'Where you are seems to be
As far as eternity
Outstretched arms, open hearts
And if it never ends then when do we start?
I'll never leave you behind
Or treat you unkind
I know you understand
And with a tear in my eyes
Give me the sweetest goodbye
That I ever did receive.
Pushing forward and arching back,
Bring me closer to heart attack.
Say goodbye and just fly away.
When you come back
I have some things to say.
How does it feel to know
You never have to be alone
When you get home?
There must be some place here
That only you and I could go
So I can show you how I
Dream away everyday
Try so hard to disregard
The rhythm of the rain that drops,
And coincides with the beating of my heart.
I'll never leave you behind
Or treat you unkind.
I know you understand
And with a tear in my eye,
Give me the sweetest goodbye
That I ever did receive.'
Contemplé su espalda desnuda; la suave curva de su cintura, el prominente contorno de su cadera.
Recorrí imaginariamente con mis manos los hombros de ella, del mismo modo en que ella lo hacía en ese preciso instante, con los brazos entrecruzados sobre el pecho; la mano izquierda ocultando los dos redondeados lunares de su hombro derecho.
El pelo claro, despeinado, salvaje y descolocado le caía por la espalda y conseguía rozar aquella zona de su columna que se hundía hacia dentro para luego aplanarse, hasta conducir a unos bonitos hoyuelos que descansaban al principio de su trasero.
Ella deslizó uno de los tirantes negros del sujetador por su brazo y fue subiéndolo con una calma inverosímil, tan sutil y sensual como arrebatadora.
Mis manos se dirigieron allí donde se localizaban las manos de Claire y frenaron las de esta instintivamente.
La piel de la chica se erizó al contacto de mis cálidos dedos.
Claire detuvo su acción y, aún de espaldas a mí, sacudió levemente la cabeza y soltó un gemido apenas audible.
Jamás había visto nada igual. Nunca, en toda mi vida. Y había tenido oportunidades más que de sobra y había visto más de lo que ahora podía recordar.
Lo que en algún momento había sido rápido, acelerado y brusco, descuidado, metódico e imprudente no tenía nada que ver con lo que acababa de vivir.
Con lo que llevaba viviendo varios días desde que ella se había escapado de su casa.
Y aún no comprendía como podía seguir dejándome sin habla y sin la capacidad de pensar con claridad.
O quizás era eso lo que hacía; quizás pensaba con demasiada claridad.
Me había descubierto a mí mismo tantísimas veces pintándola en mi cabeza que ya se había vuelto un hábito y la consideraba mi musa.
Sobre todo, cuando estaba desnuda.
Últimamente parecía estarlo muy a menudo y yo me empeñaba en ello, obteniendo la placentera aprobación de Claire.
Recordaba cómo había llegado a mi puerta una semana atrás, llorando, calada hasta los huesos, tiritando y susurrando mi nombre.
También me acordaba de cómo me había agradecido que le dejase un hueco en el sofá, a pesar de estar mojada, y de cómo había cerrado los ojos cuando pasé mi mano por sus mejillas, apartando las lágrimas que se resbalaban hasta su barbilla.
Entonces, ella comenzó a hablar.
Empezó contándome lo ocurrido al llegar a su casa con un tono de voz irregular y roto que hizo que se me helase el cuerpo del mismo modo que el de ella.
En un momento del relato le fue imposible contener el llanto, que surgió de repente, desconsolado.
En aquel momento yo tampoco pude controlarme y el deseo de hacer entrar en calor a sus labios morados se hizo realidad.
Tomó mi rostro entre sus manos, salpicadas de gotas de lluvia, y yo la rodeé con los brazos, procurando sentirla lo más cerca posible.
Mientras, ella dijo:
—Jamás debí apartarme de ti, tenía que haber estado aquí todo el rato.
Me separé ligeramente de Claire, besé sus labios con suavidad, para no hacerla daño, y asentí.
Ella me miró y pronunció con la más absoluta franqueza:
—Tú eres mi hogar.
Y a partir de ese momento no hubo vuelta atrás.
Me recliné sobre ella intentando mantener la poca compostura que me quedaba y la besé con la dulzura que llevaba recopilando desde hacía mucho tiempo y con la que ella me colmaba cada vez.
Claire, inesperadamente, comenzó a desabrocharme la camisa azul y, acto seguido, sacó de un tirón la camiseta que llevaba debajo, metida por debajo de la cintura de los pantalones.
Se recostó sobre el brazo del sillón, tirando de mi por el cuello de la camiseta, atrayéndome hacia su boca.
Empecé a notar su calidez e, inevitablemente, la mía.
Comencé a caer en su espiral.
Olía tan condenadamente bien que quise explorar cada uno de sus recovecos para descubrir si todo su cuerpo olía a lilas y a caramelo, a hierba mojada y al sol que calienta la corteza de los árboles de un bosque.
Puse las manos sobre su costado y, con un movimiento rápido de muñeca, desgarre su camiseta blanca, mostrando su piel desnuda y parte de su ropa interior.
Ella se rió, agitando su cuerpo bajo el mío.
Besé su clavícula y lamí toda la piel hasta llegar al lugar donde se juntaba su sujetador en una sola tira de tela.
Ella se retorció delicadamente y dejó escapar un suspiro lleno de anhelo, tras lo que comenzó a desabrocharse los vaqueros azules.
Me aparté bruscamente, mirándola mientras recuperaba la respiración y buscaba las fuerzas para hablar.
Podía ver sus braguitas, a juego con el sujetador, por el hueco que había dejado al descubierto la cremallera de sus vaqueros.
Además, me había fijado en que tenía tres lunares cerca del ombligo y uno bajo el pecho izquierdo.
No, no podía hacer esto sin estar seguro de que ella lo quería. Teníamos tiempo, podía esperar todo lo que hiciese falta hasta que ella se sintiese preparada.
Jamás podría tocarla un milímetro de piel más del que ella me dejase tocar.
—Claire, ¿estás segura de que quieres hacer esto?
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida.- dijo, con la respiración entrecortada.
Sin pensármelo dos veces, la tomé entre mis brazos y la levanté del sofá.
La llevé a mi habitación, aparté la ropa que había encima de la cama con una mano y la tendí sobre el gastado colchón.
Claire se acomodó sobre la cama moviendo la cadera hacia arriba y respiró profundamente.
Me saqué la camiseta por la cabeza y tiré del bajo de sus pantalones hasta que estos hubieron liberado sus preciosamente pálidas piernas.
Después, mis pantalones pasaron a ser historia como los suyos.
Con mis temblorosas y extrañamente inexpertas manos, acaricié sus piernas hasta llegar a sus tobillos, de los que tiré con cuidado, acércandola a mi cuerpo.
—Espera.- dijo Claire, con sorprendente firmeza, lo que hizo que frenase en seco.- en realidad sí que he estado tan segura de otra cosa...
Me incliné sobre ella unos centímetros, para poder escucharla mejor, para poder percibir mejor su calidez y su ternura embriagadoras. Como la mejor de las drogas, el alcohol más potente.
Ella, la mujer más adictiva.
Yo, dependiente de su simple roce.
—Estoy segura de que te quiero.
—Y yo estoy seguro de que te quiero y de que siempre lo haré.
Y nos sumergimos en un mar de ondas suaves, que nos acercaban más el uno al otro, que nos llevaban a la deriva a la orilla de alguna costa mientras disfrutábamos del viaje, tan lento, curioso y pacífico que nos sentimos ambos donde debíamos estar. En los brazos del otro por una noche, por unos días, por una semana.
Hasta que Claire sacó los vaqueros de la secadora, se puso el sujetador y sobre él una de mis camisetas, y decidió que ya era hora de volver a casa y plantarle cara a su madre, prometiendo que volvería y entonces no se iría jamás.
