¡Hola perras!
Bueno pues, tras dos o tres semanas sin subir capítulo por culpa de los malditos exámenes (¡malditos sean!), aquí estoy otra vez.
Perdón si el capítulo es un poco inconexo o incomprensible pero es que empecé a escribirlo hace varias semanas y lo acabé ayer.
Y justo ayer vi John Carter (babas) y me gustó mucho (doble babas) y él me gustó aún más (triple babas) y no sigo más porque esto es una eterna cadena baboseante.
Bueno, espero que os guste.
A lo mejor (sólo digo a lo mejor, no os fiéis mucho de mí) mañana subo otro capítulo.
¡Adiós, monas!
Is there anybody going to listen to my story
all about the girl who came to stay?
El tiempo no pasaba en esa habitación.
Transcurría lento y a pasos cortos, como si cada minuto tuviese veinticuatro horas.
Aunque pareciese imposible, los días anteriores se sucedían rápidos y olvidadizos.
Y yo me encontraba en una salita con cuatro paredes y pintada con los colores más agobiantes del planeta.
Había aprendido a clasificar los sonidos que se podían escuchar en la habitación:
El tic-tac de las manecillas del reloj.
El pitido del monitor.
Las pisadas de los médicos al otro lado de la puerta.
Y conocía perfectamente el olor a yeso de todo el hospital.
Pero lo peor es que era un sitio frío, no porque no pusiesen la calefacción o algo parecido, porque no existía el calor humano.
Los pasillos estaban repletos de batas blancas, formales y serias, y las habitaciones pobladas por personas mayores que llevaban tiempo allí.
Sabía con exactitud que las sábanas no estaban calientes a pesar de que casi todos los pacientes se pasaban el día en la cama.
La mayoría de la gente estaba asustada o sin fuerza; algunos señores, nerviosos, recorrían los pasillos de lado a lado, presos de sus cavilaciones.
Mi tiempo y el del hombre que se encontraba en la cama pasaba sin dejar huella.
De vez en cuando, una enfermera entraba y comprobaba una máquina de luces rojas y volvía a ajustar la dosis de suero.
Tras eso se marchaba sin dirigirme la palabra, repiqueteando con los tacones en el suelo.
Y yo me levantaba del incómodo sillón color crema y me subía a la camilla donde se encontraba Riggins.
Automáticamente, mis manos se dirigían a su pecho y mis dedos pellizcaban su camisón.
Allí iba todas las tardes de todas las semanas.
Era lo único en lo que podía pensar por la mañana.
Había comenzado a valorarlo, me daba cuenta de que prefería que Tim estuviese a mi lado a que no estuviese.
Estaba convencida de que si existía la posibilidad de que no regresase, de que se quedase en coma para siempre, yo no sería la persona que le sacaría de este mundo.
Era una egoísta, lo sabía y me daba igual.
Le necesitaba conmigo; necesitaba su cuerpo y el poco calor que ahora irradiaba, necesitaba poder verle todos los días y necesitaba el atisbo de lo que realmente era él.
Un doctor entró en la sala, tomó el portafolio que colgaba de la cama, apuntó unos números y se marchó.
Era el mismo doctor que me explicó lo ocurrido en el accidente.
"Riggins iba bebiendo mientras conducía, el coche se fue al carril contrario y cuando se quiso dar cuenta, un todoterreno venía hacia él.
Logró esquivarlo pero perdió el control del volante y chocó contra el quitamiedos de la carretera.
El impacto, el alcohol y la adrenalina hicieron que su cerebro dejase de funcionar debidamente."
Una enfermera con un vestido diminuto de color limón y unos zapatos planos dorados cruzó el pasillo.
Me sorprendía que ningún médico llevase uniforme o algún tipo de prenda característica que no fuese la bata blanca.
No, me sorprendió al principio.
Ahora ni siquiera atraía mi atención.
Reconocí a la enfermera como la que venía una vez por semana para cortarle las uñas a Riggins, arreglarle el pelo y, en general, ocuparse de su higiene.
Pero ella me exaltaba. Llevaba ropa demasiado corta y enseñaba mucha piel. Sus labios siempre iban maquillados de rojo y los viernes venía en tacones.
Todos los hombres se giraban a su paso y dirigían la mirada hacia su figura.
Yo estaba celosa, porque había una barbaridad de ojos pendientes de ella y los únicos que me importaban a mí estaban cerrados durante un periodo de tiempo indefinido.
Una lágrima rebelde se resbaló por mi mejilla y mojó el camisón de Riggins.
Aparté la cara e intenté secar la parte húmeda de su camisa con la manga de mi chaqueta.
Aquello no sirvió para nada y sólo me hizo echarle aún más de menos.
Yo era la culpable de lo que le había ocurrido.
Si no hubiese sido tan egoísta y tan tonta...
No recordaba el color exacto de sus ojos ni mucho menos el tono de su voz y estaba empezando a olvidar aquella manera que tenía de resoplar cuando sonreía.
Y me había olvidado de más cosas en tan sólo tres meses y medio; cosas que me pertenecían y que se habían quedado ancladas en cada arruguita de su piel.
También faltaban esas cosas en la mirada de su hermano y, de una manera distinta, en la de mi madre.
Escuché el crujido de la madera de la mesilla, golpes de puertas cerrándose, pitidos de máquinas y algo sonó más alto de lo normal.
Más alto que la radio del mostrador, más fuerte que los tacones de las enfermeras, más claro que el sonido del respirador y, por encima de todo, único.
Era el corazón de Tim Riggins palpitando con normalidad nuevamente.
