¡Hoola, perras!

Sí, lo sé. Hoy es domingo. Pero no tengo ordenador y me las he tenido que apañar como he podido.

Por lo menos, el capítulo es largo.

Me han dicho que no fue fácil entender el capítulo anterior (T-T), así que me ofrezco a explicarlo por privado si alguien sigue sin entenderlo (T_T)

Otra cosa, la canción del otro capítulo es Mr Curiosity de Jason Mraz.

La de este capítulo está partida en dos, es decir, son dos frases distintas (que no van seguidas) de la misma canción. A ver si la acertáis.

P.D: Evenlight, user mía preferida, ¿qué es de ti? Te echo de menos. Una semana sin tu review no es una semana T-T


I'm still alive but I'm barely breathing

...

What I'm supposed to say when I'm all choked up and you're okay.

Salí de mi casa con las pestañas húmedas y los mofletes arrebolados.

El frío viento chocó contra mí y se escurrió por debajo de mi fina y única capa de ropa.

Noté el escozor en mis ojos y manos, pero lo ignoré y continué caminando.

No pensaba en nada, tan sólo caminaba, sin tener muy claro por qué lo hacía.

Introduje la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones y saqué las llaves del coche.

Observé la calle, la cual estaba desierta, y encontré marcas de neumático en el asfalto.

Eran marcas de una camioneta. Una camioneta dando marcha atrás.

A la izquierda se encontraba mi coche.

Entré en él y puse la calefacción al máximo, coloqué el retrovisor, me puse el cinturón y arranqué el coche.

El ronroneo del motor me desorientó.

— ¿Qué estoy haciendo?- dije en voz alta.- ¿A dónde voy?

Aparté las manos del volante y las apoyé en mis muslos.

Giré la cabeza y miré a través de la ventana.

Apenas había luz y lo único que se podía distinguir eran los contornos de algunos árboles.

Todo tenía un aspecto siniestro, demasiado calmado.

Un ave nocturna ululaba lóbregamente.

Cogí aire y lo solté.

Alcé una mano sobre el volante y la dejé caer.

Abrí la ventanilla, aún con la calefacción puesta, cerré los ojos e inhalé el aire fresco.

Volví a recordar todo lo sucedido aquella tarde; rememoré el momento en el que Riggins se marchó y me di cuenta de lo que hacía allí.

Buscaba a Riggins. Pero no tenía ni idea de donde buscar.

Sabía donde vivía, de eso estaba segura. Conduciría hasta su casa.

Desaparqué y seguí mi calle. Después, tomé la primera calle a la izquierda.


Tardé veinte minutos en encontrar su casa, la cual estaba bastante escondida y era una réplica exacta de las demás.

Llamé a la puerta y escuché unas pisadas más fuertes y toscas que las de Riggins. La puerta interior de la casa se abrió y un hombre de pelo castaño claro y barba incipiente apareció.

Era el hermano de Riggins.

—Hola.-saludé.- Soy Claire Ferguson. ¿Está Tim?

El hombre que se encontraba delante de mí cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra y adoptó una sonrisa indiferente.

—No. No está y no sé cuando volverá.- dijo, tartamudeando.

Le miré, confundida. Si no estaba en su casa, ¿dónde podría estar?

— ¿Sabe dónde podría encontrarlo?- inquirí, impaciente.

—Te diría que en el campo de fútbol pero creo que hoy lo cierran. Ya sabes, ahí se cuela todo tipo de gente.

Asentí, sin tener ni idea de lo que estaba hablando.

—Bueno, muchas gracias de todas formas.

Me di la vuelta y caminé hasta mi vehículo arrastrando los pies. Entre el cuarto y el quinto paso tuve una brillante idea, que no era tan brillante pero era la única que tenía.

Me monté otra vez en mi coche y conduje hasta la gasolinera donde paramos el primer día.

Llegué, bajé del automóvil y me aproximé a las puertas. Éstas se abrieron solas. Traspasé la entrada y busqué con la mirada algún signo de vida humana.

El dependiente era un chico de pelo oscuro y rizado, poco agraciado y con acné. Tenía una voz nasal con la que me preguntó si podía ayudarme.

"No", contesté mentalmente. Negué con la cabeza en su dirección y bajé la mirada. El sonido distante y amortiguado de una radio llegó hasta mis oídos.

Un locutor de voz imponente narraba las noticias de última hora:

"Un joven ha sido encontrado a las 19:21 a las afueras de Dillon tras haber sufrido un accidente. El hombre chocó contra un guardarraíl al intentar esquivar un coche. Actualmente, se encuentra hospitalizado. Presenta contusiones y magulladuras. Su nombre es Tim Rig..."

Todos mis sentidos se atrofiaron y me sentí incapaz incluso de pestañear. Olvidé como se respiraba y cuando me quise dar cuenta estaba hiperventilando. Miraba de frente pero no veía nada. Creí haber cerrado los ojos o haber perdido la visión.

Intenté caminar hacia la salida, pero mis pies se enredaron y tropecé.

Escuchaba como alguien me gritaba pero era un ruido extraño, como subterráneo, como si alguien me estuviese hablando y yo estuviese debajo del agua.

Sentí un brazo tirando de mí hacia arriba. Me puse de pie y anduve hasta mi coche, arrastrando el cuerpo sin energía.

Sabía donde estaba. Sabía donde estaba él con total certeza.

En el trayecto no fui capaz de pensar en otra cosa que no fuese conducir. Mi cerebro estaba aturdido, paralizado. No podía articular ningún sonido ni expresar ningún sentimiento.

Yo no funcionaba.

Llegué hasta la entrada del hospital y crucé las puertas.

Era un hospital pequeño y sólo tenía dos pisos.

En el primer piso se encontraban los pacientes, se encontrasen en el estado en el que se encontrasen, tuviesen la edad que tuviesen y fuese cual fuese su enfermedad.

En el segundo piso había un quirófano y algunas salas de pruebas.

Él estaba en una habitación del primer piso.

Las puertas eran de cristal y estaban cubiertas por unas cortinas verdes.

Un grupo de enfermeras y doctores se agolpaba en el vestíbulo, cuchicheando y moviendo los brazos dramáticamente.

Sólo entendí tres palabras: alcohol, impacto e indefinidamente.

Entré sin preguntar a nadie y no hice caso a las miradas de todos aquellos que se encontraban allí.

Fijaron su vista en mí, incapaces de pronunciar ninguna palabra.

Tim estaba allí. Conectado a mil tubos y dependiendo de un respirador.

Un monitor calculaba su ritmo cardíaco que era estable y regular.

Llevaba un camisón blanco y estaba tapado hasta el pecho por una sábana verde.

Acorté el espacio que quedaba entre la cama donde él se encontraba. Permanecí a un lado de la camilla y le miré.

Tenía pequeños cortes en la cara y puntos de papel que cerraban heridas.

Sin poder reaccionar ante aquello, me subí a su cama y me tumbé, ocupando el espacio que quedaba entre su cuerpo y el cabecero.

Coloqué la cabeza en su pecho con cuidado de no mover ningún cable ni ningún aparato y escuché su pulso.

Era plano y no tenía saltos. No había emoción ni alegría ni excitación. Su corazón se limitaba a palpitar.

Riggins estaba en coma.