Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Los personajes originales y la trama son mios


5. Quand l'air sent le sang

(Cuando el aire huele a sangre)

"Me es indiferente derramar mi sangre en los suelos de tu patria. Pero cuando se trata de la tuya, me ocasiona un enorme placer"

Filiberto Buche Gordo Domínguez

El intenso calor del mediodía golpeaba a la ciudad de Karakura, y en pleno verano era bastante fuerte. Todo ser vivo que pudiera moverse buscaba sombra, aunque fuera la de un árbol sin hojas. Sin embargo, todos ignoraban que uno de los lugares más frescos en esos momentos era debajo del puente principal que cruza el río.

En ese confortable lugar, un pesado ruido de arrastre se hizo presente. Una puerta se abrió y por ella salieron las tres misteriosas mujeres junto con el jikininki Karame Shioroshi.

Los cuatro se detuvieron en la entrada al pasillo anaranjado: ― Muy bien ―habló la del vestido victoriano, con acento andaluz―. Entonces eso sería too(1), naa(2) más tenéis que ir a las oficinas por los sellos y ya estáis oficialmente en la Unión ―le tendió la mano derecha.

Karame la estrechó, mostrando sus afilados dientes en una sonrisa: ― Me parece excelente ―dijo con su áspera y grave voz―. No puedo esperar a llevarlos a la planta de Lajos, ya que aquí no se puede construir nada. Por fin podré disponer de un suministro estable y sin que los segadores me interrumpan ―soltó una risilla burlona―. Con su permiso, las dejo y que tengan un buen regreso ―hizo una reverencia. Las mujeres lo imitaron, entonces el jikininki le dio dos golpecitos a la puerta y despareció por el pasillo naranja, dejando que la puerta ocultara el lugar con un pesado ruido sordo.

Las tres féminas se quedaron estáticas y en silencio por unos momentos, hasta que la de aspecto vaquero se despejó la garganta.

― ¿Y ahora, huerca, qué hacemos? ―le preguntó a la pelinegra.

La de la cimitarra sonrió: ― Como no nos llevamos mucho tiempo en hacer las negociaciones, vamos a jugar un rato ―respondió y desenvainó su arma―. Este país está un poco lleno, así que comenzaros con esta ciudad, ¿os parece? ―preguntó, haciendo de su sonrisa una mueca algo demente.

La del kimono y la de los revólvers también sonrieron de manera perversa y desenfundaron sus armas. Y, literalmente, en un parpadeo desaparecieron del fresco lugar.


No muy lejos del puente, a unos quinientos metros, Rukia arribaba a un punto de la ribera, en su forma segadora. Sin embargo, no se encontraba sola, ya que al llegar pudo notar la presencia de Uryu Ishida y la teniente Nemu Kurotsuchi. Ambos estaban de espaldas a ella y voltearon un poco cuando se detuvo, para después volver la mirada al frente.

Rukia se acercó a los dos jóvenes, quienes se encontraban de pie y en silencio. Parecía como si esperaran algo.

― Hola Uryu, teniente Kurotsuchi ―saludó la pelinegra de baja estatura.

― Buenas tardes Kuchiki ―le devolvió el saludo el quincy, de manera cortés.

― Buenas tardes, teniente Kuchiki ―respondió Nemu, un poco seria.

Rukia dio un vistazo a su alrededor y miró a los dos jóvenes: ― Disculpen, pero ¿sucede algo? ―preguntó.

Uryu se acomodó los lentes: ― Depende del punto de vista ―contestó, algo molesto.

Rukia alzó una ceja: ― ¿A qué te refieres? ―volvió a cuestionar.

― Mi padre va a venir a Karakura ―respondió Nemu―. Dice que los Huecos se están portando muy extraño y eso merece ser investigado.

"Así que también en la Sociedad de Almas se dieron cuenta" pensó Rukia, colocando su mano izquierda en su barbilla "Aunque debe ser muy importante como para que el propio capitán Kurotsuchi venga al Mundo de los Vivos…".

Sin embargo, Rukia fue interrumpida en sus pensamientos al aparecer la puerta senaki, de madera y aspecto antiguo, enfrente de ellos. Uryu y Nemu sólo se quedaron observando hacia la puerta.

Al abrirse, de ella surgieron dos mariposas negras, seguidas por el capitán Mayuri Kurotsuchi y un segador del Doceavo Escuadrón, éste último cargado con varias docenas cajas de tamaño medio.

― Vamos, novato ―apuró Mayuri al joven segador, pisando la tierra firme―. Esto va a ser muy interesante y no quiero perder el tiempo.

― Espere un poco capitán ―se quejó el segador, dando pasitos hacia el exterior de la puerta senkai―, esto está pesado. No puedo moverme mucho y no quiero romper nada ―se situó al lado derecho de Mayuri y dejó las cajas en el suelo.

El científico le dedicó una mirada bastante seria: ― No seas llorón, novato ―sonrió muy pronunciadamente y acercó su cara a la del novato, quien hizo una mueca de desagrado al tener tan cerca de su capitán―. Piensa que vamos a estudiar el acontecimiento biológico más importante de la historia ―ahora casi pega su rostro al del segador―, a no ser que quieras ser una de mis bombas.

― N-n-no, capitán ―dijo el novato, apartando su mirada de la sonrisa de Mayuri, hacia su lado derecho.

El investigador dejó de sonreír: ― Muy bien ―murmuró―, entonces levanta esas cajas ―ordenó y miró hacia donde estaban Nemu, Uryu y Rukia―. Hola Nemu ―saludó secamente.

― Padre ―respondió la chica, de manera seria e inclinándose un poco.

Mayuri volteó hacia donde estaba Uryu: ― Quincy, que gusto de verte ―saludó, sonriendo ampliamente― ¿Hasta cuando dejarás que experimente un poco contigo, eh? ―preguntó, sin dejar de sonreír.

Uryu sólo le dedicó una mirada de enojo y se acomodó sus lentes.

El científico normalizó su rostro y miró ahora a Rukia: ― Kuchiki, ¿qué haces tú aquí? ―preguntó, con un tono un poco agresivo― Yo sólo esperaba a la rata quincy y a la extraña de mi hija ―agregó, algo despectivo al referirse a los dos jóvenes.

Rukia se inclinó levemente, a manera de saludo: ― Capitán Kurotsuchi, iba a ir a la Sociedad de Almas a reportar el comportamiento de los Huecos ―respondió educadamente.

― Pues ibas a perder el tiempo ―dijo Mayuri, haciendo un ademán con la mano derecha―. Sabes que no les interesan como se portan los Huecos a Yamamoto y el resto de inútiles capitanes. Pero a mi sí, así que ya no tienes que ir allá. Por lo tanto ―se dirigió a una de las cajas y sacó una libreta y un bolígrafo―, dime Kuchiki, ¿qué de raro tienen los Huecos hoy en día? ―preguntó, abriendo mucho sus ojos y mostrando un poco sus dientes.

A Rukia no le agradó como la observó Mayuri, pero él iba a ser de gran ayuda. Así que inhaló un poco de aire antes de empezar a hablar.


El inclemente sol de verano golpeaba a una enorme bodega, construida con láminas de metal, al sur de Karakura. Por el paso del tiempo, las láminas comenzaron a oxidarse, por lo tanto la constricción tenía un aspecto como si hubiera sido cubierta de tierra roja. Al parecer esa bodega había sido usada como almacén, ya que tenía una entrada pequeña para las personas y una enorme para los vehículos de carga.

De la entrada pequeña comenzaron a salir algunas personas, las cuales eran parte de la tropa del extraño capitán, todas con su kilij desenfundada. Algunas de ellas cargaban sacros color ocre a sus espaldas de diferente tamaño, algunos medianos y uno bastante corpulento. Entre las personas que acarreaban los sacos se encontraban el pelirrojo Vasile y el aparentemente juvenil Doru.

― ¡Pero qué fáciles fueron estos Vizards! ―exclamó Doru, con un deje de satisfacción en sus palabras y dejando un saco mediano en el suelo―. No creí que cayeran en menos de diez minutos, pensé que darían más batalla.

Vasile tiró el saco corpulento al piso, junto al que tiró Doru: ― Nadie dura frente a nosotros en las peleas ―comentó―. Por eso le digo al capitán que no se preocupe, estaremos bien en este país.

Varios hombres y mujeres fueron dejando los sacos junto a los que arrojaron Vasile y Doru. Cuando terminaron de reunirlos, un hombre, de aparentes veinticinco años, tez morena, fornido, pelo ondulado, castaño y a la altura de los hombros se acercó al conjunto de sacos. Vestía una playera tipo polo de color azul marino y pantalones de vestir color beige.

― Y ahora, ¿los llevamos a Shimonoseki? ―preguntó, con voz un poco aguda pero sin dejar de sonar masculina.

Vasile sonrío: ― Por supuesto Dmitri ―contestó, haciendo un además con su mano derecha―. Dile a Alexander ―miró a un joven delgado, de aparentes quince años, rubio, piel pálida, pelo corto y vestido con un grueso y largo abrigo gris de piel de conejo― y a Steffannia ―dirigió su vista a una chica esbelta, de aparentes dieciséis años, pelo morado y largo hasta los omóplatos, piel un poco más tostada que el chico, vestida con una blusa azul algo holgada, falda blanca y larga hasta los tobillos y un suéter ligero color vino― que te ayuden a llevarlos más tarde. Necesitan tomar algo de fuerza ―soltó una risa burlona―, pero recuerden que tiene que ser en la noche.

― ¿Porque hasta en la noche? ―preguntó Alexander, con voz algo infantil pero molesta.

Steffannia le dio un ligero golpe en la nuca: ― Porque los humanos se asustarían si cruzamos el cielo con semejante cargamento, inútil ―respondió, con voz agresiva y aguda.

― De acuerdo ―murmuró Alexander, cruzándose de brazos.

Al ver que el rubio y la de pelo morado no iban a discutir más, Doru sacó un papel del bolsillo de su camisa y lo desdobló. Todos los individuos se acercaron para leer lo del papel.

― Tacha los Vizards de la lista, Doru ―le indicó Dmitri, señalando con su índice derecho hacia el papel.

El aludido pasó su índice derecho sobre la palabra Vizards y una gruesa línea negra apareció, indicando que ya habían capturado lo indicado.

Vasile tomó la lista: ― Muy bien, vamos progresando ―le dio una ojeada al papel―. Parece ser que Mihaela y Kyuke también han capturado varios, casi no nos dejarán que cazar ―achinó los ojos, para concentrarse en una palabra de la lista―. Maldita sea, esto no se encuentra en Karakura, ¡Kojiro! ―llamó en voz alta.

― Mande, Vasile ―respondió el aludido, mirando al corpulento hombre.

― ¿Sabes dónde se encuentra la ciudad Naruki? ―preguntó el pelirrojo.

― Sí ―contestó Kojiro, moviendo la cabeza de manera afirmativa― está a diez minutos de Karakura al oeste. Ahí repartía muchísima droga.

― Que bien ―dijo Doru, sonriendo de medio lado―. Pues ve con Dmitri, Alexander y Steffannia hacia Naruki a capturar esto ―le quitó la lista a Vasile y se la mostró a Kojiro, señalando un nombre en el papel.

― ¿Fullbringers? ―cuestionó, mirando el nombre y después hacia Doru, quien se encogió de hombros.

― Así se llaman y ahí se encuentran ―respondió Vasile― Y ahora, váyanse. El resto nos quedaremos aquí y les mandaremos los Vizards cuando anochezca, así pueden llevarlos junto con los Fullbringers a Shimonoseki.

Kojiro miró a Doru y a Vasile: ― Pero, ¿y si dan pelea? ―preguntó, con algo de temor.

Alexander palmeó el hombro izquierdo de Kojiro y sonrió: ― Responderemos ―contestó, agitando un poco su kilij.

― Muy bien, ya partan. Hay que capturar a esos Fullbringers antes de que caiga la noche ―sugirió Vasile hacia Dmitri, Alexander, Steffannia y Kojiro.

― Sí ―respondieron los aludidos. Dmitri permitió que Kojiro se subiera a su espalda y los tres dieron un salto y comenzaron a volar al oeste, lo suficientemente bajo para esconderse entre los edificios.

El resto del grupo observó la partida de sus compañeros. Cuando los perdieron de vista, Vasile se volvió a centrar en la lista y los demás se apiñaron para ver quién era el siguiente desafortunado al cual deberían darle caza.


― Eso es todo señora ―dijo Ichigo cortésmente, a una mujer adulta de cuarenta años. Ambos se encontraban en el consultorio del chico―, al parecer no tiene absolutamente nada. El vagabundo no le contagio la enfermedad.

― Muchas gracias, joven ―respondió la mujer― es que me asusté bastante al verlo morir. Y además de que siento que alguien me ve en las sombras, casi me da un infarto al juntarse tanto susto ―agregó un poco angustiada.

La mujer e Ichigo se levantaron de sus asientos: ― No se preocupe, señora. Todo está en orden ―se encaminaron a la puerta y el joven la abrió permitiendo que la mujer pasara primero al pasillo, el cual estaba vacío.

― Nos vemos, joven ―se despidió la mujer. Ichigo contempló cómo salía de la clínica, perdiéndose de la vista al tomar el lado izquierdo de la entrada.

Isshin apareció a espaldas de Ichigo: ― Bueno, ella no parecía muy mal, ¿verdad, Ichigo? ―habló, cruzándose de brazos.

― No, al parecer está sana ―comentó el joven―. Pero espero que el agente que me platicaste no llegue a Karakura.

Isshin soltó un bufido: ― Creo que ya está aquí. No creo que Mayuri Kurotsuchi haya llegado al Mundo de los Vivos sin motivos importantes ―fijó la mirada en su hijo.

Ichigo volteó a ver a su padre: ― ¿Qué ese loco está aquí? ―preguntó, en voz alta.

― Sí ―afirmó el pelinegro― y al parecer está con Uryu, Nemu y Rukia.

Hubo un pequeño y tenso silencio en el cual la mente de Ichigo sólo proceso una única idea. Y al parecer, Isshin ya la había descifrado.

― Llegó en un momento ― soltó el joven, arrojando la bata hacia el adulto y encaminándose a la casa.

Isshin observó como partía hacia donde estaban las personas mencionada y suspiró: ― Vaya, todavía es un inútil para sentir presiones espirituales ― y se encaminó al interior de su consultorio.


En un parque de Karakura, localizado cerca de la ribera del río principal, los niños la pasaban muy bien en los cursos de verano. Debajo de toldos de lona de cinco por tres metros, algunos infantes se entretenían pintando en pequeños caballetes o moldeando animales o cosas con arcilla. Otros estaban a la sombra de los árboles, resguardándose del fuerte calor del momento y oyendo los consejos de los adultos acerca del fútbol, y unos pocos disfrutando de los juegos o persiguiéndose entre si a pleno sol. El ambiente era alegre y tranquilo.

Quizá, demasiado tranquilo.

Las tres misteriosas mujeres estaban distribuidas entre los grupos de niños, observando con una macabra mirada a los infantes. La de aspecto vaquero estaba de pie, dirigiendo sus marrones ojos a los niños que se perseguían entre sí; la del vestido victoriano acompañaba a los chicos sentados a la sombra de los árboles; y la del kimono veía las actividades manuales de los chiquillos que estaban debajo de los toldos.

― ¡Oye huerca! ―gritó la de pelo rosa a la de cabellos lilas. Las personas, al parecer, ignoraron la vociferación de la mujer― ¿Qué tal te parecen estos morrillos? ―preguntó, abriendo los brazos.

― Pues yo los veo muy monos ―respondió la aludida y dirigió su mirada a la pelinegra― ¿o tú qué opinas, che?

La de vestido victoriano se puso de pie: ― Tenéis razón ―dijo, y desenfundó su cimitarra―, pero se que vosotras queréis algo con estos nenes. Recordaros que la que logre más, se lleva too ¿cuánto tienen? ―preguntó y se sacó unas monedas de su ropa y un saquito de cuero, a la vez que las otras se acercaron a ella― Yo aporto cien leros(3) ― metió el dinero en el saquito.

La de los revólvers metió la mano en sus pantalones: ― Yo pongo doscientos varos(4) ―los colocó en el saquito.

La de la katana rebuscó un poco en su kimono: ― Yo doy quinientos mangos(5) ―los echó en el saquito.

La pelinegra arrojó el dinero al suelo y sonrió: ― Bueno, hay que comenzar con esto.


Mayuri escribía velozmente todo lo que decía Rukia acerca de sus últimos encuentros con los Huecos ¡Y vaya que eran interesantes! El insólito comportamiento de los Huecos en Karakura lo dejaba un poco intrigado.

― Y pues eso es lo que he visto, capitán ―concluyó Rukia, respirando un poco debido a la larga plática.

El científico se guardó la libreta y el bolígrafo entre sus ropas: ― Que interesante, Kuchiki. Me has dado algunos indicios del comportamiento de los Huecos, y creo que mi estadía en Karakura va a ser un poco prolongada ―agregó y se dirigió hacia su ayudante―. Nemu, quincy, llévenme con Urahara. Yo y el novato tenemos mucho que hacer.

― Urahara no está ―dijo Uryu, acomodándose sus gafas. Mayuri se detuvo, al igual que el asistente―. Salió fuera de Japón y volverá en unos días.

― No importa ―soltó el capitán y movió su mano derecha, restándole importancia al argumento de Uryu―. Sólo llévenme ―ordenó, alzando un poco la voz.

Nemu hizo una reverencia: ― Si padre. Le indicaré el camino ―y comenzó a avanzar. Uryu le dedicó una mirada algo hostil al capitán y se emparejó con la seria segadora.

― Vamos novato ―ordenó Mayuri y siguió a los dos jóvenes, dejando a Rukia. El asistente comenzó a caminar lo más rápido que pudo con el peso de las cajas―. Hay que iniciar con esto. Por cierto Kuchiki ―se dio media vuelta para ver a la pelinegra y sonrió un poco―, ¿has notado que hay trabajo para ti, Kurosaki y Abarai en estos momentos? ―preguntó y alcanzó al joven segador, quien se estaba tambaleando por las cajas.

Rukia se quedó estática, reflexionando acerca de la pregunta de Mayuri. ¿A qué rayos se refería? Entonces, un pitido sonó de entre sus ropas y comenzó a buscar la fuente del sonido.

Era su celular, el cual le estaba indicando algo.

Lo desbloqueó y observó la pantalla. Abrió un poco los ojos, ya que el aparatito le estaba mostrando algo que, hasta el día de hoy, nunca había presenciado.


― Muchas gracias por venir ―dijo la voz alegre y amable de Orihime, a la vez que le entregaba a un hombre de alrededor de cuarenta años un pastel envuelto en papel estraza con diseños florales―. Que disfrute su pastel y tenga un buen día.

― Gracias a ti e igualmente, que tengas buen día ―le devolvió las buenas intenciones el cliente y se marchó de la pastelería, sin dejar se observar su propia sombra.

El día laboral de Orihime no marchaba muy bien por el momento. Apenas había tenido tres ventas desde que abrió la pastelería, cuando a mediodía regularmente tenía más de cincuenta. La chica no se podía explicar que era lo que influía en tan mala racha. El cielo estaba despejado y el calor en su apogeo, así que eso quedaba descartado.

Sólo se le ocurrió algo, bastante descabellado pero, conociendo todos los acontecimientos que pasaban en Karakura, posible.

Orihime miró su sombra: ― Parece ser que a la gente les empieza a asustar su propia sombra ―dijo para si misma. Su mente estaba procesando más ideas cuando la puerta se abrió, y entró un joven alto y moreno.

― Hola Chad ―saludó alegremente la de pelo naranja desde el mostrador― ¿En qué te puedo servir? Hoy tengo volteado de piña y Selva Negra ―le ofreció, indicándole los pasteles en la nevera-mostrador.

― Hola Orihime ―le devolvió el saludo el joven―. No gracias, ahora no vine a comprar algo ―agregó, dándole un poco de seriedad a su voz.

Orihime levantó una ceja: ― ¿Pasa algo? ―cuestionó.

Sado asintió: ― ¿Has notado algo raro en las sombras a tu alrededor? ―preguntó, observando la propia.

La chica abrió un poco los ojos y se quedó algo estática. Al parecer, no era la única que había sentido eso y su argumento no era tan descabellado.

― Parece ser que sí ―comentó el joven.

― ¿Y eso es algo muy malo? ―preguntó Orihime, un poco preocupada.

― Sí ―respondió Sado―, ya he vivido esto antes, en México. No es algo que me gustaría volver a experimentar, debido a que es una de las sensaciones más desagradables que he vivido.

― ¿Qué es lo que te provoca eso, Chad? ―preguntó la chica, curiosa por saber que es lo que perturbaba al imponente moreno.

Sado iba a contestar, pero el sonido de la puerta abriéndose de nuevo lo interrumpió, indicando que alguien entraba. Ambos jóvenes voltearon a ver de quien se trataba.

Eran dos hombres, uno de dos metros y medio de alto, corpulento, de piel clara, cara redonda, pelo rojo oscuro y largo atado en una cola de caballo y vestido con un uniforme militar. El otro era bajo, de un metro y sesenta centímetros, delgado, de piel bronceada y vestido a la moda contemporánea, con una camisa a rayas blancas y moradas y jeans, además de que estaba fumando un cigarrillo, el cual apagó de inmediato contra su mano al verse adentro de la pastelería.

El hombre alto bufó molesto: ― Tanta búsqueda me ha dado hambre. Espero que aquí tengan algo bueno ―comentó, caminado hacia el mostrador.

El otro asintió y lo siguió: ― Lo mismo digo, hombre. Fumar siempre hace que se antojen cosas dulces, como la carne o la sangre de los… ―un ligero golpe en el hombro lo interrumpió.

― Silencio Doru ―murmuró el robusto, haciendo un gesto con la cabeza, indicando que estaban siendo observados por Chad y Orihime. El moreno se apartó un poco, pero no demasiado, ya que vio que ambos cargaban con algún tipo de espada en su flanco izquierdo. Y esto le incomodó bastante cuando ambos se detuvieron enfrente de Orihime.

― Está bien Vasile, no hablaré de más. Buenas tardes ―saludó el más bajo, que ambos jóvenes alcanzaron a escuchar que su nombre era Doru― ¿tienes pay de limón y pastel Selva Negra? ―preguntó.

― Si ―respondió secamente la chica, ya que algo en ellos le parecía un poco conocido.

― Bueno, danos dos rebanadas de pay de limón grandes y un pastel Selva Negra ―pidió el que tenía por nombre Vasile. Orihime sólo se quedó estática ante el pedido. El pelirrojo hizo una mueca de enfado y chasqueó los dedos―. Despierta niña ―la chica dio un brinquito y parpadeó muchas veces― ¿cuánto hay que pagar? ―preguntó, sacando de su uniforme una bolsita de cuero.

Orihime hizo la cuenta y le iba a decir el precio, pero Chad le dirigió su mirada al robusto hombre: ― Disculpe, pero a ella no se le habla de esa manera ―le aconsejó con un deje de advertencia.

Doru sonrió y levantó su mano izquierda hacia el rostro de Sado. Entonces, la mirada del moreno se apagó, agachó su cabeza y dejó caer sus hombros, mostrándose de manera sumisa hacia los dos extraños.

― Se una buena bestia, siéntate en aquella silla y permanece callado ―dijo de manera imperativa el pelinegro.

― Sí, señor ―murmuró Chad. Para asombro de Orihime, el joven obedeció las instrucciones y se fue a sentar en una silla que tenía al final de la nevera mostrador.

La de pelo naranja observó la extraña escena, pero algunos chasquidos de dedos hicieron que se desconcentrara.

― ¿Cuánto te voy a dar, niña? ―preguntó Vasile, algo molesto por la lentitud de Orihime en decirle el precio.

― S-serían t-tres mil y-y-yenes ―respondió la chica, tartamudeando un poco debido a que empezó a sentir un poco de miedo.

Doru le arrebató la bolsita de cuero a Vasile y sacó tres billetes de mil yenes: ― Aquí están ―le tendió el dinero.

La joven tomó el efectivo y sacó el pedido. Estaba preparando unas tiras de cartón para envolver el pastel cuando el hombre bajo la interrumpió.

― Disculpa, pero lo llevaremos así ―tomó las rebanadas y el pastel, el cual se lo pasó al pelirrojo―. Muchas gracias.

― De nada ―dijo en voz muy baja Orihime, observando como ambos individuos abandonaban la pastelería. Ya con los dos extraños fuera de la vista, la joven escuchó algunos jadeos provenientes del rincón donde se encontraba Chad, así que fue a su lado.

― ¿Estás bien, Sado? ―le preguntó.

El joven negó con su cabeza: ― Orihime ―llamó con voz apagada y la cabeza agachada.

― ¿Sí, que pasa? ―inquirió la joven, comenzando a preocuparse.

― Te mencioné que ya había vivido lo de las sombras en México, ¿verdad? ―dijo el joven, con el mismo tono vocal discreto. La de pelo naranja asintió―. Pues bien, además de eso, también experimenté lo que observaste.

Orihime parpadeó algunas veces: ― ¿El que te manipularan? ―cuestionó, un poco sorprendida de lo que observó y estaba escuchando por parte del chico de ruda apariencia.

― Si ―respondió el moreno, sin cambiar su tono―. Pero lo más perturbador ―miró a Orihime a la cara― que fue con las mismas personas que salieron de esta pastelería.


Rukia seguía observando su celular ¿Cómo era posible que haya pasado ese hecho por alto? Tenía que avisarle a Renji y a Ichigo, pero antes de ponerse en contacto con alguno de ellos, el chico de pelo naranja apreció a su lado.

― Rukia, ¿es cierto que Mayuri está aquí? ―preguntó, un poco atropellado por la prisa.

― Si, pero ya se marchó ―respondió, sin quitar la vista del aparato― Fue a la casa de Urahara, en compañía de Uryu y la teniente Kurotsuchi.

― ¿Y qué quería ese loco? ―interrogó, llevando ambas manos a su nuca.

La segadora seguía atenta a su aparato: ― Dijo que venía a investigar lo de los Huecos ―contestó, apretando algunas teclas, como si escribiera algún mensaje de texto.

Ichigo notó que Rukia no despegaba la vista de su celular: ― Enana, ¿qué ocurre? ―cuestionó, con tono un poco demandante― estás muy seria.

La pelinegra cerró el teléfono y miró al joven de cabello naranja: ― Sígueme, tenemos que hacer algo ―y desapareció con shumpo.

Ichigo soltó un pesado suspiro: ― Y ahora, ¿qué demonios está pasando? ―se preguntó a sí mismo― Primero las sombras están extrañas, luego Mayuri viene y ahora la enana está extraña ―y también se esfumó con shumpo, siguiendo la presión espiritual de Rukia.


A pesar del intenso calor, el centro de Karakura seguía con su actividad. El ir y venir de la gente aparentemente no cesaba, aunque podría decirse que era un poco más lento debido al sofocante clima. Las tiendas y los carritos que vendían helado estaban más que satisfechos debido a la constante demanda de sus productos refrescantes, aunque no por eso los puestos de comida dejaban de ser visitados. La gran mayoría llevaba ropa ligera, ya sean camisas sin cuello y shorts, sin embargo unas pocas llevaban ropa un poco anticuada al severo ambiente. Entre ellas tres mujeres sentadas a la sombra de un árbol, en un pequeño jardín del centro de la ciudad.

― Muy bien, niñas. Muchas gracias por el premio ―dijo la del vestido victoriano bastante complacida. La del kimono y la de aspecto vaquero sólo la miraron severamente―. Vamos, que no toos los días les gano en este jueguito ―y soltó una pequeña risa.

― Mejor cállate, que todavía sigo emputada(6) ―le recriminó la de pelo rosa, dándole un puñetazo al pasto―. No me habían ganado así desde hace trescientos años.

La de pelo lila palmeó el hombro de la mujer frustrada: ― Calmate, che ―dijo, entre un tono de burla y otro tranquilizador―. Todavía quedan algunos humanos en este país, tenés suficientes para vos.

La de los revólvers sonrió de medio lado: ― Tienes razón huerca. Además, podemos hacer un poco más interesante nuestro juego ―se incorporó y desenfundó sus armas― ¿Qué les parece si hacemos agonizar a todos a partir de ahora? ―las otras dos sonrieron de forma malvada― Ya saben, para ver en cuanto tiempo se chingan(7) ―se encogió de hombros.

Tanto la de la cimitarra como la de la katana se levantaron del piso, preparando sus respectivas armas.

― ¿Qué te parece si comenzaos por este parque y el dojo de enfrente? ―preguntó la pelinegra.

― Ya estás ―respondió la de aspecto vaquero, apuntado su revólver derecho a una feliz pareja con un bebé en los brazos de su madre.


― ¿Pero qué mierda pasó aquí? ―preguntó Ichigo, atónito ante el panorama que a sus ojos se presentaba. Rukia no respondió, ya que estaba igual de perturbada que el chico de cabello naranja.

Ante ellos, en un parque cercano al río, los cuerpos de por lo menos cuatro docenas de niños y veinte adultos estaban dispersos por el piso, recargados en caballetes o desplomados en pequeñas mesas. Junto a cada cuerpo estaba el alma correspondiente, haciendo un ambiente un poco desgarrador, ya que algunos niños lloraban confusos debido a que no pudieron terminar sus dibujos o sus animales de arcilla, y unos pocos llamaban a sus madres en vano.

Ichigo y Rukia se acercaron a uno de los cuerpos de quien seguramente era un instructor de futbol. El pobre sólo contemplaba con una mirada de confusión su cadáver y la cadena que tenía atada al pecho, como si apenas estuviera comprendiendo que ya estaba muerto.

Rukia se acercó al alma: ― Disculpa, pero ¿qué pasó aquí? ―le preguntó.

El hombre se encogió de hombros: ― No lo sé ―respondió, bastante sincero y algo desesperado―. Simplemente los niños comenzaron a toser sangre y se ahogaron, luego los adultos también empezamos a toser sangre.

"Toser sangre" pensó Ichigo. Y a su mente llegaron las imágenes de un día anterior, en la cual una mujer de pelo pardo se moría en la clínica de su padre. Entonces observó detenidamente la boca de un cadáver cercano y vio algo horriblemente familiar: esa secreción sanguinolenta con manchas verdes.

― ¡Ichigo! ¡Rukia! ―el saludo de Renji lo sacó de sus pensamientos. Ambos se voltearon a ver al pelirrojo, quien mostró el mismo rostro anonadado que habían mostrado al llegar al lugar― ¡Pero que demonios pasó aquí! ―gritó el pelirrojo muy fuerte, asustando algunas almas infantiles.

― ¡Cállate, Renji! ―le recriminó Ichigo, acercándose al pelirrojo― Que no ves que los espantas con tus gritos y rara apariencia.

Renji lo miró molesto y estaba a punto de reclamarle pero Rukia se interpuso entre los dos: ― No empiecen otra escena, iditotas ―demandó. Los dos chicos se quedaron quietos―. Primero hay que mandar a todos ellos a la Sociedad de Almas, ya después averiguaremos que sucedió con ellos ―y se encaminó al alma de un niño, quien la veía con algo de temor y asombro―. Tranquilo, estarás en un mejor lugar ―le dijo de manera suave y tranquilizadora, a la vez que le colocaba el extremo de la guardia de su zanpakuto en la frente, efectuando así el entierro.

Durante el lapso de quince minutos los tres segadores mandaron a la Sociedad de Almas a todos los pequeños y adultos que estuvieron a su alcance, pero sin perturbar los cuerpos de los fallecidos.

― Parece que son todos ―dijo Ichigo, llevándose a Zangetsu al hombro―. Muy bien, hay que irnos. Alguien no tardará en descubrir los cuerpos ―estaba dispuesto a desaparecer de allí, pero Rukia y Renji no lo siguieron― ¿Y ahora qué? ―preguntó desesperado.

Renji tenía su celular en la mano: ― Aun nos queda un alma ―respondió.

Los tres miraron a su alrededor. No había muchas señales de que quedara algún plus entre tanto cadáver, pero Rukia logró divisar a alguien que se escondió detrás de un árbol e inmediatamente fue a ver si se trataba del alma restante. Ichigo y Renji la siguieron.

Al llegar al árbol, la pelinegra encontró a una niña de no más de siete años, abrazando sus piernitas y temblando. La cadena en su pecho le indicaba que era el alma que faltaba.

Rukia se acercó a la niña y le palmeó el hombro. La niña respingó muy fuerte: ― ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan asustada? ―preguntó suavemente.

La niña observó a la pelinegra y después a los dos hombres: ― ¿Ustedes no me harán daño? ―cuestionó, apuntando a cada uno de los jóvenes.

― No mocosa ―respondió Ichigo. La niña frunció un poco el ceño―. Venimos a ayudarte, así que…

― ¿Por qué dices que te haremos daño, niña? ―preguntó Renji, interrumpiendo a Ichigo.

La niña se puso de pie con muchísima dificultad: ― Es que tres mujeres estuvieron aquí antes que ustedes y tenían aspecto muy raro. Y ellas si les hicieron daño a mis amigos ―bajó su mirada―, ya que ellas ―señaló hacia los cuerpos― fueron la causa de todas las muertes.


El reloj marcó las cinco y media de la tarde en el dojo del centro de Karakura: ― Muy bien alumnos ya pueden retirarse ― anunció Tatsuki, haciendo una pequeña reverencia. Sus estudiantes de karate la imitaron y se retiraron hacia las paredes del salón por sus cosas o para reunirse con sus padres.

La joven pelinegra observaba orgullosa a sus alumnos, ya que estaban mejorando bastante en su técnica y eso que llevaban apenas algunos meses entrenando a aquel grupo de chiquillos. Si bien había algunos más avanzados que otros, el nivel de aprendizaje en el grupo era bastante homogéneo, cosa que indicaba que era una buena instructora de artes marciales.

― Me pregunto cuando alcanzaran el nivel de Renji ―se dijo para sí misma, ya que en sus pensamientos se figuró a un niño de ocho años propinándole una fuerte patada al pelirrojo en uno de sus costados. Sonrió ante esa cavilación y tosió un poco, escupiendo sin querer.

Rápidamente se limpió con una mano y le extraño la consistencia de lo que expelió. Miró la secreción atentamente: ― ¿Sangre? ―y observó más atentamente ese líquido. Efectivamente, era sangre pero también pudo ver algunos puntos verdes―. Será mejor que vaya con el padre de Ichigo, no me gusta como se ve esto ― tomó su celular para mandarle un mensaje a Renji de que tendría que ir al médico en lugar de ir a ver el boxeo en la casa de Urahara.


― Aquí es, padre, donde vive Kisuke Urahara ―dijo Nemu, deteniéndose enfrente de la tienda del mencionado.

Mayuri observó el edificio donde el mejor inventor que tuvo el Seireitei residía. A los críticos ojos del científico el lugar podía clasificarse como una pocilga, pero ya que no tenía otro lugar a donde ir, debido a que Uryu se negó rotundamente alojarlo en su departamento, se tenía que conformar con lo que tenía a su alcance.

El segador principiante llegó al lado de Mayuri y dejó las cajas en el suelo: ― Vaya, fue muy cansado ―dijo, casi jadeando y sobándose la espalda. Le dio un vistazo a la casa de Urahara―. Vaya, si es más grande que mi casa en el Seireitei ―agregó con una sonrisa.

― Silencio novato ―ordenó Mayuri, comenzando a caminar―. Mejor entremos. Nemu, quincy ya pueden retirarse. Luego nos vemos.

La chica hizo una reverencia: ― Si padre, hasta luego ―y se dio la media vuelta, marchándose.

Uryu sólo se acomodó sus gafas y comenzó a caminar por donde habían venido, seguido de cerca por Nemu.

El novato observó como el quincy y la teniente desaparecían de su vista, y luego miró al capitán, quien ya se encontraba cerca de la puerta, así que tomó las cajas y, lo más rápido que le permitió la carga, se emparejó con el científico.

― … Pero si es una estúpida esa hija mía ―refunfuñaba Mayuri, bastante malhumorado― ¿Cómo es posible que le haya dado autorización para hacer su patética investigación? He caído muy bajo, no debí complacerla, no debí completarla ―bajó la voz, y el segador puso más atención―. Sólo espero que se arrepienta y vuelva a casa.

Mayuri se detuvo y notó que el novato estaba muy atento: ― ¿Qué? ¿Tengo algo en mi cara? ―preguntó, enojado.

― No capitán ―respondió enseguida el segador.

El científico tocó el timbre y la gran figura de Tessai apareció en la entrada: ― Buenas tardes, capitán Kurotsuchi y compañía ―saludó.

― Buenas tardes ―le devolvió el saludo Mayuri―. Estoy aquí para investigar lo de los Huecos, ¿es posible que tengas un lugar para mí aquí? ―preguntó, mirando hacia el interior.

Tessai se llevó la mano derecha a la barbilla: ― Por supuesto ―respondió― pero es algo pequeño…

― Está bien ―lo interrumpió el científico, haciendo un ademán con la mano izquierda―, sólo quiero un espacio para mí y mi equipo de trabajo ―señaló al segador que cargaba las cajas.

― De acuerdo capitán, pase ―Tessai se apartó a un lado de la puerta, dejando que Mayuri y su asistente entraran en la tienda―. Pero hay una condición ―agregó, con un tono algo amenazante.

El científico bufó molesto y rudosamente: ― ¿Cuál? ―preguntó, un poco enfadado.

― No toque el equipo, los libros, papeles y demás cosas del jefe ―contestó. Mayuri sólo asintió, demostrando que estaba de acuerdo. A continuación los tres atravesaron la tienda, rumbo a la futura habitación del investigador.


― Vaya eso fue muy entretenido ―dijo la mujer de pelo rosa, arrojándose en un sillón de tela verde olivo de tres plazas. A continuación tomó el control remoto y encendió la televisión, cambiando los canales rápidamente y se detuvo en un programa de talentos― ¡Pero que feo canta el morro! ¿Qué en este país no tienen Dragon Ball Z? ―preguntó en voz alta, moviéndose de canal en canal.

La de pelo lila se sentó al lado izquierdo de la de aspecto vaquero: ― Che, recordá que siempre lo pasan después de las siete y son ―miró el reloj de pared, que estaba encima de la televisión― las seis de la tarde.

― ¡Oigan niñas! ―llamó la voz de la del vestido victoriano desde el segundo piso― Vengan a ver esto

Las tres mujeres se encontraban en la sala de estar de una casa en los suburbios de Karakura. Era un inmueble mediano de dos pisos, ideal para alojar a una familia de cinco personas, aunque ellas encontraron un ambiente extraño al toparse con esa casa.

No habían sentido ese calor de hogar que previamente habían percibido al invadir otros hogares y darse el gusto de aniquilar a las familias. En esa casa había algo extraño que hizo que las tres se sintieran incómodas al pisar la duela del interior. En un principio dedujeron que habían salido, pero rápidamente cambiaron de opinión al ver las llaves de los humanos sobre el comedor.

La de aspecto vaquero y la del kimono llegaron hacia donde estaba la pelinegra. Ella estaba de pie, en la entrada de una de las habitaciones: ― Miren lo que he encontrao ―susurró, señalando hacia el interior del cuarto.

Las dos mujeres se asomaron y abrieron muchísimo sus orbes naranjas y marrones. Allí, reunidos en la cama, estaban los integrantes de la familia, muertos. Todos tenían los ojos muy abiertos y expresiones de dolor en su rostro. Pero lo común en ellos era una herida en el cuello, semejante a una mordida.

― No, no, no y ¡NO! ―bramó la de pelo rosa, azotando su sombrero vaquero contra el suelo y cubriendo su rostro con sus manos― Ya nos llevó la chingada, morras. Nos obligarán a volver y nos tratarán como putos perros.

La del vestido victoriano le colocó su mano derecha en el hombro izquierdo: ― Calmaos ―dijo en tono tranquilizador―, yo tampoco quiero volver al castillo, pero eso no significa que tenéis que entregaros sin pelear.

La de pelo lila río un poco, y se ganó una furiosa mirada de la de los revólvers: ― Y tú, ¿de qué chingados te ríes, eh? ―le preguntó con voz agresiva.

― ¿Recordás que estábamos jugando a hacer agonizar a los humanos? ―respondió con una pregunta. La de pelo rosa asintió―. Esto te va a alegrar un poco, che. Una de las que marcamos en la tarde está cerca, ¿no querés ver cómo estira la pata? ―cuestionó con una sonrisa.

La de aspecto vaquero asintió, sonriendo: ― Por supuesto, no me vendría mal unas cuantas risas. Vamos todas, no hay pedo (8) ― y salieron de la habitación, encaminándose al exterior de la casa.


La luz del crepúsculo se colaba a través de una amplia ventana cuadrada de dos metros de largo e iluminaba una habitación bastante decorada. El cuarto tenía una amplia cama matrimonial, cubierta de un grueso edredón con estampados de peces koi rojos y blancos y algunos animales de peluche. El la pared opuesta a la ventana había una enorme repisa, sobre la cual descansaban unos botecitos con maquillaje, cajas pequeñas y opulentas que seguramente contenían alhajas valiosas y un gran espejo ovalado, con varias fotografías de una bella joven pelinegra colgadas en uno de sus lados. En la pared opuesta a la cama estaban las altas puertas blancas de un armario, y al costado de cada puerta había libreros de tres metros de alto, llenos de distintos tipos de libros, desde escolares hasta de literatura y cocina.

Una pálida mano buscaba entre los libros algún material de su agrado: ― Vaya, así que apenas ibas en preparatoria ―dijo una voz suave pero masculina―. Recuerdo nítidamente esa etapa de mi vida, lo que es la juventud, ¿no?

Nadie respondió.

La mano tomó un grueso libro de historia: ― Historia, mi tema favorito ―otra mano abrió el libro y unos intensos ojos amarillos comenzaron a leer―, siempre encuentras cada versión. Es divertido leerlas.

Nuevamente, nadie respondió.

El capitán caminó hacia un costado de la cama, donde yacía el cuerpo boca abajo de una jovencita, de no más de diecisiete años, pelinegra y esbelta. El capitán usó su pie izquierdo para voltearla, y entonces vio el rostro de la joven. Tenía los ojos abiertos y una horrible herida en su cuello, como si alguien le hubiese arrancado un trozo.

El pelinegro se agachó y acarició su mejilla derecha: ― Eras tan linda, fue una pena que hayas huido de mi ―se incorporó y salió de la habitación, dando a un largo pasillo alfombrado con cerca de ocho puertas blancas. Cruzó con buen paso el pasillo y llegó a la escalera principal de la mansión, la cual daba al recibidor. Allí, se encontraban pocos miembros de su tropa, entre ellos Vasile y Doru.

El capitán saltó hasta la planta baja, amortiguando su caída con el pie derecho: ― ¿Y cómo les ha ido de cacería? ―preguntó, algo inquisitivo.

― Bien, hemos capturado algunas criaturas, señor ―respondió Doru―, sin embargo, nos quedamos sin guía.

El de ojos amarillos enarcó una ceja: ― ¿A qué se debe eso? ―preguntó, un poco severo.

― Kojiro se fue con algunos a ciudad Naruki a capturar a los Fullbringers, capitán ―respondió Vasile―. Él conoce la ciudad.

El capitán bufó molesto: ― Bueno, al menos ya los llevaron a Shimonoseki ¿verdad? ―inquirió, cruzándose de brazos.

― Ah, no capitán, todavía no ―dijo Doru. El de smoking le dirigió una severa mirada, con la cual el joven se sintió bastante intimidado―. P-p-pero los íbamos a mandar en la n-n-noche, ya que es b-b-b-bastante arriesgado volar a p-p-plena luz ―se excusó, asustado.

El capitán se llevó la mano izquierda a la barbilla: ― Tu argumento es razonable Doru. Aunque por lo visto ya no se tienen que preocupar mucho por la cacería ―dijo, provocando murmullos de enojo entre los presentes.

― ¿A qué se refiere, capitán? ―preguntó un hombre delgado de apariencia senil, de pelo corto y cano y una gran barba blanca desordenada, vestido con una larga gabardina beige bastante opaca y una bufanda negra envuelta al cuello

Las puertas principales de la mansión se abrieron de forma violenta, haciendo que los elaborados vitrales que tenían empotrados se rompieran, dejando pasar a Mihaela, Kyuke y el resto de la tropa.

El capitán sonrió y miró a Mihaela: ― Explícale a Kurt el por qué ya no tienen que preocuparse por la cacería.

La mujer de pelo azul se aclaró la garganta y miró al hombre anciano: ― Es que ya atrapamos a casi todas las criaturas de la lista ―dijo, con voz gangosa.

El de smoking se sorprendió por la respuesta y se dirigió hacia la del vestido francés con pasos lentos. Con cada paso que daba hacía eco en el amplio recibidor, y la tropa se iba apartando, dejando a Mihaela ante la mirada inquisidora del capitán.

― ¿Me podrías explicar el punto de a casi todas las criaturas? ―preguntó el pelinegro, haciendo un inusual tono de voz áspero en la última parte del cuestionamiento.

Mihaela respiraba bastante asustada, incapaz de contestar ya que de su boca salían sonidos ininteligibles, por lo que Kyuke dio un paso al frente, encarando al capitán: ― Se refiere a que nos falta sólo una criatura de la lista, señor ―respondió, un poco nervioso.

― ¿Una? ―cuestionó el capitán, con su tono suave de voz.

― Sí, sólo una ―reafirmo Kyuke, levantando su dedo índice derecho―. Es la más difícil de todas y requiero de la élite de la tropa para capturarla, ya que está rodeada de fuertes defensores que no dudarán en reaccionar si le ponemos un dedo encima. La única criatura que nos falta es ―sacó de sus pantalones deportivos la lista, la desdobló y le echó un vistazo― un individuo mitad humano, mitad segador de almas.


Ichigo y Rukia se encontraban caminando en una de las calles cercanas a la casa Kurosaki, pensando en el acontecimiento del parque. Ambos tenían la misma duda rondando en sus cabezas ¿Quién habría sido el responsable de matar a un grupo de inocentes niños?

― Oye enana ―Ichigo rompió el silencio.

― ¿Qué pasa? ―preguntó la aludida.

― Las mujeres de las que habló la niña ¿te suenan familiares? ―cuestionó.

Rukia negó con la cabeza: ― De hecho, nunca había oído hablar de ellas hasta ahora ―respondió―. Pero hay algo más que no me cuadra.

― ¿A qué te refieres? ―cuestionó el chico, frunciendo el ceño― ¿Hay algo bueno en ver niños muertos y llorando por su madre?

Rukia le dio un golpe en la cabeza: ― Por supuesto que no hay nada bueno en eso, idiota ―dijo, algo enojada―. A lo que me refiero es que con tantas almas, ningún Hueco se hizo presente.

Ichigo recordó un poco y le dio la razón a la pelinegra. En todo el tiempo que estuvieron ayudando a las almas, no hubo amenazas de Hueco. Y para una ciudad como Karakura, eso era muy raro.

― ¿Qué crees que esté pasando Ichigo? ―preguntó Rukia, sacando al joven de pelo naranja de sus pensamientos― ¿Será que un nuevo enemigo esté a punto de dar pelea?

― No lo se, Rukia ―respondió Ichigo, llevándose ambas manos a su nuca―. No me gustaría pensar en que tenga que salvarles el trasero a los segadores de nuevo, además…

Fue interrumpido por otro golpe en la cabeza, más fuerte que el anterior: ― No seas tan arrogante, pelos de zanahoria ―le espetó la pelinegra. El de cabello naranja sólo se frotaba el lugar del golpe, murmurando algunas groserías―. El Seireitei ya está más fortalecido, no requeriríamos de mucha ayuda tuya ―agregó, cruzándose de brazos.

Ichigo iba a responderle cuando alguien salió de un callejón corriendo. Ambos jóvenes miraron al recién llegado y vieron que se trataba de Renji. Al parecer, estaba en su gigai y vestido con una camisa color vino y jeans azules.

― Ichigo ―dijo, jadeando― necesito tu ayuda, ¿tú estudias medicina, verdad? ―cuestionó.

El aludidó asintió: ― ¿Qué ocurre? ―preguntó, con el presentimiento de que no era nada bueno.

Renji inhaló mucho aire y luego lo expulsó: ― Es Tatsuki ―aclaró―. Tienes que venir rápido. Ella está tosiendo sangre y no puede respirar ―bajó la voz―, parece que se está muriendo.


Notas del autor

*Nuevamente una dísculpa por la tardanza en la actualización. Tuve muchas cosas que hacer referente a la escuela, y las vacaciones pasadas no pude avanzar de forma consistente con esta historia. Les reitero, ténganme paciencia.

*Gracias a Tifa19 por algunas aclaraciones con el acento andaluz.

Glosario

(1)Too: Todo

(2) Naa: Nada

(3) Lero: Manera coloquial de referirse al euro en España

(4) Varo: Manera coloquial de referirse al peso en México

(5) Mango: Manera coloquial de referirse al peso en Argentina

(6) Emputado(a): Así se le dice en México a alguien que está muy enojado

(7) Chingan: En México, la palabra chingar tiene tantos significados. En este caso significa como se mueren

(8) No hay pedo: Frase vulgar mexicana que significa "no hay problema"

Gracias por leer