Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, son de la gran Stephenie Meyer, yo sólo los tomé prestados y me entretuve un poquito :P
El diario de mi madre
...Besos y Declaraciones...
I Parte
Martes 17 de Enero, 1995
Creo que voy a desfallecer. Y la razón tiene nombre y apellido: Edward Cullen.
Estas últimas semanas han sido increíbles… La verdad es que no tengo palabras para explicarlo. Tengo demasiados sentimientos rondando por mi cabeza, no puedo identificarlos realmente… Sólo están ahí, como una masa interminable de cosas que no puedo reconocer, creo que hasta me hacen burla por no poder saber en específico qué es lo que siento.
Mi estómago también ha recibido algunas consecuencias. Cada vez que pienso en todo lo que ha pasado, en mi estómago siento miles de mariposas revoloteando, disfrutando de andar libres por mi vientre.
Por otra parte, creo que mi corazón va a explotar cada vez que lo pienso. No sé cómo no he muerto ya de un infarto. Estoy casi segura que el latido de mi acelerado corazón, se escucha en los alrededores de la casa. Tal vez no tanto, pero si una persona se pone a mi lado en este momento, podría escucharlo perfectamente.
Nunca había sentido cosas así, es la primera vez. Me siento tan inexperta en este sentido. No sé nada sobre el amor, pero, aún así, creo que estas sensaciones son únicas y sólo pasan una vez en la vida, y que nunca me pasarán nuevamente…
Luego del mejor Año Nuevo de mi vida, nos fuimos a Wrightsville Beach, en Carolina del Norte, donde mi abuela Marie –la madre de Charlie– actualmente vive con su esposo Benjamin. El padre biológico de Charlie, había desaparecido de la faz de la Tierra, cuando mi papá sólo tenía cinco años. Luego de unos años de bastante tristeza de parte de mi abuela, conoció a Benjamin, en el restaurante donde trabajaba ella. Charlie ya tenía 17 cuando mi abuela se casó con Benjamin. Luego de que mi padre se instalara en Forks definitivamente con mi madre, mi abuela y Benjamin se mudaron a Carolina del Norte, donde viven los nietos de él.
Habían pasado sólo tres días desde Año nuevo, cuando fuimos a la casa de mi abuela Marie. Y en esos tres días, era la mujer más feliz del mundo.
Los tres días antes de que nos fuéramos con los Cullen a Wrightsville Beach –quienes eran tomados por mi abuela como familia de sangre–, mi familia había pasado en la mansión de Carlisle y Esme.
El 2 de Enero, fuimos a la mansión para una barbacoa bajo techo, ya que la nieve no se había hecho esperar en Forks. Cuando llegamos, como siempre, Esme nos recibió con una gran sonrisa en su rostro. Yo, por mi parte, ofrecí mi ayuda en la cocina con las ensaladas, cosa que no era muy común en mí, ya que siempre me iba directo con los chicos. Sin embargo, en ese momento estaba completamente nerviosa de verle la cara a Edward nuevamente; ¿cómo se supone que debía actuar, luego de que él me había besado al día anterior? Era completamente extraño para mí estar en esa situación…
Esme y mi madre me quedaron mirando realmente extrañadas, pero lo dejaron pasar y las tres nos fuimos a la gigantesca cocina de Esme, la cual había sido víctima de nuestra guerra de comida del día anterior.
Una vez que me puse a hacer el puré de papas que Esme me había pedido, un gran bullicio se hizo presente en la cocina. Me di la vuelta, dejando de pelar las papas, para ver quién estaba haciendo tanto escándalo. Resultó ser Emmett y Jasper que estaban en media discusión sobre un partido de baseball que habían visto en televisión.
–¡Chicos! –llamó Esme–. Ya basta. ¿Qué es lo que necesitan?
–Eddie mandó a llamar a Belly Bells –contestó Emmett en un tono casi infantil.
–Dile que estoy ocupada, Emm –dije mientras levantaba mis manos, mostrando una papa a medio pelar y un cuchillo.
–No es posible, Bells –respondió mi hermano–. Si no te llevamos es capaz de matarnos.
Mi madre, Esme y yo, levantamos las cejas, incrédulas.
Emmett, por su parte, desechó nuestras miradas incrédulas, cruzando toda la cocina; se paró frente a mí, me quitó lo que tenía en mis manos y me alzó hasta ponerme en su hombro, como si fuera un saco de papas.
–¡Emmett, suéltame! –grité con todas mis fuerzas, golpeando su espalda con los puños cerrados.
–No, Belly Bells, Edward te mandó a llamar, así que tienes que ir –me contestó de vuelta.
Las risas de Renée y Esme se pudieron escuchar de fondo.
–¡Pero, Emmett, estaba ayudando en la cocina! –le grité casi con los labios pegados a su oreja, pero en vez de inmutarse, me sacudió en su hombro para que me callara.
Suspiré profundamente, dándome por vencida. Cada paso que Emmett daba conmigo en su hombro, me ponía más nerviosa. ¿Para qué Edward me había mandado a llamar?
De pronto, Emmett paró su paso y me bajó de su hombro, dejándome sobre mis pies. Mi hermano y Emmett quedaron frente a mí, mirándome fijamente. Los miré a cada uno, alternativamente, para luego mirar detrás de mí y darme cuenta que estábamos fuera de la habitación de Edward, en el tercer piso. Mi respiración comenzó a acelerarse, al igual que mi corazón. Me volteé a ver a los chicos nuevamente, y Jasper me miró con, las cejas alzadas.
–Cuidado con lo que hagas ahí, Isabella –me dijo Jasper, serio, tomando la típica actitud de mi padre.
–Ustedes deberían saber para qué me quería ver... –me encogí de hombros.
–La verdad, es que Eddie no fue muy específico –dijo Emmett–, sólo dijo que te trajéramos aquí.
–Bien... –Me volteé hacia la puerta y di unos suaves golpecitos.
–Pasa –se escuchó del otro lado.
–Ok; adiós, Belly Bells –se despidió Emmett, para luego bajar por las escaleras.
Jasper, por su parte, me miró cautelosamente y luego se dio la vuelta, dejándome sola frente a la habitación de Edward.
Abrí despacio, encontrándome con un Edward sentado en el suelo, mirando unas fotografías. Levantó su mirada, encontrándose con la mía, sonrió de manera torcida –la cual es mi sonrisa favorita.
–Hey, Bells, ven –palmeó el suelo que estaba a su lado, dejando las fotos a un lado.
Me senté a su lado con las piernas cruzadas, mirando al suelo, estaba tan cohibida de estar con él en su habitación a solas… No sabía cómo mirarlo a la cara.
Su mano derecha me tomó la barbilla, alzándola para que lo viera a los ojos. Cuando nuestras miradas se conectaron, me sonrió de esa forma que sólo él sabía, haciendo que yo también sonriera en respuesta. Me dio un beso en la mejilla, justo donde, luego que él se alejara, se instaló ese molesto sonrojo típico en mí.
–¿Por qué no viniste a saludar? –preguntó.
Me encogí de hombros, no encontrando mi voz aún. Me aclaré la garganta y hablé casi en un susurro:
–Le ofrecí ayuda a Esme en la cocina.
–¿Por qué? Tú nunca lo haces. –Edward parecía extrañado.
–Se me antojó cocinar…
Suspiré, tomando valor, para no parecer una estúpida a su lado.
–Y… ¿por qué me llamaste? –pregunté levantando la mirada.
–Te quería ver –susurró.
Mi corazón comenzó la desbocada carrera, que ya era conocida para mí. Respiré hondo, queriendo que no se diera cuenta de mi frenético pulso.
–¿Qué estás viendo aquí? –pregunté tomando las fotografías del suelo.
–Algunas fotos que tenía por ahí…
Tomé el montón de imágenes y me las puse a ver. Todas las fotos consistían en animales: pavos reales, jirafas, leones, tigres, elefantes, peces, cebras, entre otros.
–¿De dónde las sacaste? –pregunté, curiosa.
–Cuando teníamos cinco, un día fuimos a un zoológico en Seattle, ¿recuerdas? –Asentí con la cabeza–. Pues, mis padres habían llevado una cámara fotográfica, y yo… digamos que la tomé prestada –se rió entre dientes–. Tenía cinco años y ya me gustaban las fotos…
Seguí pasando imagen tras imagen –las cuales, debo decir, estaban muy bien tomadas para un niño de cinco años–, hasta que di con una que llamó mi atención. Era yo cuando tenía cinco años, obviamente, estaba comiendo un helado de fresa y mi cara se encontraba terriblemente manchada. Me reí de mí, era un completo desastre para comer helado. Pasé a otra foto, y ahí nuevamente estaba yo, sólo que esta vez, estaba riéndome de algo que había dicho Emmett –lo recuerdo. Luego de esas fotos, todas eran mías, mirando a los cisnes, saltando, corriendo, y muchas más.
La última de la pila me llamó más la atención. Un Edward pequeño, con el cabello colorín completamente desordenado, me estaba abrazando, mi rostro se veía surcado en lágrimas, y le estaba devolviendo el abrazo con mucha fuerza. Recuerdo que eso fue porque me había asustado un cocodrilo. Justo cuando me estaba acercando a su jaula para mirarlo más de cerca, un travieso niño le tiró una piedra, haciendo que el reptil despertara furioso, abrió su boca con afilados dientes y se acercó donde yo estaba, finalmente, la cerró frente a mi cara. Y sólo bastó eso para que me muriera de miedo. Lancé un gran grito, a la vez que me hacía para atrás, cayéndome sobre mi trasero. Mis lágrimas no se hicieron esperar, y lo hice con todas mis fuerzas. Edward, que estaba casi a mi lado, fue corriendo hacia mí y me abrazó, tratando de consolarme. Creo que él fue el único que logró que me tranquilizara.
–Esa la tomó Esme –dijo Edward quedito–. Lo encontró adorable…
Luego de unos segundos, murmuré:
–Gracias.
–¿Por?
–Por consolarme en ese momento, creo que nadie puede tranquilizarme como tú lo haces –le sonreí.
Él me devolvió la sonrisa y se acercó un poco a mí. La reacción que tuvo mi corazón, me hizo saber qué era lo que Edward iba a hacer. Dejé las fotos a un lado y me acomodé, cosa de que quedara frente a él. Nos miramos a los ojos, y ambos sonreímos a medias, los dos sabíamos qué venía, y los dos lo queríamos. Lo vi tragando en seco justo cuando miraba mis labios. Luego de unos segundos, nuestros rostros estaban a apenas milímetros de distancia, por lo que nuestros alientos se entremezclaban. Finalmente, nuestros labios se juntaron. Edward suspiró en mi boca, lo que sólo hizo que me enloqueciera completamente. Me incorporé un poco y pasé mis brazos por el cuello de Edward. Él, por su parte, tomó mi rostro entre sus manos, haciendo que el beso fuera lento y dulce.
Esos tres días, fueron los mejores de mi vida –claro, hasta que llegamos a Wrightsville Beach. Cada día, fuimos a la mansión de los Cullen, y cada vez que llegaba, Edward me tomaba de la mano y me raptaba por todo el día. Creo que últimamente he pasado más tiempo con él, que en toda mi vida, lo que es raro, ya que nos conocemos desde que estamos en pañales.
En sus dos "secuestros" que llevó a cabo en los días previos a irnos a Carolina del Norte, me llevó de caminata en el bosque, en las cuales quedé completamente exhausta, pero a pesar del cansancio, fueron paseos inolvidables, y sólo por el hecho de que Edward me mantenía con los labios ocupados toda la tarde.
El jueves 5 de enero, a las seis de la mañana, partimos desde la casa de los Cullen al aeropuerto de Seattle, para luego tomar el vuelo de ocho horas hacia el aeropuerto de Wilmington, el cual quedaba sólo a diez minutos de la casa de mi abuela Marie. Llegamos a las ocho de la tarde –en el horario de Carolina del Norte– a la casa.
La casa de mi abuela y Benjamin, es realmente hermosa. Tiene un jardín hermoso, lleno de árboles que dan la mejor sombra en días de calor –aunque cuando fuimos, no tocaron días muy calurosos–, miles de flores, arbustos y un césped, en el cual desearías estar recostada ahí un día entero. El patio trasero está lleno de árboles frutales, y, al igual que en el jardín, el césped es de lo más verde. Además, la playa está conectada con el patio, lo que es muy cómodo para cuando decides hacer una caminata por la playa. La casa está formada por tres plantas, la primera es el garaje, en la segunda está la sala, el comedor, la cocina y la habitación de mis abuelos, y, finalmente, la tercera es donde se encontraban el resto de las habitaciones.
A mí me dejaron en una habitación sola, claro está. Los chicos, por su parte tuvieron que compartir una habitación; mis padres tuvieron una habitación para ellos dos, y –obviamente– Carlisle y Esme igual.
Sin embargo, en la semana completa que estuvimos allí, no dormí sola ni una noche.
La primera noche, en donde habíamos llegado totalmente exhaustos, a las diez de la noche, ya todos estábamos en nuestras respectivas habitaciones preparados para dormir. Pero, por alguna razón que aún desconozco, no podía dormir. Di vueltas por la cama por, aproximadamente, 2 horas. Por lo que finalmente, decidí ir a la cocina y beber un vaso de leche tibia.
Toda la casa estaba a penumbras cuando bajé al primer piso, el silencio martillaba en mis oídos. Mientras iba acercándome a la cocina, una pequeña luz se hacía presente. Cuando finalmente entré a la cocina, pude ver una ancha espalda encorvada sobre el refrigerador, de donde venía la tenue luz. La figura se levantó con unas cosas en las manos y las dejó en la encimera, luego de haber cerrado la nevera. No pude ver su rostro por la falta de luminosidad, pero sabía que un hombre y que era alguien de la casa, y no del exterior, así que me mantuve tranquila. No sabía si me había visto o no, pero se quedó quieto por un instante.
La luna decidió aparecer en ese momento y su luz me hizo ver el rostro de la figura, que, para mi sorpresa, era Edward.
–¿Bella? –preguntó. Me acerqué a él hasta que sólo la encimera nos separaba.
Para ser sincera, en ese momento aún no tomaba la confianza como para acercármele y darle un beso por mi cuenta –tampoco ahora de hecho–, pero era lo que más quería.
–¿Qué estás haciendo despierta? –inquirió al rato después.
–No podía dormir –susurré–. ¿Tú?
–Tampoco podía…
Me acerqué a su lado y con un salto me senté en la encimera, a un lado de las cosas que Edward había sacado del congelador. Edward me miró con una ceja alzada, a lo que pude responder únicamente con un alzamiento de hombros. Aunque estuviera sentada en la encimera –que era bastante alta–, Edward me ganaba por unos tantos centímetros estando parado.
–¿Qué estabas haciendo aquí? –pregunté mirando a donde estaban las cosas que había sacado de la nevera. Pude divisar con la poca luz que había, una caja de leche y algunos platos que tenían algo encima.
–Me sonaba el estómago, así que quería hacerme un sándwich –dijo con un encogimiento de hombros.
–¿Quieres que te ayude? –Me bajé de la encimera sin esperar una respuesta de él.
Antes de poder darme vuelta y ponerme a hacer el sándwich para Edward, me abrazó por la cintura y puso su cabeza contra mi hombro, haciendo que se encorvara por la diferencia de estatura. Pestañé sorprendida por su agarre, pero le devolví el gesto lo más rápido que pude reaccionar. Era extraño recibir un abrazo así de él, nunca lo había hecho. Suspiré, poniendo mi cabeza contra su cuello, olía tan bien… Él, en respuesta, me abrazó aún más fuerte, murmurando algo indescifrable. El abrazo duró menos de lo que había deseado. Me separó de él con suavidad, y se me quedó mirando fijamente a los ojos. Con la poca luz de la luna que entraba por la ventana de la cocina, pude ver sus rasgos a la perfección: sus ojos verde esmeralda tan intensos, su nariz recta, sus labios suaves, su quijada tersa.
Puso sus manos en mis mejillas y me acercó a él en un suave movimiento, hasta que nuestros labios se juntaron en un perfecto beso. Luego de unos pocos momentos, se separó de mí.
–¿Puedo dormir contigo? –preguntó en un tono tímido–. No creo que pueda dormir lejos de ti.
Me reí nerviosamente, pero asentí, no era como si yo pudiera dormir sin él esta noche de todas maneras.
Luego de esa noche, dormimos juntos todas las que vinieron en la casa de mi abuela.
La verdad, no sé si alguien se dio cuenta de que dormíamos juntos, pero si lo hicieron, no mencionaron nada, y menos a mi padre, quien hubiera hecho un escándalo si lo hubiera sabido. Tampoco era que hacíamos cosas indebidas. Edward era un completo caballero, y simplemente me abrazaba y colocaba su cabeza en mi cuello hasta quedase dormido. Yo, por mi parte, dormía mucho más relajada con él a mi lado.
Edward llegaba a mi lado cada noche, luego de las doce de la noche –cuando todos estaban dormidos. Y luego por la mañana, se iba a las seis de la mañana para ir a su habitación; yo por mi parte seguía durmiendo abrazada a la almohada que tenía su olor impregnado en ella.
Finalmente, regresamos a Forks el viernes 13 de enero. El viaje fue un horror, estaba completamente cansada, y las turbulencias no dejaban de pasar por la ventisca de invierno. El auto que contrataron nuestros padres para llevarnos del aeropuerto de Seattle a Forks, nos llevó a la mansión de los Cullen, y debido al cansancio de todos, Esme y Carlisle nos invitaron a pasar la noche allí, por lo que a mitad de la noche, Edward se escabulló a la habitación de invitados que yo estaba ocupando, y como era típico de esos días, dormimos abrazados hasta temprano en la mañana.
Ayer, lunes, tuvimos que volver al instituto, por lo que la noche del domingo no dormí para nada cómoda, me faltaba el cuerpo cálido de Edward al lado mío. No me había dado cuenta de cuán dependiente de Edward me estaba volviendo, hasta que la noche del domingo y anoche fueron un horror. Ambas noches me daba vueltas y vueltas en la cama hasta poder dormirme, y cuando lo hacía era peor, las pesadillas comenzaron a asaltarme nuevamente, haciéndome despertar con un grito de horror, a lo que mi madre iba a consolarme.
Estos dos días en el instituto fueron completamente distintos al resto del año. Aunque Edward no me abrazó ni me besó como hubiera querido (aunque era algo obvio que no lo hiciera, ya que no éramos nada), me dirigía sonrisas que me alegraban el día, además de que manteníamos largas conversaciones durante la hora del almuerzo.
Después de cada jornada escolar, Edward me llevó a caminatas al bosque, iguales a las que tuvimos unos días antes de irnos a Carolina del Norte.
Espero que esta noche no tenga pesadillas, realmente las odio. No me dejan descansar bien, y al día siguiente aparecen unas feas bolsas bajo mis ojos. La razón de que aparecieran nuevamente, me parece más que obvia: Edward no estaba a mi lado para abrazarme.
Hola! Volví... De verdad que lo siento mucho por no haber acualizado antes, pero no me había tomado un tiempo para escribir el capitulo, pero hoy me desperté demaciado temprano para ser domingo -.- y decidí finalmente terminarlo n.n aunque no del todo, porque aún falta la segunda parte del capi. Decidí cortarlo, porque quería subir algo para no tenerlas tan abandonadas u.u Así que el siguiente capítulo será también parte del diario, no la reacción de Ness.
Eh... y si hay alguna por aquí que lee mi otra historia, de veras lo siento! :c Sé qe me he demorado un montón, hasta a mí me sorprende, pero no es por falta de inspiración ni nada, sólo que como me pasó con este cap, no me he tomado el tiempo suficiente como para terminarlo :/ Espero tenerlo listo antes de que Noviembre termine, porque luego empiezo mis exámenes finales, y la cosa se pone difícil...
Cuídense mucho, mucho :D Un beso y un abrazo °\(^3^)/°
Saludos desde Chile ;)
Lizzie
