CAPÍTULO 2: El legado
El tosco visitante al ver la cara de desconcierto de Harry dijo:
-Creo que nunca hemos sido presentados, mi nombre es Aberforh, Aberforh Dumbledore y tú, evidentemente, eres Harry Potter. Perdona que sea tan directo pero ¿puedo pasar? Es de noche y no me hace ninguna gracia estar aquí en medio sabiendo que los mortífagos pueden estar muy cerca.
A Harry la sorpresa le impedía reaccionar.
-¿Ha dicho Dumbledore?
- Si, chico, maldita sea, aparta de una vez y déjame entrar.
Harry se apartó el hombre entró en el recibidor, Vernon Dursley había salido de la sala de estar como una exhalación, dispuesto a impedir que ningún estrafalario personaje volviera a poner los pies en su casa, pero tía Petunia consiguió hacerle volver al salón aunque seguía soltando improperios y amenazas mientras ella señalaba a Harry que podía hacer pasar a su visitante a la cocina. El gesto que la señora Dursley hizo con el brazo fue suficiente para Abertforth, que sin esperar otra invitación se dirigió hacia la cocina.
-¿Ha dicho Dumbledore?, repitió Harry mientras entraba en la cocina siguiéndole. El hombre ya se había sentado en una silla, desparramando sus largas piernas por debajo de la mesa.
- Ya te he dicho que sí, ¿nadie te lo había contado?, Albus era mi hermano.
Harry estaba impresionado, jamás se había parado a pensar que Dumbledore pudiera tener familia, aunque ahora que lo pensaba le parecía recordar vagamente haberle oído en una ocasión algo acerca de un encantamiento que su hermano había hecho a una cabra. De todas formas quien iba a pensar que el propietario de Cabeza de Puerco, el local más mugriento y menos recomendable que Harry conocía, era el hermano de Dumbledore.
Miró al anciano con detenimiento, era tosco y desgarbado, su ropa estaba sucia, su aspecto en general era desaliñado y su higiene personal dejaba bastante que desear; sus modales eran bruscos, se diría que la simple idea de cruzar dos palabras con otro ser humano era profundamente desagradable para él y no hacía nada por disimularlo. Aquel hombre no parecía tener nada en común con el elegante y majestuoso porte de Albus Dumbledore, ni con sus exquisitos modales y educación, sin embargo ahora que conocía su parentesco apreciaba cierta similitud en sus rasgos y comprendió porque había algo en ese hombre que siempre le había resultado familiar.
- Perdone señor, pero ¿qué está haciendo aquí?
- Verás chico, yo era la única familia de Albus pero al parecer él te apreciaba mucho. Tú y yo tendremos que repartirnos su herencia.
- ¿Su herencia?, ¿Dumbledore me ha dejado algo, a mí?
-A mí me ha dejado el contenido de su cámara en Gringots, pero casi todo lo demás es para ti, excepto el pajarraco. Él siempre decía que "estrictamente no le pertenecía, que el bicho era perfectamente capaz de cuidarse solo y que no era una mascota sino un compañero que tras su muerte decidiría que camino seguir"- Aberfoth fracasaba estrepitosamente tratando de imitar la serena voz de su hermano, después se encogió de hombros, como si todo aquello no le importara lo más mínimo y luego continuó.- Pero todo lo demás es tuyo, enhorabuena, eres el propietario de un montón de cachivaches.
Harry se dejó caer en una de las sillas, la mención a Fawkes, el fénix de Dumbledore, había desenterrado de nuevo la tristeza dentro de él, en ese mismo momento le parecía escuchar el triste lamento del fénix que sonó durante horas por todo el colegio tras la muerte del director. Permaneció sentado, ensimismado durante unos segundos en su dolor, hasta que se dio cuenta de que su visitante barría con una recelosa mirada la reluciente cocina de tía Petunia.
- Disculpe que no le haya ofrecido algo para tomar pero esta no es mi casa, es de mis tíos, y a mí todavía no me está permitido hacer magia fuera del colegio, así que no puedo invocar nada.
-Tampoco tomaría nada en este lugar, me da escalofríos. – Abertforth desvió la mirada de los azulejos de la cocina y la fijó en Harry. - Mira muchacho solo quiero que me digas adonde puedo enviarte tus cosas y me marcharé de aquí con mucho gusto.
Harry no sabía que contestar, estaba abrumado por el hecho de que Dumbledore le hubiera elegido para heredar sus cosas, pero ¿cómo podría él hacerse cargo de semejante legado?, ni siquiera tenía un sitio adonde ir. Tenía pensado pasar unos días en La Madriguera, con la familia Weasley, pero no podía pedirles que se hicieran cargo de todas las cosas de Dumbledore.
- Verá, yo me marcho hoy de esta casa, en cuanto esté instalado le mandaré un recado con la nueva dirección o pediré a alguien que vaya a por mis cosas, solo serán unos días. –Añadió al ver una expresión de disgusto en la cara del viejo.
-Como quieras –dijo encogiéndose de hombros- a mí no me molestan pero será mejor que me lo digas cuanto antes si quieres recibirlos en buen estado, algunos de esos trastos parecían a punto de romperse y de momento están en el almacén de Cabeza de Puerco.
Esa información fue suficiente para que Harry se convenciera de que sería mejor sacarlos de allí cuanto antes. Fue tras Abertforh, que ya estaba en el recibidor, y en cuanto cerró la puerta subió corriendo a su habitación a terminar de recoger sus cosas.
Sobre la cama había quedado olvidado el colgante de Lily, Harry lo cogió con cariño y se lo colgó al cuello, lo guardó por dentro de la ropa y sintió el frío contacto del metal con su piel.
Guardó los libros en su baúl y miró el reloj, en unos minutos sería media noche y cumpliría diecisiete años, la mayoría de edad en el mundo de los magos. Por fin podría hacer magia sin temor de que alguien del Ministerio se presentara allí amenazando con romper su varita. Estaba ansioso por salir de esa casa y llegar a la Madriguera, allí estaban sus mejores amigos, Ron Weasley y Hermione Granger, y también Ginny, la pequeña de los Weasley, su querida Ginny, por quien tanto había estado estudiando las últimas semanas. Tenía que ser un experto oclumántico para que Voldemort no pudiera saber lo importante que ella era para él, solo así podría protegerla.
Romper con Ginny había sido la decisión más dura que había tomado nunca. Perder a las personas a las más quería era una constante en la vida la vida de Harry, primero habían sido sus padres, luego su padrino, después Dumbledore, todos habían muerto a manos de Voldemort o de alguno de los suyos, le habían sido arrebatados, pero a Ginny había tenido que renunciar.
Aunque Ginny no le había reprochado nada reencontrarse con ella en la boda de Bill y Fleur resultó tan doloroso como Harry se imaginaba que sería, al verla caminar hacia el altar precediendo a la novia quiso desviar la mirada pero no pudo hacerlo. Fleur, la novia, era nieta de una veela y conservaba parte de ese encanto hipnótico que hechizaba a los hombres. Vestida de novia estaba preciosa y nadie podía dejar de mirarla, nadie excepto él que no podía apartar la vista de Ginny. Por un momento pensó que si no hubiera estado sentado le habrían fallado las piernas y el miedo de no poder mantener su decisión de alejarse de ella se apoderó de él.
La celebración fue familiar, sin demasiados invitados, pero muy alegre, con todos los hermanos Weasley, especialmente los gemelos, haciendo de las suyas. Aquel día Fred y George habían acabado con todas las existencias de la sección de artículos de broma de su tienda. No hubo invitado que no probase alguno, y los famosos fuegos artificiales de los surtidos Weasley habían iluminado La Madriguera y sus alrededores durante toda la noche. Para los hermanos fue estupendo volver a estar todos juntos, incluso Charlie había viajado desde Rumanía para asistir a la boda del mayor de los Weasley, estaban todos excepto Percy, que continuaba sin relacionarse con el resto de la familia. Aunque trataron de no darle importancia al asunto era evidente que la señora Weasley lamentaba mucho su ausencia, tenía muchas esperanzas de que el feroz ataque que Bill había sufrido a manos de un hombre lobo y la cercanía de la ceremonia ablandaran el corazón y el orgullo de Percy, pero no había sido así.
De todos modos fue un día feliz y todos disfrutaron a lo grande, incluso Harry, aunque él y Ginny apenas se saludaron y procuraron evitarse en la medida de lo posible, para alivio de Harry entre todo el alboroto y la confusión nadie pareció darse cuenta de que ellos se miraban más y se hablaban menos de lo habitual. Temía que la familia Weasley, que siempre le había acogido como a un hijo, cambiaran su trato hacia él después de aquello, pero si conocían su relación con Ginny ninguno quiso entrometerse.
Harry miró la hora, faltaba un minuto para las doce, la habitación estaba impecable, en cuanto bajara su baúl, la escoba y la jaula de Hedwind no quedaría en aquella casa ningún rastro suyo, ninguna evidencia de que había vivido allí durante dieciséis años. Sacó su varita e hizo un conjuro levitatorio para que el baúl bajase las escaleras, en el recibidor sonó el timbre.
Desde lo alto de la escalera Harry vió como tía Petunia se apresuraba a abrir la puerta, esta vez Vernon no había salido de la sala, aunque Harry podía escuchar sus bufidos desde donde estaba. Al llegar abajo se encontró con Lupin, Ojoloco Moody, Tonks y Kinsley Shacklebolt.
- Buenas noches. Feliz cumpleaños Harry. Dijo Lupin mientras los demás saludaban con un gesto.
- Buenas noches a todos, gracias.
- Estás preparado, ¿verdad?
- Si, podemos irnos ahora mismo.
- Está bien, como todavía no tienes el carnet de aparición hemos solicitado al Ministerio una autorización para usar un traslador, nos pareció lo más seguro. El baúl es demasiado voluminoso, no podrás llevártelo pero no te preocupes nosotros nos encargaremos de el.
- Yo iré contigo Harry, dijo Tonks sonriendo, necesitaremos algo inservible, ¿podría prestarnos algo?
Tía Petunia que se había quedado parada en el recibidor dio un respingo al ver que se dirigían a ella.
- Eh, algo…si, claro.
- Cualquier cosa servirá, una lata de refresco vacía por ejemplo, dijo Harry.
Lupin puso una expresión seria.
- Lo más seguro sería hacerlo desde aquí, si no hay problema, claro - dijo mirando a la señora Dursley.
-Tendremos que hacer un poco de magia, si no te importa -explicó Harry- enseguida terminaremos y no estropearemos nada, - y para estar seguro de que su tía le daría su consentimiento añadió en tono despreocupado - de todas formas mejor desaparecernos aquí que donde puedan vernos los vecinos.
- Si, claro, claro - Contestó tía Petunia horrorizada por la posibilidad de que los vecinos vieran desaparecer a alguien en su jardín.
Se dirigió a la cocina y tendió a Tonks una lata que esta posó sobre la mesa, después apuntó con su varita y dijo:
- Portus.
Pero antes de que se marcharan Tía Petunia todavía tenía algo que decir:
- Adiós Harry, espero que tengas mucha suerte y que te vaya bien.
- Adiós.
- Espera un momento, ¿querrás hacer algo por mí? Si consigues librarte de él ¿me avisarás? Me gustaría saber que estás bien.
- Lo haré.
- ¿Estás listo, Harry?, preguntó Tonks.
- Si, vamos. - Harry miró por última vez a su tía. - Adiós.
Harry cogió con fuerza su escoba, él y Tonks se acercaron a lata y al mismo tiempo posaron sus manos sobre ella, en un instante ambos desaparecieron ante una exclamación de asombro de tía Petunia que ellos ya no llegaron a escuchar.
