos tres niños que, inmersos en su tristeza, ni siquiera notaron a los dos extraños que se acercaron a ellos, Seiya y As vieron marcas negras sobre el pelaje, blanco como nieve, así como señales, en la tierra suelta, de que los niños había arrastrado al pesado animal, desde el camino.

Seiya comenzó a sentirse incomodo por la pena de los infantes, pero no sabía que decirles y lo demostró con una sonrisa nerviosa, mientras ponía su mano en su nuca, y con esa misma expresión, volteo para ver a As y preguntarle, que decirles pero, As ya no estaba a su lado; él se acercó aun más a los niños, clavó su mirada en ellos por un momento, admirándolos y tras algunos momento, les quiso confortar diciendo: –Tranquilos, dejen ya de llorar, el solo está durmiendo.

Los niños al fin notaron que ya no estaban solo, y mirando hacia As, vieron una sonrisa que, por un momento, los hizo olvidar su tristeza así como la desconfianza que, normalmente, deberían de tener con un extraño. As se arrodilló y colocó una mano sobre el costado del animal, Seiya tuvo el impulso de detener a su amigo pero, el hacerlo, significaría regresarle melancolía a los niños, y aunque, darles falsas esperanzas tampoco ayudaba mucho, decidió esperar a ver qué pasaba.

As parecía alejarse de toda realidad mientras, mantenía su mano sobre el can, no le apartaba la mirada. Seiya, mirándolo, tuvo la impresión de que había algo más sucediendo en esa misma escena y que él era incapaz de ver, aunque lo intentaba. Finalmente, el rostro de As, se relajó un poco y luego, con su mano, zarandeó levemente al animal, el cual reaccionando a ello, se levantó del suelo y comenzó a correr entre los niños, que podían sentir muchas cosas, pero ninguna de ellas, ni siquiera se acerba a las tristeza.

El perro se separo de ellos, corriendo como si redescubriera la libertad, avanzó hacía la casa de madera pero, antes de llegar a ella, se detuvo junto a un hombre, de edad madura, con canas en su corto cabello y en su barba, el cual se mantuvo mirándolos sin decir una sola palabra, tal como los jóvenes los hacían con él manteniendo tanto silencio como era posible gracias a los gritos de júbilo de los niños que corrían hacia su mascota.

El tumulto ya había pasado, hombres y mujeres recobraban la paz en sus vidas, fuera de algún niño que aun lloraba a las faldas de su madre, la tranquilidad había regresado a esa pequeña aldea, escondida entre la bruma de las montañas de oriente. Todos sin excepción daban lo mejor de sí pero, a algunos, les era imposible alzar la mirada y dirigirla a aquella, la montaña que les daba su sombra, y preguntarse, lo que habrá sido del combate entre los guerreros de los dioses.

En aquella montaña, un camino en espiral surgía de entre las rocas, rodeándola desde su base y hasta su cima y en ese camino, una nube de fuego emergió rugiente, calcinando el aire. Cuando la nube carmesí se deshizo, de sus entrañas, con quemaduras en su cuerpo, cayó al suelo el caballero del Dragón.

Tambaleante, el caballero de Aténa, se levanto poco a poco del suelo, hasta quedar de pie. –Supuse que un sagrado caballero de Aténa, opondría más resistencia que esto. –se escucho en voz del guerrero de Apolo, proveniente desde atrás de Shiryu. –Así sea –contesto el caballero con voz cansada, para luego proseguir de una manera más enérgica, diciendo: – Héctor, así se lo último que haga, he de vencerte. ¡Ese es mi deber!

Tras su exclamación, Shiryu, se giró rápidamente, llevando su puño por delante, con la intención de asestarlo en el enemigo que tenía justo detrás. Héctor lo vio venir, pero no le importó, esta vez, no tuvo la necesidad de defenderse, el ataque de su adversario lo golpeó directamente en el pecho pero, no logró efecto alguno, más que agitar su capa.

El guerrero laureado miró al caballero con decepción, los ojos de ambos de nuevo se enfrascaron en duelo, entonces, Héctor, pudo descubrir lo que se ocultaba tras los ojos y el cosmos de Shiryu y, esbozando una leve sonrisa para de alardear de su logro, preguntó: –¿Cuál es su nombre?

Shiryu, perplejo, no puedo hacer más que seguir mirando a Héctor, en espera de que se explicara por su pregunta. Héctor, en silencio y como si nada pasara, se separo del caballero, y caminó hacia un costado con tranquilidad, acercándose a la orilla del camino. En la orilla, atravesando la ligera bruma con su mirada, observo el paisaje conformado por la cercana aldea, en la que se encontraron, así como el lago que estaba justo debajo, al pie de la montaña y rodeado por escasos arboles.

–¿Cómo fue que no me di cuenta antes? –preguntó para sí mismo, el guerrero, quien se giro contra el caballero al terminar la pregunta, y continúo: -Tu deber es tu vida, siempre lo ha sido y lo será pero, tus ojos y tú mismo cosmos, me dicen lo que sufres por cumplirlo ahora. Pero en vez de dejarlo, intentas seguir con el aunque te duela, pues es lo que te queda, lo que significa que él ha terminado por alejarte de algo, que resulta ser algo importante, según dicen tus ojos o ¿Me equivoco?.

Shiryu, por un momento, se olvidó del combate, viajando, en su memoria, hasta aquel sito que ya parecía tan distante y que le acababa de ser recordado. El se veía a sí mismo, dentro de la cabaña en la que vivía en los Cinco Picos, siendo rodeado, de una manera casi violenta, por los desconsolados brazos de una mujer, vestida, como él, a la manera oriental y dueña de un largo cabello azabache y brillante, que se guardaba en una trenza cuya punta alcanzaba su cintura.

Shunrei, la dama llorosa que lo retenía con sus brazos, sufría pues, finalmente, después de tanto, sus oraciones al fin habían traído de vuelta a su caballero desde los confines del reino de Hades y del desastre del templo de Aténa pero, ahora, este se disponía a partir nuevamente. El llamado de los caballeros de Aténa quería sacarlo de su hogar para llevarlo, una vez más, a encarar a la muerte y eso era algo que, ella, no soportaba.

–No, parece que no me equivoco. –confirmo el guerrero de Apolo y con sus palabras, hizo regresar al caballero del dragón, de aquel mundo en el que se perdió por momentos. La actitud prepotente del guerrero, terminó por molestar al caballero haciéndole exclamar: ¡No pretendas conocerme!

Shiryu, se abalanzo nuevamente contra Héctor pero, este desapareció repentinamente de la vista del caballero, hasta que, ya tarde, se percato de que se encontraba ya junto a él, agachado a la altura de su abdomen y con su mano derecha colocada sobre este. Segundos eternos y mudos pasaron, y luego, el caballero del dragón fue envuelto en una llamarada proveniente de la mano de su agresor. La nube, de un danzante carmesí, culmino en una explosión, cuyo rugido, arrojo al caballero hasta estrellarse contra la pared de la montaña.

–Shiryu, antes que un hombre, tu eres un caballaero sagrado, esa fue la decisión que tomaste la primera vez que usaste tu armadura –dijo Héctor, mientras se acercaba a paso lento al caballero, sus palabras reiniciaron el viaje de la mente del caballero de Aténa, llevándolo a aquella escena con compartió con Shunrei, solo que ella ya no lo estaba abrazando, sino que, ya más controlada, le daba la espalda.

La dama, intentando despojar a sus ojos de sus últimas lágrimas con la manga de su blusa oriental, al fin pudo serenarse y, con una dulce voz comenzó a expresar lo que sentía, haciéndole entender a Shiryu que, aunque no fuese algo que le gustara, ella estaba perfectamente conciente de lo que era su deber de caballero, después de todo, desde niña creció junto a él y bajo el cuidado del viejo maestro.

Shunrei, sabía que, Shiryu, era un caballero con un deber, y eso, aunque doloroso, era algo que ella tenía que aceptar y al fin lograba hacerlo. Ya no quería estar entre él y su deber, no quería ser una presión más con la que él tuviera que lidia y con esa idea, volteó para mirar a Shiryu, el juego de colores verdes y grises en las miradas de ambos se encontraron pero, más que disfrutarlo, Shiryu podía leer el mal presagio en inmerso en aquellos ojos que siempre le parecieron tan bellos.

–Shiryu, antes que un hombre, tu eres un caballero de Aténa y eso siempre será así, ya lo he entendió, y siempre terminamos en esto que no es justo ni para ti ni para mí. Por eso, Shiryu, será mejor que me vaya.

"Antes que un hombre, eres un caballero con un deber" "Fue la decisión que tomaste." Las palabras de Shunrei y de Héctor, revoloteaban sin control dentro de la mente de Shiryu, aunque este solo pretendía ignorarlas, pensando que no era más que un juego de su enemigo, en el afán de confundirlo pero, eso no le explicaba el por qué, el aparentaba entender su situación lo que lo orilló a lanzar una pregunta: -¿Cómo es que tu….

–Caballero, tú y yo, nos parecemos mucho –dijo el guerrero, interrumpiendo abruptamente la pregunta que le era hecha, para luego continuar: –El deber, es la lucha por tus ideales, lo que crees y lo que eres y es gracias a lo que eres, que has conseguido algo en tu vida. No, Shiryu, tu deber no te ha arrebatado nada, al contrario, seguirlo te ha dado lo que tienes y no me refiero a una razón para morir, sino a una para vivir.

Una vez más, el caballero del dragón se incorporó, las palabras de Héctor habían eludido sus oídos, clavándose directamente en su alma. El cuerpo, le temblaba, su vista se nublaba, el aire le faltaba pero, aún así, se levantó. Eran las palabras que escuchaba las que lo hacían levantarse, fuese como el guerrero decía, que ellos no eran tan diferentes, o fuese algo más, la verdad que esas palabras guardaban le era innegable, sentía que le reconfortaban pero, ¿Por qué? Era su pregunta.

–Diez segundos, caballero, eso es lo que te doy para que lo entiendas, si no lo haces, morirás –Sentenció, el guerrero, al tiempo que su puño era envuelto en un flamante fulgor carmesí, solo que esta vez, su palabras no llegaron a nada, más que a un Shiryu que, de nuevo, lo ignoraba.

Otra vez, inmerso en aquel fulminante recuerdo, referente a la despedida que le daba aquella mujer, con la que siempre quería estar pero de la que siempre tenía que separarse y quien ahora, sin más, tomaba una maleta y se disponía a marcharse, no sin antes pedirle que por ningún motivo fallara a su deber, recordarle que siempre rezaría por él y que esperaría con ansia, el día en que se volvieran a ver. Aquella vez, antes de ir reunirse con el caballero del cisne, en el templo de Aténa, fue la última vez que la vio así como el final de su recuerdo.

Ahora vagando entre pensamientos, los cuales eran adornados por el sonido de una cuenta regresiva, Shiryu reflexionaba, las palabras de Héctor, que se fundían con el recuerdo de la decisión de Shunrei, persiguiendo un significado que se escapaba entre sus manos.

La cuenta regresiva seguía su marcha pero, los pensamientos del caballero aún no llegaban a nada. Seguía pensando y recordado, pero aún no podía encontrar eso que le diera la fuerza para vencer e inmerso en ese torbellino de ideas y suposiciones, se centro en la frase de despedida que ella le dio y fue como si una luz brillara sobre la oscuridad que ensombrecía.

–¡Cero! –exclamó finalmente Héctor, dando fin al tiempo antes dicho para, enseguida, desvanecerse en el viento, junto con el danzante fulgor que emana de su puño, ante la mirada incrédula de Shiryu y lo próximo que este ultimo supo, fue un impacto que, de la nada, se incrustó en su abdomen descubierto, donde un leve resplandor carmesí se convirtió en una violenta explosión, cuyas furiosas llamas, acogieron en su abrazo al caballero del dragón, mientras esté surcó por un momento el cielo, llevándolo desde la pared de la montaña, hasta caer al suelo, en la orilla del camino, donde las llamas lo liberaron de su ardiente abrazo.

El guerrero de Apolo, de pie, justo en el lugar donde antes está parado el caballero de Aténa, mantenía su puño alzado al cielo, conservado la postura que tuvo al dar el golpe pero, lejos de regodearse en su victoria, bajo su brazo y se limitó a soltar una leve risa, así como la palabras: –Finalmente, lo has entendido.

A las espaldas del guerrero, el caballero se levantaba, su cuerpo ya no temblaba, su respiración era tranquila, su vista era clara, su cosmos había resucitado y en sus ojos no quedaban señas de que alguna vez hubiese existido la duda.

–Proteger la justicia y la paz en este mundo, así como proteger al mundo mismo, ese es mi deber, heredado por mi diosa, y gracias al cual, la pude conocer a ella, quien fue capaz de entenderme al punto de tomar la decisión de hacerse a un lado para dejarme cumplir con ese deber, y es por ella y su sacrificio, que he de ver mi deber cumplido, así se me vaya la vida en ello pero, hasta entonces, ese mismo ideal me mantendrá con vida. –dijo, el caballero del dragón. Sus palabras parecían salir de él sin que tuviera que pensarlas, como si nacieran directamente en sus labios.

Su voluntad, no fue lo único que sufrió un cambio pues, mientras hablaba, su cosmos seguía creciendo, llevando con él a su negra cabellera, y alcanzando un punto en el que logro que los despojos de la armadura de bronce, que aun mantenía puestos en la parte inferior de su cuerpo, cambiaran ese brillo esmeralda, opaco y sin vida, por un reluciente fulgor dorado.

Héctor se acercaba a Shiryu, con un semblante repleto de seriedad. –Veamos si te has vuelto tan digno como aparentas, poniéndote, nuevamente, la prueba de mi Fantasma Carmesí –dijo el guerrero, alzando su puño a la altura de su pecho, y envolviéndolo en llamas, y desvaneciéndose por completo en aire.

Esta vez, el caballero del dragón, no fue amedrentado. El ya había sido abatido por ese ataque, y no se permitiría volverlo a hacer, por el contrario, el pretendía terminarlo todo en ese momento, de un solo golpe, volviendo a ofrecer el saludo que le fue rechazado al inicio del combate, su Sho ryu ha.

La furia del dragón salió disparada bajo la imagen del puños de Shiryu, al ya conocer a lo que se enfrentaba, no necesito más que dirigirlo al punto correcto, justo al frente de él. Eso fue suficiente para que el devastador golpe chocara contra lo que en principio no parecía más que aire pero, que finalmente se tornó en la figura de Héctor. El impacto fue tan brutal que no solo destrozo la capa del guerrero tan solo con el efecto de su fuerza, arrojándolo contra el muro de la montaña, sino que, además abrió la tierra bajo los pies de Shiryu, casi separando por completo, el lugar donde estaba parado, del resto del camino.

Su rival cayó sin reaccionar y de manera violenta al suelo y al verlo, el caballero, se sintió aliviado, con la victoria en sus manos, y también, desconcertado. –Gracias por hacerme entender pero, al usar tu técnica por segunda vez, pude predecirla sin –dijo Shiryu, en un tono de respeto hacia el cuerpo inerte que yacía delante de él.

Proveniente desde ese cuerpo inerte, una risa comenzó a escucharse. –Como si fuera a dejarte ir tan fácil.-dijo Héctor, levantándose, con pesar, del suelo. Ante un caballero impresionado, el guerrero se encontraba ya de pie con una sonrisa en su rostro, la cual era opacada por la maraca del golpe que recién recibió. –Bien, ahora serás capaz de darme un combate digno de mi muerte –finalizó el guerrero.

Shiryu fue sorprendido por las últimas palabras de Héctor, las cuales, hacían parecer que él buscaba la muerte sin embargo, su mirada decía todo lo contrario. En la negrura de los ojos del guerrero laureado habitaba un fuego que él caballero jamás había visto en sus adversarios, un fuego imposible de portar por alguien que buscara la muerte o que siguiera un fin vano, un fuego que simbolizaba emoción y el ardiente deseo de triunfar, un fuego encendido por la devoción a su causa y a su deber.

Cerrando sus ojos, Héctor guardo silencio y, por tercera ocasión, su puño es tomado por el ardiente abrazo del danzante fuego carmesí, dio dos pasos hacia el frente y al dar el tercero, su imagen se fue con el viento.

El caballero del dragón ya había derrotado su ataque una vez, es que por más poderoso que fuera, este solo se limitaba a arrojar su puño de frente, lo único que debía hacer era esperar el momento y responder de la misma manera que hizo antes, y pensando en ello, tomó confianza. Y así un confiado caballero, se preparaba para el momento decisivo pero, para su desgracia, nada resultó de la manera en la que lo planeó.

A un lado suyo, el crujir de rocas, llamó al caballero y al voltear, solo vio una pequeña área, del camino de piedra, sumirse cual cráter, soltando una pequeña nube de polvo que se disipó al instante y segundos más tarde, sintió una terrible fuerza incrustarse en su costado, el fulgor escarlata reapareció y el vehemente despliegue de olas carmesí lo hizo nuevamente su presa, dejándolo libre solo hasta que su rostro, de nuevo, se encontró con el suelo, dejando a ambos parados a la orilla del camino.

–Te pediré un favor, por ti y por mí, no me compares con los mediocres e infelices a quienes haz vencido con tan solo entender de que se trata su técnica, intentar leernos de esa forma a nosotros, los guerreros laureados, solo te traerá la muerte –dijo con orgullo el guerrero.

En el suelo, el caballero del dragón estaba atónito, su oponente fue capaz de modificar su técnica, de un momento a otro para sorprenderlo, moviéndose no en línea recta, sino hacia un costado y luego cambiando la dirección de manera abrupta, apoyándose en el suelo. Shiryu supo que Héctor no alardeaba, considerarlo un enemigo común solo le causaría su muerte.

El, ahora, dorado caballero del dragón, a la par que su cosmos, comenzaba a alzarse y en donde su cuerpo se detuvo, su alargada cabellera continuo, intenta seguir a su cosmos hasta ese punto en el cielo en que ya se encontraba. Héctor se percató del nivel que estaba alcanzado el cosmos que lo agredía y a sabiendas del riesgo que representaba seguir escalando el combate, decidió darle termino.

–¡Shiryu, esto es todo, el siguiente golpe será el fin, sea para ti o para mí! –Ultimó el guerrero con unos ojos fijos en su adversario, y a través de ellos, se podía distinguir el brillo del honor y del orgullo, que como fuego, ardían a la par que su cosmos y, este último, no se notaba sobresaltado ni impaciente como el de Shiryu, por el contrario, mostraba una unión única de serenidad y emoción, para el caballero del dragón, era obvio que el guerrero de Apolo, estaba hecho para esos momentos.

El caballero estaba de acuerdo con el guerrero, el siguiente golpe seria el último y necesitaba asegurarse de que fuera su adversario quien lo recibiera y mientras él pensaba la manera de lograrlo, el guerrero, realizaba, por última vez, la preparación de su técnica, las llamas, más intensas que nunca, tanto en color como en fuerza, envolvían su puño.

Mirando a su alrededor, Shiryu se topó con la vista del lago que se posaba justo debajo de ellos, al pie de la montaña y con él, logró encontrar la manera de evitar que su enemigo lo volviera a sorprender. –Entonces, ven, y terminemos esto –dijo el caballero, esbozando una sonrisa de confianza y luego se arrojo hacía el lago.

El guerrero no tardo mucho en comprender lo que su oponente intentaba, estar a mitad del aire para privarle de un punto de apoyo y cambiar su dirección. El plan de su adversario logro sacarle una sonrisa, de aparente satisfacción y en seguida exclamó: -¡Acepto tu reto caballero, será un golpe directo!

El guerrero volvió a desvanecerse y a mitad de la caída, el caballero podía sentir su cosmos acercándose. La velocidad a la que su enemigo se acercaba, era la misma en la que su cosmos crecía hasta que, finalmente, a una distancia mínima del lago, el caballero supo que era el momento.

–¡Rozan Hyaku Ryu HA! –Exclamó, el caballero, con el alma y el corazón, extendiendo sus manos al frente mientras que el fulgor dorado, en los despojos de su armadura, parecía brillar cada vez más y tras de él, en el lago, luces escarlatas aparecían en un numero incontable, para luego emerger como ojos junto a los dragones forrados en agua a lo que pertenecían, ascendiendo y llegando hasta el guerrero laureado quien, aun invisible, comenzó a sufrir sus embates.

Lejos de amedrentarse, el guerrero soltó una carcajada, acompañada de las palabras: -¿En realidad crees que eres el único capaz de llegar a ese nivel?

El guerrero se volvió visible, mientras continuaba recibiendo el impacto de los dragones, su cosmos comenzó a arder y elevarse aun más de lo que ya lo hacía, su cuerpo y armadura comenzaron a fundirse dentro de un resplandor dorado y blanquecino al tiempo que todo su ser comenzaba a emanar ondas de calor, mismas que evaporaban el agua en los dragones antes de que llegaran a él, lo que le permitió seguir bajando, aunque con dificultad, hasta alcanzar a Shiryu.

Ya cara a cara, Héctor, realizó el último esfuerzo, usando todo lo que tenia para asestar el golpe definitivo en el cuerpo de Shiryu. Basto para con que sus nudillos apenas tocar el abdomen del caballero para crear, no solo una nube, sino, un mar incandescente de fuego que cubrió por completo el área del lago.

Desde las mismas entrañas ardientes en las que Héctor aún se encontraba, emergieron un centenar más, de dragones, esta vez, hechos de fuego, y con sus rugientes embestidas, se aprovecharon de un cansado y pasmado guerrero, destrozando su armadura y arrojándolo a través del cielo.

A orillas del lago, que fue mudo testigo del reciente choque de titanes, Shiryu, se mantenía de pie a travesando el lago con su mirada. Su torso desnudo, estaba cubierto con heridas y quemaduras, y los pocos trozos de armadura que aún portaba en sus piernas, habían recuperado su opaco tono esmeralda. El cosmos de su rival ya no se sentía, aunque no se atrevía a asegurar que estuviera muerto, ya no se atrevía a juzgarlo como solo un enemigo más, lo único que sabía era que su batalla ya había terminado y eso le era suficiente de momento

Por su parte, cruzando el lago y alejándose del mismo, Héctor, con su armadura cayéndose a pedazos y su cuerpo lleno de las marcas del último ataque que recibió, dijo en palabras que evocaban pena: -Shiryu, al ser quien respondió mi llamado, haz sido escogido. Si en verdad resultas ser el guerrero que hoy fuiste, veras con tus propios ojos la verdadera guerra, solo que probablemente dejar a tu corazón, olvidado en el camino. Hasta entonces, caballero.

El anaranjado sol, ya con tintes purpura carcomiendo su esplendor, comenzaba a esconderse en el horizonte, y con su agonizante brillo iluminaba el camino de una pequeña camioneta que recorría la carretera. En la caja de la camioneta, viajaban un As que se mantenía pensante, con sus ojos azules fijos en la cortina de arboles que, aun lado de la carretera, ocultaba el horizonte, así como un Seiya que jugaba felizmente con un gran perro, de blanco pelaje que, cariñosamente, no dejaba de lamerle la cara. En medio de ese jugueteo, Seiya, preguntó: -As. ¿Cómo supiste que el perro solo estaba dormido?

As, sin hacer mucho caso ni apartar la vista de ese punto entre los árboles, contestó: -No lo sé, solo fue un presentimiento.

Seiya estaba todo, menos, conforme con la explicación de su amigo pero, antes de que pudiera reclamarle algo, fue distraído por algo entre los árboles, en algún punto perdido, más allá de ellos.

Al volver de su transe, Seiya, golpeo la cabina de la camioneta, indicándole detenerse. Ante la mirada ingenua de As, Seiya se bajó de la camioneta y el, sin más remedio, tuvo que seguirle. Ambos enfrente del gran bosque, fueron llamados por una voz que venía desde la camioneta.

El mismo hombre de barba y de edad madura que se toparon en la granja, cuestionaba la decisión de los jóvenes. Seiya, sonriente, le pidió que no se preocupara, pues ellos seguirían a pie. Tras momentos de preguntarse en silenció si sería correcto dejarlos ahí, el hombre en la camioneta asintió, y puso en marcha la camioneta, dejando atrás a los jóvenes.

-¿Cómo sabes, que este es el camino correcto? –preguntó As, mientras observaba el bosque en el que Seiya pretendía adentrarse. A lo que su amigo respondió con una sonrisa casi de burla: -No lo sé, solo es un presentimiento.

Ignorando la preocupación que daba adentrarse en un terreno inhóspito y desconocido, con carcajadas, los jóvenes entraron en el bosque, y sin estar consientes que lo hacían bajo una mirada vigilante que ocultaba sus intenciones y emociones detrás de una máscara que era coronada y enmarcada, por sedosos mechones de cabello, de un color como el jade.

Continuara…

Bueno, eso fue mi segundo capítulo, espero que les haya gustado, estaré esperando sus reviews.

Se cuidan, gente.