¡Hola, perras!
Elena Sweetlove, muchas gracias por leerme y por opinar esas cosas tan bonitas y sinceras que me ha contado un pajarillo llamado Blanca.
Honestamente, es la mejor crítica que me han hecho en la vida.
Así que espero que te guste y que lo disfrutes. Te dedico este capítulo, es todo tuyo.
Y ya que a mí no me entusiasma mucho espero que lo disfrutéis todas las demás.
P.D: intentaré con todas mis fuerzas retomar mi rutina de subida de capítulos. Lo juro, lo intentaré.
All I want is the taste that your lips allow
My my, my, my, oh, give me love
Los pájaros silbaban y las ramas de los árboles se mecían llevadas por el suave viento.
El sol estaba alto y calentaba.
La brisa se colaba por la rejilla de la ventana.
Toda la sala estaba iluminada por el amanecer y tenía un olor especial.
Olor a flores, a aire, a sol, a calor, al verdor de la primavera... y a esperanza.
Toda la agitación había pasado y cada persona parecía relajada y satisfecha.
Cada respiración era como saborear un trocito de libertad, de paz.
Las mujeres que recorrían el pasillo mostraban la mayor sonrisa del mundo y los ojos de los hombres brillaban con confianza ciega.
Y yo estaba sentada en una silla que había resultado ser muy cómoda, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.
Inspiraba y mantenía el aliento.
En mi mano se encontraba la mano de Tim, acompañada de su pecho palpitante.
Un rayo de sol se colaba por una de las ventanas de la sala de espera y trazaba una línea naranja en el suelo.
Yo burbujeaba por dentro, impaciente por ver a Tim despertarse y a la vez deseosa de dejarle descansar.
Él dormía plácidamente, respirando fuerte, borrando todos los signos de cansancio de su rostro.
De vez en cuando, sus dedos oprimían la palma de mi mano para corroborar que seguía allí.
Y yo le presionaba la mano en respuesta, para decirle sin palabras que no me iba a mover.
Pero a estas horas de la mañana yo necesitaba un café. Y comida. Porque hacia una eternidad que no probaba bocado.
Tan mala era la comida de la cafetería del hospital que ni los médicos la tomaban.
Debía comer algo decente.
Y cambiarme de ropa.
Y lavarme el pelo.
Y necesitaba ir al baño.
Pero tenía miedo de alejarme de Tim.
¿Y si ocurría algo mientras tanto?
¿Y si buscaba mi mano y no la encontraba?
Billy entró por la puerta sin hacer ruido, con un vaso de plástico lleno de café en cada mano.
El líquido oscuro y humeante se derramaba por los laterales del vaso.
Alargó el brazo y me ofreció uno.
Bebí.
No sólo era mala la comida; el café era pésimo.
—Delicioso.-dije, haciendo una mueca.
—Eso mismo estaba pensando yo.-respondió Billy.
Sonreí y volví a centrarme en mis deberes:
Cortarme las uñas.
Limpiarme la cara.
Lavarme los dientes.
Casi como si me leyese la mente, Billy sugirió:
—Claire, deberías irte a casa. Cámbiate, come algo. Llevas días sin salir de aquí.
—No quiero dejarle solo...- murmuré.
—Bueno, estará conmigo. No soy la mejor compañía que un hombre puede tener pero creo que sabrá sobrellevarlo. Además, no creo que mi presencia le despierte. Ni la mía ni la de un hipopótamo.
Reí a carcajadas.
Billy estaba alegre y tenía buena cara. Supuse que si él tenía buen aspecto yo también lo tendría.
— ¿Me llamarás si ocurre algo?- pregunté, casi implorando.
—Te lo prometo.-contestó, dando otro sorbo a su café.
Me despedí y salí por la puerta central del hospital.
Me di cuenta de que se me había olvidado de cómo era la fachada del edificio. Eso o realmente nunca me había fijado.
Llegué hasta donde había aparcado el coche unos días antes y conduje hasta mi casa.
Abrí con mis propias llaves y me percaté de que mi madre no estaba.
Después caí en la cuenta de que era temprano y era jueves.
En el horario normal de cualquier mortal constaría trabajar o ir al instituto.
Cuando yo pensaba en mi calendario mental la palabra "hospital" recorría mi cerebro e iba aumentando de tamaño.
Pero faltar hoy a clase era una excepción que me había permitido mi madre.
Todos los demás días iba puntualmente y salía puntualmente para llegar lo antes posible al hospital.
Subí las escaleras y fui directa al cuarto de baño.
Me duché y me lavé la cara. Me eché crema, me lavé los dientes y me vestí.
Me sentía tan limpia que me eché colonia de un tarro que olía a lilas.
Me hice una coleta y me miré al espejo.
Estaba bien.
Me sentía atractiva y contenta.
Como si todo encajase otra vez.
No, como si lo fuese a hacer en un futuro muy próximo.
El perfume de lilas tapaba el olor a yeso del hospital y el vapor caliente de la ducha había hecho que mi cara cogiese color.
Mi observación detallada se vio interrumpida por el sonido de mi estómago.
Tenía tanta hambre que hasta los vecinos debieron escuchar el rugido de mis tripas.
Bajé a la cocina y me sentí tan espléndida que preparé tortitas.
Una vez hechas las serví en un plato y las bañé en nata y caramelo.
Cuando ya me había comido dos recibí un mensaje:
"El lirón se ha despertado"
De repente, se me formó un nudo en la garganta y no me sentí lo suficientemente valiente.
Me levanté de la silla, dejando el desayuno en la mesa.
Cogí las llaves torpemente y frené en seco al llegar a la puerta.
El día anterior, por la tarde, Riggins se había despertado de su largo letargo.
Y segundos después los médicos habían llegado y nos habían echado, gritando y corriendo de un lado a otro, transportando máquinas y colapsando la zona de urgencias.
Habían permanecido allí hasta la noche. Después, a eso de la una de la madrugada, habían ido saliendo de uno en uno.
Sin darnos ninguna información y sin dejar de hablar sobre hacer pruebas y analíticas.
Dos médicos, los más expertos sobre el tema, se quedaron allí dos horas más.
Cuando salieron nos dieron señales para que entrásemos, sin siquiera mirarnos.
Nadie abrió la boca fuera de la sala pero todos los doctores no pararon de hablar dentro, por lo que se veía desde la sala de espera.
Billy había arrastrado los pies pesarosamente hasta llegar a la puerta, la cual había descorrido con una sola mano mientras miraba hacia el suelo.
El cansancio de los dos días anteriores y de esa misma noche se borró de golpe de su cara.
Ahí estaba Tim, durmiendo, como si los tres meses que se había pasado en coma sólo fuesen unas vacaciones.
Como si no existiese el hospital, ni los médicos, ni las pruebas.
Como si no existiésemos nosotros tampoco.
Y yo ahora, parada frente a la puerta de mi casa, sintiendo el pánico atravesar mi pecho, me preguntaba si Riggins estaría realmente bien.
Estaba aterrorizada de volver al hospital y encontrarme con un hombre que no se acordaba ni de dónde vivía.
Y me aliviaba pensar que todo sería como antes pero con tres meses borrados de su memoria.
Nadie nos había dicho nada, no habían pensado en nosotros.
Mi cerebro elaboraba por sí solo malas noticias cuando no tenía información.
Así que recogí el valor que andaba perdido por ahí, salí de casa y arranqué el coche en dirección al hospital.
No pensé en nada durante el trayecto, me limité a leer los carteles y seguir las señales.
Hasta que llegué al edificio blanco y traspasé la puerta en la que ponía "hospital", escrito en letras grandes y rojas.
Una vez dentro, caminé hasta los sillones de la sala de espera.
Repentinamente, todas las habitaciones se habían vuelto oscuras.
El edificio en sí era profundamente oscuro.
Y no se podía distinguir nada, ni siquiera me veía a mí misma.
Parpadeé varias veces y la sala se fue haciendo más brillante.
Había vuelto a tener pánico.
Pero no iba a durar mucho tiempo.
Tres pasos más y estuve de pie frente a la puerta de la habitación de Riggins.
Tomé aire y lo solté, y por un momento me sentí preparada y dispuesta para cualquier cosa.
Abrí la puerta y entré.
La respiración se me atoró en la garganta.
El corazón dejó de latir por unos segundos.
El cerebro comenzó el proceso de reinicio.
Mi cuerpo se volvió de piedra y los pies se pegaron al suelo por voluntad propia.
Alguien pasó por detrás de mi cuerpo, que ahora era un objeto inmóvil, y se marchó.
El cerebro se encendió de nuevo y apareció el fondo de pantalla predeterminado:
Tim Riggins en una cama de hospital, incorporado, con la espalda apoyada en un bulto de almohadas, con aquellos preciosos ojos color oliva y la media melena castaña. Sonriente y despierto. Con la mirada fija en mí y el pecho subiendo y bajando. Respirando sonoramente. Alegre y agradado.
Vivo.
Mi cerebro accionó los demás órganos de mi anatomía y produjo un tornado de emociones descontroladas, que luchaban por ocupar el primer lugar en mi pecho.
Una de ellas, la más sincera, rompió carne y hueso y me hizo moverme.
Deslicé los pies por el suelo como si fuese flotando y llegué hasta la cama de Riggins.
Me percaté de que un líquido caliente mojaba mis mejillas, pero no me importó.
Me agarré al lateral de la cama y me puse de puntillas.
Me incliné sobre él y su rostro reflejó confusión, pero mis labios fueron antes que su facultad para hablar y se presionaron contra los suyos.
Cálidos y dulces, generosos, sinceros, espléndidos.
Si él había cambiado en algo sus besos no lo habían hecho en nada.
En ese momento, me di cuenta de lo mucho que le había echado en falta y de lo mucho que le necesitaba.
Me di cuenta de que podría pasarme la vida así, besándole, queriéndole hasta marchitarme.
Tim profundizó el beso y me agarró la cara con una mano. La sostuvo cerca de él y me fue liberando de sus brazos poco a poco.
— ¡Menudo recibimiento! Sólo por esto merece la pena haber tenido un accidente y llevar en un hospital tan feo tres meses.- dijo, con una sonrisa tan grande que parecía que se le iba a salir de la cara.
Su sonrisa trajo de vuelta la mía y todo empezó a encajar otra vez, como ya lo había hecho antes.
