DE CAZA

Seguía algo desorientada, no sabía muy bien dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado hasta que desperté, pero poco a poco las ideas se me iban aclarando.

Volví a mirar a mi alrededor y me abrumó la cantidad de detalles y matices nuevos que podía distinguir. No podía creer lo ciega que había estado en mi antigua vida.

Los colores eran más intensos e incluso había uno nuevo que no me hubiera imaginado que existiera. Mi visión periférica era increíblemente precisa, el olfato también se me había agudizado al igual que los demás sentidos.

-¿Bella? -me llamó sorprendido Edward haciendo que dirigiera mi vista hacia él.

-¿Si? -pregunté mirándole sin entender a qué venía esa cautela, pues se acercaba a mí de forma lenta.

-Bella, tranquila, no pasa nada -dijo acercándose un poco más.

Desvié la mirada hacia los demás y comprobé que los demás tenían la misma expresión de cautela que Edward, lo que me molestó bastante. ¿Qué pensaban que podría hacer?

-Ya sé que no pasa nada -dije confundida.

-Entonces, ¿porqué huyes? -me preguntó confuso y acercándose un poco más a mí hasta quedar muy cerca.

-Yo no... yo no huyo -balbuceé molesta y sin entender.

Pero entonces me di cuenta. Estaba agazapada en un rincón de la habitación en la que me encontraba y en una posición que me resultó muy extraña. Tenía las rodillas flexionadas, como un gato asustado a punto de salir corriendo.

Enseguida me erguí poniéndome bien derecha y alisandome un poco el vestido blanco que llevaba puesto.

-¡Oh, vaya! -exclamé sorprendida.

Edward rió entre dientes, con esa risa tan perfecta que para mí era música, y se acercó a mí hasta abrazarme fuertemente.

-¡Menos mal! Pensábamos que habías muerto... -dijo con alivio antes de besarme como nunca antes lo había echo, dejándome algo atontada.

-¿Porqué? -pregunté tontamente y escuché como todos reían.

-Ay -suspiró separándose de mí despacio y tomándome de la mano-. Eso me preguntó yo -dijo de forma burlona-. Ven, sal del rincón -me dijo riendo entre dientes.

Todavía un poco confusa, lo seguí hasta el centro de la habitación, donde fui abrazada y besada primero por Esme y después por Alice, y después por Carlisle y Emmet, el cual me propinó el abrazo más fuerte, aunque se quejó un poco de las costillas cuando se separó. Por último, Jasper se acercó a mí y también me abrazó, aunque de forma más sutil.

-Bienvenida -me susurró al oído sonriéndome.

-Gracias -dije sorprendida del trato que Jasper me estaba dando pues siempre había mantenido las distancias conmigo, aunque nunca fue desagradable.

Pero sin duda alguna, la que más me sorprendió fue Rosalie.

-Estás estupenda, Bella -me dijo cordialmente, aunque todavía de forma un poco fría y distante, y sin moverse de al lado de la puerta, dónde estaba recostada.

-Gra... gracias -contesté confundida.

Me parecía imposible estar tan confundida. Fruncí el entrecejo, me mordí el labio inferior y agaché la cabeza hacia el vestido que llevaba puesto.

Nadie dijo nada mientras yo intentaba salir de mi atolondramiento, pero pude sentir cómo la calma iba volviendo a mí, haciendo que la mente se me aclarase con mayor rapidez. Alcé la vista hacia Jasper y dije:

-Gracias -sabía que estaba usando su don en aquel momento, para ayudarme.

-No hay de qué -me contestó con su peculiar tono tranquilizador.

Como por inercia, volví a mirarlos a todos y cada uno de ellos, deteniéndome en último lugar en el rostro de Edward. Definitivamente, había estado más ciega de lo que pensaba, pues no había alcanzado a distinguir lo absolutamente perfectos y hermosos que eran todos ellos en realidad, y más en concreto, Edward, que para mí era el más hermoso y perfecto de todos.

-Vaya -exclamé en un susurro, admirada.

-¿Qué? -preguntó sonriendo Edward.

-Nada, es solo que todo es tan... diferente -mentí un poco para que no supieran lo maravillada que estaba con ellos, aunque no era del todo mentira. Todo parecía muy diferente.

-Tranquila, te acostumbrarás -me aseguró entre risas Carlisle.

Solo le sonreí. No me atrevía a decir nada, pues me había dado cuenta de que mi voz era diferente, tenía un sonido más suave y musical, lo que me resultaba raro.

-Bueno, ¿no quieres ver qué aspecto tienes? -me preguntó Alice acercándose a mí con su aire grácil y abrazándome por los hombros.

-Hum... esto... ¿es que estoy diferente? -pregunté nuevamente confundida.

Todos rieron y Alice me giró hacia un gran espejo que había en un lado de la habitación, que ya sabía de quién era; de Rosalie y Emmet.

-Compruébalo tú misma -me instó Alice, divertida.

Cuando miré el espejo no reconocí a la chica que estaba reflejada en él. Era una preciosidad. Tenía el pelo del mismo color que el mio, aunque sus facciones eran más afiladas y perfectas y tenía los ojos de un color rojo carmesí muy intenso y su cuerpo era tan estilizado que hubiera sido la envidia de cualquier modelo de fama.

-Bueno, ¿cuál es la valoración? -me preguntó al oído Edward abrazándome por detrás a la altura de la cintura.

No sabía qué contestarle, tenía la autoestima por los suelos después de contemplar aquella imagen en el espejo, así que me mordí el labio inferior.

-¿Esa soy yo? -pregunté admirada, pues al morderme el labio me di cuenta de que la hermosa chica reflejada en el espejo era yo.

-¿Y quién si no? -me preguntó Edward riendo entre dientes-. Bella, ya te dije que no te ves a ti misma como eres en realidad -añadió con tono de impaciencia.

-¡Oh! -exclamé- Vaya...

-Bueno, qué tal si os vais a cazar, Edward -intervino Carlisle con paciencia-. Ya tendrá tiempo de admirarse cuando volváis. Bella debe de estar sedienta.

Edward sonrió y asintió con la cabeza cuando ambos nos giramos hacia los demás. Todos parecían impacientes por algo, pero yo no logré entender porqué hasta unos segundos después, cuando una quemazón tremenda se instaló en mi garganta y un sabor extraño y dulzón llegó a mi boca de pronto.

-¡Cielos! -exclamé llevándome una mano a la garganta. Hasta que Carlisle no lo mencionó no había sentido aquella sed tan imperiosa que se había apoderado de mi.

-¿Qué ocurre? -preguntó Edward con tono de alarma en la voz.

-Nada... es que... me arde la garganta, eso es todo -dije con mi nueva y musical voz algo ronca por la sed.

Todos se echaron a reír y la carcajada de Emmet retumbó en la habitación.

-Será mejor que nos vayamos ya -dijo Edward con una sonrisa y tomándome de la mano nuevamente.

Salimos de la habitación seguidos por todos los demás y llegamos al gran ventanal del pasillo que daba a la parte trasera de la casa.

-¿Preparada? -me preguntó Edward poniendo aquella sonrisa suya, que era mi predilecta.

-Hum. No, todavía no -dije recordando de pronto algo-. ¿Y Charlie y mi madre? Estarán muy preocupados sin saber dónde y cómo estoy -dije de forma angustiada.

-Tranquilízate, Bella -me dijo ceñudo Edward-. Todo está bien con ellos, ya te lo explicaré más tarde con más detalle. Vamos -me apremió.

-Pero... -intenté protestar, pero él me atajó, con autoridad y firmeza en la voz.

-Pero nada, tienes que alimentarte antes de hacer nada más.

-Está bien... -concedí resignada. Me ardía la garganta cada vez más y tampoco tenía ganas de empezar a discutir con él en aquél momento, porque sabía que tenía las de perder.

-Bien. Entonces, vamos -dijo sonriendo triunfante-. Tú primero -me invitó con un gesto de la mano, para que fuera delante de él.

Di un paso hasta ponerme a su altura, al borde del gran ventanal que tenía las puertas abiertas y dudé sobre lo que debía hacer.

-Esto... ¿qué se supone que debo hacer? -pregunté dubitativa mirando hacia abajo. No sabía como iba a bajar de allí si no había escaleras.

Edward rió entre dientes, y pude escuchar con total claridad como los demás intentaban disimular las risas.

-Pues saltar, ¿qué si no? -me dijo rodeándome la cintura con su fuerte brazo-. ¿Quieres que te muestre cómo?

-Sí, por favor -le dije con curiosidad.

-Bien. Observa -me dijo antes de acercarse al borde del ventanal.

Cuando llegó al borde, se paró, adelantó una pierna impulsándose con la otra y saltó cayendo suavemente y sin hacer ruido alguno.

Me pareció bastante sencillo, así que lo imité y caí igual de suave y silenciosamente que él. Solo el chasquido de las ramitas de los árboles que había en suelo, al partirse bajo mis pies desnudos, rompió profanó el silencio de la caída.

-Hum. Muy elegante -murmuró Emmet desde lo alto del ventanal.

-Gracias -dije en voz baja, sabiendo que me había oído perfectamente. Estaba algo avergonzada, nunca me habían dicho que fuera elegante.

Hubo más risas, mientras me alisaba de nuevo el vestido. Me resultaba algo incómodo, aunque era muy suave. Ya tendría más tarde unas palabritas con Alice, porque estaba totalmente convencida de que había sido ella quien me había puesto aquel vestido.

-Venga, vamos -me dijo sonriendo Edward cogiéndome de la mano nuevamente.

Le seguí sin decir nada y me condujo hasta el riachuelo que había un poco más allá de la casa. Me mostró como saltarlo y lo imité, sorprendiéndome de mí misma, al comprobar que podía saltar con más lejos que Edward, y después corrimos durante unos minutos, aunque no estoy segura de cuanto tiempo pasó hasta que Edward me hizo parar entre risas. Parecía que le resultaba graciosa, lo que me hubiera molestado en un pasado, pero no ahora.

Era extraño, pero parecía que también había cambiado mi mentalidad hacia cosas que antes me parecían molestas, al igual que había ocurrido con la velocidad. Recordé lo malísima que me puse la primera vez que Edward me llevó corriendo subida a su espalda, y me reí de mí misma por lo tonta que había sido, pues mientras corría junto a mi ángel por el bosque, había disfrutado como nunca antes lo había echo, y me había sentido tremendamente libre.

-Bella, para. Vuelve -le oí llamarme tras de mí.

Volví sobre mis pasos, muy a pesar mío y me quejé.

-¿Ya? ¿No podemos seguir un poco más?

-Ya habrá tiempo para la diversión, más adelante, te lo prometo -me dijo sonriendo-. Pero ahora ven -me pidió con un gesto de la mano, y añadió cuando llegué junto a él-: Escucha...

Obedeciendo a lo que me pidió, agudicé el oído cerrando los ojos para concentrarme, e intenté adivinar a qué se refería. Podía escuchar muchas cosas; las hojas de los árboles mecidas por el suave viento, los pajarillos, los bichos del bosque... y finalmente, a mi izquierda, el sonido de un corazón latiendo mucho más grande que el de los pájaros o los bichejos. Abrí los ojos y le miré admirada.

-¿Lo has oído? -me preguntó pícaramente.

-Ajá.

-Pues ¿a qué esperas? Ve a por él -me instó Edward.

Quise obedecer, pero no sabía que tenía que hacer con exactitud, así que me quedé clavada en el sitio, escuchando el latido de aquél corazón que me invitaba a ir por él desesperadamente, y otros dos o tres más que se le habían unido.

-Solo déjate llevar por tu instinto, Bella -me dijo Edward adivinando mis pensamientos-. Sabrás que hacer.

Animada por sus palabras y la sed que estaba amenazando con hacerme enloquecer, me giré y me encaminé hacia mi presa; un bonito y apetitoso león que me invitaba cada vez más a que me lo comiera.

Me costó un poco hacerme con él, pero finalmente y tras unos cuantos zarpazos que me destrozaron el vestido, pude con él y bebí con ansias su ardiente y exquisita sangre.

Cuando terminé con él alcé la cabeza y vi el destrozo del vestido y me limpié la sangre que tenía en el escote con un trozo del pobre vestido que había en el suelo. Alice me iba a matar, por aquello. Después alcé la cabeza, una vez más, para buscar a Edward al que encontré cerca de mí, terminando con otro de los leones que había allí cerca y se me cayó el alma a los pies cuando se giró hacia mi.

Estaba totalmente impoluto. Ni una gota de sangre manchaba sus ropas o su rostro.

-Vaya -musitó atónito-. Alice, te matará. Toma -me dijo mirando las pintas que llevaba, mientras se quitaba la cazadora y me la entrega.

-Gracias -dije un tanto avergonzada. Nunca había estado semi desnuda ante él, así que me puse la cazadora lo más rápido que pude. Que fue demasiado.

Estuvimos media hora más cazando, él con su elegancia de costumbre y yo con mi torpeza de principiante, aunque cada vez me costaba menos cazar y ya no me manchaba tanto gracias a los sabios consejos que Edward me proporcionaba.

Finalmente me sentí saciada y me senté debajo de un árbol, cerca de dónde Edward estaba dando fin a un pobre ciervo. Lo observé durante un rato y me di cuenta de que era la primera vez que lo veía realmente como un vampiro, y que por fin, lo veía cazar saciando así mi curiosidad. Aunque yo le acompañase en aquella ocasión también para comer, me resultó fascinante y rememorando lo que había sentido cuando cacé, comprendí el horror que había sentido Edward cuando le pregunté si algún día podría verle cazar. Definitivamente hubiera sido terrible, aquél frenesí lo hubiera echo enloquecer y cegarse tanto con mi olor que no hubiera durado ni un segundo. Me estremecí ante aquel pensamiento.

-¿Qué, ya no tienes hambre? -me preguntó divertido mientras se acercaba a mí, sacándome de mis pensamientos.

-No. quedé saciada -contesté sonriendo y acogiéndole en mis brazos.

-Entonces, ¿regresamos ya? -me preguntó sonriendo maliciosamente y besándome el cuello, haciendo que casi perdiera la razón al darme cuenta de que su temperatura era cálida, igual que la mía. Ya no sentía sus labios ni sus manos congeladas, lo que me agradó tanto que casi no pude contener las ganas de echarme encima de él, allí mismo.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo terrible, me contuve y dije:

-Sí, creo que ya podemos regresar.

-Bien -me susurró al oído, cuando llegó a él en su recorrido de besos a mi cuello.

Nos levantamos y paseando nos dirigimos de regreso a la gran casa de los Cullen. El trayecto fue tranquilo y lo pasamos casi todo el tiempo en silencio. Pero cuando llegamos a la parte trasera de la casa, me paré en seco tirando de Edward, que no se había dado cuenta y había seguido andando.

El pánico me invadió por un instante. Un corazón latía rápidamente dentro de la casa y un exquisito olor que llegaba desde la casa, me golpeó fuertemente, casi haciéndome enloquecer, aunque intenté serenarme y la cordura llegó de regreso a mí rápidamente, a pesar de la quemazón que sentía.

-¡Oh! -exclamó Edward con preocupación, cuando se percató de que un humano estaba en la casa.

-¿Quién... quién está en la casa, Edward? -pregunté tragando saliva con dificultad, en un intento de calmar la terrible quemazón que sentía. Aquél olor era tan delicioso...

Por unos instantes, Edward se quedó sin palabras, paralizado en el lugar y con una mueca de nerviosismo.

-¡¿No puede ser?! -exclamé medio horrorizada, medio sorprendida y enfadada.

Me imaginé quién podría ser, nada más ver la expresión de Edward.