Hikaru
Capítulo 13: "Una larga marcha"
— ¿Distinto a éste? —Sakura le preguntó, golpeando el paquete de hojas opalina envuelto en celofán— Pero, si es el más caro de todos. Lo pregunté cuando fui a la papelería.
— ¿No le dijo nunca su madre que lo más caro no siempre es lo mejor?
El ceño de Sakura se ensombreció. Había empezado a la defensiva, seguía con indignación e Itachi supuso que ahora empezaría la furia.
—Pues no, no me lo dijo. Lo que si me dijo, señor Sabelotodo, es que cuando se compra barato se consigue baratija.
Itachi había llegado a descubrir que el clima interior de Sakura era como la primavera en Amegakure. La mujer estaba llena de tormentas esperando desatarse y, si él hubiese sido un granjero observando un cielo como la cara que Sakura tenía en esos momentos, iría de inmediato a recoger a la familia para meterla en el refugio. Su frente estaba demasiado blanca. Los costados de la nariz le batían a un ritmo regular, como las de un animal olfateando el fuego. Sus manos habían empezado a abrirse y a cerrarse con violencia, agarrando y exprimiendo el aire.
Su miedo y su vulnerabilidad le gritaron que hiciera marcha atrás, que tratase de aplacarla mientras aún estaba a tiempo, si es que aún lo estaba. Pero había otra parte de sí mismo, más calculadora y menos acobardada, recordándole que no podría desempeñar el papel de escritor omnipotente si se aterrorizaba e intentaba aplacarla cada vez que ella tronara. Sólo conseguiría de esa forma que explotara con más frecuencia.
Si no tuvieses algo que ella desea ardientemente, razonaba esa parte, te habría llevado al hospital de inmediato o te hubiese matado para protegerse de los Yamanaka. Porque, para Sakura, el mundo está lleno de Yamanakas acechando tras todos los arbustos. Si no controlas a esta perra ahora mismo, Itachi, tal vez nunca puedas hacerlo.
Ella estaba respirando cada vez más rápido, casi al punto de hiperventilación. También se aceleraba el ritmo de sus manos e Itachi se dio cuenta de que en un instante habría perdido por completo la oportunidad de controlarla.
Haciendo acopio del poco valor que le quedaba, y tratando desesperadamente de lograr el tono justo de dureza e irritación, le dijo:
—Será mejor que se controle. Con enfurecerse no va a cambiar las cosas.
Ella se quedó paralizada, como sí la hubiese abofeteado, y lo miró dolida.
—Sakura-san —le dijo pacientemente—, esto no conduce a ninguna parte.
—Es un truco. Usted no quiere escribir mi libro y por eso esta inventando trucos para no empezar. Ya sabía que lo haría. Seguro. Pero no le va a servir de nada. No...
—Eso es una tontería. ¿He dicho yo que no iba a empezar?
—No, no; pero...
—Pues si voy a hacerlo y, si me deja que le enseñe una cosa, verá cuál es el problema. Deme esa lapicera de allá, por favor.
Itachi acababa de inventarse una pausa, pero consiguió el efecto deseado. Ella pareció más confundida que nunca, perdida en un mundo especializado del que no tenía ni el más remoto conocimiento. La confusión había disipado su cólera. Ya no sabía siquiera si tenía derecho a estar furiosa.
Le alcanzó la consabida lapicera, la puso de golpe encima de la mesa.
— ¿Qué? —le dijo enfurruñada.
—Observe.
Abrió el paquete de opalina y sacó una hoja. Tomó el lapicero y trazó un par de líneas, entonces deslizó el pulgar sobre la superficie del papel. Ambas rayas se emborronaron hacia donde se deslizaba su pulgar.
— ¿Ve?
— ¿Y qué?
—La cinta de la máquina también se borra, no tanto como la marca del lápiz, pero más que el trazo una pluma.
— ¿Va usted a frotar cada página con sus dedos?
—El simple roce de las páginas basta para borrarlas en unas semanas y hasta en unos días -le dijo—. Y cuando se está trabajando con un manuscrito, se le mueve bastante. Siempre se está mirando atrás para buscar un nombre o una fecha. —su voz era baja, y demasiado seria—Mire, Sakura-san, una de las primeras cosas que uno aprende en este negocio es que los editores detestan leer manuscritos presentados en opalina tanto como detestan los que les presentan a mano.
—No le llame así, odio que le llame así.
Itachi la miró sinceramente perplejo.
— ¿Que le llame el qué?
—Usted pervierte el talento que Dios le dio llamándolo negocio. Lo odio.
—Lo siento.
—Debería sentirlo —le dijo con la cara pétrea—. Igual podría llamarle prostitución.
No, Sakura-san, pensó Itachi lleno de ira. Esto no es prostitución. "Shinobi" intentaba precisamente lo contrario. Volver a la vida a una estúpida campesina que cosecha cebollas y estaba enamorada de dos bastardos, sí.
—Buena premisa —admitió, resignado a que no se podía lidiar con una mujer paranoica y con semejantes arranques de ira. En esos casos, era mejor dejar que la avalancha se detuviese por sí sola, en vez de franquear una débil barricada—. Y ahora, volviendo al asunto del papel...
—Le traeré su maldito papelito —le interrumpió resentida—. Dígame exactamente qué es lo que tengo que traer y se lo traeré.
—Mientras entienda que estoy de su parte.
—No me haga reír. Nadie ha estado de mi parte, ni mi madre.
—Puede creer entonces lo que le parezca —le dijo Itachi—. Si es usted tan insegura que no puede creer que le estoy agradecido por haberme salvado la vida, es cosa suya.
La estaba observando atentamente y volvió a ver en sus ojos un brillo de incertidumbre, un deseo de creer.
Bien. Muy bien.
La miró con toda la sinceridad que pudo fingir mientras se imaginaba otra vez clavándole un trozo de vidrio en la garganta, y dejando manar hasta la última gota de la sangre que alimentaba aquel cerebro demente.
—Por lo menos deberá creer que estoy de parte del libro. Usted ha dicho que lo encuadernaría. Supongo que quiso decir el manuscrito, las páginas mecanografiadas.
—Claro que es eso lo que quise decir.
Sí claro que sí, porque si llevara el manuscrito a un impresor, podría provocar preguntas. Usted puede ser ingenua en cuanto al mundo de los libros y de las ediciones, pero no tanto. Itachi Uchiha ha desaparecido y su impresor podría recordar haber recibido un manuscrito del tamaño de un libro relacionado con el personaje más famoso de él, por las mismas fechas de su desaparición, ¿no? Y seguramente recordaría las instrucciones. Tan insólitas que cualquier impresor las recordaría. Una sola copia impresa de un manuscrito tan voluminoso como una novela.
Sólo una.
¿Que cómo era la mujer, oficial? Pues, era una mujer delgada, demasiado delgada y de cabello…¡ah, claro, ¿cómo olvidarlo? Cabello rosa. Un momento. Tengo su nombre y su dirección en los archivos, Déjeme revisar las copias de las facturas.
—No hay nada malo en ella —le dijo Itachi, interrumpiendo aquella casi agradable visión. Imposible "visión", mejor dicho—. Un manuscrito encuadernado puede ser muy bonito, como una buena edición de folios. Pero un libro debe durar mucho tiempo, Sakura-san, y si escribo éste en opalina, dentro de diez años no va a tener más que páginas emborronadas, a menos que lo deje siempre en un estante.
Pero ella no haría eso. Kami, claro que no. Ella lo tomaría todos los días, tal vez cada pocas horas, para así alimentar su morbo.
Su cara había cobrado un extraño aspecto de granito. No le gustó esa expresión de terquedad, esa mirada que casi se jactaba de su dureza. Le ponía nervioso. Podía calcular su furor; pero algo había en esa expresión que era tan opaca como infantil.
—No tiene que insistir; ya le he dicho que le conseguiré su papel. ¿De qué clase?
—En esa papelería a la que usted va...
—"El Parche de Papel".
—Sí, "El Parche de Papel". Les dice que quiere dos resmas, una resma es un paquete de quinientas hojas.
—Ya lo sé, Itachi-sama. No soy tan ignorante.
—Ya sé que no lo es —Itachi le dijo poniéndose cada vez más nervioso. El dolor había empezado a recorrer sus piernas de arriba abajo y le gritaba desde el área pélvica. Llevaba casi una hora sentado y la dislocación de allá abajo se estaba quejando.
Tranquilízate, por Dios. No pierdas todo lo que has ganado. Pero ¿he ganado algo, o es simplemente que me lo quiero creer?
—Pida dos resmas de papel blanco bond. Dos resmas de ese papel le costarán menos que este paquete de opalina y bastarán para hacer todo el trabajo, corrección incluida.
—Iré ahora mismo —dijo, levantándose de repente.
La miró alarmado, comprendiendo que tenía la intención de volver a dejarlo sin el medicamento, y esta vez sentado. Era una postura dolorosa y, cuando ella regresara, por mucha prisa que se diera, el dolor seria monstruoso.
—No tiene que hacer eso —se apresuró a decir—. La opalina sirve para empezar; después de todo, tengo que pasarlo luego a limpio.
—Sólo un tonto empezaría un buen trabajo con una herramienta mala.
Sakura tomó el paquete de opalina, hizo una pelota con la página que él había utilizado, la tiró a la papelera y se volvió hacia Itachi. La expresión pétrea cubría su cara como una máscara. Sus ojos brillaban igual que monedas pulidas.
—Ahora me voy a la ciudad —decidió—. Ya sé que quiere empezar cuanto antes, puesto que está de mi parte. —Sus últimas palabras sonaron con un intenso sarcasmo, y a Itachi le pareció que con más odio hacia sí misma del que ella podía sospechar—. Así que no voy a perder tiempo en volver a acostarlo.
Sonrió estirando los labios en una grotesca mueca de marioneta y se le acercó con sus zapatos silenciosos de enfermera. Le pasó los dedos por el pelo y él se echó atrás, sin poder evitarlo, lo cual intensificó aquella sonrisa de muerta viviente.
—Aunque sospecho que tendremos que retrasar el comienzo de El regreso de Hikaru por uno, dos o tal vez tres días. Si, puede que pasen tres días antes de que usted pueda volver a sentarse, puesto que sentirá un gran dolor. Qué lástima. Tenía champaña en el congelador; tendré que volver a bajarlo.
—Sakura-san, de verdad, puedo empezar si usted...
—No, Itachi-sama. —Fue hasta la puerta y se volvió mirándolo con su cara pétrea; sólo sus ojos, esas monedas pulidas, parecían estar vivos bajo el anaquel de su entrecejo—. Quiero que se quede pensando en una cosa: tal vez crea que puede engañarme, ya sé que parezco estúpida y lenta, pero no soy ni una cosa ni la otra, Itachi-sama.
De repente la cara se le descompuso. La obstinación pétrea se le vino abajo, y apareció el rostro de una criatura con una furia loca. El escritor pensó por un momento que la intensidad de su terror podría matarle. ¿Había creído ganar algo? ¿Lo había creído? ¿Se podía desempeñar el papel de escritor con un carcelero demente?
Arrancó hacia él, las piernas pesadas, las rodillas flexionadas, los codos subiendo y bajando como pistones en el aire estancado de la habitación de enfermo. El pelo saltaba y se enredaba en torno a su cara a medida que se libraba de las horquillas que lo mantenían recogido. Su paso ya no era silencioso, sino como la marcha de un gigante asolando algún solitario valle.
— ¡Chaaaaaa! —gritó y lanzó el puño cerrado contra el montón de sal que había sido la rodilla izquierda de Itachi Uchiha.
El dolor se desparramó y le cubrió con una blanca y radiante mortaja. Echó atrás la cabeza y chilló, infladas las venas del cuello y de la frente.
Ella arrancó la máquina de escribir de la tabla, levantándola como si fuera una caja de cartón vacía, y la tiró sobre la repisa de la chimenea.
—Así que quédese ahí sentado —le dijo con los labios tirantes en una mueca de risa— y piense en quién manda aquí y en todo el daño que puedo hacerle si se porta mal o si intenta engañarme. Quédese ahí y grite si quiere porque nadie podrá escucharle. Nadie pasa por aquí, porque todos saben que Sakura Haruno está loca, están enterados de lo que hizo, aunque la declarasen inocente.
Fue hacia la puerta, se volvió otra vez y él chilló de nuevo esperando otra carga de toro como la anterior. Eso la hizo sonreír todavía más.
—Y le diré otra cosa —dijo suavemente—. Creen que me salí con la mía y tienen razón. Piense en eso, Itachi-sama, mientras estoy en la ciudad buscándole su jodido papelito.
Se fue dando un portazo con fuerza suficiente para hacer temblar la casa. Luego se escuchó el ruido de la llave.
Él se recostó temblando, aunque trataba de no hacerlo porque aumentaba su dolor. Pero las lágrimas le corrían por las mejillas sin poder evitarlo. Una y otra vez la veía volar a través de la habitación, una y otra vez la veía lanzar el puño, sobre los restos de su rodilla, con la fuerza de un borracho furioso que diera martillazos sobre una barra de roble. Se sentía desolado por aquella horrible marea blanquiazul de dolor.
—Kami…—gimió mientras la camioneta arrancaba con un golpe y un rugido—. Por favor, Dios mío, sácame de esto o mátame.
El ruido del motor se perdió carretera abajo. Dios no hizo ninguna de las cosas que le había suplicado, y él se quedó con sus lágrimas y su dolor completamente despierto y chillando furioso.
No. Dios parecía haberse ido lejos, muy lejos y no escucharle. Ni el resto de ese día…ni el del mes.
Capitulo 14: "Haruno Sakura"
El auto dejó su marcha y Shisui Uchiha se detuvo, justamente frente a la estación de gas, colindante con los límites de Amegakure. Saló del vehículo, avistando el escueto entorno.
Sendas llanuras de dispar follaje se extendían en las lejanías y el cielo anunciaba un gris tormenta nada favorecedor, a pesar de ser casi mediodía. El oficial se abotonó el grueso abrigo, ante el húmedo viento de tormenta venidera, maldiciendo internamente.
"Demasiado tiempo…mierda".
El prolongado viaje, había sido más postergado aun. Una semana inicialmente, luego dos…luego un mes. Y finalmente, habían sido tres meses, desde que las autoridades de Amegakure dieron por terminado el reporte redactado allá y corroborado en Konohagakure respecto a la desaparición de Itachi Uchiha.
Shisui poco pudo hacer en coalición con la judicatura de Amegakure. Una pila de papeles ya sellados, investigaciones e interrogatorios corroborados y…
El auto
Ah, claro. El abollado Datsun, convertido ahora en una pieza de chatarra, con la portezuela del lado del conductor completamente desprendida. El vivo recuerdo del vehículo, cuya estructura ahora se hallaba arremolinada en el vertedero de chatarra en los límites del condado.
Y eso tampoco había servido de mucho. Los objetos son mudos, después de todo.
Sin embargo eso no significaba que iba a quedarse de brazos cruzados. No, Shisui Uchiha iba a…
— ¿Tanque lleno? —la voz del dependiente le distrajo, haciéndole sobresaltar levemente.
— ¿Perdón?
—Que si desea el tanque lleno.
Shisui simplemente asintió con la cabeza. Un desgarbado papelillo se asomaba entre el bolsillo frontal de su chaqueta y lo sacó, aun con aquel impulso que había estado rondando en su mente durante toda la mañana.
—Disculpe —dijo dirigiéndose escuetamente al dependiente— ¿Sabe usted si la familia Nara y los Yamanaka son los únicos domicilios habitados cerca del camino rural?
La pregunta era escueta, seca pero dotada de un peculiar dejo de interés. El muchacho se llevó una mano al mentón, en tono dubitativo. Pareció esbozar una especie de gruñido inentendible y bajo y luego se dirigió al Uchiha.
—Hum, bueno…—hizo una pausa y Shisui notó esto no como una inseguridad, sino una duda emergente, casi estremecedora—…A casi tres kilómetros de la rural, pasando la plantación de los Nara esta la granja Haruno.
— ¿La habita alguien actualmente?
Nuevamente el joven hizo otra pausa.
—Sólo una mujer, de veintitantos…es la hija de Kouji y Hanako, se quedó a cargo de la propiedad cuando ellos fallecieron. No le vemos muy seguido por aquí, al menos no entre semana y cuando viene siempre llega a cargar gasolina a la abarrotera Sabaku No. —se le vio proyectar un intento de sonrisa—Nunca viene aquí, je…será porque no vendemos toda esa indumentaria de papel para escribir y esas cosas.
Y algo no embonaba. Shisui Uchiha, con casi doce años de servicio policiaco, estaba acostumbrado a toda clase de respuestas en interrogatorios, y aunque esta espontánea charla no figuraba como tal, finalmente encontró una de las piezas que tanto necesitaba; aquella falencia en la descripción de hechos. Aquel diminuto eslabón…
— ¿Papel? —dijo como si el asunto no tuviese importancia, más que nada para que el joven no se cohibiese y omitiese algún dato útil—Si la mujer esa tiene una granja, para qué necesita papel para escribir. ¿Tiene algún otro oficio o algo así?
—No lo sé, la tipeja es un demasiado rara. —El muchacho negó alzándose de hombros—Ha estado comprando material para encuadernar, papel y cinta de máquina para escribir —sonrió nuevamente, esta vez mostrando una hilera de desiguales dientes—je, creí que esas cosas ya no se usaban. Pero se que compra todo eso en el expendio de Temari-san, mi novia trabaja con ella.
Cinta para maquina. Papel…encuadernación.
Shisui ahogó un suspiro.
—Bien, tal vez vaya a visitar a Haruno-san entonces. Estoy buscando información sobre la desaparición de un escritor…Uchiha Itachi, y…
—Ah si, vi la nota en las noticias. —Interrumpió el joven—Hubo mucha gente escudriñando por los alrededores. Pobre diablo, nunca encontraron su cuerpo. ¿Usted es reportero o algo así?
—Algo así…—Shisui volvió a abotonarse la chaqueta hasta el cuello y subió de nuevo a su vehículo. Pagó la gasolina y una fracción a modo de propina—Gracias por la información…
—Suigetsu —asintió el muchacho—Suigetsu Hosuki.
Capítulo 15: Letras que iniciaron con sangre
El lenguaje del libro se había vuelto otra vez florido y exagerado. No llegaba a ser todavía una auto parodia; pero flotaba constante en esa dirección y él parecía incapaz de evitarlo. Los lapsos de continuidad habían empezado a proliferar con el sigilo de las ratas que crían en los rincones de los sótanos: por espacio de treinta páginas.
Tras un coma, que en la antigüedad habían interpretado como muerte repentina, la joven campesina Mikazuki-san había sido enterrada viva. Hubiera muerto, hubiera permanecido presa de aquella fría y húmeda prisión de cedro a no ser por el abad Hirokuso. Y era asi, como Hikaru Mikazuki…había vuelto a la vida.
Tras casi un mes de agonía…¿o eran dos?
No importa, Itachi, se dijo una y otra vez en aquellos días anteriores a que la "Remignton" escupiese primero las T y luego las S, esta maldita cosa está casi terminada. Lo estaba. Trabajar en ella era una tortura y terminarla iba a suponer el fin de su vida.
Sin embargo, la obra había seguido avanzando a pesar de todas las cosas horribles a las que Sakura lo había sometido, y podía bromear sobre el modo en que algo, sus agallas tal vez, se le había ido con la poca o nula esperanza. Pero aun así, era buena tela, la mejor novela de Hikaru hasta el momento. El argumento no podía ser más melodramático, pero estaba bien construido; y era, a su propia modesta manera, divertido.
Si alguna vez fuese publicado en algo más que la severamente limitada edición de Sakura Haruno (primera edición: un ejemplar), estaba seguro de que se vendería como rosquillas.
Sí, suponía que lograría terminarlo si la maldita máquina seguía tirando letras.
"Parecía que eras tan dura," Itachi lo había pensado una vez, después de uno de sus compulsivos ejercicios de levantamiento. Sus brazos delgados temblaban y tenía la frente cubierta con una delgada capa de sudor. "Sólo que ya has vomitado una tecla y puedo ver cómo algunas otras (la T, la E, la G por ejemplo) empiezan a bailar... unas veces inclinándose hacia un lado; otras, hacia otro; en ocasiones marcando muy alto, saltando del reglón, y en algunos casos un poco más abajo de la línea".
Había mirado a la máquina de escribir con intensidad cansada.
Sigue, sigue y rómpete. Terminaré de todos modos. Si ella quiere buscarme una de repuesto, se lo agradeceré, pero si no lo hace, seguiré en mis libretas.
Lo que no haré será gritar.
No gritaré.
Yo.
No….
Capítulo 16: Shisui
—¿Puedo…ayudarle en algo? —resolló la voz de ella, temblorosa…como un témpano de hielo balanceándose.
Al otro lado del umbral, se encontraba todo aquello que ella no hubiera querido ver. Era como tener la aletargada sensación de despertarse de un sueño. Un sueño que se había desecho.
—Buenas tardes, señora. Soy Uchiha Shisui, del departamento…
—Señorita —Sakura corrigió al instante. La palabra emergió de sus pálidos labios, apretados y trémulos—Señorita Sakura Haruno.
Shisui asintió con la cabeza, como mero gesto de formalidad.
—Mire, estoy haciendo una inspección obligada por el departamento de Amegakure. Hacía un par de meses de la desaparición de un escritor, de nombre Itachi Uchiha. Sólo corroboramos que…
—Oh si, lo supe. Es una pena —Sakura se adelantó a decir—.Fui la primera en enterarme, soy su admiradora numero uno.
Y apareció aquella sonrisa fingida. Aterradora, como mirar hacia un profundo pozo. Shisui estuvo a punto de proferir algo, y ella se lo impidió, de nuevo.
—Siento esto, oficial. ¿Era familiar suyo, verdad?
—Mi primo. Aun así, tenemos que corroborar que…
—Lo siento, pero es que tengo prisa. Voy de salida así que no sé si sea posible algún otro horario de visita.
Shisui negó.
—Será rápido, es sólo una inspección de rutina…
Y de nuevo la sensación de estremecimiento se apoderó de Sakura Haruno. Sin embargo…podía arreglárselas, ¿verdad?
—Sólo el piso de abajo —remitió ella—El de arriba lo he fumigado, hay una plaga de termitas y están todas las puertas tapiadas.
Él sólo espetó un suspiro.
—De acuerdo.
—0—
No gritaré.
Yo.
No….
¡No gritaré!
Estaba en la ventana, totalmente despierto ahora, completamente consciente de que el coche de la guardia del Estado que estaba en el camino de Sakura era tan real como una vez lo había sido su libertad.
¡GRITA!, ¡MALDICIÓN, GRITA!
Quería hacerlo, pero su hábito de dominarse era demasiado fuerte, una deformación. Ni siquiera podía abrir la boca. Quiso abrir la boca y no pudo.
Trató de levantar las manos y no lo consiguió.
Un horrible gemido pasó a través de sus labios cerrados y sus manos hacían sonidos ligeros, fortuitos, tamborileando a los lados de la "Remington", pero eso era todo cuanto podía hacer, todo el control que parecía quedarle sobre su destino. En tiempo real, no duró mucho, tal vez sólo cinco segundos, quizá no más de diez. Pero dentro de Itachi Uchiha era como si se hubiese prolongado años.
Allí, ante sus ojos, estaba la salvación. Todo lo que tenía que hacer era romper la ventana y el candado que la perra le había puesto en la lengua y gritar: ¡Ayúdeme, ayúdeme, sálveme de Sakura!
Al mismo tiempo, otra voz gritaba: ¡Seré bueno, Sakura! ¡No gritaré! ¡Seré bueno! ¡Prometo no gritar!
¿Lo sabia? ¿Había sabido antes de aquello hasta qué punto lo tenía acobardado, y cuánto de su ser esencial, el hígado y las luces del espíritu, le había arrancado? Supo en todo momento que lo había aterrorizado; pero ¿se daba cuenta de hasta qué punto su realidad subjetiva, tan fuerte que la había asumido sin cuestionársela, había sido borrada?
De lo que si tenía cierta certeza era de que le ocurriría algo mucho peor que la parálisis de la lengua, así como a lo que estaba escribiendo le iba a suceder algo mucho peor que la falta de una tecla, que la fiebre, que los lapsos de continuidad e incluso que la pérdida de sus agallas. La verdad de todo era tan simple en su horror, tan espantosamente simple... Se estaba muriendo por etapas; pero morir de aquella manera no era tan malo como había temido. También se estaba desvaneciendo, y eso era lo espantoso, porque era imbécil.
¡No grites!, siguió ordenándole la voz del miedo cuando el guardia abrió la puerta de su coche y salió retocando la colocación del sombrero.
Entonces lo vio. Realmente lo vio y las facciones, tan reconocibles, fueron el peor de su tormento.
Shisui.
¡Shisui!
(sí, grita)
Grita y se habrá terminado y puede terminar
(Nunca, nunca terminará hasta que esté muerto)
Los labios se le abrieron con un sonido desgarrado. Llenó sus pulmones de aire y cerró los ojos. No tenía idea de si le iba a salir algo hasta que le salió.
— ¡SHISUI! -gritó Itachi.
Ahora sus manos temblorosas volaron como pájaros asustados agarrándose a los lados de su cabeza como para evitar que le explotasen los sesos.
— ¡Shisui! ¡Shisui! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame!
—0—
Los ojos se le abrieron de golpe. El guardia miraba hacia la casa. Itachi no le pudo ver los ojos por las gafas de policía, pero la inclinación de su cabeza expresaba sorpresa moderada. Se acercó un paso y luego se detuvo.
Itachi miró la tabla. Al lado de la máquina de escribir había un cenicero de cerámica. En una época hubiese estado lleno de colillas aplastadas. Ahora no tenía nada más peligroso para la salud que una goma de borrar de máquina y algunos sujetapapeles. Lo cogió y lo lanzó contra la ventana. El vidrio saltó hacia fuera. Para él, fue el sonido más liberador que había oído en su vida. Los muros se desmoronaron, pensó mareado, y gritó:
¡Aquí, ayúdame, cuidado con la mujer, está loca!
Shisui se quedó mirándolo. La boca se le abrió. Se quitó repentinamente las gafas y avanzó hasta el borde del camino. Entonces dijo las últimas tres palabras que Itachi le oiría decir, las últimas palabras que persona alguna le oiría pronunciar. Después de ellas produciría una serie de sonidos inarticulados, pero ninguna palabra real.
—Itachi…—exclamó —Eres…tú…
La atención de Itachi había estado tan fijamente concentrada en él que no vio a Sakura hasta que era demasiado tarde. Cuando se fijó en ella, sintió el golpe de un horror supersticioso. Sakura tenía la cara torcida en un gruñido paralizado. En una mano, llevaba una cruz de madera que había marcado la tumba de la vaca (Itachi no recordaba si era la número uno o la número dos), que finalmente había dejado de mugir.
El animal había muerto de verdad y cuando la primavera ablandó la tierra, Itachi vio desde su ventana, unas veces mudo de asombro y otras desbordado por ataques de risa, cómo ella cavaba la tumba en la que tardó casi todo el día, y luego arrastraba a la vaca, que se había ablandado considerablemente, desde el establo. Lo hizo con una cadena sujeta al enganche del remolque de la camioneta, en cuyo extremo ató al bovino por en medio del cuerpo.
Ahora ella llevaba la cruz como una lanza con la punta del travesaño vertical oscurecida, de tierra, apuntando a la espalda de Shisui.
— ¡Shisui! — Itachi gritó sabiendo que era demasiado tarde.
— ¡ARGH! —dijo el muchacho, y caminó lentamente hacia el pasto con la espalda arqueada y el vientre hacia fuera.
Su cara parecía la de un hombre con ataque de piedra en los riñones. La cruz empezó a colgar hacia la tierra mientras él se acercaba a la ventana donde estaba Itachi con su cara gris de inválido enmarcada por trozos de cristal roto. Estiró las manos sobre sus hombros, lentamente. Sakura se bajó del cortacésped y se quedó paralizada, con los dedos apretados contra las puntas de sus pechos. Entonces arremetió hacia delante y sacó la cruz de la espalda del policía.
Él se volvió hacia ella intentando coger su pistola de reglamento y Sakura le metió la punta de la cruz en el abdomen. Itachi pudo ver en la camisa marrón de su uniforme el corte donde había aterrizado el primer golpe.
Sakura volvió a sacar la cruz, cuya afilada punta se había partido dejando un muñón mellado y astillado, y volvió a enterrarla entre sus omoplatos. Los primeros dos golpes tal vez no habían entrado tanto como para causar daño; pero, esta vez, el soporte de la cruz penetró unos dos centímetros en la espalda del policía arrodillado, dejándolo extendido.
— ¡Toma! —Gritó Sakura, sacándole de la espalda la cruz—. ¿Te gusta esto, maldito bastardo?
— ¡Sakura, déjalo ya! —gritó Itachi.
Ella levantó los ojos hacia él. En ese instante, brillaban como monedas entre sus desalineados cabellos rosáceos. Las comisuras de sus labios se levantaban en una mueca alegre de un loco que, al menos por el momento, se ha librado de toda inhibición. Luego, miró otra vez a Shisui.
— ¡Toma! —gritó.
Y volvió a hundirle la cruz en la espalda, en las caderas, en un muslo y en el cuello. Lo apuñaló una docena de veces gritando, "¡Toma!", cada vez que le clavaba la estaca. Entonces, el palo vertical de la cruz se partió en dos.
—Ahí tienes —dijo en un tono casi de conversación y se alejó por donde había venido. Justo antes de pasar por delante de Itachi, tiró a un lado la cruz como si ya no le interesase.
Itachi puso las manos en las ruedas de la silla sin saber muy bien a dónde pensaba ir ni qué iba a hacer, si hacia algo, cuando ella llegase. ¿A la cocina a coger un cuchillo, tal vez? No para matarla, qué va. Para matarla, no; para defenderse de su venganza cortándose las venas. No sabía si era ésa su intención; pero con toda seguridad parecía una buenísima idea porque, si alguna vez llegaba el momento de hacer mutis por el foro, era éste. Estaba cansado de que la furia de Sakura le fuese costando cada vez más pedazos de sí mismo.
Entonces vio algo que lo dejó paralizado.
Shisui
Shisui aún estaba vivo.
Levantó la cabeza. Pudo verle los ojos. Y se dio cuenta de lo asustado y lastimado que estaba. La sangre le corría a chorros por la cara. Consiguió sostenerse con las manos y ponerse de rodillas, cayó hacia delante y volvió a levantarse dolorosamente. Empezó a arrastrarse hacia el coche. Logró llegar trabajosamente a la suave pendiente de césped entre la casa y el camino, y allí perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Por un instante se quedó con las piernas levantadas, tan indefenso como una tortuga panza arriba. Se dejó caer hacia un lado y empezó el horrible esfuerzo de volver a ponerse de rodillas. Su uniforme, pantalones y camisa, se estaban oscureciendo de sangre. Las manchas pequeñas se extendían lentamente encontrándose con otras y haciéndose grandes.
Llegó al camino.
De repente, el ruido del cortacésped se hizo más fuerte.
Shisui volvió la cabeza. El miedo llegó a su cara medio atontada y volvió a buscar el arma. La sacó, grande y negra con un tambor largo y culata de madera. Y entonces Sakura reapareció muy alta, sobre el asiento, conduciendo el cortacésped a toda marcha.
—¡DISPÁRALE! —gritó Itachi.
Pero en vez de dispararle a Sakura Haruno con su viejo y sucio revólver, se le cayó.
Estiró la mano para recogerlo. Sakura giró bruscamente y pasó por encima de ella y del antebrazo. La sangre salió con un chorro sorprendente del expulsor de césped de la máquina. Shisui gritó. Se produjo un agudo sonido metálico cuando la cuchilla revolvente de la cortadora golpeó la pistola. Entonces Sakura giró por el prado lateral y su mirada cayó un segundo sobre la de Itachi, que supo con certeza lo que esa mirada significaba. Primero su primo, después él.
El chico estaba otra vez de costado. Cuando vio que la máquina volvía para echársele encima, rodó sobre la espalda y cayó frenéticamente tratando de empujarse bajo el coche donde ella no pudiese alcanzarle.
Ni siquiera llegó cerca. Sakura apretó al máximo el acelerador del cortacésped y se lo pasó por encima de la cabeza.
Itachi pudo captar la última mirada de unos horrorizados ojos negros; vio jirones de la camisa marrón del uniforme colgando de un brazo alzado en un débil esfuerzo por protegerse, y cuando los ojos desaparecieron, Itachi volvió la cabeza.
El motor disminuyó de repente la velocidad y hubo una serie rápida de sonidos extrañamente líquidos.
Itachi gimió, con los ojos cerrados. Sólo los abrió cuando oyó la llave en la puerta de la cocina. La de su cuarto estaba abierta.
Vio a Sakura acercarse por el pasillo con sus viejas botas camperas, sus jeans, con el llavero colgando de uno de los ojales del cinturón, y su camiseta manchada de sangre.
De todos modos, ella no le dio tiempo a hablar.
—Luego me las veré con usted —dijo y cerró la puerta.
—0—
Cayó la tarde y no llegó ningún policía. Sakura no pasó todo el tiempo con Itachi esperando a que oscureciese. Quería arreglar la ventana de su habitación, le dijo, y recoger los sujetapapeles y los vidrios rotos desparramados por el césped. Cuando, al día siguiente, llegase la Policía buscando a su oveja perdida, "no queremos que vean nada fuera de lo normal. ¿No es cierto, Itachi-sama?"
Sólo deja que miren debajo del cortacésped. Sólo deja que miren ahí y verán algo bastante fuera de lo normal.
Pero, por más que intentaba visualizarlo, su vívida imaginación no lograba producir el guión apropiado.
— ¿Se pregunta por qué le he hecho todo esto, Itachi-sama? —le planteó antes de subir a ver qué podía hacer con la ventana.
—No —le respondió apagado.
—En parte, porque quiero que conozca exactamente cuáles son sus posibilidades y qué es lo que tiene que hacer para seguir viviendo. También deseo que sepa que acabaría con todo ahora mismo sino fuera por el libro. Todavía me importa ese libro. —Sonrió, era una sonrisa radiante y astuta— Verdaderamente, es la mejor historia de Hikaru y quiero saber cómo termina todo.
—Yo también, Sakura-san.
Le miró sorprendida.
—Pero usted lo sabe, ¿no?
—Cuando empiezo un libro, siempre creo que sé cómo van a salir las cosas, pero nunca escribí uno que me saliera realmente así. Y no es para sorprenderse, si lo piensa bien.
—Sí —dijo Sakura—, ya veo.
—Ahora mismo le veo al libro dos finales posibles. Uno es muy triste. El otro, aunque no es el típico final feliz, al menos conserva cierta esperanza en el futuro.
Sakura se alarmó y se puso, de pronto, tormentosa.
—No estará pensando en volverla a matar, Itachi-sama.
Él sonrió un poco.
— ¿Qué haría si la mato, Sakura-san? ¿Matarme a mí? Eso no me asusta. Puede que no sepa lo que va a ocurrirle a Hikaru, pero sé lo que va a pasarme a mí... y usted también lo sabe. Escribiré FIN y usted lo leerá y después usted escribirá FIN. ¿No es cierto? Nuestro fin. Ése no tengo que imaginarlo. La verdad no es realmente más extraña que la ficción, digan lo que digan. La mayoría de las veces uno sabe exactamente cómo van a salir las cosas.
—Pero...
—Creo que sé cuál va a ser el final. Tengo un ochenta por ciento de seguridad. Si sale así, le gustará. Pero aun cuando salga de esa manera, ninguno de los dos conocerá los detalles reales hasta que los escriba, ¿no es cierto?
—No, supongo que no. De todos modos, está casi acabado, ¿no?
—Sí —dijo Itachi—, casi acabado. Una voz lejana y cercana a la vez, había llegado a él. Tal vez, sólo tal vez…era su exiguo sentido de supervivencia.
Tenías una idea. ¿Cuál era?
Entonces le vino. Le vino de inmediato, como llegan todas las buenas ideas, suave, redonda y completamente persuasiva en su siniestra perfección.
Quémalo. Ojo por ojo… ¿no?
Volvió, pero era borroso y débil. El dolor de sus riñones era peor. ¿Qué había dicho ella esa vez que incineró a "Shinobi"? Todo lo que hice fue... convencerle de que dejase el libro malo que había escrito y de que escribiese lo mejor que ha escrito en su vida.
Era posible que, en eso, hubiera una extraña verdad. Tal vez había sobrevalorado excesivamente lo bueno que era "Shinobi".
¿Cómo te sentirías si te hiciese quemar "El retorno de Hikaru"?, le susurró la voz interior, y saltó un poco. También se dio cuenta de que ésa no era la verdadera cuestión. El problema sería cómo se sentiría Sakura.
Sólo quémalo…
Y una sonrisa en su cara pálida y desvanecida apareció.
Capítulo 17: "Casa de Fuego y Cenizas"
En el cenicero había un estuchito de cerillos; pero sólo contenía uno, era todo lo que ella le había concedido. Con uno, sin embargo, debería bastarle.
Itachi podía oírla trajinando en el piso de arriba. Eso era bueno. Tendría tiempo suficiente para hacer sus pequeños preparativos, y le serviría de advertencia si decidía bajar antes de que él estuviese listo para encargarse de ella.
Aquí viene el truco de verdad, Sakura-san. A ver si puedo realizarlo. A ver si puedo.
Se inclinó haciendo caso omiso al dolor de sus piernas y empezó a sacar el fragmento suelto de la tabla. La llamó cinco minutos después y oyó sus pasos en la escalera. Esperaba sentirse aterrorizado cuando las cosas llegasen a ese punto, y comprobó con alivio que se hallaba bastante tranquilo. La habitación estaba llena del olor del fluido de encender carbón, el mismo que ella había usado para quemar su manuscrito…y olvidado descuidadamente contra el marco de la puerta, en uno de sus tantos "episodios psicóticos". La tabla, extendida a través de los brazos de la silla, goteaba constantemente.
—Itachi-sama, ¿ha terminado de verdad? —gritó por el pasillo.
Itachi miró la pila de papel, empapada de fluido inflamable, que estaba en la tabla al lado de la odiosa "Remington".
—Bueno —le contestó—, hice todo lo que pude.
—Estupendo, estupendo. ¡Ay, casi no puedo creerlo! Después de todo este tiempo. Espere un momento. Traeré el champaña.
La oyó atravesar el linóleo de la cocina, anticipando cada crujido un instante antes de que se produjese. Itachi no se había fumado el cigarrillo, por supuesto, aún estaba en el alféizar. Era la cerilla lo que él quería. Esa única cerilla.
Tomó el cartucho del cenicero. Sacó la única que había. Ahora ella iba por el pasillo. Rascó la cerilla. No se encendió.
Calma, calma, todo se consigue con calma.
La rascó de nuevo. Nada.
Calma..., calma...
La rascó por tercera vez contra la tira oscura del dorso del librito, y una débil llama amarilla floreció en el extremo del palito de cartón.
—Sólo espero que este...
Sakura se detuvo, la palabra siguiente se le volvió hacia dentro, empujada por el aire que acababa de inspirar. Itachi estaba sentado tras una barricada de papel y la máquina de escribir. Su mano derecha tenía la pila de hojas; la portada se leía claramente:
EL RETORNO DE HIKARU
Por Itachi Uchiha
La mano hinchada de Itachi planeó sobre la empapada pila de papel con una cerilla encendida entre el pulgar y el índice. Sakura estaba paralizada en la puerta con una botella de champaña envuelta en una servilleta. Tenía la boca abierta. La cerró de golpe.
—¿Itachi-sama? —dijo con cautela—. ¿Qué está haciendo?
—Ya lo he terminado, Sakura-san —dijo—, y es bueno. Usted tenía razón. Es el mejor de los libros de Hikaru y tal vez lo mejor que he escrito en mi vida. Ahora voy a hacer un pequeño truco con él. Es un buen truco. Lo aprendí de usted.
— ¡Itachi, no! —gritó.
Su voz estaba llena de agonía y de reconocimiento. Sus manos volaron hacia delante dejaron caer la botella de champaña, que se estrelló contra el suelo y explotó como un torpedo. Cúmulos de espuma volaron por todas partes.
— ¡No! ¡No! ¡POR FAVOR, No!
— ¡Lástima! No podrá leerlo nunca —dijo Itachi, y le sonrió, con su primera sonrisa real en muchos meses, radiante y auténtica—. Al margen de la falsa modestia, tengo que decirle que era mejor que bueno. Era fabuloso, Sakura-san.
La cerilla le estaba quemando las yemas de los dedos. La dejó caer. Por un momento terrible pensó que se había apagado. Pero entonces un fuego azul pálido corrió por la página del título con un sonido audible: ¡fump! Se extendió por los lados, lamió el fluido que se había estancado en los bordes de la pila de papel y estalló en amarillo.
— ¡OH, Dios, NO! —Gritó Sakura—. ¡HIKARU NO! ¡HIKARU NO! ¡ELLA NO! ¡NO! ¡NO! ¡DIOS MÍO, ITACHI, QUÉ ESTA HACIEEEEENDO!
Se tambaleó hacia delante con los brazos extendidos. Ahora la pila de papel no sólo se estaba quemando, sino que levantaba llamas. El lado gris de la "Remington" comenzó a ponerse negro. El fluido se había encharcado bajo la máquina y ahora lenguas de fuego azul pálido saltaban entre las teclas. Itachi notó que la cara se le asaba y vio cómo se le estiraba la piel.
— ¡HIKARU NO! —Aulló Sakura—. ¡NO PUEDE QUEMAR A HIKARU, JODIDO CANALLA, NO PUEDE QUEMAR A HIKARU!
Y entonces hizo exactamente lo que él estaba casi seguro de que iba a hacer. Cogió la pila ardiendo y giró con ella, tal vez para irse al cuarto de baño y lanzarla en la bañera.
Cuando dio la vuelta, Itachi agarró la "Remington" sin pensar en las ampollas que su lado candente estaba imprimiendo en su hinchada mano derecha. La levantó sobre su cabeza. Pequeñas gotas de fuego caían de su interior. No le concedió más atención de la que concedía a la llamarada de dolor que sintió en su espalda al torcerse algo con el movimiento. Su cara estaba descompuesta en una mueca demente de esfuerzo y concentración. Estiró los brazos y los bajó dejando que la máquina cayera de sus manos. Golpeó a Sakura en el centro de su ménuda espalda.
—¡UGHH!
No fue un grito, sino un gruñido de sorpresa. Sakura cayó hacia delante en el suelo, sobre la pila de papel ardiendo.
Pequeñas llamas azuladas como lamparillas de alcohol punteaban la superficie de la tabla que le servía de escritorio. Itachi la tiró a un lado jadeando, sintiendo cada inspiración como hierro derretido en la garganta.
Sakura se retorcía gimiendo. Una llama le subió por debajo del brazo derecho. Gritó. Itachi podía oler la piel que se freía. Ella rodó hacia un lado tratando de ponerse de rodillas. Casi todo el papel estaba ahora en el suelo, todavía ardiendo, o bien apagándose en los charcos de champaña, pero Sakura sujetaba algunos que aún ardían. También ardía su cabello. Vio puntas de cristal verde en los antebrazos. Un trozo más grande salía de su mejilla derecha como una cuchilla.
— ¡Te voy a matar, jodido embustero! —le dijo yendo hacia él, tambaleándose. Anduvo tres pasos sobre sus rodillas y cayó encima de la máquina de escribir. Entonces Itachi cayó sobre ella, y aun a través de su cuerpo sentía los duros ángulos de la máquina de escribir que tenía debajo. La mujer gritó como un gato, se retorció como un gato y trató de escurrírsele como un gato.
Las llamas se estaban apagando a su alrededor; pero Itachi aún sentía un calor salvaje saliendo del montículo que se retorcía y tiraba debajo de él, y supuso que al menos parte del jersey y del sujetador debían habérsele achicharrado a Sakura en el cuerpo. No sintió compasión alguna. Sakura había caído en la pila de papel ardiendo, y éste se avivó. Los charcos de champaña habían apagado casi todas las páginas sueltas, pero quedaban dos o tres que se hallaban contra la pared, a la izquierda de la puerta, y que ardían brillantes, prendiendo en algunos puntos del empapelado, pero sin que el fuego se levantase con mucho entusiasmo.
Itachi se arrastró hasta la cama empujándose con los codos y cogió la colcha. Entonces se deslizó hasta la pared apartando con los bordes de las manos los trozos de la botella. Se había torcido la espalda. Se había quemado gravemente la mano derecha. Le dolía la cabeza. El estómago le daba vueltas con el olor dulce y nauseabundo de la carne quemada.
Pero era libre. La diosa de melena rosada estaba muerta y él era libre.
Puso debajo de su cuerpo la rodilla derecha. Se estiró torpemente con la colcha que estaba húmeda de champaña y cruzada por negras rayas de ceniza y empezó a golpear las llamas. Cuando dejó caer la colcha amontonada sobre la tabla había un agujero calvo y humeante en medio de la pared, pero el papel estaba apagado. El final de la página del calendario se había rizado hacia arriba, y nada más.
Empezó a arrastrarse hasta la silla de ruedas.
—0—
Se volvió con el corazón golpeando en su pecho y los sesos estrujándose entre sus piernas. Sakura estaba allí de verdad con el hacha levantada, pero sólo durante un segundo. Se diluyó en las sombras. Se arrastró dentro de la sala y entonces fue cuando oyó el sonido de un motor que se acercaba. Un débil barrido de luces iluminó la ventana. Oyó chirriar las ruedas sobre la tierra y comprendió que habían visto la cadena atravesando el camino.
Una puerta se abrió y se cerró.
—¡Mierda! ¡Kotetsu! ¡Mira esto!
Itachi se arrastró más aprisa, atisbó el exterior y vio una silueta que se aproximaba a la casa. El sombrero de la silueta tenía una forma inconfundible. Había llegado un guardia del Estado.
Se agarró al marco de la puerta, en aquel exterior que él nunca había visto. No más allá de la habitación. Golpeó una mesita apostada en el pasillo, tirando algunas de las figuritas sobre ésta. Algunas cayeron al suelo y se rompieron. Cogió una con la mano y eso, al menos, le salió como en un libro, con la precisión que describían las novelas, precisamente porque en la vida no sucedía casi nunca.
Un diminuto gato sentado en un bloque marrón.
AHORA MI HISTORIA YA HA SIDO CONTADA, decía la leyenda en el pedestal, e Itachi pensó:
Sí, gracias a Dios.
EPILOGO
Nueve meses después de que los oficiales Izumo y Kotetsu lo sacaran de casa de Sakura Haruno en una camilla, Itachi Uchiha dividía su tiempo entre el Hospital General de Konohagakure y un nuevo apartamento en la parte este de la zona este. Habían vuelto a romperle las piernas. Aún tenía la izquierda escayolada de la rodilla para abajo. Cojearía por el resto de su vida, según le habían dicho los médicos, pero caminaría, y con el tiempo lograda hacerlo sin dolor.
Bebía mucho y no escribía nada. Tenía pesadillas.
Una tarde de mayo, cuando salió del ascensor en el noveno piso, no estaba pensando en Sakura, quien actualmente debería estarse pudriendo en su tumba, en el apartado familiar Haruno, sino en el voluminoso paquete que llevaba torpemente bajo el brazo. Contenía dos juegos de impresiones de "El retorno de Hikaru". Sus editores querían lanzar el libro a toda prisa y, considerando los titulares que habían aparecido en la Prensa de todo el mundo generado por las extrañas circunstancias en que la novela había sido escrita, no era para sorprenderse. Akatsuki había ordenado una primera edición sin precedentes de un millón de ejemplares.
—Y eso es sólo el principio —le había dicho ese día Kisame Hoshigaki, su editor, durante el almuerzo del que ahora regresaba Itachi con sus impresiones—. Este libro va a superar las ventas de cualquier otro en el mundo, amigo mío. Tendríamos que estar todos de rodillas dando gracias a Dios por el hecho de que la historia que hay dentro de ese libro sea casi tan buena como la que se halla detrás.
Itachi no sabía si eso era cierto, y ya no le importaba. Sólo quería alejarse de todo aquello y encontrar su próxima obra... Pero a medida que los días de sequía se convertían en semanas y éstas en meses, había empezado a preguntarse si alguna vez volvería a escribir otra novela.
Kisame le estaba suplicando que hiciese una crónica real de sus experiencias, que, según él, superaría hasta las ventas de "El Retorno de Hikaru". Cuando Itachi le preguntó, por pura curiosidad, a cuánto creía que ascenderían los derechos por la edición de bolsillo de un libro así, Kisame encendió un "Camel" y respondió:
—Creo que podíamos establecer un precio de salida de diez millones de ryo y luego organizar una subasta infernal.
No movió ni un párpado cuando lo dijo. Después de un momento, Itachi comprendió que lo decía en serio o que, al menos, creía decirlo en serio.
Pero no había manera de que pudiera escribir un libro así. Todavía no, y probablemente nunca. Su trabajo era crear novelas. Podía escribir la crónica que Kisame quería; pero, si lo hacía, sabía que nunca volvería a producir una novela. Y lo gracioso era que sería una novela, estuvo a punto de decirle a Kisame..., pero se aguantó en el último momento. Porque lo más divertido era que a éste no le importaría.
Su apartamento era el 9-E, el más alejado del ascensor, y hoy el pasillo parecía tener setenta kilómetros. Avanzó cojeando, con un bastón en forma de T en cada mano. Clac.., clac.., clac... Dios, cómo odiaba ese sonido.
Las piernas le dolían muchísimo y necesitaba el "Novril". Algunas veces pensaba que valdría la pena estar allí con Sakura sólo para conseguir la droga. Los médicos se la habían ido quitando. El sustituto era el alcohol y, cuando llegase al apartamento, se iba a tomar un poco de sake barato.
Media hora después estaba sentado frente a la pantalla en blanco, pensando que debía ser un auténtico masoquista. Se había tomado la aspirina en lugar de la copa; pero eso no alteraba lo que iba a pasar ahora. Permanecería allí sentado durante quince minutos, o tal vez media hora, mirando sólo la pantalla que brillaba en la oscuridad; luego, apagaría la máquina y se iría en busca de aquella copa.
No lo hizo. Un pitido le sobresaltó; un sonido proveniente de la cuenta de correo-mensajero.
Eso era un pasatiempo para ociosos, solía decir, y sin embargo, apenas encendía el ordenador y por automático conectaba su cuenta al a red.
Si, mero ocio.
El mismo sonido se repitió y él simplemente miró con aire distraído hacia la diminuta ventana.
Shizuka K.
No conocía el nombre, o el seudónimo. Por reflejo, Itachi abrió el cuadro de diálogo.
Shizuka K. dice: Ho…hola! ¿Uchiha-san?
Él no contestó. Sus dedos se paseaban inseguros en el teclado pero no escribió nada.
Shizuka K. dice: ¿Uchiha-san?¿Itachi Uchiha?
Tecleó, sólo por reflejo y harto de dos "zumbidos" por parte de la desconocida.
U. I. dice: Si.
La respuesta fue casi al unísono y de nuevo, aquel helado dedo le recorrió la espina.
Shizuka K. dice: Soy Shizuka Kuonji…¡y soy su admiradora número uno!
Se detuvo con el corazón latiéndole de pronto a toda marcha. Oyendo una alejada voz, perdida entre el tiempo y la distancia. Sakura. Sakura Haruno.
Iiitachi-saama….¡jodido bastardo!
Itachi volvió a inclinarse sobre el teclado y, al instante, bajó la cubierta de la laptop. Desconectó el cable de ésta, y dejó caer la espalda contra el mullido respaldo de la silla. Cerró los ojos, los abrió, vio la misma nada, sin notar que, mientras jadeaba, estaba llorando.
FIN
Notas de la autora: Pues Kusubana, Kaio y Kristina tienen razón…"Si la vida te da limones, haz limonada y escribe un fic". Agradezco por la inspiración del carácter de Sakura a quien solo mis amigos saben, porque no fue fácil hacerla más bipolar y violenta de lo que ya era. Muchos de los diálogos de este capítulo salieron de bastas conversaciones de MSN, quienes sepan porque, es bueno y así no lo aclararé.
Este fanfiction fueron ideas, las ideas en tu mente forman la realidad, entonces la realidad es solo otra idea, pero... ¿Es tuya o de alguien mas?
