CAPÍTULO 22: Todo el mundo echa una mano

Cuando llegaron a Grimmauld Place y tendieron a Harry sobre su cama le costaba tanto respirar que jadeaba cada vez que tomaba aire, estaba extremadamente pálido y su pulso era débil e irregular.

- Si no hacemos algo morirá – exclamó Hermione mirando a Ron angustiada mientras se sentaba junto a Harry y posaba la mano sobre su frente. – La temperatura le está subiendo.

- No podemos llevarlo a San Mungo, no es seguro, - dijo Ron mirando con preocupación a su amigo, que seguía inconsciente. -Voldemort tendrá docenas de espías allí y no podemos permitir que se entere de lo que le ha pasado a Harry, pero la Orden debe tener algún sanador de confianza.

Ron invocó su patronus y lo envió a buscar a Lupin con el mensaje de que trajera cuando antes a un sanador a casa de los Black. Habían pasado menos de quince minutos cuando Lupin se presentó con un sanador que afortunadamente pertenecía a la Orden desde antes de la muerte de Dumbledore, por lo que no tuvo problemas para localizar la casa.

A toda velocidad Ron les guió escaleras arriba mientras les explicaba lo que había ocurrido. El semblante de Lupin mostraba una preocupación que rayaba la angustia y no mejoró al ver el aspecto que Harry ofrecía tumbado sobre la cama, empapado en sudor y con su cuerpo sacudido por una violenta e irregular respiración. Su característico pelo negro caía húmedo y desordenado sobre la frente dejando entrever la cicatriz en forma de rayo.

El sanador le examinó mientras todos guardaban silencio y al terminar se giró hacia Ron y Hermione.

- ¿Decís que apenas inhaló el gas?

- Sí, - contestó Ron – todo sucedió muy rápidamente, apenas un momento después de inhalarlo cayó al suelo entre convulsiones.

- Debe tratarse de un veneno extremadamente potente – afirmó el sanador – y lo peor es que no podré hacer gran cosa por él si no sé que antídoto debo administrarle.

- ¿No serviría un bezoar? – preguntó Ron esperanzado recordando su propia experiencia.

- Me temo que no, - respondió el sanador lamentando no tener mejores noticias – el bezoar iría a parar a su estómago y lo que está fallando es su sistema respiratorio, necesitamos un antídoto para ser inhalado.

- Si le traigo una muestra del gas ¿podría encontrar el antídoto que necesitamos? – preguntó Hermione dirigiendo al sanador una mirada suplicante.

- Lo siento, pero esa no es mi especialidad, - contestó con pesadumbre - yo solo puedo aplicarle algo para aliviarle momentáneamente. Lamento no ser de más ayuda pero ahora mismo no es un sanador lo que necesitáis para salvarle.

Lupin hizo una seña a Ron y Hermione y los tres salieron del cuarto, dejando que el sanador administrara a Harry algún remedio que le bajara la temperatura y le permitiera respirar con menos dificultad.

- Supongo que estabais haciendo algo relacionado con Voldemort cuando esto ocurrió – preguntó Remus en voz baja al otro lado de la puerta de la habitación de Harry, aunque conservaba la calma parecía más viejo y cansado que nunca.

Ron y Hermione intercambiaron una mirada fugaz antes de contestar, no podían revelar a nadie lo que sabían acerca de los Horrocruxes, ni siquiera a él, pero la vida de Harry estaba en peligro. Estaban sopesando hasta donde podían contar cuando Lupin volvió a hablar. En realidad lo hizo como si no esperara una respuesta.

- Lo digo porque se trata de un veneno gaseoso, no es algo corriente. – Hizo una pausa, consciente de que a Ron y Hermione no les gustaría escuchar lo que iba a decir e incómodo consigo mismo por tener que decirlo. - Es evidente que necesitamos a alguien que entienda de pociones, un verdadero experto, diría yo - explicó Lupin con el gesto más preocupado que le habían visto jamás - pero si además, como sospecho, es Voldemort quien está detrás de esto, necesitaremos que también esté familiarizado con las artes oscuras.

Lupin interrumpió su discurso y les miró esperando su reacción, Ron y Hermione le miraron en silencio, con los ojos muy abiertos en una expresión de horror, sin duda asaltados por el mismo pensamiento. Por desgracia no podían acudir a la persona más indicada para ayudar a Harry.

- ¿Estás diciendo que solo Snape puede salvar la vida de Harry? – preguntó Ron en un tono de voz más alto de lo aconsejable mientras descargaba un puñetazo con ira en la pared del pasillo.

- Tiene que haber otra forma – suplicó Hermione mirando a Lupin con lágrimas en los ojos, como si dependiera de él salvar a Harry. Lupin suspiró desanimado antes de seguir explicándoles como estaba la situación.

- Los aurores conocen las artes oscuras pero ni por asomo sabrán lo suficiente sobre pociones, el Ministerio nos proporcionará los ingredientes y en La Orden tenemos algún miembro que se maneja bien con las pociones pero dudo que sean lo bastante expertos como para dar con el antídoto – añadió con la impotencia pintada en el rostro.

Hermione curaba con su varita los nudillos ensangrentados de Ron cuando de pronto levantó la vista. Un brillo de esperanza iluminaba sus ojos avellana.

- El profesor Slughorn – murmuró.

- ¿Cómo dices?- preguntó Lupin interesado.

- El profesor Slughorn – repitió Hermione impaciente, - él es muy bueno en pociones.

Lupin la miró un poco escéptico pero antes de que pudiera contestar Ron se le adelantó.

- Sé que confías en los profesores, Hermione, pero aunque sea bueno en pociones no creo que…

- Pero fue su profesor… - le interrumpió Hermione con rapidez – Ryddle estuvo en su club cuando estudiaba en Hogwarts y no solo eso, Slughorn fue el jefe de su casa y, en cierto modo, su mentor – estaba excitada y hablaba atropelladamente. -Sabe como piensa Voldemort y eso puede serle de ayuda para dar con el antídoto, y conoce las artes oscuras, - se dirigió a Lupin - no me preguntes como lo sé, pero es así.

Siguió hablando apresuradamente, continuando con su explicación entre susurros, para no ser oídos por el sanador, pero con voz segura mientras apretaba la mano de Ron, que todavía sostenía entre las suyas, con tanta fuerza que los nudillos se le estaban quedando blancos.

– Sabe cosas de las artes oscuras que pocas personas conocen, cosas que ni siquiera vienen en los libros – afirmó tajantemente para terminar, como si aquella afirmación fuera la prueba irrefutable de que Slughorn era la persona indicada.

- Es cierto, - murmuró Ron cayendo en la cuenta de que Hermione se refería a los Horrocruxes. – Podemos intentarlo, y él adora a Harry. Si lo hace por alguien será por él.

A Lupin la exposición de Hermione le pareció bastante convincente, de modo que no discutió con los chicos, invocó un patronus y lo envió a Hogwarts con instrucciones para la profesora McGonagall mientras Hermione se encargaba de separar un poco del gas de la vasija para hacérselo llegar a Slughorn como muestra.

- Hogwarts no está conectado a la red Flu, tendré que aparecerme cerca del castillo y, por Merlín, espero que ahora que el Ministerio colabora con nosotros los aurores no se pongan muy pesados para dejarme entrar. No tenemos tiempo que perder.

- Es una pena – dijo Ron pensativo – Kreacher puede aparecerse dentro del castillo, eso sería mucho más rápido, pero solo vendrá si Harry le llama.

- Olvídalo, Harry no podrá hacerlo venir en su estado – dijo Lupin echando una ojeada al interior de la habitación a través de la puerta entreabierta. El sanador continuaba con él y ahora respiraba un poco mejor aunque seguía sin recobrar la consciencia.

- ¿Y si probamos con Dobby? – se le ocurrió a Ron, que entrecerró los ojos pensativo - él no pertenece a nadie pero tal vez aparezca si le llamamos. – Y sin esperar la respuesta de Remus Ron llamó al elfo con voz bastante indecisa. ¿Dobby?

En realidad no tenía muchas esperanzas de que Dobby respondiese a su llamada, él no era su amo y sobre la casa había un encantamiento Fidelius pero un sonoro "crack" vino a sacarle de sus tribulaciones y un pequeño elfo doméstico vestido por varias capas de ropa a cual más extravagante se presentó en medio del pasillo.

- ¿Ha llamado usted a Dobby, señor? – preguntó educadamente el elfo.

- Ehhh, pues sí, – respondió Ron sorprendido – pero, la verdad, no estaba muy seguro de que acudieras, ni siquiera me explico como has encontrado la casa.

- Un elfo siempre puede aparecerse donde le llaman, señor.

- Ya, - contestó Ron – pero yo no soy tu amo.

- No señor. Dobby no tiene amo, señor, es un elfo libre - dijo orgulloso. - Libre de aparecerse donde él quiera ir y de servir a quien él quiera. Pero Dobby siempre responderá a la llamada de Harry Potter, porque Harry Potter es un gran mago y Dobby siempre le estará agradecido por haberle liberado de sus antiguos amos, - afirmó el elfo con mucha seriedad - y como el señor es su amigo Dobby decidió presentarse.

Y terminando su discurso se quedó mirando expectante a Ron con sus enormes ojos tremendamente abiertos.

- Estupendo Dobby, - respondió Ron un poco impaciente por haber tenido que escuchar todas las explicaciones del elfo – porque Harry está enfermo y necesita tu ayuda. Es necesario que lleves algo a Hogwarts inmediatamente y lo entregues a la profesora McGonagall. Ella lo estará esperando.

- ¿Harry Potter enfermo? – preguntó terriblemente preocupado -Dobby hará cualquier cosa que el señor le pida si es para ayudar a Harry Potter, señor – dijo el elfo con resolución.

En ese momento se abrió una de las puertas del largo pasillo y Hermione apareció con una esfera transparente en la palma de su mano dentro de la que se podía ver el gas rojo con el se que había envenenado Harry, rápidamente Ron la cogió de entre sus manos y se la entregó con cuidado a Dobby.

- Ten cuidado, Dobby - le advirtió Hermione con seriedad – es un gas muy venenoso, cuida bien de la esfera para que nadie resulte herido y tráenos el antídoto cuanto antes.

- Así lo haré señorita.

El elfo hizo una profunda reverencia y desapareció antes de tener tiempo de terminar de incorporarse.

Poco después el sanador se marchó y los tres quedaron solos cuidando de Harry, al que le había bajado un poco la fiebre, ya no se ahogaba pero todavía respiraba con dificultad. Ninguno de ellos deseaba apartarse del lado de Harry pero Lupin se sintió en la obligación de cuidar de todos ellos y por eso bajó a la cocina a preparar unos sándwiches para los chicos que, aunque no tenían hambre, comieron sin rechistar por no contrariarle. Estaba callado y taciturno, parecía como si las arrugas que surcaban su rostro fueran más profundas que nunca y a veces los chicos le sorprendían mirando ensimismado a Harry con una profunda tristeza.

Phineas Nigellus tuvo un día muy agitado trayendo y llevando recados a Hogwarts, informando a McGonagall acerca del estado de Harry y a Lupin, Ron y Hermione de los avances en el trabajo de Slughorn. La tarea no era de su agrado y estaba de un humor pésimo pero en vista de la gravedad de la situación prefirió cumplir su misión sin protestar demasiado.

Slughorn suspendió todas sus clases para ese día y trabajó sin descanso con la muestra de gas que le había enviado Hermione, incluso se saltó la comida y la cena, algo que para él suponía un sacrificio mayúsculo, pero al fin y al cabo se trataba de la vida de Harry Potter…

El sanador volvió poco después del anochecer pero aunque el estado de Harry había empeorado no pudo hacer nada por él, todo su sistema respiratorio estaba afectado y si Slughorn no encontraba el antídoto pronto era muy probable que Harry no superase esa noche. Hermione al oírlo rompió a llorar en silencio mientras Ron, también con los ojos humedecidos, la abrazaba intentando consolarla.

Ya era cerca de la medianoche cuando Phineas trajo una buena noticia. El profesor Slughorn había averiguado cuales eran los componentes del gas y estaba trabajando en el antídoto. Para entonces la respiración de Harry recordaba al sonido fuerte y ronco que producen los dementores.

Sobre las tres de la madrugada Dobby se apareció con un sonoro "crack" haciendo que todos se sobresaltaran pero suspiraron aliviados al comprobar que entre sus manos llevaba el antídoto. Rápidamente el medimago lo destapó y dejó que un nuevo gas se expandiera por la habitación tiñendo el ambiente de un color verde pálido.

- Huele a cebolla – murmuró Ron frunciendo la nariz con desagrado.

Los cinco observaron expectantes la reacción de Harry al antídoto, suplicando que hiciera efecto. En teoría el remedio de Slughorn debería funcionar, pero eso era solo en teoría, en realidad nadie sabía con certeza lo que ocurriría. Pasados cinco minutos Ron comenzó a perder la paciencia.

- Esto no funciona, – exclamó desesperado – lleva casi diez minutos inhalándolo y no ha pasado nada.

- Quizá debamos esperar un poco más – opinó Lupin negándose a perder la esperanza, seguía en calma aunque todos y cada uno de sus músculos estaban tensos como la cuerda de un violín.

- Bastó que inspirara un par de veces para que se envenenara. – Insistió el pelirrojo presa del pesimismo.

El medimago todavía no había intervenido en la conversación aunque notaba que silenciosamente todos en la habitación lo interrogaban con la mirada. No quería dar la razón a Ron pero él mismo comenzaba a dudar que el antídoto diera resultado, estaba dudando cual sería su respuesta cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por Hermione que sentada junto a la cabecera de la cama de Harry le observaba sin pestañear.

- Está mejorando – dijo en un murmullo.

Todos se volvieron hacia Harry. Era un cambio poco perceptible pero era cierto que mejoraba, sus jadeos se volvieron más regulares y un poco menos ruidosos. Un rato después, cuando la mejoría ya era evidente, enviaron a Dobby de vuelta a Hogwarts para informar a McGonagall y pedirle a Slughorn que fabricara más cantidad.

Los tres días siguientes Harry los pasó envuelto en una neblina verdosa que olía a cebolla, a las doce horas de respirar el antídoto recuperó la consciencia y al día siguiente podía respirar casi sin dificultad. Se encontraba bien y tenía apetito pero el medimago le prohibió tajantemente salir del cuarto y se aburría horrores, a medida que mejoraba empezó a quejarse tímidamente del olor a cebolla diciendo que le producía nauseas pero el sanador no le permitió salir de la habitación hasta el cuarto día, cuando estuvo totalmente seguro que no sufriría ninguna secuela. En esos días Ron bromeaba para subirle el ánimo y los gemelos se acercaron a visitarle una tarde.

- ¡Harry necesitas una buena ducha!, le recriminó Fred al entrar en la habitación - ¡apestas!

Pero a Harry no le hizo mucha gracia.

- Tendré que frotarme hasta que me salga sangre para conseguir quitar este olor de mi piel – se lamentó con un mohín.

- No te preocupes por eso, - respondió George lanzándole una pastilla de jabón – está hecha con una fórmula especial, elimina cualquier olor.

- La descubrimos gracias a una investigación para una nueva clase de bombas fétidas ultrapotentes cuando estábamos experimentando para abrir la tienda – explicó Fred.

- Sí, las probamos en el cuarto de Percy – recordó George con expresión nostálgica – tuvo que dormir en el pasillo durante una semana.

Harry sonrió.

- Gracias chicos, por lo menos podré librarme del olor en cuanto salga de aquí, aunque tenga que soportarlo hasta entonces…

- No te quejes, - le advitió Fred con seriedad – el antídoto podría tener un olor muchísimo peor.

- Si, podría oler a excremento de troll, por ejemplo – apuntó George.

- O como el pelo de Snape – añadió Fred con una mueca de asco.

Cuando Harry estuvo totalmente recuperado el trío empezó a discutir que debían hacer con la vasija que recuperaran en el antiguo orfanato. Harry tenía claro que la tacita de Helga Hufflepuff estaba en el fondo de esa vasija y que, al igual que el medallón, no podrían cogerla hasta que todo el gas se hubiera disipado, pero visto que no era precisamente inofensivo no podían abrir la burbuja en cualquier lugar y simplemente esperar que dejara de humear.

- Está claro que no podemos hacerlo al aire libre – opinó Harry – no sabemos cuanto puede tardar en disiparse ni a cuantas criaturas podría afectar hasta entonces. Eso sin contar con lo que llamaría la atención una columna de humo rojo.

- Pues si lo hacemos en un lugar cerrado ya podemos asegurarnos de que la gente no pueda entrar allí nunca. – Opinó Ron.

- La Cámara de los Secretos sería un lugar ideal, que sepamos nadie en el colegio puede hablar pársel - dijo una pensativa Hermione – aunque no sería justo molestar a la profesora McGonagall y encima dejar algo tan peligroso cerca de los alumnos.

- Pues olvida la cueva en la en la que escondió el medallón, - suspiró Harry - sería imposible llegar allí con la burbuja, casi lo es sin llevar nada.

- Sí pero esa es una buena idea, - apuntó Hermione – una cueva de difícil acceso, que luego podamos sellar para que nadie resulte herido.

- Creo que conozco un lugar que puede servirnos – se le ocurrió a Ron. – A pocos kilómetros de La Madriguera hay una antigua mina muggle abandonada.

- Podría valer… - aventuró Harry.

- Hace décadas que los muggles dejaron de explotarla y tapiaron las entradas – explicó Ron – si nos adentramos en la mina lo suficiente el gas puede quedar atrapado en alguna galería profunda. Ningún muggle en su sano juicio entraría allí y además podemos provocar un derrumbamiento para sellarla, a nadie le extrañaría porque todo el mundo sabe que la vieja mina se cae a pedazos.

- Es una gran idea, Ron – le felicitó Hermione.

- Claro que será peligroso, - advirtió Ron – porque podría haber un derrumbamiento real y quedar atrapados.

- Tendremos cuidado, - dijo Harry con semblante despreocupado – hay que recuperar la taza cuanto antes y no conocemos otro lugar más indicado que ese.

Ron les explicó donde estaba la mina abandonada y esa misma noche se aparecieron muy cerca de una de las entradas. Esperaron al anochecer porque pensaron que así llamarían menos la atención pero lo cierto era que el lugar estaba tan solitario que no se habrían encontrado con nadie aunque se aparecieran en pleno día. Las galerías se adentraban en el interior de una pequeña colina situada a más de un kilómetro de la población más cercana. Un par de ardillas y un zorro que husmeaba por allí fueron los únicos testigos de su presencia en el lugar.

La entrada a la que Ron los guió estaba a pocos metros de un camino de tierra pero la maleza había crecido tanto que la ocultaba completamente, para alguien que no la conociera habría pasado desapercibida. A medida que se acercaban a ella notaron que la tierra que la rodeaba estaba encharcada y al llegar a la entrada de la galería pudieron ver que estaba parcialmente inundada. Una vieja verja oxidada colocada hace muchos años impedía el paso a los quisieran entrar, Ron apuntó con su varita a un candado grande y oxidado y este cedió permitiéndoles la entrada.

Harry tiró de la verja que se abrió con un chirrido quejumbroso. El suelo y las paredes de la galería estaban cubiertos por una masa de barro anaranjado, sobre la capa de barro del suelo había unos veinte centímetros de agua del mismo color. La luz del día estaba desapareciendo y un pequeño murciélago salió volando al exterior en busca de su cena.

- Era una mina de hierro – aclaró Ron.

- Eso explica el color del agua – contestó Hermione. – Esperad un momento. Apuntó a las zapatillas de Ron y se convirtieron en unas botas de pescador que le llegaban hasta las caderas. – No sabemos que altura alcanzará el agua ahí adentro.

- Buena idea – dijo Harry mientras Hermione le transformaba sus zapatillas.

Iluminándose con sus varitas se adentraron en la vieja galería excavada en la roca, habían avanzado unos cien metros cuando se cruzaron con otro túnel que no estaba inundado. Alegrándose de poder alejarse de la humedad Harry hizo una marca en la roca y se internaron en el corazón de la colina siguiendo el nuevo túnel, ahora que no tenían que caminar por un terreno fangoso avanzaban más rápidamente y habían descubierto los antiguos raíles por los que circulaban los vagones llenos de mineral.

Un poco más allá encontraron un vagón abandonado sobre los raíles, era enorme y pesado, y estaba sucio, pero pensaron que si montaban en él y lo hacían moverse mediante magia podrían recorrer la mina mucho más rápido, lo que significaba que saldrían antes de allí.

Aunque no tenían más luz para iluminarse que la que salía de sus varitas podían ver claramente que los postes de madera que apuntalaban las galerías estaban podridos por la humedad del lugar y que el peligro de quedar atrapados por un derrumbamiento era para nada remoto. Sin pensárselo dos veces montaron en el viejo vagón y lo pusieron en marcha, teniendo cuidado de marcar cada galería por la que pasaban para encontrar el camino de vuelta.

Aproximadamente una media hora después llegaron a un lugar perfecto para sus planes. Era una enorme cavidad natural en el centro de la montaña a la que iban a dar varios túneles diferentes, esperaban que fuera lo bastante grande como dejar que la vasija se vaciara completamente y fácil de sellar para que el humo no escapara de allí.

Rápidamente se pusieron manos a la obra, entre los tres sellaron los túneles con rocas que agrandaron hasta tapar las entradas totalmente, marcaron aquel por el que habían llegado y conjuraron unos cascoburburjas que les protegieran. Cuando todo estuvo listo Hermione rompió la burbuja que encerraba la vasija y el humo rojo comenzó a salir expandiéndose lentamente por todo el recinto.

Suponían que la taza de Hufflepuff estaría allí pero lo cierto es que no podían verla. Pacientemente se sentaron a esperar que dejara de manar humo de la vasija y para sorpresa de los chicos Hermione sacó de un libro de runas antiguas de debajo de su túnica.

- ¿Venimos a destruir un Horrocrux y tú te traes un libro?- preguntó Ron mirándola con incredulidad.

- Claro que sí – respondió ella resueltamente – esto podría tardar horas.

- Realmente no dejas de sorprenderme – dijo Ron con la mirada clavada en ella.

Hermione le miró con los ojos entrecerrados, evaluando si debía tomar ese comentario como un halago o como una crítica. Ron le sonrió tímidamente esforzándose por resultar lo más encantador posible y funcionó porque un segundo después Hermione le devolvió la sonrisa.

- No creas que me olvidé de vosotros – dijo ella metiendo la mano bajo su túnica y sacando un ajedrez mágico y unos blogtones reducidos mágicamente – os traje esto para que no os aburráis.

Ron y Harry los cogieron y se miraron sin decir nada pero un rato después estaban enfrascados en una interesante partida de ajedrez. Tres partidas más tarde Hermione había terminado su libro y dormitaba apoyada en el hombro de Ron mientras Harry observaba con expresión aburrida el humo que seguía manando de la vasija. No supo cuanto tiempo después Ron le despertó de un codazo.

- Harry, mira, parece que está parando.

Harry se desperezó, toda la gruta estaba cubierta por una densa niebla rojiza que dificultaba la visión, se acercó a la vasija y comprobó que solo salía un fino hilo de humo, en el fondo pudo ver la taza de Hufflepuff.

- Por fin la tenemos – dijo metiendo la mano en la vasija y sacando la taza. Hermione se había despertado y ella y Ron se acercaron y la miraron. Después de tantos meses y de buscarla en tantos sitios Harry no acababa de creer que la tuviera en sus manos. La destruyó allí mismo, ni siquiera esperó a llegar a casa. Después abrieron la entrada por la que habían llegado y volvieron a cerrarla rápidamente procurando que escapara la mínima cantidad posible de humo tóxico.

Montaron en el vagón y remontaron los raíles siguiendo las marcas que horas antes dejaran a su paso, les habría gustado derrumbar el túnel que daba acceso a la gruta pero temieron que toda la mina se viniera abajo atrapándoles. Gracias a la magia con la que se movía el vagón enseguida llegaron al túnel inundado por el que habían entrado. Cuando salieron al exterior estaba amaneciendo, estaban cansados, sucios y hambrientos pero también satisfechos.

- Mi madre debe estar empezando a preparar el desayuno – se le ocurrió a Ron después de provocar una enorme explosión que los dejó cubiertos de polvo.

- Ron, solo piensas con el estómago. – Le regañó su novia cariñosamente.

- No es cierto, – se defendió él – simplemente no me gustaría privarla del goce que le supone sobrealimentarnos mientras nos recrimina por ponernos en peligro. Si lo piensas bien le proporcionaríamos dos motivos de satisfacción en una sola mañana.

- A La Madriguera, entonces – contestaron Harry y Hermione al mismo tiempo.