Una historia diferente

Capítulo 2. Estupidez

Tras la marcha de Fenris, Jane se quedó un rato más con Varric e Isabela, aunque a penas participó en la conversación. No sabía por qué, pero su historia le había despertado sentimientos y recuerdos que hacía tiempo que dormían en algún lugar oscuro de su mente.

Salió del Ahorcado con intención de dar un paseo por el puerto, pero al ver la cantidad de gente que vendía, gritaba y corría por las calles, decidió cambiar de planes y volver a casa. Quizás le iría bien dormir un poco más antes del mediodía, lejos del ruido y los recuerdos.

Pasados menos de veinte minutos ya estaba atravesando la puerta de su mansión, y Valeria le esperaba sentada en un delicado banco de madera, en la recepción y junto a Bruno, que jadeaba ruidosamente. La chica se levantó rápidamente al verla entrar, y antes de poder mediar palabra, Jane se dio cuenta de que Anders se encontraba allí, esperándola.

- ¿Anders? No esperaba encontrarte aquí.

- He venido directamente, necesito hablar contigo.

- Claro. Valeria, ¿nos dejas solos por favor? - la elfa salió inmediatamente con Bruno del recibidor.

- Antes de nada, quiero disculparme por haber estado tan mal antes... me he comportado como un idiota.

- Anders...

- No, déjame terminar - ambos se sentaron en el banco de madera - No quiero alejarme de ti, sabes que eres la persona más importante de mi vida, aunque te pese...

- ¡No es así! Sabes que para mí también eres muy importante Anders, eres mi... amigo.

- Y quizás así deba ser - pese a la poca luz de la sala, ella se percató que los ojos del mago brillaban sospechosamente, y sintió temor de que se echase a llorar- Si fuese por mí, ahora mismo te abrazaría y te daría el beso que tanto tiempo llevo queriendo darte. Te…

- ¡¿Por qué me dices esto ahora?!

- Quiero saber si tú sientes lo mismo, necesito saberlo.

- Anders, te aprecio mucho, y por supuesto que te quiero, pero no puedo darte lo que buscas... lo siento mucho.

- ¿Es por el elfo? - Anders levantó la mirada del suelo y Jane se dio cuenta que el brillo de sus ojos no era causado por las lágrimas, sino por un profundo odio.

- ¡No! Pero si le acabamos de conocer, ni tan sólo sé nada de él más allá de su nombre.

- Entonces, simplemente no te intereso... perfecto. Gracias por aclararlo, y discúlpame por este mal rato. A partir de ahora no volveré a mencionar este tema.

- Por favor Anders, somos amigos. No quiero que eso cambie.

- No lo hará. Sólo déjame un par de días y todo estará olvidado.

Anders se incorporó con intención de abandonar esa casa lo más pronto posible, pero Jane se apresuró a levantarse y le dio un largo abrazo. Él también la abrazó. Cerrando los ojos y mintiéndose durante apenas un segundo, imaginó que ella también le quería. Intentando no ser brusco, se separó de Jane y, tras mirarla fugazmente, finalmente se marchó.

Habían pasado cuatro horas desde la declaración de Anders, y desde entonces, Jane no había salido de su habitación. Se tumbó en la cama y, sin poder dormir, meditó sobre todo lo sucedido. No fue sincera con él y, aunque no pensaba reconocerlo, sí sentía algo diferente por Fenris.

Quizás fuese un asesino o un loco. No le conocía, pero desde el primer instante en que le vio salir de aquél callejón, algo se le removió por dentro. ¿Sería el destino o la necesidad? Nunca sabía responderse a esa pregunta que la perseguía año tras año desde que era una niña. Quizás ella sólo deseaba ver en él algo que realmente no existía, alguien que la comprendía, que había sentido la pérdida y sabía lo que era el dolor. O quizás el destino le había puesto allí para ayudarla a salir de aquel agujero en el que vivía desde que su padre murió.

Entre pensamiento y pensamiento pasó el día, y sin tiempo para nada más, Bruno empezó a ladrar y Jane supo al instante que alguien había llegado a casa. Se incorporó de la cama de golpe y una idea absurda le invadió la cabeza... "¿Y si fuera él?". Y como si el destino le estuviese gastando una broma pesada, de pronto escuchó la voz de Fenris mientras Valeria le decía que Jane estaba indispuesta, tal y como le había pedido horas antes.

Aunque su primer impulso fue el de salir corriendo de la habitación a recibirle, algo le impidió hacerlo y, en vez de eso, se quedo allí quieta, escuchando cómo la puerta de la mansión se cerraba sin tregua. ¿Qué le sucedía? ¿Tan desesperadamente sola se sentía como para aferrarse de aquella manera a un completo desconocido?

Se asomó a la ventana, que daba justo encima de la entrada principal, y casi sin respirar por miedo a que él la escuchara, espió sus pasos hasta que desapareció en una callejuela cualquiera. Rápidamente se calzó los zapatos y, poseída por una necesidad imperiosa de verle, salió a su encuentro. "¿Acaso me estoy volviendo loca?", pensó mientras cruzaba la puerta.

Estaba anocheciendo y las calles empezaban a vaciarse, dando paso a los ladrones, asaltantes y oportunistas de turno. Intentó seguir sus pasos, pero pronto se dio cuenta de que no le encontraría y empezó a sentirse tan ridícula como una niña de cinco años que había perdido a su mamá. Y como si realmente fuese una niña, un par de lágrimas de consternación asomaron por sus ojos, haciéndola sentir todavía más absurda.

Se dio media vuelta para volver a casa y enterrarse de nuevo entre las sábanas de su cama, pero cuatro hombres le cortaban el paso, y sólo entonces se percató que no había cogido su espada y ni tan solo llevaba puesta la armadura.

- ¿Algún problema? - Jane estaba asustada y se sentía estúpida por haber cometido ese error.

- ¡Todo lo contrario encanto! La noche empieza mejor de lo que esperaba.

Uno de los hombres, de aproximadamente 30 años, la miraba con unos ojos que no dejaban lugar a dudas. Jane intentó correr hacia la otra dirección, pero allí había dos hombres más. Una emboscada y ni siquiera se había dado cuenta, ella que tanto había alardeado con Varric de tener una vista de lince. De forma instintiva, se cruzó de brazos, cubriendo todavía más su cuerpo con el fino abrigo de lana que llevaba puesto.

- Bueno, has tenido suerte encanto - aquél hombre se le acercó y le pasó la mano por el cabello, jugando con uno de sus mechones mientras Jane le miraba de forma implacable e intentando esconder el miedo que ya recorría todo su cuerpo - Hoy no vas a morir aquí, esa es la buena noticia.

De forma instintiva, Jane le apartó la mano de un manotazo y se echó hacia atrás, encontrando la húmeda pared contra su espalda. Tenía el corazón acelerado, no podía defenderse y lo sabía. El hombre se le acercó de nuevo, aunque esta vez la agarró de una muñeca e intentó besarla.

- ¡Te voy a matar! - gritó Jane con la voz quebrada.

- No me vas a decir que no te gusta zorra.

A falta de otro recurso, Jane le asentó un rodillazo en la entrepierna al que ahora sabía que se llamaba Socks, puesto que sus compañeros le animaban entre risas sin dejar de corear su nombre. Y aunque el hombre cayó instantáneamente de rodillas al suelo, otro se lanzo sobre ella y pronto se encontró con la cara aplastada contra la piedra mientras dos tipos le retorcían los brazos.

Socks se repuso enseguida y los dos hombres soltaron a Jane, que se incorporó con los brazos doloridos. El hombre le dio una bofetada que la tumbó de nuevo y su labio inferior empezó a sangrar. Se tiró encima de ella y furioso, intentó arrancarle el vestido de seda rompiendo los finos botones que Valeria había cosido con sus delicadas manos de elfa días antes. Y mientras Jane gritaba sabiendo que estaba todo perdido, una luz azulada iluminó el callejón.

Como si de otra broma del destino se tratase, Fenris se lanzó encima del violador con una furia que jamás había conocido otro hombre. Sus marcas brillaban intensamente y sus ojos verdes daban verdadero terror. De un golpe rápido, clavó su mano en el pecho de Socks y en apenas 2 segundos, un corazón latía fuera de su cuerpo.

Cuando el resto de hombres vieron la escena, enseguida sacaron sus armas y atacaron al elfo, aunque la lucha duró poco. Sin dejar lugar a los gritos o los lamentos, en lo que dura un suspiro, los cinco hombres yacían muertos en la fría piedra. Fenris dejó de brillar y corrió hacia Jane que estaba encogida en el suelo, como un papel arrugado. Su abrigo estaba desgarrado, y su vestido negro completamente destrozado.

- ¿Estás bien? ¿Qué te han hecho? - Jane, todavía aterrada, le miraba cual aparición nacida de las sombras.

Se lanzó a los brazos de Fenris, llorando como la niña que se había apoderado de ella minutos antes, y éste la apretó fuerte contra su pecho, como si así pudiese borrar lo que acababa de suceder. Aunque no estaba demasiado acostumbrado al contacto humano, por un momento lo olvidó, y una compasión que no recordaba haber sentido nunca, le hizo cogerla en brazos y sacarla de allí.

En menos de cinco minutos Fenris llegó a la mansión de Danarius y se apresuró a entrar lo más rápidamente posible para que nadie les viese. Subió las escaleras principales y se dirigió a la que había apodado "su habitación" para dejar a Jane sobre la cama.

Sólo entonces se dio cuenta que el rasgado vestido dejaba entrever su carne arañada por unas manos expertas que ya nunca volverían a dañar a nadie. La tapó con una colcha y dejó la habitación apresuradamente en busca de un algún ungüento que hubiese dejado atrás la servidumbre de Danarius. Jane se tapó con la colcha y se escondió debajo, avergonzada por haber sido tan estúpida, y entonces Fenris apareció de nuevo, cargado con un montón de frascos.

- Jane…

- Perdón Fenris... perdón, perdón...

- ¿Por qué me pides…? Por favor, quítate eso, tienes que curarte esos arañazos.

- Es que... - el elfo, sin darse cuenta del apuro de Jane, descubrió la colcha y, aunque él sólo veía heridas, ella quería que la tierra la tragase.

- ¿Qué te han hecho? ¿Te han...?

- ¡No! Sólo son heridas, nada más.

- ¡Se puede saber por qué has salido sola sin ni siquiera coger tu espada! ¡Acaso quieres que te maten! - Fenris estaba enfurecido, tanto que Jane enmudeció al instante sin saber qué decir ante tal reproche. Debería haberle dicho que iba detrás de él, que le buscaba como una tonta para decirle algo que ni tan solo ella sabía, pero no lo hizo.

- Si no llego a aparecer... ¿sabes lo qué te hubiese pasado?

- Lo siento... deja de gritarme por favor - Jane se cubrió el rostro con las manos y Fenris se dio cuenta de repente de su brusquedad. Se había asustado tanto que incluso a él le sorprendía.

- No pasa nada. Te… te prepararé un baño y voy a buscarte algo de ropa. No te muevas de aquí.

- Pasado un buen rato, apareció de nuevo en la habitación con una camisa de hombre y, cubriendo a Jane, la dirigió a un enorme baño que había dispuesto para ella. La bañera estaba llena de agua caliente y un jabón de amapolas que alguien había dejado allí olvidado.

- Te dejo sola.

- ¿Estarás fuera?

- Claro. Te espero en el salón.

Cuando Fenris cerró la puerta del baño, Jane se deshizo de lo que quedaba de su ropa y se metió en el agua caliente, notando cómo cada herida le escocía de vergüenza. Estaba bien, afortunadamente no tenía más que rasguños y un labio roto, pero no podía dejar de llorar pensando en lo que hubiese sucedido si él no llega a aparecer.

- Fenris, en vez de alejarse hacia el salón, se quedó tras la puerta unos minutos, y cuando la escucho llorar de aquella forma, apretó los puños, sintiéndose aliviado por haber enviado a aquellos mal nacidos al infierno.

Pasada aproximadamente una hora desde que Jane entró al baño, se vistió con la enorme camisa y unos calcetines altos de lana negra, los únicos supervivientes del ataque. Buscó entre la oscuridad de la casa alguna sala que brillase más que las demás, y finalmente encontró a Fenris sentado ante el fuego de una gran chimenea y una botella de vino caro.

- ¿Puedo sentarme contigo?

- Claro, pero ¿no prefieres estar sola? Me marcharé si…

- ¡No! Por favor, esta es tu casa.

- ¿Vino?

- Sí, por dios.

Fenris le ofreció la botella a Jane, que bebió como si fuese la última sobre la faz de la tierra. Ella se sentó en el suelo, muy cerca del fuego, y durante un largo rato, simplemente bebió sin mediar palabra. Fenris no sabía cómo reaccionar, nunca antes se había encontrado en una situación como aquella ni había consolado a nadie. Ni tan sólo sabía si debía abrir la boca o seguir callado. Afortunadamente para él, Jane rompió el silencio.

- Prométeme que no se lo vas a contar a los demás.

- No pensaba hacerlo, tranquila. Además, creo que antes me he pasado hablándote de aquél modo.

- No te disculpes. He sido una estúpida y, aunque ahora mismo te cueste creerlo, nunca antes he sido tan imprudente.

- ¿Te puedo preguntar hacia dónde ibas? - Jane aguantó la respiración durante unos segundos, mientras en su mente luchaban la verdad y la mentira.

- No me di cuenta de la hora que era. Anders había estado en casa y bueno, tuvimos una conversación algo tensa. Supongo que he tenido un día terrible. - finalmente, la mentira venció.

- Ten cuidado la próxima vez. - Fenris quería decirle que podía contar con él si deseaba pasear alguna otra noche, pero no lo hizo.

- ¿Sabes? ¡Esta casa es siniestra! - Jane decidió no decir nada a sus amigos sobre el ataque, y empezó distrayendo su memoria en ese preciso instante.

- Es tranquila, además, no tengo otro lugar al que ir.

- Pero hay goteras por todas partes, humedad, y... debes sentirte muy solo.

- Siempre me he sentido así, y ya me he acostumbrado. Cuando era el esclavo de Danarius, dormía en una celda todas las noches sin más compañía que la de las ratas. Y durante el día, no se me permitía hablar prácticamente con nadie. Era su guardaespaldas, su perro. Así que aquí me siento bien, al menos ahora nadie dirige mi vida.

- ¿Todavía confías en mí para ayudarte a encontrarle?

- ¿Y por qué no debería?

La sala estaba realmente oscura, y la única luz que iluminaba escasamente esquinas y muebles era la del fuego en la chimenea. Fenris miró a Jane en busca de una respuesta, pero ella no dijo nada, sólo cogió la botella de vino y dio otro largo trago.

- ¿Seguro que no prefieres estar en tu casa?

- Tienes razón, no quiero abusar... mejor me marcho ahora. - Fenris vio una lágrima resbalar por la mejilla de Jane.

- No te estoy echando.

- Debería irme de todas formas.

Quizás fue la tensión acumulada, o quizás una profunda tristeza la que asomó de su interior. Fuese lo que fuese, Jane se levantó e irremediablemente estalló en llanto. El elfo no comprendía nada. ¿Había hecho algo mal? ¿Qué debía decir? Todo aquello era demasiado extraño para él.

- Lo siento... supongo que... bien, no sé qué decir.

- ¡Dios, ¡me estoy comportando como una estúpida!

- Hagamos algo... no sé si quieres marcharte o prefieres quedarte aquí hoy. Si es lo que deseas, te puedes quedar, de verdad. Pero deja de llorar por favor.

Se acercó a Jane sin tener la más remota idea de lo que iba a decir o hacer, y grande fue su sorpresa cuando ella le abrazó. La rodeó con sus brazos y se dio cuenta de lo pequeña que parecía. Su cabello oscuro estaba alborotado, y la escasez de ropa provocó en él una incomodidad que temía no saber disimular.

Tras unos largos minutos, Fenris acarició su cabello negro y le pidió que se calmase. Le dijo que no estaba sola y que él estaría allí el tiempo que necesitase, y tras pronunciar esas palabras, Jane, con la cara llena de lágrimas, le miró y dijo algo que ninguno de los dos olvidaría jamás.

- Te buscaba a ti.

Avergonzada y casi sin pensar le besó en los labios y, aunque esperaba que él la rechazase al instante, unos fuertes brazos la tumbaron frente al fuego encendido y aquel tímido beso se transformó en caricias, pasión y deseo.

Una luz delatora entró por el gran ventanal situado sobre la chimenea. Se estaba haciendo de día, pero eso no sorprendió a Fenris, que no había podido pegar ojo en toda la noche. Jane todavía dormía frente al fuego ya extinguido de la chimenea, sobre una alfombra polvorienta y tapada con la colcha que horas antes había escondido su vergüenza.

¿Qué había hecho? ¿Por qué no se había controlado? Ni siquiera sabía si recordaba cómo se hacía, de hecho, al perder la memoria, también perdió el recuerdo de cualquier experiencia pasada con una mujer. Y aun así, lo hizo, sintiendo que no había sido la primera vez.

Se sentó en el sofá, frente a Jane, observándola sin hacer el menor ruido y pensando con preocupación qué debía decirle cuando despertara. Todavía era temprano, pero Jane se movió bajo la colcha, bostezando y estirándose como si se encontrase en su propia habitación.

- Buenos días - Fenris la asustó y ésta se incorporó rápidamente.

- Bue... buenos días.

Aquella era la situación más embarazosa que Jane recordaba desde hacía muchos años. Siempre evitaba situaciones en las que no tuviera cierta ventaja, y desde luego, allí en el suelo medio desnuda, se sentía completamente en desventaja a cualquier nivel imaginable.

- ¿Te encuentras bien? - dijo Fenris frunciendo el ceño.

- Sí, ¡Muy bien! - Intentó disimular con todas sus fuerzas la vergüenza del que ha bebido demasiado, aunque ni tan solo se emborrachase la noche anterior.

- Yo...

- ¡No digas nada! Seguro que debes estar deseando que me marche y no tardaré nada en vestirme.

- Jane, no tienes ropa.

- Cierto. Bueno, puedo...

- Iré a tu mansión si quieres, y te traeré algo. Sólo espero no asustar a Valeria.

- Sí, es buena idea. Dile que... no le digas nada, sólo que yo te envío a por algo de ropa. Ya me inventaré algo cuando llegue a casa.

- ¿Inventar algo?

- Quiero decir que... no me mal interpretes.

- Entiendo - Fenris se armó de valor, se le daba realmente mal tener conversaciones de cualquier tipo con quien fuese, y más si se trataba de una mujer con la que se había acostado en unas circunstancias absolutamente absurdas - ¿Podemos hablar antes de salir a por tu ropa?- Jane se rodeó con la colcha y ocupó un lugar en el sofá junto a Fenris.- Ayer debí haberme controlado.

- ¿Tan mal estuvo? - Jane se arrepintió al instante de haber pronunciado esas palabras.

- ¡No! No es eso. Me refiero a que no fue una buena idea. Que apenas nos conozcamos no es lo que me preocupa, sólo que... quisiera que sólo se quedase en eso. Los dos estábamos un poco consternados y no creo que deba volverse a repetir - Jane no comprendía qué había estado tan mal como para que Fenris fuera tan tajante.

- Por supuesto… ¿sin rencores?

- Sin rencores - Jane le sonrió tímidamente, y Fenris salió de la casa de inmediato, temiendo dilatar todavía más aquellos minutos interminables.

De camino a la mansión y pensando en cómo iba a decirle a Valeria que necesitaba ropa de chica, paró un momento frente a un portón y se sentó en él con la mirada perdida en la acera. Se sentía confundido, puesto que algo en su interior le estaba pidiendo a gritos que se liberase de las cadenas invisibles que su amo había construido con el paso de los años, mientras que su mente le repetía una y otra vez que aquello había sido un gran error.

Finalmente, y como siempre, acalló a su corazón y se incorporó. La mansión de Jane se encontraba frente a él, imponente y majestuosa. Llamó al pica-puertas con forma de león y, pasados un par de minutos, Valeria apareció todavía con la ropa de dormir.

- Buenos días señor.

- Valeria, esto... ¿puedo pasar un momento?

- Jane todavía duerme, ¿quiere que la despierte? - la elfa ni tan sólo se había dado cuenta de la repentina huida de Jane.

- De hecho, Jane no ha dormido hoy en casa. Me ha pedido que viniera a por algo de ropa - los sentidos de Valeria no estaban del todo despiertos y sólo le miró de forma extraña.

- Déjeme un minuto. Ahora vuelvo - se dirigió a la habitación de Jane, y al ver que no estaba en la cama, volvió rápidamente al recibidor.

- Pase por favor, yo misma le traeré la ropa.

Fenris se sentó en el banco de madera que tantas escenas incómodas había presenciado, esperando que Valeria no tardase demasiado en volver con la ropa. Por suerte, la chica enseguida apareció con una bolsa cargada al hombro.

- Aquí tiene. ¿Jane… está bien?

- Sí, tranquila. En un rato más estará aquí.

Fenris sabía que se estaba sonrojando y decidió marcharse inmediatamente. Valeria le acompañó a la puerta y la cerró tras él, ciertamente sorprendida por lo que acababa de suceder. Aun así, ella jamás le comentaría aquello a nadie, apreciaba demasiado a Jane como para chismorrear sobre su vida.

Cuando Fenris llegó de nuevo a la mansión de Danarius, se quedó un largo rato frente a la puerta como si de repente los pies se le hubiesen clavado en el suelo. Al entrar, encontró a Jane en el recibidor todavía tapada con la colcha y observándose algunas de sus heridas.

- ¿Te duelen?

- ¡Qué rápido has llegado! Veo que Valeria te ha dado la ropa. No te preocupes, ella es muy discreta.

- Toma, puedes cambiarte en mi habitación, yo te esperaré en el salón.

- Gracias - dijo Jane, mientras desaparecía en la oscuridad de la casa.

Aquella mañana hacía bastante frío, y Fenris revivió el fuego mientras esperaba a que Jane volviera a aparecer. Sólo deseaba estar solo, como siempre había estado, sin necesidad de dar explicaciones a nadie sobre sus pensamientos, y mucho menos de disculparse por las estupideces cometidas.

Jane entró en el salón con un aspecto mucho más presentable. Se había cepillado el pelo con un peine que alguien había dejado en el baño antes de partir, y se lo había recogido, dejando a la vista una larga cabellera negra. Se acercó a Fenris y le extendió la mano en son de paz con una fingida sonrisa en los labios y con ganas de salir corriendo.

- ¿Amigos?

- Amigos.

Fenris le estrechó la mano y, aunque lo único que deseaba era que ella lo olvidase todo, aquella fingida sonrisa no le pasó desapercibida, notando algo más que incomodidad. Jane estaba triste, y a él nadie le podía negar un sentimiento. Tantos años sirviendo y observando le habían servido para reconocer enseguida la voluntad de los demás, y reconocía fácilmente un rostro decepcionado.

- Esta tarde me acercaré a casa de Anders. Varric e Isabela estarán allí también, vamos a decidir un par de temas sobre cómo enfocar el trabajo. Puesto que ahora estás con nosotros, puedes venir si quieres. Sólo tienes que ir a baja ciudad y preguntar por el mago, cualquiera te sabrá indicar el camino. Y si tienes otras cosas que hacer, puedes pasarte mañana por el Ahorcado y seguro que al menos encontrarás a Varric contando alguna historia a cualquier borracho.

Fenris asintió con la cabeza sin pronunciar palabra, y Jane salió de la mansión, deslumbrada por el sol de la mañana y por aquellos intensos ojos verdes.

Jane se dirigía a casa de Anders, aunque en realidad no fuera una casa, sino un rincón oscuro en las alcantarillas de la ciudad. Las diferencias sociales estaban realmente acusadas en Kirkwall, y los pobres, así como aquellos que no querían ser vistos, se refugiaban en el alcantarillado. Tanto era así, que todos conocían aquello como Baja Ciudad, y nadie mínimamente decente se acercaba al lugar.

No quería decir nada a sus amigos sobre lo que había sucedido la noche anterior, y menos aún teniendo en cuenta el "percance" con Anders. Además, ni tan siquiera ella misma sabía qué pensar de aquello. Se avergonzaba por haber salido de noche sin ningún tipo de protección, sobre todo por Fenris. Definitivamente la había salvado, y aunque al día siguiente dejó claro que todo había sido un error, Jane no había podido dejar de pensar en él ni dos minutos seguidos.

Finalmente llegó a su destino y encontró chalando a Anders e Isabela. Varric todavía no había llegado, y Jane dudaba que Fenris se dejase ver por allí. No pensaba culparle si había decidido no contar con ellos, aunque ese pensamiento la llenase de pesar.

- Hola chicos.

- ¡Has llegado temprano! Me has estropeado la sorpresa para Anders – Isabela le dio una palmada amistosa en el hombro a Jane.

- ¿Sorpresa?

- Ahora ya no tiene sentido. Tendremos que dejarlo para otra ocasión – Isabela guiñó un ojo a su amigo, que le respondió con una mueca.

- Espera un momento… ¿qué tienes ahí? ¿Te has partido el labio? – Jane casi había olvidado sus magulladuras, aunque Anders no tardó en recordárselo.

- No es nada, un borracho intentó asaltarme anoche. ¡Imagina! Sólo me pilló desprevenida.

- ¿Sabes quién es? – Anders se enfureció por un momento.

- Fuera quien fuera, no volverá a acercarse a mí, te lo aseguro.

Se acercó a Jane y le pasó suavemente la mano por la herida. Como mago, tenía amplios conocimientos de medicina y sanación, y a menudo curaba a sus compañeros tras una pelea. Jane no se resistió, puesto que prefería dejarle hacer y cambiar de tema lo antes posible. Y justo en ese instante Fenris asomó por la puerta.

- ¡Mira a quién tenemos aquí! Fenris, tendrás que vigilar la mansión de Jane, no le iría nada mal un guardaespaldas – Isabela metió la pata sin saberlo, como acostumbraba a hacer.

- Hola Fenris… - dijo Jane mirándole a los ojos, aunque éste esquivó su mirada.

- ¿Y tú qué haces aquí? – la irritación de Anders afloró por un instante.

- Jane me comentó ayer que hoy os reuniríais aquí, y tenemos un tema pendiente con Danarius.

Anders sabía que no podía vencer en aquello, así que, muy a su pesar, decidió tolerar a Fenris y no causar más conflictos. Después de todo, lo último que quería era que Jane se disgustase con él. Su conversación había sido un golpe duro, y las cosas debían volver a la normalidad lo antes posible.

- Estás en tu casa, si es que a esto se le puede considerar una casa – Jane no cabía en su asombro, pero se alegró del repentino cambio de actitud de Anders. Fenris le miró extrañado y, más que las gracias, de su boca asomó un gruñido.

- ¡Lo olvidaba! Varric llegará más tarde, tenía que hacer no sé qué encargo y me ha pedido que le disculpéis – Isabela se rascó la mejilla y se sentó cerca de Fenris.

- En ese caso, empezaremos sin él, pero antes deja que te mire ese labio Jane, tiene mala pinta.

Anders condujo a Jane hasta una vieja mesa y la sentó en ella mientras Isabela miraba con curiosidad la escena.

- Gracias, yo no… ¡auch! Eso duele amigo.

- Lo sé, déjame un momento y en un rato más dejará de dolerte. Es un buen golpe para un borracho… quizás deberíamos contratarle – Anders sonrió mientras seguía observando la herida.

- ¿Te duele mucho? – Fenris la miró con preocupación, intentando disimular. Durante el día había estado muy inquieto, pensando en ella a ratos y arrepintiéndose el resto de veces. Aun así, esa sensación de vértigo en su estómago no le había dado tregua.

- No es nada…

Anders preparó un ungüento a base de algunos ingredientes que guardaba en frascos de cristal y se lo ofreció a Jane en un gesto más parecido a una disculpa que a cualquier otra cosa.

- Debes aplicarte esto cada noche hasta que se termine. No huele muy bien, pero acelerará la cura y pronto estarás como nueva. Y la próxima vez que te pase algo así no esperes tanto en pedirme ayuda.

- En realidad no te he pedido ayuda – Jane sacó la lengua e hizo una mueca.

- ¡Sabes que soy insistente! Además no te cobro, y mis servicios son caros – Anders arqueó las cejas poniendo una cara muy graciosa.

En respuesta a aquello, Jane le abrazó en señal de agradecimiento, y éste, que no esperaba el gesto, se deshizo por dentro. Aunque ella no le quisiera, él la apreciaba más que a cualquier otra persona en el mundo, y su amistad era algo que no deseaba perder. Fenris observó la escena con el gesto serio, y aquél vértigo en su estómago se convirtió en un torbellino devastador. No sabía por qué, pero aquél abrazo no le había gustado. Isabela le miró y no pudo reprimirse por más tiempo.

- ¿Te dan envidia? Si quieres puedo abrazarte yo a ti…

- No me dan envidia, y no, no quiero que me abraces.

- Qué soso eres. Bueno, tú te lo pierdes.

Los cuatro se sentaron junto a la mesa de curas y hablaron durante un largo rato sobre el orden de prioridades. El primer tema de conversación fue la captura de Danarius, y lo zanjaron rápido dándole máxima prioridad para así poder terminar los otros trabajos pendientes.

Varric llegó a media conversación y se unió al grupo preguntando por las novedades. Mientras Anders e Isabela le ponían al día, Jane miraba de reojo a Fenris, inquieta y excitada por los acontecimientos. El tedio y la monotonía que había sentido en los días anteriores a la llegada del elfo habían caído en el olvido, y ahora ni siquiera sabía por dónde comenzar a preocuparse.

- ¡Así que manos a la obra! – exclamó Varric interrumpiendo los pensamientos de Jane. – Por cierto, la próxima vez que algún tipejo se te acerque, le propinaré tal garrotazo que se le olvidará hasta el nombre de su madre.

- No es nada Varric…

- No deja de sorprenderme que te hayas dejado atacar Jane, no es propio de ti – Varric sabía que su amiga había olvidado mencionar algunos detalles, a él no le engañaban con facilidad.

- Todos tenemos un mal día ¿no? – Jane le guiñó un ojo y se incorporó de la mesa.

Sus compañeros la siguieron y todos se dirigieron al Ahorcado en busca de munición. Iban a seguirle la pista a Danarius en Monte Hendido, a dos días de camino, y necesitaban ir bien abastecidos. Un contacto de Varric le había dicho que un mago seguido de varios esclavos había pasado recientemente por allí, y era la única pista que tenían por el momento.

Quizás no fuera Danarius, pero debían intentarlo.

De camino al Ahorcado, Varric, Isabela y Anders discutían sobre la equipación que debían preparar para el viaje con mucha energía, momento que Fenris aprovechó para hablar un segundo con Jane. La agarró de la mano y tiró de ella para que aminoraran la marcha.

- ¿Fenris?

- ¿Puedo comentarte algo un momento? – Su voz se notaba temblorosa.

- Claro. ¿Es sobre Danarius?

- No... no. Es sobre lo que sucedió anoche - Jane no creía que fuera a sacar el tema tan pronto, por lo que no pudo reprimir la sorpresa y le miró con cara de incertidumbre- Quería disculparme por haber sido tan frío. No es que me sucedan estas cosas cada día, y habrás notado que hablar no es una de mis mejores habilidades.

- No tienes que disculparte, lo entiendo perfectamente. Como tú mismo dijiste, los dos estábamos consternados y bueno, son cosas que pasan ¿no?. Por mi parte no volverá a suceder nada parecido, no te preocupes. – Fenris sintió un pinchazo en algún lugar que no supo ubicar cerca de su pecho.

- Me alegra que lo tomes así – en realidad se sentía algo decepcionado, aunque jamás lo reconocería.

- Ahora somos compañeros y tenemos una misión, así que no lo estropeemos.

Dicho aquello, Jane se acercó de nuevo al resto del grupo, dejando a Fenris atrás con cara de incredulidad. Se sentía estúpido por haber pasado el día entero pensando en ella, y aquello le enfureció. Ni siquiera parecía que le importase lo más mínimo lo que había sucedido y, aunque fue él quien dejó claro que no quería volver a saber nada de aquello, una contradicción empezó a gestarse en su mente.

La observó caminar ante él, y se prometió olvidar el asunto en aquel preciso instante. Estaba allí por algo realmente importante, y no debía distraerse. Aun así, pronto averiguaría que olvidar aquella noche se convertiría en una misión casi imposible.

El grupo llegó al Ahorcado y se dispusieron a recoger el material acordado sin más dilación, aunque Fenris prefirió esperar fuera. Él no tenía más equipación que su espada y sus marcas, y aguardó pacientemente a que el resto se preparase.

La última parada fue la mansión de Jane, y hacia allí se dirigieron en cuanto terminaron en la taberna. Por el camino se encontraron a Valeria cargada de enseres que había comprado en la plaza del mercado, y Varric se ofreció rápidamente a ayudarla con las compras.

- ¡Valeria! Deja que te lleve esas bolsas, son demasiado pesadas para ti flor.

- Gracias señor Varric - Valeria se sonrojó al instante y miró a Fenris de reojo.

- ¡Por favor! No me llames señor.

- Es toda una señorita Varric, no como el resto de nosotras – dijo Isabela riendo escandalosamente mientras Valeria se sonrojaba todavía más.

- ¡Eh! Yo también soy una señorita – rechistó Jane. Apreciaba a Isabela, y disfrutaba mucho con su compañía. Después de todo, era la única a la que podía llamar amiga desde que llegó a Kirkwall.

- Sí, ¡una señorita de alta cuna! – dijo Anders dándole un codazo amistoso a Jane, que respondió saltando a su cuello y haciéndole cosquillas en un costado. – ¡Basta! ¡Me vas a hacer caer!

- ¡Es la consecuencia de meterte conmigo! – Jane y Anders, por encima de todos los problemas, siempre había sido grandes amigos, y parecía que, tras su pelea, todo había vuelto a la normalidad. Varric les miró con una sonrisa en la cara mientras cargaba con la compra de Valeria.

Jane le dio un copón a Anders en el cogote y siguió con la marcha hacia su casa, esta vez en compañía de Isabela. Anders, que sabía que Fenris le estaba mirando, giró la vista atrás un segundo y le sonrió con cierto aire de superioridad. Aunque había decidido no discutir con él delante de los demás, seguía sin gustarle su presencia y quería dejarle claro que no iba a interponerse entre Jane y él. Si hubiera sabido lo que pasó la noche anterior, le habría fulminado al instante y, ciertamente, Fenris empezaba a desear hacer lo mismo con él.

Al llegar a la mansión de Jane, Valeria abrió la puerta y pidió al resto del grupo que pasara con toda la amabilidad que la caracterizaba. Fenris fue el último en entrar, y Valeria le sonrió tímidamente. Varric, que jamás se perdía un detalle, observó cierta complicidad entre ellos y su mente de cuentacuentos empezó a maquinar.

- ¡Dónde están nuestros modales! ¿Valeria, conoces a Fenris? – El elfo se puso rígido al instante y miró a Jane furtivamente.

- Sí, estuvo aquí hace un par de días.

- Varric, ¿tan mal educada me crees? Yo misma les presenté. – dijo Jane rápidamente. A diferencia de Fenris, ella mantuvo bastante bien la compostura ante el cotilla de Varric.

- El "feliz encuentro" – dijo Anders con sarcasmo sin poder reprimirse.

- ¡No hacéis mala pareja! – respondió Varric asentando un codazo cómplice a Fenris y sonriendo con picardía. No le acababa de encajar la historia, y pensaba averiguar lo que sucedía.

- ¡Varric! No molestes a Valeria - dijo Jane. La elfa se disculpó y, sin perder el rubor de sus mejillas, se dirigió a la cocina con las compras - Bueno Varric, si has terminado tu labor de casamentero, voy a por mis cosas y nos marchamos ya.

- ¡No te pongas celosa! A ti no te faltan los pretendientes Jane. ¿Te acuerdas de ese tipo…?

- ¡Varric! – Jane le sonrió una vez más antes de subir a su habitación a por el equipaje, y el resto del grupo esperó en la sala principal.

Aquél iba a ser un viaje largo. Debían caminar 2 días hasta el Monte Hendido, y aquello suponía hacer un parón en el camino para descansar, eso sin contar la búsqueda de Danarius una vez allí y el viaje de vuelta. Así que Jane empaquetó algunas mantas para no congelarse durante la noche y en pocos minutos ya estaba lista para partir.

- ¡Vamos allá! - dijo con optimismo.

Se sentía bien por la actitud que Anders mostraba. Realmente esperaba que se comportase fríamente con ella después de confesarle que no le quería de la misma manera que él, y el alivio que sintió le hizo sonreír brevemente mientras le miraba.

Fenris no obvió este detalle, puesto que no dejaba de observarla en silencio. Se sentía furioso por la falta de tacto que había demostrado cuando hablaron de camino al Ahorcado, aunque en realidad no tenía nada que reprocharle. Fue la consecuencia de su propia frialdad.

Y finalmente iniciaron la marcha.

Llevaban caminando varias horas cuando el sol empezó a esconderse en el horizonte. Hacía un buen rato que habían dejado la ciudad, y ésta a penas era un lejano punto gris rodeado de un manto verde. Ninguno de ellos había hablado demasiado durante la marcha, exceptuando a Isabela y Varric, que de tanto en tanto intercambiaron palabras sin importancia. Anders disfrutaba mucho al aire libre, lejos de la fría ciudad, y al ver que no podían avanzar más por la llegada de la noche, se alegró de poder descansar en la naturaleza para variar.

- Bueno, creo que ha llegado la hora de acampar – se detuvo en seco y echó un vistazo a su alrededor, buscando un buen lugar para dormir – Creo que bajo aquellos árboles estaremos cómodos y ha cubierto.

- ¡Aleluya! Creía que nunca se haría de noche. Odio caminar – Isabela se dirigió con entusiasmo al lugar indicado por Anders y dejó allí todas sus cosas.

- ¿Vamos a hablar sobre cómo hacer las guardias? - preguntó Jane deseando que lo le tocase a ella.

- ¿Lo echamos a suertes? – dijo Varric.

- No es necesario, yo vigilaré. – Fenris se ofreció a hacerlo.

- Y dejar mi seguridad en manos de un… - incluso Anders notó que se estaba sobrepasando.

- ¿De un qué?

- Venga chicos, acabamos de empezar el viaje- Jane miró con cara de reproche a Anders, que bajo la mirada y no dijo nada más- No puedes estar toda la noche en vela. Despiértame cuando sientas sueño y yo terminaré la guardia.

- Todos de acuerdo entonces - Varric dejó sus cosas junto a las de Isabela y empezó a distribuir las mantas y el resto del equipaje.

Isabela y Jane se sentaron en el suelo y desenvolvieron parte de la comida que Valeria les había preparado. Consistía en un pedazo de pan para cada uno y un preparado de carne con verduras bien envuelto en hojas de palma. Aun así, Jane se dio cuenta enseguida de que sólo había 4 pedazos de pan, por lo que repartió la cena a sus compañeros y decidió dejar su ración para otro día. Empezaron a comer y, aunque estaba oscuro, Anders no pasó por alto el gesto de su amiga.

- Toma, no tengo mucha hambre – Anders le ofreció su pedazo con una amplia sonrisa.

- Sólo la mitad, a mi tampoco me apetece mucho – mintió, y su estómago se lo reprochó al instante.

- No seas tonta, cógelo.

Varric les observaba con cierta tristeza, puesto que sabía que Anders no estaba pasando por un buen momento. Era el único tema que jamás había utilizado en alguna de sus bromas, y le preocupaba que el mago vigilase más a Jane que a él mismo durante las batallas. No era la primera vez que habían tenido un susto a causa de aquella actitud.

Terminaron de cenar y todos excepto Fenris se acomodaron frente a un pequeño fuego que habían encendido para no congelarse durante la noche. Realmente hacía mucho frío. Antes de acostarse, Jane se acercó a Fenris para asegurarse de que estaría bien.

- Si escuchas algo despiértanos enseguida por favor.

- No te preocupes, no es la primera vez que hago una guardia. – Fenris todavía se sentía algo molesto con Jane, y disimular nunca había sido su fuerte.

- ¿Estás bien…? - dijo ella con cierto temor.

- ¿Y por qué no iba a estarlo?

- Olvídalo, no he dicho nada – estaban lejos del grupo y nadie les escuchaba.

- ¿Cómo van tus… heridas? – dijo Fenris con un poco más de suavidad.

- Sólo son rasguños, gracias por preguntar. ¿Qué pasará cuando le encontremos?

- Le mataré y fin de la historia.

- ¿Te puedo preguntar algo? - Jane sentía curiosidad por la historia de Fenris y prácticamente no conocía los detalles, por lo que se sentó junto a él y se dispuso a averiguar todo lo que pudiese. Se sentía algo incómoda por no saber con absoluta certeza a lo que se enfrentaban, y teniendo en cuenta el poder de los magos, era imprescindible salir de la incertidumbre.

- ¿Qué quieres saber? – dijo Fenris mientras oteaba el horizonte.

- No te caen demasiado bien los magos ¿verdad?

- ¿Lo has notado?

- Es por Anders. ¿No te gusta sólo porque es mago?

- Yo no he dicho que no me guste, aunque… así es. La magia ha estropeado mi vida. Danarius borró mi pasado con estas marcas de lirio, y he presenciado demasiados asesinatos por la magia de sangre.

- Pero no todos los magos recurren a la magia de sangre Fenris.

- La tentación es poderosa. Más poder, más dinero, más influencias. Incluso se han destruido vidas en nombre del amor. ¡Imagínate! Cualquier mago puede sucumbir a la tentación, y los demonios siempre estarán ahí esperando su oportunidad.

- Supongo que no te gustará saber esto, pero debo decírtelo de todas forma – Jane se aclaró la garganta y siguió hablando con temor - No siempre sucede así. Anders… él es una abominación.

- ¿Cómo? – Fenris miró de repente a Jane con los ojos abiertos como platos.

- Es largo de explicar. Cuando le conocimos nos contó su historia sin reservas. Hizo un pacto con un demonio hace años. Estaban asesinando a magos sin explicación alguna, los templarios arrancaban los bebes con el don de la magia de los brazos de sus madres y los encerraban en una especie de cárcel para controlar sus poderes desde niños, y fue entonces cuando Anders conoció al demonio. Se llama Justicia, y ahora vive dentro de él. Bueno, más bien se han fusionado en un solo ser.

- Debe ser una broma…

- No lo es. Pero no supone ninguna amenaza Fenris. Anders lo hizo por ayudar a los magos a vivir su vida en liberad, y no hace otra cosa que ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. Utiliza sus poderes para curar a los pobres en la ciudad aun arriesgándose a que le descubran los templarios. No es una mala persona.

- ¿Persona? ¡Es una abominación Jane! ¿Cómo puedes estar tan tranquila sabiendo que en cualquier momento…?

- Fenris, por favor. Es inofensivo. Te lo he contado porque creo que debías saberlo, pero no le ataques con esto. No está orgulloso de lo que hizo, y es un tema que le exalta con facilidad.

- ¡Tú misma lo estás reconociendo! ¿Y si en una de esas "exaltaciones" decide matar a alguien?

- Nunca ha sido así, te lo juro, ni una sola vez - Fenris se incorporó nervios. Desde que escapó de las garras de Danarius sólo había hecho que alejarse de la magia. Y ahora se encontraba acompañado de una abominación que iba a ayudarle a destruir a su antiguo amo.

- ¿Pretendes que no diga absolutamente nada? ¿Que haga como si él fuese normal?

- No creas que no te entiendo. Yo también me preocupé al conocer la historia. Pero le dimos una oportunidad y no nos ha fallado.

- De momento.

- Sí, y confío en que siempre sea así – Jane miró con cara de súplica a Fenris, cogiéndole de la mano desde el suelo – Por favor, confía en él, necesitamos estar unidos para volver sanos y salvos a casa.

Cuando la mano de Jane agarró la suya, Fenris permaneció inmóvil y en silencio unos segundos. Un flash de la noche que pasaron juntos pasó por su mente. Se tranquilizó y se sentó de nuevo.

- No te prometo nada Jane.

- Sólo inténtalo. No puedo retenerte si prefieres dejarnos, pero sinceramente creo que nos irá bien estar juntos, tanto a ti como al resto de nosotros.

- Por el momento me quedaré, pero te digo algo; si ese monstruo decide volverse loco de repente o hace algo sospechoso, yo mismo le mataré – Jane sabía que hablaba en serio, y aquello le hizo estremecerse.

- Eso no será necesario. Voy a dormir un poco, avísame a media noche.

Se dirigió hacia el resto con una sensación de culpabilidad en el cuerpo. ¿Debía haberse callado y dejar que Fenris lo averiguase por si mismo? La situación de Anders no era precisamente invisible. A veces, cuando se encontraban en medio de alguna batalla, los ojos del mago brillaban de furia, y Justicia asomaba con todas sus fuerzas durante unos instantes. En esas situaciones, era imposible negar que algo siniestro habitaba en él.

Varric, Isabela y Anders dormían profundamente alrededor de la hoguera, cada uno en su improvisada cama. La de Fenris estaba vacía, y por miedo a invadir su espacio, Jane se metió en la cama de Isabela con mucho cuidado para no despertarla. Hacía mucho frío y se abrazó a su amiga, que perezosamente le dijo algunas palabras sin sentido.

Fenris no despertó a Jane durante la noche, y su guardia se alargó hasta el amanecer. Pronto comprenderían que la vida le había enseñado a no confiar en nadie más que en sí mismo, y eso sería difícil de cambiar.

La noche fue tranquila, y aunque Fenris no dejó de estar alerta en ningún momento, su mente se encontró dividida entre la vigilancia y la idea de estar trabajando con una abominación. Normalmente, los magos que hacían un pacto con un demonio, morían a las pocas horas, dejando sus cuerpos a merced del monstruo. Pero Anders sobrevivió, y en vez de morir, coexistía con Justicia dentro de su cuerpo.

Tras muchas horas, el sol empezó a asomar por el horizonte, y Fenris comenzó a sentir el peso del sueño en sus ojos. Todavía tardarían un par de horas en partir, y durante la mañana era más difícil que los asaltantes apareciesen. Así que se dirigió sin hacer ruido hacia Jane, que todavía abrazaba a Isabela en la cama.

Isabela era una mujer muy atractiva, y su carácter le había hecho ganar la misma cantidad de amigos que de enemigos. Siempre que algo le gustaba, iba a por ello sin miedo al qué dirán, y sus amigos la conocían perfectamente bien, queriéndola aunque les metiese en líos demasiado a menudo.

Fenris se puso de cuclillas junto a Jane y la llamó en voz baja sin resultado. Al ver que ni tan siquiera parecía respirar de lo profundamente dormida que estaba, puso la mano en su espalda y la movió un poco, pero a quien despertó fue a Isabela.

- Hola cariño. ¿Vienes a dormir con nosotras?

- ¿Siempre eres así?

- Sólo cuando alguien me gusta- Isabela le guiñó un ojo sonriendo, aunque Fenris no supo cómo responder a aquello.

- Sólo quería despertar a Jane, me gustaría dormir un rato antes de partir.

- Vaya, vaya. ¿No te da vergüenza que sea yo quien te diga cómo despertar a una dama? – Isabela le apartó el pelo de la cara a Jane y le dio un beso en la mejilla.

- Cielo… es hora de levantarse – la voz de la pirata se volvió extremadamente dulce.

- Mmm… ya voy.

- ¿Lo ves? Cuando quieras te puedes pasar por mi habitación en el Ahorcado y te enseño otros… truquillos.- Se volvió a estirar y en pocos minutos estaba dormida de nuevo.

- ¿Fenris? Pero si ya casi es de día. ¿Por qué no me has despertado antes?

- No tenía sueño, descansaré un poco ahora y estaré listo para seguir adelante.

- Ninguna novedad supongo.

- Todo bien.

Ocupó la cama libre junto al fuego ya extinguido y susurró unas palabras en un idioma desconocido para el resto antes de dormirse.

Ya casi habían llegado al Monte Hendido, y Varric se lo hizo saber al resto alegremente. Conocía muy bien aquellos caminos y jamás se perdía, por lo que el resto siempre confiaba en sus dotes de rastreador. La marcha había sido tranquila hasta que Jane empezó a sentirse mal.

Antes de salir del improvisado campamento donde pasaron la noche, bebió agua de un riachuelo sin hervirla por el apuro, y ahora no podía dar dos pasos sin sentir terribles pinchazos en el estómago. Aun así, no quiso decir nada y fue Anders quien se dio cuenta de que algo iba mal.

- Jane, estás pálida. ¿Quieres que paremos un poco?

- No me iría mal, la verdad. Sólo unos minutos.

- ¡Es por el agua! Te dije que no la bebieras, pero eres tan cabezota. - Isabela se sentó en el suelo, resignada y molesta, más por el cansancio que por la indisposición de Jane.

- Lo siento… pensé que no me haría daño.

- Bueno, nos sentamos un rato y ya de paso comemos algo. ¡Ya es mediodía! – dijo Varric sentándose en el suelo e inspeccionar su ballesta con detenimiento.

Jane se estiró en el borde del camino sobre una manta de yerba baja cubierta por la sombra de un roble, y Anders se sentó junto a ella. Le pasó la mano por la frente para comprobar que no tuviera fiebre, y al ver que su temperatura era normal, le acarició el pelo con cierta nostalgia.

- Estarás bien. Voy a buscar una poción que te irá genial. No está muy buena, pero en poco rato te encontrarás como nueva.

- Gracias, no sé qué haría sin ti – por un momento, Jane olvidó que debía dejar de decirle aquellas cosas a Anders. El mago estaba sacando un par de frascos de su mochila cuando Fenris se plantó delante de él con cara de pocos amigos.

- ¿Tú también te encuentras mal? Porque aquí tengo un brebaje para la mala uva que te iría de perlas.

- No necesito tus brebajes mago.

- ¿Entonces qué quieres? No tengo toda la mañana - Fenris le miró invadido por la ira.

- Sé lo que eres.

- ¿Además de encantador?

- Eres una abominación.

- Vaya, veo que ya te has enterado. Bueno, ¿y qué? ¿Quieres que te explique alguna batallita? Porque conozco varias sobre tipos como tú que no terminaron precisamente bien.

- ¿Me estás amenazando?

- Más bien parece que tú me estás amenazando a mí.

- No te confundas, si quisiera matarte no tendrías tiempo ni de pensarlo. Quiero que sepas que te estaré vigilando.

- Es bueno saberlo, aunque deberías preocuparte más por tus asuntos. Estás aquí con cara de amargado y, por el momento, no has hecho nada por ninguno de nosotros. Así que basta de advertencias y déjame en paz.

Fenris cerró los puños y notó una mano en su hombro, cosa que le hizo reaccionar al instante con bastante furia.

- ¡Qué!

- Sólo os traía la comida, pero si no la quieres me marcho – Isabela se cruzó de brazos y le miró distraída.

- No tengo hambre… gracias - dijo Fenris mostrando su creciente desagrado.

- ¡Como quieras! Más para el resto. Pero no dejes morir esos músculos amigo… son alucinantes - Anders se rió entre dientes y Fenris se dirigió enfurecido hacia donde se encontraba Jane.

- Oye, creo que todo esto ha sido una equivocación. ¡No pienso estar cerca de ese mago por más tiempo! No tengo problema con los demás, ni tan sólo con Isabela, pero ese tipo… - Jane se incorporó bastante molesta y con cara de pocos amigos.

- Estoy bien, gracias por preocuparte. Y respecto a Anders, te diré lo mismo que le dije a él en la taberna. Si no quieres acompañarnos, nadie te obliga a hacerlo. ¡Estamos juntos en esto y no podemos prescindir de nadie, pero puedes marcharte si tan mal te sientes con nosotros! – Varric dejó de comer al escuchar el tono de voz de Jane, así como Isabela.

- Valoro tu ayuda, no me malinterpretes.

- ¿¡Qué no te malinterprete!? – Jane se encontraba tan mal y estaba tan disgustada que olvidó que allí había más personas además de Fenris.

- Estás muy exaltada.

- Que fueras tan estúpido conmigo la otra noche lo puedo olvidar, pero…

- ¿Qué noche? – dijo Anders tras ellos con la poción de Jane en la mano- ¿Qué pasa Jane? ¿No tendrá eso que ver con tu labio roto?

- Anders ¡no!

- ¿Crees que le haría daño mago? Será mejor que dejes de hacer preguntas - advirtió Fenris mirándole con furia.

- ¡Basta! Vamos a discutir esto como personas adultas, no como niños por favor- dijo Varric, sentándose junto a Jane y pidió a Isabela que hiciese lo mismo - Empecemos de nuevo; Anders, te presento a Fenris, es un elfo al que estamos ayudando a encontrar a su antiguo amo para matarle y, a cambio, nos ayudará con el resto de trabajos. Fenris, te presento a Anders, es un mago algo especial que jamás ha hecho daño a ningún inocente y que todos valoramos mucho aquí. ¿Podemos comportarnos por favor?

Fenris miraba a Jane, y ésta miraba a Varric con cierto orgullo por lo serio que se ponía cuando quería. Por su parte, Isabela miraba la escena como si no fuese con ella, expectante a la decisión de los demás.

- Yo… lo siento. Os necesito para encontrar a Danarius, y voy a ignorar su "situación" mientras se comporte – Fenris dijo aquellas palabras con los dientes apretados, como si le estuvieran obligando a ello.

- Me parece bien – dijo Anders - Aunque debes saber que jamás le haría daño a ninguno de mis compañeros, a diferencia de otros.

- Si te refieres a Jane, te confundes.

- Anders, eso es cosa mía ¿De acuerdo? La otra noche, Fenris me ayudó con el… borracho. No me hizo daño – si hubiera dicho toda la verdad, estaba segura que hubiese corrido la sangre.

- Amigos entonces. Ahora, si me lo permitís, voy a terminar de comer, y luego seguiremos hasta el Monte Hendido. Nos queda poco para llegar – Varric también se sentía molesto.

Todos se dispersaron y prefirieron terminar su comida en silencio, excepto Jane, que no probó ni un bocado. Anders tenía las palabras de Jane flotando en su cabeza y no podría pensar en otra cosa. Se sentó junto a ella y le ofreció la poción con el gesto serio.

- Toma, bébete esto. Sobre lo que has dicho antes… ¿sabes que puedes contar conmigo para explicarme lo que sea verdad? ¿Te hizo algo?

- Anders, no me hizo nada ¿de acuerdo? ¿Crees que de lo contrario él estaría aquí hoy? No soy ninguna estúpida – en realidad, al recordar aquella noche, sí se sintió muy estúpida.

- Nunca estarás sola Jane. Pase lo que pase, puedes contar conmigo para lo que sea. Y si ese elfo hace algo extraño, le mataré con mis propias manos – era la segunda amenaza de muerte que Jane escuchaba aquél día.

- Todo estará bien Anders. Deja de preocuparte por favor. Te lo agradezco, pero tengamos la fiesta en paz.

Tal y como Anders le había dicho, pasado un rato la poción empezó a hacer efecto y Jane recobró el color y las ganas de moverse, por lo que no tardaron mucho en recoger las cosas y marcharse de allí. Isabela, que tampoco había pasado por alto el comentario y con más preocupación que curiosidad, también quería saber qué había sucedido.

- ¡Jane! – Isabela rodeo a su amiga con el brazo.

- Sé lo que me vas a preguntar y sí, si prometes guardarme el secreto, te lo contaré – por supuesto, Jane iba a obviar la parte de la agresión.

- Tienes mi palabra. Cuando guardo un secreto sabes que me lo llevo a la tumba.

Aminoraron el paso y empezaron a hablar muy bajito para no ser escuchadas. Aun así, lo que no tuvieron en cuenta fue que Fenris, como cualquier otro elfo, tenía mucho oído y caminaba no demasiado lejos de ellas.

- A ver por dónde empiezo…

- ¡Por el final! ¿Hubo sexo?

- ¡Isabela! Baja la voz por favor.

- Sí, sí, perdona. ¡Eso significa que hubo sexo! Así que resulta que sí te hizo daño eh - dijo Isabela entre susurros.

- Bueno, sí. Pero por dios, no comentes nada. Me atacó aquel tipo y Fenris pasaba por allí. Me ayudó y fuimos a charlar a su casa.

- ¿Charlar?

Sí, sobre Danarius, el trabajo… ya sabes. En fin, que una cosa llevó a la otra y…

- ¡No te creo! Así, ¿tan rápido? Pero si parece de los que se resisten. Eres mi heroína – Isabela la miró sonriendo y no tardó en pedirle más detalles.

- ¿Tan evidente es Isabela?

- Mmm, sí…ese cuerpo tenso, esa mirada inescrutable…

- ¡No me refiero a eso! Quiero decir si tan evidente es que pasó… algo.

- ¡Ah! Bueno, Varric seguro que sospecha más que Anders, ya sabes, no se le puede esconder nada.

- Anders - murmuró Jane con preocupación.

- ¿Nunca te ha gustado verdad?

A Fenris se le aceleró la respiración por la expectativa de escuchar la respuesta de Jane. Definitivamente, le importaba más de lo que hubiera deseado.

- No es eso. Es un gran amigo, una gran persona. La noche que conocimos a Fenris dejé de pensar en ello, pero en los días anteriores empecé a ver en Anders algo más que un amigo.

- Y llegó el elfo. Esto se pone interesante. ¿Qué tienes tú que no tenga yo? – Isabela se cruzó de brazos y le dio un codazo amistoso a su amiga.

- Sí, y llegó Fenris. Tiene algo que me recuerda… en realidad no lo sé. Son sus ojos, la mirada. Por muy serio que parezca, siento que puedo confiar en él. Ya sabes que yo jamás antes me he acostado con alguien así, a lo loco. No sé qué me pasó… se me nubló la mente y creo que dejé de pensar.

- Bueno, ya iba siendo hora de que dejaras de ser tan mojigata.

- ¡No soy mojigata!

- Pero cuenta, ¿qué pasó después? ¡Dios! Daría lo que fuera por haberlo visto con mis propios ojos.

- ¡No seas morbosa! Pues no pasó nada, sólo me quedé dormida. Al día siguiente me desperté en el suelo y él estaba allí, mirándome.

- ¿Desnudo?

- Isabela… Estaba allí mirándome y me dijo que había sido demasiado precipitado, un error – Fenris no se arrepentía de lo que le dijo aquella mañana, pero había algo que no estaba bien, lo sentía. Siguió escuchando con la mirada fija en la espalda de Varric.

- ¿Un error? ¿Y ya está? Ni siquiera un "qué bien ha estado nena".

- ¿Cómo va a decirme eso? – a Jane se le escapó la risa, aunque el resto no se dieron la vuelta.

- ¿Y te fuiste?

- Sí, me marché y aquí estamos, buscando a Danarius.

- Vaya, vaya. Me has dejado de piedra. ¡Yo no se lo contaré a nadie si prometes mantenerme informada! Esto es muy emocionante… dos hombres enamorados de la misma mujer, luchando por su amor, con sus cuerpos sudorosos…

- ¡Isabela! Frena tu imaginación por un momento, te van a oír. Además, Fenris no está enamorado de mí. Todo fue un error para él, y quizás tenga razón.

- ¿Te arrepientes?

- Supongo que sí…

En ese momento, Varric dejó su mochila en el suelo y les informó que al fin habían llegado. Isabela y Jane se acercaron a él y lo celebraron chocando las manos, como solían hacer cuando ganaban alguna batalla. Fenris, en cambio, sintió todo lo contrario. Aunque era lo que deseó cuando le dijo a Jane que había sido un error, que ella dijese que se arrepentía era más de lo que esperaba escuchar.

De nuevo, estaba anocheciendo, lo que significaba que todavía tardarían varias horas más en empezar la búsqueda. Antes de acostarse y acordar la guardia de aquella noche, Varric y Anders buscaron un buen lugar para acampar y pistas del paso de otros por aquél camino. Aunque no encontraron rastro alguno de la presencia de Danerius, sí pudieron encontrar un buen refugio. Un poco más lejos de donde habían parado, había unas cuevas poco profundas donde podrían resguardarse mejor del frío que la anterior noche.

Fenris, Isabela y Jane cogieron todo el equipaje y lo metieron dentro de la cueva, y ahora se planteaba un nuevo dilema. Habían traído comida para la vuelta, pero no para la estancia en Monte Hendido. Cuando salían varios días, Varric siempre se encargaba de cazar algún conejo o ave para la cena, y aquella noche no iba a ser menos.

- Bueno chicos, nos vemos en una hora. Preparad el fuego que os traeré la cena más exquisita que hayáis podido soñar jamás.

- Varric, te recuerdo que las ranas no se consideran una cena exquisita – Anders le hizo una mueca graciosa.

- ¿Quién ha dicho ranas? Aquella vez no fue culpa mía… demasiados pantanos y poca tierra firme.

- Yo prepararé el fuego – Isabela tenía una curiosa habilidad para encender fuegos que todos agradecían.

- ¡Bien! ¿Me acompañas rubito?

- Por supuesto, nunca me lo pierdo - Anders y Varric se marcharon, e Isabela se adentró en la cueva para encender el fuego, por lo que Fenris y Jane no pudieron hacer otra cosa que esperar a que anocheciera.

- ¿Qué sabes hacer Fenris? - preguntó Jane.

- ¿Qué quieres decir?

- Isabela sabe encender fuegos, Anders tiene el don de la curación, Varric es un excelente cazador.

- ¿Y qué sabes hacer tú?

- Yo suelo hacer las guardias y soy muy buena en el combate – Jane sonrió a Fenris esperando algún gesto amable.

- Entonces tenemos las mismas habilidades. Deberíamos turnarnos – Fenris notó de nuevo aquella mirada triste en los ojos de Jane, la que vio por primera vez cuando se marchó de su casa, aunque esta vez prefirió no acallar sus pensamientos.

- ¿Estás triste?

- ¡Vaya! ¿Me lo preguntas en serio? Creía que no eras capaz de… ¿hablar?

- No te culpo, es cierto que se me da realmente mal. La otra noche no quise decir lo que dije.

- ¿Ah no?

- Quiero decir que no lo dije de la mejor forma posible. Debería haber tenido un poco más de tacto.

- Es un buen comienzo. ¿Podremos ser amigos?

- Eso creo – Fenris les devolvió la sonrisa.

- Sólo intentemos llevarnos bien, por el bien de todos. Antes me sentía mal y me he pasado hablándote de aquel modo.

- Olvídalo. Como has dicho, comencemos de nuevo. Nunca se me dará bien comunicarme, pero afortunadamente se me dan bien muchas otras cosas – Jane recordó el momento ante la chimenea, tapados con aquella colcha vieja, y se sonrojó.

- Sí, eso pienso yo.

- No me has respondido…

- ¿Triste? ¡No! Estoy bien. Sólo que cuando hablamos en mi casa sobre mi padre me puse un poco melancólica. Es duro perder a alguien a quien amas – Esta vez, sólo fue una mentira a medias.

- Me alegra que no tenga nada que ver conmigo.

Jane se sintió mucho mejor después de la conversación con Fenris. Después de todo, parecía que las cosas podían empezar a ir bien, sólo faltaba que Anders y él dejasen de amenazarse el uno al otro.

Llevaban más de un día sin darse un baño, y antes de que oscureciese del todo, Jane e Isabela decidieron acercarse a un pequeño lago muy cerca de allí. Fenris se quedó haciendo guardia en la entrada de la cueva, centrando sus pensamientos en Danarius. Varric y Anders llegaron muy pronto con dos liebres bien alimentadas, y Fenris olvidó decirles que las chicas habían ido al lago.

- ¡Ya estamos en casa! – Varric traía una liebre en cada mano y una sonrisa triunfante en la cara.

- Fenris, ¿dónde están Isabela y Jane?

- Han ido a dar una vuelta por los alrededores – Fenris casi no estaba escuchando a Varric.

- En fin, prepararé la cena yo mismo. Anders, ¿por qué no vas a echar un vistazo? Asegúrate que esas dos no se meten en un lio… otra vez.- Anders pareció recordar algo y se rió a carcajadas.

- Claro, enseguida vuelvo con ellas.

- No tubo que andar mucho hasta encontrarlas. Isabela ya se estaba vistiendo, aunque Jane estaba dentro del lago prácticamente desnuda. Anders se giró de inmediato y les avisó de que se encontraba allí.

- ¡Anders! ¿No te ha avisado Fenris? - Jane salió inmediatamente del agua y se visitó con prisas.

- Parece que ha olvidado algunos detalles. No estoy mirando, tranquilas – Isabela se echó a reír.

- ¡Otro mojigato! ¿Es que nunca has visto a una mujer desnuda Anders?

- Por supuesto que sí, empezando por ti – él también se echó a reír.

- ¡Aquella vez no cuenta! Ahora subimos.

- Os espero en la cueva.

Cuando Anders regresó, no tardó en comentar lo sucedido, todavía riendo.

- Fenris, ¡podrías haberme avisado! El baño de una mujer se considera algo privado ¿Sabes?

- Se estaban… oh, vaya. Debería disculparme con ellas.

- Elfo, creo que debes cambiar de chip. Diviértete un poco, sonríe. Ahora eres un hombre libre – Varric empezaba a sentir cierto aprecio por Fenris, desde el primer momento pensó que tenía potencial.

- Antes, tengo ciertos asuntos pendientes, aunque aceptaré tu consejo.

- Podrías empezar ayudándome con esto, esta liebre no quiere desprenderse de su piel.

- Espera, déjame intentar algo - las manos de Fenris se iluminaron y ardieron a través de una luz azulada. En un segundo arrancó la piel de la cena y se la ofreció a Varric sonriente.

- Bueno, parece que me vas a quitar el trabajo. No le digas nada a los demás o no me dejarán salir a cazar nunca más – Varric le guiñó un ojo a Fenris, que se sintió mejor de lo que esperaba ante la simpatía del enano.

Cuando Isabela y Jane regresaron, la cena estaba casi lista y todos prepararon sus respectivas camas para pasar la noche. En la cueva hacía menos frío que en el exterior, y el fuego terminó de calentar la estancia. Puesto que se encontraban muy resguardados, decidieron que aquella noche, en vez de hacer guardia, pondrían una trampa en la entrada de su refugio. Si a alguien se le ocurría entrar, una bomba de humo explotaría y todos podrían reaccionar a tiempo, así que nadie tuvo que sacrificar sus horas de sueño.

- Oh, ¿Me vas a dejar dormir solita hoy Jane? – Isabela se encontraba de mucho mejor humor tras el baño en el lago.

- Tienes que acostumbrarte a dormir sola.

- Bueno, si algún atractivo caballero quiere darme un poquito de calor esta noche, mi cama es grande.

- ¿No lo dirás por mí? Sabes que sólo me gustan las enanas de buen ver – Varric e Isabela no tenían ningún tipo de reparo en hablar abiertamente sobre sus experiencias sexuales, comentándolas a menudo y riéndose de las situaciones embarazosas.

- Chicos… ¿podéis dejar esa conversación para cuando no esté cenando? – Jane sonrió mientras devoraba su pedazo de liebre. Era lo primero que se metía en la boca desde hacía horas.

- ¡Por cierto! He traído algo que nos irá bien para el frío – Varric empezó a rebuscar en su mochila y sacó un juego de cartas y un par de botellas de alcohol.

- Esas botellas se parecen sospechosamente a las que tenía guardadas en la alacena. - Jane miró a Varric con fingida cara de sospecha.

- ¿Y quién puede negarse ante un whisky como este?

- ¿Por nosotros? - dijo Jane mientras Varric abría las botellas y empezaba a repartir las cartas – Después de comprobar el terreno debo deciros que para encontrar el rastro del mago, mañana tendremos que andar un poco más, y después de los kilómetros recorridos, no nos irá mal pasarlo bien un rato y descansar.

- Yo… no sé jugar a cartas – Fenris miró a Varric con cara de circunstancias.

- Bueno, ¡algún día tenía que ser el primero!

Llevaban jugando y bebiendo el tiempo suficiente como para que el mal humor y las diferencias pasasen a un segundo plano. Y aunque a todos les extrañase, Fenris fue el que más bebió con diferencia. Quizás fuese la falta de sueño, o quizás el cansancio acumulado, pero incluso le siguió las bromas a Isabela en más de una ocasión.

- ¡Vaya! Creo que deberíamos darte de beber más a menudo. Esa sonrisa no te queda mal elfo - Isabela, que había estado todo el tiempo sentada junto a Anders, se levantó y se acercó a Fenris.

- Si vienes a mirar mis cartas, te aseguro que no te será fácil.

- Me gustan los retos – la pirata se sentó junto a Fenris y bebió otro trago de whisky. Anders, por otro lado, no les quitaba la vista de encima.

- No hacéis mala pareja – dijo Anders mientras les miraba con cara de burla.

- Es cierto… ¡hacemos una pareja terrible! – Isabela le dio un suave golpe a Fenris con el hombro, y este la miró con esa sonrisa que Jane tan pocas veces había visto desde que le conoció días antes.

- ¿A quién le tocaba? – Jane empezaba a sentirse inquieta por la actitud de Fenris. Era normal que Isabela se comportase de aquella forma, pero no esperaba que él le siguiese la corriente. Anders tiró una carta sobre la mesa con una gran sonrisa.

- ¡He ganado! Otra vez. me debéis dinero chicos.

- ¡Eso está por ver! ¡Tengo derecho a una revancha amigo! Así que reparte – Varric odiaba perder, y más todavía contra Anders.

- Yo paso… la verdad es que voy a respirar un poco de aire fresco y me acostaré. Demasiado alcohol – Jane salió de la cueva, aunque nadie pareció haberla escuchado.

La noche estaba tranquila y lo único que se escuchaba eran los pasos de algún que otro animal entre los árboles. La experiencia le había enseñado a reconocer al instante la diferencia entre los sonidos de la naturaleza y los de algún vándalo acechando, por lo que se estiró en el suelo para observar durante unos minutos los billones de estrellas que brillaban sobre ella.

Cerró los ojos y escuchó el murmullo de los árboles, la brisa escabulléndose entre ellos y algunos truenos lejanos que parecían acercarse sin prisas. Y estando allí estirada, también escuchó unos pasos que se acercaban desde el interior de la cueva. Eran los de Fenris, seguidos de los de Isabela. Aun así, no se incorporó y les miró desde el suelo.

- ¿Te has desmayado? – Isabela se estiró a su lado y extendió una manta sobre ellas- Apuesto a que necesitas compañía.

- Nunca va mal – Jane se acurrucó bajo la manta y miró a Fenris, que daba pequeños saltos junto a unos árboles.

- ¿Tienes frío?

- ¡Claro! Está todo helado y parece que se acerca una tormenta. ¿Soléis congelaros bajo las estrellas a menudo? – Fenris les sonrió sin dejar de moverse.

- En realidad sí. Nunca sabes cuándo será la última vez… - Isabela pareció recordar algo y su semblante se ensombreció.

- ¿Alguien querido? - preguntó Fenris.

Otro día te lo cuento, hoy estoy de buen humor. Bueno, demasiado frío para mi, ¡os dejo la manta y me vuelvo con el whisky!- Isabela volvió a entrar en la cueva y Fenris miró a Jane con una expresión difícil de definir.

- ¿Hay sitio ahí dentro para mí? La verdad es que sí tengo frío – Jane le miró sorprendida.

- Em… claro, si quieres…- Fenris no tardó en estirarse junto a ella bajo la manta, apoyado sobre sus brazos cruzados y observando el firmamento.

- ¿Sabes? Aquél grupo de estrellas que hay justo ahí, son conocidas como la cama de Andraste – Jane intentó encontrar la constelación, pero con tal cantidad de estrellas parecía casi imposible.

- No la veo… ¿aquella? – dijo señalando el cielo con un dedo.

- No, aquella – Fenris cogió suavemente la cara de Jane y la dirigió hacia la dirección correcta.

- ¡Tienes las manos heladas!

- Eso parece – Fenris giró su rostro hacia Jane, que ahora miraba la constelación con curiosidad.

- ¿Y por qué se llama así?

- ¿El qué?

- Pues la constelación - Al no recibir respuesta, Jane miró a Fenris y se dio cuenta de que él ya no observaba el cielo.

- Según cuenta la leyenda, la propia Andraste le dio el nombre tras conocer carnalmente al que fue su esposo en su vida terrenal.

- Qué curioso es que… - Fenris se acercó un poco más a Jane, quedando muy cerca de ella.

- ¿El qué?

- Fenris, estás borracho, quizás sería mejor que…

- Quizás esté borracho – Fenris le pasó la mano por detrás del cabello a Jane, quedándose tan cerca que sus labios apenas se distanciaban escasos centímetros.

- Tú mismo dijiste que fue un error.

- Tú también lo dijiste.

- ¿Me has estado espiando? – Jane se apresuró a levantarse por temor a algo que no terminaba de definir.

- No, sólo que habéis estado hablando demasiado alto, eso es todo – Fenris sonrió mientras Jane se enfurecía por momentos.

- Buena forma de definirlo.

Se dirigió de nuevo al interior de la cueva, dejando al elfo fuera y algo consternada. Los demás seguían jugando a cartas, aunque no se unió a la partida. Les miró de reojo al pasar y se tumbó en su cama, dispuesta a dormirse lo antes posible.

- ¿Ya te acuestas? - preguntó Anders todavía sonriendo.

- Estoy cansada, pero podéis seguir, no te preocupes – Jane miró a Anders fugazmente con miedo a que intuyese lo que había sucedido fuera. Segundos después llegó Fenris con el gesto serio y devolvió la manta a Isabela.

- Creo que todos deberíamos descansar. – dijo Varric bostezando, y miró al resto de sus compañeros con cara de sueño.

Enseguida se acostaron y no tardaron en dormirse, aunque Jane se sentía incapaz de cerrar los ojos. ¿La había intentado besar? Era lo último que esperaba tras su conversación, además, él las había escuchado hablar sobre lo que sucedió y claramente sabía que había dicho que se arrepentía. "¿Será por orgullo?", pensó mientras miraba fijamente el techo de piedra.

De repente, escuchó algo detrás de ella y se giró sigilosamente.

- ¿Fenris?

- Sólo quería disculparme por lo de antes. Creo que he bebido demasiado y me he descontrolado.

- Sí, parece que lo tuyo es descontrolarte - Jane no pudo evitar cierto tono de resentimiento.

- Tienes razón, sólo que… lo siento – la cama de Isabela se movió ligeramente y la chica pronunció algunas palabras inteligibles.

- ¿Por qué me tratas así? Quiero decir… lo que sucedió en tu mansión fue algo espontáneo, no tiene por qué significar nada, pero no comprendo lo que ha pasado hoy.

- Si quieres que lo hablemos, este no es el mejor momento Jane. No creo que sea buena idea que…

- ¡Claro que quiero que lo hablemos! ¡No puedes rechazarme e intentar besarme cuando te plazca! – Aunque Jane intentaba hablar en voz baja, Anders se despertó y permaneció en silencio, escuchando algo que no hubiera podido afrontar ni en cien años.