Últimamente no estoy escribiendo mucho y no pensaba actualizar de momento pero no quiero negarme a la petición de un seguidor que está de cumple. Este es mi pequeño regalo para él aunque es una pena que me toque subir precisamente este capítulo ya que dudo mucho que sea del agrado de la mayor parte de los lectores de esta historia. De todas formas muchas felicidades Jesu4, te deseo lo mejor.
El capítulo 32 es en muchos aspectos diferente. Me apetecía escribirlo de forma que se pudieran ver los puntos de vista de varios personajes. Hice algo parecido en el capítulo 24, donde la batalla en el castillo es contada desde el punto de vista de cada miembro del trío por separado, pero ahora he ido más lejos porque en este capítulo el narrador puede meterse en la cabeza de todos los personajes que intervienen en el capítulo. No coincide con el canon pero creo que enriquece el relato.
Hecha la aclaración os dejo con el capítulo.
ooOOoo
CAPÍTULO 32: La séptima hija
Estaba anocheciendo y la enorme estancia, apenas adornada por unos pocos muebles y un generoso número de cuadros, no estaba iluminada más que por un débil resplandor anaranjado. Los últimos rayos de sol de aquella tarde de finales de junio habían conseguido colarse por la única ventana de la pieza y agonizaban lentamente, resistiéndose en una batalla perdida de antemano a dar paso a las sombras de la noche. La oscuridad aumentaba a cada minuto y pronto dejarían de apreciarse los contornos de los pocos muebles que salpicados aquí y allá se adivinaban tremendamente lujosos a pesar de la falta de luz.
Cerca de la ventana una joven comenzó a desperezarse de su prolongado letargo. Incluso antes de levantar los párpados su gesto se transformó en una mueca de dolor, la chica trató instintivamente de llevarse una mano a la cabeza pero apenas consiguió moverla unos pocos centímetros antes de darse cuenta de repente de que no podía moverse. No solo le dolía cabeza, se encontraba más exhausta de lo que había estado jamás, le dolían todos y cada uno de los músculos de su cuerpo y además no parecían responderle como debieran. Cerró los ojos con más fuerza y no pudo evitar que un gemido de dolor se escapara de sus labios, fue un sonido apenas audible pero bastó para captar la atención de dos figuras que se encontraban en el otro extremo de la sala, allí donde la oscuridad era casi total.
- Creo que se está despertando – susurró una voz salida de la penumbra observando como la mata de pelo rojizo, prácticamente la única nota de color en la creciente oscuridad, se movía lentamente buscando la claridad de la ventana.
Al descubrir que no estaba sola Ginny abrió los ojos de golpe, sin rastro de la expresión de confusión y aturdimiento que un segundo antes se apreciaba en su rostro. La familiaridad de aquella voz en lugar de tranquilizarla provocó que recuperara totalmente la consciencia, repentinamente alarmada por una sensación de peligro.
Voldemort se giró para mirar a la chica, situada de espaldas a él, y la observó sin decir nada. Ginny permaneció sin moverse pero igualmente él echó a andar cruzando la habitación sin ninguna prisa; al llegar hasta ella sus ojos rojos se fijaron en la chica, estudiándola con detenimiento, y ella, dándose cuenta de que no podría fingir que todavía estaba inconsciente, le devolvió a su captor una mirada llena de furia.
A Ginny la cabeza le dolía horrorosamente, sentía que cientos de alfileres le traspasaban el cráneo hasta clavársele en el cerebro y tenía una enorme laguna en su memoria. No sabía que le había pasado ni como había llegado hasta allí pero al asomarse a aquellos ojos, estrechos como rendijas, que parecían ventanas al mismísimo infierno terminó por despejarse del todo.
Instantáneamente sintió como la sangre se le helaba en las venas y un terror frío se apoderaba de ella. Su cerebro comenzó a funcionar a toda velocidad y a su desconcertada mente llegaron vagos fragmentos de una especie de batalla, retazos de una lenta agonía en la que aquellos terroríficos ojos buceaban en su interior, escudriñando hasta el rincón más recóndito de su alma a la vez que la torturaban sin piedad con imágenes horribles; y aunque no pudiese recordar lo sucedido con claridad supo con absoluta certeza que no eran imaginaciones suyas, que algo había pasado en el fragmento de tiempo que su memoria se negaba a recuperar y que ahora el dueño de esos ojos la conocía mejor de lo que ella misma llegaría a conocerse jamás.
Ginny le miró horrorizada, incapaz de articular palabra, y aunque las facciones de Lord Voldemort no abandonaron su habitual gesto inexpresivo por un momento pareció complacido por la reacción de la chica. Se acercó hasta situarse a pocos centímetros de su rostro antes de comenzar a hablarle con su fría voz.
– No suelo coincidir Potter a menudo, pero he de admitir que en cuestión de mujeres no tiene mal gusto – dijo en voz baja.
Luego estirando lentamente su brazo hacia ella rozó con suavidad la piel de la chica, deslizando lentamente sus finos y blanquecinos dedos a lo largo de la mejilla de Ginny.
- Eres muy bonita… – Susurró de forma intimidante mientras enredaba su dedo en uno de los rizos del pelirrojo cabello.
A él no le interesaba ninguna mujer lo más mínimo pero podía jugar a asustarla un poco. Intimidar a la gente le provocaba una sensación excitante de la que no se cansaba nunca, podía oler el pánico que su simple presencia desataba a su alrededor, haciendo que hasta al más valiente de los magos le temblaran las rodillas sin control.
Ella se mantuvo muy quieta y no se movió siquiera para rechazar el contacto, a pesar de lo desagradable que le resultó el tacto de Voldemort, frío como el de un reptil. Aunque procuraba no demostrarlo Ginny estaba aterrada, sentía que ni las cuerdas con las que estaba atada serían necesarias para inmovilizarla porque aquellos ojos rojos la paralizaban de una manera más poderosa de lo que podría hacerlo cualquier hechizo, pero recuperada de la primera impresión se obligó a no ceder al pánico, dispuesta al menos a mirarle sin desviar la vista.
– Podrías tener a cualquier chico, has hecho mal en escoger a Potter, - continúo con voz suave, imitando el tono que con que un padre preocupado aconsejaría a su pequeña. – Ese chico es un entrometido insufrible… - estaba tan cerca de su mejilla que ni siquiera reparó en el brillo carmesí que por un momento cruzó como un rayo por las pupilas Ginny.
- Tal vez sea eso lo que me guste de Harry – le interrumpió ella de modo cortante antes de que Voldemort pudiera terminar la frase.
La pelirroja se sorprendió al escuchar sus propias palabras, como un acto reflejo habían salido ellas solas de su boca, como si su cerebro no hubiera dado la orden de pronunciarlas. Tan solo un segundo antes habría jurado que no tendría valor para responderle de esa madera pero ahora que lo había hecho se sentía extrañamente orgullosa de su temeraria respuesta. Sintiendo renacer en su interior una osadía que momentos antes creía perdida incluso encontró el valor para devolverle una mirada desafiante llena de desprecio.
Voldemort cortó su discurso de inmediato y se alejó de la chica, soltando el rizo pelirrojo como si de repente se hubiera dado cuenta de que pertenecía a una criatura repugnante y asquerosa. La miró asombrado, con una mueca de disgusto reflejada en su rostro, y por una fracción de segundo los largos dedos acariciaron con avidez la varita que sostenía en una de sus manos pero luego encarando a Ginny le sonrió. Era una sonrisa irónica y cruel, sin el menor atisbo de alegría, aunque en su cara sin facciones se reflejó algo parecido a la satisfacción de confirmar una sospecha. Las palabras salieron de su boca como si las escupiera.
- Veo que puedes ser tan irritante y estúpida como él. – Hizo una pausa y se aproximó más a Ginny para susurrarle al oído. – Ya que sois tal para cual muy pronto os reuniré de nuevo.
No esperó a conocer la reacción de la chica, sin previo aviso dio media vuelta y caminó a paso rápido hasta el otro extremo de la sala para reunirse con Snape.
- ¿Ya habrán llegado todos a Azkaban? – preguntó secamente.
- Si todo marcha según lo previsto deben estar asaltándola ahora mismo, señor.
- Me extrañaría que todo marcharse según lo previsto teniendo en cuenta que los mortífagos que van liberar ya se dejaron atrapar una vez. Ese grupo de incompetentes son tan torpes que podrían arruinar su propia fuga - dijo contrariado. – Si no los necesitara prolongaría su castigo y los dejaría pudrirse en Azkaban por inútiles, especialmente a Bella. Todavía me cuesta creerlo ¡capturada por Longbottom, el alumno más inepto de Hogwarts! – exclamó iracundo y decepcionado – pero ahora necesito gente de confianza para mantenerlo todo bajo control.
- La operación será un éxito, señor, - le tranquilizó Snape - es imposible que fracasen teniendo en cuenta que excepto el personal de Hogwarts todos los nuestros van a estar allí.
- De todas formas creo que mi supervisión directa les supondrá una motivación extra. Será mejor que me asegure personalmente de que cada uno de los pretenden llamarse mortífagos es digno de ese nombre.
- ¿Entonces va a ir personalmente, mi señor?
A pesar del inesperado cambio de planes la voz de Snape no reflejó sorpresa alguna, aquellos más allegados al señor Tenebroso sabían que con él nunca se podía estar seguro de nada.
- Sí – afirmó con rotundidad - será un gran placer contemplar la caída del último bastión de Scrimgeour. Después de esto a los pocos que todavía ofrecen resistencia no les quedará más remedio que cambiar de opinión y aceptar que aparte de mí no existe otra alternativa, con el Ministro escondido bajo tierra y la maldita Orden del Fénix tan mermada en sus fuerzas no nos llevará mucho tiempo exterminarlos a todos, incluido Potter. Cuando le mate exhibiré su cadáver en el atrio del Ministerio, será un perfecto sustituto para la horrible fuente que hay ahora y servirá para disuadir a los todavía conserven alguna pretensión de oponerse a mí.
Terminó de hablar y durante un segundo su atención se desvió hacia la muchacha para mirarla una vez más, al dirigirse de nuevo a Snape la señaló con un pequeño y seco movimiento de cabeza.
– Volveré pronto, mientras tanto mantenla vigilada, es de las que disfrutan creando problemas.
- Así lo haré, amo – respondió Snape inclinándose en una pequeña reverencia.
ooOOoo
Tendido en uno de los sofás de Grimmauld Place Harry se revolvía en un sueño inquieto y agitado. Al principio cayó en un profundo sopor y Ron y Hermione no creyeron necesario subirlo a su habitación, lo llevaron hasta la sala de estar y lo tumbaron sobre el sofá más amplio, quedándose con él durante un buen rato mientras ellos buceaban entre las cajas de cartón que contenían el legado de Dumbledore en busca del zumbante objeto de finas patas plateadas.
Mientras Ron y Hermione se quedaron con él Harry durmió tan plácidamente como si estuviera en un coma profundo pero ahora el efecto de la poción empezaba a remitir y a medida que se desvanecía se iba sumiendo en un estado de desasosiego cada vez mayor. Imágenes confusas se arremolinaban en su cerebro, pasando unas tras otras a gran velocidad hasta que la aparición de un rostro en concreto logró despertar su interés. La pequeña parte del cerebro de Harry que comenzaba a acercarse a algo parecido a la consciencia se aferró a la imagen de ese rostro con determinación, haciendo acopio de toda la voluntad de la que era capaz en su estado para lograr que el carrusel de imágenes se detuviera. Durante unos segundos el rostro de nariz angulosa y piel cetrina acaparó toda su atención, hasta que poco a poco una escena fue tomando forma a su alrededor.
Estaban de pie, en un cuarto muy oscuro, de modo que lo único que podía distinguir con claridad era el rostro de Snape que situado a un metro de él le miraba atentamente. Un momento una voz fría y carente de toda emoción llegó hasta sus oídos, era una voz conocida y aunque no la identificó como suya supo que era él quien hablaba. Estaba diciendo algo acerca de una fuente pero aunque las palabras salían de su boca no consiguió encontrarles ningún sentido.
La voz se extinguió en la negrura del cuarto en penumbras y él miró por encima del hombro de Snape durante un segundo. Al hacerlo pudo observar el resto de la habitación, escasamente amueblada. En medio de la oscuridad acertó a distinguir un lujoso escritorio y una cómoda butaca, algunos estantes y bastantes cuadros, aunque su atención no se fijó en ninguno de esos objetos. Cerca de la chimenea, al otro lado del cuarto, una joven pelirroja permanecía de pie atada a una especie de mesa vertical. Por algún motivo su visión le resultó irritante. Al volverse de nuevo hacia Snape la señaló con un seco movimiento de cabeza.
– Volveré pronto, mientras tanto mantenla vigilada. Es de las disfrutan creando problemas.
- Así lo haré, amo – respondió Snape inclinándose en una pequeña reverencia.
Salió apresuradamente de la habitación a lo que parecía una pequeña sala de espera. Si quería llegar a tiempo tenía que darse prisa, los demás habían partido hacía horas, claro que no disfrutaban de las ventajas de poder aparecerse en Azkaban, ese era un privilegio reservado solo a magos de su talla.
Debería sentirse exultante, a primera hora de la tarde había sido aclamado por la multitud y pronto tendría con él a todos sus leales servidores. El asalto a Azkaban sería la prueba definitiva de su poder sin embargo le acompañaba la inquietante sensación de que algo podría no salir como debería.
Estaba enfilando un largo pasillo a grandes zancadas cuando escuchó los gritos de la chica increpando a Snape.
- ¿Qué le ha pasado a mi madre, maldito bastardo?
En contra de lo que todos creerían esa muestra de carácter no le resultó desagradable. Por alumnos como ella era por lo que anhelaba con tanta vehemencia tener Hogwarts bajo su dominio, le molestaba tremendamente que se desaprovechara el talento mágico y Dumbledore había sido todo un experto en esa materia. Se empañaba en formar a los sangre sucia, lo que evidentemente retrasaba la educación de los demás; malgastaba el tiempo enseñando a los chicos costumbres muggles y no dejaba de imponer limitaciones a los alumnos con más capacidades. Ese viejo chiflado y su aversión por las artes oscuras, siempre con absurdas restricciones que impedían avanzar en el estudio de la magia.
Esa chica era una prueba de la falta de visión de Dumbledore, era impetuosa y una bruja con un enorme potencial. Al explorarla, al percibir el latente poder que había en ella, casi se sintió emocionado al imaginar lo que le habría podido enseñar si hubiera llegado antes a él. Descubrir en ella cierta capacidad para ensañarse hasta límites que podían llegar a rozar la crueldad había sido una agradable e inesperada sorpresa. En sus manos habría superado a Bellatrix con creces pero a pesar de todo eso tenía que reconocer que tal vez fuera demasiado tarde para ella. La muchacha ya había cumplido con su función y era muy probable que no pudiera obtener de ella nada más de lo que ya le había sacado, a pesar de sus cualidades la chica era demasiado leal y demasiado obstinada también. ¿Merecía la pena intentarlo? Si no servía para sus planes no tenía sentido seguir manteniéndola con vida, tal vez lo más sensato fuera deshacerse de ella antes de que se transformara en una amenaza.
Tomó la decisión en una décima de segundo.
- ¡Severus! – clamó desde el medio del pasillo con un deje de irritación en la voz. Siguió caminando al mismo ritmo y aunque no se volvió pudo imaginar la grasienta cabeza de Snape asomando por el quicio de la puerta.
- ¿Si? – preguntó lacónicamente.
La voz de Snape sonó de forma solícita sin embargo al escucharle su pechó se infló de satisfacción ya que tuvo la seguridad de que se esforzaba en ocultar su desagrado por obligarle a seguirle como un perrito faldero.
- He cambiado de idea, mata a la chica. ¡Ahora! – ordenó secamente con un rápido y enérgico movimiento de su mano, dando el asunto por zanjado. – Será mi regalo para Potter la próxima vez que le vea – añadió de forma malévola mientras seguía caminando. El pensamiento de mostrarle el cadáver a Potter antes de inflingirle una prolongada y dolorosa agonía provocó que la irritación amainara. Hoy sería un gran día al fin y al cabo. Estaba llegando al ascensor cuando escuchó la respuesta de Snape a sus espaldas.
- Ahora mismo, señor.
ooOOoo
Harry emitió un quejumbroso jadeo, estaba sudando y tenía el pelo humedecido pegado contra su frente. Despertó sobresaltado, con la respiración acelerada y el corazón completamente desbocado, la cicatriz le ardía como no lo había hecho en muchísimo tiempo y se llevó ambas manos a su frente para frotarse la dolorida cabeza.
Se sentía mareado y tenía la desagradable sensación de que algo no marchaba bien, se incorporó en el sofá y miró a su alrededor, ni siquiera sabía lo que hacía en la sala de estar pero los contornos borrosos y difuminados de los objetos a su alrededor le hicieron percatarse de que no llevaba las gafas puestas. Miró a su alrededor y las encontró posadas sobre una pequeña mesita auxiliar, junto a su varita mágica. Estaba colocándose las gafas cuando de repente le golpeó el recuerdo de todo lo que acababa de presenciar y embargado por una acruciante sensación de urgencia se levantó del sofá de un salto.
Recogió la varita a toda prisa y salió de la habitación con celeridad, sin saber apenas lo que hacía. No reparó en la ausencia de Ron y Hermione, no pensó en ellos, no se le ocurrió pedirles ayuda ni trazar algún plan para rescatar a Ginny, porque la certeza de su muerte era algo tan inminente e ineludible que le empañó la mente por completo desplazando cualquier otro pensamiento.
Sabía donde la tenían. Aunque la habitación había sufrido bastantes cambios la pequeña sala de espera adyacente y ese largo pasillo le resultaron inconfundibles. Aquella sala oscura solo podía ser el antiguo despacho de Scrimgeour, lo que significaba que Ginny estaba prisionera en el Ministerio de Magia, a pocos kilómetros de allí, mucho más cerca de lo que hubiera podido imaginar.
Pero saber donde la tenían no serviría de nada si no llegaba antes de que Snape la matara. Tenía que llegar a tiempo, tenía que detenerle. En su interior rogaba con vehemencia que surgiera algo, cualquier cosa, que impidiera a Snape cumplir las órdenes de Voldemort inmediatamente, algo que le proporcionara el tiempo suficiente para aparecerse en el Ministerio, porque de no ser así Snape habría podido pronunciar la maldición asesina antes de que él hubiera traspasado el umbral de la puerta de Grimmauld Place y eso era una posibilidad que no aceptaba siquiera plantearse.
A cada paso que daba hacia la puerta la esperanza de que todo fuese un engaño creado por Voldemort para atraerle cobraba más fuerza en su interior. Una parte de él se negaba a creer que lo que acababa de presenciar pudiera ser cierto, con solo pensarlo el corazón se le encogía dolorosamente en el pecho ¿Cómo era posible que quisiera matarla? Voldemort más que nadie debería proteger su vida. Sin duda lo que había visto no era real, se trataba de una trampa, de una farsa para engañarle de la misma manera que lo había hecho años atrás utilizando a Sirius, pero en ese momento no le importaba lo más mínimo, incluso deseaba que fuera así. Acudiría gustoso a la encerrona para convertirse en la próxima víctima de Voldemort si eso significaba que la vida Ginny no corría peligro. Fuera como fuese tenía que comprobarlo, no respiraría tranquilo hasta que la viera con sus propios ojos.
Corrió por el pasillo a toda velocidad, esquivando los cascotes de la pared derruida que todavía estaban desperdigados por el suelo, bajó los escalones de un salto y se despareció en el aire justo antes de que sus pies llegaran a pisar la acera.
ooOOoo
La marca ardió con intensidad en su antebrazo pero no se remangó la túnica para echarle un vistazo rápido, seguramente el Señor Tenebroso tenía alguna otra orden que darle antes de marcharse o quizá simplemente quería asegurarse de que la chica estaba muerta, sea como fuere era mejor no hacerle esperar.
- Diffindo – susurró sin apenas mover la varita apuntando a las cuerdas que mantenían atada a Ginny a su potro de tortura.
Las cuerdas se soltaron y el cuerpo de Ginny cayó a plomo hacia el suelo. Con un rápido movimiento Snape la recogió en el aire y echándosela sobre uno de sus hombros al modo muggle enfiló el largo pasillo hacia al ascensor para ir al encuentro de Lord Voldemort.
Un par de minutos después el ascensor se detuvo y Snape salió de él llevando a Ginny en brazos. Cuando las puertas del ascensor se cerraron tras él, privándole de la intensa claridad que había en el interior del pequeño cubículo, su figura quedó envuelta en la sombra y él de detuvo en seco repentinamente. El despacho del Señor Tenebroso solía permanecer en penumbras y durante años las mazmorras de Hogwarts habían sido su hogar, de modo que podría decirse que sus ojos estaban más que acostumbrados a manejarse en la oscuridad, sin embargo enorme diferencia de luz le impidió seguir avanzando si pretendía saber con exactitud donde ponía los pies.
Como solía iluminarse con la varita no había notado hasta entonces lo oscuro y silencioso que ahora estaba el hall de los ascensores, hacía un par de días que ni siquiera el borboteo del agua de la fuente rompía el silencio en aquel lugar. Una de las primeras cosas que hicieran los Carrow después de tomar el Ministerio fue apropiarse de los galeones que la gente lanzaba a la fuente como donativo para San Mungo, su concepto de diversión incluía aparte del saqueo otros muchos actos que en opinión de Severus eran ridículos; entre ellos las practicas de ejercicios de puntería usando las estatuas como blanco de sus hechizos y otras cosas igualmente inútiles y destructivas. El caso es que como todos tenían la convicción de que la fuente no duraría mucho en aquel lugar nadie se había molestado en volver a restablecer el flujo de la corriente. Al fin y al cabo era seguro que el señor Tenebroso renovaría el Ministerio de arriba abajo antes de abrir de nuevo las puertas a los visitantes.
Severus pensó que no merecía la pena soltar a la chica y coger la varita para iluminarse, en pocos segundos sus pupilas se adaptaron a la oscuridad y echó a andar con decisión guiando sus pasos hacia la débil luz del atrio. Los estúpidos juegos de celebración de algunos mortífagos también habían estropeado la iluminación azulada del techo, por lo que unas pocas lámparas de aceite situadas junto a las chimeneas que utilizaban los empleados cada mañana eran la única fuente de luz que quedaba pero debido a la amplitud de la estancia no eran suficientes para iluminarla al completo, alcanzando tan solo a proporcionar unos débiles e insuficientes destellos que provocaban sombras alargadas y vacilantes, creando una atmósfera un tanto lúgubre.
Se dirigía hacia el mostrador cuando Voldemort apareció por la puerta que daba a los sótanos. Montaba a lomos de un enorme e imponente dragón negro al que manejaba como si se tratara de la más dócil de las cabalgaduras y aunque no dijo absolutamente nada e intentó permanecer impasible, Snape miró con desagrado al animal cuando de repente se encontró a escasos metros de él. No era la primera vez que lo tenía tan cerca pero nunca terminaría de acostumbrarse a la presencia de esa bestia, así como tampoco lo haría a la forma sinuosa en que se desplazaba; no lograba explicarse como esa criatura conseguía mover un cuerpo tan enorme sin apenas producir sonido alguno.
Al llegar al atrio, disfrutando de mayor amplitud de espacio después de atravesar lo que al dragón debía parecerle un estrechísimo pasillo, desplegó sus enormes alas ofreciendo una imagen majestuosa y aterradora. Snape evitó mirarle y siguió caminando como si nada en línea recta hasta llegar al mostrador del guardia de seguridad sobre el que dejó caer sin ninguna consideración el bulto que llevaba en los brazos. Se oyó un golpe sordo y sin detenerse ni por un segundo a mirarla se retiró hacia atrás dejando a la vista de su amo el cuerpo inerte de Ginny, que quedó tirado sobre el mostrador con los brazos y las piernas retorcidos en extraños ángulos y los rizos pelirrojos cayendo desparramados a unos cuantos centímetros del suelo. Snape retrocedió unos pasos, apartándose lo más aprisa que le fue posible sin dar la impresión de que huía del dragón.
- ¿Me llamaba, señor?
- No he sido yo, - respondió Voldemort con voz crispada desde la altura que le confería ir montado sobre el dragón.
Snape le escrutó con la mirada y percibió como la ira contenida crepitaba en el fondo de sus fantasmagóricos ojos.
– Ha sido Bella, las cosas en Azkaban deben estar realmente mal para que se arriesguen a solicitar mi presencia, ¡por lo visto tengo que estar en todo! – resopló indignado - y por si fuera poco acabo de percibir algo extraño. Sé que suena ridículo pero creo que Potter ha intentado inmiscuirse en mi mente.
- Con todos mis respetos, señor, pero no le creo capaz. En mi vida he visto a nadie con menos talento que él para desentrañar lo secretos de la mente.
- No lo dudo, Severus, pero es posible que ese mocoso crea que puede espiarme cuando se le antoje – el dragón empezó a dar muestras de nerviosismo y ante la mirada recelosa de Snape abrió sus alas para mostrar su envergadura durante unos segundos y luego volvió a plegarlas, en un signo evidente de que deseaba echar a volar. De forma automática Voldemort acarició su lomo para tranquilizarlo mientras terminaba de hablar, – si ha reconocido el lugar sospecho que es lo bastante estúpido como para intentar salvar a la chica.
La mirada de Voldemort se desvió hacia Ginny durante un segundo y le dedicó una mirada despectiva a su cuerpo, cuando abrió la boca de nuevo las palabras que salieron de ella iban cargadas de un profundo desdén.
- Su sentido común debería advertirle que ya está muerta pero como carece de él es probable que en este mismo momento se dirija hacia aquí.
- ¿Entonces va esperar a esperar a Potter? – inquirió Snape en un tono completamente frío, dando la impresión de que preguntaba por simple educación aunque la respuesta a la pregunta no fuera de su menor interés.
- ¿Y arriesgarme a que todos los nuestros sucumban en Azkaban? Tendré que ir allí a ver lo que ocurre; tú te encargarás de Potter, si tiene la descabellada intención de aparecer por aquí puedes divertirte un poco él pero te advierto que lo quiero vivo a mi regreso.
- Por supuesto.
- Ese escurridizo muchacho ya se me ha escapado demasiadas veces, le mataré en cuanto tenga oportunidad, pero antes le tengo reservada una última sorpresa. Ya he decidido como agradecer a Greyback su eficacia en la captura de Colagusano, he pensado en algo que creo que será de su agrado y además le servirá para quitarse el mal sabor de boca que todavía debe tener por haberse comido a esa rata. Dejaré que se dé un festín con la chica y obligaré a Potter a presenciarlo.
El dragón aleteó por segunda vez y una de sus fantasmagóricas alas se acercó peligrosamente al rostro de Snape. Este retrocedió un par de pasos más, no con miedo pero sí con precaución, apartándose para evitar que le rozara. Sabía que no tenía nada que temer mientras el animal permaneciera bajo el influjo de su amo pero aunque estaba acostumbrado a emplear toda clase de ingredientes nauseabundos en la elaboración de pociones, el tacto de aquellas alas membranosas, semejantes a las de un murciélago pero de un tamaño mil veces mayor, se le antojaba repulsivo. Quedó casi pegado a la pared, intentado disimular lo mejor posible la inquietud que sentía siempre que se hallaba cerca de aquella horrible criatura y maldiciéndose por dentro por dejarse intimidar por ella de esa manera.
- Tranquilo – dijo Voldemort de forma impaciente palmeando al animal sin rastro de afecto – dentro de un momento tendrás mucha acción. No puedo demorarme más Severus, encárgate de todo en mi ausencia.
- Lo haré, amo.
Snape inclinó la cabeza y escuchó el sonido de una enorme explosión, cuando levantó la vista de nuevo Voldemort y el dragón se habían esfumado dejándole solo en el atrio completamente vacío pero cuando tras unos segundos se extinguió el eco del sonido producido por la desaparición del dragón pudo escuchar el funcionamiento del engranaje de la falsa cabina de teléfonos por la que se accedía al Ministerio desde el Londres muggle. Desenfundó su varita y se retiró a un rincón oscuro desde el que pudiera observar a Potter cuando saliera de la cabina.
ooOOoo
Harry se apareció al cabo de la calle muggle desde la que se accedía al Ministerio de magia, muy cerca de donde lo hicieran él y los demás siete meses atrás, aquella noche de Halloween en que Hermione resultara atacada por los dementores. Echó a correr hacia la cabina de teléfonos sintiendo que el corazón estaba a punto de salírsele por la boca, y cerrando la puerta tras él marcó a toda prisa el seis, dos, cuatro, cuatro, dos. Lo recibió la acostumbrada voz que ya conocía por otras veces pero en este momento Harry no disponía de tiempo para escuchar las formalidades del Ministerio, estaba maldiciendo en voz baja cuando aquella insípida voz de mujer dijo algo que le dejó helado.
- ¿Nombre y motivo de su visita?
Tardó unos segundos en reaccionar, ahora que el Ministerio estaba en manos de Voldemort ¿podría un enemigo declarado de Voldemort decir su nombre y entrar tranquilamente como un visitante más?, pero tampoco podría mentir, sería absurdo pensar que en el Ministerio de Magia no hubiera algún hechizo de seguridad capaz de detectar un engaño tan burdo.
Pensó en Ginny. Mientras dudaba estaba consumiendo un tiempo del que ella no disponía y Harry decidió jugarse el todo por el todo. Solo hacía cuarenta y ocho horas que Voldemort tomara posesión del Ministerio, y parte de ese tiempo lo había pasado curándose los huesos rotos en la caída provocada por Fawkes o celebrando su victoria, con un poco de suerte habría tenido asuntos más importantes de los que preocuparse que reforzar las medidas de Scrimgeour a prueba de intrusos.
- Soy Harry Potter – dijo con voz firme – y vengo a rescatar a una persona.
Con la varita firmemente asida esperó preparado para lo que pudiera ocurrir, imaginaba que como poco la cabina se bloquearía convirtiéndose en una celda o que se dispararía una alarma tan escandalosa como la de Gringots, pero no sucedió nada especial, una chapa cayó en el cajetín de monedas provocando un tintineo metálico y la fría voz de mujer le solicitó que se la colocara en un lugar visible mientras la cabina comenzaba a descender.
A Harry le dio la impresión de que lo hacía a un ritmo desesperadamente lento, no soportaba la inactividad, correr por la calle desierta había sido mucho más fácil que permanecer quieto y encerrado en ese espacio diminuto sin saber que le había ocurrido a Ginny y la idea de que había desperdiciado unos valiosos segundos dudando si decir o no su verdadero nombre le torturó con saña, empujándole a hacer lo primero que se le ocurrió para recuperarlos. Ni siquiera se paró a pensar en si lo que estaba a punto de hacer era realmente una buena idea, simplemente apuntó con su varita al suelo de la cabina y girando sobre sí mismo trazó un círculo alrededor de sus pies. El hechizo escapó de sus labios sin sombra de vacilación.
- Diffindo.
El círculo se desprendió y Harry cayó a plomo por el hueco del ascensor desde una altura de varios pisos. Notó una sacudida en el estómago y se recuperó justo a tiempo para distinguir el suelo a unos metros de sus pies, dirigiendo la varita hacia sí mismo pronunció un hechizo levitatorio.
- Gimgardium Leviosa.
Su brusco descenso perdió velocidad y aterrizó con suavidad ante las puertas de cristal que daban al atrio y que permanecerían cerradas hasta que la cabina terminase su lento descenso.
- ¡Bombarda!
Se escuchó un estallido y la puerta se rompió en cientos de pedazos de cristal de pequeño tamaño que salieron despedidos en todas direcciones. Cuando Harry salió a toda prisa del hueco del ascensor la cabina todavía estaba unos metros por encima de su cabeza.
El atrio estaba oscuro y silencioso y parecía completamente desierto. Olvidándose de toda precaución echó a correr hacia el mostrador del guardia de seguridad sobre el cual divisó a Ginny tumbada. Los pedazos de vidrio desperdigados por el suelo le hicieron derrapar y tuvo que sujetarse con fuerza al mostrador para no acabar en el suelo. Su corazón bombeaba completamente desbocado y notaba la sangre palpitando con fuerza en las sienes cuando completamente aterrado estiró una mano hacia Ginny.
No se movía pero a pesar de los indicios se negaba a aceptar que estuviera muerta. Cogiéndola por un hombro la giró para ponerla boca arriba y llevó la mano a su rostro. Su tacto, tan anhelado durante meses, era tan tibio y suave como él recordaba. Su corazón amainó el ritmo desenfrenado que mantenía, perdiéndose un latido cuando con una mano temblorosa le apartó el pelo que le cubría la cara y contempló con rostro desencajado los ojos vacíos y sin expresión de Ginny. Hasta entonces había conservado la esperanza pero ante esa visión él mismo se sintió morir en su interior.
La varita se escurrió de los dedos de Harry y cayó al suelo seguida por su dueño, cuyas rodillas flaquearon negándose a seguir cargando con un peso que parecía muerto. De repente se sintió terriblemente cansado y por primera vez en su vida perdió las ganas de luchar, Voldemort podría haber entrado en aquel momento y él no habría hecho el menor ademán de buscar su varita para defenderse. Aferrando la cabeza de la pelirroja contra su pecho se dejó caer arrastrándola con él, haciendo que el bulto informe y desordenado que ahora era el cuerpo de Ginny se golpeara fuertemente al chocar primero contra el mostrador y luego contra el suelo. El propio Harry, que parecía no tener control alguno sobre su cuerpo, tropezó contra el mostrador mientras se dejaba caer con torpeza. Quedó sentado sobre algunos de los pedazos de vidrio tan conmocionado que ni siquiera pudo llorar.
Lo único que deseaba era quedarse allí para siempre, con ella en sus brazos. Sus brazos se convirtieron en dos tenazas y la sujetaron con tanta fuerza que la presión de la cabeza de Ginny sobre su pecho le hizo dolorosamente consciente de cada latido de su corazón, logrando que se preguntara asombrado como era posible que pudiera seguir funcionando como si nada, haciendo que él todavía siguiera con vida.
Haciendo un esfuerzo separó un poco la cabeza de Ginny de su propio cuerpo y se obligó a mirarla una vez más, con la loca esperanza de que sus ojos le hubieran engañado y que no fuera cierto lo que acaba comprobar pero ver el brillo apagado de aquellos ojos avellana en los que tantas veces se había visto reflejado se le antojó insoportable y con dedos temblorosos le cerró los párpados y la observó en silencio intentando imaginar que estaba dormida. Ni siquiera el sonido de unos pasos apagados a su espalda le hizo levantar la vista.
- Bienvenido, Potter. Te estaba esperando – gruñó la voz de Snape desde la penumbra.
