Capítulo Beteado por: Yanina Barboza (Betas FFAD)
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Capitulo 5
Tú historia
'Dejemos de creer en lo cierto y empecemos a creer en lo incierto'- Laura Camacho
— ¡Amiga! —Gritó desde el otro lado y corrió hacia mí con una alegre sonrisa, se acercó a mí para propinarme un abrazo— No sabes quién estuvo ayer… —su voz reflejaba alegría y una inmensa curiosidad me invadió — Edward Cullen ayer visitó la preparatoria… aunque pocos tuvieron la posibilidad de verlo… me lo describieron, ojos en tono dorado… —sabía que Ángela me estaba hablando pero de un momento a otro no escuche nada él… él era Edward Cullen—, ¿Bella estas ahí? —golpeó suavemente mi cabeza... había olvidado parpadear.
—Si... —le conteste bastante confusa.
— ¡No! —Llevó ambas manos a su boca en tono de sorpresa... como odiaba esa expresión. Ella lo había notado— ¡Tú lo viste! —Acusó— ¿Entras al club de Edward maniáticas? —Le miré perpleja y solté una carcajada.
— ¿Perteneces ahí?... parece que no me conocieras —arqueé una ceja fingiendo cierto enojo.
—Porque te conozco te lo digo... mira tu cara —me señaló—, estas completamente deslumbrada—. Bufé.
Como anillo al dedo sonó el timbre indicándonos que debíamos entrar. Revisé rápidamente mi horario y note que tenía Filosofía.
— ¿Qué materia tienes? —Me preguntó.
Rogué interiormente porque tuviese una materia diferente.
—Filosofía... ¿y tú?
—Trigonometría —me miró fijamente—. Ni creas que te salvas... nos vemos al rato —dicho esto se dirigió a su clase e inmediatamente sonreí victoriosa e hice lo mismo... no desearía llegar tarde a mi materia favorita.
Con la ilusión de volverle a ver camine sumamente despacio. Luego de un minuto mi razón me acuso de tonta y me dirigí rápidamente a mi destino.
Me senté en el asiento de la parte delantera deseosa de que la clase comenzara, pero los murmullos invadían todo el salón, rápidamente note de quien hablaban… Edward Cullen, a lo mejor era un simple mujeriego.
Callando todos los murmullos entró el profesor.
—Buenos días estudiantes —, saludó cordialmente mientras escribía algo en el pizarrón, 'FREUD'. Amaba ese filósofo—. ¿Alguien me puede hablar de este filósofo? —Preguntó con voz clara mientras caminaba alrededor de los asientos… esperanzada en que alguien contestara callé, pero el silencio cada vez se hacía más permanente, aclaré mi voz y me dispuse a hablar, pero no salían palabras… así que preferí guardar silencio.
El profesor decidió sentarse y contarnos toda la vida de ese filósofo… al final de la clase varios estudiantes dormían… solo habían sido dos horas.
Al salir de clase los comentarios aumentaban, estaban a punto de hacer una fiesta de bienvenida, pero ¿quién diablos era él? Las mujeres se estaban viendo sumamente superficiales no lo conocían como para exagerar hasta el caso de quererle hacer una fiesta, hasta al punto de hacer un club… "Edward maniáticas"... Abrumada en mis pensamientos entré a clase de Álgebra, con bastante pereza como para tener que aguantar dos tediosas y dolorosas horas de clase. Así que me puse la capucha de mi saco y encendí mi mp3… escuchar música era más productivo. Luego de varios años había notado que álgebra, matemática, cálculo y trigonometría nunca me entrarían, nunca las entendería.
Después de dos horas de prestar supuesta atención a la clase salí a todo lo que me dieron mis pies. Hasta el punto que fui la primera que salió… a veces era muy obvia pero no aguantaba más el profundo aburrimiento que me producía estar en ese lugar. Ahora tendría que esperar a Irina y suplicar haber si lograba salvarme de Ángela… había algo que no podía negar me había deslumbrado, pero no por esta razón iba a ocasionar algo más. Después de varios minutos Ángela se acercó corriendo… ya tenía pensando lo que le diría, ojalá esto se le hiciera suficiente.
—Ángela —le dije calmada cuando estuvo a mi lado —, no te miento, ver a ese "muchacho" —rió ante mi apodo— me ocasionó cierto tipo de deslumbramiento pero… ya párala no me importa ¡nada!, lo que tenga que ver con él —terminé algo subida de tono, pero algo en mí se burlaba de mi comentario—, lo siento —le dije al pensar que mi comentario le pudo haber causado cualquier tipo de enojo.
— ¡Ya!... Lo comprendí —guiñó un ojo y me abrazó tiernamente, seguidamente le devolví el abrazo con la misma efusividad. Irina ya se encontraba a mi lado esperando así que hice un ademán y me despedí.
Cuando el motor se dignó por arrancar, comencé el corto viaje directo a mi casa intentando omitir como la vez anterior la presencia de Irina la cual se sentía gustosa y no dejaba de comentar lo que había hecho en el día y comentar sobre él… ¡que triste!, hasta se me aparecía en la sopa, comenzaba a darme cierto tipo de repugnancia.
Al llegar volé hacia mi habitación y me quité rápidamente mi ropa… quería algo cómodo, se me empezaba a hacer costumbre vivir metida en una pijama. Cuando bajé gustosa a almorzar mi madre e Irina estaban como dos vecinas chismosas. Nunca había sentido una gran confianza hacia mi madre como para contarle mis cosas. Serví rápidamente lo que había preparado mi madre para comer y me senté intentando omitir sus comentarios… a veces no sabía si era bueno ser como era, pero era algo inevitable, así había nacido, así me había criado y así sería siempre… Hasta ahora no me molestaba, no me hacía más, pero tampoco me hacía menos. Al probar el primer bocado note que a mi madre lo de la cocina todavía no se le daba bien, intentando ignorar el sabor ingerí rápidamente la comida.
Fui rápidamente al lava platos e Irina me miro como un bicho raro.
—Bella —dijo con voz chillona—, llevas la pijama al revés, ¿no te has visto ese cabello? —Suspire audiblemente y conté hasta diez.
—Irina te entiendo —dijo mi madre sutilmente— ¿ahora me entiendes? Le he pagado cursos de ballet, ética, maquillaje y hasta como ser sexy; y mírala… es un bicho raro —bajó el tono de su voz— hasta he temido que tenga interés en otro sexo.
— ¡Ya, basta! —Les dije agresivamente— No me meto en sus vidas… ¡no lo hagan en la mía!
Acomode rápidamente los platos que había lavado y me dispuse a salir corriendo hacia mi habitación, pero recordé no haber revisado el correo. Con esperanzas de recibir la nueva carta corrí hacia el buzón… habían siete cartas, cinco para mi padre, una para mi madre y una carta diminuta sin sello para Isabella Swan. Entré a casa y deje las otras en la mesa fui hasta mi habitación y abrí el pequeño sobre y tenía cuatro preguntas:
- 1. ¿Cómo te ideas (proyectas, imaginas) un vampiro?
- 2. ¿Qué capacidades (cualidades, aptitudes) le sitúas, cuáles le suprimes?
- 3. ¿Crees en qué un vampiro se desvanece con el sol?
- 4. ¿Tendrías algún lapso de amistad con un vampiro?
Luego de leer las cortas preguntas me sentí mal… nunca me había imaginado en si un vampiro. Luego de repensar varias cualidades me sentí confusa… pero decidí dejar: ser negativo, de un físico para temer, una piel fría, un gran olfato, una rapidez nata, piel marmolada (dura). Le suprimo el convertirse en algún animal.
El desvanecerse con el sol nunca había causado importancia en mí… pero de una u otra forma si me lo imaginaba de piel dura, algo duro es difícil que se desvanezca ¿a una piedra la desvanece el sol? Supongo que no. Así que decidí tomar esa respuesta como no.
La más difícil había llegado pero indudablemente tenia la respuesta… sí, amaría conversar con uno aunque luego esto me costara la muerte.
Me recosté en mi cama e intente esclarecer mis dudas, ¿por qué querría mi opinión?... Luego de sentirme atormentada con preguntas me levante y fui hacia el baño… vi mi reflejo en el espejo y me pregunte ¿tan poco mujer era? Luego de reírme varias veces por traer la pijama al revés me dirigí hacia la cama y decidí responder a la carta.
Al ver nuevamente el sobre se me hizo completamente extraño que no tuviera sello, esto significaba que no había pasado por la oficina de correos de la Preparatoria ¿la había entregado personalmente? El sonido de la puerta desvió completamente mis pensamientos hasta el punto de olvidar qué era lo que pensaba, como odiaba que me interrumpieran. Luego de unos segundos subí la mirada y enfrente se ubicaba Irina vacilante.
— ¡Estoy ocupada! —Le grite en tono muy gruñón, segundos después me arrepentí.
Con expresión exageradamente triste Irina se acercó a mí y se sentó en mi cama.
— ¿Qué te he hecho? —Susurró frágil— Si te sirve, te digo que lo malo que te hice no se compara con todo lo que he sufrido… en nada— dijo al colapso de las lágrimas— ¿te podría contar algo? —Me preguntó dudosa, ¿me había llegado a tener miedo? Asentí lentamente ahora me sentía culpable.
—Siempre he sido la niña caprichosa… por una extraña razón a mis cortos 5 años me enviaron aquí —señalo el suelo y empezó a llorar— ¿tú crees qué nunca me faltaron mis padres? Carmen y Eleazar eran necesarios en mi vida pero me faltaron, en toda mi niñez. Pensaban que me conformaría con sus pequeñas llamadas pero ni una visita ¿qué les había hecho? Aunque me vieras feliz era solo una máscara. ¡Nunca lo he sido! —Gritó inesperadamente— y el día que supuse que sería el mejor de mi vida se desvaneció más fácil que el polvo ¿sabes qué hice en Alaska? —Negué con la cabeza— ¡Me enviaron a un estúpido internado! —Gritó furiosa— De monjas… eran las peores —susurró suavemente—. ¿Cómo se podían hacer llamar enviadas de Dios? Te maltrataban… ¡sin importar! ¿Sabes qué fue lo peor? —Volví a negar — No vi a mis padres ni un segundo ¡ni uno! A veces pienso que no me quieren —dijo sollozando— los recuerdo por una imagen, sus hermosos ojos chocolates… esos que me heredaron. Por esa razón siento que esta es mi familia, no sabes la alegría que sentí cuando Charlie me dijo que me iría con él… saldría de mi manicomio —sonrió tenuemente— pero ni aquí he dejado de sufrir. Discúlpame pero no sabía que eras tan rencorosa… ¡yo te quiero! —Dijo efusiva secando sus lágrimas— Y me arrepiento… puedo ser algo gomela y caprichosa, pero he cambiado. Desearía que me perdonaras —dudosa extendió su mano haciendo "las pases", pero de manera inesperada le abrace. No se ganaba mi confianza, pero algo sabía no mentía y no le negaría un cariño… por ahora.
—No soy rencorosa… sólo a veces sientes que las cosas no te nacen —me miró con suma tristeza—. Pero te daré una oportunidad —dije bromeante.
