CAPÍTULO 30: Un pedazo de su alma

Pocas horas después Harry y el resto de la pequeña y silenciosa comitiva fúnebre se dirigió hacia un bosque poco frondoso en el que abundaban los robles y las hayas que lindaba con La Madriguera. Aquel lugar tranquilo y apacible formaba parte de la historia de los Weasley desde que Arthur y Molly se instalaran allí, muchos años atrás. Todos sus hijos habían crecido jugando en ese bosque y todos sin excepción, incluso el responsable Percy, lo habían utilizado como escondite en más de una ocasión esperando que el enfado de turno de la señora Weasley remitiese un poco antes de volver a casa y dar la cara. La tarde anterior, de mutuo acuerdo, todos decidieron que aquel sería el lugar perfecto para el entierro de Percy.

Dadas las circunstancias la ceremonia fue lo más breve posible, sin el todo el pomposo ceremonial ni las palabras vacías que Harry recordaba del funeral de Dumbledore, el único al que asistiera hasta entonces. Mientras caminaba con paso lento hacia el bosque en medio de los demás no pudo reprimir la lúgubre idea de que, a no ser que pronto se celebrara el suyo propio o el de Voldemort, a partir de ahora los funerales se convertirían en algo cotidiano en su vida. El día soleado que apenas comenzaba a despuntar y el canto alegre de los pájaros más madrugadores contrastaban con sus sombríos pensamientos.

Con semblante adusto Remus abría la comitiva haciendo flotar ante él el cuerpo sin vida de Percy, cubierto por un manto rojo que ondeaba suavemente mecido por la débil brisa primaveral. Al llegar al linde del bosque se detuvo. Había una tumba excavada en el suelo y Harry sospechó que el propio Lupin la preparara la tarde anterior para ahorrarles a los Weasley el mal trago de tener que hacerlo ellos mismos.

Para sorpresa de Harry fue la señora Weasley la que se encargó de pronunciar unas palabras sobre Percy antes de depositar el cuerpo en la tumba. No fue un discurso preparado para impresionar a los demás, apenas unas pocas frases improvisadas pronunciadas desde el dolor. Las palabras tristes y sinceras de una madre herida que sabe que su familia jamás volverá a estar completa.

Sintiéndose casi un intruso en medio de su dolor Harry paseó lentamente su mirada sobre cada uno de los Weasley, observándolos con detenimiento. Todos estaban emocionados y con los ojos humedecidos aunque solo Molly lloraba en ese instante, dejando caer algún grueso lagrimón entremezclado con sus sentidas palabras de adiós. A su lado el señor Weasley le cogía la mano mientras miraba con tristeza a sus otros hijos, pasando la vista continuamente de uno a otro como si todavía esperase ver emerger de repente la roja cabellera de Percy entre todas las demás, confundida hasta entonces entre las de sus hermanos.

Bill pasaba su brazo sobre el hombro de Ginny aunque Harry tuvo la impresión de que su gesto no solo era para reconfortarla, en cierto modo, también se estaba apoyando en ella. Los gemelos permanecían muy juntos, Fred miraba ensimismado el irregular aleteo del manto rojo, sin terminar de hacerse a la idea de que cubría el cuerpo sin vida de aquel de sus hermanos, aparte de Ron, que siempre fuera el principal blanco de sus bromas y travesuras. A su lado George observaba el bosque con infinita tristeza, oteando a su alrededor como si el lugar no fuera el mismo que recordaba o le faltara algo que no conseguía precisar y Charlie permanecía cerca de Ron.

Harry le miró preocupado al apreciar que su estado anímico no había cambiado y que Ron seguía sin sentirse cercano a ninguno de los que lo rodeaban. Todavía esquivaba todas las miradas y sus ojos azules, aunque humedecidos como los de demás, intentaban mostrar sin llegar a conseguirlo una mirada dura y fría.

Mientras Harry le observaba dos lágrimas fugaces se le escaparon y rodaron por sus mejillas pero el pelirrojo las atajó enseguida, secándoselas de forma rápida, incluso un poco brusca, con el dorso de su mano.

Después de las breves y emotivas palabras de la señora Weasley Lupin bajó el cuerpo a la tumba y la cerró mágicamente, acto seguido el señor Weasley se adelantó y Fleur ocupó su lugar sosteniendo cariñosamente la otra mano de Molly, que la miró enternecida. El señor Weasley también pronunció unas palabras de despedida, se le veía emocionado aunque también se podía apreciar que estaba casi tan tenso como el propio Ron. Intentaba mostrar entereza pero sus manos temblaban perceptiblemente, enterrar a su hijo sin tener haber tenido antes la oportunidad de reconciliarse era lo más duro de todo. Cuando terminó de hablar sacó su varita y apuntó a la tumba con pulso más firme, hizo una floritura y apareció una sencilla lápida de mármol blanco en la que se podía leer:

Percy Ignatius Weasley

1976 – 1998

Siempre estarás en nuestros corazones

Conjurada la lápida Ginny fue la primera en acercarse para depositar sobre ella una solitaria flor de color rojo carmesí que a la luz del amanecer destacó sobre la impoluta lápida como una mancha de sangre sobre el mármol blanco. Tras ella cada uno de los hermanos se aproximaron para dejar su flor junto a la de Ginny hasta que estuvieron todos reunidos formando un círculo alrededor de la tumba.

No fue algo preparado, por un momento todos se miraron algo confundidos al percatarse de que inconscientemente habían dejado un hueco un poco más grande entre Charlie y Fred, justo allí donde debería situarse Percy. Se miraron con tristeza y entonces se tomaron de las manos, creando un nuevo círculo, más fuerte y sólido, en el que permanecieron unidos durante unos momentos de silencio.

Lo que sucedió fue algo extraño, visto desde fuera a Harry le dio la impresión de que no estaban exactamente despidiéndose de Percy porque fue como si en ese momento comprendieran que no tenían necesidad de hacerlo, que en cierta forma él seguía con ellos, que pasara lo que pasara el lazo entre los siete hermanos permanecería inalterable para siempre. Su mirada se volvió de nuevo hacia Ron y le pudo ver con los ojos entrecerrados, aspirando profundamente. Harry se alegró de ver que por un momento aparcara sus sentimientos negativos para dejarse llevar por la emoción del momento sin ira, sin rabia, sin culpa, porque sabía que estas volverían y que el recuerdo de este instante serviría a su amigo para sobrellevarlo mejor.

Terminada la ceremonia volvieron a La Madriguera y tras recoger sus equipajes Bill hizo unos complicados hechizos defensivos sobre la casa. Ni siquiera sabían cuando podrían volver y nadie dijo una sola palabra mientras echaban un último vistazo a su antiguo hogar. No era conveniente entretenerse y en cuanto Bill terminó se marcharon lo antes posible, Bill y Fleur a su casa, Charlie también había conseguido un lugar donde refugiarse, y los demás rumbo a Grimmauld Place. Ginny, que todavía no podía desaparecerse sola, lo hizo fuertemente cogida de la mano de Harry.

La casa de los Black parecía más tétrica que nunca y por un momento Harry incluso se arrepintió de prohibir a Kreacher acercarse al cuadro de la madre de Sirius, al menos si le hubiera retirado el esparadrapo que Ron cuando se instalaran allí sus gritos resonarían por toda la casa. Sería insoportable pero casi lo encontraba preferible al tenso e incómodo silencio con el que fueron recibidos. Lamentaba de veras no tener un lugar más acogedor que ofrecer a los Weasley para pagarles su hospitalidad con él durante todos esos años.

A pesar de la limpieza a fondo y de haber retirado todos los trastos tenebrosos de los Black nunca se sintiera tan incómodo allí como en ese momento. La desoladora idea de que no había manera de vencer a Voldemort, aparcada durante unas horas hasta pasar el funeral de Percy, le asaltó de repente haciendo que se sintiera terriblemente cansando y más vulnerable que nunca.

Solo ahora comprendía realmente la desesperación de Sirius en sus largos meses de encierro, lo sofocante que podía llegar a resultar la atmósfera de esa casa, la angustia no saber cuando podría salir de allí y la sensación de impotencia de no poder hacer nada para cambiar esa situación. Porque hasta ahora él albergaba la convicción de que su estancia allí sería algo provisional, simplemente hasta que llegara la hora de su enfrentamiento con Voldemort. Pero extrañamente esa hora ya había llegado, y había pasado, sin cobrarse la vida de ninguno de ellos. Aquella era una situación que nunca había previsto y para la que él no estaba preparado. Vencer o morir, siempre se había planteado así su lucha con Voldemort y jamás se le ocurrió pensar que pudiera existir otra alternativa.

¿Era ese el destino que le esperaba? Vivir escondido en aquella horrible y claustrofóbica casa, en aquella prisión, sin la esperanza de un futuro mejor; hasta el día en el que harto de todo, como había hecho Sirius, cometiera la imprudencia de salir de allí y que Voldemort acabara con él.

¿De qué servía organizarse y seguir luchando? Aunque consiguieran acabar con unos cuantos mortífagos o salir airosos de alguna escaramuza solo supondría para Voldemort un pequeño contratiempo pasajero, porque si no había forma de matarle no podría vencerle nunca, su causa estaba perdida de antemano. A lo máximo a lo que podían aspirar sería a crearle alguna dificultad, una pequeña molestia que desbaratara sus planes momentáneamente.

Sintiéndose un horrible anfitrión subió las escaleras e indicó a los Weasley que se sintieran como en su casa. El estómago se le encogió al escuchar sus propias palabras, como si ese lugar pudiera ser alguna vez un hogar para ellos, como si el mundo no se hubiera vuelto del revés en las últimas veinticuatro horas y ellos no acabaran de abandonar La Madriguera para ocultarse como unos vulgares criminales. Tratando de que su voz sonara lo menos pesimista posible les pidió que se acomodaran a su gusto puesto que ya conocían la casa.

Los gemelos se instalaron en su antigua habitación y los señores Weasley lo hicieron en el que fuera el cuarto de Buckbeack, ya que era el más amplio de todos. Ginny cogió sus cosas y se dirigió silenciosamente hacia la habitación que ocupara Sirius, al llegar a la puerta dirigió una mirada interrogante a Harry, solicitando su consentimiento, y al ver que este asentía entró en el cuarto y cerró la puerta tras ella.

Harry también entró en su cuarto. Estaba tal y como lo dejara la mañana anterior, cuando Ginny le llamara desde el espejo, la cama seguía deshecha y todas sus pertenencias tiradas por el suelo en completo desorden. A Harry le pareció que combinaba muy bien con su estado de ánimo pero a pesar de todo sacó su varita e hizo levitar los libros y la ropa hasta el baúl. Cayeron dentro totalmente desordenados pero en ese momento se conformó con que no estuvieran tirados por el suelo, ya ordenaría más tarde. Después alisó un poco las sábanas antes de tumbarse perezosamente sobre la cama mirando el techo.

Acababa de hacerlo cuando unos nudillos golpearon suavemente la puerta. Se levantó para abrir y se encontró con Hermione que se coló de forma sigilosa y cerró la puerta tras ella rápidamente.

- Acaba de llegar – le informó tendiéndole un ejemplar de El Profeta. Harry observó con desgana el enorme titular.

LA GUERRA HA TERMINADO

- Sinceramente, no creo que cuente nada que no sepamos ya – dijo con apatía devolviéndole el periódico a Hermione y tumbándose de nuevo sobre la cama, ella le miró muy preocupada.

- Voldemort ha decretado un toque de queda hasta nuevo aviso. Los mortífagos detendrán a cualquier mago o bruja que lo ignore y salga de su casa. El toque de queda solo se levantará para poder asistir a lo que llaman "El desfile de la victoria", que tendrá lugar el viernes en Hogsmeade.

- Estupendo. La gente temerá que haya represalias si se quedan en sus casas así que todo el mundo saldrá a la calle. Será un baño de multitudes histéricas aclamando a Voldemort. Igual me decido a ir – añadió con ironía.

- Publican páginas y páginas de exaltación de Voldemort y prometen una nueva época de orden y prosperidad para todos aquellos que tengan orígenes mágicos, está claro que los hijos de muggles no estamos a salvo.

Harry se incorporó y se sentó sobre el colchón.

- Mucha gente tendrá que huir, pero eso ya lo sabíamos. Y sobre toda la basura que publican… bueno, tampoco es que me sorprenda, la verdad. El Profeta nunca fue una fuente de información muy fiable. Simplemente se ha cambiado de bando, ahora están del lado del vencedor.

- Pero eso no es todo, - replicó Hermione rápidamente, con la preocupación reflejada en su semblante - también hablan del ataque a Hogwarts. Dicen que los profesores entregaron el colegio sin oponer ninguna resistencia y que permanecen en el castillo voluntariamente. También cuentan que Voldemort, en un acto que demuestra su "buena voluntad" – leyó recalcando las dos últimas palabras con ironía - permitió que los alumnos volvieran tranquilamente a sus casas con sus familias hasta que el colegio abra de nuevo sus puertas el próximo curso.

Harry la miró incrédulo.

- ¿Voluntariamente? ¿y como explican las muertes?

- Eso es lo peor de todo, - dijo ella nerviosa - según su versión Slughorn murió de un ataque al corazón al ver a los dementores en los terrenos de Hogwarts.

- Eso es ridículo – estalló Harry indignado, se había levantado de golpe al escuchar lo que decían sobre el ataque a Hogwarts y paseaba por el cuarto como un león enjaulado mientras Hermione le suplicaba con gestos que bajara la voz - ¿y Percy y McGonagall?

La expresión de Hermione se entristeció.

- Publican que McGonagall fue la única profesora que se opuso a entregar el castillo, que estaba fuera de sí y empezó a lanzar maldiciones para evitarlo, atacando a todos a su alrededor. Dicen que se enfrentó a sus propios compañeros y que cuando Percy trató de disuadirla lo mató.

- ¡Eso es mentira! – gritó Harry.

Perdiendo cualquier esperanza de que Harry controlara su cólera Hermione lanzó un hechizo insonorizador para evitar que los Weasley pudieran oírles.

- Según esto – continúo explicando blandiendo su ejemplar de El Profeta – se entabló una lucha y murió cuando intentaban reducirla al ser alcanzada por varios hechizos a la vez. – Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo. - Ni siquiera admiten que tuvieran intención de matarla, defienden que fue accidental, intentando evitar que causara más daño.

- Muertes accidentales, Percy del lado de Voldemort, - enumeró Harry furioso - es ofensivo.

Hermione le miró suplicante.

- ¿Sabes el daño que esto causará a los Weasley si se enteran?

- Tarde o temprano se enterarán, seguramente Bill y Fleur también hayan recibido un ejemplar – respondió Harry abatido.

- La señora Weasley está muy afectada, - insistió Hermione – a ella tenemos que ocultárselo, al menos de momento.

- ¿Qué es lo que tenéis que ocultar? – preguntó Ron entrando en la habitación de repente.

Hermione y Harry intercambiaron un rápida mirada y ella le tendió El Profeta muy apenada.

- Lo siento, Ron – murmuró posando una mano sobre su hombro mientras él comenzaba a leer.

Ron no dijo nada en un buen rato pero a medida que iba leyendo su rostro se volvía más y más pálido. Al terminar de leer sus manos se crisparon, arrugando el periódico con rabia.

- ¿Tendremos que tolerar esta humillación? – preguntó furioso sin que Harry o Hermione supieran que responder. – Algo habrá que podamos hacer.

Hermione le dedicó una mirada comprensiva sin embargo Harry sintió algo removerse en su interior, sabía que se acercaba una conversación que no resultaría agradable para ninguno de ellos. Finalmente Ron hizo la pregunta que Harry menos deseaba escuchar.

- Hermione me contó lo que pasó ayer ¿cómo te fue en el valle de Godric? ¿conseguiste matar a la serpiente?

Harry le miró con el corazón en un puño, no estaba preparado para asestarle un nuevo golpe a su amigo, privándole del consuelo de que se hiciera justicia, arrebatándole cualquier esperanza de un futuro normal para todos ellos; pero tampoco podía mentirles, por dura que fuera la verdad tenía que compartirla con ellos. Carraspeó para aclararse la voz y empezó a relatar lo que ocurriera la tarde anterior. Cuando terminó hubiera preferido que Ron se lanzara sobre él, golpeándole para descargar su frustración, o que le culpara a gritos de no ser capaz de destruir los Horrocruxes, cualquier cosa menos el gesto de impotencia y la mirada abatida que le devolvió. Sin decir nada dio media vuelta y salió de la habitación y a los dos segundos Hermione le siguió con lágrimas en los ojos.

Las horas siguientes fueron extrañas, todos evitaban deliberadamente la compañía de los demás. Ron se refugió en su mutismo y Hermione estaba demasiado preocupada por él como para prestar atención a cualquier otra cosa. Los gemelos apenas salían de su habitación y Ginny estaba completamente volcada en ocuparse de sus padres, destrozados por la muerte de Percy. Harry lo prefirió así, necesitaba estar a solas para poder pensar con claridad. Aprovechó que nadie estaba pendiente de lo que hacía para repasar obsesivamente una y otra vez todo lo que sabía acerca de los Horrocruxes, intentando averiguar donde se había equivocado, en que había fallado.

Después de comer algo, descansar un poco y darse un baño relajante se puso manos a la obra con la ardua tarea que tenía por delante. Llevó el pensadero a su habitación y repasó el recuerdo de Slughorn con atención, en busca de algún detalle que se le hubiera pasado desapercibido. Sin embargo el joven Ryddle lo había dejado muy claro, siete fragmentos. ¿Habría cambiado después de opinión?

Lo primero que se le ocurrió fue que tal vez Dumbledore se equivocara al suponer que Voldemort no percibía la destrucción de los Horrocruxes. Si era así podría haber alguno nuevo, pero enseguida lo descartó al darse cuenta de que la expresión de Voldemort al llegar al valle de Godric no dejaba lugar a dudas, no conocía la muerte de Nagini hasta que casi se tropezó con sus despojos.

Después de pensárselo mucho y dar vueltas y más vueltas por el cuarto llegó a la conclusión de que solo había dos posibilidades. La primera era que Voldemort creara más de seis Horrocruxes, posiblemente siete a juzgar por la atracción que sentía por ese número, en cuyo caso solo faltaría uno, y era muy probable que se tratara de un objeto de Gryffindor o de Ravenclaw, tal como Dumbledore supusiera inicialmente. La segunda que hubieran cometido un error y alguno de ellos no estuviera realmente destruido.

Cuando Harry quiso darse cuenta la sensación de impotencia que se apoderara de él horas atrás había desaparecido, estaba totalmente absorto en su misión, más concentrado de lo que hubiera estado antes en toda su vida, analizándolo todo, repasando cada indicio que le pudiera llevar a encontrar la respuesta que necesitaba. De pronto lo que el día anterior le había parecido una misión imposible se convertía en algo más o menos factible. Había encontrado y destruido muchos Horrocruxes, encontrar el último podía resultarle difícil pero no tenía motivos para pensar que no lo conseguiría.

Necesitaba pensar con calma, ¿dónde podría estar? Voldemort ya había usado el orfanato, Hogwarts, la casa de la familia Gaunt y la cueva en la que aterrorizara a los niños muggles. Aparte de la casa de los Ryddle no se le ocurría ningún otro lugar importante en su vida, y ese tenía que descartarlo, igual que Gringots y la tienda de Borgin y Burkes. Pero si no se trataba de un lugar importante en su vida tal vez lo fuera en la de sus ancestros. Algún lugar simbólico relacionado posiblemente con Slytherin o con uno de sus descendientes, algún mago brillante que hubiera existido mucho antes de que los matrimonios concertados entre parientes para preservar la pureza de su sangre acabaran provocando el nacimiento de magos venidos a menos como los Gaunt.

Hermione le resultaría muy útil para explorar esa línea pero mientras ella y Ron no estuvieran preparados para participar él tenía que hacer algo, ahora que había encontrado dentro de él la fuerza para seguir adelante no podía quedarse de brazos cruzados durante días esperando que Ron superara el duelo por la muerte de Percy. Estaba demasiado excitado como para sentarse a esperar. Seguía paseándose de modo frenético por toda la habitación, buscando alguna otra posibilidad que le pareciera coherente pero como ninguna idea le pareció lo bastante buena empezó a impacientarse.

Unas débiles protestas de Hedwig procedentes de lo alto del armario lo distrajeron de sus pensamientos. Suspirando con desgana abrió un cajón del que sacó unas chucherías para lechuzas.

- Sé que no te he prestado mucha atención últimamente – se disculpó mientras le lanzaba una. Hedwing la atrapó en el aire pero no se quedó satisfecha y mirándole un poco ofendida bajó volando de lo alto del armario para posarse en el alfeizar de la ventana, ululando para que la dejara salir a cazar. Harry se aproximó y abrió la ventana para dejarla salir, fuera estaba anocheciendo. Sintió una punzada de envidia al verla marcharse volando, lástima que él no pudiera salir también porque el cuarto empezaba a resultarle asfixiante, realmente necesitaba algo de acción. Por un momento tuvo la tentación de ir a la colonia de dragones a buscar al Opalaye, le gustaría ver como los mortífagos pretendían arrestarle montado sobre un dragón, pero enseguida desechó la idea. Los mortífagos podrían dañarlo de alguna manera y no tenía derecho a poner al Opalaye en peligro ni tampoco a cometer ninguna imprudencia que llevara a los Weasley a preocuparse por su pellejo, bastante mal lo estaban pasando. Además no podía olvidarse de su tarea, todavía quedaba al menos un Horrocrux que encontrar y destruir.

Visto que no había otra que cosa que pudiera hacer llevó la varita mágica a su sien y extrajo un hilo plateado que cayó al pensadero convirtiéndose en una extraña sustancia ni líquida ni gaseosa que giraba en la vasija haciendo extraños remolinos. Tenía la intención de repasar de nuevo todos los recuerdos relacionados con los Horrocruxes en busca de nuevas pistas.

Horas después salió del pensadero terriblemente pálido y con la mirada perdida, se dirigió tambaleante hacia su cama y se sentó sobre ella, aunque más bien se dejó caer como un peso muerto, abandonando voluntariamente el control de su cuerpo. Aunque no lo percibía sus manos temblaban visiblemente. Estaba en estado de shock, totalmente desorientado. En su vida a Harry le habían pasado cosas realmente horribles, cualquiera que se aproximara a él parecía abocado irremisiblemente a una muerte trágica pero a pesar de todos los golpes recibidos no estaba preparado para algo como lo qua acababa de descubrir.

Se sentía desolado, estaba tan vacío, tan seco, que ni siquiera las lágrimas brotaban de sus ojos. De repente su vida había perdido todo el sentido, la visión del pensadero provocara que algo se rompiera dentro de él, algo que jamás volvería a ser como antes.

Doblándose sobre sí mismo enterró la cabeza en las rodillas y permaneció así unos segundos, cuando la levantó sus ojos estaban humedecidos. Llevó sus temblorosas manos a la cabeza y las hundió en su pelo negro, mesándose los cabellos mientras cerraba los ojos con fuerza, deseando fervientemente hacer desaparecer de su cabeza la imagen que lo torturaba.

- No – susurró en voz alta aunque de forma casi inaudible. – No, no, no, no, no, no – repitió subiendo paulatinamente el tono de su voz sin darse cuenta de lo que hacía. - No – repitió como una autómata una vez más.

De pronto no pudo controlarse, se levantó enérgicamente y golpeó la pared más cercana con los puños cerrados, lo hizo con furia, con rabia, con odio, con desesperación. Sentía crecer un monstruo en su interior, un monstruo que clamaba por una venganza que jamás podría cobrarse.

- ¡¡NOOOO!! – estalló en un grito que resonó en toda la casa mientras seguía golpeando la pared.

En el pasillo sonaron unos pasos apresurados y la puerta se abrió de golpe. Cuando llegaron junto a él alguien le agarró por detrás sujetándole con fuerza y le apartó bruscamente para impedir que siguiera destrozando el tabique pero para entonces la pintura estaba estropeada en muchos sitios y numerosas manchas de sangre salpicaban la pared.

- ¡Harry, tranquilizate!

Las lágrimas empañaban su visión pero alcanzó a distinguir frente a él la borrosa silueta de Hermione, que después de echar un hechizo silenciador en la habitación le miraba sorprendida y preocupada.

- ¿Puedo soltarte, amigo? – preguntó Ron detrás de él cuando Harry dejó de moverse golpeando el aire frenéticamente.

Harry asintió con la cabeza y el pelirrojo aflojó su abrazo hasta dejarle libre. Hermione intentó cogerle las manos para echar un vistazo a sus nudillos, en carne viva, pero Harry las apartó.

- No es nada – dijo de forma un poco esquiva.

- ¿Qué te ha ocurrido, Harry? – preguntó ella mirándole fijamente, cada vez más preocupada.

- Me pudo la presión, eso es todo – contestó de forma entrecortada mirando por la ventana para esquivar sus miradas inquisitivas – la victoria de Voldemort, los Horrocruxes… por un momento creí que nunca lograríamos encontrarlos.

Aunque Harry no podía verla supo que Hermione intentaría consolarle y no se equivocó, apenas había terminado la frase cuando ella se le acercó por detrás.

- Tenemos todo el tiempo del mundo para investigar, Harry – dijo con dulzura. - Simplemente tenemos que hacernos a la idea de que no será pronto, esto se ha convertido en una carrera de fondo pero resistiremos. No importa que haya ganado la guerra, no nos habrá vencido hasta que dejemos de luchar.

Su voz sonó como un bálsamo reconfortante sin embargo no tuvo ningún efecto sobre Harry, que siguió inmóvil, mirando por la ventana para no tener que dar la cara. Escuchó como Ron se movía tras él y pudo oírle carraspear antes de hablar con voz ronca.

- Seguiremos haciendo lo mismo que hasta ahora pero con más ganas que nunca.

Sorprendido, Harry se giró para mirar a Ron sin creer lo que escuchaba, sabía que estaba destrozado pero sin embargo todavía era capaz de hacer el esfuerzo de asomar del pozo en el que se encontraba para intentar animarle.

– Mientras siga con vida no pararé hasta haber destruido el último Horrocrux – concluyó el pelirrojo.

Al escuchar su última frase Harry se estremeció y otra vez volvió a dar la espalda a su amigo para que no pudiera ver que sus ojos se humedecían de nuevo. Apoyó la frente contra el cristal, buscando deliberadamente el frío contacto del vidrio contra su piel.

- Gracias – dijo con voz temblorosa. – Si queréis podemos empezar mañana mismo, ahora necesito descansar

Para dar más credibilidad a sus palabras cruzó la habitación y se dejó caer sobre la cama. Siguió sin mirarles pero pudo percibir como ellos intercambiaban una fugaz mirada un segundo antes de que Ron abriera la puerta para salir.

- Claro Harry – respondió Hermione siguiendo a Ron fuera de la habitación.

Cuando se quedó solo enterró la cara entre sus manos y rompió a llorar como un niño pequeño, la esperanza de derrotar a Voldemort era lo que todavía los mantenía en pie, ¿cómo podría quitársela?, tendría que mantener ante ellos una farsa permitiendo que siguieran con unas investigaciones que sabría que no les llevarían a ninguna parte. Porque si de algo estaba seguro era de que impediría que nadie, ni ellos ni ninguna otra persona, acabara con Voldemort en mucho tiempo. Una vez más su destino se revelaba cruelmente irónico y aunque sonara paradójico a partir de ahora él, Harry Potter, aquel que según la profecía había sido designado por el propio Voldemort para destruirle y al que muchos llamaban El Elegido, dedicaría hasta la última gota de su sangre, hasta el último aliento de su vida a proteger aquello que aseguraba la supervivencia de su mayor enemigo. Si la derrota de Voldemort pasaba por destruir ese último Horrocrux entonces había vencido, porque formaba parte de algo que Harry no estaba dispuesto a sacrificar, algo de lo no que no podía, no quería prescindir.

Recordó lo que acababa de contemplar en el pensadero y un escalofrío recorrió su cuerpo. Las palabras martilleaban su cerebro, repitiéndose machaconamente una y otra vez como una tortura sin fin. La imagen de Ryddle se presentaba ante él llena de satisfacción, revelando orgulloso su plan magistral.

"Ginny me abrió su alma, y era precisamente su alma lo que yo quería. Me hice cada vez más fuerte alimentándome de sus temores y de sus profundos secretos. Me hice más poderoso, mucho más que la pequeña señorita Weasley. Lo bastante poderoso para empezar a alimentar a la señorita Weasley con algunos de mis propios secretos, para empezar a darle un poco de mi alma…"

El último pedazo del alma de Voldemort estaba allí mismo, en aquella casa. Harry acababa de comprender que cuando clavó el colmillo del basilisco en el diario Ryddle había recuperado demasiado poder como para que el veneno le afectara. No podía dañarle porque para entonces su alma ya no residía en el diario, se había apoderado de la indefensa Ginny.

Esa noche Harry no bajó a cenar, seguro de que, además de no ser capaz de tragar bocado, no podría mirarla a los ojos sin derrumbarse.

ooOOoo

Muy lejos de allí, en el valle de Godric, Voldemort se reunía con su mortífago de mayor confianza. Su rostro, enmarcado por dos cortinas grasientas de pelo negro, era casi tan inexpresivo como el de su amo aunque cuando habló su voz dejó traslucir algo de preocupación.

- No puedo hacerlo, señor. Sería un suicidio entrar en el antiguo cuartel de La Orden sin ayuda y usted sabe que ninguno de los nuestros puede entrar en ese lugar.

Pero la voz fría de Voldemort no daba lugar a réplicas.

- No me importa como lo hagas, Severus, pero quiero que me traigas a esa chica cuanto antes.

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Hola a todos. Otro capítulo que escribí antes de leer el último libro. El caso es que cuando leí Las Reliquias de la Muerte me di cuenta de que la distribución que hago de las habitaciones de Grimmauld Place no coincide con el canon. Podría cambiarla, realmente no me costaría ningún trabajo hacer que Ginny escogiera una habitación cualquiera y no precisamente la de Sirius, pero de todas formas seguiría sin ser canon porque en los próximos capítulos necesito situar la sala de estar cerca de la entrada; en la planta baja y no en el primer piso.

Así que, aun a riesgo de sufrir una apoplejía por saltarme deliberadamente el canon, y de parecer una neurótica por preocuparme tanto, decidí dejarlo como estaba. Y ahora me despido antes de spoilear más mi propia historia. Un saludo a todos y gracias por leer; sobre todo a Sig (gracias por tu apoyo y por seguir ahí desde el principio), y un saludo especial para Luis, me hizo mucha ilusión su rr en el capítulo anterior.