Disclaimer: Bleach es de Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios
2. Plans dans les ombres
(Planes en las sombras)
"Tú no puedes ver lo que hay en las sombras, pero lo que ahí habita sí puede ver hasta esa pequeña arruga en tu cara"
Lajos Salminem
Los ojos grises de Kisuke Urahara se movían rápidamente. Posado en una roca de su sótano especial de entrenamiento, estaba sentado en posición de indio y con su abanico cerrado, intentando concentrarse en los movimientos que había en la nube de polvo que se alzaba ante él.
Al disiparse un poco la pequeña tolvanera, se distinguían tres personas, al parecer en un combate de dos contra uno. Una figura alta y una pequeña daban lucha a otra de elevada estatura. Cuando la suciedad se disipó, Ichigo Kurosaki bloqueaba las arremetidas de los tenientes Renji Abarai y Rukia Kuchiki.
Los tres jóvenes habían cambiado en ciertos aspectos, hablando del tema físico. Los rostros de Ichigo y Renji adquirieron rasgos más maduros, dejando ese aspecto adolescente, además de unos cuantos centímetros extra en la estatura y más músculo. Ambos conservaban el mismo corte de cabello que hace seis años, excepto que Ichigo lo dejó un poco más largo, casi tocando su nuca. Rukia, en cambio, sólo aumentó unos centímetros en estatura pero su cuerpo resaltó un poco sus características femeninas. Además, tenía un nuevo corte de pelo, llegando éste casi a tocar sus hombros y su característico mechón cayéndole por la frente.
Al interceptar el último ataque por parte de ambos y desplazarlos hacia atrás, Ichigo observó como Renji y Rukia usaron el shunpo y se apartaron hacia lados distintos. Dirigió su vista a todas direcciones y, más por acción del instinto que de razón, cubrió su lado izquierdo con Zangetsu para interceptar el fuerte golpe de Zabimaru.
― Muy bien Ichigo ―dijo Renji, trabando un poco más su zanpakuto con la de Kurosaki―, no te has oxidado después del todo ¿Hay muchos Huecos en Tokio o sólo es la suerte de hoy? ―preguntó, con una sonrisa burlona.
Ichigo imprimió un poco más de fuerza a Zangetsu, empujando a Renji una mínima distancia: ― Tokio tiene bastantes con que entretenerse ―respondió, sonriendo―, hay unos patéticos y otros muy fuertes.
Renji se recargó más en su zanpakuto: ― Pues parece que sólo te encuentras con los patéticos, y no han sido de mucha ayuda ―atacó verbalmente y, dando un salto hacia atrás, se libró del choque de espadas y tomó posición de guardia― Aparentemente te los encuentras solitarios y no en grupo ―agregó.
― ¿Qué quieres decir? ―cuestionó Ichigo, frunciendo el ceño.
Pero no tuvo tiempo de razonar el argumento de Renji, pues apenas logró bloquear el ataque lateral de Sode no Shirayuki.
― Renji tiene razón ―dijo Rukia, con un tono un poco burlón y poniendo fuerza en su zanpakuto trabada―, parece que en Tokio hay muchos Huecos solos.
Ichigo deshizo el cruce de espadas. Estaba un poco molesto de que sus amigos consideraban que ya estaba perdiendo fuerza al mudarse a Tokio a estudiar medicina. Si bien defendía a las personas lo más que podía, decidió hacer algo más y estudiar esa carrera, no por seguir los pasos de Isshin, sino para proteger más gente de invisibles y, posiblemente, mortales ataques que no podían pelearse con Zangetsu.
Adoptando una posición de guardia, Ichigo apenas pudo ver cuando Renji y Rukia volvieron a atacar, esta vez los dos a la vez. Por lo que el joven de pelo naranja decidió reaccionar.
― ¡Gestsuga Tensho! ―exclamó, soltando el fuerte ataque hacia los tenientes.
Rukia logró esquivarlo sin daño alguno y, con ayuda del shumpo, se posó en una piedra a espaldas de Ichigo. Renji tuvo menos suerte, ya que le pasó rozando el brazo izquierdo, pero aún así consiguió esquivarlo y llegar al lado de la chica.
― Parece que Ichigo ya se puso serio ―dijo Rukia con ese fastidioso tono meloso―. Entonces ―normalizó su voz y miró a Renji― nosotros también. Baila, Sode no Shirayuki ― activó su shikai.
Renji la imitó: ― ¡Aúlla, Zabimaru!
Con los shikais activos, Renji fue el primero en atacar a Ichigo. La seccionada zanpakuto se lanzó hacia el de cabello naranja. Éste la esquivó, provocando que la espada chocara contra el suelo, dándole tiempo a Kurosaki de preparar su ataque.
― ¡Getsuga …
― Segunda Danza: ¡Hakuren!
Ichigo apenas pudo ver la a gran onda de hielo e inmediatamente usó shumpo. Ágilmente iba de roca en roca, tratando de evitar el contacto con la blanca y fría ola. Al ver que el ataque aumentaba en velocidad y parecía cubrirlo, Ichigo dio un salto a la izquierda, justo a tiempo antes de que Hakuren arremetiera con fuerza.
Cuando se paró en una roca, Ichigo respiró un poco pero sintió algo raro que provenía de los pies. Los sentía adormecidos, casi como si no los sintiera. Bajó su vista y vio que el ataque de Rukia lo había alcanzado, congelándole sus extremidades en una gruesa capa de hielo. Intentó moverlos, pero la quemante sensación lo impedía.
Al pensar en ideas para liberarse, Rukia y Renji saltaron hacia donde estaba él, cada uno por distinto lado. Ichigo empezó a poner en marcha la primera idea que se le cruzó por la cabeza: usar a Zangetsu de picahielo.
Kurosaki comenzó a dar fuertes y rápidos golpes al hielo, intentando romper el suficiente para poder mover los pies. Aun en el aire, Renji lanzó a Zabimaru y Rukia se preparó para darle un corte. Ichigo comenzó a destrozar el hielo más rápido, pero ambos tenientes no iban a esperarlo, así que no le quedó de otra opción.
― ¡BANKAI! ― invocó en voz alta, casi gritando.
La fuerte onda de presión espiritual quebró el hielo que lo aprisionaba, repelió a Zabimaru hacia Renji y mandó a Rukia volando vario metros hacia atrás, aterrizando en un sitio que Hakuren congeló.
Urahara se acercó poco a poco hacia donde estaban los dos jóvenes: ― Muy bien, muy bien ―dijo jovialmente y sonriendo―, eso sería todo por hoy. Ichigo ―se dirigió al de pelo naranja― todavía tienes problemas al ubicar a tu enemigo, concéntrate más. Renji ―miró al pelirrojo―, necesitas balancear fuerza y velocidad en el Zanjutsu, pero mejoraste con tu shikai. Y Rukia ―movió su vista a la chica que se reunía con ellos, ilesa del lanzamiento que provocó la presión espiritual de Ichigo― me sigues impresionando, aunque la próxima vez vas a ayudar a Ururu y Jinta a limpiar el sótano ―apuntó hacia las estructuras de hielo.
― Ichigo tuvo la culpa ―replicó Rukia, señalando al chico. Éste sólo puso cara de sorpresa, para luego fruncir marcadamente el ceño.
Urahara hizo un gesto despreocupado con la mano, ahogando toda réplica de Ichigo: ― Ya, ya, no comiencen otra de sus peleas de niños. Los tres estuvieron muy bien, con algunos detalles claro ―comenzó a caminar hacia la salida. Los otros tres lo imitaron.
― Ya ves idiota, por tu culpa casi me regañan ―dijo Rukia en voz alta, apuntando a Ichigo.
El aludido se detuvo: ― ¡¿Mi culpa?! ―se señaló a sí mismo―. Pero que dices enana loca. En primer lugar debiste pensar en usar ese ataque, sólo era entrenamiento no tenías que… ―fue interrumpido por un certero golpe a uno de sus costados.
― Los entrenamientos no deben tomarse a la ligera, tarado ―argumentó Rukia. Ichigo la observó frotándose su costado golpeado―. No sabes lo que el enemigo hará, así que prepárate para lo impredecible.
― Maldita ―susurró Ichigo, con un poco de dolor.
Los dos jóvenes continuaron discutiendo acerca de la importancia de entrenar bien. En todo su camino, del sótano a la tienda, lo único que se escuchaban eran palabras e insultos de Ichigo y Rukia. Urahara estaba tranquilo, tomando la discusión del par como si fuera el escándalo de guacamayos enojados. Renji oía con una cara de total fastidio. Siempre era lo mismo, no importara cuantas veces se vieran o el tiempo que uno se ausentara del lado del otro, nunca perdían la ocasión de provocarse e iniciar un pleito como niños de seis años. El pelirrojo, para no explotar y aplacar a ese par, pensaba en aquella persona que visitó hace algunas semanas y le traía un poco de serenidad.
Urahara les abrió la puerta, permitiéndoles pasar a los segadores al exterior: ― Ya tranquilos, silencio por favor ―pidió de una forma serena a Ichigo y Rukia. Éstos se callaron, más por fuerza que por ganas―. Que no ven que van a hacer enfadar Yoruichi y si se enoja ya no está de ánimo en la noche ―agregó, con una sonrisa pícara.
― Pervertido ―dijo Ichigo en voz baja.
― Todo hombre tiene necesidades, Kurosaki ―se defendió Urahara, sonriendo detrás de su abanico―. Algún día las sentirás ―y fijó su vista en Rukia.
Ichigo miró a la chica, quien estaba a su lado, y ésta a él. No pasó ni diez segundos para que se separaran de un salto, como si se fueran a contagiar algo mortal el uno al otro, y totalmente sonrojados.
― ¡Pero que cosas dices Urahara! ―le reprocharon los dos, gritando.
Kisuke soltó una carcajada: ― Vaya, todavía son un par de santurrones ―dijo en voz baja, dirigiéndose a Renji. Él asintió―. Bueno ―alzó la voz para llamar la atención de Ichigo y Rukia, que estaban comenzando otra discusión acerca de lo poco atractivo que era él y de lo plana que era ella―, los veré en tres días para seguir su entrenamiento. Que estén bien ―se despidió jovialmente agitando su mano e ingresó en su tienda, cerrando la puerta.
Ichigo, Renji y Rukia se quedaron estáticos por unos segundos, planeando sus siguientes movimientos. La cálida noche, que no tenía más de media hora, cubría Karakura con la ayuda de las estrellas y el claro de luna llena, dando una buena iluminación.
― Pues yo también me voy ―dijo Renji, rompiendo el silencio― Nos vemos Ichigo, Rukia ―saltó al techo de la tienda de Urahara y, con ágiles saltos, fue trepando los edificios hasta llegar a la azotea y se perdió de la vista de la pelinegra y del de pelo naranja.
― Adiós Renji, nos vemos ―gritó Rukia, con ayuda de sus manos para hacer eco.
― Adiós ―fue la despedida de Ichigo― Rukia, vámonos a casa. Yuzu debe estar esperando, el viejo haciendo teatro y Karin intentándolo matar ―agregó, comenzando a caminar.
― Claro ―asintió Rukia, emparejándose al paso de Ichigo―. Oye Ichigo, ¿qué crees que haya hecho Yuzu para la cena? ―preguntó, mirando al chico.
― Creo que onigris(1) con pepinos ―respondió el de pelo naranja, con su vista en el camino― aunque el viejo se estaba quejando por… ―se cortó, ya que sintió una imprevista rápida ráfaga de aire
A cincuenta metros se encontraba Rukia agitando su mano derecha: ― A que no me alcanzas ―le retó, desapareciendo con shumpo.
Ichigo se quedó un poco atónito, pero después reaccionó: ― ¡Condenada enana! ―gritó, desvaneciéndose con shumpo para intentar alcanzarla.
Adentro de su tienda, en su habitación bien iluminada, Urahara estaba sentado leyendo. A su alrededor, varios libros de diversos tamaños y papeles estaban desperdigados. Yoruichi, en forma de gato, caminó con cuidado de no manchar alguna hoja y tomó asiento a su lado
― ¿Cómo te fue con su entrenamiento, Kisuke? ―preguntó, estirando sus patas delanteras.
― Bien, nada del otro mundo, aunque he de admitir que han mejorado mucho ―respondió el hombre, sin quitarle la vista al libro.
― ¿Les comentaste algo de lo que te dijo Yamamoto? ―cuestionó, fijando su vista en el tendero.
Urahara la miró: ― No, aun no ―contestó, cerrando el libro―. Yamamoto pidió que no les contara nada hasta tener bien seguros los detalles. Desgraciadamente ―agitó un poco el impreso―, no hay mucha información en los libros y lo que conseguí gracias a Mayuri ―señaló su desorden de papel― tampoco ayuda. Creo que la Sociedad de Almas no capturó datos acerca de esta amenaza ―se llevó su mano izquierda a la barbilla y se rascó un poco―. Pero creo saber donde hallar algo.
― ¿Dónde? ―interrogó Yoruichi.
Urahara sonrió de medio lado: ― Lo sabrás pronto ―respondió―, aunque creo que necesitaremos esto ―y extendió dos carpetitas de cuero azul oscuro en la que se podían leer con caracteres dorados Pasaporte: Japón.
― ¡Gané! ―exclamó Rukia triunfante, enfrente de la entrada a la casa Kurosaki.
― Enana tramposa ―murmuró Ichigo, sacando sus llaves de entre su hakama.
Al momento de quitar el seguro a la puerta y abrirla, una persona se acercó corriendo a darles la bienvenida muy a su manera.
― ¡Bienvenido a casa, estúpido hijo! ―saludó Isshin, saltando y preparando una patada de recepción.
Ichigo y Rukia se agacharon, dejando que Isshin aterrizara en el exterior: ― Hola viejo ―y azotó la puerta, dejando a su padre afuera.
― Hola Ichigo, hola Rukia ―saludó Yuzu, con un tazón de arroz al vapor en sus brazos. Ya era toda una joven de diecinueve años, al igual que su melliza―, ¿dónde esta papá? ―preguntó al percatarse de la repentina ausencia de su progenitor.
― Hola Yuzu ―le devolvió el saludo el joven―, el viejo está afuera. No te preocupes, enseguida se cuela por una ventana ―se dirigió al piso de arriba por su cuerpo.
― Hola Ichigo, hola Rukia ―saludó Karin desde el sofá de la sala, donde estaba viendo la televisión―, ¿qué tal les fue con Urahara? ―preguntó, cambiando de canal en canal.
― Hola Karin ―le devolvió el saludo Rukia― Bien, seguimos mejorando poquito en poquito ―respondió Rukia, dirigiéndose a su cuarto por su gigai.
― Sin novedades, aunque Rukia esta vez casi congela todo su sótano ―complementó Ichigo ya en el piso de abajo, sentándose en la mesa. Un "Te oí" de la planta de arriba se escuchó.
Karin volvió su atención a la televisión. Como no había nada interesante que ver, dejó las noticias.
― …Mil muertes más por esta enfermedad en Sendai. Las autoridades están implementando todas las medidas de sanidad posibles, ya que los antibióticos no parecen disminuir el problema. Se ha impuesto una cuarentena a la ciudad, nadie con los síntomas anteriormente descritos puede salir ―el conductor terminó la nota― En noticias más agradables, el masivo éxodo de gaviotas que se registró en Shimonoseki desde ayer sigue dando un espectáculo. Los ornitólogos aun no se explican que lo puede causar. Vamos con Kato Nakamura a Shimonoseki, adelante Kato ―y la imagen cambió al puerto de Shimonoseki, donde cientos de gaviotas se alejaban de la ciudad.
El corresponsal apareció en pantalla: ― Gracias Horuhe, como puedes ver muchas gaviotas al parecer ya no consideran a Shimonoseki su hogar. Entre ayer y hoy cerca de tres mil gaviotas…
Karin dejó de prestarle atención a lo que decía el corresponsal. Había notado algo entre todo el tumulto que causaban las gaviotas. Debajo de las aves, había un Hueco.
La pelinegra se concentró más en la criatura. Parecía que quería atrapar a alguna gaviota, ya que corría debajo de ellas. Pero Karin se centró más y no le notó actitud agresiva o de caza hacia las aves. El Hueco estaba siguiendo el camino de las gaviotas, mostrando un comportamiento de huida.
Karin se asombró un poco, pues de repente había muchísimos Huecos que imitaban a las gaviotas. Dedujo que había algo en Shimonoseki tan poderoso o tan malo que hacía huir a los animales y a los Huecos.
― Karin, a cenar ―la llamó su hermana, sacándola de sus cavilaciones.
La pelinegra apagó la tele y se dirigió a la mesa, con el estómago gruñéndole un poco. Sacar hipótesis da mucha hambre.
En un callejón de Sendai, un hombre vagabundo y de harapientos ropajes se arrastraba moribundo. Con la cabeza agachada, avanzaba con sus codos. Los ruidos que producía al respirar, como gorgoritos, indicaban que sus pulmones se llenaron con algún líquido muy espeso. Se detuvo por un instante cerca de un contenedor de basura para toser. Una tos bastante dolorosa, en la cual sentía sacar las vísceras con cada expectoración. Pero lo que salía de su boca y nariz no era una secreción normal que indicara un problema respiratorio cualquiera, este exudado era espeso y de color rojo oscuro con motas verde amarillo. Los jadeos del hombre comenzaron a aumentar en intensidad y profundidad, impidiéndole inhalar aire. Se arrodilló y llevó sus manos a la garganta, y con un último jadeo se desplomó, impactando su cara en el suelo.
De las sombras del callejón, tres figuras se acercaron al cuerpo y lo rodearon. Una, con la ayuda de su pie, le dio la vuelta. El hombre tenía los ojos exageradamente abiertos y su nariz y boca llenas de ese líquido espeso.
― Este pelado tardó en quebrarse ―dijo una voz de mujer norteña mexicana, y la mujer se agachó para picarle la cara muy fuerte con el cañón de un revólver.
― Illa, no arruinéis más el cuerpo ―le recriminó otra fémina de voz andaluza, tocándole un hombro―. Observa que el pobre ya está maltratao, no servirá de tapa(2) con tanto morete (3).
― Recordá, che ―se unió otra mujer de voz porteña argentina― con la comida no se juega. Además, hay que hacer esa magia antes de que llegue alguien a preguntar por el muerto.
Las otras dos asintieron. Cada quien se llevó una mano a su frente y la otra a la garganta, e inmediatamente una tenue luz, de color azul muy pálido comenzó a brillar en donde posaron sus manos. Se mantuvieron así unos pocos segundos, con los ojos cerrados en señal de concentración.
Al pasar ese hechizo, la de pelo rosa habló: ― Pues espero que esta chingadera funcione ―opinó, acomodándose el sombrero―. Si no, quien sabe que putos haré.
― Tranquila ―la calmó la del vestido victoriano―. Mira, aquí viene tu prueba y trata de no dejarle minao los sesos con plomo.
En la salida del callejón llegó un hombre. De mediana estatura delgado y pelo negro, corto y lacio, vistiendo con un kimono blanco. Tenía el aspecto de un japonés normal, pero conforme fue acercándose al cadáver, ciertas características lo descartaron como humano.
El ser se detuvo al sentirse observado por las tres mujeres. Ellas pudieron apreciar sus ojos totalmente negros, incluida la esclerótica(4), y, como sonrió marcadamente, también observaron sus dientes, puntiagudos y, seguramente, afilados.
― Hola huerco ―saludó la de aspecto vaquero.
― Buenas noches, señoritas ―respondió el hombre con una voz chillona, inclinándose levemente―. Si me disculpan, no he comido nada en seis años, ¿me permiten? ―pidió amable, señalando el cadáver.
― Atáscate, por mi no hay problema ―contestó la de pelo rosa. El hombre se inclinó ante el cuerpo y le propinó una feroz mordida en el hombro, arrancándole un buen pedazo.
Después de darle dos mordidas más, el ser se detuvo. La pelinegra aprovechó el momento: ― Jikininki(5) ―dijo, acaparando su atención―, sólo queremos preguntarte algo, tío. No te interrumpiremos mucho tiempo ―le hizo una seña a la del kimono.
La de pelo lila sacó una hoja de entre su kimono: ― ¿Vos sabés dónde podemos encontrar a este boludo? ―cuestionó, extendiéndole la hoja.
El jikininki se limpió la sangre, tomó la hoja y la leyó: ― Por supuesto ―contestó sonriendo, mostrando su temible dentadura―, aunque el viaje para allá es un poco largo. En el camino pueden pedir indicaciones, pero ―le arrancó el pulgar izquierdo al cuerpo― tendrán que ofrecer buenos regalos si quieren información. Así son las cosas en Japón ―y comenzó a masticar el dedo.
― ¿Cuánto nos tardaremos? ―preguntó la dueña de los revólvers.
― Aproximadamente dos días a pie, si llevan buen paso ―respondió el espíritu, arrancando la uña del pulgar y devolviéndole la hoja a la portadora de la katana―. Pero es muy seguro que se tarden más de tres días. Hay muchos obstáculos que estarían interesados en eliminarlas.
― ¿Cómo que peligros nos podemos encontrar? ―interrogó la de la cimitarra.
El jikininki arrancó otro dedo: ― Principalmente segadores de almas ―contestó y frunció el ceño―. Esos malditos que no nos dejan vivir en paz, juzgando a todos según su albedrío de mierda ―agregó enojado.
― ¿Y podés decirnos el nombre del lugar al cual tenemos que ir? ―preguntó la del kimono.
El espíritu juntó sus palmas: ― Es una ciudad cerca de Tokio ―respondió, dando unos cuantos pasos a las mujeres―. Abundante en fantasmas y otros seres, para nosotros es conocida como la Ciudad Espíritu. Para los humanos es conocida ―acercó su rostro al de ellas, mostrando sus afilada sonrisa― como Karakura.
La niebla nocturna cubría la ciudad de Shimonoseki, dándole un aspecto un poco espectral. En un conjunto de casas junto al mar, la ausencia de aves marinas provocaba un silencio perturbador y sumado con la niebla, elaboraban un ambiente perfecto de suspenso, como si alguien estuviera oculto en algún lado, planeando una emboscada para el pobre desafortunado que se cruzara en su rango de ataque.
En el tejado de una de las casas, dos figuras se encontraban sentadas. Al desplazarse un poco la niebla e iluminarse el lugar, se apreciaron mejor. Una era el hombre del smoking, quien tenía sus brazos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el cielo, dando la apariencia de esperar algo o a alguien. La otra, ocupando su lugar en posición de indio, pertenecía a un hombre delgadísimo, bajo y de pelo verde oscuro tan largo que le cubría el rostro. Vestía una playera amarilla y unos pantalones deportivos de lona marrón oscuro, además de que parecía estar empuñando algo con su mano derecha.
― ¿Está seguro capitán? ―rompió el silencio el de pelo verde, con una voz rasposa mirando en todas direcciones.
El del smoking movió la cabeza levemente, mirando al otro: ― Por supuesto ―fue su seca respuesta, y volvió a enfocar su vista al cielo.
El de corta estatura bufó cansado: ― Ya llevamos cuatro horas esperándolo, ¿no cree qué esté perdido o lo hayan matado en el camino? ―preguntó.
― No, él tiene una ubicación espacial excelente y es demasiado rápido para que otras criaturas y espíritus lo capturen y maten ―contestó el capitán. Se levantó de su lugar y miró al del pelo verde―. De hecho, Kyuke, ya está por llegar ―señaló el cielo y el otro enfocó su vista hacia el punto indicado.
A una altura aproximada de trescientos metros y a quinientos de distancia desde donde ellos se encontraban, una figuraba se acercaba volando con buena velocidad. Dos minutos después de que lo divisaron, Doru estaba aterrizando junto a ellos, plantando primero sus pies en el tejado y plegando sus alas negras manchadas de puntos blancos. Entre sus brazos cargaba una caja de cartón mediana.
― Tardaste Doru ―señaló el de smoking con voz suave.
El aludido se arrodilló: ― Lo siento capitán, me entretuve un poco. La Reina no me dejó salir del castillo después que le di la noticia. Le envía esto de su parte ―le tendió la caja.
El capitán la tomó: ― Levántate Doru ―el joven se incorporó, mientras el líder abría la caja, sacando una gorda botella de vidrio de aproximadamente tres galones, observándola detenidamente. Ésta contenía un líquido de color amarillo, parecido a la orina―. Vaya, muchas gracias. La Reina, al parecer, sabía que ya se estaban terminando nuestras reservas. Con esto alcanzará para encargarnos de los yakuza.
― Señor ―llamó Doru― también tardé porque la Demente supo que ya estaba usted en Japón, así que le pidió de favor que si le podíamos conseguir algunas cosas ―del bolsillo de su camisa sacó una hoja bien doblada.
El capitán guardó la botella en la caja y se la pasó al de pelo verde. Tomó la hoja, la desdobló y comenzó a leerla. Después de unos segundos miró al que cargaba la caja: ― Kyuke, ¿sabes donde podemos encontrar esto? ―preguntó, extendiéndole el papel.
El aludido dejó la caja en el tejado, tomó la hoja y le dio una rápida lectura: ― Claro que sí ―respondió con un tono alegre y siniestro a la vez―. Todo esto lo podemos capturar en la Ciudad Espíritu, mejor conocida como Karakura.
― ¿Y cuanto tardamos en llegar allá? ―interrogó el de smoking
― Doce horas volando sin parar, capitán ―contestó Kyuke.
El capitán sonrió un poco: ― Bueno, después conseguiremos lo de la Demente. Primero hay que convencer a los yakuza ―le dio la espalda a los otros dos y caminó hasta quedar por arriba de la entrada principal de la casa―. Les repartiré suficiente cantidad ―se volteó a mirarlos y señaló a la caja―, para facilitar su tarea, usen la ración exacta y si se resisten ya saben que hacer ―Doru sonrió perversamente y Kyuke soltó una risilla perturbadora―. Después de que terminemos la persuasión, nos reuniremos en Karakura ¿entendido?
― Si señor ―respondieron a la vez Doru y Kyuke.
El de smoking estornudó: ― Tendré que repetirles el mensaje a los otros ―dijo, más para sí mismo que a los otros― Oye Doru, ¿ya comiste? ―preguntó.
― No capitán, todavía no ―respondió el aludido.
El capitán soltó una risa suave: ― Kyuke ―llamó al otro, captando su atención―, ya sabes que hacer.
El de pelo verde asintió y tomó lo que estaba empuñando hace rato. Era una vara de hierro, de ocho metros de largo y terminada en un extremo con un enorme garfio. Caminó hasta quedar por encima de la entrada principal de la casa y se arrodilló, esperando.
El capitán y Doru observaron. Cinco minutos después de que Kyuke adoptara esa postura, una persona comenzó a acercarse a la casa. Era un joven, de aproximadamente diecisiete años. Traía consigo dos bolsas de papel, llenas de víveres. Se detuvo en la entrada y comenzó a buscar sus llaves.
Kyuke, en un movimiento rápido y silencioso, bajó la vara hasta que el garfio quedó posicionado en el costado derecho del adolescente, acercando lentamente la punta a la quijada.
El joven encontró sus llaves, pero una sensación incómoda hizo que girara la cabeza un poco hacia su derecha.
El de pelo verde, al tener su objetivo en posición, jaló con fuerza.
Las bolsas cayeron al suelo, desperdigando su contenido en la entrada de la casa.
Notas del autor:
*A mi parecer, Karin y Yuzu ya sabrían lo suficiente de que su hermano es un segador después de mucho tiempo, especialmente Karin. Por eso se portan normal con Ichigo en su forma segadora.
Glosario:
(1) Onigris: Bolas de arroz
(2) Tapa: En España, es un aperitivo que se sirve con bebida. En México su equivalente es la botana y en Argentina la picada.
(3) Morete: Moretones, hematomas en la piel.
(4) Esclerótica: Tejido conectivo del globo ocular. Es la parte blanca del ojo.
(5) Jikininki: Espíritu necrófago (que come cadáveres) del folklor japonés.
Gracias por leer
