Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios
Aclaración: Los flashbacks se indican de esta manera.
6. Mémories et cauchemars du cœur
(Recuerdos y pesadillas del corazón)
"Una herida puede sanar, pero un recuerdo jamás, ni con el más fuerte licor, se puede borrar"
Eduardo Leyes
Ichigo no se lo pensó dos veces y tomó a Renji por los hombros: ― ¿En dónde se encuentra? ―preguntó, con un tono de exigencia.
― A pocas calles de aquí ―respondió el pelirrojo, soltándose del agarre del segador sustituto―. Ven, sígueme ―y echó a correr.
Ichigo y Rukia le siguieron el paso, esperando poder hacer algo por Tatsuki antes de que sucumbiera ante la misteriosa enfermedad.
Una vez que se retiraron los jóvenes y el ambiente quedó en calma de manera momentánea, unos pasos se escucharon desde un callejón cercano, opuesto al de donde había salido Renji. Eran lentos y acompasados, como si la persona caminara tranquilamente. El sonido se detuvo en la entrada del callejón, y lo sustituyó otro, pero ahora como si alguien exhalara suavemente algo.
La mujer de vestido victoriano salió de las sombras. Tenía en la mano derecha una pipa europea: ― ¿Cómo veis, niñas? ―preguntó, y dándole una calada a su pipa― Hasta que encontramos segadores, ¿creéis qué nos causarán problemas? ―exhaló el humo hacia el frente y abajo.
La del kimono y la de aspecto vaquero también salieron de las sombras. La de pelo lila tenía un cigarrillo en su mano izquierda y la de pelo rosa un habano en su boca.
― Yo creo que no ―respondió la de los revólvers, hablando un poco raro debido al habano―. Y si lo hacen, pues les partimos su madre(1) ―le dio una profunda calada al habano.
La de la katana se llevó su cigarrillo a la boca: ― Pero hay que empezarnos a mover ―comentó, dándole una calada y exhaló el humo―, ya que estos pibes se dirigen a donde está la que estamos buscando.
La de aspecto vaquero se quitó el habano de la boca y sonrió: ― Mira tú. Espero que esos morros tengan huevos pa' los putazos(2) ―añadió, empuñando su mano derecha―, porque se las voy a hacer de pedo(3).
La pelinegra fumó un poco más de su pipa y sonrió: ― Sois muy agresiva, no hay dua(4) que les darías una lección ―cambió su semblante y miró seriamente a las otras dos―. Pero recordaros que ―levantó su dedo índice izquierdo― ellos están aquí. Hay que ser cautelosas, y si ellos nos encuentran, tendremos que huir a Sendai, ¿entendio? ―exhaló el humo hacia arriba.
Las otras dos asintieron: ― Claro che ―respondió la de pelo lila, con el cigarrillo en la boca―. No somos tan giles para revelar nuestra presencia.
Las tres le dieron otra calada a sus respectivos tabacos, exhalaron y desaparecieron, dejando suaves espirales de humo que indicaban su dirección.
Chad y Orihime corrían en dirección a la casa de Ichigo. La chica de pelo naranja había detectado algo anormal en la presión espiritual de Tatsuki, y sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para dar con ella y ayudarla.
Chad, además de pensar en su amiga, estaba un poco perturbado por lo ocurrido esa tarde. Como bien se lo comentó a Orihime, no era la primera vez que le pasaba. Más de tres veces le pasó en México, con distintas personas de características similares a los de la tarde de hoy. Sólo esperaba que aquellos seres no estuvieran allí, ya que si volvía a suceder esa especie de "trance" en él…
El sol se ocultaba en un pequeño pueblo del centro de México. Incrustado en la ladera de una montaña, se conformaba con quinientas casas de distintos tamaños y colores. Algunas bastante lujosas, casi al estilo americano, otras bastante menos ostentosas pero aun así con bastante espacio como para albergar bovinos de engorda, ovejas y cerdos, y unas pocas eran más pequeñas, con tejados planos o inclinados. En las calles del pueblo, los pastores llevaban a sus cabras de regreso a casa, otros iban a la tienda por algo para la cena, los niños y jóvenes aprovechaban las últimas horas de luz para jugar y los ancianos simplemente estaban sentados en la calle, observando y saludando a cualquier transeúnte, desde los montados en caballos y burros hasta los automovilistas.
Un grupo de diez niños, reunidos en la acera de una casa verde, jugaban con sus trompos de plástico. Todos ellos eran bajitos, excepto uno que se destacaba notoriamente entre el grupo de infantes.
― Vamos Sado, ya mátalo ―un niño de nueve años, piel pálida, ojos verdes y lleno de pecas alentaba con animada voz―. Ya me tengo que ir.
― 'pérate Güero ―lo tranquilizó otro niño pelinegro y moreno―. Que no vez que se está concentrando.
El alto del grupo levantó su mano derecha, y liberó con fuerza su trompo. El juguete se desenrolló y fue a dar bruscamente contra otro trompo colocado en el piso, siendo éste último víctima de un violento golpe que lo fracturó en dos partes, dejándolo inservible.
El dueño del trompo roto sólo podía observar tristemente como su juguete era roto y rematado por las patadas de los impacientes niños, quienes ya se querían ir a su casa. En medio de su pequeña pena, una mano se posó en su hombro izquierdo.
― No te preocupes, te cooperaré para otro ―dijo la voz de Sado.
El niño triste se dio la vuelta y le sonrió un poco: ― Gracias, carnal(5) ―Chad asintió.
Después de masacrar el trompo, los niños se despidieron y comenzaron a partir hacia sus casas rápidamente. Nadie quería ser sorprendido por la noche, ya que, según la gente del pueblo, una sombra recorre las calles y toca las puertas, llevándose a las personas.
Chad y el Güero estaban caminando por una oscura calle, la cual daba a la salida del pueblo. Ambos eran vecinos y vivían en las últimas casas.
― 'tuvo chido el día ¿no Sado? ―comentó el niño de piel clara.
Chad asintió con la cabeza: ― Fue interesante ―agregó.
― Si, sobre todo cuando… ―dijo el Güero, pero se calló y comenzó a respirar lenta y fuertemente.
Chad pudo percibir lo que estaba provocando esos cambios en su amigo. El sonido de un caballo caminando apreció de la nada y a sus espaldas, oyéndose muy cerca, como a medio metro, paralizándolos totalmente. Ambos se dieron la vuelta y se encontraron con lo que nunca se deberían de encontrar.
Un caballo mediano, como de un metro y setenta centímetros a la cruz, traía en su lomo a un hombre, seguido de otros dos a pie. El jinete se bajó del animal y caminó hacia los niños. Tenía un metro y ochenta centímetros de altura, su pelo corto y de color negro morcilla, la piel tan pálida como el claro de luna y unos atemorizantes ojos saltones ensangrentados y de un iris azul fantasmal. Vestía a la usanza charra, de color negro y con detalles plateados, además de que portaba una extraña espada en el flanco izquierdo. Uno de sus acompañantes a pie era un joven de no más de diecinueve años bajo, de piel bronceada, pelo negro liso y un poco largo, vestido con una camisa de rayas blancas y moradas y jeans azules; y el otro era un adulto bastante alto, robusto, de piel blanca, de cara redonda, con pelo rojo, largo hasta media espalda y atado en una cola de caballo, vestido con un uniforme militar.
― ¿Ya se iban a sus casas, chamacos? ―preguntó el jinete. Tenía la voz lenta y arrastraba las palabras― Aun es temprano, lo bueno comienza más tarde ―abrió la mano derecha frente a Chad y el Güero―, vengan conmigo.
― ¡Ni madres! ―exclamó el niño de piel clara y comenzó a correr en dirección opuesta― ¡El Charro Negro! ¡Me quiere raptar el Charro Negro! ―gritaba a la vez que intentaba alejarse.
― Te van a delatar, Charro ―dijo el más bajo.
El Charro río un poco: ― Ah, no te preocupes Doru ―y miró al otro niño, quien tenía la cabeza agachada y los hombros caídos―. Alcánzalo y mátalo ―ordenó, y de su espalda, acompañado del sonido de algunos chasquidos, se extendieron dos alas de piel negra, parecidas a las de un murciélago.
― Sí señor ―respondió Sado en voz baja. A continuación emprendió la carrera para alcanzar al Güero, y el Charro despegó del suelo y lo comenzó a seguir desde el aire, dejando a los otros dos hombres atrás.
El Güero seguía corriendo y gritando, alertando a todos de que el Charro Negro se lo quería llevar. Pero al parecer, nadie salía a ver que pasaba con él, a pesar de que eran las ocho de la noche. Tal vez todos estuvieran en sus casas cenando algo o simplemente viendo la televisión, pero ninguna persona se asomaba por los gritos que daba el niño, quien se detuvo para respirar un poco.
Pero fue un error fatal.
Una mano lo tomó de la nuca y otra del hombro derecho, sorprendiéndolo y paralizándolo. Con fuerza, el niño fue obligado a darse la vuelta, asombrándose aun más por ver quien era su agresor.
Sado Yasutora lo había atacado, pero este niño alto y moreno no era el amigo del Güero. El Sado que lo había sorprendido tenía los ojos bastante abiertos, pero que a su vez transmitían un enorme vacío, similar al de la mirada de un muerto.
― ¿Carnal que te pasa? ―preguntó asustado el Güero. Chad no respondió y llevó ambas manos al cuello de su amigo, comenzándolo a apretar.
El miedo invadió al otro niño, quien intentó soltarse dándole golpes en la cara a Chad. Sin embargo, pese a los insistentes puñetazos del Güero, Sado permanecía imperturbable, apretando cada vez más el cuello del Güero, quien comenzó a jadear.
― Muy bien chamaco ―dijo una voz perezosa. El Charro Negro apareció a espaldas de Sado―. Apriétele bien, porque me gusta la comida bien muerta.
Chad obedeció y estranguló más el cuello de su amigo. Éste no paraba de jadear, pero llegó un momento en el cual comenzó a perder la conciencia, y la oscuridad invadió su vista, dejando de ver a un Sado de mirada perdida y al Charro Negro observando a ambos.
Una vez que el Güero quedó asfixiado, Sado quitó las manos de su cuello. Aun conservaba la mirada hueca y su postura de hombros caídos.
― Excelente chamaco, ahora vete a tu casa que me gusta comer solo ―ordenó el Charro. Sado se fue corriendo a su casa y el Charro Negro desenfundó su espada para rebanar la mano derecha del cuerpo del Güero.
― ¡Espera niño! ―exclamó una voz. Sado se detuvo y detrás de él aterrizaron los otros dos hombres, ya que ellos también tenían alas semejantes a las del Charro.
Chad se dio la media vuelta: ― ¿Qué pasa, señor? ―preguntó con voz apagada.
Doru estaba mirando al joven, con la mano izquierda en su mentón, como si lo estuviera examinando: ― Mira Vasile. Siente el alma del niño, con razón obedeció tan fácil ―dijo, inhalando un poco de aire de manera sonora.
Vasile lo imitó: ― Tienes razón ―dio unos cuantos pasos hacia Sado―. Muy bien niño. Ahora ―señaló la casa más próxima, en la cual vivía otro amigo de Chad―, ve a ese lugar y ahórcalos a todos, sin excepción ―ordenó, sonriéndole ampliamente al chico.
Sado lo miró con sus ojos apagados: ― Sí, señor ―y se dirigió a la casa.
Renji no podía dejar de correr, quería llegar lo más rápido posible a donde se encontrara Tatsuki. Ichigo y Rukia intentaban seguirle el paso, y aun en su forma segadora les costaba trabajo. Si bien pudieron haber usado el shumpo, éste no les iba a ser útil, ya que Rukia aun no estaba familiarizada con la presión espiritual de Tatsuki e Ichigo seguía siendo un inútil en ese aspecto de la detección.
La manera de correr de Renji les daba una vaga idea al chico de pelo naranja y a la pelinegra que Tatsuki se encontraba en un peligro mortal. Pero lo que ellos no sabían era que esos rápidos pasos delataban que la enorme preocupación que el pelirrojo sentía por la karateca, ya que durante cuatro años algo comenzó a formarse en el interior de Renji al conocer a Tatsuki poco a poco.
En lo alto de la colina norte de Karakura, a la luz del crepúsculo, Renji estaba observando la ciudad. Había pasado sólo una semana desde la derrota del Vandereich, una de las peores amenazas hacia la Sociedad de Almas. Con ese grupo bajo control y alcanzada algo de anhelada paz, los segadores comenzaron a darse el lujo de interactuar un poco más entre ellos, pero ya no con cuestiones de trabajo o militares, sino algo ya más personal y de acercamiento.
La tranquilidad dio paso a que los segadores comenzaran a forjar relaciones entre ellos, si bien el ideal de un segador es el de carecer de sentimientos, ellos no tenían la culpa de que fueran almas humanas, y como parte de esa naturaleza es normal que ellos comenzaran a sentir algo por ciertas personas.
Así, cada vez había más movimiento entre los Escuadrones del Seireitei. Pero esta vez el ir y venir de los segadores se veía interrumpido por el cruce de miradas o algún intercambio de palabras que les dejaba un buen sabor de boca, ya que las conversaciones abordaban temas como si podían entrenar juntos o simplemente ir a un restaurante para cenar. Era muy común observar estas interacciones entre segadores de bajo rango, cuyas responsabilidades no son muy fuertes, aunque los oficiales, tenientes y capitanes tampoco se quedaban atrás en este aspecto.
Algunos se tomaban algún tiempo libre fuera de su escuadrón, como el capitán Toushiro Hitsugaya, quien visitaba frecuentemente el Quinto Escuadrón, teniendo como pretexto el ayudar a la teniente Momo Hinamori con el papeleo. Otros recibían algún detalle, como Nanao Ise, a quien le llegó una enorme colección de libros de enología, o Retsu Unohana, la cual fue la destinataria de una rosa azul manchada de sangre y acompañada de un mensaje, el cual decía "Para que tu palpitante herida nunca me olvide"
Pues si bien algunas convivencias daban resultados bastante alentadores para sus participantes, algunas eran rotundos fracasos, como las que intentaba ejercer Izuru Kira cada vez que le hablaba a alguna chica para salir o simplemente para entrenar. Para el teniente del Tercer Escuadrón era una caída tras otra, que si bien eran numerosas, no le dolían mucho comparadas con lo que tuvo que pasar Renji Abarai.
Renji suspiró cansado. Era bien sabido por todos lo que él había sentido por Rukia Kuchiki desde que era apenas un niño en el Rukongai, aunque ella no se diera cuenta de nada. Todos sus amigos lo alentaban a que invitara a Rukia a salir a alguna parte, y así lo hizo. Pero fue en vano, ya que la pelinegra inventaba muchas cosas para no salir con él.
Pero el momento donde todo se vino abajo para Renji fue cuando él, ya un poco cansado de tantos "no", le preguntó la razón por la cual no salía con él. Ella sólo le dedicó una seria mirada y le dijo que nunca podría hacerle daño a un buen amigo, ya que ella sentía un profundo cariño fraternal hacia el pelirrojo y que jamás podría dejar de verlo como un hermano.
Ahí se dio cuenta de que, aunque fuera una persona importante para ella, él nunca podría ocupar ese lugar que tanto anhelaba en el corazón de Rukia, ya que desde hace algunos años ese lugar tenía una reservación muy especial.
Renji arrojó la piedra con la que estaba jugando a algún lugar a espaldas de él. Tal vez sería mejor seguir así, un poco solo. De todos modos, ser segador implica una seria responsabilidad donde los sentimientos tienen que ser dejados de lado, además de haría mejor su trabajo, ya que, aunque sonara cruel hacia su persona, podría arriesgarse de manera absurda en las misiones hasta el punto de morir.
Sin embargo, no tuvo tiempo de seguir con sus melancólicos argumentos. Un fuerte dolor en la parte posterior de su cabeza se hizo presente de repente. Renji se llevó amabas manos al lugar, dado que recibió un fuerte golpe por detrás.
― Ten más cuidado a donde arrojes piedras, idiota distraído ―le gritó una enfadada voz femenina. Renji se dio la vuelta y se encontró con una mujer un poco alta, delgada, de cabello negro, algo erizado y largo a la mitad de la espalda. Vestía un uniforme idéntico a los individuos que practican artes marciales, además de que estaba cargando un peto de Tae Kwon do.
Renji la observó un poco. Si mal no recordaba, ella era amiga de Ichigo cuando iban en el instituto y la protectora de Orihime. Una chica ruda que muchos alumnos de la escuela la tachaban de marimacho, sólo porque sabía propinar golpes y no tenía nada de características femeninas, tanto en su comportamiento como en su cuerpo. Pero ahora la notaba más cambiada, pero al parecer tenía el mismo temperamento agresivo y algo en su mirada que le resultó muy familiar.
Tatsuki frunció el ceño ante el escrutinio visual de Renji: ― ¿Qué tanto observas, tarado? ―preguntó, enojada.
Renji parpadeó rápidamente: ― ¿Puedes verme? ―respondió con una pregunta.
Tatsuki dejó el peto en el suelo y se cruzó de brazos: ― Claro ―respondió― ¿O acaso no todos pueden verte? ―cuestionó, alzando una ceja.
Renji iba a responder, pero mejor se guardó las palabras, ya que no iba a soltar todo el sermón acerca de los segadores a una humana que apenas conocía. Mejor giró su vista hacia el crepúsculo, sumiéndose en sus melancólicos argumentos de nuevo.
La pelinegra, al ver que no le respondían, le iba a propinar un golpe en el pie, enseñándole que ella no le gustaba ser ignorada. Pero cuando vio la mirada de Renji mejor se contuvo, ya que esa mirada la había visto varias veces en las últimas semanas.
Tatsuki recogió el peto de suelo: ― Bueno, yo mejor me voy. Nos vemos ―se despidió y comenzó a caminar colina abajo, dejando a Renji sumido en sus pensamientos. Sin embargo, el pelirrojo no perdió de vista el camino que iba siguiendo la joven, hasta perderse en un bosquecillo al pie de la colina, ya que encontró algo en ella que le llamó la atención.
Luego de varios minutos corriendo, por fin llegaron a donde se encontraba Tatsuki, cerca de la casa de Ichigo. La chica estaba de rodillas y ambas manos apoyadas en el suelo, con la cabeza agachada, jadeando fuertemente y enfrente de ella había un charco pequeño de sangre.
― ¡Tatsuki! ―gritaron al unísono Ichigo y Rukia, apresurándose a llegar a su lado y dejando atrás a Renji. Chad y Orihime llegaron un poco después, y se situaron al lado del pelirrojo. A los pocos segundos Uryu y Nemu hicieron su aparición, observando el mal estado por el que estaba pasando la chica.
La karateca alzó su cabeza. Su mirada seguía teniendo la misma fortaleza, pero al verlos les dedicó una pequeña y triste sonrisa: ― Hola ―saludó, con voz extraña debido al líquido acumulado en su garganta. Tosió un poco, dejando escapar sangre con manchas verdes.
Renji llegó al lado de Ichigo: ― ¿Qué puedes hacer? ―preguntó, esperando a que la respuesta fuera alentadora.
El joven de pelo naranja bajó la mirada: ― Nada ―murmuró en respuesta.
― ¡Nada! ―gritó el pelirrojo―. Pero si tu eres doctor, debes hacer algo ―recriminó.
Ichigo miró a Renji: ― Ya he visto este caso ―dijo, con un todo bastante desalentador para todos―. Hace tres días una mujer murió en la clínica, y tosía la misma sangre que Tatsuki. Falleció a los diez minutos de haber comenzado a mostrar los primeros síntomas, ya que, según el viejo, no se puede hacer nada frente a esta enfermedad.
Después de las palabras de Ichigo un aura desalentadora rodeó a cada individuo. La tristeza y la impotencia comenzaron a hacerse presentes en cada uno de los jóvenes. Orihime se llevó ambas manos a la boca y pequeñas lágrimas aparecieron en sus ojos. Uryu se acomodó sus lentes y bajó un poco la mirada. Nemu contemplaba impasible el entorno, aunque algo más seria. Chad bajó la vista. Rukia observó a Tatsuki, pensando en que era imposible que una persona tan saludable como ella pudiera contraer una enfermedad así. Ichigo sólo pensaba en qué demonios causaba la muerte tan rápido, y apretó los puños en señal de impotencia. Todos se quedaron quietos en su lugar, excepto Renji, quien comenzaba a avanzar hacia Tatsuki, que tosía de una manera violenta y expulsaba más de ese líquido sanguinolento.
Tatsuki dirigió su mirada a Renji: ― Parece que es mi final en esta vida, ¿no? ―dijo débilmente y tosiendo más― Aun así, fue muy divertido haber estado aquí y conocerte, cara de mono ―tosió de nuevo y más fuerte―. Después de todo ―respiró difícil y profundamente― espero que todo lo que me contaste sea cierto, me gustaría verte y patear tu tatuado ser.
Renji le dedicó una pequeña sonrisa ladeada: ― Verás que sí, niño ―y se agachó a la altura que tenía Tatsuki arrodillada―, y la próxima vez verás que no será tan fácil vencerme.
La chica sonrió débilmente y tosió, escupiendo más líquido. Fue tal la fuerza de la tos que logró que la chica dejara de apoyarse con sus manos y caer de cara al suelo, pero fue impedido por Renji, quien ahora oía un ruido de gorgoritos cada vez que Tatsuki respiraba.
Renji andaba con cuidado y sigilo por las calles de Karakura a la hora del atardecer, como si estuviera rastreando a alguien. Pese a estar en su forma de segador, actuaba con mucha cautela, como si todos los humanos presentes lo pudieran ver.
Entonces llegó a su destino, en pleno centro de la ciudad. Aquí había venido durante varios días sólo para pasar el tiempo, inventando patéticas excusas al capitán Kuchiki sólo para ir a ese lugar: un dojo.
Renji saltó la pared exterior del dojo y se sentó en posición de indio sobre las tejas del alero de la pared. En ese lugar tenía una vista excelente del salón principal, que en esos momentos tenía un puñado de gente en su interior. Un grupo compuesto de alrededor de quince niños y niñas vestidos de uniforme para practicar karate, formado en un rectángulo, imitaba los movimientos de una mujer al frente de ellos.
Desde hace cuatro días, Renji estaba siguiendo a Tatsuki hasta el dojo donde ella entrenaba y daba clases. En su primer encuentro, ella había despertado una enorme curiosidad en él, debido a que notó algo en ella que le resultó muy familiar.
Soledad.
Renji había observado en esos cuatro días que Tatsuki, además de ser una muy buena peleadora, tenía seguridad y carácter, cosas que a toda mujer que había conocido le faltaban, inclusive a Rukia. Pero además, había notado que era una chica muy solitaria, llegando y partiendo del dojo sin compañía. E incluso hacía sus entrenamientos sin algún compañero.
El pelirrojo siguió observando la clase de Tatsuki por diez minutos más, hasta que la joven les dirigió unas palabras a los niños e hizo una reverencia. Los niños la imitaron y rompieron la formación, dirigiéndose por sus cosas. Entonces Tatsuki miró hacia fuera, específicamente hacia donde estaba Renji, pero no había nadie presente y le inquietó un poco, ya que los últimos cuatro días tenía la sensación de que alguien la seguía desde la colina norte de Karakura hasta el dojo.
Cuando toda su clase abandonó el salón, Tatsuki se preparó para entrenar sola, como todas las noches durante una hora. Primero respiró profundo, para luego ponerse en posición de ataque y comenzar con un par de puñetazos hacia un enemigo invisible, avanzar un paso y dar dos patadas giratorias.
Renji ahora estaba más cerca, en la puerta del salón, observando el entrenamiento de la chica y con Zabimaru en el piso. Al mirar sus movimientos, pudo notar lo ágil que era dando puñetazos y patadas. Pensó que ella sería un excelente miembro del Segundo Escuadrón debido a sus habilidades o puede que también del Onceavo, dada la fuerza y agresividad de sus ataques.
Tatsuki hizo una pausa para respirar y miró hacia la puerta del salón. Ahí encontró a Renji, quien estaba tan concentrado en mirarla que se sorprendió mucho cuando la chica dio un par de pasos hacia él.
― Oye, ¿necesitas algo? ―preguntó Tatsuki, alzando una ceja.
Renji se quedó sin habla un momento. La primera cosa que pasó por su cabeza fue huir y dejar sola a Tatsuki, pero algo le dijo que se quedara, ya que sentía que no iba a pasar algo desagradable si entablaba conversación con esa hábil mujer.
― Eh… pues…―Renji no sabía realmente que contestarle, pero por lo que vio el día de hoy formó una idea― Si, necesito que me ayudes a entrenar un poco en Hak.. ―se cortó, buscando una mejor palabra― karate.
Tatsuki se quedó un poco perpleja. En todos sus años practicando artes marciales, ningún hombre le había pedido algún consejo de cómo entrenar. Se sentía bien que alguien le pidiera ayuda, pero sobre todo pensó que, aunque fuera por esa tarde, no estaría sola en el dojo.
La chica sonrió, dando a entender que estaba dispuesta: ― De acuerdo ―dijo―. Muéstrame tu mejor golpe y veré en que te puedo ayudar.
El pelirrojo se sorprendió aun más. Una chica viva pidiéndole un golpe, ¡vaya que si era extraña esta humana! Generalmente las segadoras eran las que le pedían que no fuera blando al momento de entrenar, pero por lo menos tenían un arma. Tatsuki no portaba nada, pero al observar que adoptaba una posición de guardia, notó que la chica iba en serio, así que se colocó en forma de ataque y, sin meditarlo, le soltó un puñetazo con su mano derecha.
Para su sorpresa, Tatsuki detuvo el golpe con su antebrazo izquierdo y, sin que Renji se diera cuenta, giró un poco y le conectó una tremenda patada en el estómago, dejándolo sin aire. El pelirrojo se encogió del dolor y se arrodilló, mientras que la chica lo veía un poco decepcionada.
― Eso fue muy malo, amigo ―declaró, mirando cómo Renji aun se agarraba el estómago―. Tendré que trabajar muy duro contigo. Por cierto, ¿cuál es tu nombre? ―preguntó.
El pelirrojo alzó la vista: ― Renji Abarai ―respondió, tendiéndole la mano derecha.
La chica la estrechó: ― Tatsuki Arisawa.
Los demás sólo podían ver a Tatsuki batallar por tomar aire, ya que ellos también sintieron impotencia con la explicación de Ichigo. Ella se aferraba fuertemente a los brazos de Renji, como si le sirvieran de apoyo para poder respirar y, en un movimiento que sorprendió a todos, él llevó sus manos a la cabeza de Tatsuki, acariciándole el pelo de manera suave.
Ya habían pasado algunos meses desde que Renji había comenzado un "repaso" de sus habilidades en combate cuerpo a cuerpo. Se había dado cuenta de que Tatsuki era una excelente maestra, con bastantes conocimientos en las artes marciales y facilidad para transmitirlos, ya que en menos de seis lecciones Renji mejoró lo que había aprendido y en otras seis más adquirió nuevas habilidades. Pero todo debía hacerlo en su tiempo libre, dándole excusas a Byakuya de que lo dejara ir, aunque la parte buena es que tenía más horas disponibles debido a la paz que reinaba momentáneamente en la Sociedad de Almas.
― Eso sería todo Renji ―dijo Tatsuki, haciendo una reverencia. Habían terminado un entrenamiento que consistía básicamente en bloquear y defenderse, algo especialmente difícil para Renji, pues fue muy complicado hacerle frente a los potentes golpes de la karateca―. Veo que has mejorado mucho desde aquella vez.
Renji se inclinó: ― Sí, pero gracias a ti. No me había sentido tan hábil en esto desde hace mucho tiempo ―se dio la media vuelta, rumbo a la salida―. Bueno, nos vemos mañana ―se despidió, haciendo un ademán con la mano derecha.
― Adiós ―le devolvió el saludo Tatsuki. Pero de pronto recordó que no podría entrenar con él mañana, debido a que tenía una cita con alguien que Orihime le contactó―. Espera, Renji ―detuvo al pelirrojo.
Él se encontraba levantando a Zabimaru, afuera del salón: ― ¿Qué ocurre? ―preguntó, dándose la vuelta.
― Te quería decir que… ―comenzó Tatsuki, pero se cortó al ver el arma de Renji.
― ¿Qué cosa? ―cuestionó el pelirrojo, al ver que ella no hablaba.
Tatsuki señaló a Zabimaru: ― ¿Es tuya? ―interrogó, señalando la espada.
Renji desenfundó su arma: ― Claro, es mi zanpakuto ―respondió naturalmente, aunque inmediatamente notó su error.
― ¿Zanpa…qué? ―inquirió Tatsuki, con la ceja izquierda arqueada.
El pelirrojo se quedó extrañado: ― Zanpakuto ―contestó de manera pausada― ¿Qué Ichigo no te explicó nada acerca de los segadores? ―preguntó, cruzándose de brazos.
Entonces Tatsuki recordó todas aquellas veces donde Ichigo salía de la escuela, vistiendo ropas negras semejantes a las de Renji, y manejando una tremenda espada, en compañía de Rukia, Chad, Orihime y Uryu. A la vez que se sumía en sus recuerdos, también le llegó esa incómoda sensación de ser alguien ajeno a ellos, como si ella fuera una extraña para sus amigos.
― No ―respondió Tatsuki, de manera tajante―. Ichigo nunca me explicó ni una palabra ―respiró―. Siempre se iba con excusas estúpidas de la escuela, apareciendo con ropa igual a la tuya y una enorme espada en su espalda.
Renji notó esa sensación en cada palabra de Tatsuki, y se enfadó un poco. Al parecer, Ichigo le había ocultado su lado de segador a la karateca, apartándola un poco de los asuntos del mundo espiritual. Aunque él no sabía el verdadero motivo del ocultamiento por parte del chico de pelo naranja hacia Tatsuki, quizá por protegerla o simplemente no quería contarle, Renji iba a estar dispuesto a explicarle todo lo que sabía. De todas formas, pensó, Tatsuki no le había cobrado un solo centavo por las clases, así que tal vez una explicación sincera sea un buen pago.
― Mira, cuando mueres un espíritu llamado segador de almas, es el encargado de llevarte a la Sociedad de Almas, donde… ―comenzó Renji.
Las acciones de Renji hacia Tatsuki tenían perplejos a los demás. Nunca creyeron que un hombre de imagen ruda e intimidante, como el pelirrojo, fuera tan suave hacia una mujer. Orihime lo contemplaba con una amplia sonrisa, sin evitar que las lágrimas siguieran rodando; Uryu miraba analíticamente a ambos; Chad y Nemu parecían imperturbables, sin embargo no apartaban la vista de la escena; Rukia sonreía discretamente, ya que esa era la única vez que Renji se mostraba así con alguien; Ichigo quería hacerle burla a Renji, pero la posición de su mejor amiga impedía que se partiera de risa.
Sin embargo, pese a tener la mirada de todos sobre ellos, a Renji y a Tatsuki no les importaba la situación. Si bien nunca habían tenido un contacto de ese tipo, ya estaba demostrado que ambos se apoyaban en todo, y que siempre la compañía y palabras de uno lograban tranquilizar agitadas situaciones en el otro.
Renji estaba practicando sus movimientos en el dojo, solo. Ya iba para un año y tres meses entrenando con Tatsuki, y durante ese lapso de tiempo mejoró bastante, como a un nivel de cinta café humano. Esto le dio una ayuda extra en sus habilidades en la lucha, ya que gracias a los entrenamientos con la pelinegra había adquirido más rapidez y flexibilidad, las suficientes como para abatir Huecos en tiempo récord o evitar los pétalos de la zanpakuto de Byakuya Kuchiki.
Renji paró de manera momentánea, se acercó a la puerta del salón y miró el cielo. La penumbra había invadido la bóveda celeste, y algunas estrellas ya estaban apareciendo, indicando que ya era tarde. El pelirrojo inmediatamente recordó el por qué de la tardanza de Tatsuki: una salida. La pelinegra, en lo que llevaba del último año, había tenido varias citas armadas por Orihime, culminando todas, según lo que le había contado, en insultos y narices rotas.
La puerta principal del dojo se abrió, y por ella entró Tatsuki. Renji se quedó mirándola un poco y se sorprendió, ya que nunca la había visto así. La mujer portaba un vestido color azul oscuro, largo hasta por debajo de las rodillas, y zapatos de tacón. Sin embargo, el semblante de Tatsuki no era el de ella. La chica, que siempre se mostraba alegre y ruda, ahora estaba apagada e incluso se llevó su mano derecha al rostro, limpiándose algo. Renji no la pudo contemplar más, ya que desapareció por una puerta, que conducía a los vestidores. El pelirrojo ingresó de nuevo al salón, a esperarla.
Cinco minutos después, Tatsuki ingresó al salón, cambiada con su uniforme y mostrándose sonriente: ― ¿Estás listo, cabeza de piña? ―preguntó.
Renji la miró, analizándola, convencido de que algo no iba bien con ella: ― Claro, niño ―respondió, parándose enfrente de ella.
Entonces comenzaron con el entrenamiento. En medio de puñetazos y patadas, Renji pudo confirmar que Tatsuki estaba un poco distraída: no conectaba bien los ataques y le costaba esquivar los golpes. Hasta que una patada baja le hizo perder el equilibrio y caer al suelo.
― ¿Qué te pasa, Tasuki? ―preguntó Renji, algo asombrado y un poco enojado.
La pelinegra se incorporó: ― ¿Cómo que qué me pasa? ―inquirió, sintiendo que diversas emociones se acumulaban de manera peligrosa, como el gasde cocina en una habitación sin ventilación.
― Algo te pasa ―dijo el pelirrojo―. No sé que es, pero algo te pasa. Usualmente esquivas mis golpes fácilmente, pero hoy te está costando, niño.
― No pasa nada ―se defendió Tatsuki, secamente―. Mejor volvamos al entrenamiento.
Renji se cruzó de brazos: ― No, hasta que sepa que te ocurre, mocoso.
Tatsuki apretó los puños. Sus emociones se hallaban al límite: ― Entonces quieres saber, ¿eh? ―dijo suavemente, mirando a Renji fijamente. Sus ojos transmitían ira y tristeza simultáneamente―. Sucede que he fracasado en todas mis citas.
El pelirrojo no pudo evitar reírse: ― ¿Por eso estás así? ―preguntó burlón―. No creí que fueras de ese tipo de mujeres.
La risa fue la chispa que detonó todo: ― ¡Y yo no creía que los hombres fueran tan imbéciles! ―explotó. Renji paró de reír, no la había visto tan enfadada― Sabes, todos los hombres con los que he salido tienen la estúpida idea de que una mujer debe ser femenina e idiota, que debe ser sumisa ante el hombre en todo ―respiró―. Además de que quieren un cuerpo escultural y no esto ―se señaló a si misma―, y mi actitud no me ayuda, todos creen que soy lesbiana o amargada, que me quedaré sola y moriré…
― ¡Basta! ―bramó Renji, hastiado. Ahora Tatsuki lo miró, algo asustada por el grito que pegó― He oído suficientes idioteces de ese tipo en la Sociedad de Almas y, la verdad, no creí que tú estuvieras tan afectada por cosas así. Escucha, eres mucho mejor mujer que todas las que he conocido y he intentado salir ―agregó, recordando un poco y con dolor a Rukia―, eres fuerte, ruda, decidida, cosas que a muchas chicas les hace falta tanto aquí como en la Sociedad de Almas. Además de que no te hace falta tener un físico espectacular para sobresalir, a muchos hombres no nos gustan tan pronunciadas de cuerpo ―soltó sin pensar, dejando a la chica un poco anonada y con un leve sonrojo por el comentario.
Hubo un pequeño silencio en el cual ambos asimilaban las palabras. Renji se dio cuenta un poco tarde de lo que había dicho, pero no le incomodó en absoluto. La prolongada convivencia con Tatsuki le mostró cualidades que él había buscado durante años en una mujer, y la que tenía enfrente de él reunía todas las características deseadas como para que él las dijera de manera directa y sin tapujos.
Tatsuki sonrió un poco, pero de manera sincera. Renji le había dicho algo que ningún hombre con el que llevaba saliendo le había dicho: un halago. Si bien no fue esos empalagosos comentarios que les gustan oír a la mayoría de las mujeres, el pelirrojo exaltó pocas pero buenas cualidades que ella había cultivado a lo largo de los años.
― Gracias Renji ―dijo en voz baja Tatsuki.
Renji sonrió: ― No hay de que, niño. Ahora, ¿en qué nos quedamos? ―preguntó, adoptando una posición de guardia.
La pelinegra se colocó a la ofensiva: ― En que voy a partir tu tatuado rostro, cabeza de piña ―respondió. Y soltó un puñetazo con la izquierda, dando de lleno en el antebrazo del pelirrojo.
Al tener a Tatsuki entre sus brazos, Renji se dio cuenta de algo: los gorgoritos habían cesado. El pelirrojo pensó que ya había acabado y Tatsuki estaba mejor, pero también sintió otra cosa. La karateca estaba dejando caer su peso sobre él, además de que su piel estaba comenzando a sentirse fría.
Eso hizo que Renji apartara un poco a Tatsuki de sí mismo y la miró. La mujer tenía su cabeza tirada hacia el lado derecho, sin fuerza alguna como para mantenerse erguida, además de que su mirada estaba perdida y un fino hilo de esa secreción sanguinolenta escurría por su boca.
Todos se quedaron estupefactos con lo que acababan de ver. Tatsuki Arisawa, una de las personas más atléticas y sanas de Karakura, había fallecido.
Orihime no pudo más y soltó en llanto, tapándose su rostro con ambas manos y cayendo al suelo de rodillas. Chad ladeó un poco su cabeza, apartando la vista de la escena. Uryu se tapó los ojos con el pulgar y el índice derechos, para evitar reflejar tristeza alguna. Nemu seguía con su semblante serio, aunque sentía un poco de empatía por los demás. Rukis cerró los ojos y respiró profundo, al igual que Uryu intentaba resistir. Ichigo se tapó su rostro con la mano derecha y apretó los dientes en señal de que se sentía impotente. Y Renji sólo pudo dejar el cuerpo suavemente en el piso, para después soltar un grito de desesperación y golpear el suelo con todas sus fuerzas, pensando que el destino era muy cruel con él al quitarle dos preciadas mujeres de su lado.
― Oigan ―llamó una voz bastante conocida―, no se pongan a llorar. Todavía estoy aquí.
El resto se sorprendió con la voz que escuchó. A unos dos metros del cuerpo, Tatsuki se encontraba de pie. Era la misma que hace unos instantes había dejado de respirar, sólo que esta vez llevaba la cadena del destino en su pecho. Contraria a la tristeza del resto, ella se mostraba bastante sonriente.
Renji avanzó hacia Tatsuki, y lo único que hizo fue abrazarla muy fuerte, para mayor sorpresa de sus amigos. Al verse apresada por el pelirrojo, la chica sonrió: ― Parece ser que se te olvidó que todavía queda mi alma, cara de mono ―murmuró.
Renji escondió su cabeza un poco en el hombro de Tatsuki
La chica ahora lo abrazó: ― Ya Renji, sabes que nos volveremos a ver ―dijo de manera tranquilizadora―. Sabes que jamás podré olvidar tu tatuado rostro de mi mente.
Ambos dejaron de abrazarse y se miraron un rato, a manera de "hasta pronto". Al ver que Renji colocó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Tatsuki, fue una señal para que Rukia se acercara a mandar a Tatsuki a la Sociedad de Almas.
La segadora desenfundó a Sode no Shirayuki: ― ¿Lista, Tatsuki? ―preguntó.
― Sí, Rukia ―respondió la karateca, dirigiéndole una mirada de seguridad a Rukia.
Tatsuki se arrodilló, para comodidad de Rukia. Ésta le colocó el extremo de su guardia en la frente, donde un pequeño símbolo apareció. A continuación una brillante luz azul pálido brilló de manera intensa, y desapareció tan rápido como vino, dejando como rastro una mariposa negra que abandonaba la escena para perderse en el cielo nocturno de Karakura.
Renji contemplaba el lugar donde había estado el alma de Tatsuki antes de irse a la Sociedad de Almas. Ya llegaría el tiempo de buscarla y encontrarla, aunque se tardara años en ver por todos los rincones del Rukongai y, si el destino era benevolente con Tatsuki, por el Seireitei.
― Oye Renji ―la voz de Ichigo lo sacó de sus pensamientos―, ¿no sabía que te gustaba Tatsuki? ―preguntó burlón. Uryu y Rukia rodaron los ojos, pensando en que Ichigo ya se había tardado un poco con la burla.
Renji lo miró, bastante seguro: ― Pues ahora lo sabes, pelos de zanahoria ―respondió, cruzándose de brazos―. Por lo menos, yo si soy hombre y demuestro lo que siento. No tengo que evitarlo con peleas estúpidas ―agregó, sonriéndole burlonamente al joven de cabello naranja.
Ichigo frunció el ceño: ― ¿A qué demonios te refieres? ―preguntó.
Renji se encogió de hombros, con la misma sonrisa burlona: ― Hazte el idiota, Ichigo, si lo sabes muy bien.
Ichigo no le respondió, ya que miró hacia todos lados y preparó a Zangetsu. Orihime, Chad y Uryu imitaron al de pelo naranja, poniédose en alerta, la chica con sus manos en las horquillas, el moreno levantando sus puños a manera de luchador de boxeo y el quincy desplegando su arco de energía espiritual.
Renji dejó de sonreír: ― ¿Qué pasa, Ichigo? ―preguntó, algo preocupado por como se estaba comportando el segador sustituto.
― ¿No lo sientes? ―respondió con otra pregunta Ichigo, sin bajar la guardia.
― ¿Sentir qué? ―inquirió Renji, algo perplejo por la acción de los cuatro jóvenes.
― Esa sensación de maldad ―respondió Uryu, sin mirar a Renji―, emana de las sombras.
― Y esta vez es inquietante ―agregó Orihime, un poco seria―, parece como si nos estuvieran vigilando.
― Esperando un descuido para atacar ―terció Chad, dirigiendo su vista a su sombra.
Renji, Rukia y Nemu se miraron entre sí. Renji no los había visto comportarse de esa manera, a sus ojos parecían cuatro niños chiquitos con temor a la oscuridad. Las chicas ya habían observado que los muchachos se estaban comportando algo raro en cuanto al tema de las sombras, alegando que había algo raro. Sin embargo, lo que si les pareció extraño fue que Orihime les siguiera la corriente.
Rukia se dirigió directo al rostro de Ichigo con su puño derecho: ― ¡Puedes dejar esos cuentos, Ichigo! ―exclamó―. Yo no siento nada.
― Uryu, ya te expliqué lo de las presiones espirituales, no existen las de tipo oscuro ―dijo Nemu, con su serio tono de voz pero de manera tranquilizadora.
― ¡No sean pendejas, morras! ―exclamó una voz femenina, con un marcado acento del norte de México, a dos metros de donde estaban todos― Sólo los vivos lo pueden sentir, pero si eres un espíritu no percibes ni madres.
Ichigo, Rukia, Nemu y Renji miraron de donde provenía la voz, encontrándose con algo que ni en sus siglos de vida, o en el caso de Ichigo años, esperaban ver.
― Sólo un momento más ―murmuró Kyuke débilmente. Estaba sentado en un tejado en posición de indio, a doscientos metros de distancia del lugar donde se hallaba Ichigo y sus amigos, junto con Doru, Vasile, Mihaela, una mujer de aparentes veintitrés años, algo robusta pero sin perder la figura femenina, de piel blanca como la porcelana, pelo negro morcilla y portaba un vestido largo hasta el suelo, negro y holgado, y un hombre de aparentes cincuenta años, delgado, pelo entrecano, de piel morena y vestido de chaleco verde, camisa blanca, faja roja, pantalones bombachos azules, medias marrones y mocasines negros―, vamos, distráete un momento más.
― ¿Qué pasa, Kyuke? ―preguntó Doru, algo desesperado, ya que el de pelo verde parecía estar frenando la búsqueda del ser mitad segador de almas, mitad humano.
― Tenemos que esperar a que se distraiga para atacar ―respondió Kyuke, de manera tranquila y sin mirar a Doru.
― ¿Quién se tiene que distraer? ―interrogó la mujer del vestido largo, con una voz bastante floja.
― Los que protegen al ser que tenemos que capturar, Natasha ―contestó el de pelo verde, sin dirigirle la mirada.
El de pelo entrecano dirigió su mirada hacia donde estaba Ichigo y compañía. Al concentrarse más se dio cuenta de una cosa: ― Miren ―dijo, de manera dura y algo grosera.
― ¿Qué pasa, Franz? ―interrogó Vasile.
Franz señaló hacia donde estaba el grupo de segadores y humanos. El resto, a excepción de Kyuke, enfocó su vista donde estaba Ichigo y compañía y reaccionaron de manera sorpresiva, ya que en sus rostros la sorpresa y la furia se hicieron visibles, además de que desenfundaron rápidamente sus kilij y abrieron sus alas para dirigirse hacia allá.
― ¡NO! ―exclamó Kyuke, levantándose de su lugar, con sus alas abiertas y empuñando su enorme garfio― No se metan, lo van a hacer más difícil.
― Pero Kyuke ―dijo Mihaela, aun más sorprendida por la reacción del de pelo verde―, ¿qué no ves quién está allá? ―preguntó, señalando hacia el lugar donde estaban reunidos los jóvenes― tenemos que intervenir.
― Sí, ya se quien está allá ―se defendió Kyuke―, pero no hay necesidad de meterse a pelear. Además, aquellos humanos y segadores se darían cuenta de manera inmediata el momento en que estemos sobre nuestro objetivo.
― ¿A qué rayos te refieres? ― preguntó Doru, ya más desesperado.
Kyuke soltó un risa malvada: ― Necesitamos que Ichigo Kurosaki se distraiga para atacar ―explicó, apoyando su garfio en el tejado de la casa―, sólo así la podremos capturar.
Notas del autor
*Bueno, aquí estoy con un nuevo capítulo. He de admitir que me costó algo escribirlo, debido al tiempo, pero ya saben, esta historia avanza lentamente. Les reitero, tengan paciencia.
*Usaré mucho lenguaje coloquial con los OC, pero los personajes canon mantendrán un español neutro. Las aportaciones de lenguaje en cuanto a la andaluza, la argentina y las mexicana son bienvenidas.
Respondiendo al review anónimo
*Mega lex:Hola. Que bueno que te gustó la historia y sí, use criaturas del folkclor japonés. En cuanto a las criaturas con alas, te sorprenderá saber que son y la Demente no es tan relevante en esta parte de la historia. En cuanto a la victoriana, la mexicana y la argentina no son iguales, en el primer capítulo di una descripción de ellas, pero más adelante se volverán a mencionar sus características. Y sí, la historia es M por la sangre derramada y no la abandonaré, aunque me tarde años en completarla. Un saludo desde México.
Glosario:
(1)Partirle la madre: En México, así se dice a "romperle la cara" a alguien
(2)Putazos: En México, forma vulgar de referirise a los golpes
(3)Hacersela de pedo: En México, se usa esta frase cuando alguien va a provocar a otra persona
(4)Dua: Duda
(5) Carnal(a): En México, palabra usada para dirigirse a un amigo o amiga
Gracias por leer
