Muchas gracias a Luis, Sig, Gandalgris, Eliey, Akin y Gustavo por vuestros rr, y a los demás si me olvido de alguien.
Gustavo: Coincido con tu apreciación, los tiempos verbales eran horribles. Curiosamente el día antes de leer tu rr eché un vistazo y pensé que debería editar los dos primeros capítulos, luego vi tu comentario y decidí hacerlo en cuanto me fuera posible. Gracias por tu ayuda para mejorar. Un saludo
Y para todos: en este capítulo…¡Por fin aparece Snape! XD, como me tardaba.
ooOOoo
CAPÍTULO 31: La intervención del profesor
A la mañana siguiente Harry tenía unas horribles ojeras, ni siquiera había intentado dormir. Pasara toda la noche en un estado casi febril, caminando de una esquina a otra de su habitación, probando a sentarse de vez en cuando en la cama, en las sillas, en la repisa de la ventana e incluso sobre el escritorio pero sin encontrar acomodo en ningún lugar; deambulando por el cuarto como un león enjaulado mientras trazaba maquinalmente innumerables planes (cada uno más descabellado que el anterior) en los que abandonaba el país llevándose a Ginny con él, lo más lejos posible, a un lugar donde su secreto estuviera a salvo, donde nadie, ni siquiera Voldemort, pudiera dar con ellos aunque tuvieran que vivir como muggles el resto de sus días.
Bajó a desayunar con un aspecto desastroso, incluso peor que el de cualquiera de los demás, que tampoco atravesaban por su mejor momento. La señora Weasley se afanaba en cocinar el mejor de los desayunos. Cuidar de los demás le servía de consuelo y en un desesperado intento de recuperar la normalidad pretendía llenar el vacío dejado por Percy sobreprotegiendo a los miembros de la familia que todavía tenía con ella. El resultado eran platos y platos de comida que quedaban abandonados sobre la mesa sin apenas ser probados aunque todos hacían un esfuerzo por complacerla.
Harry se sirvió un cuenco de cereales y se quedó mirándolo como si deseara ahogarse en la leche que los cubría pero pronto cayó en la cuenta que si no se movía alguien terminaría preguntándole si se encontraba bien. Justo cuando se decidió a llevarse una cucharada a la boca Ginny entró y la cocina y le saludó con una mirada cómplice que hizo que los cereales quedaran atravesados en medio de su garganta.
En lugar de sentarse a la mesa ella se acercó a la cocina para ayudar a su madre pero ya era tarde para Harry, su estómago se había encogido de tal manera al verla que ya no aceptaría nada más. Dejó caer la cuchara en el tazón y lo apartó en un gesto apático, agobiado por sus pensamientos. Tenía que evitar mirarla o rompería a llorar en medio de la cocina. ¡Aquello era tan injusto! nada podía ser menos indicado para alojar el alma de Voldemort, nada podía tener menos que ver con él que la calidez de Ginny.
Por suerte Fred inició una conversación que les dio a todos otra cosa en la que pensar y aunque al principio Harry no escuchaba nada más que sus propios pensamientos siniestros agradeció al menos que los gemelos le proporcionaran una excusa para que los demás no se fijaran demasiado en él. En realidad no prestó ninguna tención a lo que hablaban hasta que uno de los gemelos, sentado frente a él, dijo algo cuyo efecto fue el mismo que si hubiera lanzado una bomba en medio de la cocina.
- …tendremos que acercarnos hasta el callejón Diagón – estaba diciendo George en ese momento.
- Ni se os ocurra – dijo la señora Weasley girándose rápidamente para mirar a los gemelos de forma amenazadora.
El ambiente se enrareció más de lo que ya estaba y todos contuvieron la respiración, intuyendo que una terrible tormenta estaba a punto de desatarse.
- ¡Pero mamá! – protestó Fred – la mercancía de la tienda y todas nuestras cosas siguen allí.
- ¿De verdad pensáis que voy a consentir que arriesguéis vuestras vidas por un puñado de artículos de broma y algunas túnicas viejas?
- Nosotros no vestimos túnicas viejas – replicó George ofendido pero la señora Weasley le interrumpió de nuevo.
- Aunque toda vuestra ropa estuviera hecha de puntillas y bordados élficos no os permitiría ir a buscarla.
- ¿Puntillas y bordados? – preguntó Fred escandalizado - ¿por quien nos tomas, madre?, puede que eso sea aceptable para los Malfoy pero nosotros vestimos con elegancia. Lo que queremos recuperar son prendas varoniles, confeccionadas con piel de dragón o cuero de unicornio de primera calidad.
- ¡No me importa! ningún pellejo tiene para mí tanto valor como el vuestro – dijo la señora Weasley con amargura. Si se hubiera lanzado a gritar quizá a los gemelos les habría sido más fácil enfrentarse a ella pero parecía a punto de echarse a llorar y durante unos segundos se quedaron mudos.
- Tendremos cuidado – intentó convencerla George en tono conciliador pero su madre le atajó antes de que siguiera poniéndose meloso.
- ¿De qué os servirá tener cuidado si os encontráis con un grupo de mortífagos? ¡Por Merlín!, ni siquiera necesitan tenderos una emboscada, les bastará con las docenas de delatores que estarán ansiosos por impresionar a Quien-vosotros-sabéis. ¡Qué mejor modo de demostrar su lealtad que entregarle a algunos miembros de La Orden del Fénix! ¿No lo entendéis? Ahora seremos cazados como conejos. ¡No lo permitiré! – terminó alzando la voz.
Todo el mundo dejara de desayunar y observaba la discusión de forma embarazosa. Después del ultimátum de la señora Weasley todos quedaron en silencio y solo se escuchaban los gorjeos escandalosos de Pigwigeon, que revoloteaba como loco por toda la cocina en busca de un poco de atención. Ron lo tentó ofreciéndole una de sus salchichas y cuando la pequeña lechuza se posó en su brazo para saborearla la atrapó y la sacó de la cocina con cara de fastidio, cerrando la puerta para que no volviera a entrar.
Los gemelos no tuvieron valor para replicar nada a su madre pero intercambiaron una mirada que Harry interpretó al instante, los conocía lo suficiente para saber que no se darían por vencidos.
Sentado al lado de Harry el señor Weasley suspiró sonoramente antes de intervenir.
- Yo os acompañaré – dijo en tono resignado.
- ¡Arthur! – protestó Molly escandalizada, pero antes de que la situación se descontrolara él la interrumpió dispuesto a poner paz.
- No habrá peligro Molly – aseguró sin perder la calma. – Iremos esta tarde, a las cuatro, cuando todos estén en el desfile de la victoria. – El señor Weasley se dirigió a su esposa de forma tranquilizadora y Harry observó como ella hacía un esfuerzo por no llevarle la contraria aunque siguió mirándole con la boca abierta y expresión de reproche. - Tú misma lo has dicho, todo el mundo quiere estar a bien con él, la gente temerá represalias y acudirá en manada a las calles de Hogsmeade para aclamarle. El callejón Diagón estará desierto, haremos una incursión rápida y estaremos de vuelta antes de que nos eches de menos.
- Iré con vosotros – dijo Ron apenas su padre acabara la frase.
- Y yo – se apuntó Harry. Dudaba que fuera tan sencillo como el señor Weasley prometía pero al parecer todos habían captado la intención de los gemelos, irían con la aprobación de su madre o sin ella y no podrían encontrar un momento mejor que durante el desfile de la victoria.
- Yo me quedaré contigo – dijo Ginny acercándose a la señora Weasley y posando la mano sobre uno de sus hombros. Harry pensó que debía estar realmente preocupada por ella, era la primera vez que veía a Ginny renunciar voluntariamente a participar en una misión en la que los demás podían correr algún riesgo.
Hermione, que en ese momento se acercaba a la mesa con una jarra llena de zumo de calabaza, se detuvo frente a todos durante un segundo; era la única que no había hablado hasta entonces.
- Si queréis yo también puedo acompañaros – se ofreció dubitativa mientras apartaba una fuente de huevos revueltos para hacer un hueco en la mesa en el que depositar la jarra.
Ron no dijo nada pero levantó la vista y clavó en ella una mirada suplicante que la tomó por sorpresa e hizo que se turbara. Parecía un cachorrito desamparado y aunque todos lo habían notado él siguió mirando a Hermione sin parpadear. Era realmente extraño que a Ron no le importara mostrar sus sentimientos tan abiertamente ante los demás, especialmente estando presentes los gemelos, y por unos segundos Hermione no supo que decir. Pero por una vez Fred y George no aprovecharon el momento de vulnerabilidad de Ron para burlarse de él, desde la muerte de Percy acumulaba tanta tensión que parecía que a punto de estallar y a nadie se le escapaba que en ese momento su estado anímico era ya bastante inestable como para hacerle cargar con una preocupación más.
Hermione se detuvo con la jarra en el aire y durante un momento pareció como si la escena se hubiera congelado hasta que fueron los gemelos los primeros en reaccionar.
- No te lo recomiendo, Hermione – dijo Fred tomando la jarra de sus manos y sirviéndose un baso de zumo como si no hubiera ocurrido nada, - nuestra casa es una auténtica pocilga – añadió haciendo una mueca de asco para dar más énfasis a sus palabras.
- Si, realmente no es un espectáculo para una señorita, - corroboró George asintiendo con la cabeza enérgicamente – te llevarías una impresión horrible de nosotros y arruinaría para siempre nuestra imagen de serios empresarios respetables.
Hermione hubiera preferido ir pero sin embargo les miró con agradecimiento por la brindar la oportunidad de poner fin a una situación embarazosa sin que el orgullo de nadie se viera dañado.
- En ese caso será mejor que no os acompañe, pero solo por esta vez – advirtió severamente antes de servirse ella también un gran baso de zumo de calabaza.
Aquella tarde Ginny abordó a Harry momentos antes de salir. Unos metros más allá, en el otro extremo del pasillo, Ron se despedía de Hermione acariciándole el pelo mientras le susurraba algo al oído, lo que hizo que Harry se sintiera todavía más incómodo.
- Sé que es más peligroso de lo que mi padre quiere admitir – dijo Ginny en tono sereno, clavándole sus ojos color miel con tanta intensidad que Harry tuvo que desviar la mirada, aún a riesgo de dar la impresión de ser esquivo y desagradable. Ginny metió la mano bajo su túnica y sacó el espejo reversible que él le entregara el día que bajaran juntos a la Cámara de los Secretos. – Me quedaría más tranquila si llevaras tu espejo contigo, si tenéis algún problema avísame y acudiremos con ayuda.
- De acuerdo, me llevaré este – aceptó Harry lacónicamente, - se nos hace tarde y no hay tiempo para buscar el mío en mi baúl. Tu padre y los gemelos ya nos esperan. – Añadió alegrándose infinitamente de que Ron ya se acercara por el pasillo. Aunque deseaba rodearla entre sus brazos más que ninguna otra cosa todavía no se sentía preparado para hacerlo, su proximidad le provocaba un intenso dolor en el pecho.
- Está bien – aceptó Ginny – yo cogeré el tuyo y lo tendré a mano todo el tiempo. Tened cuidado.
Ron pasó junto a ellos para dirigirse a las escaleras y musitó un escueto "debemos irnos" y Harry, sintiéndose fatal, se decidió por fin a mirarla fugazmente antes de seguir a Ron a toda velocidad escaleras abajo sin mirar atrás. Junto a la puerta el señor Weasley y los gemelos ya estaban listos y poco después abandonaban la casa mirando alrededor con precaución. Tras caminar unos metros se desaparecían en un rincón de la plaza protegido de miradas indiscretas sin sospechar que el dueño de un par de ojos negros y fríos que antes era bien recibido en la sede del cuartel general de La Orden del Fénix los acechaba oculto tras unos setos.
Cuando todos se desaparecieron Snape salió de su escondite y se dirigió sigilosamente hacia la casa. En los últimos meses su aspecto había desmejorado, tenía la cara demacrada, lo que hacía que su ganchuda nariz sobresaliera más que nunca entre las cortinas de pelo negro y grasiento que casi le cubrían el rostro. Sus pies se movían rápidamente sin hacer el menor ruido al pisar la acera y su larga capa negra ondeaba tras él dándole la apariencia de un enorme y siniestro pájaro, incluso sus manos, huesudas y crispadas en un gesto tenso recordaban a las garras de un animal. Al llegar ante la puerta desenfundó su varita y la movió haciendo unas complicadas florituras en el aire para deshacer los encantamientos que protegían la entrada mientras en voz muy baja susurraba contraconjuros de forma ininteligible. Cuando terminó apuntó con decisión a la cerradura, su pulso firme no tembló ni un ápice.
- ¡Bombarda! – exclamó con determinación.
Se produjo una gran explosión que destruyó parte de la pared aunque estaba construida con unos sólidos muros de piedra de más de medio metro de grosor. La puerta saltó de sus goznes y salió despedida hacia dentro aterrizando en medio del pasillo e hiriendo a la señora Weasley, que quedó tendida sobre la alfombra, casi completamente cubierta por lo que quedaba de la pesada puerta y algunos fragmentos enormes de piedra desprendidos de la pared.
Snape avanzó con rapidez y se agachó junto a ella buscándole el pulso mientras oteaba atento a su alrededor. Tal como él esperaba Hermione y Ginny irrumpieron en el largo pasillo armadas con sus varitas, apuntándole amenazadoramente; pero eso no le supuso ninguna contrariedad, con un movimiento rápido deslizó su brazo bajo la señora Weasley y como si ésta no pesara nada se levantó incorporándola ante él, utilizándola como escudo. Crookshanks apareció dando un salto y se interpuso entre ellos, enseñando las fauces a Snape en un gesto poco amistoso al que él no hizo ni caso.
Ninguno dijo nada, los tres se miraron con fiereza mientras se apuntaban con sus varitas pero la visión de la señora Weasley disminuyó un poco el coraje de las dos chicas, Hermione abrió los ojos desmesuradamente y Ginny dejó escapar un pequeño grito involuntario. Tenía la cara completamente hinchada y tan deforme que resultaba casi irreconocible, además en uno de los costados de su cabeza se observaba una enorme brecha que sangraba profusamente. La sangre, de un color rojo muy oscuro, cubría prácticamente todo su pelo y gran parte de su cara y bajaba goteando por el cuello formando grandes manchas por toda la ropa. No se movía, Snape la sujetaba como si fuera una enorme muñeca de trapo y aunque temían la respuesta las dos se preguntaron horrorizadas y si solamente habría perdido el sentido.
- Soltad las varitas y dejadlas en el suelo – indicó Snape de forma autoritaria.
Ginny no podía apartar la mirada de la horrible herida que la señora Weasley presentaba en la cabeza pero Hermione miró desafiante a su antiguo profesor, sin ninguna intención de rendirse. Snape no perdía de vista a la pelirroja sin embargo cuando habló lo hizo dirigiéndose a Hermione.
- Entregadme vuestas varitas y nadie más saldrá herido.
Ginny parecía desorientada y Snape le dirigió una mirada penetrante.
- Rendíos y le curaré la herida.
Ginny hizo un amago de entregársela pero Hermione la detuvo.
- No, Ginny. ¡Tendrá tres rehenes en lugar de uno! – añadió en tono suplicante.
- Se pondrá bien, - dijo Snape mirando fijamente a Ginny mientras señalaba a la señora Weasley con un seco movimiento de cabeza – ella no me interesa y no es mi intención hacerle daño pero tengo una misión que cumplir y os advierto que haré lo necesario para lograrlo.
- Pues siento defraudarle pero Harry no está aquí – respondió Hermione desafiante.
Mientras hablaban Ginny contaba mentalmente los pasos que la separaban de la sala, donde había dejado el espejo reversible, calculando si le sería posible echar a correr y llegar hasta allí para pedir ayuda a través del espejo antes de que Snape la neutralizara. Pero Snape era un experto en Legeremancia y le bastó mirarla fijamente para descubrir sus intenciones.
- Tú no vas a ningún lado – le dijo señalándola con su varita. – Ríndete y tu madre no sufrirá un daño mayor.
Para reforzar su amenaza Snape dirigió su varita a la cabeza de la señora Weasley.
- ¡No lo hagas, Ginny! – imploró Hermione.
- ¿Pretendes que deje morir a mi madre? – preguntó la pelirroja fulminándola con la mirada.
- ¿Qué crees que hará cuando nos tenga a las tres desarmadas? – gritó Hermione con nerviosismo.
- Si quisiera mataros ya lo habría hecho – dijo Snape con calma mirando fijamente a Hermione. Entonces, sin previo aviso y para demostrar que lo que decía era cierto, hizo un rápido movimiento con su varita y antes de que ninguna de ellas pudiera reaccionar Ginny cayó inconsciente al suelo. Crookshanks bufó por segunda vez y él lo apartó de en medio con un puntapié. - ¿Lo ves? – preguntó con sorna a una impotente Hermione, que le miraba con rabia apuntándole con su varita pero incapaz de hacer nada por el temor de herir más a la señora Weasley. – Lo mejor que puedes hacer ahora es rendirte, date prisa o no podré cerrar esta fea herida antes de que Molly se desangre.
Hermione sabía que su destino sería servir de cebo en una trampa para Harry pero tampoco podía permitir que la señora Weasley muriera desangrada ante sus ojos. Sentía una rabia incontrolable que le hacía temblar las manos y dudó durante unos segundos antes de dejar caer su varita al suelo y empujarla con el pie hacia él.
- Chica lista – murmuró Snape agachándose para cogerla y dejando a la señora Weasley en el suelo. Se acercó a Hermione y la ató concienzudamente con unas gruesas cuerdas salidas de su varita mientras ella clavaba en él con fiereza sus ojos humedecidos. Cuando Snape terminó cogió la varita de Hermione y la lanzó escaleras arriba para asegurarse de que le resultaría imposible alcanzarla - ella la vio aterrizar en el primer rellano - y después, sin ninguna contemplación, la tiró al suelo de un fuerte empujón.
Al caer Hermione se golpeó la cadera con una de las piedras que se desprendieran de la pared, pudo sentir como el filo cortante rasgaba la tela del pantalón llegando hasta la piel y desgarrándola pero aunque se le saltaron las lágrimas apretó los labios con fuerza para no quejarse.
Cayó muy cerca de Ginny y la observó con detenimiento, por suerte aparte de estar inconsciente no parecía lastimada; por su parte Snape había vuelto junto a la señora Weasley pero desde donde estaba no podía ver lo que hacía. Comenzó a retorcerse intentando girarse un poco para ver mejor, moviéndose frenéticamente cuanto podía aunque las cuerdas casi le cortaban la circulación. Después de unos minutos, jadeando y con la respiración entrecortada por el esfuerzo, consiguió desplazarse lo suficiente para observar a Snape.
Aun estaba inclinado sobre la señora Weasley moviendo la varita sobre ella y comprobó con horror que a los pies de Snape se había formado un charco de sangre que le manchaba los zapatos. Pero Hermione no pudo ver nada más porque al parecer él había terminado, se incorporó de golpe y se volvió hacia donde estaba ella, mirándola con dureza. Hermione intentó ignorarle, lo que más le interesaba era adivinar si había conseguido detener la hemorragia pero él se interponía entre las dos dificultándole la visión. Ella le dirigió una mirada cargada de reproche.
- Tú señor y tú os equivocáis si creéis que Harry vendrá a buscarme porque no lo hará – dijo desafiante.
- Mejor – contentó él secamente y le dedicó una sonrisa sarcástica – no es a Potter a quien he venido a buscar ¿y acaso he dado alguna vez muestras que querer verle por placer? – preguntó burlonamente. Hermione no creyó ni por segundo que Harry no fuera el motivo de su presencia en aquella casa pero antes de que pudiera decir nada Snape dirigió la varita hacia su cara y murmuró.
- Silencius.
La réplica de Hermione se perdió para siempre porque ningún sonido salió de su garganta y él la miró con enorme satisfacción.
- ¡Qué liberación!, - exclamó claramente complacido - no sabes cuantas veces tuve que reprimirme para no hacer esto en los seis años que me vi obligado a sufrirte como alumna.
Hermione le miró con un creciente sentimiento de repulsión, aunque Snape siempre mostrara desprecio y aversión hacia ella se sentía decepcionada, casi podría decirse que traicionada. En sus años en Hogwarts Harry y Ron desconfiaran de él tantas veces… Y todas y cada una de esas veces ella se enfrentara a ellos, sino para defenderle al menos sí para decirles que Dumbledore tendría sus motivos para apoyarle y que por desagradable que fuera se podía confiar en él. Nunca en toda su vida se había sentido tan estúpida como en ese momento.
Snape dejó de mirarla y fijó su atención en Ginny, que seguía inconsciente. La apuntó con su varita y por un momento Hermione se temió lo peor pero el hechizo que pronunció la dejó completamente sorprendida.
- Mobilicorpus – dijo Snape, y el cuerpo de Ginny quedó suspendido en el aire, flotando en medio del pasillo como si fuera mecido por unas pequeñas olas o por la suave brisa del atardecer. Sin entender nada de lo ocurría Hermione miró alternativamente a Ginny y a Snape con ojos desorbitados.
– Ahora escúchame con atención, – dijo Snape secamente dirigiéndole a Hermione una mirada intimidante y autoritaria que por un momento la transportó al pasado haciéndole recordar la forma en la que solía tratarla en las clases, - la señorita Weasley y yo nos marchamos y si le tienes algún afecto a Potter, aunque solo sea un poco, le impedirás que por una vez meta las narices donde no le llaman y venga a buscarla. Tal vez así logres prolongarle un poco la vida.
Cuando terminó de hablar le dio la espalda e hizo descender un poco el cuerpo de Ginny, dejándola flotar casi a ras del suelo. Se acercó a ella y después de cubrirla con su capa de viaje para que no se le vieran los pies recogió su varita del suelo y le pasó el brazo sobre hombro antes de salir al exterior. Si los hubiera visto algún muggle pensaría que la estaba abrazando.
Llevándose a Ginny con él Snape abandonó la casa y caminó unos cuantos metros hasta un lugar seguro pero como el número 12 de Grimmauld Place ya no tenía puerta, ni pared que la sostuviera, Hermione pudo escuchar el amortiguado sonido de su desaparición conjunta muy poco después.
En cuanto quedó sola se arrastró como pudo hasta la señora Weasley y comprobó con alivio que aunque tenía mal aspecto por lo menos había dejado de sangrar. Intentó no pensar en Ginny ni en porque Snape prefiera llevársela a ella, ahora lo prioritario era liberarse para poder avisar a los demás. Sabía que no podría alcanzar su varita, con aquellas ataduras le resultaría imposible subir las escaleras, pero tenía que haber algo que pudiera hacer. Al pensar en su varita una idea le vino de pronto a la cabeza. Todavía tenía algo a su favor, Snape se había llevado la varita de Ginny pero se había olvidado de la de la señora Weasley, que no podía estar lejos ya que ella siempre la tenía encima.
Normalmente la llevaba a la vista, sujeta al cinturón de su túnica, de modo que Hermione dirigió una mirada esperanzada al cinturón. Por un momento creyó que tendría la suerte de encontraría allí, que la varita estaría en su lugar habitual esperando que ella la usara para liberarse de las ataduras, pero en seguida se dio cuenta de que se equivocara porque al fijar la vista en el cinturón no encontró rastro de ella. Empleando toda su voluntad en intentar no desanimarse pensó que con un poco de suerte la señora Weasley la llevaría en la mano cuando la explosión la sorprendiera y la buscó con la mirada alrededor aunque no logró encontrarla. Sin perder la esperanza se tumbó en el suelo junto a ella, revolcándose en el charco de sangre y empapando de paso su propia ropa. Con enorme dificultad y un gran esfuerzo registró el suelo arrastrándose lentamente en busca de la varita, las cuerdas le cortaban el flujo sanguíneo y pronto empezó a notar todo el cuerpo dolorido y entumecido.
Pasó un buen rato hasta que la encontró, atrapada bajo un enorme fragmento de piedra bajo el que sobresalía un pequeño pedazo de madera. Se giró como pudo hasta quedar frente a la varita y aplastando la cara contra el suelo la cogió entre los dientes y tiró con todas sus fuerzas. Al segundo intento estaba segura de que por mucho que lo intentase no lograría hacerse con la varita. Aunque consiguiera colocarse en el ángulo adecuado la piedra que la atrapaba era demasiado grande y la varita no sobresalía lo suficiente. Después de varios intentos se le ocurrió que quizás Snape no se había olvidado de la varita, que tal vez sabía donde estaba y la dejara allí con el único motivo de que ella se torturara intentando recuperarla; de cualquier modo siguió intentándolo durante mucho tiempo, rascándose los labios una y otra vez contra la piedra mientras lloraba de impotencia hasta que, agotada, se vio obligada a desistir y volver arrastrándose junto a la señora Weasley.
Nunca se había sentido tan frustrada, por si fuera poco con la preocupación que sentía por los que estaban en el callejón Diagón ahora se sumaba el temor por las vidas de Ginny y la señora Weasley. Quedó tumbada en aquel pasillo durante lo que le parecieron horas, deseando ansiosa que los demás regresaran cuanto antes. Cuando se le pasó el efecto de hechizo silenciador llamó a la señora Weasley con insistencia pero su esfuerzo fue en vano porque ella no recuperó el conocimiento. Fueron algunas de las horas más angustiosas de su vida, tendida en el pasillo, sola e impotente, sin poder hacer otra cosa salvo esperar.
En el callejón Diagón cinco personas se afanaban en recoger algunos enseres personales y la mayor cantidad posible de artículos de defensa almacenados en Sortilegios Weasley. Llegar hasta allí en pleno día era demasiado arriesgado pero tal como dijera el señor Weasley todo el mundo estaba en Hogsmeade, ofreciendo a Voldemort su ansiado baño de multitudes. Los gemelos sabían que aquella era la última oportunidad que tendrían de poner los pies en su local de modo que intentaban llevarse con ellos todo los que podían, lo que provocó que tardaran bastante más de lo que en principio tenían pensado.
Después de bastantes deliberaciones y muchos encantamientos reductores para que todo ocupara el menor espacio posible consiguieron hacer entrar sus cosas en cinco pesadas mochilas. Estaban a punto de marcharse de allí cuando el patronus de Charlie irrumpió en la tienda convocándoles en su casa para una reunión de La Orden del Fénix, una reunión urgente para planear una misión inmediata. Los gemelos suspiraron con resignación.
- Está visto que tendremos que dejar todas nuestras cosas – se quejó George malhumorado – en casa de Charlie no cabe ni un alfiler y no podemos presentarnos en una misión con todos estos bultos.
- No tenéis que llevarlos con vosotros – replicó Ron – Harry y yo podemos llevarlos a Grimmauld Place.
- ¿No os interesa acudir a la reunión de La Orden? – preguntó Fred asombrado.
Harry y Ron intercambiaron una rápida mirada y se entendieron a la perfección. Harry sabía que era imposible que en la reunión se tratara ningún tema que fuera de su interés; y Ron, que conocía una parte de la verdad, pensaba exactamente lo mismo, mientras Voldemort conservara sus Horrocruxes no podrían destruirle de modo que los asuntos de La Orden del Fénix no les parecían una prioridad en aquel momento.
De todas formas consideraron conveniente disimular lo mejor posible ante los gemelos y el señor Weasley de modo que se vieron obligados a fingir.
- Claro que queremos ir, cerebro de mosquito – espetó Ron con energía – solo nos ofrecemos por haceros un favor. Si dejamos todas estas cosas aquí mañana los mortífagos tendrán los mejores equipos de defensa que hay en el mercado.
- Por no mencionar la ropa más elegante – acotó George con expresión pensativa, - no imagino a Crabbe y Goyle intentando meterse en nuestras túnicas. ¡Y las cartas de amor de Fred…! - añadió como si acabara de tener una revelación - que son un arma de poder casi letal, a su lado las pastillas vomitivas son inofensivas.
Las orejas de Fred se volvieron rojas e iba a decir algo pero Harry fue más rápido.
- Además alguien tiene que volver, - intervino precipitadamente - Ginny, Hermione y la señora Weasley estarán preocupadas.
- Las avisaremos y nos reuniremos con vosotros en casa de Charlie lo antes posible – decidió Ron.
Sin tiempo que perder el señor Weasley y los gemelos salieron de la tienda cuanto antes, dejando a Harry y Ron solos, acompañados únicamente por los cinco pesados bultos con las cosas de Fred y George.
- Supongo que si La Orden ya está preparada para empezar a resistir nosotros deberíamos hacer lo mismo – dijo Ron mirando a Harry de soslayo mientras terminaba de atar unos de los petates.
- Sí, empezaremos cuanto antes – respondió Harry evitando mirarle. El renovado empeño de Ron en acabar con Voldemort acabaría suponiéndole un inconveniente e hizo que Harry se preguntara durante cuanto tiempo podría ocultarles la verdad a él y a Hermione. - ¿Vamos? – preguntó un poco nervioso, ansiaba dar por terminada la conversación cuanto antes y para apremiar a Ron se echó uno de los petates al hombro.
Un par de minutos después salieron al callejón y se desaparecieron sin tomarse demasiadas molestias para hacerlo con discreción, de todas formas muy pronto los mortífagos se presentarían allí para arrasar con el local y cuando lo hicieran descubrían que alguien se les había adelantado.
En el número 12 de Grimmauld Place Hermione seguía tumbada muy cerca de la señora Weasley vigilando que al menos su estado no empeorara. Cuando escuchó el sonido de dos apariciones en la plaza suspiró y aguzó el oído esperando escuchar tres más pero a medida que transcurrían los segundos empezó a alarmarse pensando que algo marchaba mal. Antes de que pudiera preguntarse que ocurría Harry y Ron entraron en tromba en la casa con sus varitas desenvainadas y se encontraron con un espectáculo atroz. El aspecto de Hermione resultaba casi tan alarmante como el de la señora Weasley, tenía los labios en carne viva y la cara completamente cubierta por una gruesa capa de suciedad, formada a partes iguales por polvo y sangre seca, en la que se apreciaban los surcos dejados por las lágrimas. En el pasillo había un charco de sangre y tanto la señora Weasley como Hermione, ambas tendidas en el suelo, estaban tan impregnadas de ella que en un primer momento les resultó imposible aventurar a cual de las dos pertenecía.
- ¡Ron, Harry! – llamó ella en cuanto les vio asomar por el lugar donde debería estar la puerta.
Ron pronunció un hechizo que liberó a Hermione de sus ataduras y se acercó a ellas, dejándose caer de rodillas en el reducido hueco que había entre las dos. Ni siquiera tuvo tiempo de observar detenidamente el estado de su madre porque en cuanto se vio libre Hermione le echó los brazos al cuello, aferrándose a él con desesperación.
- Snape se presentó aquí en cuanto os marchasteis, la explosión la hirió y no he conseguido que recupere la consciencia – dijo con voz rota, respirando agitadamente y liberó a Ron para que pudiera acercarse a la señora Weasley.
Ron miró a su madre y por un momento pareció sobrepasado por la situación.
Parado en medio del pasillo Harry escrutaba a su alrededor con un terrible nudo en el estómago.
- ¿Y Ginny? – preguntó dirigiéndose a Hermione aunque apenas le salía la voz.
- Snape se la llevó – susurro Hermione sintiéndose un poco culpable por no haber podido evitarlo.
Harry se quedó tan blanco como la pared pero a parte de eso no tuvo ninguna otra reacción. Ron y Hermione creían que empezaría a gritar con desesperación que tenían que salir a buscarla pero en su lugar Harry solo parpadeó aturdido antes de darles la espalda y dirigirse a paso rápido hacia la cocina. Ambos se extrañaron por su conducta pero no le siguieron, Ron se incorporó mirando ceñudo la puerta por la que Harry desapareciera y tendió una mano a Hermione para ayudarla a incorporarse.
- ¿Tú estás bien? – preguntó con semblante preocupado.
- Sí, solo un poco entumecida – respondió limpiándose un poco el polvo que cubría su ropa y echando a andar tras él escaleras arriba. Ron ya había hecho un hechizo a la señora Weasley y la llevaba hasta el dormitorio de sus padres para ocuparse de sus heridas.
Cuando terminaron bajaron a la cocina en busca de Harry. Lo encontraron removiendo los armarios de la parte más alta, poniéndolo todo patas arriba como si buscara algo frenéticamente.
- ¿Cómo está? – preguntó al oírles entrar sin bajarse de la silla en la que estaba encaramado.
Ron le miraba con recelo y ni siquiera contestó, fue Hermione quien lo hizo.
- Tiene algunos huesos rotos y sigue inconsciente pero parece que se pondrá bien. Lo más peligroso era la brecha de la cabeza, lo demás son solo moratones y heridas superficiales.
- Tenemos que ir a buscar a Ginny – dijo Ron en voz bastante alta para que Harry le escuchara a pesar de tener la cabeza metida dentro de una alacena.
- No podemos dejar a tu madre sola e inconsciente – objetó Hermione.
- Pues entonces iremos Harry y yo – replicó Ron clavando su mirada con intensidad en la nuca de Harry, claramente molesto porque se mostraba más interesado en registrar la cocina que en intentar liberar a Ginny.
- Primero deberíamos averiguar donde la tienen – dijo Harry sin dejar lo que estaba haciendo.
- ¿Esperas encontrarla en uno de los armarios?– preguntó Ron exasperado por el comportamiento de Harry. – Porque quiero que sepas que yo no estoy dispuesto a quedarme aquí de brazos cruzados.
- Yo tampoco me quedaré de brazos cruzados, - replicó Harry crispado, y aunque no le vieron la cara Ron y Hermione pudieron notar la tensión en su voz – pero no podemos ir a buscarla sin saber antes donde está. – Bajó de la silla de un salto y abriendo uno de los cajones del aparador lo sacó del mueble y volcó su contenido sobre la mesa - ¿Adonde quieres ir, Ron? – preguntó mientras removía los cachivaches salidos del cajón - ¿al valle de Godric?, Colagusano no te dio la dirección así que ni siquiera podrías encontrar la casa y además no creo que Voldemort la llevara allí.
- Eso suena como si no te importase lo que le ocurra – dijo Ron con una voz claramente acusadora, y apoyando ambas manos sobre la mesa se inclinó un poco para obligar a Harry a mirarle a los ojos.
- ¡Por supuesto que me importa, y estoy haciendo lo que puedo! – estalló Harry enfrentándose al pelirrojo – pero aunque supiéramos donde está no podríamos ir a buscarla mientras Voldemort esté con ella, no podemos matarle ¿recuerdas? Y no creo que nos deje llevárnosla por las buenas. Necesitamos un plan.
- ¿Qué plan?, - preguntó Ron cada vez más nervioso - ¿buscarla en los cajones de la cocina?
Harry siguió removiendo el contenido del cajón hasta que encontró un pequeño frasco de pociones y lo apresó en su puño como si fuera un tesoro.
- Voy a recuperar mi conexión con Voldemort – informó levantando la mano para mostrar lo que quedaba de la pócima para dormir que le suministrara Aberforth.
- ¿Sabes cómo hacerlo? – preguntó Hermione mirándole con incredulidad, no pretendía desmoralizarle pero su voz sonó bastante escéptica.
– Bueno, - titubeó Harry – nunca he probado a hacerlo de forma intencionada – admitió, - pero si logré hacerlo antes ahora también.
- Estarás dormido, - se opuso Hermione – y tendrás que bajar las defensas, lo que conseguirás será que él se inmiscuya en tu mente y no al revés.
- Eso no importa, lo importante es que se establezca la conexión, - contestó Harry con terquedad – con eso me bastará para saber donde la tiene. No tenemos otra opción y con un poco de suerte ni siquiera se enterará.
- Más nos vale porque si se entera te mostrará lo que él quiera que veas – replicó Hermione con voz sombría.
- Aunque funcione podrías tardar horas – dijo Ron apesadumbrado - mientras tú estás aquí haciendo planes quien sabe lo que le estarán haciendo, - su voz se quebró; Harry intuyó que en su interior se producía una lucha, que aunque una trataba desesperadamente de mantener a raya la idea que lo atormentaba no conseguía desecharla del todo, finalmente levantó y la vista y a Harry le pareció que los ojos humedecidos de Ron brillaban desconsolados en medio de la semipenumbra de la cocina. - Puede que la hayan matado – terminó Ron con una inconfundible angustia pintada en el rostro.
La confesión de los temores de Ron le hizo sentirse culpable. Deseaba decirle que la vida de Ginny no corría peligro pero dudaba seriamente que la idea de que un pedazo del alma de Voldemort residiese dentro de su hermana le resultara tranquilizadora. Harry inspiró hondo, sentía que no era justo ocultarle la verdad pero tampoco podía decírselo. Algo en su interior se resistía a expresar algo tan terrible en voz alta, como si una vez que lo hubiera hecho ya fuera algo irreversible.
- Ella está viva, - dijo con voz firme, deseando que simplemente le creyeran.
- Claro – contestó Ron con ironía - él siempre ha mostrado mucha consideración por la vida ajena.
Pero Hermione miró a Harry con ojos entrecerrados.
- ¿Qué es lo que no nos has contado, Harry? – preguntó con voz acusadora y escrutándole con la mirada – ¿Porqué quieren a Ginny?
- ¿De qué hablas? – preguntó Ron confundido, mirando primero a Hermione y luego a Harry – No es Ginny quien les interesa, solo es una trampa, ¿Por qué razón iban a estar interesados en ella?
- No lo sé, - dijo Hermione pensativa – pero Snape nos conoce demasiado bien, somos el inseparable trío de Gryffindor, si fuera una trampa lo lógico sería que me hubiera llevado a mí y que dejara claro donde teníais que venir a buscarme, sin embargo dijo claramente que no era a Harry a quien buscaba y que no fuéramos a por Ginny.
Harry la fulminó con la mirada, nunca en toda su vida había deseado tanto que Hermione cerrara la boca pero sabía que no se callaría, quedarse callada iba en contra de su naturaleza, de la misma manera que en clase no podía evitar responder a las preguntas de Snape aunque supiera que él detestaba escuchar las respuestas de su boca.
- Pero lo más raro de todo esto es que a ti no parece extrañarte, - continuó Hermione de forma incisiva – cuéntanos, Harry ¿por qué Snape buscaba a Ginny?
- Lo importante es encontrarla. – Respondió de forma esquiva y sin darles la oportunidad de continuar con el interrogatorio abrió el frasco de poción y vació de un solo trago todo su contenido directamente a su garganta. No tuvo tiempo ni de posar el frasco nuevamente sobre la mesa antes de notar que las piernas le flaqueaban pero Ron cruzó la cocina como un rayo y le sujetó aferrándole por el cuello de la túnica.
- ¿Por qué quiere Voldemort a mi hermana, Harry? – preguntó Ron a gritos, zarandeándole para que no se durmiera.
Harry le miró a través de sus ojos semicerrados, los párpados le pesaban como si fueran de acero, intentó con todos sus fuerzas no escuchar a Ron, lo que tenía que hacer era concentrarse en establecer la conexión con Voldemort.
- ¿Qué ocurre con Ginny? ¡Contesta! – exigía Ron a gritos sacudiéndole con violencia. Parecía muy preocupado y Harry le comprendía pero en ese momento le resultaba un fastidio, sus gritos le distraían y eso no era bueno… - ¿Está en peligro? ¿Van a matar a mi hermana?
- Tranquilo – farfulló con lengua de trapo – Voldemort no la tocará, no permitirá que le hagan daño.
- ¿Por qué, Harry? ¿Por qué no la tocará? ¿Por qué habría de protegerla?
Se le nublaba la mente y no conseguía pensar con claridad, los gritos de Ron se le metían en el cerebro taladrándolo con terquedad y se resistían a abandonarle, repitiéndose dentro de su cabeza como un molesto eco que no conseguía ignorar. La imagen de Ron, furioso y preocupado, se instalara en su cerebro como un molesto inquilino que no había sido invitado. Tenía que hacer que se callara o lo estropearía todo.
- ¿Porqué no le harán daño, Harry? – seguía gritando Ron.
- Porque ella es un Horrocrux – acertó a decir antes de caer dormido sobre el pecho de su amigo.
