Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios


7. La prèmiere attaque

(El primer ataque)

"El primer ataque es importante. Aunque no logres una victoria, es fundamental dejar impresionado al enemigo"

Rotunslav Desmodov

En medio de la noche, un solitario taxi recorría la avenida principal de Karakura, la cual ya tenía todos sus locales cerrados y unos pocos transeúntes estaban caminando sobre ella. El vehículo dobló a mano derecha, internándose en una calle más vacía.

Era de tamaño mediano, y pintado de color amarillo. En su interior, el cual tenía un fuerte olor a aromatizante para autos, se podían apreciar dos figuras.

Una, la de un hombre, iba conduciendo el taxi. De aparentes cuarenta años, algo robusto, piel morena y abundante cabello cobrizo. Su rostro, algo desaliñado por una barba corta, mostraba una sonrisa. El hombre tenía a un pasajero, el cual traía una maleta y una transportadora mediana de animales.

― ¿Y cómo estuvo su viaje señor? ―preguntó el conductor, de manera alegre y doblando en otra calle a mano derecha.

― Bastante tranquilo ―respondió el pasajero, con un tono jovial―. Con detallitos, pero muy bien.

El conductor soltó una risa: ― Sí, suele pasar ―dobló a la derecha―, nunca falta que se retrasen los vuelos, no llega el equipaje, el avión está asqueroso…

― O tu mascota se pierde y te hace perder cuatro vuelos ―agregó el pasajero. De la transportadora salió un molesto bufido.

― Exacto, amigo ―lo apoyó, logrando que el animal que iba en la transportadora soltara otro bufido.

El taxi siguió internándose en los callejones, los cuales estaban resultando ser un auténtico laberinto, debido a que la vivienda del pasajero estaba bastante oculta.

El automóvil llegó enfrente de una pequeña casa situada entre dos enormes edificios: ― Muchas gracias ―dijo el pasajero, abriendo la puerta y sacando sus cosas.

― No hay de qué, hombre ―correspondió el conductor―. Sólo serían ciento treinta yenes.

El pasajero metió la mano en su gabardina verde y sacó el dinero. El taxista lo tomó: ― Hasta luego, y que tenga buenas noches ―dijo el conductor, una vez que el pasajero salió del vehículo. A continuación, el taxi salió por donde vino, internándose una vez más en los enredados callejones.

Ya solo, el hombre estiró sus brazos: ― Fue un viaje largo, ¿no Yoruichi? ―preguntó, levantando a la transportadora a la altura de sus ojos, la cual contenía un gato negro.

― Si, pero no debiste decir eso, Urahara ―respondió Yoruichi―. Sabes que me gusta pasear, así que no fue mi culpa que hayas programado el regreso cuando decidí salir un poco ―añadió con un tono algo molesto.

Urahara soltó una risa: ― Bueno, pero ya estamos aquí. Además conseguí averiguar lo que está pasando en muy poco tiempo ―abrió la puerta de la transportadora y dejó que Yoruichi saliera―. Pero no me gusto mucho la retribución que hizo nuestro colaborador…

El fuerte olor a medicamentos, hierbas aromáticas secas y el inconfundible hedor de la carne podrida inundaban ese destartalado local. Era un establecimiento mediano, de cuatro metros de frente por seis de fondo, con una enorme pared y puertas de cristal que daban a la calle. El las paredes laterales había dos anaqueles de madera empotrados, con innumerables filas de cajas de diversos laboratorios farmacéuticos, infinidad de frascos, desde pequeños color ámbar hasta enormes de diez litros que contenían plantas o animales sumergidos en diversas sustancias de colores, y distintos instrumentales, aparentemente médicos, desde espantosas agujas que podrían hacer gritar a una ballena hasta pinzas, cuchillos y cuerdas que hasta la misma Inquisición, en sus tiempos, le daría remordimiento usar. En la parte del fondo había una puerta, que seguro daba a un cuarto, y un sólido mostrador de granito, en el cual, en la parte de adelante, Urahara estaba examinando una pequeña botella ámbar con un gotero.

Es lo único que le puede servir amigo ―dijo una voz detrás del mostrador, la cual pertenecía a un ser bastante feo, encorvado, con un cuerpo humano flacucho y cabeza de coyote, vestido de una filipina blanca―. Pero no creo que les pueda servir de mucho ―sonrió siniestramente.

¿A qué te refieres? ―preguntó Urahara, con la vista aun en la botellita y siendo cuidadoso de mostrarse algo indiferente.

No importa que sean capaces de ver donde están ―respondió el ser, sin quitar su sonrisa―, caerán al piso antes de que puedan saber de donde les atacaron. Son implacables, les gusta causar la muerte a los humanos. Ya viste con tus propios ojos de lo que son capaces de hacer. Además ―juntó sus manos y marcó más su sonrisa―, se dice que no son lo único que invadieron tu país, segador. Pero creo que tú no te diste cuenta, ¿o sí? ―preguntó burlonamente.

Urahara desvió un poco su mirada del frasco: ― ¿Sabes algo de eso? ―preguntó, volcando de nuevo su vista al frasco y destapándolo, sacando el gotero lleno de una sustancia líquida, de aspecto ligero y de color azul con magenta.

El ser soltó una risa áspera: ― He visto las noticias humanas ―respondió―. Vi como las gaviotas y los Huecos huían de esa ciudad japonesa. Y sólo hay una criatura que puede hacer correr a los animales y a los Huecos de su hogar, y es tan antigua como el temor hacia la oscuridad…

― ¿Entonces crees que podamos con ellos? ―preguntó Yoruichi, situándose enfrente de Kisuke.

― No lo sé ―respondió Urahara, rascándose la cabeza con su mano izquierda―. Si no somos capaces de sentirlos, entonces va a ser muy difícil pelear. Lo ideal será… ―se cortó, debido a la alterada presión espiritual que sintió. Yoruichi parecía haber sentido lo mismo, pues se había quedado estática y mirando hacia un punto al este.

― ¿Percibiste eso? ―preguntó el gato.

Urahara asintió: ― Hay que darnos prisa. Ve tú, en un momento te alcanzo ―pidió a Yoruichi. Ésta salió corriendo hacia donde había percibido la alteración espiritual y Urahara se encaminó a la tienda y tomó el equipaje y la transportadora, para dejar el valioso contenido de la maleta a salvo.

El hombre estaba a punto de abrir la puerta, sin embargo alguien fue más rápido desde adentro, dejando ver al capitán e investigador Mayuri Kurotsuchi y a un segador joven del Doceavo Escuadrón

― Hola capitán, hola mi joven amigo ―saludó jovialmente Urahara, sacando su abanico y dejando de lado sus cosas―, ¿le ha gustado su estancia en mi humilde casa? ―preguntó amable.

― Buenas noches, señor ―saludó el novato, inclinándose―. Apenas llevamos unas horas…

― No hay tiempo para cortesías, novato ―le espetó Mayuri, dando unos pasos hacia fuera y pasando por el lado derecho de Kisuke―. Urahara, es seguro que lo sentiste ― añadió, mirando de reojo al rubio y sonriendo un poco.

Urahara se abanicó un poco: ― Tienes razón ―dijo tranquilamente―, enseguida te alcanzo. Tengo que guardar algo ―le dio unos golpecitos a la maleta.

Mayuri miró la maleta y achinó los ojos: ― Bueno, como quieras ―Urahara se encaminó hacia adentro de la tienda. Una vez solos el científico y su acompañante, el capitán sonrió de manera maliciosa―. Sólo espero que Kurosaki deje algo para investigar― y, con ayuda del shunpo, desapareció. Al novato no le quedó de otra que imitar a su capitán, esfumándose de la tienda.


Ichigo, Rukia, y Nemu no despegaban la mirada de aquéllas féminas. Nunca en sus años de segador habían visto a un trío de mujeres tan extrañas. Una, de estatura alta, delgada, de piel un poco tostada, ojos azul eléctrico, de pelo negro recogido en un apretado moño y portando un vestido victoriano de color guinda y una cimitarra en su flanco izquierdo. Otra, de estatura un poco más baja, con un cuerpo más pronunciado en proporciones femeninas, piel más oscura que la otra, ojos enormes y marrones, de pelo rosa chillón y largo hasta la media espalda y vistiendo una blusa de cuadros negros y blancos, jeans azules ajustados, botas y sombrero vaquero, además de un par de revólveres en sus flancos. La última era la más baja, al parecer mucho más delgada que Rukia, de piel casi blanca, ojos naranjas y pequeños, de un pelo lila claro y peinado de manera semejante a un ave de papel y vistiendo un kimono café claro con los bordes negros y una katana en su flanco izquierdo.

Las tres mujeres coincidían perfectamente con la descripción que hizo el alma de la niña en el parque, por lo cual Ichigo y Rukia prepararon sus zanpakutos, mientras que Nemu adoptó una pose defensiva.

La de pelo rosa enarcó la ceja izquierda: ― ¿Qué pasa, morros? ―preguntó burlona, con su acento norteño mexicano― No se pongan así, si solo les dije la verdad.

― Además, no estamos interesaos en vos ―dijo la del vestido victoriano, de acento andaluz, dando un paso hacia ellos y se encogió de hombros―. Sólo estábamos jugando a los agonizaos con la gente. Además, esta niña es nuestra cena, así que iros al quinto pino(1) por su cuenta o lo hacemos nosotras.

Renji, quien estaba de rodillas ante el cuerpo de Tatsuki, se levantó lentamente: ― ¿Así que piensan comerse el cuerpo de ella? ―preguntó, sin mirarlas y sintiendo que la ira invadía su ser célula a célula.

La del kimono movió su cabeza afirmativamente: ― Por supuesto, che ―aseguró con un fuerte acento porteño argentino―. A nosotras nos gusta mucho la carne humana, y ya es hora de la cena. No puedo esperar a destrozar sus pulmones, seguro son deliciosos porque hacía ejercicio ―y soltó una risa.

Ichigo no pudo contener un sonido de disgusto y empuñó más a Zangestu, mientras que Rukia hizo un gesto de asco. Definitivamente esas féminas eran mucho más desagradables que cualquier enemigo que enfrentaron, y eso que todavía no habían llegado a un combate.

Renji sacó de entre sus ropas la gikongan y se la comió, permitiéndole salir de su gigai. Se dio la media vuelta para encarar al trío de mujeres con una mirada que desprendía ira auténtica. Ichigo y Rukia, al igual que el resto de los jóvenes, se quedaron bastante asombrados, ya que no habían visto al pelirrojo tan furioso.

― Llévate el cuerpo con Urahara ―ordenó Renji al alma modificada, con un tono de voz bastante inusual de él.

― Sí, señor ―respondió la gikongan, tomando el cuerpo de Tatsuki y alejándose lo más rápido que le permitían sus piernas.

― ¡A dónde vas, puto! ―exclamó la de aspecto, desenfundando su revólver derecho y apuntando al alma modificada. Sin embargo, Ichigo, Rukia Renji y Nemu le taparon su campo visual, permitiéndole a la gikongan huir― ¡Pero qué chingadera hicieron, morros! ¡Déjenme ver, cabrones! ―y desenfundó su otro revólver, haciendo que los segadores se pusieran más alerta.

La del vestido victoriano tomó por el hombro a la de pelo rosa: ― No importa, no os enojéis, hay muchos más en esta ciudad ―la tranquilizó, dirigiendo su mirada hacia los jóvenes―. Caballeros, señoritas, pienso que, por educación, os deberían decir sus nombres antes que naa ―comentó.

Nadie respondió, sólo aferraron más sus armas.

― ¿Pero que acaso sos unos maleducados? ―preguntó la de pelo lila― Bueno, ya que, nosotras empezamos. Somos…

― ¡No me importa quienes sean! ―interrumpió Renji, exaltado y desenfundando su zanpakuto― ¡Aúlla, Zabimaru! ―liberó el shikai y lo lanzó hacia la del kimono café claro, quien sólo se quedó observando como la seccionada espada iba directo hacia ella.

Lo que Renji no se esperó, ni los demás segadores, fue que la de pelo rosa se interpusiera entre Zabimaru y la otra mujer, deteniendo a la zanpakuto sólo con su antebrazo izquierdo, logrando que parte del filo de la espada se incrustara unos cuantos centímetros en su piel. Sin embargo, pese al corte, no le estaba saliendo sangre ni tenía expresiones de dolor, sólo una pequeña sonrisa de triunfo. A continuación, empujó a Zabimaru hacia Renji sólo con la fuerza de su antebrazo. El pelirrojo lanzó un encolerizado grito de guerra y atacó de nuevo.

Las otras dos desenfundaron sus armas, y desaparecieron. Ichigo, Rukia y Nemu se pusieron en alerta máxima, pero no les sirvió de mucho, ya que la del vestido victoriano cargó contra Rukia, tomándola por sorpresa y haciéndola retroceder algunos metros, y la del kimono logró propinarle un puñetazo en el estómago a Nemu, lanzándola pocos metros hacia atrás.

Ichigo se preparó para ayudar a sus amigos pero alguien lo detuvo: ― Kurosaki ―llamó Uryu.

― ¿Qué quieres, cuatro ojos? ―preguntó Ichigo molesto.

El quincy se acomodó sus lentes: ― No me llames así, Ichigo ―le espetó.

― Uryu sólo te iba a preguntar algo ―intervinó Chad.

Ichigó miró al moreno: ― ¿Qué cosa? ―inquirió.

― ¿Con quien están peleando Renji, Rukia y Nemu? ―preguntó. Ichigo lo miró algo asombrado, sin embargo, en Chad y Orihime esa duda se reflejaba de forma tan clara, que el de pelo naranja no necesitó procesar demasiado la interrogante. Miró hacia donde estaba Renji, quien lanzó otro ataque en contra de la mujer de pelo rosa, luego hacia Rukia, quien estaba teniendo bastantes problemas en detener las arremetidas de la del vestido victoriano, y por último a Nemu, quien tenía trabada su zanpakuto con la katana de la de pelo lila.


― ¿Y por qué necesitamos que el tal Ichigo Kurosaki se distraiga? ―preguntó Vasile, algo molesto.

― Porque si se da cuenta, nos puede ser un gran estorbo ―respondió Kyuke, de manera tranquila―. Ese segador no es como los otros, créeme. Al ser mitad humano, puede detectar nuestra presencia.

― ¿Y por qué no lo capturamos a él y no a la que tenemos planeado? ―interrogó Mihaela, destrozando un poco el tejado.

Kyuke soltó una risa: ― Sería muy fácil atraparlo, pero el muchacho está contaminado ―contestó―. Además, si lo capturamos, tendríamos encima a todos los segadores japoneses y extranjeros ―se encogió de hombros―. Y no creo que a la Reina le parezca agradable tener otra peste más rondando el castillo.

― ¿Por qué? ―cuestionó Doru― ¿Qué acaso ese segador es muy importante?

― Efectivamente ―afirmó el de pelo verde―. Según los relatos de los yokais(2) y los kamis(3), Ichigo Kurosaki ha derrotado a poderosos enemigos que han puesto la Sociedad de Almas en peligro, como los quincys del Vandenreich y el segador traidor Sosuke Aizen.

― ¿Vandenreich? ―repitió Franz, alzando una ceja.

― ¿Sosuke Aizen? ―lo imitó Natasha.

― ¿Sociedad de Almas? ―inquirió Doru.

Kyuke irguió la cabeza, como clara señal de sorpresa: ― ¿Qué acaso los conocen? ―preguntó señalando a Franz y a Natasha, haciendo caso omiso a Doru.

― Por supuesto ―intervino Vasile―. El Vandenreich era la mejor tropa del Yugo de Alemania pero su líder tuvo un desacuerdo con el Yugo y éste lo desterró a un castillo de hielo ―respiró un poco―, y a Sosuke Aizen lo conocimos cuando invadimos por primera vez Hueco Mundo en búsqueda de refuerzos para el Ejército. Él nos los destruyó todos ―apretó sus puños―, los mejores Huecos y trescientos años desperdiciados de la Demente para hacer una entrada hacia allá ―le dio un tremendo puñetazo al techo, provocando que los demás se sobresaltaran.

― Tranquilízate, camarada ―le sugirió Kyuke―. Son peligrosas las muestras de ira en estos momentos. Mejor síganme, hay que avanzar hacia el objetivo mientras Ichigo Kurosaki esté distraído con ellas ―y abrió sus alas al mismo tiempo que se encorvaba, como si estuviera adquiriendo impulso.

― Espera ―lo detuvo Doru―, ¿qué es eso de la Sociedad de Almas? ―preguntó.

Kyuke dirigió su oculta vista hacia el de camisa a rayas, sin incorporarse: ― Es donde las almas de los humanos de Asia del Este van a dar cuando mueren ―respondió―. Es igual al Niflheim o al Uku Pacha. Ahora síganme.

Entonces, el de pelo verde voló hacia el muro de una casa ubicada a la derecha de donde estaban. Allí aterrizó y, como si fuera una lagartija, comenzó a avanzar por el muro hacia la derecha de esa casa. Los demás despegaron de un salto y, con un suave y casi silencioso batir de alas, siguieron a Kyuke hacia la criatura que tenían que capturar.


Ichigo miró a Uryu con un deje de desesperación: ― No me vengas con idioteces en estos momentos, Uryu ―dijo, observando al joven de gafas y luego a Rukia, que esquivó por poco un revés de la de vestido victoriano.

― No te estoy preguntando algo estúpido, Ichigo ―se defendió Uryu, acomodándose sus lentes―. Es en serio.

― ¿Pero qué no ven a esas mujeres? ―preguntó el de pelo naranja, dirigiéndose hacia Uryu, Orihime y Chad, un poco desesperado.

― Yo no veo nada, Ichigo ―respondió Chad.

― ¿Mujeres? ―repitió interrogante Orihime, parpadeando varias veces― ¿Hay mujeres invisibles aquí?

― Yo tampoco veo nada, Kurosaki ―dijo Uryu―, pero…

― Entonces no es buena idea que se queden a pelear ―le atajó Ichigo, empuñando a Zangetsu y dándoles la espalda―. Vayan con Urahara y…

― Oh, no hace falta que vayan con él ―interrumpió una voz algo socarrona, detrás de ellos―. Yo puedo ayudarles si tienen dudas.

Los cuatro voltearon hacia donde habló la voz y se encontraron con la imagen de Mayuri Kurotsuchi acompañado de un joven segador de su Escuadrón.

― Ah, pero que tenemos aquí ―dijo, juntando sus dos manos―, al parecer te alteras muy fácil con cualquier cosa, Kurosaki. Te recomendaría un buen psicólogo del Cuarto Escuadrón, es un viejo conocido tuyo —caminó un poco hacia los jóvenes, quienes se apartaron un paso hacia atrás―. Pero eso de momento no importa, tus cambios de presión espiritual siempre indican problemas, y entre esos problemas siempre hay cosas interesantes ―sonrió ampliamente―, afortunadamente hoy no fue la excepción ―y dirigió su vista hacia la pelea.


La ira consumía a Renji. Sólo pocas veces había dejado que sus emociones dirigieran una pelea, pero en esta ocasión las dejó que guiaran a Zabimaru en contra de la maldita mujer, quien sólo lo miraba sonriente y con varios cortes profundos en sus antebrazos que no sangraban.

Nuevamente la zanpakuto, acompañada de otro grito de Renji, se dirigió hacia la mujer. Ésta logro, de nueva cuenta, repelerla con su antebrazo derecho, cambiando su dirección hacia arriba. El pelirrojo atrajo de vuelta a Zabimaru, preparándola para un nuevo ataque, pero la mujer ya no estaba a la vista. Miró para todos lados, intentando localizarla, hasta intentó sentir su presión espiritual. Pero algo andaba mal en ese aspecto.

No lograba detectarla.

Pero un tremendo dolor en el lado izquierdo de su rostro le hizo saber donde estaba su enemiga, haciéndolo caer al suelo. Al incorporarse un poco, sintió cómo algo frío y duro presionaba su frente. Alzó la mirada y se encontró con la mujer de aspecto vaquero apuntándole firmemente y con una malvada sonrisa.

― Ahora si le vas a bajar de huevos, huerco ―dijo, clavándole más el revólver a Renji en la frente.

Renji le tomó la muñeca con la que empuñaba el arma, pero su vista se tornó negra, ya que nunca vio llegar la potente patada que la mujer le plantó en el rostro. Al recuperar un poco la vista se encontraba a unos cuantos metros de ella, con ambos revólveres desenfundados.

La mujer río un poco: ― ¿Qué te dije, cabrón? ―preguntó, acercándose rápidamente― Pues si tú no le bajas, lo haré yo ―y sin darle tiempo a Renji de recuperarse, apuntó su revólver izquierdo y, en menos de lo que tarda una idea en llegar al cerebro, le disparó en ambas rodillas, inhabilitándolo.

El pelirrojo se desplomó en el suelo, apretando la mandíbula para resistir el dolor. Éste era tan atroz, que había superado aquel dolor que sintió cuando lo atacaron los miembros del Vandenreich, casi al borde de la muerte y en una inconciencia profunda. Pero ahora estando despierto y con las rodillas destrozadas sólo podía quedarse en ese lugar, dejándolo a merced de esa mujer, quien se preparaba para descargar otra vez.


Rukia estaba teniendo bastantes problemas con la mujer de vestido victoriano, ya que sus movimientos eran muy rápidos. Pese a manejar la cimitarra con una mano, podía dar golpes bastante fuertes, ya que los podía sentir al bloquearlos con Sode no Shirayuki.

La mujer le dio una estocada, que apenas pudo esquivar: ― Sabes niña ―dijo, propinándole una cuchillada a Rukia que le dio en su hombro derecho. La segadora se llevó su mano contraria a la herida―, tus ojos me son algo familiares― aprovechó la distracción de Rukia para clavarle el tacón de su zapato derecho en el pie derecho, provocando que la chica se doblara un poco debido al dolor―. Sí, son idénticos a los de una mujer que matamos hace ciento sesenta años en este mismo país ―le propinó otro corte, pero esta vez apuntó al otro hombro. Rukia pudo detenerlo―, pero no creo que te interese oír esa historia ―y con un movimiento circular, logró deshacer el cruce de espadas, dándole a Rukia un corte en su estómago, que esta vez si le dio de lleno y la hizo retroceder unos cuantos metros.

Con dos cortes, Rukia tuvo que detenerse un poco para recuperar fuerzas, ya que la sangre fluía constantemente, además de comenzar a sentirse más lenta. Respiró de manera pausada, intentando recobrar fuerzas, y se llevó su antebrazo izquierdo a la herida de su estómago, tratando de detener la hemorragia.

― ¿Ya has terminao, segadora? ―preguntó la mujer de la cimitarra, acercándose lentamente. Rukia sólo la miró con el ceño fruncido― Bueno, parece ser que eso es un no, entonces no me dejas de otra.

La mujer desapareció, lo que desencadenó en Rukia una reacción de alerta máxima e hizo que perdiera más fuerzas, haciéndola caer de rodillas al suelo. En esta posición estaba muy vulnerable, y para su mala suerte vio aparecer, en menos de lo que un corazón tarda en latir, los dobladillos y olanes de un vestido victoriano guinda a escasos centímetros de ella.


Nemu logró bloquear la katana de esa mujer. Como a Rukia, a Nemu se le estaba dificultando pelear con esa mujer. Podía sentir las poderosas arremetidas de la de pelo lila, pero estas eran mucho más rápidas, dejándole a Nemu pequeños cortes cada vez que intentaba esquivar la espada.

La mujer le dio un corte vertical, cortándole a Nemu algunos cabellos: ― Vos sos una piba muy callada ―dijo, propinándole un revés que le dio en la muñeca que sostenía la zanpakuto, mandándola a volar algunos metros―, ¿qué acaso sos muda? ―preguntó.

Nemu no le respondío, ya que, con ayuda del shunpo, llegó a donde estaba su zanpakuto y la tomó. Pero, casi en menos de un segundo, un fuerte pisotón le fue propinado en su mano derecha, dejando caer de nuevo su zanpakuto.

― ¿Qué acaso soy pintura para qué vos me ignores?―interrogó tranquila la mujer de pelo lila, presionando más su pisotón, lo que provocó que Nemu agarrara el tobillo del pie que la estaba pisando.

La mujer del kimono café sólo levantó una ceja y, en menos de lo que tarda un ojo en dar un parpadeo, le propinó un tremendo corte a Nemu de hombro a hombro. La teniente, pese al tremendo dolor, no soltó a su enemiga, provocando que la mujer la tomara del cabello y le diera un fuerte puñetazo en la cara, mandándola a volar.

Nemu aterrizó de espalda y se incorporó lentamente, quedando sentada y con la mirada en el suelo. Su muñeca le dolía bastante, y que decir de su pecho. Pocas veces había sentido un dolor tan atroz, tal vez porque en otras ocasiones nunca había estado completa. Sin embargo, no tuvo tiempo de seguir razonando el por qué sentía dolor, ya que la punta de una katana se había apoyado en su barbilla y la estaba obligando a alzar la vista.


― Y eso sería todo comandante ―terminó Urahara, dirigiéndose a la enorme pantalla, que tenía en imagen a Yamamoto.

― Muy bien Urahara ―dijo el comandante―. Creo que eso explica el por qué de tantas muertes humanas. Esos seres son capaces de cualquier cosa con tal de llenar con odio y miedo el corazón de los humanos ―se detuvo un poco―. Enviaré los refuerzos que me pides, pero debes tener mucho cuidado que esas cosas no hagan contacto con Kurosaki ¿entendido? ―cuestionó, con voz autoritaria.

Urahara se inclinó: ― Sí, comandante ―respondió. La pantalla se apagó, dejando que el segador comenzara a trazar los planes, pero la presencia de Tessai lo sacó de sus cavilaciones.

― Señor, alguien lo está buscando ―dijo el enorme hombre.

― Haz que pase ―pidió Urahara.

Tessai se apartó un poco, dejando que el alma modificada, que ocupaba el gigai de Renji, entrara con el cuerpo de una joven pelinegra. Urahara se sorprendió, ya que nunca pensó que alguien como Tatsuki Arisawa podía morir mientras el estaba ausente de Karakura.

El alma tendió el cuerpo de Tatsuki enfrente de Urahara e hizo una pequeña reverencia: ― El amo Renji me pidió que viniera a verlo, señor ―dijo.

Urahara no respondió, sólo estaba analizando el cadáver y observó algo terriblemente familiar en la boca. Con la punta de su bastón, tomó un poco de lo que escurría de la cavidad oral y lo miró meticulosamente, esperando que no fuera lo que él pensaba. Lamentablemente, ese líquido le era tan conocido, ya que hace ciento sesenta años la imagen de ese fluido se le había quedado tatuada en su mente para toda su vida, junto con la muerte y desesperación que acarreaba.

― Jefe, ¿está bien? ―preguntó Tessai, sacando a Urahara de sus cavilaciones.

― Quédate aquí y cuida el cuerpo de la chica ―ordenó el segador, dirigiéndose a la puerta―, además estate alerta, y deja todas las luces encendidas ―y se marchó de la habitación, dejando a Tessai y al alma modificada con muchas dudas en su cabeza.


Kyuke caminó cual lagartija por la pared hacia el techo de la casa. Ya podía oler a su víctima, y estaba de más decir que su objetivo comenzaba a sentir miedo. Eso lo hizo impacientarse un poco porque ya iban a tener a su presa gritando de terror, pero por el riesgo que conllevaba la peligrosa captura tenía que controlarse.

Los cuatro que seguían a Kyuke aterrizaron suavemente en el tejado de la casa y observaron a su guía.

― Entonces, ¿aquí es? ―preguntó Doru, rompiendo el silecio.

― Sí ―respondió el de pelo verde, en voz muy baja, casi a manera de susurro―, ahora hay que capturarla sin alterar su presión espiritual, ya que nos puede traer muchos problemas ―caminó hacia donde estaba el frente de la casa, que tenía un anuncio de luz y el cual leyó, bastante complacido―. Le dije al capitán que la podía capturar sin su ayuda, y no creo que al le haga gracia que interrumpa su misión.

A continuación, ubicó una ventana y, tomando su enorme garfio, la abrió con mucho cuidado. Después bajo hasta la ventana, arrastrándose de manera reptiliana y se metió a la casa. Los demás volaron un poco y también ingresaron.

El letrero de la "Clínica Kurosaki" parpadeó un poco antes de descomponerse.


Renji, aun con la vista hacia el suelo, vio como una figura se paraba ante él. Tomó a Zabimaru e intentó propinarle un golpe hacia quien tenía enfrente. Sin embargo, le detuvieron su ataque.

― No es grato atacar a tus aliados, Renji ―habló la figura, con una voz bastante familiar.

El pelirrojo alzó la vista y se encontró con Isshin Kurosaki, en su forma segadora, reteniendo a Zabimaru con Egetsu. El adulto se mostraba sonriente, y deshizo el cruce de espadas, para luego mirar a Renji, sus gestos y el charco de sangre en el que estaba postrado.

Isshin envainó su zankaputo y le tendió una mano a Renji: ― Vamos, levántate ―pidió el adulto.

― No puedo, señor ―dijo el pelirrojo, apretando la mandíbula―. Tengo las rodillas hechas pedazos.

― Bueno, entonces no me dejas de otra ―agregó el adulto. A continuación, tomó a Renji de la cintura, lo levantó y se lo echó al hombro cual saco de papas.

La mujer de pelo rosa observaba la escena desde lejos. Había escapado al embiste de Isshin antes de darle una patada en el rostro a Renji. Miró bien al hombre y éste le dedicó una mirada fulminante, y ella una burlona sonrisa.

― Tu jeta se me hace familiar, cabrón ―dijo la mujer, llevándose la mano izquierda a la barbilla y entrecerrando los ojos― ¡Ah, ya me acordé! ―agregó, abriendo los ojos y chasqueando los dedos de la mano izquierda― Tú eras el morro que intentó detenernos en un pueblo al norte de Japón, junto con otros segadores. Vaya nochecita la que fue en ese tiempo, ¿verdad? ―y volvió a sonreír de manera burlona, sólo para desaparecer de la vista del excapitán.

Isshin no necesitó decir nada. Por supuesto que se acordaba de aquella fatídica noche, donde, además de perder a todos los habitantes del pueblo a manos de aquellas mujeres, también vio morir a una de las personas que más admiraba en aquellos tiempos.


La mujer de vestido victoriano tocó con su cimitarra la nuca de Rukia, como si quisiera que el corte a realizar tomara la dirección correcta, y, empuñándola fuertemente, la levantó en el aire para bajarla con fuerza.

Rukia aprovechó ese momento para usar la fuerza que le quedaba en propinarle un revés con Sode no Shirayuki a la mujer en los pies. Pero ésta adivinó sus intenciones, y, en lugar de cercenarle el cuello, clavó su cimitarra en la mano que la segadora usaba para empuñar su zanpakuto, haciéndola gemir de dolor.

― No, no, no ―dijo la mujer del vestido victoriano, negando con la cabeza―. Se nota que no sabéis atacar a traición, niña. Así que, dejaos que te mate ―acercó su cara al oído derecho de Rukia― otra vez.

Rukia, al igual que Renji, aguardó el golpe de su enemiga. Sin embargo tampoco llegó, y al levantar la vista se encontró con una figura de ropas negras enfrente de ella.

― ¿Rukia, cómo te encuentras? ―preguntó la preocupada voz de Ichigo, inclinándose hasta estar cara a cara con la pelinegra.

― Por supuesto que mal, idiota ―respondió, de forma pausada y en voz baja debido al dolor.

Ichigo le tendió su mano derecha: ― Ven, déjame ayudarte ―pidió. Rukia tomó su mano y, con muchísimo esfuerzo y de forma lenta, se incorporó. Pero debido a las hemorragias, casi vuelve al suelo, sólo que los brazos de Ichigo le ayudaron a que no fuera posible llegar a tierra.

La mujer de vestido victoriano respiraba algo rápido, apartada a una considerable distancia de los dos segadores. El embiste de Ichigo fue algo sorpresivo, pero pudo esquivarlo. Miró a los dos jóvenes, y le parecieron una pareja normal, pero había algo en ellos que le inquietaba un poco, pero no pudo deducirlo porque la de pelo rosa llegó a su lado derecho.


Nemu levantó la vista y esperaba encontrarse con la miranda anaranjada de la mujer de pelo lila. Pero nunca se esperó toparse con los enfurecidos ojos de Mayuri Kurotsuchi, además de que le sonreía siniestramente, como si ella fuera un enemigo más.

― Mírate, Nemu ―comentó Mayuri, en voz baja pero cargando cada sílaba con enojo―. Mírate, estás herida. Antes habrías resistido más, pero por culpa de tu estúpida investigación ahora estás postrada en el suelo, como cualquier escoria ―bajó su rostro, hasta quedar a escasos centímetros de la teniente―. Es malo tener sentimientos, Nemu ―agregó en voz baja pero con una sonrisa burlona.

Nemu intentaba no encarar la mirada de Mayuri. Sentía mucha vergüenza por lo que estaba diciendo su padre, ya que consideraba a su investigación un tema estúpido, y eso que ya llevaba avanzados varios trabajos acerca de ese tema.

El científico quitó la punta de su zanpakuto de la barbilla de Nemu de manera brusca, por lo que, al no tener punto de apoyo, la cabeza de la chica fue a dar al suelo bruscamente. Se dio la media vuelta, dejando a Nemu tendida en el suelo y encarando a la extraña mujer que había herido a su hija, que en un abrir y cerrar de ojos desapareció y apareció al lado de las otras dos.

― Levántate ―ordenó Mayuri sin mirarla. Nemu trató de incorporarse, pero de nuevo cayó al suelo y emitió un quejido. El científico se dio la media vuelta y, de manera sorpresiva, le dio una bofetada―. Vamos, he dicho que te levantes, inútil ―le plantó tres bofetadas más, pero Nemu seguía sin erguirse. Mayuri apretó la mandíbula, en clara señal de ira, y desenvainó su zanpakuto, dispuesto a corregir a la teniente.

― ¡Déjala! ―el grito de Uryu, quien había permanecido estático durante todo el enfrentamiento junto con Chad y Orihime, interrumpió a Mayuri y se acercó a Nemu para ayudarla. El científico lo miró algo fastidiado― ¡Ella no te ha hecho nada para que la trates así!

El científico esbozó una sonrisa: ― Por supuesto que me ha hecho algo, quincy ―dijo, levantando su dedo índice derecho―. Ella me pidió completarla para hacer una investigación en el Mundo de los Vivos, que yo la veo como una total pérdida de tiempo ―volcó su vista a Nemu por un momento―. Pero no me negué a ello, al contrario, pensé que me sería útil, ya que es acerca de ti ―volvió su mirada a Uryu―. Ah, pero al parecer comenzó a profundizar más en su investigación, y eso es lo que ya no me pareció, ¿entiendes? ―sonrío de manera burlona.

Uryu le dirigió una severa mirada a Mayuri y se acomodó los lentes, pero sintió una terrible incomodidad. Si bien a él no le molestaba que Nemu aplicara su investigación en él, sería muy incómodo si Mayuri revelara los trabajos de la segadora

― Muy bien, chavales ―la voz de la mujer de vestido victoriano llamó la atención de todos, a excepción de Uryu, Chad y Orihime―. Ya que estáis quietos por el momento, ahora sí comencemos las presentaciones. Mi nombre ―se llevó su mano derecha al pecho― es Mibertola.

― Y el mío, pibes ―habló la mujer de pelo lila― es Kihuoteoncho

― Pues mi nombre, huercos ―tomó la palabra la de aspecto vaquero― es Gerlstina.

― Y aunque no lo crean ―intervino Mibertola, haciendo un ademán con la mano izquierda―, las tres somos hermanas.

― Sí ―afirmó Kihuoteoncho, con un deje de entusiasmo―, las únicas y terribles…

― Hermanas Mikoba ― interrumpió una seria voz detrás de todos.


El eco de unos acompasados pasos resonaba en el lugar. El capitán caminaba lentamente en ese camino azul, mirando hacia todas las estructuras blancas flotantes, que parecían bloques de armar. Podía oler el miedo allí, lo olfateaba sonoramente, como quien huele el delicioso olor de su comida favorita.

Aunque ese lugar parecía solitario, estaba lleno de personas. Personas que, vistiendo de blanco y llevando una cadena en el pecho, se escondían de la solitaria figura que recorría ese camino azul, pero de inmediato se vieron obligadas a abandonar su escondite, ya que alguien más se acercaba.

Una enorme criatura, de cuerpo robusto y de cráneo descarnado, se acercó al capitán. Era muchísimo más grande que el de smoking, por lo cual se acercó con su mano derecha abierta, dispuesto a estrujar al capitán.

Sin embargo, el de smoking desenfundó su kilij y le propinó un corte en la palma de la mano, partiéndosela completamente. La criatura emitió un rugido de dolor y se dispuso a atrapar al capitán con su otra mano, pero antes de tan siquiera tocarlo, éste lo detuvo con un dedo.

― Déjame hablar con estas almas, Guardián ―dijo con su suave y grave voz el capitán― y comunícale a tus compañeros que si quieren venir ―sonrió levemente―, tengo toda la eternidad para acabar con todos ustedes.

El Guardián del Infierno gruñó profundamente y se retiró, dejando al capitán en medio del camino azul. Enfundó de nuevo su kilij y se aclaró la garganta.

― Sé que me están escuchando ―gritó, con dirección a las estructuras blancas―. El Guardián del Infierno ya se fue, así que salgan. Tengo algo muy interesante que proponerles.

Las personas comenzaron a asomarse por las estructuras, un poco asombrados, ya que nadie había sido capaz de cortarle la mano a un Guardián del Infierno. Así que comenzaron a prestarle atención al capitán.

El capitán desplegó sus alas, aguantando a todos: ― Sé que todos aquí anhelan algo ―continuó―. Algo que les fue arrebatado al entrar al Infierno por culpa de sus patéticos actos. Algo con lo que sueñan día con día ―alzó su brazo derecho―. ¡Libertad! ―exclamó.

Las personas comenzaron a gritar, como muestra de apoyo. Ese extraño ser con alas tenía razón. Desde que habían llegado al infierno, sólo pensaban con salirse de allí, ya que siempre era un tormento estar escapando de los Guardianes del Infierno, quienes hacen de su tormento algo cíclico, ya que los Guardianes se los comen y ellos renacen otra vez para volver a ser devorados.

― Entonces, ¿qué dicen? ―preguntó en voz alta el capitán. Atronadores gritos de apoyo fueron la respuesta― Muy bien, esto les dolerá un poco.

De la nada, formó una bola oscura a sus pies, la cual comenzó a girar. Las personas sintieron cómo tintineaban y se movían las cadenas de su pecho, hasta que vieron que una cadena salía disparada hacia la bola negra y de ahí se ancló, pero no giraba con la bola. Pronto miles de cadenas se unieron a la bola negra, formando una masa de metal de más de cinco metros de diámetro.

El capitán, al observar el tamaño de la bola, sacó de su smoking una botellita de cien mililitros, la cual estaba completamente llena de un líquido parecido a la orina. La destapó y la vacío en la bola, haciendo que cambiara a un color rojo brillante.

El color rojo fue extendiéndose a las cadenas, y de ahí al pecho de las personas. Éstas vieron como milagrosamente la cadena se caía de su pecho, pero casi de inmediato que se caía la cadena, comenzaron a sentir un gran ardor en la garganta.

Todos a los que se le cayó la cadena comenzaron a gritar de dolor y a convulsionarse. En medio de todos los gritos y quejidos el capitán sonrió levemente, ya que en pocos minutos podría dejar en Infierno acompañado de nuevos reclutas.

Listos para atormentar al mundo con sus actos, una vez más.


Yuzu se encontraba en la cocina, preparando la cena. Con un mandil verde limón, estaba picando las verduras que llevaría el ramen de esa noche, que no eran más que pimientos rojos y algunos hongos. Sin embargo, cuando terminó de picar el último hongo, sus manos comenzaron a temblar levemente.

― Quizá se deba al cansancio ―dijo, para sí misma. Al estar en verano, Yuzu dirigía algunos cursos de manualidades y cocina en el centro comunitario de Karakura. Con veinte alumnos por clase, la chica Kurosaki intentaba aplicar toda su paciencia posible, logrando buenos resultados.

Yuzu agregó las verduras picadas a la olla de ramen y bajó el fuego. Se quitó el mandil, lo dejó en la cocina y se dispuso ir a arriba por sus cosas de costura, para relajarse un rato en lo que estaba la cena. Pero al llegar al inicio de la escalera, un incómodo hormigueo en su espalda no la dejó pisar el primer escalón.

Dirigió su vista hacia arriba, pero un miedo inmenso en su cabeza, el mismo que había sentido unos días atrás, la hizo volverse de inmediato. Algo había allá arriba, lo presentía.

― ¡Karin! ―gritó, al pie de la escalera― ¿Me puedes pasar mis cosas de costura, por favor?

Karin, quien estaba en su habitación leyendo una revista de deportes, escuchó la petición de su hermana: ― ¡Sí, ahorita te las llevo! ― respondió con otro grito.

La pelinegra se levantó de su silla, tomó las cosas de Yuzu y se dirigió a la puerta. Al tocar el pomo, sintió algo extraño, como si al otro lado de la puerta

Karin decidió ignorar todas esas sensaciones de cobardes y abrió la puerta. El pasillo se encontraba tan vacío como de costumbre, así que se sintió un poco aliviada. Pero al dar unos cuantos pasos en dirección a la escalera sintió que alguien le tocó el hombro.

La chica dio un respingo de susto. Eso la hizo enojar mucho y se dio la media vuelta, dispuesto a encarar a su padre o al que fuera que la haya asustado.

Pero al voltearse no se esperó encontrarse con algo tan temible que hasta la sangre le bajó del rostro. Agarrado del techo, como si fuera una lagartija, se encontraba Kyuke de cabeza. Esta vez, su largo pelo verde oscuro caía y se le podía ver el rostro, el cual era bastante demacrado, de un fantasmagórico blanco, con los labios grises, además de unas marcadas ojeras debajo de unos penetrantes ojos color magenta brillante.

Kyuke, al ver la reacción de Karin, sonrío de manera siniestra: ― ¿Por qué te asustas, niña? ―preguntó burlón, avanzando hacia Karin. Ésta retrocedió un poco― ¿Qué no ibas a decirme algo?

La pelinegra estaba bastante tensa, casi al borde de la parálisis. Ese individuo le provocaba la misma inquietud y el mismo miedo que sintió hace pocos días, pero con su presencia se sentía bastante intimidada, por no decir asustada.

El de pelo verde observó un poco más a Karin: ― Bueno niña, parece que no quieres hablar, así que con permiso ―y avanzó, pasando por encima de la chica, hacia la planta baja.

Karin intentó avisarle a su melliza con un grito, pero el duro, delgado y frío acero de una espada se colocó de manera brusca en su garganta. Una enorme mano tomó su cuello y la obligó a darse la vuelta, encontrándose con cuatro personas más, dos hombres y dos mujeres.

― Haces algo mal, niña ―le amenazó Vasile― y te haré gritar como un cerdo agonizante― y el resto también le apuntó sus kilij en distintas partes del cuerpo.


Notas del autor:

*En primer lugar, ofrezco disculpas en retrasarme por actualizar. Tengo bastantes cosas que hacer

*Muchas veces menciono breves lapsos de tiempo acerca de acontecimientos del fic. Intento hacer bien las cuentas de acuerdo al manga-anime, pero si me equivoco con los tiempos, háganmelo saber por favor.

*Los nombres de los y las OC suenan raro, pero tienen sus motivos.

Glosario

(1) Quinto pino: Es el equivalente español de "vete a la chingada"

(2) Yokai: Término que se usa en el folklor japonés para nombrar, en general, a las criaturas mitológicas.

(3) Kami: Deidades del sintoismo, religión de Japón. En este fic, se aplicará el término a los espíritus benéficos para los humanos y los segadores.

Gracias por leer