CAPÍTULO 38: Al otro lado

La luz del ocaso le hizo parpadear, la sala del Ministerio era oscura y poco acogedora, pero de repente se encontraba en un lugar completamente diferente en el que Harry tenía la impresión de flotar. El cuerpo había dejado de dolerle y soplaba una suave brisa que le hacía planear como si pesara lo mismo que una pluma o no existiera gravedad. Si aquello era estar muerto definitivamente no era una sensación en absoluto desagradable.

Observó con curiosidad y cautela a su alrededor, para saber a que atenerse. A sus pies se extendía una pequeña hondonada cubierta de un césped verde y reluciente completamente rodeada por arcos de piedra exactamente iguales a aquel por el que él y Voldemort acababan de precipitarse, y salpicada aquí y allá por algún que otro enorme fragmento de piedra, como si fueran a aterrizar directamente en el centro de las ruinas de un antiguo monumento. Sabía que ese lugar era una especie de dimensión paralela sin embargo resultaba asombrosamente parecido al mundo que él conocía. La luz le recordaba a una hermosa puesta de sol de un día especialmente caluroso en un valle cualquiera.

Los murmullos que siempre había tenido la impresión de escuchar procedentes del velo se oían ahora con una intensidad mucho mayor, aunque no por ello dejaban de ser inteligibles. Seguían formando un extraño galimatías compuesto por miles de voces superpuestas en las que no se conseguía distinguir nada con suficiente nitidez como para comprenderlo, solo que esas voces no parecían propagarse a través del aire como el sonido normal sino que sonaban directamente dentro de su cabeza.

Un poco más abajo Voldemort también planeaba lentamente en un movimiento descendente. En el momento de atravesar el velo lo hizo de espaldas pero justo después se había girado y Harry no podía verle la cara. Empezaba a preguntarse que ocurriría en el momento en que alcanzaran el suelo cuando un movimiento lejano captó su atención y aguzó la vista en aquella dirección con el vago presentimiento de que no estaban solos.

No tuvo que esforzarse en escudriñar demasiado para comprobar que algo empezaba a asomar entre los arcos y pudo distinguir perfectamente la forma de una figura humana. Sintió un escalofrío, estaba demasiado lejos como para percibir sus rasgos pero su instinto le advirtió que no se trataba de una criatura amigable y la sensación de inquietud aumentó cuando advirtió que otra figura asomaba tras ella; y luego asomó otra, y otra más.

Recorrió con la mirada los arcos adyacentes. En todos sucedía lo mismo, había docenas de figuras, tal vez cientos, oscuras y temibles.

Abandonaron la línea de arcos y situándose sobre la hierba comenzaron a avanzar como si fueran los miembros de un siniestro ejército, lo hacían con unos movimientos que sin ser lentos y torpes como los de las criaturas salidas de una pesadilla, ni tampoco especialmente agresivos, resultaban amenazadores; o tal vez a Harry solo se lo parecía porque tenía la seguridad de que en el mismo momento en que posara un solo pie sobre el césped estaría cercado y sin posibilidad de escape. Se desplazaban a gran velocidad y sin hacer ningún ruido, casi como si se deslizaran sobre la hierba en lugar de caminar sobre ella. Se movían como autómatas pero no lo hacían de forma arbitraria o sin sentido, más bien al contrario, todo en su actitud daba a entender que un designio superior les guiaba, como si tuvieran un objetivo que cumplir y nada pudiera desviarles de su misión.

Las voces aumentaron el volumen dentro de su cabeza de forma atronadora para luego descender de repente, y entonces una sola voz se distinguió por encima de todas las demás. Una voz de mujer, que sonaba diáfana y clara como si le estuviera hablando directamente al oído.

- No tengas miedo, Harry. Nada malo te sucederá.

Todos sus temores e inquietudes desaparecieron al escuchar aquella tranquilizadora voz.

- ¿Mamá? – preguntó cargado de ilusión. Aunque ninguna palabra salió de sus labios y además no necesitaba una respuesta. Reconocería esa voz en cualquier parte, era la misma que escuchaba cada vez que tenía que enfrentarse a los dementores o que le había guiado e infundido ánimos en el cementerio la noche que regresó Voldemort. - ¿Estoy muerto?

Se sintió estúpido al preguntarlo. Acababa de atravesar el velo, lo que únicamente podía significar que lo estaba. Sin embargo para estar muerto y aunque todos sus dolores habían desaparecido todavía era asombrosamente consciente de su cuerpo y aquel lugar parecía regirse por una coordenadas espacio temporales muy similares a las del mundo real. Si eso era lo que se sentía al estar muerto podía decir que no se parecía en nada a lo que hubiera imaginado.

- Todavía no – respondió una voz masculina que en seguida reconoció como la su padre. – Este es un lugar de transición entre ambos mundos, tu viaje no será irreversible hasta que hayas traspasado alguno de los otros arcos.

- Agradece a Merlín tu buena suerte. Si estuvieras muerto tendrías que escuchar los desaforados gritos de auxilio de nuestro amigo el reptil – bromeó la inconfundible voz de Sirius. – Ahora no parece un Lord tan tenebroso.

Harry le observó, estaba a pocos centímetros del suelo y las figuras le cercaban amenazantes, todavía no estaban lo suficientemente cerca como para tocarle pero pronto lo estarían. Vio como miraba aterrado en todas direcciones mientras se llevaba las manos a la túnica, rebuscando en ella las varitas, y como su rostro se desencajaba de pavor al comprobar que no estaban. Harry las había visto caer cuando se apartó de la trayectoria de la daga de plata y Voldemort chocó contra pared. De todas formas algo le decía que de tenerlas tampoco le habrían servido de mucha ayuda.

- ¿Porqué? – preguntó sin desviar la vista de la expresión agónica de Voldemort.

- Está escuchando las voces de todos aquellos de cuyas muertes es responsable – respondió la voz serena de Dumbledore. – Aquí no puede nada contra ellos, ni siquiera huir.

En ese instante Harry distinguió la inconfundible figura Sirius entre las demás. Se movía como todos ellos, sin rastro de la gracilidad que le caracterizaba, y su aspecto era espeluznante. Demacrado, con la tez amarillenta y los ojos en blanco.

- Sirius – pensó horrorizado, recordando con suprema nitidez a los inferi que custodiaban el medallón en el lago subterráneo.

- Los cuerpos no pueden atravesar al otro lado, por eso se quedan aquí, custodiando la entrada, vigilando que nadie que entre pueda volver a salir. No me ofendas creyendo que ese tipo tan feo de ahí tiene algo que ver conmigo, piensa en él como una botella vacía.

- Entonces eso será lo que me suceda a mí también, mi cuerpo se quedará aquí y yo me reuniré con vosotros – pensó esperanzado, incluso contento.

- Sí, si consiguen tocarte y arrastrarte hasta la barrera de arcos no habrá vuelta atrás, pero no ha llegado tu momento todavía hijo – dijo Lily con ternura. – Tienes toda una vida por delante, no debes permitir que eso suceda.

- Pero ¿cómo? – preguntó confuso. – Creí que una vez que se cruzaba el velo no había vuelta atrás.

- Tus amigos, Harry – contestó la voz de James. – Ellos son la respuesta. Siempre han estado a tu lado y tampoco ahora te abandonarán.

- No comprendo…

- Mira hacia arriba, Harry – aconsejó Lily.

Harry giró la cabeza y no dio crédito a lo veía. El arco por el que habían caído se alzaba sobre su cabeza, suspendido en el aire sin ningún punto de apoyo en medio de aquel extraño firmamento anaranjado; y Hermione pendía varios metros por encima de él, sostenida por Ron, que asomaba la cabeza y medio cuerpo a través del velo, mientras se aferraba con un solo brazo que Harry no alcanzaba a ver al extremo exterior del arco.

- No puedo hacerlo. - Pensó Harry en el mismo instante en que sus pies tocaban el suelo.

- Por supuesto que sí – le animó su padre.

- No – se empecinó Harry, - está demasiado alta, no la alcanzaré. Y aunque lo hiciera Ron no podrá con el peso de los dos. No puedo permitir que pongan en riesgo sus vidas por intentar salvar la mía.

- El señor Weasley sabe lo que tiene que hacer, y de querer izar solamente a la señorita Granger ya lo habría hecho – le informó la tranquila voz de Dumbledore, – pero ambos han preferido esperar para darte la oportunidad de salvarte. Tú te has arriesgado muchas veces por los demás, ellos han decidido hacerlo ahora porque quieren ayudarte.

- Vamos, Harry, lo conseguirás – le alentó la cálida voz de James. – Has elegido bien a tus amigos, hijo. Los tres lo lograréis.

Harry echó un vistazo alrededor, a su espalda estaban los restos de lo que había sido una antigua escalera de piedra que trepaba hasta el arco, de la que solo quedaban unos pocos peldaños. Pero Voldemort se había girado para observarle y al hacerlo también descubrió los restos de la escalera y a Hermione y Ron en las alturas. Por un instante sus ojos relampaguearon con un fulgor más intenso y fue entonces, espoleado por la compresión de Voldemort y el afán de sus frustrar sus planes, cuando Harry echó a correr mientras la última petición del profesor Dumbledore resonaba en sus oídos.

- Sé que te ocuparás de que Severus reciba la atención necesaria.

Snape. Ni siquiera se había parado a pensar en él, de modo que había conseguido sobrevivir, al menos de momento.

- Si, - corroboró la juguetona voz de Sirius. – La eternidad es demasiado larga para aguantar al insoportable Quejicus; por favor, Harry, concédeme unos cuantos años más para hacerme a la idea. Además de momento ya tenemos a Voldemort a mi "querida" prima Bella para entretenernos, ¿verdad, James?

Voldemort le pisaba los talones pero incluso en esas circunstancias no pudo dejar de sorprenderse por la muerte de Bellatrix Lestrange.

- Nadie se mete con Los Merodeadores y sale impune – le aclaró la alegre y nostálgica voz de Sirius. – Menos mal que todavía nos queda Lunático para salvar nuestra reputación.

Harry alcanzó el primer peldaño de la escalera seguido muy de cerca por Voldemort pero no estaba preocupado, sabía que no lograría atraparle. Apoyando el pie en el primer peldaño se impulsó para subir al siguiente, en ese lugar su cuerpo era liviano como una pluma.

- Te irá bien, Harry. – Escuchó la serena voz de Dumbledore, sonando a despedida.

- Buena suerte, chico – gritó Sirius con voz triunfal.

Subió a toda velocidad los peldaños que faltaban, tomó impulsó y estiró los brazos hacia arriba. Echó un vistazo atrás, Voldemort se había lanzado tras él, en un vano intento de alcanzarle; pero ya era tarde, estaba totalmente rodeado y cientos de brazos se estiraban a su vez hacia él, a punto de tocarle, mientras Harry volaba directamente hacia Hermione.

La voz de Lily resonó de nuevo en su cabeza.

- Te queremos, hijo.

- Siempre estaremos contigo – añadió James.

Fue lo último que escuchó antes de que sus manos se cerraran con fuerza, cercando los tobillos de Hermione.

***

Ron no esperó a que las manos de Harry llegaran a tocar a Hermione para sacar la cabeza al otro lado del arco. Le bastaba con contemplar la asombrosa seguridad, confianza y concentración en el rostro de Harry para saber que lo conseguiría, era la misma expresión que ponía cada vez que estaba a punto de atrapar la snitch.

Por suerte las cosas parecían ser más livianas al otro lado pero sabía que de un momento a otro el peso se duplicaría y que no sería capaz de resistir demasiado tiempo sosteniéndolos a ambos con un solo brazo. No dudó ni un instante sobre la respuesta a su problema.

- ¡Dobby! – gritó enérgicamente, mucho más confiado que la primera vez lo que llamó, aquella noche en que Harry había resultado envenenado por el gas tóxico que Riddle dejara en el orfanato para proteger la tacita de Hufflepuff.

Inmediatamente el elfo se apareció haciendo una reverencia, dispuesto a ofrecerles su ayuda de nuevo.

- ¿Me ha llamado el señor?

- Rápido Dobby. – Chilló Ron para que el elfo se saltara las ceremonias. - Harry y Hermione están al otro lado del velo, haz un conjuro levitatorio, o algo que me ayude a subirlos.

El elfo echó a correr de una forma bastante cómica, moviendo a toda velocidad sus diminutas piernas mientras componía una expresión de emergencia que contribuía a desorbitar incluso más sus enormes ojos, redondos como pelotas de tenis. Llegó hasta Ron en un abrir y cerrar de ojos y sin decir nada posó ambas manos sobre su brazo. Al instante siguiente una fuerza descomunal los lanzó hacia atrás y los dos salieron despedidos, aterrizando sobre el suelo de piedra, enredados en un lío de brazos y piernas entremezclados en el que también se encontraban Harry y Hermione, que habían conseguido traspasar el arco gracias al hechizo de Dobby.

Dando tumbos se pusieron los cuatro en pie, mirándose sobrecogidos por lo que acababa de pasar. Ron y Hermione se abrazaron.

- Escuché la voz de Percy – dijo Ron sin acabar de creérselo.

A Harry le molestó tener que interrumpir aquel momento pero no tenía alternativa.

- Snape aún está vivo. – Dijo para sorpresa de todos. - ¿Conoces algún hechizo curativo que pueda ayudarle? – preguntó a Hermione.

- Ninguno lo bastante efectivo contra ese tipo de heridas – contestó ella apenada.

- ¡Dobby puede ayudar! – chilló el elfo emocionado echando a correr hacia Snape. - El amo Lucius llegaba a veces herido a casa y Dobby se encargaba de él. Dobby conoce muchos hechizos curativos, Harry Potter. – El elfo se adentró en el charco de sangre, empapando por completo los calcetines de colores chillones que llevaba puestos y observó durante unos segundos antes de emitir su diagnóstico. – Está demasiado herido para que Dobby pueda curarle pero si puedo hacer que pierda menos sangre y resista hasta que le lleven al hospital.

- Te lo agradecería mucho, Dobby. Haz por él todo lo que puedas, por favor. – Contestó Harry mientras Ron rebuscaba sus varitas por el suelo y le lanzaba a cada uno la suya.

Los tres quedaron mudos y de pie, mirando fijamente el arco. No necesitaron hablar para saber que todos pensaban que el arco debía ser destruído. Harry fue el primero en levantar su varita y apuntar al velo.

- Incendio.

El fuego prendió en el raído velo, que empezó a consumirse como si estuviera empapado de combustible. En pocos segundos había desaparecido por completo, entonces los tres elevaron sus varitas en dirección al arco de piedra.

- Bombarda – gritaron los tres a la vez.

Cuando los tres hechizos impactaron en el arco las piedras, ya gastadas y resquebrajadas en algunos lugares, se vinieron abajo como un castillo de naipes. Hubo un gran estruendo y se levantó una gran nube de polvo y Dobby conjuró una barrera protectora para evitar que la suciedad y los cascotes alcanzaran a Snape.

La nube de polvo era tan densa que los cegó momentáneamente y tuvieron que esperar a que empezara a posarse para comprobar que sobre la tarima no quedaba nada más que un montón de piedras de pequeño tamaño. Harry se adelantó y subió a la tarima de un salto, estirando un brazo para asegurarse que no solo el arco había sido destruido y que ya no quedaba ningún resquicio de la entrada que comunicaba ambos mundos. Agudizó el oído pero ya no podía escuchar los murmullos que antes llenaban la sala, le pareció una buena señal y cruzó la tarima de lado a lado, dos veces, sin que nada extraño sucediera.

Justo en ese momento la puerta de la sala se abrió de nuevo y Rufus Scrimgeour, varita en mano, la leonina melena totalmente revuelta y mostrando algunos cortes poco profundos en las mejillas, entró rodeado por media docena de aurores. Harry reconoció a Kingsley entre ellos.

- ¿Dónde está? – preguntó con ademanes autoritarios bajando las gradas a tanta velocidad como le permitía su cojera.

- Ha muerto – contestó Harry.

- ¿Vosotros habéis acabado con él? – preguntó en un tono no que pretendía ocultar su escepticismo – Y si está muerto se puede saber dónde está su cuerpo.

- Calló a través del velo – respondió de nuevo Harry, esforzándose en seguir utilizando un tono educado y respetuoso a pesar de los ademanes bruscos del ministro.

Scrimgeuor se detuvo a medio camino y miró con ojos entornados en la dirección en que apuntaba Harry. Hasta entonces no había reparado en la ausencia del arco pero cuando lo hizo encaró al trío, furioso.

- ¿Lo habéis destruido? – bramó utilizando el plural aunque se dirigía principalmente a Harry. – ¿Es que no respetáis nada? Pase lo del asalto a Gringots pero esto es imperdonable, ese arco era un elemento mágico de incalculable valor.

- Créame, es mejor así – respondió Harry apretando con más fuerza la varita en su mano.

- No me hables así, mocoso engreído. – Espetó como si regañara a un niño malcriado. - Quien construyó ese arco dominaba técnicas mágicas que vosotros tres ni siquiera alcanzáis a imaginar y que ahora no conoceremos jamás. Conocimientos mágicos valiosísimos – se lamentó, - perdidos para siempre por la arrogancia de unos adolescentes. Ya no estás en el colegio, Potter. Ser el consentido de Dumbledore no te da derecho a ir por ahí haciendo lo que te venga en gana sin asumir las consecuencias. ¿Quién te crees que eres para actuar así?

- Soy el que acaba de derrotar a Voldemort – proclamó seguro de sí mismo. – Y si lo que quiere son pruebas tome – dijo lanzándole la varita mágica de Voldemort que Ron había recuperado junto con las suyas. – Es su varita mágica, si lo comprueba verá que los últimos hechizos que salieron de ella fueron dirigidos a todos nosotros. Voldemort está muerto, cayó a través del velo y no volverá pero si lo desea puede atribuirse la gloria. Lo único que me importa ahora es vivir tranquilo, la fama no me interesa en absoluto, no me ha traído más que problemas. Respecto al arco, si lo destruimos fue por una simple cuestión de seguridad. Era tenebroso y encerraba un peligro mucho mayor de lo puede imaginar. Lo que debería hacer es esparcir sus restos en lugares lo más alejados posible y sellar esta sala para siempre. Y ahora, si nos disculpa, tenemos una vida que salvar.

Cuando Harry terminó de hablar, Dobby, que de pura emoción había empezado a aplaudir ganándose una mirada ceñuda por parte del ministro, se secó las lágrimas y se sonó los mocos ruidosamente usando las mangas exageradamente largas de su ropa, un jersey de franjas verdes y rosa chillón, y retomó de inmediato sus labores de enfermero improvisado. Había conjurado una camilla para acomodar a Snape y haciendo un encantamiento levitatorio la dirigió hacia la salida, esquivando a todos los presentes y pasando entre ellos con la cabeza tan alta como si abriera la comitiva de un desfile real.

Ron y Hermione le siguieron y Harry se acercó a donde estaba tendida Ginny y guardándose la varita cogió a la pelirroja en brazos. Cuando pasaron junto al ministro y sus aurores camino de la puerta éstos se apartaron de su camino para dejarles pasar y Kinsley les guiñó un ojo mientras les dirigía una sonrisa disimulada. Y así, sin que nadie añadiera una sola palabra, abandonaron la sala.

ooOOoo

Hola a todos. Como tal vez ya habréis adivinado la escena del otro lado del velo está inspirada en la portada de la edición americana de las Reliquias de la Muerte, lo decidí así muchísimo antes de saber que lo que en realidad representaba era el Gran Salón de Hogwarts. Como entonces todo era pura especulación a mí se me ocurrió que esa luz anaranjada solo podía pertenecer a una dimensión alternativa, no me preguntéis porqué llegué a esa conclusión, solo sé que a veces me monto las películas yo sola.

Siempre tuve previsto que Harry se encontrara con el cuerpo de Sirius, solo su cuerpo, y después de leer las reliquias todavía me reafirmé más en esa idea porque me gusta la idea del paralelismo entre su muerte y la de Regulus. Ambos hermanos eran a la vez diferentes y también parecidos, y lo fueron hasta el final.

El momento en que salen del arco y regresan al Ministerio está inspirado en la portada de la edición inglesa, siempre pensé que ese ser medio cubierto por el cuerpo de Harry no podía ser otro que Dobby (ahí demostré mi enorme sagacidad, XD) y los tesoros decidí eliminarlos. En un principio la sala iba a estar atestada de cosas valiosas procedentes de los continuos saqueos de los Carrow, que los ocultaban allí sabiendo que Voldemort evitaba esa sala, pero al final esa idea no me gustó y se quedó por el camino.

Si habéis llegado hasta aquí algo os habrá gustado en esta historia. Espero que no os perdáis el último capítulo, no es que queden muchos misterios por desvelar pero puede que depare alguna que otra pequeña sorpresa.