Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios.
4. Le tambour qui rompt le calme
(El tambor que rompe la calma)
"¿Sientes ese hormigueo incómodo en tu estómago? Eso significa dos cosas: que va a ocurrir algo muy malo y cabrón, o que pronto tendrás diarrea"
Gerlstina Mikoba
Eran cerca de las seis de la mañana y la oscuridad todavía se cernía sobre la Sociedad de Almas. Las calles, tanto del Seireitei como del Rukongai, estaban vacías, salvo por uno que otro perro o alguna persona. Sin embargo, al interior de los Escuadrones los segadores comenzaban a levantarse de sus camas, desperezándose para comenzar la rutina, aunque había ya algunos totalmente despiertos y estaban rondando en los pasillos de sus respectivas instalaciones. Entre este último grupo se encontraban Mayuri Kurotsuchi y todos los miembros de su escuadrón.
El extravagante capitán e investigador, quien lucía la antigua imagen que usó al ir a Hueco Mundo, se dirigía a la sala de monitoreo a buen paso, ya que la noche anterior dejó a un novato al cargo de dicho recinto. Con una humeante taza de té negro en la mano izquierda, varias carpetas gruesas bajo su axila derecha y murmurando varias groserías, abrió la puerta de la sala y entró.
El recinto era enorme, de aproximadamente diez por quince metros de lado y cinco de alto, tapizado en su totalidad con monitores de distintos tamaños y formas que tenían en pantalla diferentes áreas de Japón y de otros países de Asia del Este, que a su vez mostraban la actividad de los Huecos y otros espíritus perjudiciales para las almas humanas y para lo vivos. En medio de todas las pantallas se encontraba un pequeño escritorio de dos metros por un metro, en el cual había una computadora, una impresora y, en una silla, un joven segador de pelo rubio oscuro que cabeceaba en su vano intento por ganarle al sueño.
Mayuri sonrió de forma malévola y avanzó rápidamente hacia el joven. Dejó las carpetas en el escritorio y, con sigilo, se colocó en el lado izquierdo del segador para derramarle el té en la cabeza, pensando que le enseñaría al novato a no dormitar mientras fuera su turno. Ya tenía la taza encima de la cabeza, pero algo le impidió vaciar el líquido sobre el chico.
El capitán miró hacia todos los lados. Normalmente, en la sala de monitoreo se escuchaban los incesantes pitidos de los monitores, indicando la presencia de los Huecos. Pero en esos momentos el cuarto se hallaba en total silencio, si acaso el suave rugido de los motores de las máquinas, pero ningún sonido más. Mayuri entrecerró los ojos, pensando que debía haber alguna falla y agachó su rostro a la computadora que el somnoliento segador debía estar observando.
El joven, al sentir la presencia de alguien más, se sobresaltó, golpeó la mano del capitán e hizo que soltara la taza de té, logrando vaciar su contenido caliente en su propia cabeza.
― ¡Ah, quema, quema! ―gritó, abanicándose con las manos su cabeza. Giró su vista y se encontró con Mayuri observando atentamente el monitor de la computadora― ¡Ay, capitán! Yo no estaba dormido, sólo descansaba los ojos, pero… ―se excusó, pero la mano izquierda del científico le indicó que se callara.
Mayuri dejó de observar el monitor: ― ¿Desde hace cuanto que no hay Huecos? ―preguntó, mirando seriamente al novato.
El segador dirigió su vista a la pantalla de la computadora y después a los monitores de las paredes: ― Desde hace diez minutos, señor ―respondió.
El capitán le dio la espalda: ― Muéstrame las imágenes de hace diez minutos ―ordenó el científico.
El segador rubio presionó un botón del teclado de la computadora y de inmediato las imágenes de los monitores que tenían a Japón cambió. Mayuri se paseó por todas las pantallas, y lo que mostraban le llamó la atención un poco. En todo el territorio de Japón había una ausencia de Huecos, pero la ciudad de Karakura tenía un constante flujo de esos seres y la concentración era bastante grande.
― Muéstrame las imágenes de hace cinco minutos ―ordenó Mayuri, sin apartar la vista del monitor.
El joven apretó el mismo botón y las imágenes volvieron a cambiar. Esta vez, Karakura mostraba una altísima concentración de Huecos, además de miles que iban arribando a la ciudad.
― Muéstrame las imágenes de hace dos minutos ―volvió a ordenar el capitán, con la mirada fija en el monitor.
El segador volvió a presionar el botón y esta vez la imagen de Karakura cambió. La concentración de Huecos era tan baja, que sólo mostraba a tres de ellos saliendo de la ciudad.
Mayuri se llevó la mano izquierda a la barbilla y comenzó a analizar la imagen. Nunca, en sus casi ciento veinte años que llevaba al frente del Doceavo Escuadrón, había presenciado un evento de esa categoría. Aunque no fuera una sorpresa que pasara en Karakura, si era un poco inquietante la ausencia de Huecos por todo Japón. Tal vez en el Mundo de los Vivos una criatura o acontecimiento se presentó y provocara que los Huecos huyeran como cucarachas al encender la luz de una habitación, y eso merecía ser investigado.
El capitán tomó las carpetas y se dirigió a la salida: ― Novato, vienes conmigo a Karakura ―señaló, sin voltear a ver al joven.
El segador asintió levemente: ― Pero señor, ¿no necesita permiso para ir al Mundo de los Vivos? ―cuestionó.
Mayuri se dio la vuelta, sonriendo de forma exagerada: ― La ciencia nunca necesita permiso de la autoridad para hacer investigaciones ―contestó, acercándose al joven sin borrar su sonrisa. Éste sólo se echó hacia atrás en su silla―. Además, ese grupo de ignorantes nunca escuchan mis advertencias y yo no tengo que tomar sus consejos. Aunque ―pegó más su rostro al segador y pronunció más su sonrisa―, creo que esto si les va a interesar un poco.
Al igual que en la Sociedad de Almas, la penumbra estaba vigente en la ciudad de Karakura. Desde una colina cubierta de coníferas en el norte de la ciudad, aún se podían ver las trémulas luces de los edificios, casi listas para ser apagadas y dejar la función de alumbrar a la luz del día. Un par de cuervos observaba la ciudad desde las ramas intermedias de un pino, aunque después echaron a volar graznando asustados, ya que varias figuras aladas, aproximadamente docena y media de diferentes tamaños, aparecieron en el oscuro cielo.
Las figuras, quienes eran el extraño capitán y su grupo, aterrizaron suavemente en la base del pino, haciendo ruidos sordos al pisar la hojarasca. Mientras que el resto del grupo platicaba y estiraba sus brazos piernas y alas, el hombre de smoking se separó un poco de los demás y le echó un vistazo a la ciudad a través de los troncos de los árboles, analizándola un poco con la mano izquierda en su barbilla.
El capitán relajó su mano: ― Así que esta es la dichosa Karakura, ¿eh? ―rompió el silencio e inhaló sonoramente algo de aire―. Vaya, aquí apesta a distintas criaturas ―volvió a olfatear el ambiente―, aunque el olor a espíritu es muy fuerte. Kojiro ―llamó, sin dejar de darle la espalda al grupo.
El aludido se acercó al lado del de smoking: ― Mande capitán ―respondió.
El hombre de ojos amarillos volteó a verlos: ― Tú vas a ser el guía en esta búsqueda ―dijo en voz baja, y comenzó a caminar hacia el resto del grupo―. Escuchen todos ―alzó la voz para captar la atención de los otros―. Como Kojiro conocen a la perfección Karakura gracias al tráfico de drogas ―señaló con su palma derecha a Kojiro―, él será el que marque el camino en la captura de criaturas para la Demente. Quiero que le presten toda la atención posible y hagan caso de todas sus indicaciones, ¿dudas?
El robusto Vasile levantó su mano.
― ¿Si Vasile? ―le dio la palabra el capitán.
El corpulento pelirrojo respiró un poco: ― Pero si este ―apuntó con su dedo índice derecho a Kojiro― aun no tiene alas ni sabe volar, ¿nos guiará a pie? ―preguntó, un poco incrédulo―. Eso sería una pérdida de tiempo, capitán.
El de smoking sonrió levemente y miró al enorme hombre: ― Por eso lo llevarás en tu espalda, Vasile, y con eso se arregla ese pequeño problema ―respondió con un tono suave, frío y cargado de severidad.
Vasile asintió, un poco intimidado: ― De acuerdo capitán ―murmuró, cruzando los dedos de sus manos.
― Alguna otra duda o comentario ―dijo el capitán, dirigiéndose al grupo
Doru levantó su mano.
― ¿Si Doru? ―le cedió el turno de hablar.
El joven tosió levemente: ― ¿Podemos desayunar algo antes de comenzar la búsqueda? ―preguntó tímidamente. Hubo varios murmullos de apoyo hacia el joven.
El capitán sacó su reloj, miró la hora y se encogió de hombros: ― No veo porque no ―contestó. Después miró a Kojiro― ¿Conoces un lugar donde puedan desayunar dieciocho de nosotros? ―preguntó, guardándose el reloj.
― Sí, capitán ―respondió Kojiro―. En la base de la colina ―señaló cuesta abajo― hay una pista donde los humanos corren desde horas tempranas, a veces acompañados de sus mascotas.
― Muy bien ―dijo el de smoking y comenzó a caminar, volviéndole a dar la espalda al grupo. Sin embargo, los otros no lo siguieron y se dio la media vuelta, mirándolos― ¡Qué esperan! ―exclamó, el resto reaccionó sobresaltándose un poco―. Un desayuno saludable es la manera ideal de comenzar el día.
En la carretera norte de Karakura, la cual comunica a la pequeña urbe con la magnánima Tokio, se encontraba circulando el primer autobús del día, el cual salió de la capital y llegaría a la ciudad muy pronto. Era de color blanco, con dos franjas de color azul y verde. La mayoría de sus pasajeros iban dormitando, otros observando el oscuro panorama. Todos iban muy cómodos en sus acolchados asientos, todos excepto tres.
Sentadas en el techo del autobús y soportando el fresco y vertiginoso aire matutino, las tres misteriosas mujeres se dirigían a Karakura. Dos de ellas, la del vestido victoriano y la del kimono, observaban el paisaje con los ojos un poco entrecerrados debido a la velocidad del viento y la de aspecto vaquero sujetando su sombrero y cargando el grueso libro.
― Y esos cabrones querían que viniéramos a pie hasta acá ¿ustedes creen? ―gritó la de pelo rosa. Las otras dos asintieron― ¿A qué pinche hora llegamos? ―preguntó en voz alta.
― Ya falta poco ―le respondió la de la katana y señaló adelante del autobús―. Mirá.
La fémina de los revólvers dirigió su vista hacia donde apuntó la otra. A unos cientos de metros, la ciudad de Karakura aparecía frente a sus ojos, con sus edificios y casas alumbrados con titilantes luces.
― Así que esa es Karakura ―exclamó la de pelo rosa
― Según lo que nos han dicho, si illa ―afirmó la pelinegra casi gritando.
El autobús, a los pocos minutos, entró en Karakura para dirigirse a la terminal, pero tuvo que hacer una escala en una parada ubicada en una esquina, mucho antes de llegar a su destino final. Ahí, las mujeres bajaron del techo de un salto, se sacudieron la ropa, acomodaron un poco sus armas y observaron al vehículo alejarse.
― ¿Y ahora? ―preguntó la de aspecto vaquero, rompiendo el silencio
La mujer de vestido victoriano sacó una hoja de papel de entre sus hojas y la desdobló: ― Pues hay que dar con esta dirección illa ―respondió, pasándole el papel a la de los revólvers―. Recordad que el jikininki os contó que encontrarlo no sería difícil.
La fémina de pelo lila leyó el papel, que aun estaba en manos de la de pelo rosa, y se acercó a un mapa de la ciudad que se encontraba empotrado en una de las paredes de la parada, mirándolo atentamente.
— ¿Encontraste algo huerca? ―preguntó la de aspecto vaquero.
La de la katana no respondió. Siguió observando el mapa y después miró los nombres de las calles, ubicados en el indicador situado en el extremo de la esquina: ― La dirección está por allá ―señaló hacia el sur con su mano izquierda― como a quinientos metros de este punto.
― Muy bien ―dijo la pelinegra, dando unos pasos hacia donde apuntó la del kimono―. Avanzad illas, que quiero llegar temprano sin que ellos nos encuentren ―apuró a las otras dos y sonrió un poco―. Si resolvéis esto rápido, tal vez podamos divertiros un rato.
La de pelo rosa y la de pelo lila se miraron y sonrieron de manera maliciosa. La mujer de vestido victoriano comenzó a caminar a buen paso, mientras que las otras dos intentaban seguirle el ritmo de caminata.
Rukia estaba acostada boca arriba en el armario de Ichigo, apoyando su cabeza en sus manos. El día anterior había sido bastante agotador, con cientos de Huecos eliminados, aun con la ayuda del chico de cabello naranja. Los seres jamás los atacaron, simplemente se dejaron cortar, pero de todos modos acabaron cerca de la media noche por la incesante aparición de los Huecos.
Ichigo dormía como tabla en su cama, mientras que ella no pudo conciliar el sueño. Con la vista dirigida al oscuro techo, sólo podía pensar en lo que pasó ayer.
― No quiero que ellos me encuentren…
― Ellos nos tratan como esclavos…
― Mátanos antes de que ellos nos controlen…
― Ellos son perversos…
― Ellos…
― Ellos ―murmuró la chica. En sus años como segadora, jamás había visto algo semejante en los Huecos. Siempre los había visualizado como feroces monstruos devoradores de almas, dispuestos a saciar su atroz apetito sin importar los obstáculos. Pero ahora, se mostraban bastante cobardes, como ratones huyendo de serpientes. Además los Huecos nunca dejaban de mencionar a ellos, ¿quiénes eran ellos? ¿Por qué los Huecos les tenían tanto miedo, a un grado de buscar la muerte?
Rukia se movió un poco, quedando de costado y con su vista hacia la pared del armario. Ahora, tendría que averiguar quien estaba causando el terror entre los Huecos. Con Aizen encerrado, los Fullbringers ocultos y el Vandendreich derrotado, las opciones se reducían a un nuevo enemigo. Una nueva amenaza que rompía la paz y tranquilidad tan difícilmente alcanzadas hace más de seis años.
La pelinegra dio media vuelta, ahora mirando la puerta del armario. Bostezó y se acomodó mejor en la almohada, dispuesta a dejar descansar las pocas horas restantes a su cuerpo de la agotadora jornada, y a su mente de la noche en vela por pensar en tantas ideas acerca de lo que dijeron e hicieron los asustados Huecos.
A la par que Rukia se fue quedando dormida, Ichigo despertó un poco incómodo. Se incorporó en su cama y miró hacia fuera. Sentía algo muy raro en el ambiente, podía percibir una extraña presión espiritual, y eso que todavía no afinaba bien esa técnica de distinguir a las personas por esa característica. Esa presión era distinta, ya que no se trataba de algún segador, Hueco y mucho menos de un humano que la tuviera alta, como Chad, Orihime o Tatsuki.
Se levantó de su cama y bostezó. Esta presión era moderadamente alta, como si estuviera casi a la par de un segador nivel teniente, pero había algo inquietante en ella. Sentía que estaba presente en su habitación, como si cada sombra que se proyectaba en su cuarto fuera parte de esa extraña presión. Además, podía percibir algo que con ninguna otra persona había sentido, ni siquiera con Aizen.
La extraña presión espiritual desprendía algo que podía ser descrito como maldad.
Ichigo caminó hasta el armario y le dio unos golpecitos: ― Rukia ―llamó en voz baja.
No hubo respuesta.
― Enana ―insistió, golpeando un poco más fuerte.
― ¿Qué quieres, idiota? ―contestó la segadora, sin abrir la puerta.
― ¿Sentiste eso? ―preguntó el joven, casi murmurando.
― ¿Qué cosa? ―respondió Rukia, desde dentro del armario.
― Eso, la extraña presión que se siente ―dijo Ichigo, elevando un poco la voz.
La pelinegra abrió la puerta y miró al chico de cabello naranja: ― Yo no siento nada, Ichigo ―comentó un poco fastidiada y dio un prolongado bostezo―. Mejor déjame dormir, no he podido hacerlo en toda la noche y ―miró el despertador de Ichigo, el cual marcaba las seis y diez― más al rato tengo que ir a la Sociedad de Almas ―agregó, cerrando la puerta.
Ichigo interrumpió el cierre de la puerta: ― Pero enana, ¿qué acaso no sientes algo? ―inquirió― Algo oscuro y malo en el ambiente.
Rukia abrió un poco los ojos, sorprendida. Eran casi las mismas palabras que le había dicho el Hueco ayer, además que le quitaron el sueño. Y ahora, Ichigo le decía que sentía lo mismo que aquellos seres, y eso le preocupó un poco.
En una pista de hormigón, al pie de la colina norte de Karakura, un joven de veinticinco años se encontraba corriendo a un muy buen ritmo. El fresco ambiente matutino no le impedía llevar ropa deportiva, que era una playera y shorts que llegaban más debajo de sus rodillas. Al pasar por un grupo de pinos, supo que faltaría poco para acabar su rutina de diez kilómetros diarios.
Cuando pasó por las coníferas, sintió que alguien lo estaba observando y apretó más el paso. Podía percibir en el ambiente una increíble sensación oscura y de maldad, la cual hizo que su corazón comenzara a latir aun más rápido, su respiración se acelerara y el marcado ritmo de trote se convirtiera en carrera.
Al joven le entró pánico al oír ruidos detrás de él y volteó rápidamente sin dejar de correr. Notó algo grande y con alas que se dirigía hacia él, y de inmediato intentó apretar más su carrera, pero la cosa no dejó se seguirlo, hasta incluso notó que cada batido de alas lo sentía más y más cerca. Cuando escuchó un batir a treinta centímetros de él, sintió un objeto afilado y grande encajarse en su nuca, desconectándolo de sus piernas y provocando que cayera de bruces contra el suelo, muerto.
Vasile sacó su kilij de la nuca del humano, limpió con su dedo la sangre y la lamió. Movió varias veces la boca y sonrió.
― Este sí que les va a gustar ―dijo alegremente. A continuación, tomó el cuerpo del joven, se lo echó a la espalda y voló hacia los pinos que estaban unos metros hacia atrás.
Al llegar a los árboles, aterrizó y caminó detrás de ellos. Ahí había un panorama sobrecogedor. Su grupo estaba sentado en forma de círculo y fuera de la agrupación había alrededor de treinta cuerpos humanos y algunos perros. Hombres, mujeres y niños vestidos con ropa deportiva, que tuvieron la pésima suerte de encontrarse en el lugar equivocado y el momento equivocado.
Todos miraron cuando Vasile llegó. El capitán se levantó de su lugar: ― Siéntate Vasile ―señaló el espacio vacío― y acerca al humano. Hay que darle a Kojiro su primera comida ―observó al aludido. Éste tembló de forma nerviosa a la vez que sus compañeros rieron un poco burlones.
El corpulento pelirrojo se sentó, y tendió el cuerpo enfrente de él. El de smoking formó una bola oscura y metió su mano en ella para sacar una copa grande de vidrio, de quinientos mililitros. Deshizo la bola y le pasó la copa a Vasile. Éste la tomó y, con su kilij, cortó el cuello del humano. Inmediatamente colocó la copa en la herida para llenarla hasta el tope con sangre oscura y se la pasó a su compañero de la izquierda, indicando que el recipiente era para Kojiro. Así, de mano en mano, la copa llegó a su destino.
Kojiro miró la copa, la cual estaba tibia, y después al capitán: ― ¿Qué se supone que haga señor? ―preguntó muy nervioso.
El capitán sonrío de forma marcada y malévola: ― Es obvio Kojiro, te la tienes que tomar ―respondió tranquilamente, sin dejar de sonreír.
Kojiro llevó la copa a sus labios y le dio un pequeño sorbo. Movió varias veces la sangre en su boca antes de pasarla, intentando adquirirle gusto. Para su asombro, el sabor cambió inmediatamente, de uno metálico y desagradable a uno bastante dulce, casi como si fuera avena cocida con azúcar. Relamiéndose los labios por la deliciosa sensación, Kojiro no dudó en vaciar lentamente la copa.
El capitán observó como Kojiro tomaba la sangre. Sin dejar de sonreír, se dirigió a la pila de cuerpos, tomó el de una mujer adulta, como de treinta y cinco años: ― Ahora que uno de los nuevos miembros ya probó su primera comida ―llamó, alzando la voz―, es hora de apaciguar el hambre ―agitó un poco el cuerpo.
Los demás se levantaron de sus lugares y tomaron un cuerpo de la pila cada uno para volverse a sentar. Ya todos en su lugar, cada quien se preparó el desayuno como quiso. Algunos le arrancaron la cabeza al cadáver y bebieron la sangre que emanaba, otros cortaron los brazos y piernas de los cuerpos para propinarles feroces mordidas, y unos pocos mordieron la garganta del humano muerto para beber la sangre sin destrozarlo.
Algunos golpes sordos y gritos se podían escuchar en un dojo ubicado en el centro de Karakura. Aunque a esas horas casi no había gente, sólo los que entrenaban de forma intensiva ya se encontraban presentes. Dentro de uno de los salones, Tatsuki Arisawa intentaba propinarle un derechazo a Renji Abarai, quien esquivó el golpe con algo de dificultad.
Los años también cambiaron la imagen de Tatsuki. Ahora era más alta, de un metro y setenta y cinco centímetros de estatura, y tenía el mismo cuerpo delgado y resistente, pero más marcado en sus rasgos femeninos, sin caer en exageraciones. Aun conservaba el corte de pelo largo, como a sus dieciséis años, y su rostro adquirió rasgos más maduros, pareciéndose un poco a Kukaku Shiba en la imagen facial.
Tatsuki, al ver que Renji esquivó el golpe, preparó otro con la mano izquierda. El pelirrojo vio con anticipación el movimiento y se alistó para evadirlo, Y en efecto, la pelinegra lo descargó y el chico logró burlarlo, pero Renji no contaba con la rápida media vuelta de Tatsuki y la potente patada que le dio con el pie izquierdo en el rostro, dejándolo un poco aturdido en el suelo del salón.
El paso del tiempo no había hecho daño alguno en las habilidades marciales de la chica. Al contrario, las mejoró a tal grado que fue capaz de competir por un lugar en el representativo olímpico de Japón dos veces seguidas, además de conseguir renombre y prestigio entre todos los practicantes de esas disciplinas. Y eso lo pudo comprobar Renji con dolorosos y variados argumentos, que hasta llegó a pensar en su momento que Tatsuki podría llegar a darles una paliza a los del Onceavo Escuadrón sin necesidad de zanpakuto.
Mientras Renji se recuperaba del golpe, Tatsuki percibió algo extraño en el salón. Bajó la guardia y comenzó a observar a su alrededor y le puso especial atención a las sombras que proyectaban ella y Renji.
El pelirrojo, con la cabeza aun palpitándole, miró las acciones de la chica: ― ¿Qué pasa Tatsuki? ¿Por qué paras? ―preguntó, incorporándose lentamente y con la mano derecha en la cabeza.
― ¿Sentiste eso? ―preguntó la pelinegra, sin mirar al joven.
― ¿Sentir qué? ―inquirió Renji, con una ceja arqueada.
Tatsuki lo volteó a ver y frunció el ceño: ― Eso, que hay algo raro allá afuera ―señaló hacia la puerta del salón―. Además de que tu sombra y la mía siento que no nos pertenecieran.
― Deja de decir estupideces Tatsuki. Yo no siento nada anormal ―le reprochó Renji, y tomó una posición defensiva―. Vamos, ¿crees que con un golpe en la cara ya estoy fuera? ―la retó y sonrió un poco.
La pelinegra le devolvió la sonrisa y se colocó en posición de ataque: ― No, la última vez… ―le lanzó un puñetazo con la izquierda. Renji se cubrió― con dos patadas… ―ahora el pelirrojo atacó con una patada con la derecha y ella se agachó― y tres puñetazos…―la pelinegra le devolvió la patada, golpeándolo en el pie izquierdo que le servía de apoyo y haciéndole perder balance― ya estabas tendido en el piso ―y le propinó un fuerte golpe con el puño derecho en el abdomen, lanzándolo unos cuantos metros atrás.
Cuando aterrizó, Renji se sentó lentamente. Ese último golpe fue un poco más fuerte que el que recibió en la cara y le quitó el aliento, por lo que se quedó estático durante unos minutos, respirando muy pausadamente.
Tatsuki lo observó y se cruzó de brazos: ― Vaya, eres el que mejor parado ha salido de ese golpe ―comentó, caminado hacia donde tenía una botella de agua―. Hasta Ichigo queda un poco aturdido con eso ―le dio un trago a la botella, mientras que el pelirrojo se incorporaba. La chica le arrojo la botella de agua, él la atrapó―, recuerdo cuando lo hacía llorar, no aguantaba nada ―Renji le devolvió la botella y Tatsuki la dejó donde estaba―. Vamos, prepárate cara de mono. Quiero darte más palizas antes de que te vayas a patrullar ―se colocó en postura de ataque.
El pelirrojo sonrió de medio lado y se acomodó en pose defensiva: ― Ni creas, niño ―dijo burlón.
Tatsuki también sonrió y se lanzó contra él con una patada de la izquierda. Renji la paró con su antebrazo derecho, pero la chica hizo un extraño movimiento con su pie que logró bajar el antebrazo del pelirrojo y le conectó un puñetazo con la derecha, el cual apenas pudo esquivar.
En las frescas calles de Karakura, aun iluminadas por las lámparas de calle, Orihime Inoue se dirigía hacia la pastelería donde trabajaba. Vistiendo una blusa de tela un poco gruesa, jeans ocres y un suéter ligero, además de que llevaba bajo su brazo derecho un bolso mediano, iba con un paso alegre y tarareando una melodía. Afortunadamente salió bien en su revisión médica con el padre de Ichigo. Al llegar a la cortina de acero, comenzó a sentir la molesta sensación de que la estaban observando.
Inmediatamente miró en todas direcciones y sólo consiguió observar un par de aves encima de ella y a un hombre solitario que caminaba en la otra acera. Pero aun así la sensación no se iba, y miró hacia su propia sombra.
Se sorprendió un poco, ya que de allí parecía venir la sensación, así que decidió ignorar su propia sombra y comenzó a abrir los candados para levantar la cortina.
Una vez abierto el establecimiento, dirigió su vista al cielo: ― Esto que siento no es algo bueno ―dijo para sí misma y encendió la luz―, parece que hay algo malo que se esconde entre las sombras. No es la presión espiritual de un segador, ¿podría ser él? ―se preguntó, pero negó con su cabeza― No, nunca había percibido este sentimiento tan negativo, ni siquiera estando en Las Noches ―cambió su cara por una más alegre―. Bueno mejor empiezo a trabajar, hoy la gente querrá un delicioso pastel de piña volteado para comenzar el día.
Se dirigió hacia la cocina, mencionado en voz alta los ingredientes que iba a necesitar para hacer cinco pasteles.
En lo alto de un edificio Uryu Ishida observaba cómo el alba apenas empezaba a iluminar el oscuro cielo de Karakura. Vestido con su traje quincy, se había levantado temprano para comenzar a cazar Huecos antes de ir al hospital de su padre. Sin embargo, no pudo encontrar ninguno y eso le pareció demasiado raro, aunque bastantes cosas raras estaban pasando con esos seres. Primero, el día de ayer había decenas de ellos buscando la muerte, y segundo hoy no encontró a ninguno rondando la ciudad.
Además, la ausencia de Huecos no era lo único extraño. Podía percibir en el aire que algo bastante malo, poderoso y oscuro ya estaba en Karakura, aunque al parecer no parecía dispuesto a dar la cara. Sin embargo, Uryu lo podía sentir muy cerca, como si de su propia sombra saliera el dichoso ente a atacarlo.
― Uryu ―llamó una seria voz femenina a sus espaldas.
El aludido se dio media vuelta ― ¿Qué ocurre, Nemu? ―preguntó, acomodándose las gafas.
La teniente avanzó hacia el quincy: ― Mi padre va a venir a Karakura ―respondió, con la misma seriedad―. Quiere investigar algo que está ocurriendo con los Huecos ―agregó, con voz monótona.
Uryu arqueó una ceja como señal de desagrado por la presencia del científico: ― ¿Y? ―cuestionó, intentando no sonar grosero.
― Como no conoce la ciudad, quiere que seamos sus guías ―respondió la mujer, sin inmutarse y mirándolo fijamente.
El hombre se volvió a ajustar sus lentes: ― De acuerdo, ¿a qué hora llega? ―interrogó, dando unos pasos hacia Nemu.
― A la una de la tarde, cerca del río ―contestó la segadora, sin moverse de su lugar.
― Muy bien, ahí estaremos ―dijo, al ver que no le interfería en sus actividades del hospital. Una imperceptible sonrisa se formó en el rostro de Nemu al ver que sí aceptó acompañarla a ver su creador. La chica hizo una reverencia y le dio la espalda, dispuesta a retirarse ― Oye, Nemu ―la llamó.
― ¿Sí? ― respondió la aludida, volteando a verlo.
― ¿Tú acaso no sientes algo raro en el ambiente el día de hoy? ―preguntó.
Nemu cerró los ojos y se concentró por un minuto: ― No, Uryu. Todo está normal para mí ―respondió después de un largo rato.
El quincy la miró algo escéptico: ― ¿En serio? ―inquirió, arqueando un poco la ceja izquierda.
La chica asintió: ― Si, no siento nada raro, ¿tú percibes algo anormal? ―cuestionó, ladeando un poco la cabeza hacia la izquierda.
Uryu se acomodó sus anteojos: ― Sí. Hay una presión espiritual bastante extraña, incluso podría decir que hasta siento que las sombras forman parte de ella y que, por muy tonto que suene, despide maldad ―aclaró, observando las sombras que proyectaban él y la segadora.
― Uryu, ese tipo de presiones no existen ―dijo Nemu, dirigiendo primero la vista a su sombra y después al joven―. Mi padre lo ha demostrado con cientos de experimentos en otros espíritus y criaturas, llegando a la conclusión que la presión espiritual sólo se mide en intensidad y no en si es buena o mala ―puntualizó con su monótona voz.
El quincy sonrió ante el argumento de Nemu. Tal vez ella sea muy lista y sustente sus palabras con las investigaciones de Mayuri, pero no fue suficiente como para calmarlo un poco. Aun así, siguió observando el cielo de Karakura en compañía de la chica, pero con la incómoda sensación de que algo lo observaba desde su propia sombra.
En un conjunto de departamentos ubicado en el centro de Karakura, Sado Yasutora se encontraba un poco intranquilo. Sentado a la mesa, que era pequeña y redonda, de un metro de diámetro, y sólo con la compañía de una taza mediana de café, el joven se encontraba bastante pensativo, ya que desde hace una hora una incómoda sensación le robó el sueño totalmente.
Chad percibía que había algo allá afuera bastante fuerte, y no era ningún segador u otro tipo de espíritu, ya que también podía sentir que ese algo emitía una fuerte sensación de maldad y oscuridad. Le dio un pequeño sorbo al café y miró la sala en penumbras, y en ese momento sintió que lo estaban observando.
Se incorporó de su lugar y prendió la luz. La sala estaba iluminada, pero la sensación de ser observado no cesaba e intentó buscar de dónde provenía y quedó un poco asombrado al saber que su propia sombra producía la incómoda sensación. Y entonces algunos recuerdos comenzaron a volver.
Algunos minutos más tarde, el amanecer por fin había llegado a Karakura, y la gran mayoría de la gente se disponía a iniciar sus actividades del día, algunos de forma discreta y sin llamar la atención de los demás, mientras que otros eran algo más excéntricos, como en el caso del hogar de los Kurosaki.
― ¡Buenos días, familia! ―gritó a todo pulmón Isshin al llegar al comedor
― ¡Buenos días, papá! ―le saludó alegremente Yuzu, llevando un sartén con huevos revueltos a la mesa.
― Buenos días, señor Isshin ―le devolvió cortésmente el saludo Rukia, llevando algunos vasos con jugo de naranja.
― Hola viejo ―respondieron Ichigo y Karin, algo desganados y sin mirar a su padre.
Isshin se acercó a su hija pelinegra y al chico, quienes estaban sentados en el mismo lado de la mesa: ― ¡Pero que apáticos! ―exclamó, abrazándolos a los dos por la espalda― Vengan acá y denle a su guapo padre un abrazo ―y apretó a los dos jóvenes contra su cuerpo.
Mientras se veían aplastados contra el cuerpo de su padre, y en una reacción conjunta, Ichigo y Karin se las arreglaron para deshacerse del abrazo de su padre, arrojarlo contra el suelo y darle un golpe en la cara, dejándolo un poco aturdido. Sin embargo, se paró rápidamente y fue corriendo hasta el cartel de su difunta esposa.
― ¡Oh, Masaki! Mira como me pagan ―gimoteó de manera teatral―. Yo que les he dado mucho amor y ellos se comportan como unos totales cretinos que… ―no pudo completar su frase, ya que tuvo que esquivar el sartén que Ichigo le arrojó, el cual se estrelló contra el póster.
― ¡Por Dios viejo, ya cállate! ―gritó el joven de pelo naranja, levantándose de su asiento y señalando a su padre― Ni que te fuéramos a encerrar en un hospital psiquiátrico para que estés diciendo tanta tontería ―y tomó su lugar.
― Pero es que son demasiado ariscos conmigo ―se quejó el hombre pelinegro―, y yo que los quiero tanto ―agregó, dirigiéndose de nuevo al póster.
― Ya papá, no llores ―lo interrumpió Yuzu, de manera tranquilizadora―. Mejor ven a desayunar.
Isshin se sentó a la mesa y la familia y Rukia comenzaron a desayunar. Aunque de vez en cuando se producía algún gruñido por parte de Ichigo, porque su padre decía comentarios acerca de lo ingratos que eran sus hijos y que él no tenía la culpa de demostrarles su afecto.
Luego de algunos minutos de extraña calma, Karin rompió el silencio: ― Por cierto, ¿no sienten algo raro en el ambiente desde las seis? ―preguntó. Ichigo y Yuzu asintieron.
― Sí, yo percibí que alguien se estaba escondiendo en nuestro armario anoche, Karin ―respondió Yuzu, dándole un sorbo a su jugo.
Ichigo tragó un bocado de huevo: ― Además de que se siente como algo malo ―agregó, y se llevó otro pedazo de huevo revuelto a la boca.
― Pues yo también siento lo mismo ―dijo Karin, tomando una pose pensativa―. Pero también percibo que las sombras se ven algo raras, ¿tu qué dices viejo? ―se dirigió a su padre.
Isshin comía tranquilamente su desayuno: ― Yo no siento nada malo ―contestó, después de pasar bocado―, a lo mejor vieron algo en la televisión ayer que les hace creer tanta cosa ― le dio un sorbo a su jugo.
― ¿Qué opinas tú, Rukia? ―cuestionó la pelinegra Kurosaki a la menuda segadora.
Rukia miró un poco seria a Karin: ― Pues lo mismo que el señor Isshin, no percibo nada anormal ―contestó, y comió un poco de huevo.
Ichigo le dedicó una seria mirada a su padre y a Rukia: ― Pero es tan evidente lo que se siente. Como es posible que ellas ―dijo, casi gritando y señaló a sus hermanas con la mano derecha― puedan sentirlo y ustedes no.
Isshin y Rukia se miraron entre sí. Isshin se encogió de hombros y siguió comiendo, mientras que Rukia comenzó a darle importancia a lo que decía Ichigo, ya que si hasta las mellizas sentían que algo malo había allá afuera ¿cómo era posible que ella, una segadora de nivel teniente, no pudiera percibir algo de lo que Ichigo y sus hermanas sentían?
Después de algunos minutos, los Kurosaki terminaron de desayunar. Al levantar los platos, el teléfono de la casa sonó e Isshin fue a atenderlo Yuzu se concentró en lavar los trastes y Karin sacó la basura
― Ichigo ―le llamó Rukia al joven desde la mesa.
― ¿Qué ocurre, enana? ―respondió el aludido, dejando su plato en el fregadero.
― Eso que sienten tú y tus hermanas ―comenzó, y fijó su mirada en el joven― ¿cómo es? ―preguntó.
Ichigo se cruzó de brazos: ― Pues es algo raro, como si hubiera algo en las sombras que despide maldad ―respondió.
Rukia soltó un sonido de haber entendido la respuesta y se levantó de la mesa, con rumbo a la habitación del joven de pelo naranja.
― ¿A dónde vas, enana? ―cuestionó Ichigo, interrumpiendo su marcha.
La pelinegra volteó a mirarlo: ― A la Sociedad de Almas ―contestó, en un tono algo serio―, tengo que reportar esto.
― Iré contigo ―dijo el de cabello naranja, con decisión.
― No lo creo hijo ―habló la voz de su padre a su espalda, Ichigo y Rukia voltearon a mirarlo―, me vas a tener que ayudar nuevamente en la clínica.
― ¿Y ahora que ocurre, viejo? ―preguntó el joven, imaginándose que la gente estaba más paranoica con la enfermedad que surgió en Sendai y se estaba extendiendo por la costa este de Japón.
Isshin se cruzó de brazos: ― Pues ahora me han llamado dos personas que dicen haber visto a un indigente morir, cerca del puente, de un fuerte ataque de tos con sangre y me pidieron cita ―respondió―. Parece que el agente causal de la enfermedad ya está aquí. Además de que dijeron otra cosa sin importancia.
― ¿Y fue? ―le alentó Rukia.
El hombre deshizo su cruce de brazos y se encogió de hombros: ― Pues de que sienten que hay algo en las sombras que los está mirando ―agregó, caminando fuera de la cocina.
Ichigo y Rukia se quedaron un poco estáticos por lo que les contó el mayor de los Kurosaki. Al parecer, no sólo la familia de Ichigo percibía que había algo raro en el ambiente ese día.
A la sombra del puente principal de Karakura, el cual cruzaba el río que atravesaba la ciudad, se podían visualizar cuatro figuras. Tres de ellas estaban de pie, las cuales pertenecían a las misteriosas mujeres que le daban la espalda al pilar de la orilla, mientras que la última figura era la de un hombre vagabundo, quien estaba tendido en el suelo, muerto.
― ¿Tenías que matar a ese tío? ―preguntó la del vestido victoriano, con acento andaluz y un deje de enfado.
― No te pongas así, huerca ―se defendió la de aspecto vaquero, con voz despreocupada y un marcado acento norteño mexicano―, además nos han dicho que a los espíritus japoneses les gustan los regalos.
― Sí, ya lo sabemos ―se unió la del kimono, un poco preocupada y con acento porteño argentino―, pero acordate que primero tenemos que encontrarlo antes de comenzar a jugar un poco.
― ¿Y a qué van a jugar? ―cuestionó una áspera y grave voz, proveniente del pilar― ¿Y a quién tienen que encontrar primero?
Las tres dirigieron su vista hacia el pilar y allí se encontraba otro ser, cruzado de brazos y recargado en el pilar, con la cabeza baja y sus ojos cerrados. Tenía el aspecto de un humano de treinta años, delgado, con un metro ochenta de estatura, pelo largo hasta los hombros y de color gris pizarra. Vestía un kimono blanco, con siluetas negras de cuervos en sus mangas y la parte baja.
La de la cimitarra le hizo una seña a la de los revólvers para que trajera el cuerpo ante el hombre, luego se le acercó haciendo una reverencia.
― ¿Es usted Karame Shioroshi, líder de los jikininkis? ―preguntó cortésmente.
El espíritu alzó su cabeza, abrió los ojos, de un sólido color negro, y sonrió, mostrando sus afilados dientes: ― Es un placer conocerlas ―respondió, haciendo una reverencia―, por lo que he escuchado han viajado muy rápido. Creí que se tardarían más de tres días en llegar hasta acá.
La de la katana se acercó e hizo una reverencia: ― Pues teníamos que movernos ininterrumpidamente, che ―comentó.
La de pelo rosa se acercó con el cadáver del vagabundo: ― Sobre todo porque los kappas nos contaron que ellos ya están en Japón ―añadió, colocando el cuerpo ante el jikininki.
Karame tomó un brazo del cadáver y lo arrancó: ― Entonces, ¿que esperamos? ―dijo, un poco apurado, y se acercó al pilar. Una vez enfrente de la pared dio dieciséis golpes, cuatro en cada esquina de un rectángulo imaginario, con lo cual se abrió una puerta con un pesado ruido de arrastre. La puerta daba a un pasillo, de dos metros de alto, con escaleras descendientes y paredes de color anaranjado intenso― Por aquí, por favor ―les señaló el camino al mismo tiempo que le daba un mordisco al brazo.
Las tres mujeres se adentraron primero, después Karame, con el humano muerto al hombro. El jikininki observó hacia todos lados antes de entrar, para cerciorarse de que no eran vigilados, le dio dos golpecitos a la puerta y entró. La puerta comenzó a arrastrarse y se cerró con un gran ruido sordo.
― ¡Ah, pero qué buen desayuno! ―comentó Vasile, sobándose un poco se estómago y arrojando un fémur a una enorme pila de huesos ensangrentados de dos metros de alto― No había comido así desde que visitaba los campos de concentración de los nazis.
― Si, ya tenía hambre ―dijo Doru, limpiándose la sangre de sus labios―. Aunque los humanos de allá tenían un sabor pésimo.
― Pero no podías negar que era comida fácil ―se les unió Mihaela, lanzando un cráneo perfectamente descarnado al conjunto óseo.
El capitán observaba de manera atenta como su tropa había acabado con todos los cuerpos, reduciéndolos a un mero montón de huesos. Mientras el resto se desperezaba del abundante desayuno, él se apartó un poco y observó el cielo. Allí pudo contemplar más de sesenta figuras aladas acercándose hacia su posición, y sonrió.
― Miren ―gritó el de smoking. El resto de la tropa inmediatamente fue hacia el capitán y dirigieron su vista al cielo―, parece que Kyuke se nos unirá en esta búsqueda. Esto va a ser más sencillo
Algunos minutos después, Kyuke aterrizó enfrente del capitán, junto con el gran conjunto de individuos.
El de smoking lo miró de manera seria: ― Vaya, al parecer conseguiste que muchos se unos unieran Kyuke ―dijo, de manera suave pero complacida
El de pelo largo plegó sus alas, de color blanco con manchas negras: ― Pues muchos no opusieron resistencia, capitán ―respondió, y le entregó una botella de vidrio, de cien mililitros, que contenía un líquido de color amarillento―. Fue sencillo convencerlos, parece que se acobardan con la muerte ― soltó una risilla ―, además, capitán, me encontré con Orciono.
― ¿Y que te dijo? ―preguntó el de smoking, mirando la botella.
― Pues, estaba en uno de sus negocios ―respondió, rascándose la nuca―. Me contó que hace tres días vio al Duquesa Isabela cerca de las costas de Japón. Cree que trajo a alguien a tierras niponas, además me dio esto ―sacó un papel de sus pantalones deportivos.
El capitán sonrió, tomó el papel, se guardó la botella y sacó de su smoking dos listas. Una se la entregó a Kyuke y otra a Kojiro, y el resto de la tropa se acercó a ambos, intentando leer lo que estaba escrito en los papeles.
El de smoking observó como se apiñaban entre los dos papeles: ― Escuchen ―gritó, y el resto le puso atención―. Ya que los yakuza se nos unieron ―miró a Kojiro―, La Demente quiere que capturemos lo que está en la lista ―comenzó a acercase al grupo y éste formo dos hileras de hombres y mujeres, al estilo militar―. Los seres que están escritos son muy fáciles de atrapar, pero otros darán pelea ―caminó enfrente de los demás de lado a lado―. Si tienen dificultades, griten mi nombre ―se detuvo y desenvolvió el papel―. Todo lo que capturen lo llevarán a Shimonoseki, allí los estará esperando Orciono con la paga.
Murmullos de entusiasmo no se hicieron esperar entre la tropa. Ya no podían esperar a salir a cazar a los seres de las listas. El capitán sonrió, a él no le importaba cuanto fuera el dinero pero si sería una buena distracción para su tropa.
El de ojos amarillos le dio la espalda a la tropa, para ocultar su rostro preocupado. Si bien iba a ser entretenida la cacería, también pensaba que estaba a punto de turbar el camino de su especie, que en esa insignificante ciudad iba a comenzar el final de todo un legado.
Alguien tocó su hombro, sacándolo de sus pensamientos: ― Capitán ―la voz de Vasile lo llamó― estamos listos.
El capitán lo miró y Vasile se incorporó a la tropa: ― Muy bien. Escuchen ―alzó la voz de forma autoritaria― se dividirán en dos grupos. Kyuke y Kojiro serán los guías. Las instrucciones están dadas. Ahora, ¡vayan por ellos! ―gritó, alzando su puño izquierdo.
La tropa lanzó un grito de entusiasmo, se dividió y comenzó a volar a través del bosque en distintas direcciones. En uno de los grupos, Doru se acercó a un hombre de pelo castaño oscuro.
― Oye, ¿tú sabes que es un Vizard? ―preguntó, y esquivó un pino
El de pelo castaño sólo se encogió de hombros y emitió un sonido que daba a entender que no sabía lo que era un Vizard.
Notas del autor
*Les ofrezco una disculpa por tardar en actualizar. He estado bastante ocupado en la escuela (que para mi es una prioridad) y hasta ahora tuve semanas sin actividades.
Gracias por leer
