Los personajes no me pertenecen, son de Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación de la novela Inocencia Perdida de Diana Hamilton.


Inocencia Perdida

Diana Hamilton

Capítulo II

Sakura se sentó al borde de la cama. Cumplía veinte años y nunca se había sentido tan sola. No se quejaba de que hubiera pasado todo el día sobre las rodillas y las manos. Le pagaban para que limpiara. Lo que temía era la soledad de la noche.

Su madre y ella siempre habían hecho de sus cumpleaños un día especial. No había habido dinero para regalos, pero nunca había faltado una cena especial, una vela en la mesa, y una botella de vino barato, una innovación que había aparecido cuando Sakura había cumplido dieciséis años.

Era su madre a quien echaba terriblemente de menos, su cara de rasgos cansados mágicamente rejuvenecidos por la luz de la vela, su charla, su risa.

Sintió rabia. Las cosas no tendrían que haber sido como habían sido. Su madre había tenido que aceptar los peores trabajos para mantenerla, mientras su padre había vivido en el lujo, completamente al margen de la suerte que había corrido la muchacha a la que había seducido, y al bebé de los dos.

Cuando sintió que la rabia amenazaba con derrumbarla, se puso de pie y empezó a caminar por la habitación del ático que le habían dado.

Durante su crecimiento, había aprendido a no preguntar por su padre. Siempre lograba la misma respuesta.

—Nos amamos tanto... Pero no podía ser.

Lo que no le decía nada, así que había dejado de preguntar, entre otras cosas, porque cada vez que lo hacía su madre se ponía muy triste.

Pero unos días antes de su muerte, como si hubiera intuido que su fin estaba próximo, su madre le había confesado:

—Tu padre no se enteró nunca de tu existencia. Yo estaba viviendo aún con tus abuelos y me fui de casa en cuanto supe que estaba embarazada. Él estaba casado y si le hubiera dicho que estaba esperando un hijo, se habría encontrado en una situación terrible. Así que a sus ojos, yo, simplemente, desaparecí. Pensé que era lo mejor para todos —sus ojos se habían llenado de lágrimas—. No quiero que pienses mal de él. No podría soportarlo. Él era un hombre bueno.

Sakura no lo había creído. Ni lo creía. Le hubiera gustado creerlo, pero no podía. Estaba segura de que su madre había intentado hacer ver a su amante mejor de lo que había sido, para que su hija no tuviera que vivir toda la vida con la carga de un padre desconsiderado, a quien su madre evidentemente seguía amando.

Inconscientemente, Sakura se puso la mano en el pecho. Sintió el colgante a través de la tela de su camiseta. Era la prueba de su identidad, por si algún día necesitaba usarlo.

Se puso pálida al recordar el momento en que su madre le había pedido que le diera una lata pequeña que guardaba en el fondo del cajón de su ropa interior, y que al abrirla había aparecido un colgante de zafiros y diamantes.

—Tu padre me lo dio entonces, como prueba de su amor. Así que es muy especial. Quiero que lo tengas.

—¿Es auténtico? —Sakura se había quedado con la boca abierta al verlo.

—Es muy valioso, cariño. Así que debes cuidarlo mucho. Tu padre me dijo que era una joya de la familia.

«Entonces debiste venderlo para que tu vida fuera un poco más fácil», hubiera querido decirle. Pero se había callado, puesto que aquella «prueba de amor», ¿o pago por sus servicios?, se preguntó, había significado tanto para ella.

Sakura se miró en el espejo de su comodín y se juró que si algún día llegaba a conocer a su padre le devolvería su colgante. Que se lo diera a su nueva esposa, pensó con rabia. ¡No quería esa odiosa cosa!

Sakura respiró profundamente. La situación la estaba poniendo fuera de sí. Ella no era vengativa, Hinata siempre se lo decía. Al contrario, solía ser demasiado confiada y solía querer complacer a la gente. Así que dejaría de pensar cosas malas sobre el hombre al que había amado su madre, al que no tenía derecho a juzgar, y haría lo que había ido a hacer allí.

Lo que no estaba demasiado claro. Su objetivo al ir a la mansión había sido ponerse en contacto con su padre. Pero puesto que estaba ausente, lo único que podía hacer era explorar la casa que su familia había habitado durante generaciones, y esperar encontrar alguna pista acerca de su personalidad.

Había cuatro habitaciones y un cuarto de baño en la planta del ático. Ino se había quejado. No entendía por qué las habían confinado allí cuando había montones de habitaciones en la planta primera. Solo había aceptado aquel trabajo temporalmente para ahorrar algo de dinero y luego irse a vivir con su novio.

Sakura pensaba que las habitaciones que les habían dado eran estupendas. Y por lo poco que había visto del pueblo, le había parecido muy bonito. Estaba deseando que llegase el domingo, el día que tenía libre, para poder encontrar y explorar la cabaña donde sus abuelos habían vivido toda su vida de casados, y ver dónde había nacido y crecido su madre.

Pero se había guardado sus opiniones delante de Ino, porque, aunque la conocía desde hacía poco, le parecía que cuando su compañera de trabajo se quejaba no había que discutirle.

Bajó al primer piso. Se quedó escuchando el silencio un momento. Tenía la casa para ella sola.

El novio de Ino la había recogido después de cenar. Su ropa de salir no había ocultado su tosquedad.

—Cierro la puerta a las once, y no puedes tener llave —le había recordado la señora Senju levantándose de la mesa—. Así que no te molestes en pedirla. Si no estás de vuelta a esa hora, te quedarás fuera.

Después de que Ino se marchase con gesto desafiante, había dicho a Sakura:

—Puedes ver la televisión, si quieres. Y si te apetece tomar algo caliente, hazlo. Yo me voy a mi habitación, a poner los pies en alto.

Y a pesar de lo que había dicho el chino, Sakura no lo había vuelto a ver por allí desde su encuentro en su habitación. Por lo que había dicho la señora Senju y lo que había sabido por cotilleos de Ino, Sasuke Uchiha había recibido una llamada de Tokio de la central y se había marchado.

Mejor así, pensó Sakura.

Así que tenía la casa de su padre entera para ella... Sakura se sintió en falta, como si fuera una ladrona.

Dio la espalda a la escalera que daba a la cocina y se dirigió a la escalera principal.

Mientras bajaba, se tuvo que recordar que no estaba haciendo nada malo. Ella tenía derecho a estar allí, bueno, una especie de derecho. Lo único que quería hacer era encontrar los libros que leía su padre, o ver fotos familiares, para descubrir, tal vez, que tipo de hombre era su padre.

El vestíbulo central estaba iluminado solo por una lámpara que había en una mesa y el resplandor del fuego. En cuanto entró, un reloj antiguo dio las ocho desde un rincón oscuro y la sobresaltó.

Había estado a punto de salir corriendo a su dormitorio del ático. Pero el colgante le había dado fuerzas para continuar, para erguirse y abrir puertas y encender luces. Encontró habitaciones grandes que daban a otras más pequeñas los muebles antiguos estaban arrinconados en unas estancias por donde habían pasado los decoradores, como verdaderos depredadores.

Finalmente, llegó a una puerta de roble antigua y se encontró en lo que debía de ser el estudio de Kakashi Hatake. Sus ojos se agrandaron al mirar las paredes cubiertas de libros. Un ordenador y un fax transformaban la habitación en una del siglo veintiuno. Había dos archivadores y dos teléfonos también en el sólido escritorio de roble.

Se quedó mirando los hermosos ejemplares sobre vinicultura, los poemas de Wilfred Owew, las biografías, los libros de jardinería... Luego descubrió lo que había estado buscando: un álbum de fotos.

Con manos temblorosas, lo llevó al escritorio. Lo abrió y encontró las fotos de una boda. ¿La de su padre? Se trataba de un hombre de cabello blanco con una chica morena y guapa vestida de novia, posando en la entrada de una iglesia de piedra. Siguió mirando fotos, una tras otra. La misma muchacha agarrando las riendas de un caballo con un niño sentado encima. Luego la misma mujer en silla de ruedas, y un hombre de mediana edad plantando un árbol. ¿Sería su abuelo? Era difícil de saber.

No había más fotos de Kakashi Hatake. Al parecer, había estado detrás de la cámara, pensó Sakura con frustración.

Hasta que al final del álbum encontró una en la que había tres personas de pie, delante de un invernadero. Su abuelo era una de ellas. Reconocía bien sus facciones. Su madre, otra. Estaba vestida con una camiseta ajustada y unos pantalones de pana, su cabello rosa volando en el viento, de pie al lado de su abuelo, sonriente. Y Kakashi Hatake, su padre, a su lado, sonriendo a la joven Hana Haruno, su madre.

Sakura se sintió mareada.

¡Su madre parecía tan feliz! No debía de haber sabido entonces lo que le depararía el futuro.

Cerró el álbum con el corazón latiendo aceleradamente y lo llevó a donde lo había encontrado. Pero dejarlo en su sitio fue un problema. ¡Porque no entraba!

Quitó el libro que parecía obstruir su paso. Realmente la última fotografía la había puesto muy nerviosa. Quería deshacerse del álbum, realmente.

Cuando quiso colocarlo, se le cayeron unas fotos que estaban despegadas. ¡No debería de haber abierto aquel maldito álbum!

.

Sasuke puso más leña en el fuego. Estaba cansado y tenía hambre. La casa parecía vacía. Tsunade debía de haberse ido a su habitación. Se haría una tortilla francesa y comería frente al fuego, con una copa de vino.

Relajó levemente sus facciones. El viaje de regreso había sido una pesadilla. Debía de haber pasado la noche en la ciudad y se preguntaba por qué lo había hecho. Al menos había tranquilizado a sus socios de la oficina central en relación con un complejo hotelero en Okinawa. Y había calmado a un director que debía de haber mirado las cosas con más lógica…

Antes de comer, le quedaba una cosa por hacer todavía: mirar la máquina de fax.

Se dirigió al estudio de su socio, pensando qué tal se estarían adaptando los nuevos habitantes de la casa.

Ino Yamanaka tenía fama de vaga, se sonrió. Estaría echada en la cama comiendo chocolate, pensando cuál de sus novios iría a buscarla esa noche...

Y la otra, Sakura Haruno... ¿No había dicho Tsunade que era su cumpleaños? ¿Lo estaría celebrando con sus amigos? ¿Con un amigo especial? La idea de un joven rondándola le disgustó. En aquel momento abrió la puerta del estudio y contuvo el aliento antes de cambiar su ceño fruncido por una sonrisa ante la visión que se encontró.

—Parece que nos encontramos siempre...

Sakura se quedó helada. Conocía aquella voz. Su cuerpo se estremeció. Pero, ¿qué estaría pensando él? ¿Que ella no tenía nada que hacer allí?

—Lo siento —Sakura se levantó con una foto suelta en la mano. Se puso colorada.

—No tienes por qué.

No le importaba encontrarse con aquel trasero pequeño y redondo cada vez que entraba en una habitación.

—No estarías trabajando todavía, ¿verdad? —le preguntó Sasuke.

¿En qué estaba pensando Tsunade para enviar a aquella delicada criatura a limpiar a esas horas?

Aquel hombre estaba más sexy que nunca, pensó Sakura. Sintió mariposas en el estómago. Quería dejar de mirarlo, pero no podía. ¿Cómo sería un beso suyo?, se preguntó.

Finalmente, Sakura inventó una explicación:

—No, he venido a buscar algo para leer.

No le gustaba tener que mentirle. Pero no podía decirle la verdad. Claro que iba a tener que explicarle por qué tenía aquella foto en la mano.

—¡Qué torpe he sido! ¡He tirado esto del estante! —señaló el álbum del suelo—. Y se me cayeron las fotos...

—No te preocupes, no ha pasado nada...

Sasuke frunció el ceño. ¿Por qué estaba tan nerviosa Sakura Haruno?

¡Parecía un perrito esperando que le pegase su dueño por alguna travesura! De pronto Sasuke sintió que le hubiera gustado matar al salvaje que había causado ese temor en ella. «¡Dios!», pensó Sasuke.

— ¿Puedo? —le dijo Sasuke y tomó la foto de la mano de Sakura.

Hizo un esfuerzo por relajar el gesto.

Ella intentó controlar sus reacciones. No le hacía ninguna gracia sentirse excitada...

Sasuke miró la foto.

—Esto me trae recuerdos... Mi tía Rin conmigo, el día que me dio la primera clase de equitación —le clavó sus ojos negros.

Ella se sintió desnuda. Tuvo miedo de que se le flotara que se sentía atraída hacia él.

Sakura miró la foto del niño con la mujer joven y el potrillo.

Debía de tener seis o siete años, pensó ella.

— ¿Su tía es la esposa del señor Kakashi?

—Lo era —respondió él con tristeza— Rin era una persona maravillosa por dentro y por fuera.

—Pero no tuvo suerte. Poco después de que sacasen esa foto, le diagnosticaron esclerosis múltiple. La enfermedad avanzó muy rápido. ¡Yo me rebelaba contra esa injusticia!, me daba mucha rabia. Y aún me da, cuando lo pienso. Cuando recuerdo en qué se transformó su vida.

Sakura lo vio poner el álbum en su sitio. Pensó que aquel hombre se enfadaría mucho de saber que su padrino y actual socio había engañado a la mujer que tanto había querido, y que ella, una humilde limpiadora, era el producto de aquella aventura.

Bajó la mirada. Sabía que era mejor que se marchase de allí, pero una parte de ella insistía en querer saber si el señor Kakashi había amado a su madre, si podía confiar en él o si debía despreciarlo. No podía evitar desear ser aceptada, tener a alguien a quien pudiera llamar familia.

— ¿Estás bien? —preguntó Sasuke, mirando el libro que ella había dejado en el estante de abajo. Espadas militares era el título. Era una extraña elección para aquella criatura—. Estás muy pálida.

—Estoy bien —respondió ella, agarrando el libro y apretándolo contra su pecho, deseando que él no hubiera leído el título.

—Feliz cumpleaños, Sakura —le dijo él, recordando que cumplía veinte años.

Sus palabras causaron una respuesta desproporcionada en relación a su significado. Pero le gustó ver aquellos ojos verdes brillantes y su radiante sonrisa.

— ¿Cómo lo sabe? No lo sabe nadie.

Había sido la primera felicitación de cumpleaños en todo el día, y que viniese de él era algo muy especial. Sakura se dio cuenta de que no había tenido una tarjeta de Hinata, que jamás se olvidaba de su cumpleaños.

—Tsunade me lo ha comentado —contestó Sasuke, mirando sus mejillas sonrojadas.

A las mujeres de su círculo social les habría llevado más de una felicitación de cumpleaños ponerse así. ¡Tal vez una joya con diamantes o un coche nuevo como regalo!, pensó Sasuke.

—Comparte una botella de vino conmigo para festejarlo —se oyó decir humildemente Sasuke.

¿Cómo se le había ocurrido proponerle eso?, se preguntó Sasuke. Después de veinticuatro horas de tensión lo único que quería era una cena tranquila para poder relajarse.

Sakura pareció tan sorprendida como él.

—No, gracias. No se moleste, de verdad.

La invitación la había sorprendido, pero sabía que lo había hecho por pena.

Seguramente lo haría con todos los mendigos que se encontrase por ahí... y que también se dedicaría a recoger gatos y perros abandonados. Y para ella, beber vino y estar con él sería desastroso. Su atracción por él quedaría en evidencia.

Sasuke pensó que era evidente que su cumpleaños había pasado desapercibido, y que quería remediarlo. Sería la buena obra del día.

—Me harías un favor, Sakura. Las últimas veinticuatro horas han sido agotadoras para mí. Me gustaría relajarme frente a una copa de vino, y no me gusta beber solo.

Aquello pareció tocarla, pensó Sasuke con satisfacción, al ver los ojos de Sakura con un brillo de solidaridad. Siempre había sabido descubrir el lado débil para atacar y vencer, tanto en los negocios como en su vida personal, pensó. Sabía muy poco de Sakura Haruno, pero su intuición le decía que tenía una naturaleza suave y compasiva y que siempre respondería a una llamada de auxilio.

—Por favor... —insistió él con acento chino.

Aquel tono de voz la hizo estremecer. Miró sus ojos negros y sintió que su corazón se sobresaltaba. Al menos la invitación no había sido por pena, le estaba pidiendo un favor y eso a Sakura le dio seguridad como para decir:

—De acuerdo, si eso es lo que quiere...

—Gracias —le respondió él.

La sonrisa de Sasuke la derritió, y cuando él le rodeó los hombros despreocupadamente para acompañarla a salir de la habitación, ella se quedó petrificada, y luego se puso derecha.

El contacto con su mano a través de su camiseta de algodón fue como un fuego. Su cuerpo respondió instintivamente, inmediatamente, con un calor interno que lo recorrió de arriba abajo y se acumuló en su pelvis.

«¡Contrólate!», se dijo Sakura, haciendo un esfuerzo por no apretarse contra él, por no poner su cabeza en su pecho, deslizar una mano por debajo de la chaqueta y sentir el calor de aquel cuerpo debajo de la tela de su camisa.

Sasuke Uchiha era letalmente atractivo, y sin proponérselo le despertaba deseo. Pero no le gustaba, reflexionó Sakura, sentada en un sofá frente a la chimenea del vestíbulo, adonde la había llevado mientras él iba a buscar una botella de vino.

Sakura se había sentado y había tapado el libro con un cojín para que no se viera. Tendría que devolverlo por la mañana. ¡Leyendo a la hora de dormir! ¡Él debía de haber pensado que era un poco rara!

Bebería una copa pequeña de vino y mantendría los ojos apartados de él, pensó. Mirar aquella perfección masculina sería su perdición. No podría sobrevivir a la humillación de que Sasuke notase que se sentía atraída hacia él.

Estaba tardando demasiado, y se estaba poniendo nerviosa. ¿Se habría olvidado de ella? Al fin y al cabo, una empleada doméstica no tenía ninguna importancia para él.

Cuando Sakura estaba a punto de volver a su habitación, apareció Sasuke.

Puso un par de copas y una botella de vino en una mesa baja. Luego la miró.

Ella se hubiera ahogado en aquellos ojos ónix. Se había olvidado de que no debía mirarlo.

El problema era que su mente era un lío cuando lo tenía cerca.

Sasuke tomó algo de la bandeja, se acercó a ella y agachándose levemente le dijo:

—Es para ti —le puso una camelia blanca en la palma de la mano.

—La he robado del invernadero de Kakashi —sonrió él—. No creo que le importe. No es un gran regalo de cumpleaños, ciertamente, pero tal vez te haga sonreír.

«¡Dios mío!», pensó Sasuke. ¿Qué le había dado por ser tan romántico? Pero el impulso de ir a arrancar aquella flor había sido tan fuerte que no había podido resistirse. Ahora le parecía ridículo.

Pero cuando la vio sonreír se dio cuenta de que el impulso había tenido una gran recompensa.

Sakura miró la flor. Bajó la mirada y sus labios temblaron casi imperceptiblemente. Su cabello cayó como la seda al mover la cabeza.

—Es hermosa —respondió ella.

Entonces, llevado por una fuerza mucho más fuerte que su voluntad, Sasuke se volvió a acercar, se agachó y la besó.


Lo sé fue un cursi regalo y por Kami-sama yo quiero que me regalen una rosa y un beso y más que sea de Sasuke-kun. Bueno espero que les siga gustando y aún no tengo fecha de que día publicaré, por el momento veré dos días a la semana para publicar.

Otra cosa, si alguna me ayuda a hacer la portada se los agradecería mucho.

Elaine Haruno de Uchiha