Capítulo Uno - Telarañas de la mente.
La lluvia caía sin cesar, repiqueteando en las ventanas y el tejado.
Afuera, una niña saltaba sobre los charcos, vestida con un impermeable rosa y botas de lluvia. Parecía tan feliz, pero estaba preocupada.
Dentro de la casa había otro clima. Pesado, fúnebre.
—Viejo tonto, te has muerto dejando a tu hija menor al cuidado de ese insípido hijo tuyo…
La doncella suspiró al mirar al bulto cubierto por una sábana que yacía en la cama.
Dos personas rubias entraron y observaron al bulto con expresión pesarosa. El hombre, de apariencia joven, levantó la sábana y miró a la persona que estaba debajo de ella. Volvió a colocar la sábana en su lugar y miró a su hermana.
—Ha muerto con la misma cara de disgusto de siempre —comentó Rin —, nunca la ha cambiado.
El otro la fulminó con la mirada, pidiéndole que guardara respeto.
—¿Van a quedarse un tiempo?
—Unas tres semanas. Lo suficiente para acabar los trámites legales para llevarme a Yuko a Tokio —anunció Len.
—¿Y quien dijo que permitiré que te la lleves? —replicó Rin —, seguro que la educas de la misma manera que papá a ti.
—Es lo que él hubiera querido.
—Y mira como estás tú. Eres un insípido, hermano.
Él levantó la mano y le propinó una cachetada a su gemela.
—No me llames así. Y sabes bien que yo estoy donde estoy por no perder el tiempo en estupideces, Rin.
—¡Cállate, idiota! ¡Tú estás muerto, y si permito que te lleves a nuestra hermanita, ella acabará tan muerta como tú!
—Necesito aire fresco.
Dicho esto, salió dando un portazo.
Rin se quedó callada, y miró a la doncella.
—Prepara las habitaciones, por favor. Y puedes marcharte. Mi hermano te pagará el último salario.
La doncella asintió y salió a cumplir el pedido.
—Padre, ¿en qué has metido a Yu? —le preguntó al cadáver —O en otras palabras, ¿en qué has metido a mi hermano?
Mientras tanto, Len caminaba bajo la lluvia, sin abrigo, sólo él.
La lluvia le caía encima, pero a él no podía importarle menos. Ahora debía cuidar de su hermana, enseñarle a ser una persona exitosa en la vida. Tenía otras preocupaciones.
Miró hacia la casona abandonada, justo a tiempo para ver como una mujer de cabello aguamarina entraba en ella, apresurada.
—¿Qué es lo que ella tiene que hacer allí? —se preguntó.
Y por primera vez desde que era un niño, siguió su curiosidad y entró a la casa detrás de ella.
La mujer subió las escaleras, y él fue también. La siguió hasta el altillo, donde oyó el siseo que le indicara que se callara.
—Shh, vas a espantar a las hadas.
La dama se encontraba inclinada sobre un cofre, que parecía bastante viejo. Le indicó que se acercara, y él lo hizo.
Se arrodilló junto a ella, y vio como algunas luciérnagas volaban dentro del cofre, posiblemente apresadas por la mujer.
Tenía dos coletas que le daban un aspecto infantil, y un gesto amigable y animado en el rostro.
—¿Vienes a ver a las hadas?
—¿Hablas de las luciérnagas?
—¡No son luciérnagas! Son hadas de verdad.
Él miró y pudo verlas.
Realmente eran hadas.
