¡Hola, perras!

La canción del anterior capítulo es Girl de Los Beatles.

Para que no haya confusiones os aviso: este capítulo se desarrolla en un sólo día, no hay saltos en el tiempo.


Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum…

TIM

La sangre recorría mi cuerpo y viajaba desde el centro de mi pecho hasta la punta de mis pies.

Aumentaba mi temperatura y mis pulmones se iban acostumbrando al oxígeno.

Sentía el dolor y el adormecimiento general del cuerpo.

Me incomodaba la sensación de martillazos en las sienes y notaba los arañazos y cardenales en la cara.

Era consciente de esto físicamente pero mi mente todavía se encontraba en un tercer plano en el que se empezaba a vislumbrar una luz clara, parecida al amanecer.

Escuchaba sonidos a mi alrededor; múltiples sonidos parecidos al zumbido de las abejas.


CLAIRE

La sala se había llenado de gente.

Médicos, enfermeras, doctores… incluso el anestesista esperaba allí, intrigado.

El monitor que marcaba el ritmo cardíaco pitaba de forma incontrolada, haciendo visible que el corazón palpitaba deseoso de despertar a su dueño.

Un murmullo unísono daba a entender que Riggins se debatía entre despertar o permanecer en coma.

Claro que esto no era una decisión voluntaria.

Todas las personas allí presentes se agrupaban y formaban una gran masa de cabezas que rodeaban la cama, como si de golpe Riggins se fuese a levantar y diese los buenos días.

Colé una mano entre un hueco libre del tumulto y aparté el brazo de un hombre.

Una chica notó mi brazo y se desplazó al instante, sobresaltada.

Llegué hasta los pies de la camilla y puse las manos en la pieza de plástico que la bordeaba.

Suspiré y agaché la cabeza.

Sentí un tirón en la ropa y después una mano que me agarraba del brazo.

Un médico intentó sacarme del círculo y echarme de la habitación.

– ¡Eh!, ¿qué pasa?-grité.

– Señorita, creo que debe permanecer fuera. Estamos trabajando.- me contestó, de mala gana.

– ¡Qué estáis trabajando! Estáis formando un corro de cotillas.- dije, indignada.

El doctor, vestido con pantalones de traje azul marino y corbata a juego con la camisa, llevaba una pinza colgando del bolsillo de la bata en la que estaba clavada una tarjetita con su nombre.

Movió los brazos de un lado a otro, me dirigió una mirada asesina y volvió a entrar en la sala, sin despegar la vista de mí.

Me di la vuelta, dándole la espalda, y caminé hasta la sala de espera.

No podían quedarse ahí todo el día. Esperaría todo lo que fuese necesario.


TIM

Todo era un caos.

Tanto internamente como externamente.

Oía a gente gritando y varias voces suaves se aproximaban más a mí.

La visión negra había pasado de ser plana a ser una pesadilla en tres dimensiones.

Tenía la sensación de que me caía al vacío, como en uno de esos sueños que te despiertan justo cuando vas a caer dormido profundamente.

Pero esto era peor porque era infinito y nunca aterrizaba.

Seguía cayendo por un gran cilindro oscuro que me absorbía y me desplazaba hacia la parte central, como si de la boca de un tiburón se tratase.


CLAIRE

Decir que podría esperar era un hecho que se acababa negando por mi falta de paciencia.

Era una gran mentira.

Tanto que había terminado sentada en el suelo con la espalda apoyada en el cristal que servía de pared de la habitación.

Dentro de la sala todos parecían agitados y emocionados por ver como uno de los jugadores más famosos de los Panthers se despertaba del coma en el que había permanecido durante tres meses.

Dicho así, sonaba como una de esas películas malas sobre animadoras y jugadores de fútbol cuya única función era la de ser los padres de sus futuros hijos.

Nadie hacía nada.

Ni le realizaban pruebas ni se encargaban de hacer un seguimiento de los saltos en su pulso cardíaco ni se les ocurrió llamar a los familiares.

Andaban atolondrados.

Habían dejado de ser médicos para convertirse en espectadores de un partido de rugby, que disputaba un solo hombre contra su propia capacidad para salir de un estado permanente e involuntario.

¿En qué momento se habían vuelto todos locos?

El hermano de Riggins, Billy, apareció por una esquina, con el rostro descompuesto y expresión de haber salido de casa corriendo.

Sus ojos buscaban algo, quizá a su hermano de pie, con esa sonrisa que le caracterizaba de: "todo está bien".

Pero no era así.

Ya no sabía si fiarme de mi instinto y seguir creyendo que el corazón de Riggins había latido sin ayuda de ninguna máquina o si rendirme y decantarme por la opinión de los médicos, que pensaban que estaba demasiado afectada para pensar con claridad.

Billy se acercó a mí y clavó sus ojos en los míos.

Eran más claros que los de su hermano, pero había algo en ellos que me hacía sentir como si estuviese otra vez con Tim.

– ¿Qué ha ocurrido?- preguntó, atropelladamente.

– Creí escuchar el corazón de Tim latiendo por sí solo.- resumí, levantándome del suelo y permaneciendo a la misma altura que él.

– ¿Y cómo sabes que latía por sí solo?

– No lo sé, simplemente me di cuenta en ese momento. Sus latidos son más irregulares y en estos tres meses han sido idénticos. Hasta hoy.- conté, sin saber muy bien cómo explicarme.

Él me miró extrañado y respondió:

– ¿No sabrás también el número exacto de pestañas que tiene?


TIM

Mis músculos se estiraban como si fuesen chicle y los huesos se despegaban de ellos. Era una sensación desagradable e incómoda, como si fuese un muñeco de plástico y alguien me estuviese hinchando.

Sentía un hormigueo en los dedos, tanto de los pies como de las manos, y me dolía tanto la espalda que parecía que podía contarme las vertebras.

Notaba medio cuerpo en la cama y el otro medio levitando.

La cabeza era un tema aparte.

Ahora, los siete enanitos de Blancanieves habían sacado pico y pala y buscaban oro en mis sienes de forma repetitiva y violenta.

Si mi voz se encontraba en algún lugar ya podía estar huyendo de mí, porque no pedir ayuda era una desfachatez y un gesto horrible por su parte.

Y ¿a quién se le había ocurrido clavarme agujas en todo el cuerpo?

La acupuntura no era algo satisfactorio. No para mí.

Si mi anatomía tenía algún plan malvado contra mí por algo que hubiese hecho en el pasado yo me disculpaba.

Lo hacía honestamente y de buena gana.

Y le presentaba la posibilidad de dejar de producirme dolor.

Una grata y atractiva posibilidad.

Pero lo mejor del circo era el león.

Bueno, el león metafórico ya que se escuchaban mil voces rugiendo a la vez.

Las había más agudas, más graves y alguna que otra más experta.

Y una de ellas era rara y familiar, pero tan poco era algo exagerado ya que todas las voces que escuchaba estaban distorsionadas y parecían payasos haciéndose burla.


CLAIRE

Uno a uno los doctores empezaron a abandonar la sala, en fila india e inexpresivos.

El médico que me había mandado abandonar la habitación se aproximó a mí y abrió la boca. La volvió a cerrar y, deliberando la manera de decirme lo que opinaba, soltó:

– No parece haber ningún signo evidente de que vaya a despertarse, lo cual no quiere decir que no vaya a hacerlo. No sabemos nada y no tenemos ningún medio para saberlo. Lleva casi tres meses y, teniendo en cuenta la gravedad de su accidente, ya debería estar consciente…

– ¿Hay esperanza?- interrumpí al doctor con la voz quebrada y las pupilas dilatadas.

El médico tomó una bocanada de aire y la soltó lentamente.

–No demasiada…- lo pronunció de una manera tan angustiosa que se me agarrotaron los músculos y, casi como si fuese un medio de defensa, comenzaron a descender por mi cara lágrimas.

–Pero podemos estar equivocados, podría despertar mañana o incluso pasado…

–O no hacerlo….-volví a interrumpirle, buscando con la mirada por todo el pasillo algo a lo que aferrarme.

–Es una posibilidad.- contestó el hombre de la bata blanca.

–Ya…- susurré, encontrando un saliente en la pared y apoyando una mano en él.

Bajé la mirada a la punta de mis zapatos y sin decir nada me aparté del médico, me giré y caminé por el pasillo hacia una silla.

Ni siquiera me había planteado realmente que Tim no despertase, me parecía tan lejano y tan irreal pensarlo.

Creía, con la inocencia de una chiquilla de nueve años, que un día a lo largo de esos tres meses, el más soleado y brillante, Riggins abriría los ojos y me agarraría por la cintura.

Incluso me había insensibilizado ante el posible enfado y la inminente represalia que podría echarme.

Nada se comparaba a esto.

Era mucho diferente oírlo de alguien; daba miedo e impactaba.

Aunque el médico hubiese querido decirlo con el mayor tacto del mundo a mí me parecía brusco y desolador.

Tan desagradable como oír hablar de tartas a un sepulturero.

Sentía pavor. Las piernas me fallaban y mis brazos parecían gelatina.

El corazón creía ser capaz de salir por mi boca y lo oía palpitar detrás de mis orejas.

Me levanté de la silla y, arrastrando los pies por el suelo, me dirigí a la habitación donde se encontraba todavía inconsciente Riggins.

Me percaté de que Billy estaba sentado en un sillón de la sala de espera con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas.

Apenas se le podía ver la cara pero también estaba asustado y sus ojos habían pasado de ser verde brillante a negro grisáceo.

Abrí la puerta de la sala con mis torpes dedos y vi lo que ya había visto más veces pero ahora era terrorífico.

Tim estaba conectado a miles de cables y tubos que le mantendrían con vida hasta que su corazón se parase, de manera natural o por acción y decisión de otra persona.

Ninguna de esas máquinas harían que saliese del coma.

Repentinamente, mis rodillas se clavaron en el frío suelo y me surgió un llanto descontrolado.

Y me quedé allí, llorando y sin poder pensar en otra cosa que no fuese Tim en una cama de hospital.


TIM

Realmente mi corazón palpitaba desbocado.

Mi pecho subía y bajaba y parecía hinchado.

Yo era plenamente consciente de que estaba tumbado en una cama y de que la cama estaba en algún tipo de habitación de cristal.

Un sólo latido me había mostrado todo eso.

No tenía ni idea de cómo había sido pero parecía que la sangre se había repartido por mi cuerpo y me había hecho sensible a mi entorno.

Lo cual daba mal rollo porque estaba empezando a notar las arrugas de las sábanas y para mi cuerpo tremendamente receptivo aquello era como encontrarse debajo de piedras.

Aún teniendo los ojos cerrados, veía con total nitidez la oscura nada.

Habían llegado los títulos de crédito de la película negra que llevaba observando desde hacía mucho tiempo.

Ya no quedaba nadie en la sala.

Podía notar una luz extremadamente blanca que traspasaba mis párpados.

Era la típica iluminación de instituto o de hospital, con tres o cuatro filas de focos colocados en cuadrados y encajados en el techo.

Y el color era horripilante.

Me sentía despierto aunque dolorido, como si fuese Drácula y llevase media existencia durmiendo en un ataúd.

Había dejado de escuchar subterráneamente y ahora oía con claridad el pitido de una máquina que parecía jugar a echarle carreras a un aparato del que salía oxígeno a presión.

De repente y sin avisar, sonó una voz congestionada que pronunció mi nombre:

—Tim.- pronunció la voz de Claire, como si fuese uno de mis mejores sueños.

Todos mis músculos reaccionaron ante el contacto de sus dedos por mi pecho, mi mente se despejó y mis ojos, como por arte de magia, se abrieron.


CLAIRE

Y dos ojos abiertos como platos y del color más oscuro y profundo del planeta aparecieron repentinamente, como invadidos por un miedo apabullante.

Al cabo de unos pocos segundos, se acostumbraron a la visión y se fueron aclarando.

Los ojos verde oliva de Riggins me encontraron y con ellos yo recuperé la cordura.