Creo que este capítulo me quedó un poco denso porque no tiene diálogos pero en su momento me apeteció escribirlo así, contaba justo lo que quería y más o menos como me apetecía hacerlo. Posiblemente ahora cambiaría alguna cosa pero como ya está publicado así en otras páginas lo dejo igual. Un saludo a todos, aunque seais poquitos y remolones a la hora de dejar reviews.
CAPÍTULO 12: Registros
A pesar de lo duro que les había resultado enterarse de la muerte de Susan Bones al día siguiente de su regreso a Grimmauld Place trataron de continuar con su sistema de trabajo habitual.
Ahora que Ron y Hermione conocían todos los recuerdos que Dumbledore pudiera conseguir sobre el pasado de Voldemort, Harry había pensado mostrarles lo poco que él conocía sobre el extraño funcionamiento de los Horrocruxes. A Harry le preocupaba cómo podría descubrir cual sería el objeto escogido por Lord Voldemort para hacer su séptimo Horrocrux, se preguntaba si habría conseguido algo que perteneciera a Ravenclaw o Griffindor y cómo ellos podrían identificar ese objeto.
Su intención era mostrar a Ron y Hermione dos recuerdos relacionados con los Horrocruxes, el del sueño en el que él mismo ocupaba el cuerpo de Nagini y el de la destrucción del diario de Ryddle en la Cámara de los Secretos. El problema estaba en que en las dos ocasiones un Weasley estuvo a punto de morir y Harry se preguntaba si de verdad sería necesario mostrar a Ron algo que le resultaría tan desagradable, por no recordar su propio malestar al ocupar el cuerpo de Nagini cuando ésta atacó al señor Weasley y la inquietud que por alguna razón que no alcanzaba a comprender, aunque sospechaba que estaba relacionada con lo que sentía por Ginny, le producía compartir con alguien lo ocurrido en La Cámara de los Secretos.
Estaba dándole vueltas a estas ideas en su cabeza cuando una lechuza se posó ante la ventana. Traía un folleto informativo acerca de una nueva norma del Ministerio e incluía una enorme lista de plantas mágicas e ingredientes para pociones cuya venta quedaba prohibida o sometida al estricto control del Ministerio. La lista incluía ingredientes extraños y relativamente difíciles de conseguir, como la piel de serpiente arbórea africana, y algunos otros de uso más común aunque imprescindibles para fabricar la poción multijugos, el veritaserum y otras consideradas igual de peligrosas en manos de mortífagos. A partir de entonces ninguna de esas sustancias podría ser adquirida en las boticas mágicas y estos establecimientos tenían prohibido el envío de cualquier mercancía mediante lechuzas, incluso aunque no se tratara de sustancias incluidas en la lista.
El folleto del Ministerio explicaba que trataban de evitar el mal uso de estas sustancias por parte de los mortífagos y pedían disculpas por las molestias ocasionadas a la comunidad mágica. También indicaban que cualquier persona que precisara de alguno de esos ingredientes para realizar pociones curativas debería dirigirse al hospital San Mungo de enfermedades y dolencias mágicas, donde les sería suministrada la poción en cuestión.
Pocas horas después recibieron una lechuza de Hogwarts con una carta de la profesora McGonagall en la que se informaba a todos los alumnos que el sistema de enseñanza a distancia quedaba suspendido indefinidamente para las asignaturas de pociones y herbología. En vista de las nuevas medidas tomadas por el Ministerio los estudiantes no podrían elaborar en sus casas prácticamente ninguna de las pociones que se incluían en los planes de estudios y solo los alumnos que asistieran a clase en el castillo podrían continuar con su formación en estas materias. Para ello el Ministerio suministraría al colegio pequeñas cantidades de aquellos ingredientes considerados peligrosos que fuesen imprescindibles para continuar con las clases, aunque el profesor Slughorn debería presentar al Ministerio un informe semanal exhaustivo de cada miligramo empleado.
A Harry, Ron y Hermione les pareció que la medida del Ministerio provocaría muchísimas molestias e incomodidades a toda la comunidad mágica y que no sería tan efectiva como el ministro esperaba, ellos estaban convencidos de que un modo u otro los mortífagos acabarían haciéndose con aquellos ingredientes si de verdad lo deseaban. De todos modos Harry comprendió que él también tenía que hacer algo y resolvió preguntarle a Ron si estaba dispuesto a presenciar el ataque sufrido por su padre y el episodio de Ginny en la Cámara de los Secretos.
Como Ron accedió inmediatamente esa misma tarde los tres visitaron el recuerdo de Nagini aunque el sueño no resultó tan esclarecedor como Harry esperaba. Lo interesante de aquel sueño era que Harry ocupara el cuerpo de la serpiente y presenciara el ataque como si él mismo fuera el atacante, pero al entrar en el pensadero simplemente observaron desde fuera como la serpiente atacaba al señor Weasley. Lo único que les resultó interesante de aquel recuerdo fue la conversación que Harry mantuvo con Dumbledore en su despacho cuando la profesora McGonagall le llevó allí para informarle del ataque. En aquel momento Harry no había entendido el extraño comportamiento del director, él estaba preocupado por el estado del señor Weasley y se sentía culpable de lo ocurrido como si hubiera incitado a la serpiente, y mientras Dumbledore se dedicaba a hacer preguntas que a Harry le parecían absurdas y a utilizar aparatos que emitían silvidos. Ahora estaba seguro de que entonces Dumbledore había comenzado a sospechar que Nagini podía ser un Horrocrux.
Salieron del pensadero con cierta sensación de decepción y mientras comentaban la escena entre Harry y Dumbledore que acababan de presenciar una nueva lechuza interrumpió su conversación. Neville, con el que Hermione se carteaba de vez en cuando les enviaba noticias de lo que había pasado en Hogwarts.
A medio camino entra la rabia y el abatimiento les contaba como una delegación del Ministerio encabezada por Dolores Umbridge se había presentado en el castillo para desvalijar el despacho del profesor Slughorn y los armarios del aula de pociones. También habían revisado la cabaña de Hagrid y se habían llevado un manojo de pelo de cola de unicornio y tres o cuatro barrilles llenos de cosas difíciles de conseguir que Hagrid solía encontrar en el bosque prohibido. Por último se habían ocupado de los invernaderos, Neville contaba desolado como después de revisar hasta el último tiesto y saco de semillas de la profesora Sprout se habían llevado muchas de sus plantas y habían destruido algunas otras.
Con expresión de satisfacción en su cara de sapo Umbridge se paseara por todo el castillo sin que nadie pudiera hacer nada por detenerles. No había servido de nada ni la firme oposición de la profesora McGonagall, a la que los tres imaginaban perfectamente con los finos labios fuertemente apretados mientras presenciaba el saqueo del colegio, ni las amenazas de Hagrid tratando de evitar que entrasen en su cabaña, ni las protestas de todo el profesorado. Aunque Ron estaba seguro de que Neville había sido lo suficientemente delicado como para no mencionar en su carta que cierto miembro del profesorado no se había enfrentado a los enviados del Ministerio. No necesitaba estar allí para saber cual había sido la actitud de Percy, casi podía verlo colaborando con la delegación del Ministerio orgulloso de ayudar a cumplir las órdenes de Scrimgeour.
Pero el riguroso e injusto registro de Hogwarts no fue la única consecuencia negativa provocada por la nueva normativa del Ministerio. En pocos días se había desatado entre la comunidad mágica algo parecido al caos. El hospital San Mungo estaba desbordado y no podía atender a los cientos de personas que cada día se presentaban allí pidiendo remedios que fácilmente hubieran podido preparar ellos mismos de tener los ingredientes necesarios en sus casas. Además el hospital tampoco podía facilitarles los ingredientes, solo los remedios ya preparados, lo que obligaba a montones de sanadores a perder su tiempo preparando pociones para aliviar los efectos de pequeñas heridas causadas por accidentes domésticos o mejorar desde una urticaria hasta el acné juvenil, impidiendo que los enfermos más graves recibiesen el tratamiento que necesitaban.
Por si fuera poco muchos de los magos y brujas que acudían al hospital en busca de sus remedios no podían esperar en el interior y, aunque el frío del mes de enero empeoraba sus dolencias y el miedo apenas les dejaba salir de sus casas, ahora se veían obligados a permanecer durante horas en las largas colas que ocupaban toda la calle, muertos de frío y completamente rodeados de desconocidos. En las colas reinaba un silencio tenso, se intercambiaban miradas recelosas y algunos ni siquiera se molestaban en disimular la varita bajo sus ropas y la sostenían fuertemente en la mano a la vista de todo el mundo, cosa que por cierto, no era probable que pasara desapercibida para los muggles durante demasiado tiempo.
Ante esta nueva situación Harry empezó a sentirse nervioso e inquieto. El asesinato de Susan Bones hacía que se cuestionase si hasta ahora se había esforzado lo suficiente en la búsqueda de los Horrocruxes y lo peor era que no tenía ni idea de donde Voldemort podía haberlos ocultado. Entre el terror que inspiraba Voldemort y el caos desatado por las medidas represoras del Ministerio Harry sentía como si poco a poco el mundo se desmoronara a su alrededor y empezaba a sentir la necesidad de destruir los Horrocruxes y enfrentarse a Voldemort antes de que ya no quedara fuera un mundo mágico por el que mereciera la pena luchar.
Presionado por esa urgencia que sentía por encontrar los Horrocruxes decidió abandonar su plan inicial de estudiar a Voldemort para averiguar donde podían estar ocultos los Horrocruxes y empezar a buscarlos en cualquier lugar relacionado con él, aunque no tuviera ningún motivo para sospechar que estuvieran allí.
El primer lugar que visitaron fue la antigua mansión de los Ryddle en Pequeño Hangleton, Voldemort detestaba aquel lugar que para él representaba su origen muggle y Harry casi podría asegurar que allí no había ningún Horrocrux pero tampoco podía olvidar que en aquella casa Voldemort cometiera sus primeros asesinatos cuando no era más que un adolescente y que muchos años después la había escogido como refugio antes de recuperar su cuerpo.
El asesinato a sangre fría de su padre y sus abuelos representaba para él su primera muestra de poder, su desprecio por sus raíces muggles, una venganza por el abandono sufrido y su total falta de lazos afectivos con ningún ser humano. Sin duda había sido un momento crucial en su vida, en aquella casa Voldemort dio el primer paso en el largo y oscuro camino que había elegido.
Aquellos eran motivos más que suficientes para echar un vistazo a la casa, de modo que Harry pidió a Moody que les enseñara a localizar rastros de magia oculta. Por suerte les resultó muy fácil porque la Legeremancia había aumentado su capacidad de percepción y una mañana temprano salieron de Grimmauld Place y se aparecieron en el camino de Pequeño Hangleton, muy cerca del desvío que llevaba a la casa de los Gaunt. Allí el cielo estaba mucho más encapotado y soplaba un viento frío que amenazaba nieve de un momento a otro.
A pesar de la cantidad de años que habían pasado desde que el señor Odgen se presentara en casa de los Gaunt para amonestar a Morfin por hechizar a un muggle, Harry observó que el valle en el que se ubicaba pequeño Hangleton apenas había cambiado y el camino que llevaba hasta el pueblo seguía prácticamente el mismo trazado que en el recuerdo del señor Odgen. Protegiéndose las orejas con su bufanda Harry pensó que prefería el aspecto que el valle tenía en el recuerdo de Odgen, él lo había visitado en un agradable día primaveral y entonces no parecía tan inhóspito.
Al llegar al desvío que llevaba a la casa de los Gaunt los tres giraron sus cabezas sabiendo que aunque desde allí no pudieran verlas estaban solo a unos pasos de las ruinas de la vieja casucha en la que se había criado la madre de Voldemort. Los chicos continuaron sin detenerse porque a esas alturas lo poco que debía quedar de la casa estaría completamente cubierta por la maleza, además Dumbledore ya había encontrado allí el anillo y Voldemort no escondería dos Horrocruxes en el mismo lugar.
Continuaron caminando a buen paso hasta llegar a la pequeña población y azotados por un viento frío que les helaba la cara atravesaron la calle principal sin cruzarse con una sola persona. Harry pensó que era una suerte, porque el pueblo era demasiado pequeño y seguramente los vecinos se harían preguntas si alguien veía a tres desconocidos entrar en la mansión abandonada de los Ryddle.
Cuando dejaron atrás la población y empezaron a ascender ladera arriba por el camino que llevaba a la casa de los Ryddle comenzó a nevar. Los chicos se colocaron bien sus abrigos y bufandas procurando taparse lo más posible y desearon terminar con aquel desagradable trabajo cuanto antes, los tres sentían tantas ganas de sentarse ante el fuego de la chimenea que en aquel momento incluso Grimmauld Place les parecía un lugar acogedor. Lo peor era que el registro de la mansión de los Ryddle no sería una tarea fácil, Voldemort ocultaba muy bien sus Horrocruxes y uno de ellos ni siquiera sabían lo que era, si al menos tuvieran una pista sobre lo que estaban buscando…
Al pasar junto a la vieja iglesia Harry no pudo resistir el impulso de echar un vistazo al pequeño cementerio. Pidiendo a Ron y Hermione que esperaran junto a la iglesia echó a andar dejando sus huellas en la impoluta capa que nieve que cubría la pequeña explanada ante del cementerio. Se veía viejo y descuidado, se notaba que hacía días que nadie lo visitaba porque la nieve casi cubría las lápidas y no se apreciaban pisadas junto a la verja, aunque salvo por ese cierto abandono tenía el aspecto de un cementerio normal.
No había ni rastro del enorme caldero del que Voldemort había salido con su nuevo cuerpo, seguramente los habitantes de Pequeño Hangleton lo habrían retirado sin encontrar ninguna explicación que justificase su presencia en el cementerio y actualmente no quedaba allí nada que delatase lo que había sucedido dos años y medio antes.
Harry pudo ver que había flores en algunas tumbas. Incluso desde lejos se apreciaba que no estaban demasiado frescas, sin embargo el hecho de ver las flores colocadas en las tumbas, como si en ese lugar no hubiera ocurrido nada fuera de lo habitual, despertó en Harry una extraña y desagradable sensación. Dispuesto a volver junto a Ron y Hermione echó un último vistazo mientras daba media vuelta.
Entonces vio algo que captó su atención, volvió a girarse hacia el cementerio y dio un paso hacia la verja. Sus ojos estaban fijos en la lápida de Tom Ryddle. Esa losa resquebrajada era lo único que daba testimonio de lo ocurrido aquella noche, nadie se había molestado en cambiarla por una nueva. Harry se ocultara tras ella para protegerse y la lápida se rompió al ser alcanzada por una maldición Cruciatus. Aquella era la única señal que quedaba de su duelo con Voldemort.
De pronto Harry apreció la ironía de la situación. Estaba de nuevo ante la tumba del padre de Voldemort cuando ni siquiera podía visitar las de sus propios padres. Hasta aquel momento y a pesar del horror vivido en aquel lugar su mirada era serena pero en un instante la expresión de su rostro cambió por completo y en sus ojos verdes se reflejó una mirada implacable.
La persona que le ató a aquella lápida para obligarle a colaborar en la macabra ceremonia que aseguró el regreso de Voldemort era la misma que ahora impedía a Harry visitar las tumbas de sus padres, junto a su casa en el valle de Godric: Peter Petigrew.
Pensando en Petigrew Harry sintió la sangre hervir en sus venas. Colagusano entregó a sus padres a Voldemort, le ayudó a regresar cuando todos sus seguidores lo habían abandonado… y todavía guardaba el secreto de dónde estaba la casa de los Potter. Mataría a Voldemort y luego buscaría a esa rata cobarde incluso debajo de las piedras, le obligaría a revelarle el secreto y le haría pagar por todo el daño que había causado.
Sintiendo un nudo en el estómago Harry volvió en seguida junto a Ron y Hermione, que al ver su expresión descompuesta le miraron preocupados.
- ¿Estás bien, Harry? – preguntó Hermione.
- Si. Acabemos con esto cuanto antes.
Y pasando junto a ellos sin detenerse continuó la ascensión hacia la casa de los Ryddle dando grandes zancadas.
La mansión de los Ryddle se encontraba en un estado lamentable, durante muchos años el antiguo jardinero de los Ryddle se había ocupado de su mantenimiento pero desde que desapareciera años atrás nadie había entrado en la casa. Mientras Frank vivió en la pequeña casa del jardinero, los muchachos del pueblo se colaban a veces en la mansión solo para divertirse viendo como el pobre viejo trataba de perseguirlos arrastrando su pierna mala. Pero de repente la gente del pueblo cayó en la cuenta de que hacía tiempo que no se le veía segando el césped o abonando los parterres de flores. Como era un hombre huraño y solitario que apenas salía de la propiedad de los Ryddle y que tampoco recibía visitas, nadie sabía con exactitud cuando había desaparecido pero los rumores se extendieron por todo el pueblo como la pólvora.
Lo primero que pensó todo el mundo fue que el viejo Frank había muerto solo. Se registró su casita, el cobertizo, el jardín y toda la mansión, pero no hallaron ni rastro de él. Lo curioso era que sus escasas pertenencias seguían allí, no daba la impresión de que se hubiera marchado pero tampoco encontraron su cadáver. Nadie en Pequeño Hangleton podía creer que después de tantos años Frank Bryce hubiera abandonado la mansión de los Ryddle por voluntad propia y su extraña desaparición pasó a formar parte de los misterios que rodeaban aquella casa. A partir de entonces los habitantes del pueblo solo tomaban el camino de la colina cuando necesitaban ir al cementerio y nunca continuaban más allá, todos y cada uno de ellos evitaban acercarse a la siniestra mansión en la que ocurrían fenómenos extraños.
Cuando Harry, Ron y Hermione entraron en la casa la encontraron sucia y descuidada, pero bajo aquellas montañas de polvo y telarañas las pertenencias de los Ryddle seguían allí tal y como ellos las habían dejado cincuenta años atrás. Las vajillas y cuberterías estaban perfectamente guardadas en el aparador, su ropa seguía colgada en los armarios, incluso las joyas de la señora Ryddle estaban en un estuche sobre su tocador. Frank lo conservara todo como si los señores fueran a volver cualquier día y tras su desaparición los vecinos del pueblo no habían entrado en la mansión ni siquiera para desvalijarla. Por lo visto, tampoco Voldemort debió sentir ningún interés por las pertenencias de su familia.
El registro de la casa y de todo lo que había en ella les llevó mucho más tiempo del que ellos hubieran deseado. No podían pasar nada por alto y como ni siquiera sabían con exactitud que era lo que buscaban debían examinar cuidadosamente cada objeto, especialmente si parecían antiguos, buscando las iniciales de alguno de los fundadores o los símbolos del león o el águila. Por no mencionar que tenían que revisar cada milímetro de la casa en busca de un escondite secreto disimulado mediante magia.
Después de horas de minucioso trabajo los tres se reunieron en la entrada, cansados, hambrientos y con la decepción dibujada en sus rostros. Llegaran al pueblo por la mañana y estaba casi anocheciendo, se desaparecieron allí mismo ansiosos por volver a Grimmauld Place a disfrutar de una cena caliente cerca del fuego.
