Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios


3. Signaux avant l'arrivée

(Señales antes de la llegada)

"Si conoces bien tu entorno, sabrás cuando está presente el enemigo"

Bernardo García López

Ichigo se incorporó lentamente en su cama y se rascó la nuca, extrañado. Esa mañana era demasiado normal y tranquila, cosa extraña en su peculiar hogar.

Había tres factores en la vida de Ichigo Kurosaki que siempre lograban sacarlo de su cama en las mañanas y decir que tuvo un despertar común y corriente. El primero, el molesto ruido del despertador, objeto que se había vuelto esencial durante su estancia en la universidad; segundo, la incómoda sensación de los rayos del sol en la cara, que simplemente solucionaba tapándose con la almohada pero sacrificaba su comodidad; y el último, su padre con la particular forma de darle los buenos días.

Sin embargo, esa mañana sólo dos de esos factores le quitaron el sueño. El despertador sonó con su molesto ruido a las siete en punto y los rayos del sol hicieron su fastidioso trabajo, pero Isshin no apareció en el momento que el aparatito comenzó con su labor.

Apagó el despertador, bajó los pies al piso y bostezó un poco. Le dio un vistazo cuidadoso a su habitación y a la ventana, esperando la aparición de su padre, pero la única novedad en su cuarto era un pedazo de papel en su escritorio. En él estaba escrita una nota, acompañada de deformes dibujos:

Ichigo:

Salí a patrullar un rato y a buscar a Urahara. Iba a molestarte, pero Yuzu me contó que no dormías bien en la universidad, por lo que decidí dejarte más tiempo en tu cama, perezoso.

Rukia

― Bueno, al menos sé donde está la enana ―dijo Ichigo, para sí mismo. Dejó la nota y comenzó a cambiarse, sin bajar la guardia de un "Hola hijo, ¿dormiste bien?" de Isshin. Con una playera blanca y un pantalón café claro, bajó a desayunar.

Al descender a la planta baja, encontró la respuesta de la falta de saludo de Isshin. Su padre se encontraba hablando por teléfono, mientras que Yuzu preparaba hot cakes, tarareando muy feliz una canción conocida, y Karin miraba las noticias matutinas, demasiado atenta para tratarse de ella.

― Pero señor Yoshida, sólo a las once tengo libre ―le dijo el médico a la persona al otro lado de la línea, un poco cansado―. De acuerdo, de acuerdo, venga a las nueve y si no hay nadie más lo atiendo…Muy bien, nos vemos ―colgó y miró a Ichigo―. La gente está paranoica con algo que está pasando en Sendai, hoy tengo casi treinta citas. Así que me vas a tener que ayudar.

Ichigo asintió: ― De acuerdo viejo ―y se dirigió a la mesa.

― Ah, por cierto ―lo llamó su padre.

― ¿Qué cos…? ―respondió Ichigo, interrumpiendo sus pasos y dándose la vuelta. Pero algo cortó la pregunta del chico. Una repentina y dolorosa sorpresa.

El puño de Isshin se plantó en el rostro del joven, dejándolo en el piso, muy malhumorado: ― Buenos días ―dijo el hombre pelinegro caminando a la mesa, pasando al lado de Ichigo. El de pelo naranja refunfuñaba improperios contra su padre, ya más tarde se encargaría de devolverle el saludo.

Al menos, ya pudo decir que el comienzo de su mañana era normal.


La hora matutina que trascurría en ese momento en Karakura era un poco ajetreada. Pese a ser verano y los estudiantes estuvieran de vacaciones, eso no impedía que algunos puñados de gente se dirigieran a sus trabajos en grandes edificios de oficinas o pequeños establecimientos para vender comida u objetos variados. También había algunos niños que, de la compañía de sus padres, iban en camino a cursos y talleres de verano, algunos con mucho ánimo, otros un poco desganados. Toda esa actividad humana estaba siendo vigilada por los atentos ojos violáceos de un espíritu.

Rukia, en su forma de segadora, estaba en lo alto de un poste de energía, observando Karakura y a sus siempre activos habitantes. Usó una mano para cubrir su vista de la luz, ya que los rayos del sol eran fuertes, y eso que eran las ocho de la mañana. Esto provocaba el incómodo y acelerado aumento de la temperatura ambiental, cosa que no le agradaba mucho. Si quería cubrir su vigilancia por la ciudad tenía que darse prisa, a medio día la temperatura sería insoportable, aunque primero tenía que pasar con Urahara.

Saltando del poste a un techo, y de ahí a otros, fue desplazándose hasta llegar a la tienda del sombrero. La puerta estaba cerrada, pese a que Urahara abría temprano para estar dispuesto a atender a los segadores que necesitaran alguna chuchería espiritual.

― Hola ―llamó la pelinegra, tocando la puerta― ¿Urahara, estás ahí? ―preguntó a la nada, con voz fuerte.

Un joven pelirrojo y con cara de pocos amigos se asomó: ― El jefe no está ―respondió Jinta, con un tono algo altanero― ¿Qué es lo que quieres? ―preguntó con el mismo modo de voz.

Rukia frunció un poco el ceño, por la actitud del joven: ― Sólo iba a preguntar algunas cosas ―dijo, cruzándose de brazos―, se un poco más educado, mocoso insolente.

Jinta iba a replicar, pero fue jalado al interior de la tienda, y se oyó el desorden de cosas que se caían. A continuación, la enorme figura de Tessai apareció en la puerta.

El gigante hizo una reverencia: ― Le ofrezco una disculpa por el comportamiento de Jinta, teniente Kuchiki ―se eximió el hombre―. Aunque tiene razón, el jefe no se encuentra en estos momentos, salió fuera del país, tenía asuntos de suma importancia que atender ―agregó.

― ¿Fuera de Japón? ―repitió Rukia, interrogante e incrédula a la vez― Vaya, entonces si debe ser algo bastante crucial, ¿sabes cuánto va a tardar? ―preguntó.

Tessai sacó un pedazo de papel de su delantal: ― Aproximadamente tres días ―respondió, guardándose de nuevo el fragmento―, pero no me contó su destino. Dijo que era secreto ―murmuró.

Rukia torció un poco la boca: ― Bueno, tendré que darme una vuelta después ―dijo, acomodándose un poco sus guantes―. Nos vemos ―se despidió, haciendo una reverencia.

Tessai también se inclinó: ― Hasta luego teniente, que tenga un buen día ―y cerró la puerta.

Rukia se dio la vuelta y, como hizo Renji la noche anterior, saltó al techo de la casa de Urahara y de allí, con varios saltos más, a la azotea de un edificio cercano. Al llegar a ese lugar comenzó a desplazarse por las altas construcciones, buscando pobres almas que necesitaran el entierro o Huecos rondando la ciudad.

Después de quince minutos de saltar de edificio en edificio vio algo inusual. Escondido en un callejón, un enorme y robusto Hueco, de diez metros de alto estaba acurrucado en el pequeño espacio de las dos construcciones. Rukia bajó al nivel del suelo, dispuesta a eliminarlo. Desenfundó a Sode no Shirayuki y se preparó para la arremetida del ser.

Pero el ataque nunca llegó. Rukia observó que algo andaba mal en el comportamiento del Hueco. Todo su cuerpo estaba temblando y tenía oculto su óseo rostro entre sus brazos. No daba seña alguna de iniciar una pelea.

― ¡Hey, Hueco! ―llamó Rukia, tomando posición de guardia.

El aludido se volteó muy lentamente y la observó. Inmediatamente emitió el característico grito de los Huecos y se lanzó contra Rukia. Ella estaba lista, preparada para rebanarle la cara al monstruo en caso de una embestida. El ser impactó en el suelo de forma estruendosa, levantando una inmensa nube de polvo

Sin embargo, Rukia no pudo darle un corte al Hueco, ya que nunca llegó a arremeterla. En su lugar, cuando tuvo mejor visibilidad, el monstruo estaba postrado, tocándole los pies con sus gruesas manos. Lentamente, levantó su cara y sus amarillas orbes hicieron contacto con las de Rukia.

― Por favor segadora ―suplicó el ser, jalando con un dedo el hakama de la chica. Rukia se asombró por el tono que uso el Hueco―, mátame.


― Inhale ―pidió Ichigo al paciente. Éste obedeció, jalando aire a sus pulmones.

Tanto el médico como el paciente se encontraban en un espacio pequeño, adjunto al consultorio de Isshin. Un cuartito con los objetos indispensables para las consultas normales: una cama de inspección, un escritorio, un lavamanos, una estantería con medicamentos inyectables y para casos de extrema urgencia, tres sillas y varios botes de basura, en los cuales se desechaban desde residuos normales hasta los que representan amenaza biológica.

El joven de pelo naranja movió la campana del estetoscopio(1) a la parte media de la espalda desnuda, donde estaba el último lóbulo del pulmón derecho. Escuchó el paso del aire sin obstáculos, como un silbido, indicando que el paciente se encontraba sano de sus vías respiratorias.

― No se oye nada anormal, señor Yoshida ―dijo Ichigo, retirándose las olivas(2) de sus oídos y colgándose al cuello el estetoscopio―, aunque si le voy a dar algo para la irritación de garganta ―agregó, caminando a su escritorio y tomando un bloc de recetas de Isshin.

― ¿Pero no tengo nada de lo de Sendai, verdad? ―preguntó temeroso el hombre robusto y de pelo castaño, acomodándose su ropa.

Ichigo estaba escribiendo los medicamentos: ― No, al parecer ―contestó, sin apartar la vista de la receta―, pero si presenta alguno de los síntomas no dude en venir ―arrancó el papel del bloc y se lo entregó al hombre―. Pase con mi padre para que le firme la receta.

El señor Yoshida tomó el papel: ― ¿Y por qué no la firma usted, doctor? ―cuestionó educadamente.

Ichigo juntó sus manos: ― Porque nada más me falta el título ―respondió sereno―. Si la firmo yo, la receta no es válida y no pueden venderle la medicina.

El hombre se levantó: ― Pues muchas gracias doctor ―le tendió la mano.

El de pelo naranja la estrechó: ― No hay de que señor ―y lo acompañó a la salida del consultorio, con la lista de sus pacientes en la mano derecha.

Al salir el señor Yoshida, Ichigó echó un vistazo a la sala de espera. El pequeño espacio estaba totalmente lleno y en el exterior de la clínica había más gente esperando. Ichigo resopló suavemente, ya que ese día sería muy largo.

― ¡Hola Ichigo! ―saludó una mujer de pelo naranja oscuro, ojos grises y escultural figura, que portaba un vestido blanco con algunos bordes azul claro.

― Hola Orihime ―le devolvió el saludo el joven― ¿Vienes a consulta? ―preguntó, dándole un vistazo a la lista.

Orihime asintió con la cabeza: ― Sí, pero con tu papá ―respondió―. Quiero que me revise, ya que hace dos días estuve en Sendai de vacaciones y con esto que esta pasando es mejor prevenirse ―agregó, sonriendo un poco y su cara cambió a una pensativa―. Además, si me enfermara ya no podría trabajar en la tienda y…

La chica comenzó a hablar de lo mal que le iría a su negocio de postres si ella cayera enferma. Ichigo escuchaba toda la plática, con una ceja levantada, al igual que la gente que esperaba consulta. Si bien el paso del tiempo había favorecido mucho a Orihime en cuanto a lo físico, definiendo su cuerpo en los estándares estéticos femeninos actuales, su mente todavía daba alguno que otro chispazo de delirio adolescente, dando como resultado una actitud inusualmente simpática en una joven de su edad.

Mientras la joven de pelo naranja seguía en su discurso, una persona, una mujer joven de pelo pardo claro y rondando los veinticinco años de edad, la cual estaba muy cerca de Ichigo y Orihime, tosió un poco y se cubrió la boca con una mano. Pero sintió algo muy raro en su extremidad después de toser, así que la observó. La miró con detenimiento y se asustó, ya que había algunos manchones de sangre en su palma, e inmediatamente sufrió un feroz ataque de tos acompañado de secreciones sanguinolentas, tan fuerte que la chica cayó al piso de rodillas por la intensidad de las expectoraciones e intentando inhalar un poco de aire. La gente, al mirar la repentina reacción de la joven, comenzó a salir de forma precipitada de la clínica, algunos gritando que la enfermedad de Sendai ya estaba en Karakura, provocando el miedo en los que estaban en el exterior.

Ichigo inmediatamente fue a socorrerla, interrumpiendo la plática de Orihime, y la sentó en la silla que la mujer de pelo pardo ocupaba antes de su ataque. Al incorporarse un poco, la joven jadeaba muy fuerte y tenía los ojos bastante abiertos.

Orihime miró a la mujer: ― ¿Ichigo, qué le ocurre? ―preguntó un poco temerosa, pensando que podría pasar por la misma situación.

― No lo sé, no estoy seguro ―respondió el joven, mirando a la de pelo naranja. Después regresó su vista a la fémina que estaba sentada―. ¿Hace cuánto comenzó a toser de esta manera? ―preguntó, con la formalidad distintiva de un médico.

La mujer se esforzó demasiado para respirar: ― En…este…mismo…instante ―respondió entre jadeos y con la mano derecha en su pecho.

― ¿Es usted de Sendai? ―cuestionó el de pelo naranja, con el mismo tono.

La joven hizo con la cabeza un movimiento de negación: ― Soy… de…Minamisoma ―contestó, casi sofocándose por la dificultad para inhalar aire.

― ¿Y ha estado en Sendai? ―interrogó Ichigo.

La de pelo pardo volvió a negar con su cabeza: ― Nunca… he ido… a Sendai ―pausó para respirar―. Llegué…a Karakura… ayer… ―tosió violentamente, escupiendo secreciones sanguinolentas con manchas verde amarillo.

A Ichigo no le gustó nada lo que vio. Esas mucosidades le indicaban que lo que atacaba su aparato respiratorio era tan agresivo que, al parecer, el tejido pulmonar era afectado en sólo cuestión de minutos.

La mujer empezó a jadear de una manera profunda, casi como si el aire de la sala de espera le fuera insuficiente para llenar sus pulmones. Se levantó de forma repentina de su asiento y casi cae de bruces, lo cual fue impedido por Ichigo, pero aún así, de forma lenta y apoyada del joven de pelo naranja, fue descendiendo hasta quedar de rodillas.

Al hacer contacto con el suelo la joven agachó su cabeza y dejó de jadear. Ichigo pensó que ya se había estabilizado un poco, pero sintió como la mujer recargaba demasiado el peso en su pierna derecha. Esto le extrañó, y cuando intentó levantarla, la masa corporal de la joven aumentó considerablemente, por lo cual le revisó el pulso.

Nada, además de que su piel se sentía inusualmente fría. Ichigo se agachó y, con cuidado, la tomó de los hombros.

― Si me puede escuchar, mueva la cabeza ―pidió Ichigo, zarandeándola muy suave.

Pero no obtuvo repuesta. La joven mantenía su cabeza agachada y de una manera laxa(3). Cuando le levantó la cara y la observó mejor, Ichigo notó sus ojos bastante abiertos y un fino hilo de la secreción sanguinolenta escurriendo por el lado derecho de su boca.

La mujer, sin duda alguna, estaba muerta.

El joven de pelo naranja seguía observando. En sus estudios, nunca se encontró con casos de enfermedades respiratorias tan agresivas, esto era nuevo para él y, lamentablemente, no tuvo tiempo para hacer una adecuada historia clínica. Orihime notó como en el rostro de Ichigo la impotencia comenzaba a aparecer, así que se acercó lentamente al chico.

― Así que ―interrumpió Isshin, muy serio y cruzado de brazos. Orihime detuvo sus pasos―, ¿es real lo de Sendai? ―preguntó de manera demasiado formal.

― Sí, viejo ―respondió Ichigo, sin ver a su padre y dejando el cuerpo en el suelo con cuidado―, pero ella era de Minamisoma.

Isshin se acercó al cadáver y lo miró con detenimiento. Ichigo y Orihime observaban como el hombre hacía una cuidadosa inspección del cuerpo, en especial de los orificios nasales y de la boca. Sacó un abate lenguas(4) de su bata y lo acercó a la nariz de la mujer, tomando una pequeña muestra de esa roja y extraña secreción con cuidado, y le dio un minucioso vistazo.

― Ha vuelto ―murmuró el hombre, sin quitar la vista de la muestra.

― ¿Qué pasa papá? ―preguntó Ichigo, acercándose a su padre. Orihime prestó atención desde el lugar donde estaba.

Isshin se incorporó y miró al joven: ― Lo que mató a esta mujer ―comenzó con un tono serio, dándole el abate lenguas al de pelo naranja― es una enfermedad que ha sido reportada tres veces en Japón ―pausó un poco―. Ocasiona un enorme número de muertes y es tan agresiva que ni siquiera da tiempo de administrar algún medicamento, porque en menos de tres horas los pacientes ya murieron, aunque hay poco casos que la enfermedad tarda años en matarlos ―hizo otra pausa―. Y hay algo bastante curioso acerca de esta enfermedad.

Ichigo miró la muestra: ― ¿A qué te refieres? ―inquirió.

Isshin caminó hacia su consultorio y se detuvo en el marco de la puerta: ― Nosotros sí podemos ver lo que causa ese mal ―contestó sin mirar al chico―, y viceversa. Una vez Yamamoto mandó detenerlo y pagó un precio muy alto ― se dio media vuelta y su mirada hizo contacto con la de su hijo.

― ¿Qué clase de precio? ― preguntó Ichigo, enarcando un poco la ceja izquierda.

El hombre adulto se cruzó de brazos: ― En las dos intervenciones de la enfermedad, el agente causal mató a tres tenientes y un capitán ―respondió. Ichigo abrió un poco los ojos, en señal de asombro, y Orihime soltó un sonido de sorpresa―, además de las más de once millones de muertes humanas. Pero ahora, no parece ir tras las personas ―dirigió su vista al cadáver.

― ¿Cómo lo sabe? ―interrogó Orihime, participando por primera vez en la plática.

― Por lo que he oído de los pacientes, la enfermedad ha cobrado cerca de cinco mil muertes ―respondió Isshin. Tanto su hijo como la joven mostraron más asombro―. Si creen que eso es alto, ¿saben cuántas víctimas llevaba en dos días cuando fue la segunda intervención? ―preguntó.

― ¿Cuántas? ―inquirió Ichigo, mirando fijamente a su padre.

Isshin le dio la espalda al joven: ― Cerca de dos millones ―contestó, metiéndose a su consultorio y dejando a Ichigo y Orihime sorprendidos por el dato.


Rukia estaba asombrada. Ese enorme ser, que fácilmente podría luchar con ella por un lapso de media hora, le estaba pidiendo la muerte, y ahora no sabía que hacer. Si bien era un Hueco el que tenía enfrente y debía eliminarlo, su ética le estaba dictando que el monstruo primero tenía que atacar para poder aniquilarlo y la pelea se igualaría en circunstancias morales. Pero el Hueco no iba a cooperar tan fácilmente en comenzar un combate.

― Te lo suplico, segadora ―rogó el Hueco, con voz quebrada―. Yo no quiero estar a su servicio, no quiero ser su esclavo ―gimoteó y jaló más el hakama de Rukia, ocasionando que casi pierda el equilibrio.

La pelinegra mantuvo su postura, pero su cabeza comenzó a formular dudas ¿A servicio de quien? ¿Acaso había alguien que reclutara Huecos para un nuevo ejército, como lo hicieron Aizen y los del Vandenreich? Pero esto era muy extraño, ya que ambos enemigos tomaban a los Huecos directamente de su hogar, Hueco Mundo, por lo tanto ¿quién reclutaría a esos seres en el Mundo de los Vivos?

Rukia dio un paso hacia atrás, sin bajar la guardia: ― ¿De qué te escondes, Hueco? ―preguntó de forma ruda― ¿Se escapó Aizen o el Vandenreich se reorganizó?

El Hueco paró sus lloriqueos: ― No, ninguno de los dos ―respondió, todavía gimoteando un poco―. Ellos eran unos santos, comparándolos de lo que me estoy escondiendo ―agregó.

Rukia le dirigió una mirada escéptica: ― ¿Qué quieres decir? ―inquirió con la misma dureza vocal.

El ser se incorporó hasta quedar arrodillado y miró a la segadora: ― Por lo menos ellos nos dejaban ser lo que somos, bajo un límite de obediencia ―acercó su feo rostro en forma de cráneo de cabra a Rukia, quien estaba preparada―. Estos enemigos nos tratan como esclavos, y literalmente nos manejan como si fuéramos títeres. Ya han capturado a miles de nosotros, por eso me escondo, no quiero ser parte de ellos.

― ¿Qué enemigos dices, Hueco? ―cuestionó Rukia, en posición de guardia.

El Hueco dio un paso hacia a ella, Rukia se tensó para saltarle encima y darle un corte, pero el monstruo no la atacó: ― ¿Qué no lo sientes? ―preguntó, con la voz llena de desesperación― Es una presión espiritual oscura inconfundible, que te habla intermitentemente ―tomó su cabeza con ambas manos―, y nunca te deja tranquilo el pensamiento, pues siempre estás escuchando el llamado de ellos.

La pelinegra estaba escéptica ante las palabras del Hueco, ya que, según lo que había aprendido, las presiones espirituales oscuras son ficticias, sólo se pueden medir por su grado de intensidad en débiles y fuertes. Aunque, como bien se le enseñó en la Academia, hay cosas que los Huecos pueden percibir y los segadores no.

― ¿Y a qué o quién pertenece la presión espiritual oscura? ―preguntó Rukia, siguiéndole la corriente al ser.

El Hueco soltó un gran suspiro: ― Ellos son los seres más malvados que pueda haber. Viven en las sombras y esclavizan a otras criaturas ―soltó una risa triste―, hasta ahora nadie les ha podido hacer frente.

― ¿De quién rayos hablas? ―interrogó la chica, un poco desesperada por tanta palabra del Hueco

― Me estoy refiriendo a…―comenzó el monstruo, pero una presencia lo interrumpió.

― ¡Rukia! ―el inconfundible grito de Renji acaparó su atención.

Y de forma inmediata, una de las secciones de Zabimaru apareció por la espalda de la chica y fue a dar contra la cara del Hueco. Al recibir el impacto, el ser se tambaleó y cayó de espaldas, para luego comenzar a desintegrarse.

Rukia se dio la media vuelta. Ahí estaba el pelirrojo, retrayendo su zanpakuto y sellándola, acompañado de Uryu Ishida, con rasgos más maduros al igual que Ichigo y Renji, vestido con el traje usado la vez que incursionó en la Sociedad de Almas y empuñando su arco de presión espiritual.

Renji se acercó a la pelinegra corriendo, seguido de Uryu: ― ¿También tú? ―preguntó, una vez que estuvo enfrente de ella.

La chica enarcó una ceja: ― ¿También qué? ―contestó con otro cuestionamiento.

Uryu se acomodó un poco los lentes: ― Que si tú también has encontrado Huecos que intentan esconderse de algo ―aclaró.

― Pues es el único que he encontrado ―dijo Rukia―, pero lo más extraño es que tenía miedo y me pedía que lo matara.

El pelirrojo se rascó su sien derecha: ― Pues yo me encontré con varias docenas y también rogaban que les cortara la cara ―comentó, después miró a Uryu―. ¿Acaso tú y tus cosas quincy tienen algo que ver? ―preguntó, recordando la vez que Ichigo le contó cuando Uryu esparció un cebo para Huecos por una absurda competencia.

El joven de pelo azul frunció el ceño: ― Por supuesto que no ―respondió, sin alterarse―, pero Kuchiki tiene razón. Es extraño que los Huecos muestren miedo, pero estos dos días se están portando muy raro ―agregó, cruzándose de brazos.

Rukia sintió varias presiones espirituales que los rodeaban y miró al cielo: ― ¿También eso es anormal? ―preguntó Rukia, apuntando hacia arriba.

Ambos jóvenes voltearon hacia la parte superior de las paredes del callejón y unieron sus espaldas, preparando sus armas. Ahí, decenas de Huecos, de distintos tamaños y superándolos en cuarenta a uno, los observaban. Pero no con una mirada de hambre o ataque, sus ojos reflejaban algo positivo y que era impropio de esos seres, ya que proyectaban felicidad de haber encontrado a los tres muchachos.

― ¡Al fin podemos morir! ―exclamó uno de ellos, y saltó hacia los segadores y el quincy.

El pelirrojo le rebanó la cara. Viendo que su compañero murió sin complicaciones, el resto de los Huecos saltó hacia los jóvenes, dispuestos a que Renji, Rukia y Uryu les dieran la muerte que tanto anhelaban en esos momentos.


La noche caía en un sinuoso arroyo en las afueras de la ciudad de Iwaki. La pequeña corriente de agua, la cual tenía un lecho rocoso y cuarenta centímetros de profundidad, corría a través de un bosque mixto de bambú y coníferas con un líquido un poco turbio debido a los escasos sedimentos y hojas muertas. Este panorama, junto con el claro de luna y el sonido del agua corriendo suavemente, lo hacían perfecto para que algunos anfibios se animaran a salir de sus guaridas y entonaran sus curiosos cantos.

Sin embargo, esta estival escena se vio interrumpida por el sonido de fuertes pisadas que rompían ramas o aplastaban plantas. Las ranas y los sapos se ocultaron, saltando al agua o enterrándose. Al desaparecer los anfibios, tres figuras salieron de la vegetación del bosque, con dirección al arroyo. Cuando la luz de la luna hizo contacto con ellas, se pudo notar que eran las tres misteriosas mujeres, una cargando un enorme saco de piel, otra con un gran y pesado libro y la restante con una botella de agua en la mano derecha.

La de aspecto vaquero estaba bastante concentrada en el libro Enciclopedia de las criaturas espirituales y míticas, parte 4: Asia: ― …Los shinigamis se dividen en dos tipos: Los normales y los segadores ―leyó en voz alta, con su acento norteño mexicano―. Los normales son seres de aspecto grotesco y se alimentan de almas, para más detalles siga en la misma página. Los segadores son psicopompos(5), organizados en una estructura militarizada y protegen las almas de los humanos, para más detalles pase a la página 13 402 ―cerró el libró y buscó la página donde mostraba a los segadores.

La del kimono se acercó a la de pelo rosa, dándole un vistazo al libro: ― Así que eso es un segador ―comentó, con voz porteña argentina, al observar la imagen de un hombre y una mujer ataviados con kimonos negros y empuñando katanas― Pero che, tengo el presentimiento que ya los conocemos.

― Probablemente, illa ―dijo la del vestido victoriano, con acento andaluz, cargando el saco―, recordad que hemos acabao con muchísimos espíritus ―dejó el saco en el suelo―. Este parece un buen lugar ―miró a un recodo del arroyo y se encamino hacia la corriente.

La de pelo rosa cerró el libro y siguió a la de la cimitarra: ― ¿Y cómo piensas atraerlos, huerca? ―preguntó, llevándose la mano izquierda a su sombrero.

La pelinegra se metió en el agua: ― Así ―respondió, y comenzó a patear y golpear el agua.

Casi de forma inmediata, tres piedras comenzaron a moverse hacia a la que estaba perturbando el agua. La de la cimitarra se dio cuenta y, con pasos lentos, salió del arroyo. Pero un tirón en su vestido se lo impidió.

― ¿A caso te parece divertido venir a molestarnos? ―preguntó una vocecilla gangosa y un poco infantil, pero con un deje de enojo.

Las otras dos mujeres se acercaron para ver quien tiraba de la ropa de la pelinegra. Ésta se dio la media vuelta y miró hacia abajo, sonriendo. Una criatura anfibia estaba sujetando su vestido. Tenía el tamaño de un niño de dos años, y poseía el cuerpo de una tortuga, pero sus brazos y manos eran largos y delgados, terminados en manos y pies palmípedos. Su cabeza también parecía la de una tortuga, excepto que tenía un hueco en la coronilla, lleno de agua, unos gruesos mechones en sus sienes y su pico, que en esos momentos formaba una sonrisa, estaba provisto de unos cuantos dientes cónicos y afilados.

― Por supuesto que no, kappa(6) ―respondió la mujer del vestido victoriano, sin dejar de sonreír―. A nadie le gusta que lo molesten en su casa, tío ―pateó al ser, apartándolo de su vestido―, aunque te quiero preguntar algo.

El segundo kappa se acercó: ― Primero tienes que disculparte ―replicó―, y después te haremos ese favor.

La fémina de pelo lila se acercó con el saco: ― Pero claro que nos disculparemos ―dijo, intentando parecer indignada. Metió su mano al saco y extrajo un pepino― ¿Vos querés esto? ―preguntó, señalando al vegetal.

Los tres kappas asintieron con la cabeza.

La de pelo rosa tomó el pepino y lo volvió a meter al saco: ― Ni madres(7). Eso era para que se lo metan por el fundillo(8) ―dijo burlona. Los seres fruncieron el ceño, bastante enojados y ofendidos―. Nosotras les daremos un regalo de verdad ―y sacó de la bolsa algo de mayor tamaño.

A los kappas se les fue de golpe el enojo y su cara se iluminó. Lo que sostenía la mujer de aspecto vaquero era el cuerpo de un niño de tres años, delgado y aun vestido con su pijama azul de bordes amarillos.

― ¿Queréis el pepino o al niño? ―preguntó la del vestido victoriano.

― ¡Al niño, al niño! ―gritaron los kappas emocionados.

La de los revólvers les entregó el cuerpo, colocándolo en la rocosa orilla. Los kappas se acercaron corriendo y haciendo ruidos vocales, reclamando un pedazo. Sus gritos hicieron que más de esas pequeñas criaturas comenzaran a hacer su aparición, provenientes de todos los lados del arroyo para adueñarse de una parte del niño.

Antes de que los kappas destrozaran al infante, las tres mujeres se interpusieron entre ellos y el cadáver.

― Disculparos la intervención en su carnicería ―se excusó la de la cimitarra, con la mano derecha en el pecho―, pero todavía falta que me hagáis el favor.

― Pues adelante ―soltó un kappa con impaciencia, ya que a su especie pocas veces se le presentaba la oportunidad de probar la carne infantil.

― Sólo es una pregunta, che ―dijo la de pelo lila haciendo movimientos con las manos, indicándole a la criatura que debía tener paciencia―. El pibe no se va a mover de aquí.

La de pelo rosa se cruzó de brazos: ― ¿Cuánto nos falta para llegar a Karakura? ―cuestionó al kappa que estaba más cerca.

― Ah, sólo es eso ―suspiró la criatura―. Pues todavía les falta un día a pie, en dirección al oeste ―respondió, rascándose su mandíbula con la mano derecha.

Otro kappa se acercó: ― Pero les recomendamos que se den prisa en llegar a esa ciudad ―agregó.

― ¿Por qué, illo? ―interrogó la pelinegra, con una ceja enarcada.

La criatura miró a todos sus compañeros, los cuales sólo afirmaron con la cabeza: ― Porque ellos ya están en Japón ―contestó susurrando.

La de aspecto vaquero, de orbes café oscuro, y la del kimono, de mirada naranja brillante, se observaron entre sí, para luego darle un vistazo a la del vestido victoriano, quien tenía sus ojos azul eléctrico un poco abiertos, clavados en el kappa que habló en último lugar.

― ¿Estáis seguro? ―preguntó, con un tono bastante serio.

La criatura retrocedió dos pasos hacia el agua: ― Sí, completamente ―respondió, elevando un poco la voz―. Hace unos días dos de ellos pasaron por aquí y capturaron a más de cien de los nuestros ―carraspeó―. Fue terrible, muchos intentaron oponer resistencia, pero fueron eliminados. Por eso deben apurarse.

― ¿Y cuál es el camino más rápido, morro(9)? ―cuestionó la de pelo rosa.

El kappa señaló a su izquierda: ― Sigan el arroyo a contracorriente por unos, ¿más o menos cuánto, amigos? ―preguntó, dirigiéndose a sus semejantes.

― Quinientos metros ―respondió el más próximo.

― Sí, quinientos metros ―continuó el kappa―. Ahí encontraran un puente, sobre el cual está una carretera. En ese lugar esperan un autobús que diga Tokio, ¿saben leer kanjis(10)? ―preguntó, entrecerrando los ojos.

― Claro che ―contestó de manera afirmativa la de la katana.

La criatura chasqueó la lengua: ― Bien. En dado caso que no alcancen a leer los letreros del autobús, fíjense en sus colores. Es un vehículo blanco, con franjas verdes y azules ―carraspeó―. Cuando estén seguras que es el autobús correcto, le saltan y en menos de seis horas, a lo mucho cinco, estarán en Tokio. Karakura queda a menos de una hora de la capital, sólo sigan los letreros que las lleven a la Ciudad Espíritu ―finalizó, rascándose el flanco derecho de su caparazón.

― Illo, gracias por indicaros el camino ―dijo la pelinegra, inclinándose levemente, con la mano derecha en su pecho―. Intentaremos llegar a Karakura antes que ellos.

― Pero antes ―intervino la de los revólvers―, quisiera pedirles otro favor ―comentó, mirando el cuerpo del niño.

― ¿Qué cosa? ―preguntó secamente un kappa cercano al cadáver, mirando receloso a la fémina.

La de pelo rosa cerró los ojos y respiró profundamente: ― ¿Serían tan amables de darme un ojo, por favor? ―preguntó, con un esfuerzo enorme por palabra debido a que intentaba ser educada.

― No ―respondió la criatura, bastante cortante.

La reacción de la de aspecto vaquero ante la negativa respuesta fue, en un movimiento rapidísimo e imperceptible, desenfundar su revólver derecho y apuntar firmemente al kappa que estaba cerca del niño. La criatura miró desafiante a la mujer, sonriéndole de forma burlona, mientras que ella parecía estar dispuesta a volarle la cabeza.

La fémina del kimono se interpuso entre ellos y miró a la de pelo rosa: ― Mantené la calma, che ―aconsejó, la aludida guardó su arma―, no querés matar a ninguna de estas cosas ―dirigió su vista al kappa―. Además, ella te iba a dar algo por el ojo.

― ¿Qué cosa? ―interrogó la criatura, un poco interesada.

La mujer del vestido victoriano caminó hasta llegar al saco y metió su mano: ― Esto ―respondió, sacando algo que hizo saltar de felicidad a los kappas.

La pelinegra sostenía a una niña, de aproximadamente cinco años, delgada y, a semejanza del niño, vestía una pijama blanca con nubes azul claro.

Un kappa, de manera apresurada, se dirigió al cadáver del niño y, con su mano derecha y una burda técnica, le extrajo el ojo izquierdo. Ya fuera del cuerpo, lavó el globo ocular un poco y se lo arrojó a la fémina de aspecto vaquero.

― Gracias, morro ―dijo, metiéndose el ojo completo a la boca.

― No hay de que ―contestó la criatura― Ahora, danos la niña.

La de la cimitarra dejó el cadáver cerca del niño: ― Aquí está, illo. Muchas gracias por la información, nos pasamos a retirar ―avisó, con su mano derecha en el pecho y haciendo una leve reverencia.

El kappa se inclinó un poco: ― Que tengan buen viaje ―les deseó. Después se dirigió al cadáver del niño y comenzó a rasgar el pijama y la suave piel del abdomen y cuello.

Las tres mujeres tomaron el saco vacío, el pesado libro y empezaron a caminar arroyo arriba, en completo silencio y en fila, una detrás de otra, abandonando a los kappas, quienes comenzaron una pelea por la lengua, el estómago y el hígado del niño.


El titilante foco incandescente le daba una mala iluminación al lugar. En ese pequeño cuarto de cinco por tres metros, paredes ocres, sin ventanas y con un ambiente bastante denso con olor a cigarrillo y licor, quince hombres, de diferente estatura y complexión, estaban reunidos en una mesa rectangular. Catorce estaban rapados, y en los costados de sus cuellos se asomaba la cresta de algún tatuaje. Uno de ellos, a diferencia de los otros trece, que portaban playeras tipo polo y jeans, vestía de manera formal, con un traje blanco marfil y camisa roja, además de sostener unos lentes oscuros en su mano derecha. Los catorce tenían fija la mirada en el hombre restante, el cual vestía un elegante smoking y tenía ambas manos apoyadas en la mesa.

― Entonces, ¿aceptan unirse a nosotros? ―preguntó con voz suave el capitán al hombre del traje blanco.

El interrogado resopló: ― Acepto ―respondió, dejando sus lentes en la mesa―, y espero que cumplas con tu parte ― agregó, apuntándolo con su dedo índice derecho.

El capitán soltó una risa: ― No te preocupes ―dijo, sonriendo de manera un poco siniestra―, yo tengo palabra y va contra mis principios traicionarla.

El hombre más próximo al de smoking, quien aparentaba veinticinco años, sacó un cigarrillo. El pelinegro le dirigió una seria mirada: ― Te agradecería que no fumaras por favor ―comentó, en un tono un poco amenazante―, me molesta mucho el humo de esa mierda.

Sin embargo, el hombre hizo caso omiso a las palabras del de smoking. Encendió tranquilamente el cigarrillo, le dio una fumada y exhaló el humo directamente en la cara del capitán. Una acción bastante estúpida.

En menos de un segundo, el de smoking se levantó abruptamente de su silla, tomó por el cuello al hombre con la mano derecha y con la izquierda le quitó el cigarrillo de la boca, para después apagarlo en el cuello del joven.

Como respuesta a los gritos ahogados de dolor de su compañero, los otros trece desenfundaron rápidamente sus pistolas semiautomáticas. Con los estridentes sonidos característicos, treinta disparos impactaron en el pecho y rostro del hombre de smoking, el cual cayó de rodillas y se desplomó debajo de la mesa.

El hombre de traje blanco, que había observado la escena con una cara tranquila, sonrió un poco: ― Bueno muchachos, parece que una vez más demostramos la superioridad de Oriente ―soltó, causando la risa de su grupo.

En medio de la alegría espontánea, uno de los hombres echó un vistazo para ver cómo había quedado el tipo del smoking. Sin embargo, no encontró su cuerpo debajo de la mesa.

― Jefe ―llamó al hombre del traje blanco―, aquí pasa algo muy raro.

― ¿Qué cosa? ―preguntó el líder.

El hombre comenzó a temblar: ― El que matamos en este instante… ―apuntó debajo de la mesa.

― ¿Qué, todavía sigue vivo? ―cuestionó el jefe un poco impaciente, enarcando la ceja izquierda.

El yakuza comenzó a jugar con sus dedos, sin dejar de temblar: ― No, no es eso. Es que…

Fue interrumpido de forma espectacular, ya que fue jalado de manera repentina con dirección a la parte inferior de la mesa, sin que pudiera emitir algún grito de auxilio. Pero no fue el único, ya que los otros hombres también fueron conducidos rápidamente hacia el espacio inferior de la mesa, sin ninguna oportunidad de reaccionar o huir.

El jefe estaba paralizado. Su grupo, el más temido de Tokio y objetivo número uno de las autoridades japonesas, había desparecido en menos de un parpadeo. Se asomó por debajo de la mesa, pero lo único que vio era la sombra del mueble y una que otra maraña de pelusa, ya que no estaban sus subordinados ni el hombre del smoking. Alzó la vista y le dio una ojeada a las paredes de forma un poco desesperada.

Repentinamente, varios objetos comenzaron a salir debajo de la mesa, disparados hacia las paredes, captando la atención del hombre de traje blanco. Al chocar contra los muros, dejaban una mancha de color rojo oscuro, la inconfundible marca de la sangre.

El jefe se levantó de su asiento, asustado, y se dirigió a uno de los objetos. Al estar a un paso de la cosa, dio tres hacia atrás y tropezó, ya que lo que salió por debajo de la mesa eran las cabezas de sus subordinados. Con la respiración agitada, se incorporó e intentó dirigirse a la salida.

― ¿Acaso no va a ofrecerme una disculpa por el mal comportamiento de su gente? ―preguntó una voz suave a sus espaldas.

El hombre de traje blanco se dio la media vuelta y el miedo lo paralizó. Ahí, de pie, estaba el capitán, con su impecable smoking agujerado, las alas pardas desplegadas y sosteniendo su kilij manchada de sangre.

El capitán comenzó a dar pasos largos y lentos hacia el hombre: ― Sabe, este era mi mejor smoking ―dijo, un poco enfadado―, va a tardar unos días con el sastre.

El jefe miraba con asombro y terror al capitán: ― T-T-T-tú no e-e-eres hum-m-mano ―comentó, señalando con su mano derecha temblorosa a sus alas.

El de smoking soltó una fría carcajada, que le erizó los vellos de la nuca al hombre: ― Por supuesto que no ―afirmó, sacudiendo su kilij para quitarle la sangre―, no es propio de mi gente echarle el humo de un cigarrillo a la cara de alguien ―sacó de su smoking un pañuelo de fieltro rojo carmesí―. Y bien, ¿vas a unirte a nosotros? ―preguntó, pasando el pañuelo por la hoja de la espada.

― S-s-sí ―respondió el hombre trémulamente.

El capitán sonrió: ― Muy bien, verás que obtendrás grandes cosas al ser parte de nosotros ―dijo, guardándose el pañuelo y sacando de su smoking una diminuta botella de vidrio, de no más de cien mililitros, la cual contenía un líquido de color amarillo―, pero antes tendrás que pasar por un minúsculo momento de insignificante dolor.

Sin darle tiempo de reaccionar, el de smoking se abalanzó sobre el hombre, tirándolo en el piso y presionando su pecho con el ala izquierda. A continuación, con su mano izquierda destapó la botella y con la derecha forzó sus labios hasta una pequeña abertura.

El capitán acercó su rostro, al mismo tiempo que inclinaba la botella muy cerca de la boca del hombre: ― Sólo sentirás un pequeño escozor en tu garganta y después algo de dolor ―y vació una gota del líquido en la cavidad.

El de smoking se apartó inmediatamente del hombre, quien se llevó sus dos manos a su cuello. Esa diminuta gota provocaba un ardor tremendo, como si a su paso le rebanara la garganta. Sentía que le faltaba el aire con el avance de esa pequeña cantidad de líquido. Después, fuertes temblores en su cabeza, brazos y piernas se hicieron presentes, provocando que el hombre rodara por el piso de manera errática, emitiendo gemidos de dolor.

El capitán observaba la tortura del hombre con mirada serena, casi como si los gritos y gemidos del hombre fueran una tranquila música de la era Barroca, como si cada alarido tuviera un perfecto contrapunto y armonía con los violentos temblores del hombre. Y, como el final de una pieza musical de dicho periodo artístico, los quejidos y las convulsiones del hombre fueron disminuyendo gradualmente hasta que el individuo quedo tendido bocabajo, respirando muy lenta y pausadamente.

― ¿Terminaste con tu número? ―preguntó el de smoking, sacando de sus ropas un reloj de bronce redondo.

― Si ―murmuró el de traje blanco, incorporándose despacio.

El capitán cerró el reloj y formó una bola de energía de color oscuro: ― Tú eras la última célula yakuza en todo Tokio y Japón ¿verdad? ―cuestionó, sin despegar la vista de la bola.

― ¿Cómo lo sabes? ― contestó con otra pregunta y enarcando la ceja izquierda.

El de smoking deshizo la bola: ― Me acaban de informar que en todo Japón nada más quedaba la célula de Kojiro Ono ―aclaró y sonrió levemente―, quien eres tú ¿no es así?

Kojiro puso una cara de desconcierto: ― Pero los yakuza somos más de cien mil miembros ―dijo, haciendo movimientos con las manos―, ¿cómo es posible que lograran dar con todos? ―preguntó, un poco confundido.

El capitán soltó una risa leve: ― Tenemos nuestros métodos de cómo cazar humanos ―respondió, y colocó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Kojiro―. Cambiando de tema, como ya eres uno de los nuestros, te enseñaré algunos movimientos básicos, tales como el manejo de la kilij ―señaló su espada― o, cuando te crezcan las alas, a volar ―agitó un poco sus alas, para luego plegarlas―. Pero antes, quiero que me digas una cosa.

― ¿Cuál? ―cuestionó, mirando los amarillos ojos de su interrogador.

El capitán deshizo el agarre del hombro de Kojiro: ― Verás, necesito capturar algunas criaturas japonesas ―comenzó, dirigiéndose a la salida y abriendo la puerta― y mí guía, Kyuke, está en estos momentos en Sapporo. Por lo tanto ―le hizo una señal al de traje blanco para que se encaminara fuera del cuarto, éste avanzó a la salida―, muéstrame el camino ―los dos dejaron la habitación y el capitán apagó la luz, dejando que las opacas ventanas del pasillo alumbraran un poco el lugar― a la ciudad de Karakura.

Kojiro asintió: ― Claro, no va a ser difícil ―dijo, mirando tímidamente al capitán.

El de smoking sonrió levemente, al mismo tiempo que cerraba la puerta del cuarto con un suave chasquido.


Notas del autor

*El despertador para un universitario es indispensable, más en una carrera como medicina.

*Como le explicó Ichigo al paciente, para todo médico, ya sea de humanos o veterinario, es indispensable un título.

*En la serie los Huecos no se muestran cobardes, pero en este fic hay algo que los hace temblar.

*Para apaciguar a los kappas, los humanos les regalan pepinos. Pero, si tienen la oportunidad, su alimento favorito es la carne de niño.

*La rápida caída de los yakuza en este fic se debe a que la gente del capitán usa a los miembros convertidos para localizarlos.

Glosario

(1) Campana del estetoscopio: El estetoscopio es un instrumento médico usado para la auscultación del cuerpo de un organismo. La parte que se coloca en el cuerpo del paciente es la campana.

(2) Olivas: Es la parte del estetoscopio que el médico coloca en sus oídos.

(3) Laxo: Sin fuerza, sin consistencia o cuerpo.

(4) Abate lenguas: Es el palillo que usan los médicos para revisar la garganta.

(5) Psicopompo: De psicos=alma y pompo=guía. Guía espiritual encargado de llevar las almas de los muertos al lugar de eterno descanso.

(6) Kappa: Monstruo del folklor japonés que habita los cuerpos de agua dulce.

(7) Ni madres: Frase vulgar que significa "Por supuesto que no"

(8) Fundillo: Palabra despectiva usada para "ano"

(9) Morro: En algunas partes de México, así se les dice a los niños y jóvenes. A veces se usa para calificar a alguien que tiene un aspecto muy infantil o juvenil.

(10) Kanjis: Son ideogramas, muy usados en la escritura japonesa.

Gracias por leer.