PRUEBA DE FUEGO
-Tranquila, Bella. Todo saldrá bien -me aseguró Edward apretando un poco más mi mano y rodeándome por la cintura con su fuerte brazo-. Vamos, yo estaré contigo. Además, la casa está llena de vampiros que impedirán un desastre -intentó animarme bromeando.
Pero yo no me sentía animada, sino aterrada. No podría seguir viviendo si no conseguía contenerme.
-Edward, no creo que sea capaz -murmuré casi sin aliento-. ¿Y si no puedo contenerme? ¿Y si no podéis detenerme? -pregunté angustiada, deseando con todas mis fuerzas que Jasper estuviera allí para emplear su poder antes de entrar en la casa.
-Eso no va a pasar, Bella. Intenta no ponerte nerviosa. Te prometo que ninguno permitirá que pase nada malo -dijo Edward con paciencia y con calma al mismo tiempo.
Lo miré fijamente a los ojos perdiéndome en ellos y poco a poco fui sintiéndome más tranquila y confiada. Si él había podido contenerse y no matarme cuando era humana, a pesar de lo mucho que deseaba mi sangre, yo podría hacerlo también.
-Confía en mí, Bella -me pidió Edward, cogiendo mi cara entre sus manos.
Respiré profundamente sin apartar la mirada de los ojos de Edward, y asentí.
-Entonces, vamos -me dijo soltándome la cara y abrazándome por la cintura-. Puedes hacerlo, Bella. Sé que puedes.
-Puedo hacerlo, puedo hacerlo -me repetía a mí misma una y otra vez mientras nos encaminábamos hacia la casa.
Cuando entramos en la casa, aquel olor tan exquisito y a la vez tan martirizador, me impactó de una manera tal que resultaba indescriptible, sin embargo no sentí necesidad de beber, a pesar de que el sabor dulzón de la ponzoña invadía mi boca, lo cual me hizo relajarme un poco y solté un suspiro de alivio que hizo sonreír a Edward.
Nos dirigimos al salón, donde estaban todos sentados viendo la televisión y esperándonos algo nerviosos, por la forma en que se pusieron en pie al vernos aparecer.
-¡Bella! -exclamó Charlie aliviado en cuanto me vio, dirigiéndose hacia mi casi tan rápido como lo hubiéramos echo cualquiera de nosotros y haciendo algo inusual en él creando un clima de intranquilidad entre los Cullen: me abrazó de una manera que jamás había echo.
-Hola, papá -lo saludé abrazándole también, intentando no apretar demasiado, pues Edward me había dicho cuando estuvimos de caza, que durante un tiempo sería mucho más fuerte que cualquiera de ellos. E intentando, al mismo tiempo, contener la sed que me provocaba su olor pues aunque no sentía una necesidad imperiosa, no estaba segura de poder contenerme.
-Con cuidado, Charlie -le avisó de forma amable Carlisle-. Recuerda lo que te dije.
-Descuida, Carlisle -lo tranquilizó mi padre, separándose un poco de mí, aunque sin dejar de abrazarme por encima de los hombros-. ¿Cómo te sientes, cariño? Te veo... muy bien y... cambiada también -dijo entrecortadamente.
-Estoy bien, papá -le aseguré sintiéndome culpable por la pena que dejaba entre ver su tono y su mirada-. No te preocupes.
-¿Seguro?
-Si, papá, seguro -le dije con paciencia, mientras me sentaba a su lado en uno de los sillones del gran salón.
-Vale -concedió poco seguro.
Hubo unos instantes de silencio, en los que mi padre no dejó de mirarme de arriba a abajo como si fuera la primera vez que me veía. Aunque no podía reprochárselo pues ni yo misma me reconocí cuando me miré en el espejo al despertar.
-Carlisle me lo contó todo cuando te trajeron de vuelta -comenzó como si buscara la forma de decirme algo-. ¿Sabías dónde te metías cuando... cuando empezaste a salir con Edward? -me preguntó finalmente
-Si, papá. Lo sabía -me incomodó algo esa pregunta, sobre todo estando Edward delante (aunque a él no pareció incomodarle en absoluto), pero contesté de todos modos. Sentía que por lo menos le debía algo de sinceridad después de todo lo que le dije antes de irme de la forma en que me fui.
-Eso me dijo Carlisle -contestó él con una nota de decepción en la voz-. También me dijo que el... vampiro -le costó decir la palabra un mundo-, te engañó haciéndote creer que tenía a tu madre y que cuando fuiste a rescatarla te atacó y... te mordió... y que no llegaron a tiempo de sacarte... lo que sea que te convirtió -dijo esforzándose por recordarlo y asimilarlo todo.
-Así es -le confirmé-. Aunque no recuerdo nada después de que me mordiera -me apresuré a añadir antes de que pudiera preguntar algo más. Tampoco tenía porqué saber la tortura que pasé hasta que me transformé.
-Entiendo -dijo tras pensarse durante unos segundos si creerme o no. Sabía de sobra lo mal mentirosa que era. Aunque al final pareció convencerse de que no le mentía, o por lo menos eso pareció.
Pasamos la tarde hablando de cómo íbamos a actuar hasta que me graduase para que nadie se diera cuenta de que algo sucedía, y cuando mi padre hubo cenado, los macarrones a la boloñesa que le preparó con esmero Emmet, nos despedimos y mi padre se fue a casa.
Quedamos en que durante la semana siguiente, me quedaría en casa de los Cullen hasta que me acostumbrarse un poco a mi nueva condición. Después tendría que volver al instituto, alegando que había estado enferma como justificación a mi ausencia, y para que nadie sospechase nada, volvería a casa de mi padre. Aunque siempre estaríamos acompañados de alguno o varios de los Cullen, para evitar accidentes. Al parecer los neófitos son bastante peligrosos cerca de los humanos, y ni ellos ni yo queríamos correr el riesgo de que me convirtiera en una neófita loca precisamente con mi padre como primera víctima.
Después de que mi padre se fuera y los ánimos de todos se hubieron calmado, me atreví a preguntar lo que me había estado matando de curiosidad durante todo el día.
-¿Qué pasó con James y Victoria?
-Nos ocupamos de James, pero Victoria escapó -me explicó con calma Edward después de intercambiar una mirada con los demás.
-Ya. ¿Y mi madre? ¿Sabe algo de lo que ocurrió? -pregunté preocupada. Me preocupaba más mi madre que Victoria. Sabía que aunque le costara un tiempo aceptarlo, Charlie se sobrepondría y lo aceptaría bien. Sin embargo, no estaba segura de que fuera igual en el caso de mi madre.
-Está bien, no te preocupes por ella Bella. No sabe nada de lo sucedido -terció Carlisle adivinando el camino que habían cogido mis pensamientos-. Tu padre la llamó y la dijo que ya habías vuelto y que estabas bien. Le dijo que había sido un arrebato y que te arrepentiste a mitad de camino y regresaste. Le costó bastante convencerla de todo eso y de que estabas tan disgustada que no querías hablar ni siquiera con ella, la verdad -añadió sonriendo, esto último.
-Hum. Te creo, Charlie no es mejor que yo mintiendo, la verdad -observé-. Y, a todo esto, ¿cuánto hace que me mordió James? -esa era la pregunta que más ganas tenía de hacer. No tenía ni idea del día en que estábamos.
-Pues solo has tardado en convertirte un día y medio. ¡Todo un récord! -dijo divertido Emmet, provocando la risa de todos nosotros.
-¿Ha si? -pregunté curiosa. No recordaba si Alice había llegado a decirme cuánto duraba el proceso con exactitud o si no lo había mencionado en absoluto-. ¿Y porqué es un récord?
-Pues es un récord -comenzó a explicar Jasper-, por que normalmente, el proceso dura entre tres y cuatro días, dependiendo de la cantidad de ponzoña que haya en el sistema. Y tú, no tenías demasiada, aunque se extendió tan rápido que Edward no tuvo tiempo de succionarla.
-Nos tuviste muy asustados, cielo -terció Esme claramente emocionada-. Pensamos que no lo superarías, y entonces, despertaste sorprendiéndonos a todos.
-¡Vaya! -exclamé tontamente. No lo entendía muy bien, pero pude ver el pesar que había en todos ellos, sobre todo en Edward que se había quedado mudo desde que contestó a mi primera pregunta.
-¿Qué ocurre? -pregunté dirigiéndome expresamente a él, sin entender a qué se debía ese cambio de humor después de haber estado feliz durante todo el día, y molesta por la pena con la que me miraba.
-Esto ha ocurrido por mi culpa -dijo con tal carga de culpa y pena en el tono de su voz que casi no reconocí su voz-. Si te hubiera dejado en paz cuando debí, ahora seguirías siendo una feliz chica humana, y estarías tan contenta con tu padre.
La furia que sentí en aquél momento hizo que se me escapara un gruñido de molestia, desde lo más profundo de mi interior. ¿Cómo podía decir aquello?
-Tú no tienes la culpa, Edward -protesté con otro gruñido y entre dientes-. Si alguien tiene la culpa, esa soy yo. Yo dejé que James me engañase, yo me escapé de la protección de Alice y Jasper... Si me hubiera estado quietecita junto a ellos, y os lo hubiera contado todo, esto no hubiera pasado, porque vosotros hubierais encontrado una forma de engañarlo a él. Ahora sé eso, Edward, y me arrepiento de haber sido tan estúpida y haberos echo sufrir tanto a todos. Te lo digo en serio -mi indignación y furia estaban llegando a límites inimaginables hasta para mí, al ver cómo Edward cerró los ojos y negaba con la cabeza-. No, ¿qué Edward? -grité furiosa y sentí cómo Alice y Emmet me sujetaban por los brazos, dándome cuenta de que me había puesto en pie sin darme cuenta.
-Que tú no tienes ninguna culpa. Creíste que tu madre estaba en peligro y corriste a salvarla, lo que cualquiera que ame tanto a su familia como tú, hubiera echo en tu lugar -esta vez fue él, el que gruñó enfadado y obcecado en que él tenía la culpa.
-¡No seas ridículo, Edward! -le espeté. No entendía porqué se empeñaba en hacerse responsable de lo ocurrido-. De todos modos ya no tiene sentido que nos echemos la culpa por lo ocurrido, porque ya no hay remedio. Y si lo que quieres es deshacerte de mí, pues dímelo claramente, no te busques excusas absurdas -le solté, verbalizando por fin, aquello que llevaba atormentandome desde que le conocí.
-¡Yo no he dicho nada de eso, Bella, no te pongas melodramática! -bufó Edward enfadado-. Simplemente digo, que esto no debería haber pasado nunca.
-Bueno, pues ha pasado, Edward, y no es tu culpa que no pudieras salvarme -objeté tan enfadada con él, aunque nunca había descargado mi mal carácter con él-. Como tú me dijiste una vez, quizá has estado interfiriendo en mi mortal destino y así es como se ha vengado; haciéndome una de los tuyos. Ya no hay remedio. ¿Sabes qué? -bufé muy cabreada al ver que no decía nada, que simplemente me miraba con pesar-. Me voy fuera, necesito tomar aire.
No sé cuánto tiempo estuve sentada fuera, admirando el precioso color azulado de la noche que tanto me asombró cuando lo vi al salir, ya que nunca imaginé que la noche tuviera ese color, cuando sentí pasos tras de mi.
-Lo siento mucho, Bella -se disculpó Edward a mi oído después de sentarse junto a mí y rodearme con sus brazos-. Sé que no hay remedio y que nadie a tenido la culpa, pero no puedo evitar pensar que es culpa mía. Piensa que si no fuera por mí no te hubieras visto involucrada en todo esto.
-Lo sé. Yo también lo siento. Pero no te culpo, yo decidí estar contigo a pesar de todo -contesté con más calma que antes, recostando mi cabeza en su fuerte pecho-. Pero déjalo ya. No quiero volver a hablar del tema. Lo pasado, pasado está y no ya no vale lamentarse. Además, hiciste lo que pudiste.
-Como quieras -me dijo suspirando resignado-. Por cierto, te amo y no tengo intención de dejarte, ni ahora ni nunca. Ya no -añadió besando mi cuello.
No quise ni pensar en qué había querido decir con eso de que ya no tenía intención de dejarme, porque eso significaba que, en algún momento no sabía cual, había pensado en hacerlo y eso me aterrorizaba. No dije nada, solo le apreté los brazos devolviendo su abrazo y giré la cabeza para besarle en los labios.
Al fin, aquella primera noche eterna, se calmó y pude empezar a acostumbrarme a mi nueva condición.
El resto de la semana fue mejor. Los días los pasaba con Esme, ya que Carlisle tenía trabajo en el hospital y los demás tenían que ir al instituto. Durante ese tiempo que pasaba con Esme, me enseñaba a comportarme como lo solía hacer cuando era humana. Aunque parezca mentira, me costaba mucho comportarme como lo hacía en el pasado, porque como no me cansaba o no tenía que ir al baño o comer, me olvidaba con facilidad de todas esas cosas. Esme se encargaba de recordarmelas constantemente para que me acostumbrara antes de volver al instituto.
Las tardes, sin embargo, las pasaba haciendo los deberes que los profesores nos ponían y que Edward se encargaba de traérme, y estudiaba para los exámenes que me había perdido y que me esperaban a mi regreso. Pero esto era algo que no me resultaba pesado o aburrido; había descubierto que mi agilidad mental se había agudizado al igual que mis sentidos, por lo que el estudio me resultaba mucho más fácil que antes, aunque no es que fuera mala estudiante en absoluto.
Y las noches, me las dividía en dos; una parte la reservaba a relacionarme con Carlisle, Esme, Alice, Emmet, Jasper e incluso con Rosalie, que desde que había despertado a mi nueva vida se mostraba menos hostil y nuestra relación había avanzado un poco.
La otra parte de la noche, en cambio, estaba reservada a Edward. Nos pasábamos las horas muertas hablando de nuestras cosas, y haciendo cosas que nos gustaban cuando nos aburriamos.
Sin embargo, cuando llegó el domingo antes de mi vuelta al instituto, los nervios se me pusieron a flor de piel.
Salí junto a Edward de caza como medida de precaución, pero cuando iba por mi segundo ciervo, me detuve. No podía seguir bebiendo más. Los nervios se me habían agarrado al estómago igual que me pasaba cuando era humana, y estaba empezando a sentir nauseas.
-¿Qué ocurre, Bella? -me preguntó Edward preocupado, cuando me senté abrazándome las rodillas
-No sé si podré soportarlo, Edward -confesé con un hilo de voz a causa de la angustia que sentía-. Cada vez me resulta más fácil estar junto a mi padre y controlar mi sed. Pero creo que es porque estoy acostumbrándome a su olor, porque le quiero mucho y, sobre todo, porque vosotros estáis conmigo. Pero mañana... mañana será diferente. Estaré sola todo el tiempo, a excepción de la hora de la comida y la de Biología... no sé si podré soportarlo.
-Pues claro que podrás -me dijo Edward muy seguro de sí mismo y tomándome entre sus brazos-. Bella, tienes un autocontról asombroso. Todos estamos maravillados de lo fácil que te resulta mantener la cordura cuando estás cerca de tu padre. Mañana será igual, solo que con más gente. Además -añadió ronroneando juguetón mientras se acercaba a mí, dejándome totalmente atontada-, yo estaré vigilando todo el tiempo, a través de la mente de alguno de tus compañeros, y bueno, para eso hemos venido a cazar, ¿no?
-Hum, de todos modos... -protesté aún nerviosa.
-Vale, ¿qué tal si nos tomamos un descanso para relajarnos? -sugirió levantando una ceja, ronroneando de nuevo, y poniendo su sonrisa pícara que tanto me gustaba.
No sé si fue por los nervios que sentía por volver al instituto o por los que me produjo la cercanía de Edward y el tono tan seductor que puso en aquél momento, pero no me di cuenta de a qué se refería, en un primer momento. Como tampoco me vi venir el beso tan apasionado que me dio.
Aquél beso fue el más maravilloso y apasionado que me había dado nunca y me sentí flotar. Perdí el control total de mis actos con aquél beso, al igual que hacía siempre, pero esta vez él no paró de besarme ni me separó, como siempre hacía cuando las cosas estaban llegando demasiado lejos, así que alejé las preocupaciones de mí y me centré solo en él y en aquel maravilloso momento. Ya tendría tiempo de preocuparme más tarde. Ahora era tiempo de disfrutar de algo que había estado esperando durante meses.
Además, mi gran prueba de fuego no llegaría hasta la mañana siguiente, cuando tuviera que mezclarme entre mis compañeros.
