Os presento el capítulo final de Harry Potter y el Templo de la Muerte. Me parece increíble que haya llegado este día, XD, ahora tendré que modificar mi perfil. A todos los que en algún momento me acompañaron en esta aventura aunque luego se perdieran por el camino, ya fuera por mis reiteradas ausencias o por otros motivos, gracias. A los que habéis llegado conmigo hasta el final, aunque no os conozca porque seáis tímidos o no estéis registrados, doblemente gracias. Sin vosotros no hubiera sido posible.
CAPÍTULO 39: La línea divisoria
La noticia de la derrota de Voldemort se extendió por el mundo mágico como un reguero de pólvora y muy pronto no quedó ningún mago o bruja en todo el país que no se hubiera enterado. Al día siguiente una edición especial de El profeta -el mismo periódico que el día anterior llamaba a todo el mundo a aclamar a Voldemort en su desfile de la victoria - proclamaba que Aquel-que-no-debe-ser-nombrado y sus mortífagos habían sido derrotados por un valeroso conjunto de magos y brujas pertenecientes tanto al Ministerio como a la asociación conocida como La Orden del Fénix, fundada por el desaparecido Albus Dumbledore. Ambos grupos habían unido sus fuerzas y luchado codo con codo en la batalla final en Azkaban y también en los altercados que tuvieron lugar en el Ministerio de Magia que terminaron con la vida del mago más tenebroso de todos los tiempos.
La responsabilidad de la victoria estaba diluida y, por lo tanto, la atención mediática también; lo que permitía a Harry salir a la calle de una forma más o menos tranquila. Ahora todos los miembros de la orden se habían convertido en héroes y él solo tenía que enfrentarse a la pequeña desventaja de ser un poco más conocido que el demás.
En esos días la actividad en San Mungo se volvió frenética. La mayoría de los afectados por las batallas de Hogwarts y el Ministerio todavía se estaban recuperando cuando se les sumaron un buen número de heridos en la batalla de Azkaban. Eso sin contar las numerosas visitas además de la avalancha de regalos, felicitaciones y notas de agradecimiento que recibían, lo que hacía prácticamente imposible caminar por sus pasillos sin encontrarlos atestados a cualquier hora del día. En medio de aquel revuelo se encontraba un muchacho de pelo rubio y gafas, caminaba lentamente por un pasillo, solo, observándolo todo minuciosamente sin que nadie pareciera prestarle especial atención.
- ¡Bien hecho, Harry Potter! – gritó a su paso un mago desde su cuadro, haciendo que el chico detuviera su lento deambular.
- Creo que se confunde, yo no soy Harry Potter – aclaró el chico al hombre del cuadro.
El mago, un hombre mayor de melena canosa y una gran verruga cerca del ojo derecho, entrecerró los ojos tras los cristales de sus gruesas gafas.
- Por su puesto que tú no eres Harry Potter. – Espetó mostrándose muy contrariado. - Hablaba con él, – añadió el mago señalando el pecho del chico como si eso lo explicara todo.
- ¿Se refiere a mi camiseta? – preguntó él extrañado.
- Acabo de decirte que no hablaba contigo, atontado. – Respondió el mago de malos modos mientras se ajustaba unas lentes de culo de baso sobre el puente de su puntiaguda nariz. – Por cierto, jovencito, tendrás que dar muchas explicaciones acerca de porqué llevas la cabeza de Harry Potter implantada en el pecho.
El chico, lejos de ofenderse por el insulto, se miró la camiseta que llevaba puesta evidente curiosidad. Después levantó la vista y se acercó al cuadro hasta casi pegarle la nariz para estudiarlo detenidamente.
- Está claro que usted tiene un problema grave para diferenciar entre dos y tres dimensiones. Lo que no sé todavía es si debe a que está pintado o a sus evidentes deficiencias visuales. Me pregunto si los otros cuadros también pensarán que llevo la cabeza de alguien implantada en el pecho.
- ¡Aparta! – chilló el mago alarmado, refugiándose tras la butaca en la que debería estar sentado. – Eres un loco peligroso, a mí no me harás lo mismo que a Harry Potter.
Ajeno a sus protestas el chico estiró muy despacio un dedo hacia el lienzo pero antes de que lo tocara el mago empezó a proferir unos espantosos chillidos.
- ¿Qué le pasa? – preguntó una voz justo a su lado.
El chico se quedó con el dedo en el aire durante un segundo y luego lo bajó olvidándose del cuadro y su extraño ocupante. La chica, rubia y con unos ojos enormes, era más o menos de su edad y él no tenía la más mínima idea de donde había salido.
- Cree que he atacado a un tal Harry Potter – explicó.
Ante la afirmación la chica lo escrutó con la mirada durante unos segundos.
- Eso es absurdo, - dijo con total seriedad. - No traes contigo ni a un solo Gulping Plimpie y a ellos les gusta revolotear alrededor de los mortífagos.
- Lo que me faltaba – exclamó el mago del cuadro chillando mientras asomaba tímidamente por detrás del respaldo de la butaca. - ¡Otra loca!
- ¿Eso ha sido un cumplido? – preguntó el chico muy ilusionado.
- Desde luego no suelen verse auras tan limpias como la tuya – respondió ella devolviéndole la sonrisa.
Parecían a punto de iniciar una conversación cuando por el pasillo apareció una enfermera taconeando, alertada por los gritos del hombre del cuadro, e interrumpió su diálogo con cara de pocos amigos.
- ¿Se puede saber que es este alboroto? Aquí hay enfermos que necesitan descansar.
- Señorita Gladys, mire lo que le ha hecho este chico a Harry Potter, - acusó el anciano mago desde su cuadro. - He intentado hablar con Potter pero no me contesta, creo que le ha matado.
- Ernest, - dijo la enfermera en tono tranquilizador, - Harry Potter está perfectamente, acabo de cruzarme con él, así que no es necesario que arme tanto escándalo. Por cierto, - añadió dirigiéndose a la chica. - la estaba buscando a usted, señorita Lovegood, al parecer no sabía que le habían dado el alta esta mañana. Discúlpale – pidió al chico. – Ernest el topo aparte de su mala visión es un poco paranoico – añadió de forma confidencial, inclinándose hacia los muchachos para que los cuadros no pudieran escucharla. Dicho lo cual dio media vuelta y desapareció por el mismo pasillo por el que había venido.
Los chicos se miraron, sin saber muy bien que decir ahora que se habían quedado solos. Ernest el topo después de la reprimenda había preferido hacer mutis y refugiarse discretamente en el cuadro de al lado, en el que media docena de magos ataviados con las típicas túnicas verde lima de los sanadores corrían alrededor de un enorme alambique, intentando atrapar a un ghoul para hacerle probar un líquido viscoso que acababan de destilar.
- Así que has estado ingresada – dijo él.
- Los mortífagos me hirieron durante la batalla de Hogwarts, pero ya estoy bien – respondió ella quitándole importancia. – Es un alivio que la guerra haya terminado por fin.
En respuesta el chico le sonrió.
- Si no tienes que quedarte podríamos salir a tomar un helado – propuso indeciso.
Ella le miró con los ojos exageradamente abiertos, como si estuviera muy sorprendida, y tardó unos segundos en contestar.
- Me encantaría, - dijo al fin - pero antes de irme me gustaría ver a mi amigo Neville, a él también le hirieron.
- ¿En la batalla de Hogwarts?
- No, lo suyo fue en Azkaban. Ven, - dijo enfilando un pasillo a su izquierda, - te lo presentaré. Tal vez Harry también esté allí.
- ¿Ese Harry es tu novio? – preguntó él un poco reacio.
- ¿Novio? – preguntó ella entre risas como si acabara de escuchar algo muy absurdo - Yo no tengo novio. Una vez fuimos juntos a un baile pero solo como amigos, todo el mundo sabe que él está enamorado de Ginny Weasley.
Al escuchar su respuesta él por fin se decidió a seguirla, convencido que en toda la faz de la tierra no podría encontrar una chica más interesante que aquella.
- ¿Y la chica que lucha contra los mortífagos en Hogwarts no tiene nombre?
- Soy Luna – contestó ella.
- Encantado de conocerte, Luna. Mi nombre es Mike.
La suposición de Luna acerca de Harry resultó de lo más acertado. Estaban llegando a la puerta de la sala a la que se encaminaban cuando le vieron salir, acompañado por Ron, Ginny y Hermione. Después de las presentaciones de rigor Luna intentó entrar a ver a Neville pero ellos le dijeron que una sanadora muy estricta acababa de desalojarlos alegando que todavía estaba muy débil y necesitaba descansar, y que no podría recibir ninguna visita hasta el día siguiente.
- No hay problema – dijo Luna sin perder el buen humor, – volveré mañana.
- Yo tampoco he podido ver a Snape – le contó Harry. – Está tan grave que no me han permitido ni acercarme.
- ¿Sabes al menos si se pondrá bien? – preguntó Luna interesada, a pesar de ser con frecuencia el blanco de los irónicos comentarios del profesor durante las clases.
- Llevará tiempo – contestó Harry – y dicen que le quedarán secuelas, como poco un montón de cicatrices, pero sobrevivirá.
- Puede considerarse afortunado – afirmó Ron convencido, - después de lo que le hizo Voldemort quien iba a pensar que podría contarlo. ¿Hemos terminado con la ronda de visitas? – preguntó cambiando bruscamente de tema.
- Todavía queda Tonks – dijo Hermione. – No está grave pero me gustaría verla.
- Mejor en otro momento – recomendó Ginny. – Remus está con ella y no sé si se le habrá pasado el enfado.
- No debería enfadarse con ella – dijo Hermione. – No en su estado.
- ¿Y te extraña? – Espetó Ron asombrado – Ocultar su embarazo y arriesgarse a luchar. Pobre Lupin, mira que tener que enterarse por los sanadores. Estar embarazada no le da derecho a hacer lo que le venga en gana, si tú llegaras a hacerme algo parecido, Hermione, yo…
- ¡RON! – exclamó Hermione interrumpiéndole, roja como la grana.
Ron enmudeció al instante y su cara también se tiño de rojo.
- Por supuesto yo no… no quería decir que… es totalmente imposible…
- Creo, hermanito - intervino Ginny aguantando la risa e interrumpiendo los balbuceos del pelirrojo, - que Hermione se refería a que no debería enfadarse con ella mientras esté herida.
- Pensaba que lo suyo no era grave - comentó Harry con expresión de preocupación.
- Y no lo es, en pocos días estará perfectamente. Todavía le queda bastante energía para decirle algunas cosas a Remus. - Respondió Ginny luciendo una sonrisa torcida. – La escuché desde el pasillo diciéndole que haría todo lo posible para que su hijo no naciera en un mundo regido por Voldemort y que si no estaba de acuerdo debería haberlo pensado antes de aceptar a una auror como pareja.
A lo que acababa de contar Ginny siguieron unos segundos de silencio en los que todos se imaginaron la escena.
- Tienes razón - aceptó Hermione con una pequeña mueca, por nada del mundo le gustaría encontrarse entre Remus y Tonks en ese momento. – Mejor lo dejamos para otro momento.
- ¿Podemos marcharnos entonces? – preguntó Ron impaciente. - Llevamos meses encerrados, me muero por estar al aire libre.
- Luna y yo íbamos a tomar un helado, ¿os apuntáis? – sugirió Mike.
- Claro – contestó Ron a toda prisa. – Escuché decir a los gemelos que Florean Fortescue acaba de volver y ha abierto su heladería ¡Cómo he podido olvidarlo!
- Eso nos preguntamos los demás, Ron – dijo Ginny poniendo los ojos en blanco. - ¿Cómo podrías tú olvidar cualquier cosa relacionada con el estómago?
Ron, demasiado centrado en la idea de saborear de nuevo uno de los deliciosos helados de Florean, decidió no molestarse con su hermana.
- ¿Vamos o no? – preguntó el pelirrojo echando a andar hacia las escaleras.
- No sé – respondió Harry indeciso aunque echando a andar igual que los demás. – Hoy es el juicio contra Malfoy y tengo que declarar.
- Vamos, Harry. Hace dos años que no te tomas uno de los helados de Florean, ¿vas a renunciar a algo asi por Malfoy?
- De no ser por él no habría encontrado a Colagusano ni la casa de mis padres, y no habría podido matar a Nagini – le recordó Harry.
- De no ser por él nos habríamos ahorrado muchos castigos en Hogwarts y no te habrían apartado del equipo de Quiddich. Dos veces – matizó ante la mirada reacia de los demás. – ¡Vamos! No digo que permitas que lo encierren en Azkaban de por vida, solo que lo hagas sufrir un poco ante la perspectiva. No tienes porque ser tan puntual. Además ya tiene a Krum para testificar a su favor.
- No sé como pude pensar que era un mortífago – se recriminó Hermione, - debería haberme dado cuenta.
- Es normal que lo pensaras, Hermione. No te sientas mal – la consoló Ginny. - Peleó contra ti en Hogwarts. ¿A quién se le iba a ocurrir que el Ministerio habría aprovechado sus antiguos contactos para infiltrarle entre las filas de Voldemort?
- Si, por una vez el Ministro hizo algo bien – apuntó Harry.
- Tampoco es para tanto – refunfuñó Ron por lo bajo, obviamente refiriéndose a Krum.
- ¿Cómo que no? ¿Tienes idea de cuanto tiempo llevaría localizar y capturar a los mortífagos si no los hubieran pillado a todos juntos en Azkaban? Y él fue quien dio el aviso – le recordó Ginny.
- Es cierto – admitió Ron a pesar de la escasa simpatía que le despertaba el búlgaro. – Creo que cuando Snape le dijo a Voldemort que no había sido él fue la primera verdad que le contó en años. – Dijo mientras una sonrisilla se formaba en su rostro y se contagiaba al de los demás.
Habían llegado a la recepción de San Mungo y Harry se detuvo un momento para examinar el grupo.
- Ginny y Luna no tienen licencia para aparecerse, no sé si tú, Mike…
- No la tengo – dijo el chico.
- Usemos la Red Flu para llegar al Caldero Chorreante – propuso Ron.
- ¿Podrás usarla, Luna? – preguntó Hermione. – Acaban de darte el alta, tal vez te marees.
- Estoy bien – respondió Luna dibujando una pequeña sonrisa. – Gracias por preocuparte.
Uno por uno se introdujeron en la chimenea, primero Hermione, seguida de Ginny y luego Luna; después Mike, Harry y por último Ron. El caldero chorreante estaba muy animado y muchos clientes les saludaron, les estrecharon la mano o levantaron los vasos a su paso; y Tom, el viejo camarero, les dedicó una sonrisa desdentada.
Cuando por fin consiguieron atravesar el local Ginny se encargó de abrir el paso al Callejón Diagón, tocando los ladrillos con su varita mágica. Harry no recordaba haberlo visto nunca tan animado y se quedó tan impresionado como la primera vez que lo visitara con Hagrid, siete años atrás.
Todo el callejón bullía de actividad. En los pocos días transcurridos desde la caída definitiva de Voldemort se habían reabierto la mayoría de los negocios, y magos y brujas de todas las edades atestaban la calle y los locales. Niños pequeños se arremolinaban frente a los escaparates de las tiendas de animales o de artículos de Quidditch, pidiendo a sus sonrientes padres una mascota o una escoba nueva, y los adultos formaban corrillos en los que saludaban a viejos amigos y conocidos a los que hacía tiempo que no veían y con los compartían las nuevas noticias. Todo el mundo parecía relajado y feliz y saludaban a los chicos o les daban palmadas en los hombros a su paso, especialmente a Harry.
La terraza de la heladería de Fortescue estaba atestada de gente, tan solo quedaba una mesa libre al fondo, que iba a ser ocupada por un pequeño grupo de magos y brujas que se la cedieron al reconocerlos.
- Harry Potter y sus amigos – exclamó un locuaz Florean acercándose a su mesa. – Me alegra veros por aquí, chicos. Es bueno saber que todavía conservo a mis mejores clientes.
Estaba pálido y más delgado, también había perdido bastante pelo pero por lo demás seguía siendo el mismo de siempre. Tomó nota del pedido y se marchó silbando entra las mesas una canción de las Brujas de Macbeth.
- ¿Es impresión mía o no ha dejado de mirar la camiseta de Mike? – preguntó Ron cuando ya se había marchado.
- A mí también me lo ha parecido – comentó Harry.
- Creo que sé porqué es – explicó el propio Mike centrando de nuevo la atención en sus compañeros de mesa. Se había quedado mirando a un duende que se dirigía hacia Gringots. Cuando Mike le sonrió el duende apretó el paso, alejándose a toda prisa mientras murmuraba por lo bajo algo que no entendieron. – Un cuadro cegato te confundió antes con el dibujo de la camiseta.
- No nos parecemos – afirmó Harry mirando reacio al chico de la camiseta.
- Bueno, - intervino Luna – él no lleva gafas ni tiene cicatriz, pero para alguien corto de vista es fácil confundiros. Los dos tenéis unos bonitos ojos de color claro y el cabello oscuro y revuelto.
Harry miró a Ginny, que se esforzaba por reprimir la risa mientras asentía con la cabeza. Ya todos estaban acostumbrados a la habitual sinceridad de Luna.
- No debería molestarte que te comparen con él – intervino Mike interpretando la mueca en el rostro de Harry. – Es muy valiente e hizo cosas increíbles. Fue el encargado de destruir un poderoso anillo, gracias al cual alguien muy malvado podría volver a la vida.
Ron dio un respingo en su silla y miró a Harry con los ojos muy abiertos.
- Vaya, esa historia me resulta familiar – dijo Ron lentamente.
- Es admirable que lo lograra teniéndolo todo en contra. Claro que no estaba solo – continúo Mike, ignorando los cruces de miradas alarmadas entre sus compañeros de mesa. - Tenía grandes amigos, y en el último momento contó con la ayuda de una pobre criatura a la que nadie tenía en cuenta.
- No me digas que era un elfo doméstico – le pidió Hermione con voz queda.
- ¿Un elfo? ¡No! – exclamó Mike. – Era… bueno, es difícil de explicar.
- Mejor dejémoslo para otro momento – pidió Harry.
- ¿Qué planes tenéis para este verano? – preguntó Ginny, cambiando de tema antes de que Harry se pusiera completamente verde.
- Pienso tumbarme a la bartola una buena temporada – anunció Ron estirando las piernas bajo la mesa y echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, dejando que el sol le diera en la cara. – Después de todo esto nos merecemos unas buenas vacaciones.
- Mi padre está organizando una nueva expedición a Suecia, cree haber localizado el escondite de una manada de Snorckack de cuernos arrugados. ¡Una manada completa! – exclamó entusiasmada.
- Pero muchacha, todo el mundo sabe que esos bichos no existen – intervino Florean comenzando a servir el pedido.
Hermione, que se mordía la lengua y hacía visibles esfuerzos por no decir lo que pensaba, no pudo dejar de asentir moviendo la cabeza de forma casi imperceptible.
- ¿Solo por que nadie los ha visto nunca? – preguntó Luna muy segura de si misma. – Eso no es un argumento.
- Claro que no – la apoyó Mike.
Florean colocó el último helado sobre la mesa y se marchó encogiéndose de hombros.
- Ojalá logréis encontrarlos – dijo Mike, – y demostrar a la gente que se equivoca. Llevo toda mi vida escuchando que la magia no existe, y aquí me tenéis, en una heladería de una calle mágica, rodeado de magos y brujas – hizo una pausa en la que dio un pequeño sorbo a su batido de fresa y luego, ante la estupefacción de todos excepto Luna, terminó su frase. – Y eso que ha pasado antes por aquí era un duende, si no me equivoco. Siempre supe que tenía que existir un lugar así, aunque nadie me creyera o me tomaran por loco. Luna, - dijo mirándola fijamente a los ojos, - no dejes que nadie te diga lo que es real o no, la línea que separa la realidad de la ficción es muy fina, tanto que a veces pueden confundirse.
Harry se atragantó con su helado de vainilla; claro que no contradijo a Mike, él mismo tenía una experiencia muy reciente sobre lo fina que podía ser la diferencia entre algo tan delicado como la vida y la muerte. Además que no era precisamente esa la parte de su discurso que más le preocupaba.
Se produjo un silencio, mientras Mike removía su batido con la pajita como si nada y Luna miraba fijamente el aire, justo en algún punto por encima de la cabeza del chico, con la mirada perdida y una sonrisa soñadora.
Hermione fue la primera en recuperar el habla.
- ¡Ay, madre! – exclamó por lo bajo.
- ¿Cómo es posible? – Preguntó Harry a nadie en particular.
- ¿Dónde lo encontraste, Luna? – preguntó Ginny conteniendo una enorme sonrisa, sin rastro de esa preocupación que mostraban los demás.
- Estaba en el cuarto piso de San Mungo, charlando con el cuadro de Ernest el topo.
- No lo entiendo – farfulló Hermione por lo bajo – no existe ningún antecedente de muggles que hayan conseguido colarse en San Mungo. - ¿Cómo entraste en el Hospital, Mike?
- Vi a un tipo raro dirigirse hacia allí, se paró un momento junto al escaparate y justo después ya no estaba. Así que me acerque y le pedí al maniquí que me dejara entrar.
- ¿Le pediste a un maniquí que te dejara entrar? – preguntó Hermione sin dar crédito a lo que escuchaba.
- Allí no había nadie más – se justificó Mike.
- Sabéis lo que significa, ¿no? – intervino Ron. – Mike, lo siento tío, me caes bien, pero tendremos que freirte el cerebro a hechizos desmemorizadores.
- ¡Ron! – le reclamó Ginny.
- ¡Por Merlín, Ginny! No tenemos alternativa. Ha visto todas las plantas de San Mungo, conoce la entrada al Callejón Diagón y ha viajado por la Red Flu. Sabes que no podemos dejarlo ir.
- ¿Váis a borrarme la memoria? ¿Por fin me pasa una cosa interesante y no podré recordarla? ¡Dios! No me hagáis esto, no me devolváis a un mundo en el que todos los que conozco me consideran un loco o un friki.
- Lo siento mucho, Mike – le dijo Hermione. – Pero no podemos permitir que te vayas sabiéndolo. Según el Estatuto del Secreto de mil seiscien...
- Es cierto. – Intervino Luna interrumpiéndola muy apenada. – Pero todavía puedes disfrutar un rato de todo esto, no hay porque hacerlo ahora, ¿verdad?
- No sé, Luna – dijo Harry mostrando cierto reparo. - Es un hechizo muy complicado y ya tenemos bastantes cosas que borrar.
- A mí se da muy bien – dijo ella sonriendo.
- ¿Tú sabes hacer un Obliviate? – preguntó Ron un poco sorprendido.
- Claro, intervino Ginny. – Es su especialidad.
- Si, pero los aurores del Ministerio tienen más experiencia, - propuso Hermione - tal vez sería mejor que lo hicieran ellos.
- No hay ninguna necesidad de involucrar al Ministerio – intervino Ginny con tal energía que nadie se atrevió a llevarle la contraria. – Dejemos que Luna se encargue.
En el rostro de la rubia se formó una sonrisa triunfante.
- Cuando termines tu batido, Mike, te voy a enseñar un montón de cosas increíbles – prometió.
ooOOoo
El capítulo diez está editado, tal como prometí, con un par de párrafos nuevos en los que Hermione emplea el Dissolutio para recuperar el azúcar que se había disuelto en un vaso de agua. Creo que así se comprende mejor el hechizo y el uso que luego le da Snape. Por mi parte con esto llegamos al final, aunque como parece que JK puso de moda los epílogos ñoños y tiernos ambientados en el futuro me debato entre publicar uno en esa línea o no hacerlo. Mi auténtico final es este, pero no puedo negar que a veces he perdido mi tiempo fantaseando con un futuro para los personajes principales. Si queréis conocerlo lo dejo a vuestra elección, no tenéis más que pedirlo.
Mientras tanto doy la historia por zanjada. Los lectores de Reencuentro me lo agradecerán porque las actualizaciones no se harán esperar tanto, y como me siento en deuda con McGonagall estoy trabajando en una historia sobre ella que pronto verá la luz. Tal vez no le interese a nadie porque mi querida profesora no es el personaje más fascinante de la saga, normalmente despierta simpatía pero no la suficiente para que la gente de se fije en ella. De todas as formas esa historia está viva dentro mí y como soy una cabezota tengo previsto escribirla, el título probablemente sea "La vida soñada" y estáis invitados a pasaros por allí cuando la publique.
Un beso a todos/as.
