Hola a todos, siento mucho la demora pero una vez más mis musas se tomaron unas vacaciones, y mientras tanto, aproveché para hacer caso de alguns sugerencias y revisar mi tajante negativa a escribir una sola línea sobre la batalla en Azkaban.
Así que me pregunté si quería escribir sobre la batalla y la respuesta fue que no. Pero a medida que pasaban los días cambié de opinión, lo que me obligó a introducir algunos cambios en la historia porque puestos a contar algo sobre la batalla era aquí donde mejor me encajaba. Como podéis ver este no es el capítulo prometido, tendréis que esperar al próximo para conocer que pasó con Harry y el Horrocrux y que es el templo de la muerte, pero creo que los cambios merecen la pena. La parte buena es que el próximo capítulo está a medio escribir y por lo tanto tardará menos que otras veces. O eso espero, XD.
CAPÍTULO 36: Traición
La sensación de ahogo era intensa y claustrofóbica. Sabía que solo iba a durar unos instantes más pero no por ello dejaba de resultar desagradable, mucho más desagradable que la experimentada en cualquier desaparición normal. Claro que por otro lado tenía sus ventajas. No había ninguna otra forma de presentarse en Azkaban con tanta celeridad y sin duda su presencia era imprescindible para arreglar el desaguisado que probablemente habían armado los inútiles que se hacían llamar seguidores suyos.
A los que sobrevivieran tendría que aplicarles algún castigo ejemplar, no la muerte, los necesitaba con vida, pero obligarle a dejar el Ministerio justo en el momento en que Potter corría voluntariamente hacia la muerte, hacia él, era algo que desde luego no iba a salirles gratis.
El sonido atronador y la bocanada de aire húmedo y salado que inundó sus pulmones fueron los primeros indicadores de que había alcanzado su destino. Un instante después sintió en la cara y las manos algunas salpicaduras del agua de mar que golpeaba con fuerza las irregulares rocas del islote.
Entre sus piernas la bestia aleteaba inquieta alrededor del escarpado peñasco sobre el que se alzaba la prisión, en parte aliviada por volar al aire libre y en parte conservando todavía el desasosiego que le producía la extraña, desagradable y novedosa sensación que para ella suponía la aparición.
De un rápido vistazo evalúo la situación. En teoría no debería quedar nadie para hacerles frente en Azkaban. Caído el Ministerio, los aurores que montaban guardia en la prisión deberían haber sido lo bastante juiciosos como para suponer que Lord Voldemort desearía liberar a sus seguidores y que su única oportunidad para sobrevivir pasaba por convertirse en desertores, dejar su puesto y abandonar a los presos a su suerte. De todas formas había decidido enviar a casi todo su personal, excepto el destinado a vigilar Hogwarts, por si acaso. Mientras Scrimgeour continuase con vida, que no sería mucho, lo más cauto era tomar ciertas precauciones; pero nada hacía presagiar algo como lo que ahora estaba contemplando.
Paredes derruidas, maldiciones y hechizos que volaban en todas direcciones, heridos, cadáveres, lamentos, maldiciones. Todos los elementos de una batalla encarnizada.
El espectáculo le irritó. Sus mortífagos estaban desperdigados por todas partes y luchaban en franca minoría contra una auténtica horda de magos y brujas. Reconoció a Scrimgeour, acompañado por los pocos aurores que habían logrado escapar con él de la batalla en el Ministerio, y luchando junto a ellos había muchos otros.
La presencia de Alastor Moody y algunos miembros de la familia de pelirrojos traidores a la sangre amigos de Potter le hicieron consciente de que La Orden del Fénix y aquellos que todavía permanecían fieles al Ministerio habían unido sus fuerzas para luchar contra él y los suyos. La furia al comprender que les habían tendido una emboscada a sus mortífagos y que la única explicación posible era la existencia de un traidor entre sus filas le nubló durante un segundo la visión.
Escudriñó el caos, buscando entre el barullo de gente aquel de los suyos que luchaba a favor del bando contrario, pero era complicado distinguir nada en medio de aquel desconcierto regado de polvo, salitre y sangre.
Había muchos a los que ni siquiera conocía, gran parte de los que la Orden había llevado hasta allí eran apenas unos críos y por un momento le invadió la satisfacción de comprobar que en el fondo, bajo esa falsa careta de ejemplarizante moralidad, a la hora de la verdad los discípulos de Dumbledore no seguían patrones de conducta diferentes de los suyos. La pluscuamperfecta Orden del Fénix se nutría de carne joven, magos y brujas que apenas rozaban la mayoría de edad y a los que habían arrastrado a la batalla con el único objetivo de dar la vida por la causa. Jóvenes con fecha de caducidad, simples piezas de reemplazo, al igual que muchos de sus seguidores reclutados en el extranjero. La prueba definitiva de que por mucho que creyeran lo contario sus enemigos no eran mejores que él.
Sin embargo el atajo de mocosos luchaba con coraje y estaban haciendo retroceder a sus servidores.
Retroceder no era la palabra adecuada porque todos estaban mezclados, enfrentados por parejas o en pequeños grupos, sin orden ni concierto. Los presos habían salido de sus celdas pero la mayoría de ellos no podían luchar por estar desarmados y deambulaban como conejos asustados entre los escombros, buscando algún resquicio en el que guarecerse para que no les alcanzase alguna maldición perdida.
Distinguió a Rastaban Lestrange luchando contra la sobrina de Bella y un poco más allá a la propia Bellatrix, enfrentándose a uno de esos fenómenos a los que Dumbledore se había empeñado en proteger. Ese engendro que se pretendía hacer pasar por mago pero no era más que un híbrido que se atrevía a posar sus zarpas sobre una de las descendientes de la familia Black. Bellatrix pronto le pondría en su lugar, convencida como estaba que las muertes de ambos lograrían salvar el honor de la familia, a pesar de lo asquerosamente corrompida que estaba la rama de la que procedía esa jovencita de tendencias depravadas.
Si las líneas estuvieran mejor organizadas podría utilizar al dragón para aislar a toda esa escoria y chamuscarlos vivos antes de que les diera tiempo ni a pestañear, pero en medio de semejante desorden eso no sería posible sin acabar también con todos los suyos. Y por desgracia los necesitaba, lo que significaba que tendría que hacer el trabajo a mano.
Guió al dragón hacia un peñasco apartado para hacerle tomar tierra. Antes de apearse y entrar en la batalla echó un vistazo a la mente de Potter. Desarmado y sentado en el suelo abrazaba el cadáver de su novia muerta. No lloraba pero su expresión bastaría en cualquier otro momento para alegrarle el día. Ahora tenía una batalla que librar y un traidor al que encontrar. Más tarde se ocuparía de Potter.
Desenfundó su varita y desmontó pero antes de alejarse de la bestia conjuró unas gruesas cadenas que la ataran al peñasco. Podía mantenerla bajo dominio con el poder de su mente mientras estuviera cerca pero tenía asuntos más importantes a los que dedicar su atención.
Echó a caminar con decisión hacia el centro mismo de la escaramuza. Al verle muchos de esos jóvenes que no conocía huyeron como ratas, apartándose de su camino. No atacó a ninguno. Uno de los aurores de Scrimgeour le salió al encuentro y cayó fulminado por su maldición asesina.
Incluso en el fragor de la batalla un rumor fue creciendo, aumentando de nivel a cada paso que daba. En pocos segundos todos los presentes, ajenos hasta entonces al ruido que había provocado la aparición del dragón y tan inmersos en la lucha como para obviar incluso la presencia de la bestia, supieron que el Señor Tenebroso se encontraba entre ellos. Su apelativo fue repetido de boca de boca, con respeto y veneración entre los suyos, con diversos matices de pánico entre los del otro bando.
El primer ataque le vino el flanco derecho, lo desvió sin problemas y dirigió la vista en la dirección de la que provenía la maldición. Alastor Moody se abría paso a empellones para llegar hasta él. Incauto. Costaba trabajo comprender como había sobrevivido hasta entonces.
Le lanzó un Cruciatus que el viejo se las ingenió para esquivar y observó como Scrimgeour se deshacía de Dolohov y se acercaba renqueando para sumarse a la contienda. Parecía que era el día de las viejas glorias, en realidad eso le facilitaba las cosas porque desde que había llegado no tenía intención de dejar a ninguno de los dos con vida.
Scrimgeour no se anduvo con contemplaciones. Le lanzó una maldición asesina que se estrelló contra el poderoso encantamiento escudo que conjuró para la ocasión y empezó a luchar con los dos a la vez. En realidad no suponía un gran reto. Podía hacerlo mientras se dedicada a observar a los demás combatientes en busca del traidor.
Varios metros por debajo de ellos el jefe de los aurores, un tipo fornido que llevaba un pendiente en la oreja, alcanzó a Yaxley con un encantamiento que impactó en su mano haciéndola estallar. Cayó al suelo en un charco de sangre, profiriendo un alarido y sujetándose el muñón con la otra mano, y él experimentó un enorme alivio.
¿Alivio? Acababa de perder a uno de sus hombres. ¿Qué significaba aquella sensación placentera?
Instintivamente supo que ese sentimiento no era suyo pero la otra posibilidad, que perteneciera a Potter, tampoco tenía el menor sentido. Mientras el jefe de los aurores trepaba por las rocas hasta alcanzar su posición se infiltró fugazmente en la mente de Potter.
- Toma el antídoto – decía Snape mientras le lanzaba un pequeño frasco que él atrapó al vuelo con la mano libre, ya que en la otra llevaba su varita.
¿Su varita? Un momento ¿Potter estaba armado? Antes de poder responder a la pregunta se descubrió mirando a la pelirroja de un modo en que jamás había mirado a nadie. Las emociones que le embargaron le hicieron perder la concentración, provocando que un hechizo de Scrimgeour casi le alcanzara. Sintió una gran esperanza, y otras cosas que no acabó de identificar, era algo desconocido, extraño, repulsivo. Reprimiendo la nausea se alejó de la mente de Potter antes de que ese sentimiento se adueñara de él y lo debilitara. No sabía con certeza que era lo que estaba pasando pero comprendió que lo único que podía lograr que Potter se sintiera así era el hecho de que la chica siguiera con vida.
El jefe de los aurores se había sumado a los otros dos y se vio obligado a dedicar toda su atención a la lucha, pero entonces ya albergaba serias sospechas de estar buscando al traidor en el lugar equivocado. Apuntó con su varita al suelo, abriendo una brecha en la roca que se tragó al más joven de sus contrincantes, lo que le concedía un poco de tiempo extra para averiguar que demonios estaba tramando Snape.
Volvió a introducirse en la mente del muchacho. Estaban en uno de los ascensores del Ministerio, no podía despegar la vista de la chica pero sabía que Snape se encontraba exactamente a su lado.
- Gracias por mantenerla con vida – se oyó decir con la desagradable y crispante voz de Potter.
Miró a Snape, que le respondió con un seco movimiento de cabeza sin desclavar la mirada de la puerta del ascensor.
- ¿Adonde vamos?
- Antes te dije que Dumbledore me había encomendado una misión, algo que solo yo podía hacer. Ha llegado el momento y te necesito conmigo.
Suficiente. Tenía que volver al Ministerio cuanto antes. Empezó a retroceder, tratando de llegar hasta el dragón para desaparecerse de allí lo antes posible. El jefe de los aurores había conseguido salir de la grieta y ahora volvía a luchar contra tres agresores, no era algo que le preocupara pero al notar que reculaba ellos se crecieron y creyéndose cerca de la victoria atacaron con más ganas, obligándole a medir con más cuidado cada uno de sus movimientos.
El proceso de volver sobre sus pasos le resultaba cada vez más lento y tedioso hasta que el viejo paranoico, agotado sin duda por el esfuerzo de enfrentarse a un contrincante de tan alto nivel se fue rezagando hasta retirarse definitivamente. Le dedicó una mirada de superioridad mientras esquivaba sin problemas los hechizos de los otros dos. Puede que hubiera sido un gran auror pero ahora no era más que un viejo loco al que le fallaban las fuerzas.
Mejor, muy pronto estaría lo bastante cerca del dragón como para que nadie excepto él mismo pudiera seguir avanzando sin quedar reducido a un puñado de cenizas. Un golpe de su varita y Scrimgeour salió despedido, aterrizando sobre otros combatientes situados a más de cincuenta metros. Era afortunado de que estuviera demasiado distraído como para usar la maldición asesina, un simple embrujo como ese no le mataría, de todas formas aunque el viejo renqueante pudiera levantarse tardaría al menos una semana en darle alcance. Solo quedaba uno, y este no sería tan afortunado. No tardaría ni un segundo en caer fulminado y una vez hecho tal vez incluso se ocupara de Scrimgeour antes de desaparecerse. Fuera lo que fuese aquello que Snape maquinaba con Potter no esperaban que estuviera de regreso tan pronto, lo que sin duda le permitiría tomarse unos minutos.
Como salidos de la nada aparecieron dos de esos pelirrojos traidores a la sangre, seguramente alertados por la deserción de Ojoloco y deseando morir de forma heroica en su lugar. Siguió retrocediendo, esquivando sus ataques, no es que fueran rivales para él pero luchaban de forma tan coordinada que no era sencillo quebrar sus defensas. Crispado, lanzó la maldición asesina a uno de los pelirrojos, el cual parecía compartir el criterio estético de Moody hasta tal punto que semejaba una versión más joven del viejo auror. La maldición le pasó rozando pero logró esquivarla, era una verdadera lástima que esos ojos mágicos funcionaran tan bien, un ángulo de visión un poco menor y le habría alcanzado. Lo intentó con su hermano pero sus reflejos eran inusualmente rápidos. Sin perderlos de vista del todo dirigió una mirada en dirección a la bestia, calculando a que distancia se hallaría.
Entonces lo vio. Ojoloco no se había retirado del combate, trepaba arrastrando su pierna ortopédica hasta lo más alto del peñasco, por la cara oculta de un risco que le protegía del ángulo de visión de la bestia y que, aunque esta hubiera detectado su presencia, habría bastado para detener su llamarada. Con una agilidad impropia de su edad y su condición física el viejo caduco se erigió en lo alto del peñón y apuntó con su varita al saliente en el que se encontraba el dragón, varios metros por debajo de él.
- ¡No! – gritó a todo pulmón adivinando sus intenciones.
De alguna manera el viejo loco había intuido que necesitaba a la bestia y planeaba deshacerse del animal. Alzó su varita y un chorro de luz verde salió de ella directamente hacia el pecho del viejo, que ajeno a todo lanzaba su propio hechizo a la vez.
La maldición asesina no le llegó a alcanzar porque impactó en tres encantamientos escudos conjurados por sus contrincantes, que protegieron a aquel engendro lisiado; ese mago anciano y sin atisbo de cordura, físicamente hecho pedazos, que acababa de firmar definitivamente su sentencia de muerte. En ese instante decidió que se encargaría en persona de aniquilarle y que cuando hubiera terminado de darle su merecido no quedaría absolutamente nada de él. Ni siquiera su ridículo ojo giratorio.
El hechizo del viejo no iba dirigido al animal, hizo blanco en el saliente de roca y esta se desgajó provocando un sonido estremecedor y temblores en toda la isla. Como a cámara lenta, un enorme pedazo de peñasco se desplomó en caída libre hacia las heladas aguas del atlántico. La bestia batió las alas, aterrada, intentando remontar el vuelo, pero los grilletes la ataban a la roca, cuyo enorme peso le impedía elevarse.
En un intento desesperado por proteger su medio de transporte el Señor Tenebroso lanzó un hechizo para romper las cadenas pero Ojoloco, intuyendo que eso era precisamente lo que haría, conjuró una barrera protectora entre el dragón y su amo para evitarlo.
El fragmento de piedra impactó con estrépito en el agua, creando una ola enorme que batió con fuerza contra la pendiente más escarpada del risco, salpicándolo todo alrededor; y un segundo después había desaparecido de la vista, tragado por el voraz océano. El dragón aleteó una última vez y profiriendo un aullido diferente al de cualquier otra criatura se hundió en el agua. Con los ojos desorbitados de terror estiró el cuello en un vano intento de mantener la cabeza a flote pero ni siquiera tuvo tiempo de forcejear antes de ser engullido por las frías y despiadadas aguas, completamente indiferentes a su suerte. Su destino estaba unido a la roca a la que su amo le encadenara y que en ese momento se deslizaba a gran velocidad hacia el fondo, arrastrándolo con ella.
En un estallido de furia Lord Voldemort dedicó una mirada iracunda a sus tres contrincantes y se deshizo de ellos con un solo movimiento de varita, lanzándolos despedidos hacia atrás con un fuerte embrujo repelente. Podría quedarse, podría matarlos uno a uno. Igual que al viejo loco, igual que a Scrimgeour, pero se obligó a recordarse que ya no pintaba nada en Azkaban; que su prioridad estaba en el Ministerio, con Potter y Snape, y ahora que había perdido su oportunidad de aparecerse tendría que ir volando por sus propios medios, algo que tal vez le llevase horas.
Antes de que Kinsley, Bill y Charlie pudieran incorporarse lo único que quedaba del Señor Tenebroso era una estela negra que se desvaneció en el aire, para sorpresa y consternación de sus mortífagos.
Voló sobre el atlántico a toda velocidad, intentando evitar la tentación de introducirse de nuevo en la mente del chico para que no volviera a contaminarle con esos sentimientos que no comprendía y le provocaban nauseas. También procuraba no pensar en sus mortífagos, que se sentirían abandonados y tardarían horas en recibir los refuerzos de Hogwarts, y cuyas posibilidades de resistir menguaban a cada segundo que pasaba.
Se concentraba en las represalias.
Snape. Él era el culpable de todo. Le haría pagar con sangre por su traición y también por cada uno de los seguidores que perdiera en la emboscada que les había preparado. Le haría suplicar clemencia hasta su último aliento, o hasta que perdiera la razón. No había castigo lo bastante cruel para su deslealtad.
Durante todo el viaje cultivó su venganza, abonándola despacio; templando su ánimo para, cuando llegara el momento, llevarla a cabo de una forma más efectiva. La ausencia de noticias del chico era extraña y no sabía si tomárselo como un buen indicio o todo lo contrario. Cualquier revelación importante, sobre Dumbledore, sobre la traición de Snape, o sobre lo que planeaban, habría despertado en él fuertes sensaciones, ya fueran de euforia o de desesperanza, de modo que no sabía como interpretar su silencio.
Al final cedió al impulso de adentrarse de nuevo en su mente, intentando averiguar que era lo que él y Snape estaban tramando.
Una escena se formó rápidamente ante sus ojos. Snape estaba de pie, en lo que reconoció como una de las salas de departamento de misterios, y le miraba con expresión atormentada. Él a su vez lo miraba desde arriba, como la vil cucaracha rastrera que era.
- Antes de que olvides el motivo por el que estamos aquí y levantes tu varita contra mí, - decía el traidor - debo recordarte que luchamos en el mismo bando, y que nuestra misión es acabar con el último responsable de la muerte de Lily. No hay nada más importante que eso. Después, si quieres, podrás ajustar cuentas conmigo.
Miró la varita durante un breve segundo, una varita que no era la suya en una mano que tampoco le pertenecía, y se descubrió deseando hacerlo, deseando apuntarle para darle su merecido.
Por eso no había reconocido los sentimientos del chico, no porque estuviera tranquilo o relajado, o porque hubiera mejorado sus capacidades para mantenerle al margen. Lo que ocurría era que Potter estaba tan airado y deseoso de venganza como él mismo, lo que provocaba que los sentimientos de ambos se confundieran.
- Lo que hice me atormenta desde entonces – continuaba el traidor - y lo seguirá haciendo mientras viva porque no he dejado de considerarme tan culpable como Colagusano o el propio Señor Tenebroso. Desde entonces he trabajado sin descanso para enmendar mi error dentro de lo posible. He asumido toda clase de riesgos sin importarme las consecuencias porque sé que cualquier cosa que me pase la tendré merecida.
Esa, sin duda, era una opinión compartida; y su ansia de venganza se multiplicó al ver el odio destellando en la mirada de Snape de forma abrasadora. Un odio que sabía iba dirigido a él.
- El Señor Tenebroso pagará por lo que hizo esa noche, nunca debió matarla… Te aseguro que no me detendré ante nada, haré todo lo que esté mi mano para destruirle.
Salió de la mente del muchacho, no necesitaba saber nada más. Sentía un profundo desprecio por el que hasta entonces había sido su mano derecha. De cualquier manera habría de pagar por su traición pero el hecho de que se hubiera rebelado contra él por una mujer, por una insignificante y despreciable sangre sucia, era sin duda lo peor de todo. Hubiera comprendido que lo hiciera por orgullo, porque le costara asumir la insultante superioridad de su señor en el manejo de las artes oscuras; o por ambición y ansias de poder, pero nunca por una mujer. Eso era algo impensable.
Se mantuvo alejado de la mente de Potter hasta que pisó tierra firme y se apareció en la entrada del Ministerio. Odiaba hacer aquello pero quería saber con que se encontraría exactamente así que se sumergió en su cabeza de nuevo.
Todo era muy confuso. No podía moverse y Snape le apuntaba con su varita. Sentía frío, y un insoportable dolor como nunca había experimentado antes; excepto quizás la vez que le poseyera, también en Ministerio, un par de años atrás. Pero antes de comprender que sucedía se encontró de nuevo en el callejón, frente a la entrada del Ministerio, como si Potter acabara de expulsarle o hubiera perdido el conocimiento. Impulsado por la desazón de esta última visión no se demoró en ir a su encuentro. Sabía exactamente donde buscarles.
Avanzó a paso rápido por el atrio cubierto de cristales donde Potter había dejado su inconfundible huella y tomó un ascensor hasta el departamento de Misterios. Cuando las puertas de la sala negra dejaron de girar se dirigió sin titubeos hacia una de ellas. No se escuchaba ningún sonido ni había señales de vida pero allí, tras esa puerta, estaban ellos. Tranquilos y confiados, protegidos por su inmensa ingenuidad, sin saber que el Señor Tenebroso había llegado y estaban a punto de morir.
ooOOoo
Os pido clemencia, escribir los sentimientos de nuestro malvadísimo Lord no es nada fácil, intenté reflejar su frialdad y el altísimo concepto que tiene de si mismo pero no sé que tal habrá quedado. Si no os parece lo bastante cruel la culpa es de Hanajash y su "Diario íntimo de Lord Voldemort". Os lo recomiendo (está en la página de Potterfics ), aunque advierto que una vez que lo lees tu perspectiva del personaje cambia para siempre, jamás podrás volver a tomártelo tan en serio como antes.
Como la simple existencia de este capítulo ya se salta mis planes decidí salirme de la línea habitual e incluir algunos guiños a las Reliquias Mortales, como la fijación de Bellatrix por la pureza de los Black o algún que otro homenaje a los caídos en el último libro, además de aprovechar la conexión entre Voldemort y Harry (como hizo JK en los capítulos finales pero a la inversa, por no mencionar el hecho de que pueda volar, algo que nunca se me hubiera ocurrido.
Mi idea original era que volviera en escoba, pero eso sería sin duda mucho menos glamuroso tratándose de alguien de la clase de nuestro Lord. El dragón estaba condenado desde el principio y Merlín sabe cuanto me alegro de haber mantenido a Moody con vida, la imagen que siempre tuve de él fue la de un superviviente, el típico que terminaría enterrándolos a todos.
Si el capítulo os gusta parte del mérito es de jesu4 y su poder de convicción, y de Sucy Weasley por sus interesantes aportaciones. Si no os gusta, mucho me temo que la culpa es toda mía. Se aceptan felicitaciones o reclamaciones, y nos vemos en el próximo. Esta vez sí, El Templo de la Muerte.
Besos y gracias por leer.
