Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son mios


9. Réviser le passé

(Revisar el pasado)

"El pasado siempre tiene cosas que te ayudan o destruyen en el futuro"

Mauricio Hernández Ramírez

La molesta luz blanca hizo que Ichigo abriera lentamente sus ojos.

Incorporándose lentamente, se rascó un poco la nuca con la mano derecha y observó a su alrededor. Estaba tendido en un futón, que se encontraba en el centro de una muy bien conocida habitación, ya que ahí eran innumerables las veces que los segadores y sus amigos terminaban cada vez que eran heridos en alguna pelea.

Ichigo siguió examinando la habitación y se percató que no estaba solo. A unos cuantos metros de distancia, Rukia Kuchiki estaba sentada de rodillas y lo observaba atentamente, con una mirada algo preocupada. Además de que Chad y Uryu estaban tendidos en otros futones, a su lado izquierdo dormidos, notándose más en el moreno ya que el quincy estaba demasiado quieto, además de tener la piel tan blanca que podía hacerle competencia a la porcelana y con abundantes vendas en su cuello.

― Al fin despiertas ―dijo en voz baja la segadora.

El joven de pelo naranja iba a contestar, pero un agudo dolor en su pecho le impidió responder. Sólo se limitó a llevarse la mano izquierda al pecho y hacer una mueca de dolor, el cual era bastante insoportable, casi comparado a como si su tórax tuviera clavado algún cuchillo.

Rukia no pasó por alto los gestos de Ichigo, pero sólo se limitó a guardar silencio. Si bien no le agradaba para nada que el joven de pelo naranja estuviera sintiendo dolor, Urahara le había contado que él tenía una buena explicación, pero que todos debían esperar hasta que Ichigo, Uryu y Chad despertaran.

― Oye Rukia ―habló Ichigo―, ¿qué ha pasado? ¿Por qué estamos aquí? ―preguntó.

Rukia suspiró suavemente y se levantó: ― Deberás esperar a Urahara ―contestó―. Él explicará todo lo ocurrido ―se acercó a la puerta de la habitación—. Voy a avisarle que ya has despertado ―y salió de la habitación.

Cuando Rukia se fue, a Ichigo le fue inevitable sentir otra punzada de dolor, más penetrante que la anterior, ocasionando que apretara los dientes y soltara leves quejidos.

― Así que tú también sientes eso, ¿verdad? ―habló una voz a su izquierda.

Ichigo volteó hacia ese lado y Chad estaba despierto, con las manos en su regazo y la mirada algo agachada. Los años de convivencia le habían enseñado al chico de cabello naranja que, ahora, el moreno estaba preocupado.

La puerta de la habitación se abrió antes de que alguno de los dos lograra decir alguna palabra, dejando paso a Rukia y Yoruichi.

― Urahara los espera ―dijo Yoruichi―. Está en el comedor. Y dice que no dejen solo a Uryu, que lo lleven también.

Ambos jóvenes se levantaron, con algo de dificultad y levantaron, entre los dos, a Uryu. Éste apenas reaccionó cuando Ichigo y Chad lo cargaron de hombros, ya que abrió un poco los ojos y murmuró cosas ininteligibles. Paso a paso salieron de la habitación, seguidos de Rukia y Yoruichi.

En el comedor estaban reunidos Urahara, Isshin, Mayuri, Toushiro Renji, Izuru, Shuuhei, Rangiku, Ikkaku, Nemu, Orihime, quien lucía visiblemente cansada, Tessai, Jinta y Ururu. Todos tenían en el rostro la expectación reflejada, dándose breves miradas los unos a los otros, esperando a que alguien tomara la palabra. El joven de pelo naranja y el moreno alto dejaron a Uryu en una esquina de la habitación, recargado contra la pared y con cuidado de que no se fuera a golpear. Después tomaron asiento y se unieron a la incómoda afonía del lugar.

― ¿Qué ocurrió, Urahara? ―preguntó Ichigo, rompiendo el tenso silencio con el cuestionamiento que todos se habían formado en la mente― ¿Qué demonios fue todo lo que ocurrió?

― Verás ―comenzó Urahara― sé que las hermanas Mikoba, las tres mujeres que nos atacaron, han regresado a Japón, luego les explico ―agregó al ver las caras confusas―. Pero antes ―dio una lenta ojeada a todos los presentes―, me gustaría saber que pasó ayer en la noche en la casa de Ichigo. Por lo visto ―detuvo la vista en el joven de pelo naranja―, algo salió muy mal.

― Lo que pasó ayer, Urahara ―habló Rukia, adelantándose a todos―, fue que la teniente Matsumoto nos llevó a casa de Ichigo para apoyar al señor Isshin. Él tenía una pelea con ―pausó un poco, como si estuviera encontrando la palabra adecuada—… alguien, pero antes de interferir otros ―pausó de nuevo―… seres nos atacaron.

― Entonces comenzamos a combatir contra ellos ―tomó la palabra Toushiro―. Era bastante raro, pues no se sentía su presión espiritual. Sin embargo, eso no fue impedimento para que ellos dieran pelea ―respiró un poco―. Eran bastante raros, parecían hombres y mujeres normales, con un buen manejo de la espada.

― Eso nos causó problemas ―intervino Matsumoto―. Uno de ellos llegó a enfrentarse a tres de nosotros, los demás a dos, pero aun así no cedían. Entonces Ichigo llegó y…

― Empeoró todo ―interrumpió Rukia, con un tono bastante lúgubre que logró que Ichigo abriera los ojos, sorprendido.


Todos los amigos de Ichigo e Isshin estaban gritándole a Ichigo que volviera en si, pues desde que el hombre de smoking llegó, el joven de pelo naranja se había paralizado con el primer vistazo que le dio.

Sus gritos son inútiles ―dijo el capitán, dirigiéndose a los amigos de Ichigo―. Él sólo me puede escuchar a mí, ¿no es así, amigo? ― preguntó, sonriendo de medio lado.

Ichigo, quien estaba de espaldas a sus amigos y su padre, sólo afirmó con la cabeza. El hombre de smoking dio unos cuantos pasos al frente, dejando a Ichigo a sus espaldas y contempló el lugar y a los que estaban presentes en ese momento. Algunos con caras aterradas, como Uryu y Orihime, y el resto estaba simplemente estupefacto, contemplando la estilizada figura del capitán y su kilij. Dio unos pasos hacia atrás cuando un nuevo agujero se abrió en el techo, dejando ver la pelea entre Toushiro y Rangiku contra una mujer.

El capitán miró hacia arriba, como quien observa a una mosca, y regresó su mirada a las personas de la sala: ― Oh, casi lo olvido ―habló de nuevo, haciendo un ademán con sus manos―. No quiero que nadie nos interrumpa mientras estoy aquí, así que haré un insignificante cambio al lugar ―se dio un cuarto de vuelta y miró hacia donde había entrado―. Puedes pasar Horaga.

Por el enorme agujero de la pared entró un individuo bajo, como de un metro y sesenta centímetros, flaco, de pelo negro, largo hasta media espalda y con un fleco tapándole los ojos de su rostro delgado. Pero lo más característico de esa persona era el oscuro color azul de su piel y tener unos pequeños cuernos, además de vestir un kimono de un fúnebre color púrpura y sostener una lámpara de papel que emitía una espectral luz azul.

No hubo necesidad de preguntarse qué o quién era el hombre que acababa de ingresar, pues había estado presente en numerosísimas pesadillas tanto de los humanos como de los segadores presentes, además de que era la tercer criatura más buscada por la Sociedad de Almas.

Un aoandaon(1).

Horaga se situó al lado izquierdo del capitán: ― ¿En que le puedo ayudar, capitán? ―preguntó, con una voz pausada y ronca y mostrando unos dientes cónicos y afilados a modo de sonrisa.

Ocúltanos, por favor ―respondió el hombre de smoking.

La criatura avanzó dos pasos adelante, y alzó su lámpara de papel. El objeto brilló un poco y, de una manera inverosímil, sacó la luz del foco más cercano, sin romperlo o averiarlo. La pequeña pelotita brillante fue atraída a la lámpara, al igual que otras siete esferitas de luz. La habitación se quedó a oscuras, excepto por la tenue iluminación de la lámpara.

Después de quedarse casi en penumbras, el capitán chasqueó los dedos de la mano derecha. Los segadores y los humanos sintieron como eran sujetados de brazos y piernas por ataduras traslúcidas como un velo, provenientes del suelo y la pared. Así mismo, las ataduras fueron hacía arriba y, por un agujero del techo, capturaron al capitán Hitsugaya y a Matsumoto, arrastrándolos a la destruida planta baja.

Ah, no intenten liberarse ni usar algún poder de segador ―habló el capitán por ver los esfuerzos de los segadores de soltarse de las tenues ataduras―. Lo que los detiene son sus propias sombras, si la rompen ―sonrió levemente y se encogió de hombros― se mueren. Ustedes ―señaló a Kyuke, Vasile, Natasha, Mihalea y Franz― dejen que hable un rato con ellos

A la mención de ese comentario, ninguno de los segadores o humanos hizo el menor esfuerzo por soltarse. Los hombres y mujeres que acompañaron a Kyuke a la casa de Ichigo bajaron sus kilij.

Muy bien, ya que todos están aquí y en calma ―continuó el hombre de smoking, dando algunos pasos hacia el centro de la habitación―, es bueno una presentación de manera adecuada. Aquí tenemos a Vasile Sprectu ―señaló con su mano derecha al corpulento pelirrojo―, Mihaela Temryava ―luego apuntó a la mujer de vestido francés―, Natasha Koshmar ―se dirigió a la mujer de largo vestido negro―, Franz Dunkelheit ―apuntó al hombre de pantalones bombachos y chaleco― y Kyuke Kageakumu ―y señaló al hombre de pelo verde y largo―. Ellos forman parte del Ejército Oscuro del cual yo ―se llevó su mano derecha al pecho―, el Capitán General Rotunslav Desmodov, estoy a cargo.

Todos oían con escepticismo al hombre de smoking, y éste pareció darse cuenta, por lo que comenzó a caminar hacia Orihime, quien intentaba evitar mirarlo.

¿Han visto qué no hay muchos Huecos últimamente, en estos cuatro días? ―preguntó, y de Orihime fue hacia Uryu, el cual intentaba mantener su semblante serio, pese a que su piel era casi blanca― ¿Han notado que los Huecos quieren morir de manera inexplicable? ¿Han sentido que su propia sombra los acecha? ¿Han notado que la gente tiene miedo? ―pasó su dedo índice derecho por el cuello del quincy.

Aunque las preguntas del capitán Desmodov resultaban algo disparatadas para casi todos los segadores, sólo Rukia y Uryu comenzaban a encontrarle sentido. Sin embargo, era demasiado pronto para sacar conclusiones.

Desmodov, al seguir observando el escepticismo en sus rostros, negó con la cabeza y soltó un suspiro: ― Vaya, parece que no me creen ―dijo, cruzándose de brazos―. Entonces tendré que demostrarlo. Ichigo, Chad, vengan ―alzó la voz de manera imperativa y chasqueó los dedos de la mano derecha.

Una vez más, las sorpresas estaban a la orden esa noche. Todos los presentes observaron como Ichigo se daba la media vuelta y les daba la cara. El característico ceño fruncido y la determinación en su mirada habían desaparecido. En su lugar, su cabeza estaba algo caída, sus ojos eran sombríos y vacíos, como los de un cadáver, y su boca estaba ligeramente abierta. El chico avanzó con pasos lentos y se situó al lado derecho de Rotunslav.

A su vez, las sombras desataron a Sado. Éste también caminó hacia el hombre de smoking, colocándose a su izquierda. Al igual que Ichigo, su postura no era la misma: estaba algo cabizbajo y con los hombros caídos, Cuando ambos jóvenes se situaron al lado del capitán, éste sonrío de una manera bastante marcada, dejando ver sus enormes caninos.

Como verán ―comenzó el capitán, y señaló a Ichigo y a Chad―, elegí a estos dos jóvenes por una razón que, irónicamente, responderá a una pregunta que les hice ―después caminó un poco hacia su derecha, hasta casi chocar con la pared. El moreno y el chico de pelo naranja se quedaron en su sitio―. Ellos dos tienen energía de Hueco muy fuerte insertada en sus cuerpos, y yo —se señaló a si mismo― y mis semejantes podemos educar muy bien a los Huecos, observen.

El capitán Desmodov colocó ambas manos al frente y las movió hacia arriba. Para acentuar más las sorpresas, Ichigo y Chad se elevaron un poco, quedando a centímetros del suelo. Después el pelinegro comenzó a rotar sus muñecas, hacia la derecha, entonces el de pelo naranja y el moreno comenzaron a girar verticalmente, como si una fuerza invisible los sujetara de la cintura. Luego, el hombre de smoking sonrió levemente y sacudió sus manos, por lo que Ichigo y Chad salieron despedidos en direcciones opuestas, estampándose contra las paredes.

¿Lo ven? ―preguntó Rotunslav, encogiéndose de hombros. Los demás aun tenían sus rostros sorprendidos, cosa que le complació bastante al capitán―. Pero no es todo, miren esto ―y chasqueó los dedos de la mano derecha.

Las sombras desataron al novato del Doceavo Escuadrón. El chico reflejaba confusión y, por qué no, algo de miedo. Sin embargo, eso no le impidió que sacara a flote su orgullo segador, pese a pertenecer a un Escuadrón donde no se fomentaran mucho las costumbres guerreras. Así, tomando algo de determinación, el joven segador desenvainó su zanpakuto y se preparó para una probable afrenta.

El capitán Desmodov miró analíticamente al novato: ― Vaya, así que estás preparado ―dijo un poco burlón―. Bueno, veamos si tu entrenamiento fue el suficiente ―dirigió su mirada a donde se había estrellado Ichigo―. Aplástalo.

Después de oír al capitán, la empolvada figura de Ichigo se incorporó y comenzó a avanzar con pasos rápidos hacia el novato, sosteniendo firmemente a Zangetsu y reflejando en su hueca mirada algo propio de cualquier demente: matar.

Kurosaki espera ―dijo Hitsugaya en tono imperativo

Ichigo, ten control ―le gritó su padre.

¡Ichigo, detente! ―exclamó Renji.

Sin embargo, y como había pasado hace rato, los gritos para que Ichigo entrara en razón fueron inútiles. Un fuerte choque se produjo al entrar en contacto las espadas de ambos segadores, produciéndose un combate con desigualdad de condiciones.

Aunque el novato daba pruebas de tener un manejo decente del zanjutsu, era una escoria comparado con Ichigo. Los potentes embates del joven de pelo naranja eran bloqueados a duras penas por el miembro del Doceavo Escuadrón, quien no tenía oportunidad alguna de contraatacar, por lo que sólo se dedicaba a defenderse con todas sus fuerzas.

Sólo bastaron unas cuantas cuchilladas y reveses para dejar en claro a qué lado de la balanza se inclinaba el combate. Con un fuerte corte en diagonal, Ichigo pudo despejar un poco las defensas del novato y, haciendo uso de un rápido movimiento, le cortó la mano con la que el chico sostenía su zanpakuto. El novato pensó rápidamente en invocar un Kido, sin embargo ya no pudo hacer nada, pues, con una imponente estocada, Ichigo había hundido a Zangetsu en su pecho hasta la mitad.

El combate sólo duró unos cuantos minutos, pero dejó a los amigos de Ichigo sin aliento alguno. El capitán Desmodov, en cambio, estaba bastante satisfecho con lo ocurrido.

Muy bien muchacho ―lo felicitó―. Ahora, limpia tu espada, que hay más cosas que hacer ―añadió con un tono bastante siniestro.

Ichigo sacudió a Zangetsu hacia su derecha, desprendiéndose del cuerpo del novato, provocando que éste se estampara contra la pared y quedar en el suelo convulsionándose.

¡Déjalo en paz! ―exclamó Rukia,

El capitán le dedicó una burlona y tétrica mirada: ― ¡Ah! Pero que tenemos aquí ―dijo, y caminó hacia Rukia―. Tú estás bastante presente en la memoria de Ichigo ―alzó su mano izquierda hacia el rostro de Rukia y le acarició su mejilla derecha con su dedo índice―, pero sobre todo abarcas buena parte de su corazón.

Rukia movió bruscamente su cabeza, apartando la mano del pelinegro: ― ¿Cómo sabes su nombre? ―preguntó con furia.

Es muy simple ―respondió Rotunslav, y se acercó a Ichigo―. Como ya mencioné, puedo hacer que los Huecos se porten como yo les diga. Al hacer eso ―posó su mano derecha en la cabeza del joven de pelo naranja― puedo adentrarme en sus pensamientos para conocerlos un poco. Y también ―cambió su mano de la cabeza al pecho― averiguar cuales son sus sentimientos ―y le dirigió una siniestra sonrisa a Rukia.

Un potente estruendo hizo que todos se sobresaltaran. Al parecer, alguien estaba intentando entrar por el hueco que había en la pared de la sala.

¡Oh, pero que interesante! ―oyeron la voz de Mayuri Kurotsuchi―. Este tipo de bloqueos no parece Kido ni algo semejante, se me hace conocido.

Es porque es de un aoandaon, capitán Kurotsuchi ―dijo la voz de Yoruichi.

¡Y qué estamos esperando! ―exclamó Mayuri emocionado― Hay que derribarla y ver si está adentro la criatura. Tal vez ahora sí pueda investigarla ―pausó un poco―. A la cuenta de tres. Uno, dos…

Varias voces del exterior, además de la de Yoruichi y Mayuri, invocaron diversos Hado.

Horaga ―Rotunslav se dirigió al aoandaon―, ¿cuánto tiempo puede aguantar tu barrera? ―preguntó, y un nuevo estruendo se escuchó de nuevo.

Alrededor de ocho horas, capitán ―respondió Horaga seguro, a pesar de que otro estruendo se hizo presente, haciendo caer un pedazo de techo―. Pero creo que esta casa no aguantará más de una hora.

El capitán soltó un bufido: ― Bueno, no podemos quedarnos tanto tiempo aquí. Tropa, Horaga ―se dirigió a su gente y al aoandaon―, nos retiramos. Pero antes, ¿quién de ustedes tiene sed? ―preguntó, desenfundó su kilij y se dirigió hacia Uryu.

Rotunslav tomó bruscamente la cabeza del quincy y expuso su cuello. Acercó su kilij y la hundió algunos centímetros en medio de la región yugular, provocando que la sangre comenzara a brotar en débiles chorros. Todos intentaban contener la respiración a la par que Uryu iba perdiendo sangre. Otro estruendo se escuchó, haciendo retumbar la casa.

Kyuke, Natasha, Vasile, Mihalea y Franz miraban con impaciencia al capitán. Desde que brotó el primer chorro de sangre, su comportamiento había cambiado, quedándose quietos. A la par que su tropa lo observaba con atención, el capitán formó una bola con la sombra de un escombro y sacó una copa de doscientos mililitors. Después la llenó y la bebió de un solo sorbo.

Vaya Kyuke ―dijo el de smoking, relamiéndose los labios―. Creí que habías acabado a los Ishida, pero la sangre de este joven me dice que es uno de ellos.

Kyuke se acercó rápidamente, al mismo tiempo que el capitán le tendía la copa. La llenó de sangre y la bebió: ― Pero yo pensé que los había cazado y vendido a Orciono ―comentó algo confuso―. Bueno, ya tengo un motivo para regresar a Karakura ― agregó en voz baja.

Después de que Kyuke y Rotunslav bebieran, el resto de la tropa y Horaga se acercó a tomar. Entre cada copa, Uryu iba perdiendo la lucidez del rostro, y un nuevo estruendo se escuchó, haciendo caer otro pedazo de techo y golpeando a Uryu en la cabeza, provocando que quedara inconsciente.

Vámonos tropa ―ordenó el capitán Desmodov, cuando el quincy se desmayó―. Ustedes ―se dirigió a Ichigo y a Chad―, encárguense de sus amigos, por veinte minutos. Especialmente tú ―se enfocó en el joven de pelo naranja― aplasta a ya sabes quien.

Si señor ―respondieron ambos jóvenes.

El hombre de smoking sonrió satisfecho, mostrando de nuevo sus enormes caninos. Luego desplegó sus alas y, con ayuda de un salto, se coló por un agujero del techo. El resto de la tropa lo imitó, algunos saliendo por orificios ya hechos, otros destruyendo más el techo. Después se escuchó un nuevo estruendo, pero proveniente de la parte de arriba, clara señal de que aquellas criaturas habían destrozado el tejado.

Horaga, al verse solo, bajó su lámpara: ― Nos vemos ―se despidió, sonriendo marcadamente y mostrando su afilada dentadura. A continuación, chasqueó los dedos de su mano izquierda y desapareció, dejando un rastro de humo negro.

Al irse el aoandaon, todos quedaron liberados y la iluminación de la casa regresó. Yorucihi, Mayuri, Izuru, Shuuhei e Ikkaku pudieron ingresar a la casa. Pero ahora se enfrentaban a un problema de dimensiones gigantescas.

Ichigo, casi al momento de que sus amigos se liberaron, se abalanzó sobre Rukia. Ella lo esquivó con un shumpo, pero el chico de inmediato la alcanzó, propinándole una cuchillada. La pelinegra pudo bloquearla, pero Ichigo le estaba imprimiendo fuerza a su zanpakuto.

Al tener sus espadas trabadas, Rukia pudo notar la mirada de Ichigo. Esos ojos color marrón, tan llenos de fuerza y determinación tan características del joven de pelo naranja, se habían esfumado. En su lugar, las orbes del chico estaban muertas y sombrías, superando con bastantes creces a los ojos de los Huecos. Pero no pudo seguir analizándolos, ya que Ichigo deshizo el cruce de espadas e intentó darle un corte diagonal, mismo que fue bloqueado con éxito por Sode no Shirayuki.

Renji, Toushiro, Matsumoto e Isshin intentaron entrar al combate entre Ichigo y Rukia, pero fueron bloqueados por Sado, quien ya tenía preparado su Brazo Izquierdo del Gigante y se lanzó contra ellos. Pero Yoruichi se interpuso entre ellos.

Ágilmente, la mujer morena esquivó el ataque y, en un presto movimiento imperceptible, tocó su cuello y el moreno cayó al suelo desmayado. Usando inmediatamente el shumpo, se dirigió con Ichigo, quien había derribado a Rukia con una patada, y repitió la operación de dormirlo, pese a esquivar unas cuantas cuchilladas.

Con Ichigo y Chad tranquilos, ahora Yoruichi centró su atención en Uryu, quien afortunadamente respiraba muy débilmente.

Llévalo a la tienda ―le indicó Yoruichi a Nemu―. Ahí está Tessai, dile que sólo lo vende del cuello, ya que los Kidos curativos no sirven en esta herida, y que le administre algo de hierro.

Si ―asintió Nemu. Se acercó a Uryu, lo cargó en su espalda y se esfumó con shumpo.

Yoruichi miró al resto de los segadores y a Orihime: ― Vayan a la tienda y espérenme ahí ―ordenó, y el los demás partieron―. Kuchiki, tú espérame un poco ― agregó antes de que la segadora se fuera.

Entre tanto, Mayuri se acercó a Ichigo y a Sado, observándolos con su demente y analítica mirada: ― Vaya, vaya, vaya ―dijo, tambolireando sus dedos entre sí―. No se siente su presión espiritual normal, podría decirse que no son ellos ―dirigió su vista a la reina del shumpo―. ¿Los dormiste con algo? ―preguntó.

Con zanpaperona(2) ―respondió Yoruichi, y le mostró un frasquito ámbar de cien mililitros en el que podía leerse "Lurás"―. Funciona muy bien con los Huecos.

¿Dónde lo conseguiste? ―interrogó Mayuri, bastante interesado en esa sustancia.

Yoruichi se acercó a Ichigo, lo cargó y se lo echó a la espalda: ― Ahora no le puedo responder eso capitán ―contestó sonriendo―. Mejor vámonos ―y salió de la casa con shumpo.

Mayuri la miró seriamente, pero ya obtendría respuestas después. Por el momento tomó a Sado de los tobillos y también se esfumó con shumpo.

Rukia le dedico una mirada a su entorno, y un profundo ruido le indicó que la estructura de la casa estaba colapsando. Así que mejor se retiró.


― Y eso es todo ―concluyó Rukia―. Después tuvimos que salir porque la casa ya no aguantó más y se derrumbó una parte de ella.

Todos estaban procesando la historia de Rukia. Jamás, en su servicio de segador, habían visto a esas personas. Ni en el Mundo de los Vivos ni en la Sociedad de Almas se habían reportado casos de gente como ese, que controle a los Huecos de esa manera y que además no emane presión espiritual alguna.

Ichigo se sentía fatal. Si en ocasiones anteriores los sentimientos de culpa e impotencia se habían apoderado de él por no ser lo suficientemente fuerte para proteger a sus seres queridos, ahora una fuerte sensación de culpa y remordimiento le estaba inundando la cabeza. Vio como un ser alado se llevó a sus hermanas, había matado a un segador, peleó e hirió a Rukia, además de poner en riesgo mortal a sus otros amigos e incluso a su padre. Apretó los puños con tan sólo imaginar si Yoruichi no le hubiera puesto ese tranquilizante, tal vez ninguno de los allí presentes estuvieran dirigiéndole serias y analíticas miradas.

― Creo que no es momento de sentirse culpable ahora, Ichigo ―habló Urahara, como si adivinara lo que pasaba por la mente del chico―. Tú no estabas en tus cinco sentidos cuando atacaste a Rukia y al joven. Además, la mayoría estamos bien, pudimos escapar vivos de nuestros combates.

― Por cierto Urahara ―intervino Toushiro―. ¿En dónde estabas cuando estábamos en la casa de Kurosaki? ― preguntó.

El vendedor miró al capitán de pelo blanco: ― Al irse ustedes, me quedé combatiendo, junto con el capitán Kurotsuchi, con las hermanas Mikoba ―habló―. Ellas fueron fuertes, me dejaron fuera de combate. Pero al llegar la ayuda…


Después de que Mibertola tocara el suelo con su espada, algo comenzó a moverse entre las sombras. Lentamente, de las penumbras surgió una persona, un hombre. Se acercaba caminando lenta y toscamente. La luz de una lámpara cercana iluminó su rostro y éste tenía los ojos bastante abiertos, abundante espuma roja y verde en la boca y dos hilos de sangre saliendo de su nariz. Con pasos pesados, fue aproximándose a las hermanas Mikoba.

Sin embargo no era el único. Después de algunos segundos, cientos de figuras comenzaron a salir de la oscuridad. Hombres, mujeres y niños caminaban torpemente hacia ellos. Todos con los ojos abiertos, espuma en la boca y sangre en la nariz. El enorme grupo se reunió detrás de las hermanas, al parecer expectantes.

Ante los ojos de los segadores, parecía que el trío de mujeres había invocado una especie de ejército zombie, pues todos ellos lucían muertos, sin ningún rastro de vida o voluntad. Sin embargo, no dejaron que la sorpresa los amedrentara, e Ikkaku, Hisagi e Izuru mantuvieron la guardia, mientras que Mayuri y Urahara observaban con bastante interés, sobre todo el capitán del Doceavo Escuadrón.

Ahora que las cosas ya son un poco más injustas ―dijo Mibértola, haciendo un ademán con la mano derecha―, podéis atacar, segaores.

Ikkaku se adelantó un poco: ― Como gustes ―y se posicionó en forma de ataque.

Pues éntrale, pinche pelón ―le retó Gerlstina, exaltando la provocación con movimientos de sus manos.

Ikkaku saltó hacia Gerlstina, quien lo interceptó con su antebrazo izquierdo. Mibértola y Kihuoteoncho desaparecieron para arremeter contra Hisagi y Kira respectivamente.

La de aspecto vaquero miró fugazmente al grupo de personas: ― ¡Órale, pendejos! ―bramó, y rechazó un nuevo embiste de Ikkaku― ¡Muévanlas!

El grito de la mujer fue como una descarga eléctrica para el grupo de personas. Ahora, comenzaron a moverse más rápidamente, como si olvidaran lo torpes que anteriormente lucían. Con apresurados pasos se dirigieron hacia los segadores, extendiendo las manos y murmurando ininteligibles sonidos.

Al primero que atacaron fue a Ikkaku, quien no tuvo más remedio que salir de su pelea con Gerlstina y defenderse de esas personas. Hisagi y Kira también abandonaron sus afrentas para esquivar ese grupo de personas, quienes desesperadamente intentaban agarrar a los segadores.

Mayuri se defendía de esas personas, pero a la vez estaba fascinado. Si bien no permitía que ninguno lo tocara, no quería lastimar demasiado a todos, ya que tenía en mente llevarse a algunos para poder experimentar. Así, los seres hicieron que el científico retrocediera, hasta quedar al lado de Urahara.

Urahara, que yacía herido en el suelo, no tuvo más que otra que prepararse para lanzar kidos. Sin embargo una figura le ocultó la visión de aquellas manipuladas personas.

Déjame esto a mi ―dijo Yoruichi, y gracias a su vertiginosa velocidad, pudo golpear a varias personas, pero un tremendo puñetazo de Gerlstina en su pómulo izquierdo la hizo caer al suelo.

¡A ver morenita, déjeme en paz a estos güeyes! ―le advirtió la de aspecto vaquero, pero la reina del shumpo no se dejó intimidar. Nuevamente, con ayuda del shumpo, intentó atacar a la mujer de pelo rosa, pero ésta bloqueó su golpe y le propinó una rapidísima y fuerte patada en el estómago. Yoruichi no se dobló por el dolor y regresó una vez más a la contienda.

El feroz intercambio de golpes entre Yoruichi y Gerlstina era casi invisible. Sólo los golpes se notaban por los ruidos sordos que producían al bloquearlos. Pero no eran las únicas. Mibértola y Kihuoteoncho aprovecharon la distracción de su tropa para atacar a Hisagi e Ikkaku, propinándoles serias cuchilladas en los brazos y el pecho, además de complicar más aun la pelea, cosa que a Ikkaku le encantó.

Hubo un momento en que ambas facciones estaban demasiado concentradas en la pelea. Las cuchilladas, golpes y kidos eran lanzados a diestra y siniestra, haciendo que algunas manos cortadas volaran. Pero, pese a todo ese revuelo y fervor de la lucha, los contendientes sentían que combatían en silencio, hasta que algo lo rompió.

Un agudo chillido, proveniente del cielo, se oyó, erizándole la piel a los segadores y a las hermanas Mikoba. Arriba, a una altura como de cincuenta metros, cientos de figuras aladas los rodeaban. Luciendo como murciélagos gigantes, describían círculos por encima de ellos, hasta que uno de ellos se lanzó, provocando que los demás lo imitaran.

El ser alado se estampó en un hombre de las hermanas Mikoba y mordió ferozmente su cuello. El individuo mordido sólo se limitaba a agitar los brazos y cayó al suelo, permitiendo que el ser alado comenzara a devorar su carne. Y así, los demás seres alados se dejaron caer sobre la tropa de las hermanas, mordiéndoles el cuello o los hombros para así empezar a comérselos.

¡Vámonos! ―exclamó Mibértola dirigiéndose a sus hermanas―. Dejaos esto para después. Hay que huir a Sendai

Gerlstina y Kihuoteoncho asintieron: ― ¡Pues qué esperas! ―exclamó la de pelo rosa, y dirigió su vista hacia los segadores―. Adiós, cabrones. Ya después les parto la madre ―y desapareció.

Nos vemos, segadores ―se despidió la de pelo lila y también desapareció.

La pelinegra hizo una leve inclinación: ― Segaores, hasta pronto ―y se esfumó.

Ikkaku estaba rabioso, pues ningún enemigo lo había dejado plantado en alguna pelea, así que iba a cortar algunos de esos seres, pero Yoruichi le tomó del hombro.

Vámonos ― le ordenó. Ikkaku la miró con el ceño fruncido ―. Deben llegar con Ichigo ―se dirigió hacia Hisagi, Kira y Mayuri y se aproximó a Urahara para echárselo a la espalda―. Yo enseguida los alcanzo ―y se esfumó con shumpo.

Hisagi, Kira e Ikkaku, pese a las ansias de éste último por pelear se encaminaron a la casa de Ichigo, no sin antes obligar a Mayuri a que dejara a una de las personas de las hermanas Mikoba.


― Y después fuimos a la casa de Ichigo y, pues el resto ya lo contaron ―finalizó Yoruichi.

Los demás, que apenas estaban procesando la historia de Rukia, acabaron por confundirse con el relato de Yoruichi. Sin embargo, Urahara estaba conectando las dos historias como sólo él sabía.

Ichigo, quien no terminaba de asimilar lo que había hecho la noche pasada, recordó un detalle: ― Urahara, hay una cosa que no terminaste de decirnos ―dijo―, ¿quiénes son las hermanas Mikoba? ―preguntó, siendo apoyado por murmullos de los demás.

El sombrero se removió un poco en su asiento: ― Como ya había dicho ―sacó su abanico y se tapó la cara―. Las hermanas Mikoba son mademalosielle(3), que son seres que sólo viven para matar, y ellas son las peores que hayan existido sobre el mundo. A donde quiera que vayan, sólo dejan un rastro de muerte ―respiró un poco―. Son muy peligrosas tanto para los vivos como para los segadores.

― ¿En qué sentido son peligrosas? ―interrogó Izuru.

― Ellas matan de dos maneras, dependiendo de quien sea su víctima ―contestó Urahara―. A los vivos los destruyen hiriéndolos un poco, dejando que desarrollen una enfermedad que colapsa los pulmones. Y con los segadores usan sus armas o ―miró al joven de pelo naranja―, como Ichigo lo comprobó, fuertes golpes y patadas. Lamentablemente, ellas tienen una ventaja sobre nosotros

― ¿Cuál? ― inquirió Rangiku.

― Ellas se pueden mover a velocidades muy superiores al shumpo ―respondió el hombre del sombrero―, incluso comparándoles con el capitán Kuchiki o con Yoruichi, ellas les llevan ventaja, usando una técnica llamada Morbissage (4). Además, ellas no emiten ninguna presión espiritual, por lo cual tienen el elemento sorpresa en una pelea con nosotros.

― ¿Y cómo es que tú las conoces? ―cuestionó Toushiro, cruzándose de brazos.

Urahara se acomodó mejor en su asiento: ― Verán ―comenzó Urahara, cruzando sus manos―. Hace ciento sesenta años tuvimos un percance bastante fuerte. Millones de personas en Japón estaban muriendo a causa de una enfermedad. Así que enviaron al Décimo Escuadrón, junto con algunos elementos del Doceavo, a investigar…


La ligera nevada nocturna se cernía en el pueblo más septentrional de la isla de Hokkaido(5). En pleno año de 1856, el poder del Sogunado estaba en su cúspide, beneficiando a todos en Japón, especialmente a los de Honshu(6). Todos allá tenían bonitas casas con hermosos jardines y estanques, sin embargo aquí el panorama no podía ser más contrario. Alrededor de doscientas casitas de madera conformaban el pueblo. Ninguna tenía los ostentosos jardines o estanques que se hallaban en Honshu, sólo el edificio principal de la casa, lleno a su alrededor de hierbas y malezas.

Unos opacados pasos rompieron la tranquilidad de la noche. No eran tranquilos, sino rápidos y sigilosos, como si sus dueños trataran de permanecer ocultos, tratando de huir o quizá de emboscar a algo o alguien.

Nuevamente se oyeron los pasos, y detrás de una casa, un grupo de hombres y mujeres ataviados con kimonos negros salieron rápidamente sólo para ocultarse. Eran aproximadamente como tres docenas. Todos se veían en plena edad para la lucha, oscilando entre los dieciocho y cuarenta años. Parecían samuráis, o peor aun, ronis. Sin embargo, ninguno de ellos era samurai, porque, para empezar, ninguno de ellos estaba vivo porque eran segadores de almas.

Las lúgubres campanadas de un reloj público anunciaron la media noche. Los segadores avanzaron un poco más ocultándose en otra casa. Entre ese conjunto de uniformes negros se podía distinguir un brillante haori blanco, con el número diez, perteneciente a un hombre alto, algo robusto, de rostro bonachón, pelo verde y largo hasta los hombros. El hombre se situó a la cabeza del grupo, y dirigió su púrpura mirada hacia la puerta de la casa que tenía enfrente.

¿Cuál es la situación teniente Shiba? ―preguntó el hombre de pelo verde, sin quitar los ojos de la casa.

Un hombre de pelo negro, corto y peinado hacia el frente se acercó al individuo de haori: ― El enemigo está en la casa de enfrente, capitán Yoshiaisu ―respondió Isshin Shiba―. Sin embargo, todas las personas en el pueblo están muertas. Sólo encontramos viva a una mujer con una bebé en una casa cerca de aquí.

Yoshiaisu soltó un suspiro: ― Bueno, sólo espero que podamos terminar esto y… ―fue interrumpido por un violento golpe.

La puerta de la casa se abrió de forma abrupta. Pero al parecer, nadie salió. Sin embargo, los segadores no bajaban la guardia, preparándose para atacar.

Un segador de pelo rubio se acercó a Isshin: ― ¿Crees qué haya sido buena idea decirle al capitán las personas muertas?―preguntó, y tomó su zanpakuto firmemente.

No lo sé, Urahara ―contestó el teniente, pero una fugaz brisa lo hizo ponerse en alerta máxima ―. Pero hay que ver a que nos enfrentamos…

La atención de todos se vio captada cuando una mujer, de estatura mediana, pelo rosa brillante y de vestimenta vaquera, golpeaba brutalmente a un segador, provocando que varios dientes y sangre volaran y cayeran sobre la nieve. Después, con una veloz patada, dejó sin aire a otro mientras que desenfundaba un revólver y lo descargaba siete veces en el pecho de un segador.

Pero a esa mujer también se le sumaron otras dos. Una, alta, delgada, de pelo negro y ataviada con un vestido victoriano apareció frente a un segador y, con una cimitarra y una horrible facilidad, le rebanó el abdomen, destripándolo en el acto. Otra, mucho más baja y más delgada, de pelo lila muy claro y vestida con un kimono café claro con los bordes negros, se encaró a dos hombres armada con una katana, propinándoles veloces cuchilladas que terminaron por córtales las manos.

Los segadores, aprovechando una pequeña pausa de las mujeres, actuaron rápido. En cuestión de segundos las rodearon, y el capitán Yoshiaisu dio unos pasos hacia ellas.

Ustedes tres ―se dirigió a ellas, apuntándoles firmemente con su zanpakuto―. Están arrestadas por el asesinato de más de dos millones de personas, así como por alterar el equilibrio espiritual y de las muertes de los tenientes Mizuki Fujiwara, Ryo Abe y Yumiko Sato hace más de trescientos años.

La mujer de pelo rosa se echó a reír: ― ¿No me digas? ―preguntó retóricamente, haciendo gestos de burla― ¿Y tú crees que sean suficientes cabrones para nosotras, las hermanas Mikoba? ―abrió mucho los ojos y sonrió, como señal de burla.

Yoshiaisu sólo se limitó a embestirla, siendo detenido por el antebrazo izquierdo de la fémina. La pelinegra y la del kimono comenzaron a atacar a los segadores de una manera tan rápida, que sólo se podía apreciar como los segadores caían mortalmente heridos o inclusive fallecidos. Isshin recibió el embate de la mujer de vestido victoriano, mientras que Urahara tuvo que detener el ataque lateral de la de pelo lila.

El capitán del Décimo Escuadrón quitó con dificultad su zanpakuto del antebrazo de la mujer, y le dio algunos cortes diagonales, siendo nuevamente bloqueados. Luego dos cuchilladas, tres reveses, todos bloqueados y rebotados por los antebrazos de ella. Entonces, al rechazar el último revés, Yoshiaisu vio un hueco en su defensa, y de una manera presta, le propinó una fuerte estocada directo al estómago.

Pero, en lugar de hundir la espada como se esperaba, sólo se clavó cinco centímetros y con mucho esfuerzo.

La mujer de pelo rosa soltó una risa burlona: ― ¿Crees qué esto va a matarme? ―cuestionó sin dejar de mofarse― ¿A mí, la más chingona mademalosielle, Gerlstina Mikoba? ―y le rebotó la zanpakuto con el estómago

El capitán Yoshiaisu retrocedió unos pasos y la miró seriamente: ― Sólo eres una maldita asesina ―y se lanzó de nuevo contra ella, esta vez en un feroz ataque vertical.

Los combates de Isshin y Urahara no iban muy a favor de ellos. Isshin presentaba dificultades para frenar los cortes y cuchilladas de la fémina de vestido victoriano, debido a la fuerza con la que atacaba, y eso que manejaba la cimitarra con una mano. Mientras que Urahara tenía problemas en calcular los ataques de la mujer de pelo lila, ya que eran el doble de rápidos a los que estaba acostumbrados, pese a que ambos manejaban una técnica bélica muy similar.

Isshin intentó propinarle a la mujer pelinegra un revés, pero ella lo bloqueó ágilmente con su cimitarra: ― Por cierto ―habló y empujó al hombre hacia atrás―, mi nombre es Mibértola Mikoba, y ¿cuál es el tuyo? ―preguntó.

El teniente se estabilizó y se puso en guardia: ― Isshin Shiba ―respondió, y preparó a Egetsu― ¡Getsuga Tensho! ―exclamó, y liberó el poderoso ataque, pero un atroz dolor en su pectoral derecho le indicaba que la mujer lo había esquivado.

Urahara trabó a Benihime con la katana de la mujer de pelo lila, y comenzaron a empujarse, ambos imprimiéndole fuerza a sus respectivas espadas.

¡Ah, se me olvidaba! ―dijo la fémina del kimono, logrando hacer retroceder a Urahara un poco―. Mi nombre es Kihuoteoncho Mikoba, ¿y el de vos? ―cuestionó.

Urahara opuso resistencia, ganando un poco de terreno: ― Kisuke Urahara ―contestó. Kihuoteoncho sonrió y, en un amplio movimiento circular, logro destrabar su katana de la zanpakuto, propinándole un corte de hombro a hombro, desestabilizando al teniente.

El resto de los segadores sólo podían observar, un poco impotentes, cómo su capitán, su teniente y un miembro del Doceavo Escuadrón libraban un feroz combate contra esas tres mujeres.

Gerlstina había logrado atajar el corte vertical de Yoshiaisu con su antebrazo derecho, y miró al resto de los segadores: ― Parece que tus gatos(7) nada más están de huevones ―bajó la zanpakuto del capitán y le propinó un buen puñetazo en la nariz― ¿Quieres qué los active un poco ―preguntó.

El hombre le dirigió una mirada intimidante, pese a estar sangrando del rostro y se levantó. Preparó su zanpakuto y se puso en guardia.

La mujer de pelo rosa enarcó una ceja: ― Bueno ―se encogió de hombros―, supongo que eso es un no ―sonrió de manera malévola―. Pero me vale madres, a fin de cuentas ―desenfundó sus dos revólvers― L'Èradication ―murmuró y despareció.

Yoshiaisu dirigió su vista hacia los miembros de su escuadrón. Sólo le bastó con mirarlos algunos segundos nada más para observar como uno a uno sus elementos caían muertos, con tres agujeros en la nuca.

Tan rápido como se esfumó, Gerlstina llegó a su posición original, frente al capitán. Enfundó sus dos revólvers y se cruzó de brazos: ― Vaya ―dijo y miró a Yoshiaisu burlona y desafiante―, con los años los segadores se vuelven más pendejos ―se metió su dedo meñique izquierdo a la oreja―. Hace trescientos años me habrían durado más de diez minutos ―y se miró el dedo, buscado cerilla.

¡Ya basta! ―exclamó furioso Yoshiaisu―. Tú sólo traes la muerte, veamos que puedes hacer cuando ya estés muerta ―colocó su frente en el lado sin filo de su zanpakuto― Ban...

Un fuerte dolor en sus tobillos hizo que cayera de rodillas al piso. Incapaz de sostenerse, Yoshiaisu sólo pudo alzar la mirada hacia Gerlstina, quien sólo estaba cruzada de brazos. Pero su visión se vio tapada por alguien que le propinó una fuerte y feroz cuchillada en su estómago, y las hemorragias intensas no se hicieron esperar.

Gerlstina avanzó lentamente hacia el capitán Yoshiaisu: ― Bueno, bueno, bueno ―desenfundó su revólver derecho―. Tal parece que a otro grupo de segadores se lo cargó la chingada ―cargó y apuntó―, ni modo hijo ―colocó el cañón firmemente a seis centímetros de la frente de Yoshiaisu.

Seis disparos se oyeron, dejando paralizados a Isshin y a Urahara. Prácticamente, Gerlstina le había deshecho la cabeza al capitán Kaouru Yoshiaisu.

Mibértola se posicionó rápidamente al lado de Gerlstina: ― Sois demasiao carnicera ―comentó al ver el cráneo del capitán hecho pedazos―. Pero al menos no tenéis pieda.

Kihuoteoncho se les unió y comenzó a mover su cabeza hacia los lados: ― Oí ―murmuró, levantando su dedo índice izquierdo y olfateo―, aun hay humanos con vida.

A lo lejos, una mujer bajita y de pelo negro corría, intentando alejarse del pueblo. Las mujeres, al verla, sonrieron de manera maliciosa y desaparecieron. Isshin al ver la escena se alarmó.

Urahara ―llamó al segador―, hay que impedir que maten a la mujer.

Yo iré ―dijo Urahara―, tú estás más malherido que yo ―señaló la herida de Isshin, y se esfumó con shumpo.

La mujer caminaba de manera torpe entre la nieve profunda, sosteniendo un bulto cubierto por desgastadas sábanas. Su agitada respiración indicaba que había hecho mucho esfuerzo por salir a la carrera del pueblo, y el clima frío no le ayuda con su helada caricia.

Estaremos bien Rukia ―habló la fémina, dirigiéndose al bulto―. Lograremos escapar de esta. Yo, tu hermana Hisana, te lo aseguro.

Pero tuvo que interrumpir su camino porque una persona, ataviada en un kimono negro y armada con una katana, se interpuso. La mujer apretó más a la pequeña contra ella.

Tranquila ―la calmó Urahara―, yo quiero ayudarla. Sólo tiene que…

El segador nunca pudo darle alguna instrucción, ya que un terrible dolor en sus tobillos se hizo presente, haciéndolo caer de rodillas. Hisana se asustó, y un insoportable escozor en su pecho comenzó a hacer que se asfixiara. Por reflejo, llevó las manos a su pecho, dejando caer a Rukia en la nieve, además de que empezó a toser abundante sangre con algunas manchas verdes.

Hisana se estaba ahogando por culpa de esas secreciones, y cayó al suelo. Sentía que la respiración se le iba con cada expectoración, siendo tan violentas que sentía que las entrañas se le salían por la boca. El llanto de Rukia comenzaba a hacerse menos audible y en la última tos sintió que algo le tapó totalmente la garganta, provocando que, debido a la falta de aire, Rukia y el extraño hombre comenzaran a verse borrosos hasta que finalmente la oscuridad invadió su visión.

Urahara observó, impotente, cómo la mujer murió en cuestión de segundos. Eso significaba que las hermanas Mikoba andaban cerca. Así que comenzó a arrastrarse hacia la bebé, pero una katana se hundió en su mano derecha.

¿Pero qué hacés, segador? ―preguntó Kihuoteoncho burlona―. Dejá que la naturaleza siga su curso con la nenita.

Gerlstina miraba atentamente a Rukia, quien lloraba a causa del intenso frío: ― Oigan ―se dirigió hacia las otras dos mujeres―, les apuesto a que la morrilla no dura diez minutos bajo la nieve ― y sacó una bolsita de cuero.

Mibértola y Kihuoteoncho sonrieron de manera malévola


―…Y cuando llegó Isshin por mi, ya no pudimos hacer nada por Rukia ―pausó un momento―. Murió a los veinte minutos después que la enterraran en la nieve.

Urahara, al terminar su relato, ocasionó algunas reacciones entre sus escuchas. Algunos con caras de asombros como Orihime e Ichigo, otros analizando la nueva información como Toushiro y Mayuri. Sin embargo, la que no parecía tener reacción alguna era Rukia.

Ella, al oír como murió, sólo pudo quedarse algo atónita. Tantas emociones y sentimientos se acumulaban en ella que le era imposible reaccionar. Ningún habitante de la Sociedad de Almas escucha todos los días cuál fue su muerte, aunque algunos si recuerdan cómo es que se les fue la vida. De manera que las hermanas Mikoba habían sido las responsables de que ella y Hisana terminaran en la Sociedad de Almas. Habían matado a su hermana, y a ella la dejaron morir enterrada en la nieve. Y vaya ironía que el elemento de su zanpakuto fuera la nieve.

― Pero hay una cosa que no nos has dicho, Urahara ―Toushiro rompió el silencio―, ¿quiénes son las personas que nos atacaron en la casa de Kurosaki? ―preguntó.

Urahara iba a contestar, pero una discreta tos lo cortó.

― Me sorprende que no hayan deducido que somos ―dijo una suave voz masculina proveniente del techo―, cuando hemos inundado la imaginación humana por cientos de años.


Notas del autor:

*Bueno, aquí un nuevo capítulo. De nuevo, les ofrezco disculpas. El mes anterior me entretuve bastante en trámites de la escuela y no tenía tiempo de escribir o publicar. Además de que ya comencé mi servicio social, y debido a eso tarde un poco más.

Glosario

(1) Aoandaon: Monstruo del folclor japonés. Surge cuando cien personas cuentan historias de terror en un cuarto, acompañados de lámparas de papel. Cuando se termina la historia se apaga la lámpara. El aoandaon surge al apagar la última lámpara, entonces se encarga de atormentar a la gente.

(2) Zanpaperona: En esta historia, tranquilizante para Huecos, usado por otros psicopompos pero desconocido en Japón.

(3) Mademalosielle: En esta historia, personajes femeninos antropomórficos. Su principal afición es la eliminación de los humanos, matando a diestra y siniestra donde se encuentren. Sólo los espíritus y las criaturas mitológicas las pueden ver, aunque eso no signifique que las puedan vencer.

(4) Morbissage: Una técnica de las mademalosielle. Cien veces superior al shumpo de los mejores segadores.

(5) Hokkaido: Isla situada al norte de Japón

(6) Honshu: La isla principal de Japón, donde se concentra casi toda la población japonesa.

(7) Gato: En México, es una forma despectiva de decirle a los ayudantes.

Gracias por leer