¡Hola, perras!
Nuevo capítulo. Un poco tarde pero aquí está.
Es muy corto pero ya tengo el siguiente casi terminado y como es una continuación de éste los dos se completan. No sé si me explico.
El siguiente lo subiré la semana que viene, porque soy muy vaga, no os hagáis ilusiones.
Os pongo un reto: quien se crea capaz, le guste o le interese que proponga una canción que le pega a este capítulo, por el motivo que sea o por una frase en concreto.
La canción que salga será el título del capítulo siguiente (?)
¡Que lo disfrutéis!
Casi una semana. Cinco días exactos habían pasado desde que Riggins se apartó de mí, se disculpó y salió de mi casa sin aportar ninguna explicación.
Explicación que, cinco días después, yo seguía esperando.
Le había visto evitarme en los pasillos y en las clases, pero yo estaba lo suficientemente cabreada con él para preguntárselo yo misma.
Si tenía algo que decir que lo dijese.
Yo no me metía en sus asuntos.
El día anterior, en la cafetería, me encontré con sus ojos y él me miro. Le sostuve la mirada, preguntándome que era lo que ocultaba.
Sus ojos brillaron y acabaron por desaparecer, dando paso a su nuca.
Se rindió.
Se retiró a mitad de la batalla.
Fuese lo que fuese lo que se pasaba por su cabeza en ese instante no podía ser bueno. Nada podía ser bueno si se sentía obligado a apartar la mirada.
El resto de la tarde me dediqué a pensar en él, no en lo que le hacía apartarse de mí.
Pensé en lo cálido que era, en que sabía mantener una conversación banal, en que tenía los ojos verdes más bonitos del mundo y en que era todo un caballero.
Pero el recuerdo de sus ojos negándose a permanecer con los míos zigzagueo en mi mente y borró cualquier signo de alegría o ternura.
Levanté las sábanas, me metí debajo de ellas, apagué la luz y, después de tragar saliva varias veces, me quedé dormida.
Al día siguiente, el quinto consecutivo, las clases sucedieron rápidas e inexplicables y cuando el timbre sonó anunciando la salida, me precipité a la puerta principal.
Caminé hasta el coche viejo de mi madre, que sustituía al mío hasta que este estuviese arreglado.
Allí, apoyado en los faros delanteros y con una mano en el capó, estaba Riggins.
Me saludó con una sonrisa y me tendió un paquete de chocolatinas. Miré el plástico que las cubría, confusa.
¿A qué demonios venía esto ahora?
—Me apetecía comer chocolate.- aclaró Riggins.
Cogí una y me la metí en la boca. No me apetecía nada pero era una buena forma de romper el hielo.
— ¿Tienes el período?- bromeé.
Era incalculable cuanto había metido la pata. Tonta.
— ¡Já!- soltó Riggins, sintiéndose más aliviado.
—Tenemos que hablar.- susurró.
Torcí el gesto y giré la cabeza.
—Bueno, no. No de esa manera. Creo que debo contarte algo.- se corrigió.
—Vale... Está bien. ¿Quieres que vayamos a mi casa? Hoy no está mi madre. Te lo aseguro.- le dije, sonriendo.
—Vale. Pero ¿está vez podemos quedarnos en el salón?- preguntó, con cierto tono de burla.
—Hecho.- afirmé y me metí en el coche, me senté en el asiento del piloto y agarre el frío volante.
Riggins abrió la puerta del copiloto, se agachó y se introdujo en el coche.
El viaje fue todo lo contrario al anterior: incómodo, distante, lleno de expectación y duda...
Fue como si lloviese alrededor de nosotros y la temperatura fuese disminuyendo poco a poco.
Llegamos y salimos en silencio del coche.
Atravesamos la verja y el patio delantero y llegamos a la puerta. Abrí y caminamos hasta el salón. Sin mediar palabra.
Riggins se sentó en el sofá. Yo le observé y me senté en el otro sofá, quitándome los zapatos y dejándolos tirados en el suelo.
—Claire, yo...-comenzó.
— ¿Sí?
—Creo que estoy un poco... colado por ti.- finalizó, murmurando.
No me lo esperaba. Pensaba que sería algo peor, como que yo no era suficiente o que eta aburrida y no le interesaba. No me esperaba que él dijese eso.
— ¿Cómo?, ¿qué te gusto?
Y en vez de tener la reacción normal de cualquier chica al oír aquello, yo me enfadé.
