¡Hola, perras!
Aquí está la continuación del anterior capítulo.
Como viene siendo normal en mí, no me gusta demasiado como lo he escrito. Pero vamos, que si a vosotras os gusta yo soy feliz.
Hacedmelo saber si queréis matarme al acabar de leer el capítulo.
Por cierto, quién sepa la canción de abajo ya sabe lo que hacer, ¡comentar!
P.D: ¿Es demasiado cursi? A lo mejor sí... :/
The room's hush, hush
And now's our moment
Take it in feel it all and hold it
Eyes on you, eyes on me
We're doing this right...
— ¿Mamá?- respondí yo.
— ¿Quién es tu amigo?- contestó mi madre, indirectamente.
— Se llama Tim Riggins. Pero eso no es lo importante ahora.- escuché un "¡Eh!"a mis espaldas.- ¿Qué haces tú aquí... quiero decir, a esta hora?.- me corregí a mí misma.
—Verás, hoy he salido un poco antes del trabajo y he decidido venir a casa. Ahora mismo estaba preparando un té.
Yo seguía anclada en el umbral de la puerta, enfadada y baja de moral.
Realmente entendía a mi madre, estaba en su pleno derecho a volver a casa cuando la apeteciese y yo no tenía nada que objetar al respecto.
Pero me molestaba. Me molestaba haber sido tan lanzada y segura para luego darme con la puerta en las narices.
¿Y qué me esperaba ahora?, ¿una reunión familiar?
No estaba segura de querer ver eso.
— ¿Os apetece entrar y tomar algo conmigo o pretendéis pasar ahí mucho tiempo más?- continúo mi madre.
Riggins se adelantó y tendió la mano a mi madre:
— Soy Riggins. Me encantaría probar su té.
Mi madre sonrió y le miró con ojos cariñosos. Tim acababa de tocar la fibra sensible de mi madre. Mi subconsciente se rió. Todo esto era raro.
— Me llamo Mathilde.- contestó mi madre, aún con la sonrisa pegada en la cara.
El nombre de mi madre sonaba extraño dicho por ella, como si perteneciese a otra persona y ella sólo lo estuviese narrando.
Hizo un gesto con la mano para indicarnos que podíamos pasar.
—Gracias, señora Ferguson.- susurró Riggins.
Mi madre se rió amargamente. Ese no era su apellido. Había dejado de serlo hacía bastante tiempo. Casi diez años, cuando mis padres se divorciaron.
Riggins cruzó la puerta y yo le seguí. Atravesamos el pasillo anterior al salón y llegamos a la pequeña salita, adornada con muebles caoba, en la que yacían dos grandes sofás color crema.
Riggins se sentó en una esquina del sofá más cercano a la puerta.
Parecía un caballero temeroso. Intentaba afrontar aquello como un galán pero a la vez estaba muerto de vergüenza.
Me miró con cara de "¿he hecho algo mal?".
—Mis padres se separaron hace mucho. El apellido de mi madre es Bassil. Mathilde Bassil. Pero no pasa nada, tranquilo.- le susurré.
Suspiró y se alisó una arruga imaginaria de los vaqueros.
Mi madre estaba en la cocina, hirviendo el agua.
—Tranquilo.-volví a pronunciar, mientras besaba su mejilla.
Se escucharon unas pisadas en el pasillo. Los dos nos apartamos y permanecimos a una distancia prudencial.
Mi madre llegó con una bandeja cargada con galletas, pastelitos, tres tazas y la tetera.
Riggins se levantó y le cogió la bandeja. La colocó encima de la mesa, se giró y nos sonrió.
¿Este hombre era así antes o conocer a mi madre le había hecho convertirse en un bollito de mermelada?
Fueron tremendas las ganas que me asaltaron de besarle. Allí, delante de mi madre.
La hora del té pasó rápida e, inexplicablemente, la conversación fue continua.
Después, mi madre me sugirió que enseñase a mi acompañante la casa.
Salimos del salón y subimos las escaleras de color mármol que se encontraban a la izquierda.
Llegamos a la planta de arriba.
Allí había cuatro habitaciones. Un dormitorio de paredes beis, un baño, un estudio y, finalmente, mi habitación.
—Me gusta el color de las paredes.- comentó Riggins, señalando a la superficie violeta.
—Cuando mis padres se divorciaron, mi madre y yo pintamos la casa. Me dejó elegir el color. He de decir que creo que nunca me cansaré de verlo.- expliqué.
—Me gusta. Es muy... tú. También huele a ti y la luz... Es perfecta.
Fue un comentario cursi por su parte, quizás demasiado, pero hizo que me riese. No porque me hiciese gracia, porque me pareció adorable.
Era la primera persona en el mundo que me decía algo así.
— ¿Sí?, ¿y a qué huelo?- pregunté, intrigada.
—Dulce. Hueles dulce.- se mordió el labio inferior y dirigió la mirada al suelo.
—Riggins...- tartamudeé.
—Dime.- contestó, clavando sus ojos en los míos.
—Creo que...- continué.
—Shhhh... No lo digas.- musitó.
Acercó su boca a la mía y me besó. Besó mis labios y mi barbilla. Fue un beso puro, fiel y casto.
No fue por conveniencia ni por necesidad.
Fue porque...
