DÍA VIERNES 25: "Shopping con Condenación"

Martes, miércoles, jueves, y el viernes había amanecido. Lo primero en que pensó Kira Airen al disparar los ojos abiertos fue en que su día tan esperado había llegado.

-"Hoy me escabulliré... ¡y él no podrá saber nada!"

Saltó de la cama y se vistió con su uniforme. En su bolsillo guardó un monedero abultado y, con una sonrisa pegada a la cara, abrió la puerta y salió, allí chocando con la imagen de quien la había ido a buscar para iniciar otra jornada.

-¡Ah, Zero! ¡Buen día!

-Buen día –contestó con el ceño fruncido, ya atisbando que el gesto de alegría de la joven era más llamativo que en condiciones normales-. ¿A dónde ibas tan aprisa?

-A- buscarte. Para desayunar.

-¿Sí?

-Sí, ¿por...?

-Por nada; me parece que estás ocultando algo.

-¿Eh? No, ¿de qué hablas?

-No importa... Ven, ¿me acompañas a comer algo? No desayuné todavía.

-Claro.

Era una mañana cálida. Tomaron jugo de naranja y tostadas con una deliciosa crema de chocolate para untar que literalmente hizo enloquecer a la chica. Y después, cuando dio la hora de ir a clases, le anunció a su compañero de ojos lilas que tenía algo que hacer en la biblioteca. Era extraño, ciertamente, porque los dos iban a la misma clase y no tenían examen ni nada parecido pronto. Zero, sorprendido, le preguntó si la podía escoltar y ella espetó un "no", alegando que debía ir sola.

-Pero, ¿por qué sola? Yo no te molestaré...

-Ya lo sé, Zero, pero debo estar sola. Luego te explico.

-¿Me lo explicas hoy?

-Puede ser.

-Bueno... ¿Cuándo vas a clases?

-¿Qué te pasa? ¿Te convertiste en un inválido, que necesitas que ande contigo?

-No seas antipática. Sólo tengo curiosidad.

-Mmm, bueno, bueno... Iré en una hora o dos.

-¿Una hora o dos? ¿Qué vas a hacer?

-¡Zero!

-¡Agh, está bien...! Eres muy sospechosa, pero te estaré esperando. Sólo espero que no te metas en problemas.

Kira sonrió. La rapidez con la que Kiryuu había pasado de ser un pedazo de cretino que la ahuyentaba constantemente a estar solicitando ahora su presencia permanente conformaba una imagen entrañable de él, irresistible para una mujer como la prefecta.

Kaien Cross estaba en su oficina y los humanos, en sus salones. Los vampiros dormían (entre ellos Kadashi, furioso con los guardianes por lo sucedido en la noche del baile pasado pero habiendo tenido que tragarse sus palabras luego de que el Director lo hubiera terriblemente recriminado). No hubo un alma caminando afuera. La ruta estaba despejada, por lo que la doncella de cabellera negra (cabellera negra suelta) pudo escapar velozmente del edificio principal de la Academia. Corrió lo más aprisa que pudo, cubriéndose con las sombras proyectadas por las copas de los árboles y ocultándose detrás de los troncos. Así alcanzó la salida y siguió el trecho hasta la ciudad. Por las rutas gastadas vagaban muchos niños, e incluso barcos mercantes repletaban el puerto, más allá.

-Muy bien... Veamos... Qué puede querer él... –se dijo a sí misma la chica, rastreando con la vista una tienda donde pudiese dar con un buen regalo para su colega prefecto, quien cumpliría dieciocho años el próximo miércoles... Menuda coincidencia, que los dos hubieran nacido en fechas cercanas.

Probó primero con un local de indumentaria, pero no estaba segura de qué prenda podría estar deseando. Luego optó por accesorios, ya que los aritos de plata en sus orejas podrían ser indicio de que el muchacho era amante de los adornos chicos... Pero no había nada que fuera indicado... ¿Algo para su revólver? No quería entrar en la armería; estaba llena de hombres... ¿Quizás algo para comer? ¿Algo fino para comer en ocasiones especiales? Sólo los bombones o chocolates en cajas doradas parecían buena idea, pero él no era goloso... Vio una pintura impresionista en una galería, que era bastante buena, aunque él nunca había manifestado agrado por las artes plásticas... ¿Un libro...? Zero era inteligente, de seguro le gustaría leer un buen libro... Sin embargo, ¿de qué género? Kira pasó casi cuarenta y cinco minutos luchando con esa cuestión y aún no podía vislumbrar qué darle el miércoles. Se paró a descansar en una plazoleta.

La ciudad era amarilla; los adoquines parecían ser siempre reflejados por un sol de arena que asaba la imagen de dicho pueblo. Y pese a que había incluso familias caminando por las calles, ella no podía evitar recordar con terror lo que había sucedido la última vez en esa localidad.

No obstante, no por nada Cross y Chigima se preocupaban tanto por que fuera expuesta a los ojos del exterior... Imprudencia. Había huido para que nadie la detuviera justamente porque sí la estaban buscando, y los ojos del enemigo ya la tenían atrapada en un foco fatal. Un hombre de cabello marrón claro era gacela entre las tinieblas de la metrópolis y se sonreía al reconocer la figura sensual de Kira Airen, quien no acusó recibo de esa vigilancia negativa... Tras estar seguro de lo que había encontrado con su mirada de vampiro sucio, el peón reintegrado de la familia Haze identificó el uniforme negro que portaba la mujer y marchó discretamente hacia el cuartel sombrío donde el Conde de la Noche, Seta Houki, bebía litros y litros de sangre a diario, de copas de oro oscuro. Su hogar era un edificio antiguo repleto de gárgolas y pinturas tétricas que suspendían la maldad de su corazón roto, y varios sirvientes lo rodeaban para servirle como a un rey. De sus ojos de Sangre Pura se emitía un odio enfermo que hipnotizaba el espíritu de cualquier presa, y su piel era tan blanca como la luz de la luna. Su cabellera era plateada como la de Zero, pero llegaba hasta sus pectorales. Sus labios eran negros; parecían teñidos con sangre a lo largo de los años, y sus uñas crecidas y puntiagudas, junto con sus músculos marcados, transmitían una idea de salvajismo. Nadie se atrevía a hablarle excepto sus socios de la familia Haze y el más cercano de los siervos, un anciano ciego y de vasto conocimiento. Amaba la música gótica y siempre había un grupo de tres o cinco intérpretes que generaban música ambiental que henchía su alma de regocijo.

Entonces vino ese anciano de ojos muertos, escoltando al peón de melena castaña clara.

-¿Qué es lo que deseas, Naoya? –Seta Houki dijo con su sacra voz suave hacia el siervo maestro.

-Señor Houki, el caballero Haze ha venido a confirmar sospechas. Desea dirigirse a usted para comunicarle algo que lo hará sentir regodeado.

-Ah, ¿sí...? Habla, tú, peón de los Haze...

Causaba escalofríos oír la voz de ese conde sanguinario...

-Mis respetos a usted, conde Seta Houki. Vengo a dar fe de lo que he visto esta mañana en la ciudad Fukuoka.

-¿Acerca de...?

-Señor conde, he visto con estos mismos ojos que la hija de cazadores, Kira Airen, se encuentra en la Academia Cross. Zero Kiryuu es, por ende, par suyo en el instituto.

El vampiro líder se sonrió perversamente y se relamió los labios... Tras tomar un largo sorbo de sangre más, siguió hablando:

-Felicitaciones, Haze... Tus esfuerzos han dado frutos... Informaré a tu amo acerca de esto... y serás recompensado... ahora.

Como era sabido, tener una conversación con Seta, por más breve que fuese, exigía sangre como retribución. Muy pocos podían darse el lujo de evitar ese condicionante, por lo que el peón de los Haze dio unos pasos hacia el Conde de la Noche y exhibió su cuello ante el mismo. Con fuerza y deseo, el gran vampiro enterró sus colmillos en su presa y chupó una buena dosis de sangre que lo hizo sentir todopoderoso.

Cuando terminó, el peón se tambaleó y se retiró de la sala con una reverencia y el vampiro de cabellera plateada dijo a Naoya en un tono lujurioso y aterrador:

-Llama a los fieles. Reúnelos. Diles... que tenemos una presa fácil... y que viene por dos.

-Sí, señor Houki. De inmediato.

"La noche vendrá... teñida de sangre"

Eso dijo finalmente, mirando el techo negro de su morada fría y sonriendo con sus prominentes colmillos.

Kira había terminado decidiéndose por entrar a un bazar. De ahí eligió un adorno hermoso. Era una bola de nieve, de esas de vidrio rellenas de agua, y adentro tenía una figura de plata que se asemejaba a Zero. Era un hombre armado con un revólver, que apuntaba al frente en una posición de combate. Ciertamente, era muy similar a Kiryuu... La chica no dudó en comprarla y pidió que la guardaran en una cajita de regalo bellísima que también valió su dinero. Con prisa y el presente en una bolsa, trotó de regreso a la Academia, procurando nuevamente que nadie la viera, y se abrió camino hasta su cuarto. Escapó apenas de que el Director justo la notara, pero uno de sus mejores atributos como cazadora era su facilidad para escabullirse. Llegó a su alcoba y, entusiasmada, guardó bien el obsequio.

-"¡Sé que le gustará, sé que le gustará!" –pensó con una gran sonrisa.

Y así fue a buscarlo. En el salón de clases, él se moría de aburrimiento y contaba los minutos que pasaban sin rastro de su amiga. De hecho, faltó sólo un minuto para que se levantara a ir a revisar si estaba en la biblioteca, cuando a la sazón sintió el lugar vacío junto a él moverse. Era ella, que, sin que el profesor la viera, había tomado asiento.

-¡Kira! –exclamó en voz baja.

-¡Hola, Zero!

-¿Ya te quedarás aquí?

-Sí.

-O sea que ¿terminaste con tus "deberes"?

-¡Sí!

-Se te ve feliz.

-Lo estoy –contestó, orgullosa.

-¿Por...?

-Nada en especial... Después te digo.

-Odio que me causes ansiedad.

-¡Mmm, lo siento...!

-Ya me las pagarás.

-Oh, para cuando quieras vengarte, me querrás demasiado.

-¿Qué?

-Lo entenderás cuando llegue el momento –dijo en un impostado tono señorial que burlaba ciertos diálogos de películas épicas.

-¡¿Por qué estás de tan buen humor?

Ella rió y saboreó la forma en que Zero parecía rogarle. Pasó a atender a la clase pero él aún persistió.

-¡Dime! ¿En qué andas? No puede ser tan secreto... Además, ¿con qué tiene que ver?

-Contigo.

-¿Conmigo? ¿Qué estás planeando hacerme?

-Qué tarado. ¿Lo primero que se te ocurre es que esté armando un nefasto plan para fastidiarte?

-Esa sonrisa de sapo que pones me genera desconfianza. Prefiero ser precavido.

-Bien, por haber usado esa comparación conmigo, te torturaré un rato más.

-¡¿Qué, qué hice?

-¿No pudiste usar otra metáfora que no fuera "sonrisa de sapo"?

-Pero si lo estás haciendo así. Mira, lo haces así: se te estiran bien los labios de una oreja hasta la otra y se te encogen los ojos.

-No me imites, que das lástima.

Después de que Zero alzara una ceja, le revoleó una bofetada en la nuca.

-¡Idiota! –Kira farfulló mientras él se regodeó.

Al mediodía almorzaron juntos bajo un árbol, algo que se había convertido en costumbre, y ella reiteró una conversación que ya habían tenido el día anterior y el otro previo.

-Oye, ¿qué vamos a hacer el miércoles?

-¿Qué tiene el miércoles?

El hombre, cada vez que hablaba con ella y cuando no, sentía su corazón vibrar ante su belleza. Por ciertos momentos se parecía a Yuuki en versión vampiresa, con el cabello largo, pero sin duda la cazadora Airen era mucho más atractiva. Además, su sonrisa (más allá de la metáfora de los sapos) era espontánea y fiel, no como en el caso de aquella chica que sonreía tanto para Zero como para Kaname Kuran...

-¿Qué tiene el miércoles de especial?

-¡Tu cumpleaños!

-Debes estar equivocada. Yo no cumplo años.

-¿Nunca?

-Nunca. No tengo tiempo para eso.

-Ah, ¿por eso te ves tan conservadito?

-"Conservadito"... –repitió el término, mofándose del mismo-. Dije que no festejo, y ya.

-Oh, vamos, vamos, Zero... –Kira insistió como lo haría una niña molesta, jalando de la manga del saco de su compañero que se resistía a sonreír-. Tú sabes que quieres un ¡GRAN pastel de chocolateeee!

-Te recuerdo que el afecto por el chocolate es tuyo, no mío.

-Entonces, ¿de vainilla? ¿Quieres baño de coco, de paso?

-No. Déjame comer tranquilo.

-O quizás prefieres brownies con nueces.

-No quiero nada.

-Entonces, si no te gusta ni la vainilla ni los brownies..., ¿chocolate blanco...?

Él la miró con una impaciencia reflejada en ojos, en realidad, chistosos.

-Mmm..., ¿alfajores de maicena? ¡No, espera...! ¡De limón! ¿Te gusta la torta de limón?

-¿Te puedes callar?

-Aunque también están las de chocolate y vainilla. Se llaman "marmoladas". Ésas tienen un sabor distinto.

-NO.

-Agh... ¿Una fuente de frutillas con crema?

-Demasiado lujurioso.

-¿Palomitas de maíz con miel?

-La miel me da acidez.

-¡Vamos, Zero! Algo voy a prepararte, así que mejor dime qué te gusta, o si no te prepararé algo que no te agradará.

-¿Por qué no comes?

-Bueno, tal vez deba dejarte pensar mejor lo de las cosas dulces. Pero podríamos ver lo de la comida principal. Algo salado, a ver...

-Por favor...

-¿Te gustan las comidas con colesterol, como las hamburguesas o algo así como pizza, o tal vez algo más sano como-? –empezó, pero siendo retenida por las manos de Zero. Con una la sostuvo de la nuca y con otra le tapó la boca de sorpresa, y se acercó a ella con el fin de darle una orden tajantemente.

-BASTA.

La soltó y continuó con su almuerzo. La prefecta hizo puchero con los labios y esperó a que la mirara, provocándose en él una impresión de ternura que luchaba por obligarlo a abrazarla con fuerza.

-Ni creas que esa cara de perro vagabundo me hará temblar –declaró como respuesta, luego de mirar para otro lado y socavar sus ganas de estrujar a Kira en una gran muestra de jovial cariño.

Pero ella prefecta persistió, caminando de a pasitos pequeños con las rodillas hasta casi pegarse al varón, y le mostró de cerca su cara de patito triste de nuevo. Él la vio de reojo. Supo interpretar el temblor en su pecho y sintió que por el momento no podría escapar. Aguantó todo lo que pudo y se venció cuando Kira le tocó el codo izquierdo con un dedo, volteándose violentamente a rodearla con los brazos. Le sostuvo la cara con la mano derecha; la zurda, se la colocó sobre la espalda encorvada hacia delante, hacia él. Pudo sentir con la misma que el corazón de la chica estaba palpitando contra su columna...

De pronto, el mundo pareció esfumarse. Los ojos azules de Kira explotaron en el desconcierto, aunque no pudo respirar. Zero demostró menos; al menos su mirada lucía relajada. Sin embargo, la chica ni en eso fue capaz de pensar ante las pocas pulgadas que los separaron. El cálido tacto de los dedos del joven contra su mejilla y el apoyo de su mandíbula despertaron un emotivo rubor. Él parpadeó luego, en lo que se entendió se echaba para atrás y decidía no avanzar la distancia que les restaba.

Sin embargo...

-No me presiones... Por favor, cuando actúas así me siento mal.

-P-P-Perdón...

Zero tragó saliva y la soltó de una manera más delicada. Pasó a darle la espalda, lo cual, sin duda, los ayudó a sentirse, ambos, aliviados. Lo más distendido que pudo, volvió a comer, mientras que a Kira le costó reponerse y desanudarse los nervios en el estómago. Se quedó mirando la tierra, abstraída en su sensibilidad y en un conflicto que oscilaba entre la desilusión y el miedo a que sus deseos casi se hubieran cumplido. Un crudo silencio habitó en su mente y entorno a los dos.

Terminaron el recreo del almuerzo sin volver a hablarse ni mirarse.

De vuelta a clases sólo por un momento, los alumnos realizaron un debate como actividad de curso, y aunque Kira era siempre la más participativa, esta vez se había convertido en una más del montón, muda e inexpresiva como una tumba. Aunque en cierta forma los oídos de Zero agradecían la falta de parloteo, pesó más la culpa de haber sido él el causante. Además, si había resultado tan afectada, era porque realmente guardaba sentimientos por él, lo cual era imposible de ignorar. Se armó de valor entonces, respiró y procedió a codearla. Kira reaccionó.

-Oye, boba..., despierta.

Sonrió. De pronto lo quiso más. El que recurriera a llamarla boba y darle un codazo daba cuenta de que su interés era el bienestar de ella antes que otra cosa, porque luego de haber ocurrido un acercamiento comprometedor como aquel debajo del árbol, la única salida inofensiva era esa. Pretendieron que entre ellos no había pasado nada y obedecieron al cotidiano ritmo del día, mientras de trasfondo germinaron dudas y ansias por conocer lo que se mantenía oculto.

En el día siguiente, el sábado, y pese a que Zero había sido claro en cuanto a que no quería recibir muestras de cariño empeñado, la encontró en la cocina bien temprano leyendo un libro de cocina. Evidentemente estaba buscando una receta para él. Aplastó los ojos con las cejas y la censuró callado.

-¿Qué? –dijo ella, alzando su cuello e ignorando por completo aquel ceño fruncido.

Caminó hasta su lado y le cerró el libro decididamente. Con aplomo en los ojos, la acechó cara a cara.

-Te dije que no quería nada para el miércoles.

-¿Tanto problema te haces? De acuerdo, olvídate de que sea tu cumpleaños; cocinaré algo interesante sólo porque sí, ¿está bien?

-¿Porque "sí"?

-Sí, porque sí.

-No me fastidies. ¿Acaso haces esto porque no puedes estar pendiente de otra cosa que no sea yo?

-¡Ah, bieeeen, no te ames tanto! –Impostó la voz y lo burló simulando ser él que hablaba: -"Esta tarada no tiene nada mejor que hacer que mirarme a mí, porque soy genial, porque soy el grandioso Zero Kir-"

La silenció de la misma manera que antes; una mano le tapaba la boca, la otra le sostenía la nuca. El recuerdo del acercamiento del día anterior bajo el árbol surcó la mente de Kira por un instante.

-Deja de molestarme y hazme caso, ¿sí? No quiero sentir culpa por ti más tarde ni tampoco estar en deuda.

Ella hizo fuerza y se destapó la boca. Sostuvo la mano de Zero en la suya.

-No estarás en deuda conmigo nunca. ¿Nunca oíste hablar de la gente que hace buenos gestos simplemente porque quiere? En serio; relájate.

-Para mí, las personas que tienen buenos gestos sin motivo aparente es porque o desean algo encubiertamente o porque están un poco desesperadas por afecto... o bien porque están locas.

-Pierde cuidado, no estoy anhelando tu afecto desesperadamente.

-Ah, pero, ¿no decías que te iba a querer demasiado cuando supiera qué estuviste haciendo en la mañana de ayer? –A la sazón, ató cabos. Se puso aún más serio e incluso entornó el rostro en un mohín de arrebato temible. –Lo que hiciste no tenía nada que ver con mi cumpleaños, ¿no? Te mato.

-¿No era que no tenías cumpleaños? –dijo, inmune al tono cabreado de su amigo.

-¡Ya, basta! ¡Me estás irritando mucho! ¡Vete de aquí y llévate este libro!

La empujó fuera de la cocina mientras ella retuvo el mismo contra su pecho. A pocos pasos de cruzar la arcada fuera del lugar, sin embargo murmuró:

-Como si hiciera falta estar aquí para leer...

-¿Qué? –exclamó.

Sin voltearse, al continuar caminando, Kira sonrió y empezó a tararear la melodía de "Birds". Dobló y tomó el pasillo que la condujera a su habitación o a cualquier sitio tranquilo, aunque no duró mucho, tras ser atajada por una mano firme que le tiró de la ropa que le cubría la espalda. Sus pies entorpecidos fueron en marcha atrás hasta pisar la punta de las zapatillas de Zero. Hizo un esfuerzo para no chocar contra su pecho y él le arrebató el libro de entre las manos. Lo mantuvo en alto y evitó que ella lo recuperara.

-¡¿Qué haces? ¡Devuélvemelo!

Estiró su brazo para alcanzarlo y también se puso en puntas de pie, pero no llegó.

-Olvídalo –contestó-. No me haces caso cuando te hablo bien.

-¡No estoy tratando de hacerte un mal, idiota, devuélvemelo!

-En definitiva es mi cumpleaños, ¿no? Y si yo digo que no harás nada por mí, no harás nada por mí.

-¿Por qué tienes tantos complejos? Eres un cabezón amargado. ¡Dame el libro!

-Podrás leer cuando te compres uno tú misma. Éste es del Director, así que técnicamente no tienes derecho a hacer lo que te plazca con él.

-¡Bien! –espetó, desistiendo y bajando el brazo. Se dio media vuelta y declaró, yéndose de nuevo: -Buscaré en la biblioteca.

Zero dio tres pasos gigantes hasta colocarse frente a ella. Intentó esquivarlo y él copió sus movimientos.

-Ahora, ¿quién está siendo fastidioso?

-Basta, Kira, no insistas más.

-Te molesta que no me termine de rendir –alardeó sonriente.

-¡Sí, me molesta mucho! ¡Dices que yo soy cabezón, pero tú no quedas atrás!

-¿Prefieres una compañera sumisa y sin carácter? –siguió, ahora pegándole en la nariz con un tintineo del dedo índice y el pulgar.

Zero le agarró la mano y le gruñó:

-¡¿Acaso tengo que atarte para que dejes de ser tan inquieta?

-¡Inténtalo!

El siguiente paso que el joven hombre dio los sorprendió a los dos por igual, pues no fue meditado ni previsto. Con la mano que sostenía la de Kira, Zero hizo presión, empujándola. De la otra dejó caer el libro de cocina y le rodeó la muñeca de la restante mano libre. Avanzó y encerró a la chica bruscamente contra la pared. Se miraron... El corazón de ella latió tan fuerte, que por no poco no era posible oírlo. Se sintió como un despiadado ronroneo en el pecho que paralizaba a todo el resto del cuerpo.

Le susurró, dominándola...:

-No me provoques.

Kira frunció el entrecejo y, no obstante, ofreció resistencia.

-¿Me estás amenazando?

Furiosamente, él le apretó los dos cachetes con una mano, callando toda posible réplica.

-Si no te ato, te pego, pero algo te hago.

Ante la imposibilidad de responder, ella cerró los ojos y alzó las cejas. Le faltó encogerse de hombros.

-¿Vas a parar?

La prefecta se dio el tiempo para manifestar aceptación. Le mantuvo la mirada, desafiante de lo neutra y aplacada que era, y finalmente asintió con la cabeza.

Zero, en consecuencia, le soltó la cara, aunque continuó aprisionando una de las manos. Entonces vino el silencio, que les permitió perderse uno en los ojos del otro. Como si no hubiera sido electrizante lo ocurrido sólo veinte horas antes...

Quien interrumpió (quizás el término es "salvó") el momento fue Kaien Cross, quien venía de podar sus canteros y trataba de llegar a la cocina para servirse una taza de té. Se quedó literalmente congelado en el lugar ni bien vio a sus protegidos retirados contra el muro en esa posición tan comprometedora. Sintió ganas de sonreír, y lo hizo luego de abrir grandes los ojos, absorto.

-¿A qué están jugando, niños? –preguntó entonces, alegremente, casi estúpido, para variar.

-¡No estamos jugando! –Kiryuu exclamó mientras se alejaba de Kira como si ésta de pronto tuviese lepra.

Ella trató de ser disimulada a fin de rescatar el libro de cocina abandonado en el suelo, pero Zero le pisó la mano un instante antes de tomarlo. Entretanto aquélla se quejó, gruñó y le pellizcó la piel de los tobillos, él explicó haciendo uso de un tono cordial, claramente forzado sólo para que el Director desapareciese:

-Simplemente Kira y yo estábamos discutiendo... un asunto acerca de..., ya sabes..., cosas que no se pueden decir en voz alta.

El hombre de anteojos respondió de la siguiente manera:

-¡Aaaah, claro, ya entiendo! ¡Por eso estaban tan juntitos...!

-Clar- ¡¿Q-Qué? ¡No! ¡¿"Juntitos"? ¡No, "juntitos", no! ¡¿Qué demonios dices?

La chica no se tragó las palabras. Chilló:

-¡Zero, maldito seas, idiota, levanta el pie! ¡Me duele, estúpido!

A la vez que la liberó, también se colocó en cuclillas para apropiarse nuevamente del libro. Lo ocultó dentro de su camisa gris y se dirigió a Cross, espantado con la forma en que Kira aullaba y se sostenía los dedos enrojecidos:

-No quiero oírte decir algo como eso de nuevo, ¿he sido claro? Y este piojo que trajiste a la Academia, te cuento, no hace más que sacarme de quicio. Eso ¡también!... quiero que se entienda –terminó, violentamente girando hacia un costado evitando que la chica le metiera la mano dentro de la ropa.

El líder del colegio estaba azorado. Azorado por la violenta y aún cómica escena, por el cómodo desenvolvimiento de Kira Airen al usar tres insultos en sólo dos frases pequeñas, por la inusitada vivacidad de Zero Kiryuu y, sobre todo, por atraparlos en un momento tan incómodamente privado. No le quedó más opción que cerrar los ojos y seguir su camino hasta la cocina. Desfiló lentamente entre ellos.

-Qué bueno que se estén llevando tan bien...

Zero lo siguió con la vista cuando lo oyó decir eso y con ese tono triunfal que echaba por tierra todo el desprecio que el chico acababa de manifestar por su compañera. Dejó pronto de mirarlo, al sentir una bofetada contra su mejilla.

-¡E-E-Ey! ¡¿Estás loca?

-¡Eso va por pisarme la mano! Tarado...

-Bah, a que no fue para tanto. A ver, muéstrame.

Le dejó notar que los nudillos habían resultado raspados; de uno se traslucía mucha sangre. La piel exhibía una roja coloración y amenazaba con inflamarse. En realidad, el muchacho se sorprendió.

-Oh, no exagerabas... Perdóname.

-Claro, "perdóname", ahora que ya la machucaste. Seguramente lo hiciste a propósito para que no pueda cocinar.

-No, idiota, no quise lastimarte. Ven, ¿me dejas que lo arregle?

¿Cómo iba a continuar enfrentándosele si la hechizaba de tal irremediable modo? Su garganta fue obstruida por un placentero nerviosismo adolescente y recurrió, por ende, a asentir con la cabeza.

Le bajó la hinchazón con una bolsa de gel congelado, le desinfectó el rasponazo grande y le colocó cuidadosamente una bandita. Y no fue eso en sí la parte más inquietante del proceso, sino en realidad la forma en que lo hizo, sosteniendo cada dedo como si estuviese hecho de seda egipcia y despertando la sensibilidad de los nervios de la palma al rozarla con la suya propia. Mientras fue ejecutando su tarea, le habló, levantando la mirada hacia ella sólo a veces.

-Creo que empiezo a entender por qué no sueles tener muchos amigos. Eres insoportable.

-Lo sé, pero tú también.

-¿Yo?

-Fíjate que tampoco tienes amigos.

A pesar del sutil cortejo de sus dedos masculinos tratando las heridas de Kira, le pellizcó uno de los nudillos, haciéndola gruñir e insultarlo una vez más.

-¡Estúpido! ¡Ya basta!

Zero esperó unos segundos para continuar hablándole, esta vez en un tono agravado, un tanto bajando la guardia:

-Por favor..., no hagas nada por mí.

La chica lo miró con desánimo, mas quizás asimilando que debería respetarle esa decisión al fin de las cuentas...

-No me harás sentir feliz, entiéndelo. Quiero llevarme bien contigo, pero para hacerlo, debes evitar invadirme y presionarme. ¿Acaso no fui claro desde un principio?

-Sí, pero-

-No es asunto tuyo lo que yo haga o deje de hacer en mi cumpleaños. No tienes el deber de arreglarme la vida ni nada que se le parezca. ¿Puedes comprender eso?

-Yo quiero darte algo especial.

-No me conoces tanto.

-Ni tú a mí, e hiciste de mi cumpleaños el mejor de todos los que he tenido.

-Ah, así que es por eso...

-No, no es sólo por eso-

-Lo que hice al llevarte a pasear a caballo o a visitar la torre o la cúpula del parque fue sólo sacarte del miasma que tenías encima por el incidente del sapo.

-No entiendes nada. No me refiero a eso.

-¿A qué, entonces?

-Me refiero a que en ese día fuiste capaz de dejar atrás la conducta rígida que tenías conmigo, la frialdad, la distancia, sólo porque yo estaba llorando. Me diste la mano, me defendiste de Alika y dijiste públicamente que éramos amigos.

Le quiso contestar; lo quiso hacer. Estaba casi seguro de las palabras que usaría para derribar aquel argumento, pero no tuvo éxito, un poco porque debía responder inmediatamente y ya había perdido tiempo y otro poco porque Kira tenía razón: él había actuado con el más generoso y humilde amor.

Encontrando el silencio, la dama cantó:

-Gané.

-Shh.

-No tienes que ser tan peleador, Zero.

-Mira quién habla.

-Ey, levanta la cara, ¿o estás avergonzado de que después de todo esto yo estaba en lo correcto?

-Tampoco es para tanto.

-Cierto, no era como para pisarme la mano o arrinconarme contra una pared.

Fue instantáneo. Aprovechando la cercanía entre sus pies, Zero la pisó, lo que hizo que ella gritara y retirase la mano en tratamiento.

-¡Dame la mano de nuevo, boba, que casi termino!

-¡No! ¡Estoy cansada! ¡Digo algo y ya me agredes!

-No te fracturé el empeine; puedes estar tranquila.

Sin aplacar su enojo, la chica se levantó de su silla, lo abofeteó y se dispuso a irse. Dio tres pasos y dos firmes brazos la retuvieron desde atrás, rodeándola.

-¡Suéltame!

Le puso la cara sobre el pequeño hombro, susurrándole al oído:

-Vamos, cálmate un poco. Tú sabes mejor que muchos que, si quiero, puedo matarte en dos segundos. Esto es sólo un juego.

-Sí, por supuesto –replicó ella, cabreada, y dramáticamente haciendo un esfuerzo sobrehumano por no ablandarse con el tibio aliento de Zero acariciando su cuello-, porque tú no eres el que sale herido.

-Bien, bien –dijo, también resistiendo a un brete, el de no tentarse con la sangre que corría por debajo de esa piel-. Hagamos un trato, ¿de acuerdo?

Kira resopló.

-¿De acuerdo? –repitió.

-¿Qué trato?

-Yo no te piso ni te golpeo más, si tú moderas un poco tu terquedad.

-¿Mi terquedad?

-¿Ves? Ahí lo tienes.

-¿Me puedes soltar?

-No lo haré hasta que no lleguemos a un acuerdo.

Resopló una vez más, ahora trasluciendo un aire extenuado que rayaba con la tristeza y, en cierta forma, la angustia. Dejó caer su cabeza hacia delante, escondiéndose detrás de su flequillo negro, y su nariz tocó el antebrazo de Zero.

-Ey... –la llamó.

-Está bien... Lo haré, pero suéltame, por favor...

-¿Qué te ocurre?

-Nada, nada... Sólo déjame ir, Zero, por favor.

La retuvo unos instantes y aflojó los brazos. Dejó los pies quietos para no separarse más de lo inevitable... Esperó a ver su completa reacción y fue suave:

-Oye, lo lamento... No quería herirte de verdad. Sólo te estaba molestando... Disculpa.

-Está bien –respondió con poca fuerza.

-Mírame. No estás llorando, ¿o sí? –inquirió, tocándole el codo.

-No. Es sólo que me agotaste.

-¿Pelear te agota?

-Sí, también.

-¿Qué más?

-Nada que quiera contarte.

-Bien... –dijo, y dejó de tocarle el codo-. Estás enojada. Pues, en serio lo lamento, Kira, de verdad.

-"Me estás afectando mucho" –la joven, sin voltearse aún, habló en el vacío de su cabeza-. "No sé si me quieres o no, y yo no puedo aguantar..."

-¿Prefieres que me vaya un rato?

-Puede ser. Aunque todavía no me queda claro qué debo hacer contigo.

-¿Hablas de mi cumpleaños?

-Sí.

-Ya sabes qué no hacer. –Marchó a fin de darle soledad, y antes de desaparecer por completo, afirmó su postura: -Pero no estoy enfadado, ¿sí? Trata de relajarte.

Una vez que Kira pudo estar sola, respiró e hizo fuerza por volver al mundo en el que podía controlar sus emociones. Se sentó y se sujetó la cabeza. Su cuerpo tembló.

Pasada la excitación de aquellos enfrentamientos que ambos disimulaban en una farsa de comicidad, Zero Kiryuu descansó y patrulló solo, mientras ella se refugió un poco en la oficina del Director a conversar con él y luego visitó, y más allá del asunto del libro de cocina, la biblioteca del colegio. No era muy grande, pero estaba muy bien equipada. Era frecuentada, mas no demasiado, y siendo sábado, pudo sumirse en el silencio de la literatura durmiente. Dejó la puerta entreabierta luego de ingresar y paseó cuidadosamente entre las góndolas. La luz amarilla de la tarde desfiló a través de los vidrios de un trío de ventanas altas y se zambulló sobre los tomos más antiguos y polvorientos, los menos consultados pero más solemnes. La madera de los estantes era vieja, seca, pero tan formidable como el espíritu de ese santuario y tan resistente como la verdad que perdura en las hojas. Sobre los flancos del cuarto había mesas con pilas irregulares de más libros. Las únicas dos sillas disponibles también llevaban largos años de uso, y había más, pero estaban cubiertas por columnas de novelas y ensayos de fechas mezcladas.

Los pasos de Kira entre las góndolas eran sordos, opacos. Por un momento pareció que ni su respiración tenía tono. Era lógico, porque si un libro habla, ¿cuánto diría una biblioteca entera? Los humanos, en esa tierra, no tienen voz; sólo deben escuchar.

Al pasar, rozó con las puntas de los dedos los lomos de los libros más sobresalientes. Escabulló la mirada por entre las letras de los títulos, algunas más marcadas que otras a causa de la erosión del tiempo. La emoción de la paz en su más sagrada forma por momentos la hizo sentir escalofríos y hasta ganas de llorar. Recordó el amor que su hermano Itsuki sentía por la literatura y recordó sus sueños de convertirse en escritor y llevarla a conocer con él los destinos más suntuosos del mundo. Habría sido su baja autoestima lo que no le había dado la oportunidad de tener esa vida más temprano; una vida que tal vez lo habría salvado de morir a manos de un vampiro colérico.

No pudo contener las lágrimas, mas no sintió temor ni vergüenza, pues los libros saben guardar secretos. Se sentó en el piso con la espalda contra las patas de una de las sillas ocupadas y se hizo un ovillo. Se abrazó las piernas dobladas y enterró la cara entre las rodillas y el pecho. Libre, sollozó, mas el sonido se fugó, tragado por la magnificencia que acunó su pesar.

"Quiero ser escritor para que pase el tiempo y la gente me recuerde, que sepa quién soy y quién fui"

"Yo te recordaré, Itsuki. ¿Para qué quieres que la gente lo haga?"

"Je... Tienes razón. Contigo solamente debería bastarme, ¿no?"

"Escríbeme un cuento sobre nosotros"

"¿Sobre un hermano gordo y una hermanita fea?"

"¡Tonto! Escribe algo bonito"

"Entonces será sobre un muchacho con muchos granos y una hermanita menor bien narigona... ¡y que tenga piojos! ¡Muchos piojos!"

En la oscuridad del hueco en el que respiraba, sonrió, y las lágrimas le pasaron por encima de los labios tensos. Rió después, más abstraída en la memoria y, por ende, más aquejada por el dolor. Sintió el deseo de contarle a alguien todo lo que estaba soportando sola. Pensó en Zero, quien cuadraba perfectamente con la idea del salvador que quería para su vida tormentosa, pero el miedo a no corresponderle fue abrumador. El no poder mirarlo directamente a los ojos sin sentir que se le cerraban las vías respiratorias atentaba contra ello también. Se dispuso a aguantar sin la ayuda de nadie y dejó que el murmullo de los libros la acunara hasta caer, efectivamente, dormida.

Los minutos pasaron y la noche pareció tragársela, apresarla en el olvido de la biblioteca señorial. Podría ser que no despertase nunca si no era rescatada por alguien. Y, como no podía ser de otra manera, ese alguien la buscó. Ya preocupado, en realidad, Zero Kiryuu abrió la puerta entornada del santuario y llamó a su compañera.

-¿Estás aquí? ¿Kira?

La razón por la cual él no optaba por pasar tiempo en ese lugar era exactamente lo que tenía delante: un rincón del mundo que parecía morirse y transformarse en un suspiro. Las sombras y los colores muertos se adueñaban de las cosas y les daban vida a los libros que guardaban rencor por no ser desempolvados por los estudiantes. Se iba el sol, y ahí reinaban los fantasmas y la melancolía.

-Kira, más te vale que no te estés escondiendo...

Echando de sí el mal gusto del miedo y del aire viejo, se movió entre los muebles. Cross no sabía dónde se encontraba la chica y ya había pasado mucho tiempo. El mecimiento de los árboles afuera proyectaba sombras amorfas al interior del cuarto a través de las tres ventanas y Zero las miró intimidado, extrañándola más de la cuenta súbitamente.

Fue tranquilizador oírla susurrar:

-¿Z-Zero...? ¿Eres tú?

Le costó ubicarla entre las tinieblas. Vislumbró que estaba en el suelo en una postura que bien podía indicar que estaba herida o en medio de un trance. Dios uno pocos pasos tensos hasta alcanzarla y se arrodilló.

-¿Kira? ¿Estás bien?

-Sí... Me quedé dormida... ¿Qué hora es?

-Más de las ocho. ¿Cómo que te quedaste dormida?

-No sé... Vine aquí porque quería estar tranquila, y... Vaya...

-Me tenías preocupado.

-No tienes por qué. Pero estoy bien.

-¿Segura? ¿Cómo está tu mano?

-Casi no siento nada.

-Y, ¿tu pie?

-¿Realmente te importa?

-Sí.

-Está bien... No me dolió tanto.

-Y, ¿por qué el escándalo de antes? –dijo con una ligera risa entremedio.

-No era lo que me hacías sentir en el pie el problema.

La oscuridad, entonces, resultó útil. Sin poder verse las caras, fue fácil esconder los gestos. La mano cálida de Zero se posó sobre el hombro izquierdo de Kira, a quien la piel se le puso como de naranja...

-Vamos adentro, ¿sí? No es muy bueno estar aquí solo.

-Es que las bibliotecas me gustan. A mi hermano le... le gustan...

-¿Estuviste llorando?

Se notó cómo ella levantó la cabeza dos pulgadas a tratar de desentramar el rostro ensombrecido del joven. Su sorpresa radicó en que no era perceptible algún tono de tristeza en su voz. Por tanto, ¿cómo había hecho él para saber que era eso exactamente lo que le había pasado?

-¿Por qué crees que lo hice?

-¿Lo hiciste?

El silencio confirmó la duda.

-¿Por qué? –Zero inquirió.

Se mantuvo callada.

-¿Fue por mí? ¿Fue por las peleas de hoy?

-No..., claro que no...

-¿No me puedes decir la razón?

-No quiero hablar de eso.

-Bien... Al menos, ¿puedo ayudarte?

La respuesta fue el acto. La chica se inclinó hacia delante y hundió la cabeza en el calor del pecho de Zero... Pudo sentir contra su frente que el corazón del muchacho pegaba con ímpetu.

-¿Kira? ¿Qué tienes?

-Ayúdame sosteniendo mi cabeza...

-¿Te duele? –dijo mientras se la sostuvo con una mano.

-No. Estoy cansada y confundida.

-¿No quieres discutirlo?

-No. Quiero estar en silencio un rato.

La misma mano se deslizó por el cabello negro de Kira hasta tocar su oreja pequeña y luego la mejilla. Él hizo un poco de fuerza y la instó a mirar hacia arriba. En vez de quedarse ahí, la soltó inmediatamente.

-Cuando puedas o quieras hablar, hazlo conmigo. No quiero saber que estuviste triste lejos de mí.

-¿P-Por qué dices eso...?

-Es injusto. Eres muy buena conmigo.

Ella bajó la cabeza otra vez.

-Gracias...

-¿Podemos irnos?

-Sí... Tengo hambre.

-Perfecto. ¿Puedes pararte?

Lo siguió pero sin que se tomaran de las manos. Dejaron esa parte del edificio y salieron al patio que conectaba con el sector donde el Director vivía. El viento conjuró un silbido masivo entre los árboles de hojas crecidas y le mesó el cabello a Kira. No obstante, no le importó y se mantuvo sumergida en reflexiones que parecían propulsarla a la infinitud. Quizás Zero le hizo llegar de alguna manera lo que pensaba acerca de ella también, porque habló sin que nadie se lo pidiera:

-No tengo las cosas tan ordenadas en mi vida, sabes... Y por ahora prefiero no charlarlo, pero en algún momento lo haré, y quisiera hacerlo contigo.

El muchacho no pudo evitar ruborizarse. Tartamudeó.

-E-E-Está bien... T-Te escucharé cuando haga falta...

-Gracias. Creo que podrás entenderme.

-Lo que tienes para decir..., ¿es lo que te hizo llorar en la biblioteca?

-Sí.

-Bueno... Puedes estar tranquila. Cuando necesites sacártelo del corazón, búscame.

Kira asintió con la cabeza y sufrió la pasión que la habitó e invadió cada rincón de su persona. La noche gozó de un encanto sin igual, irremediable para las mentes enamoradizas como la de ella, y como si hiciera falta aún más tensión, sobrevino otra cosa que, dicho sea de paso, pudo haber sido un desastre. Al frente, el frente inmediato, a un metro y no más, posaba campantemente un formidable sapo de grandes verrugas como cuernos, y Kira avanzaba tan aún pendiente de sus conflictos, que no podría verlo y lo aplastaría con el pie. Casi como si la fobia fuera de él, Zero se espantó y levantó a la chica de la tierra en un instante. La colocó contra su pecho de modo que apoyara el mentón sobre su hombro.

-¡Z-Zero..., ¿qué estás haciendo? ¡Bájame!

A él estaba claro que los sapos no le quitaban el sueño. Sin embargo, el impresionante tamaño de aquél sin duda lo estremeció cuando tuvo que patearlo y alejarlo lo más posible de escena.

-¿Qué hiciste? –Kira preguntó con el terror súbitamente pintado en la cara.

-Nada.

-¡¿Cómo "nada"? ¡¿Qué había? ¡¿Por qué te moviste así?

-¡No grites al lado de mi oreja!

-¡Pero dime qué pasó!

-¡Había un enorme sapo y lo estabas a punto de pisar! –más furioso gritó él, ahora mirándola a los ojos mientras ella se trataba de soltar, casi tocándose las narices.

La silenció en el acto. Kira quedó embelesada en él y no supo qué decir. Qué rayos decir...

-¿Así me agradeces que te salve de tu peor pánico? –Zero continuó-. ¿Gritándome al oído?

Si llegaba a hablar, diría lo que más hacendosamente estaba protegiendo. Sólo le restó la mudez. Apoyó la pera en el firme hombro de su amigo y se aferró a él, pasando los brazos por detrás de su nuca.

-Cierra los ojos –ordenó, y comenzó a caminar.

Quiso, mas no pudo, sosegar las rabiosas palpitaciones de su corazón, que la delató al resonar contra el pecho de él. Se sonrojó. Se mordió el labio. Rogó hacia sus adentros que Zero la eximiera de la incomodidad, lo que, en efecto, él hizo, comprensivo.

-Ey..., cálmate, o te dará un infarto.

Kira sollozó.

-Ya pasó... Está bien. Pudo haber sido un momento terrible para ti, pero estás a salvo. En pocos minutos estarás en tu habitación otra vez, lejos de toda amenaza..., y listo.

-Muchas gracias, Zero...

-No hay de qué, no hay de qué...

Luego de una cena tranquila que aquietaba las aguas de ese día tan movilizador, Kira le pidió la noche libre para descansar mientras él patrullara el campus de la Academia hasta la media madrugada. Zero aceptó y marchó a los exteriores sin cerciorarse de que ella cayera en el sopor. Entonces, Kaien Cross aportó a la causa de la chica y la visitó en su habitación poco después. Le devolvió secretamente el libro de cocina que el prefecto le había quitado y ocultado en un cuarto de limpieza del edificio.

-Aquí tienes, querida. Hazlo feliz.

Kira Airen aprovechó parte de la noche y leyó con la ayuda de una luz suave que no fuera vista desde afuera.