CAPÍTULO 20: Reunión en el Ministerio

Cuando a la mañana siguiente recibieron su ejemplar de El Profeta Harry, Ron y Hermione llevaban mucho tiempo levantados, esperando impacientes para leer lo que el diario publicaba sobre el asalto a Gringots.

A Ron y Hermione les había costado un poco recuperarse de lo sucedido el día anterior pero parecía que por fin habían salido del estado de shock, aunque todavía no terminaban de creerse que se hubieran desaparecido de Gringots a lomos de un dragón.

Ron, que era el que estaba más cerca de la ventana, se abalanzó sobre el ave a toda velocidad tratando de coger el diario con tanta brusquedad que se ganó un picotazo de la malhumorada lechuza. En cuanto Hermione metió el dinero en la bolsita de cuero la lechuza se marchó ululando muy indignada después de dedicarle a Ron una mirada torva.

Ignorándola totalmente Ron desplegó el diario sobre la mesa de la cocina para que los tres pudieran verlo bien pero para su sorpresa los titulares no anunciaban ningún robo en Gringots ni nada parecido. Se miraron desconcertados sin entender que ocurría pero antes de que pudieran hacer conjeturas o buscar la noticia en páginas interiores Bill apareció en la chimenea girando entre llamas verdes.

-¿Se puede saber cómo diablos lo conseguisteis? – preguntó olvidándose de sus modales.

- Buenos días a ti también, Bill – ironizó Ron.

- ¿Acaso no te has enterado? – preguntó Hermione mirando a Bill con la boca abierta por la sorpresa, - pues te aseguro que es algo que no ocurre todos los días.

- Ya lo supongo, pero os juro que no logro imaginarme como lo lograsteis. Es la primera vez que alguien lo consigue – dijo impresionado.

- Pues créeme, eso no es lo más impresionante que hicimos ayer. – Aseguró Ron palideciendo un poco al recordarlo de nuevo.

- No podéis haber hecho nada más impresionante que asaltar una cámara de máxima seguridad en Gringots, no es posible – afirmó Bill con incredulidad, aunque al mismo tiempo no pudo evitar que en su voz se reflejara la curiosidad que las palabras de Ron despertaran él.

- Espera y verás – murmuró Ron asintiendo con la cabeza.

- Hablando del asalto – intervino Harry desviando la conversación - ¿Por qué no aparece nada en El Profeta.

- A pesar de vuestras proezas hay cosas de los duendes que aún ignoráis, - respondió Bill con una sonrisa. – Como, por ejemplo, que aunque el secreto de los clientes es muy importante para ellos y no saben lo que se guarda en las cámaras si pueden saber cuando falta algo. Ayer mismo iniciaron una investigación interna y, aunque se supone que yo no debo saberlo, encontraron vuestra carta y el cofre. También averiguaron que no os llevasteis nada, así que podría decirse que nadie salió perjudicado. El cliente de la cámara 1929 no fue robado y en el cofre había bastante dinero para reparar lo que hicisteis, así que si informaban del asalto solo conseguirían dañar su propia reputación.

- No puedo creerlo, – murmuro Hermione asombrada – es fantástico – añadió con una gran sonrisa.

- Al final las cosas nos han salido mucho mejor de lo pensábamos, parece que la suerte nos sonríe. – Dijo Ron poniéndose de buen humor.

- Menos mal, porque la necesitamos, - repuso Harry, - no sé que habríamos hecho si Voldemort llega a enterarse de que registramos su cámara. Al menos todavía contamos con el factor sorpresa.

- En realidad casi nadie sabe nada, - les informó Bill – aunque la alarma es muy escandalosa solo resuena en los túneles y en la sala de control, los clientes del banco ni siquiera se enteraron de que hubo un asalto y muchos de los empleados tampoco. Solo estamos al tanto los de mi departamento porque formamos parte del equipo que debe bajar a los túneles en casos como este, pero los duendes nos dijeron que había sido una falsa alarma y utilizaron parte del dinero del cofre para que no tuviéramos la tentación de contar nada de lo sucedido. Por cierto, aquí tienes parte de tu dinero, Harry – añadió sacando una bolsita de debajo de su túnica y lanzándoselo por encima de la mesa.

- Ni hablar – replicó Harry con rapidez, mientras atrapaba la bolsa en el aire y se la devolvía de nuevo- quédatelo. Ese dinero era para el asalto, y además, puedes considerarlo un soborno. Yo estoy más interesado que los duendes en que El Profeta no publique ni una palabra de este asunto.

- Está bien – aceptó Bill, - pero tendrás que darme algo más que esto para comprar mi silencio.

Ron miró a su hermano con los ojos desorbitados sin dar crédito a lo que estaba oyendo, pero la cara de Bill reflejaba una expresión algo canalla que reforzaba su parecido con los gemelos.

- Quiero información – explicó guiñándoles su ojo sano. - Todavía no me habéis contado como salisteis de un túnel subterráneo abarrotado de trolls y magos muy competentes sin que nadie os viera, y no me digáis que os escondisteis bajo la capa de Harry. Uno de mis compañeros llegó a tiempo de ver a Ron y Hermione en la puerta de la cámara pero de pronto entraron y se oyó una explosión. Cuando llegamos ya no estabais allí.

- Eso es porque nos desparecimos – respondió Hermione con naturalidad.

- Pero resulta que Gringots está protegido y nadie puede desaparecerse. – Objetó Bill.

- Te referirás a los magos, - puntualizó Ron – pero eso no incluye a otras criaturas… - se interrumpió dejando la frase en suspenso.

- ¿Si? – inquirió Bill expectante.

- …como los dragones – terminó Harry sonriendo ante la expresión de incredulidad de Bill.

Los tres pensaban que después de las aventuras del día anterior se merecían un día de descanso, y también de celebración, ya que aunque no tenían la copa no podían quejarse de su suerte.

Después de que Bill se marchara se quedaron durante mucho rato charlando despreocupadamente en la cocina hasta que fueron interrumpidos por el señor Weasley que apareció de pronto en la chimenea con semblante serio. A los chicos les resultó muy extraño porque, aunque era temprano, ya hacía rato que debía estar en el Ministerio.

- No os preocupéis muchachos, no ha ocurrido nada grave – dijo a modo de saludo saliendo de la chimenea.

Luego les contó que poco después de comenzar su jornada fue llamado al despacho del Ministro. Allí Scrimgeour le comunicó con expresión grave que necesitaba enviar cuanto antes un mensaje a Harry Potter. El Ministro deseaba hablar con él sobre un tema que debía ser tratado con la máxima urgencia y discreción y por lo tanto prefería usar un canal de comunicación más seguro que las lechuzas y le pidió su colaboración para entregar el mensaje en persona.

- Como comprenderéis no podía negarme, – se justificó el señor Weasley – pero si no quieres recibir su mensaje simplemente le diré que no logré encontrarte, Harry.

- No, no se preocupe señor Weasley – se apresuró a responder Harry quitándole importancia.

- Entonces esto es para ti – dijo el señor Weasley tendiéndole a Harry un pergamino sellado con el lacre oficial del Ministerio.

Harry lo desenvolvió y comenzó a leer en voz alta.

Estimado señor Potter:

El motivo de esta carta es para solicitarle que acceda a reunirse conmigo lo antes posible, ya que me gustaría charlar con usted acerca de unos hechos extremadamente importantes de los que he tenido constancia y que, como comprenderá, no resulta adecuado referir por carta.

Aunque en el pasado hemos mantenido diferencias tal vez ha llegado el momento de limar asperezas y firmar una tregua entre nosotros. Sinceramente pienso que eso sería lo mejor para la comunidad mágica en estos difíciles momentos.

Si le parece bien le espero a las nueve de la noche en mi despacho, después del horario laboral, cuando todos los trabajadores y visitantes hayan abandonado el Ministerio y solo queden en el edificio unos cuantos magos del personal de seguridad, todos ellos de mi total confianza. Tiene mi palabra de que se tratará de una reunión privada que no trascenderá a la opinión pública pero si así lo desea puede usted fijar otro lugar y hora y yo acudiré.

Le agradecería que dada la gravedad del asunto me respondiese cuando antes.

Atentamente,

Rufus Scrimgeour, Ministro de Magia.

- ¿Qué vas a hacer, Harry? – preguntó Hermione.

- Reconozco que siento curiosidad – contestó Harry pensativo.- Supongo que no pierdo nada por acudir a la cita y escuchar lo que tenga que contarme.

- Esperemos que cumpla su promesa y no sea una encerrona – dijo Ron con cara de no confiar demasiado en los buenos propósitos del ministro.

- Sinceramente, no lo creo, – intervino muy serio el señor Weasley – no comparto sus métodos pero hay que reconocer que Scrimgeour es un hombre de palabra.

- Y parece que su actitud ha cambiado – añadió Hermione releyendo la carta.

- Está bien, - decidió Harry - dígale que iré.

- Creo que se alegrará de oír eso.

Y tras despedirse entró en la chimenea y volvió al Ministerio de magia.

A las nueve menos cinco Harry, Ron y Hermione llegaron al Ministerio utilizando la red Flu, el atrio de entrada estaba débilmente iluminado y casi desierto. Resultaba evidente que las pocas personas que se encontraban en el atrio no eran visitantes o simples oficinistas, saltaba la vista que se trataba de magos y brujas del personal de seguridad, probablemente muy bien entrenados. Harry observó que eran una docena, aparte del guardia del mostrador, y pensó que la seguridad había aumentado mucho desde la época en la Fudge era ministro.

Se dirigieron al mostrador y allí un guardia de seguridad que no era mismo de la última vez les hizo la comprobación de varitas. Después una bruja de pelo canoso muy corto les acompañó hasta los ascensores y subió con ellos sin decir ni una sola palabra.

Subieron hasta el último piso y cuando el ascensor se detuvo la bruja les guió a través de los pasillos hasta llegar a una sala amueblada con cómodos sillones, algunas estanterías, un archivador y una mesa trabajo, además de algunos cuadros y un par de plantas que contribuían a crear un ambiente agradable. Les hizo pasar y dio media vuelta perdiéndose de nuevo por el pasillo por el que habían venido. Al fondo de la sala había una puerta entreabierta en la que se leía: Rufus Scrimgeour, Ministro de Magia.

- Pase Potter. – Invitó la voz del ministro desde dentro cuando escuchó pasos al otro lado de la puerta.

Harry miró a Ron y Hermione que asintieron mientras se sentaban en los sillones, cerca de la puerta.

Harry entró y cerró la puerta tras él, el despacho de Srimgeour estaba en penumbra, apenas había más iluminación que la lumbre de la chimenea, que arrancaba reflejos rojizos del cabello del Ministro. Estaba de pie, daba la impresión de que hubiera estado caminando por la estancia, algo que debía de ser usual en él porque Harry observó que había muchísimo espacio libre en la habitación.

El despacho estaba amueblado con sobriedad, la mesa de trabajo, una gran biblioteca y algunos muebles más, pocos, y todos ellos muy funcionales. Unas cortinas y una alfombra a juego en tonos de un color rojo oscuro completaban la decoración, por demás la estancia estaba prácticamente libre de objetos decorativos, aparte de unos pocos cuadros de personas que, supuso Harry, serían antecesores de Scrimgeour en el cargo y un par de fotografías sobre su mesa.

El Ministro se dirigió cojeando hacia su escritorio y tomó asiento invitando a Harry a hacer lo mismo con un gesto de su mano.

- Buenas noches, Potter, te agradezco mucho que hayas venido.

- Buenas noches – contestó lacónicamente Harry mientras se sentaba.

- ¿Puedo invitarte a algo¿Una copa de hidromiel, por ejemplo?- preguntó con amabilidad Scrimgeor sacando su varita.

- No, gracias. – Respondió Harry secamente, empezando a desear que Scrimgeour terminase con las formalidades.

El Ministro pareció comprender y fue directo al grano.

- Supongo que te preguntarás porque quería hablar contigo – dijo Scrimgeour con tono afable pero su semblante adquirió una expresión más seria. Harry asintió con un ligero movimiento y el Ministro continúo. – Verás, aunque es probable que ya lo sepas, ayer hubo un asalto a una cámara de máxima seguridad en Gringots.

- ¿Por qué debería saberlo? – pregunto Harry a la defensiva, poniéndose tenso en su asiento. - No ha salido nada publicado en la prensa de hoy.

- Si, es cierto, - concedió Scrimgeour – los duendes han preferido mantenerlo en secreto, aunque han considerado que yo debería saberlo. ¿No sospechas por qué?

Harry no respondió pero le devolvió una mirada fría, aquella no estaba siendo la reunión cordial que se podría esperar después de leer la amable carta de Scrimgeour.

- Verás, Harry, los duendes no son en general muy agradables, pero hay que reconocer que tienen otras cualidades. – Scrimgeour clavó su mirada en la de Harry, a la luz de la lumbre sus ojos parecían más amarillos que nunca. - Viven muchos años, y además, tienen una memoria prodigiosa, fuera de lo común. Recuerdan perfectamente a todos sus clientes, incluido al joven que hace muchos años contrató la cámara que ayer fue asaltada, y del podría decirse que no era un cliente como los demás. – Hizo una pausa tratando de calibrar el efecto que sus palabras producían en el muchacho, ante la expresión imperturbable de Harry siguió con su explicación. - Por eso han mantenido el asalto en secreto, y por eso han considerado oportuno informarme.

- No veo que tiene que ver eso conmigo – le interrumpió Harry con dureza en la voz.

- Pues yo creo que sí tiene que ver contigo, – respondió el Ministro con calma. - Alguien va tras Lord Voldemort, alguien que, según el testimonio de un mago que trabaja para los duendes, iba acompañado por un joven pelirrojo y una muchacha de cabello castaño rizado.

Scrimgeour señaló con la cabeza hacia la entrada de su despacho, donde al otro lado de la puerta estaban sentados Ron y Hermione.

- Si cree que voy a admitir que yo o mis amigos estamos implicados en ese asalto se equivoca. ¿Para esto me ha hecho venir? – preguntó Harry malhumorado, levantándose de su asiento dispuesto a salir del Ministerio en ese mismo instante.

- Espera un momento, muchacho, esto es importante – dijo el Ministro en tono conciliador. Harry le taladró con la mirada, no salió del despacho pero tampoco volvió a sentarse. Permaneció de pie dándole una última oportunidad a su interlocutor. – No estoy tratando de amenazarte, ni a tus amigos tampoco. Solo quiero ofrecerte mi ayuda.

- Creía que le había dejado bien claro que no participaría en su campaña publicitaria y además, a estas alturas le serviría de bien poco. El Profeta ha publicado tantas mentiras sobre mí que ya nadie confía en "El Elegido" – dijo Harry enfatizando con ironía las dos últimas palabras.

- Te equivocas, Harry, - Scrimgeour también estaba levantado, hablaba con serenidad y con un gesto invitaba a Harry a sentarse de nuevo - yo confío en ti y en tus posibilidades, y te prometo que nadie se enteraría del apoyo que te ofrezco.

Harry volvió a sentarse aunque su mirada no se suavizó ni por un momento, comprendió que Scrimgeour sabía todo lo que había pasado en Gringots, incluida su sorprendente huída, y supo inmediatamente cuales eran sus intenciones.

El episodio del dragón le había impresionado, al fin y al cabo no se sabe de nadie que hubiera sido capaz de algo así, excepto el mago rumano del que les habló Charlie, y era muy poco probable que Scrimgeour conociera esa historia.

A raíz de esto el Ministro se había planteado seriamente si de verdad Harry sería El Elegido, el único con poder para derrotar a Voldemort, del que supuestamente hablaba una profecía perdida. Los hechos de ayer le llevaban a pensar que al fin y al cabo el muchacho debía de tener unos poderes excepcionales que hasta ahora no había mostrado, de ahí su cambio de actitud hacia él.

Pero, como de costumbre, la oferta del Ministro no era del todo altruista, simplemente trataba de utilizarle una vez más. Todo el mundo sabía que el poder de Voldemort era cada vez mayor y casi nadie confiaba en la capacidad del Ministerio para frenarlo. A estas alturas de la guerra Scrimgeour tenía más confianza en los supuestos poderes de Potter que en todos los aurores del Ministerio y lo que estaba intentando era que Harry hiciera el trabajo por él. Si lo lograba todos saldrían ganando y si moría en el intento el Ministerio no perdería nada porque todos pensarían que el loco de Harry Potter había muerto víctima de su propia leyenda, tratando de hacerse el héroe.

Sin embargo, por alguna razón, Harry todavía no se había ido, seguía sentado ante él, observándole, pensando en silencio que tal vez pudiera sacar algún partido de aquella situación. Ante el mutismo de su invitado fue el Ministro el que volvió a hablar.

- Sé que Dumbledore te confió algo antes de morir, y sé que tratas de derrotar a Lord Voldemort, pero no tienes porque hacerlo tú solo, juntos podemos ser más fuertes.

Harry le miró, consciente de que probablemente su mirada reflejaba la rabia que sentía, pero antes de que dijera nada Scrimgeour se le adelantó y frenó su réplica con un gesto de su mano.

- No pretendo que me cuentes nada, - le aseguró con firmeza – puedes seguir manteniendo en secreto lo que haces, pero no es necesario que corras tantos riesgos, permite que te diga que lo ayer fue una temeridad, impresionante, desde luego, pero una temeridad al fin y al cabo. Con la ayuda del Ministerio te resultara más fácil, no dudes en pedirme lo que necesites, cualquier tipo de información, aurores a tu disposición, permisos para entrar el cualquier lugar... te proporcionaré todo lo que esté en mi mano sin que tengas que rendirme cuentas y te prometo que nadie se enterará. Los dos sabemos que esto es lo mejor. ¿Qué me dices?

- Verá señor, me cuesta confiar en usted, - contestó Harry con sinceridad mientras trataba de usar un tono calmado - hasta ahora las medidas del Ministerio no han dado demasiados resultados y sin embargo han creado muchos problemas, en ocasiones a personas inocentes que están en Azkaban solo para que usted pueda transmitir la imagen de que el Ministerio trabaja con eficacia.

- Bien, muchacho, - replicó Scrimgeour haciendo un evidente esfuerzo por dominarse y pasar por alto que él, el ministro de magia, estaba siendo cuestionado por un jovencito en su propio despacho – reconozco que hemos cometido algunos errores. – Scrimgeour hizo una mueca de disgusto y tragó saliva antes de seguir.- Tal vez el Ministerio pueda enmendar varios de esos errores revisando algunos expedientes. – Ofreció a regañadientes tras una pausa.

- Eso estaría muy bien – observó Harry complacido. – Sería una demostración de buena voluntad por parte de ustedes.

El Ministro le interrogaba con la mirada, preguntándose si esa concesión sería suficiente para que el engreído muchacho aceptara su ayuda.

- ¿Entonces?... – tanteó Scrimgeour.

- Entonces, cuando libere a esas personas inocentes, tal vez reconsidere su oferta y le pida ayuda si la necesito – respondió Harry a pesar de estar absolutamente decidido a no hacerlo nunca. - Aunque le advierto que me gusta trabajar solo, no suelo aceptar interferencias ni siquiera de La Orden del Fénix, en los que por supuesto confío mucho más que en el Ministerio, y nunca doy explicaciones de lo que hago.

- Ya advertí que no te las pediría – recordó el Ministro entre dientes.

- De hecho, si de verdad desea hacer algo útil para luchar contra Voldemort, debería ofrecerles su ayuda a ellos, y no a mí – se le ocurrió de pronto a Harry. – Si acepta, puedo ponerles en contacto – se ofreció amablemente con una sonrisa.

- Lo pensaré. – Gruñó el Ministro reprimiendo las ganas, cada vez mayores, de olvidarse de su hospitalidad y estrangular a su invitado.

- Está bien, cuando tome una decisión hágamelo saber – dijo Harry con una sonrisa mientras se levantaba de su asiento y salía del despacho dando por finalizada la reunión.